Rimas y leyendas - Gustavo Adolfo Bécquer - E-Book

Rimas y leyendas E-Book

Gustavo Adolfo Bécquer

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Con las "Rimas" de Bécquer comienza la poesía contemporánea en la literatura española. Algunos de sus poemas abren el camino más adecuado para la iniciación de los jóvenes en la lectura de poesía. Algo parecido cabe decir de las "Leyendas", admirable conjunto de narraciones que representan lo mejor de la prosa romántica. Su lectura seducirá a todos los públicos por la fantasía y el misterio, el amor y el lirismo desplegados en el relato de lo sobrenatural y lo maravilloso enraizados en la existencia cotidiana. (Edición de Juan Carlos Fernández Serrato)

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Seitenzahl: 246

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Índice

Introducción

Época

La España de Bécquer

La estética romántica

Vida y obra de Gustavo Adolfo Bécquer

Rimas y leyendas

Criterios de esta edición

Bibliografía

Introducción sinfónica

Rimas

Leyendas

Los ojos verdes

Maese Pérez el organista

El miserere

Análisis de la obra

Las rimas

Forma

La unión de lo popular y lo culto

Temas

Las leyendas

Actividades

Las rimas

Las leyendas

Créditos

INTRODUCCIÓN

ÉPOCA

Gustavo Adolfo Bécquer vivió en una de las épocas más inestables de la historia de España, el siglo XIX: la invasión francesa, la Guerra de la Independencia, las guerras carlistas, los motines y pronunciamientos militares, la rebelión liberal y represión absolutista, la Revolución de 1868, la instauración de la I República, el golpe de estado del general Pavía, las guerras coloniales en América... El país se desangraba y el enfrentamiento entre demócratas liberales y absolutistas monárquicos o ultraconservadores seguiría hasta bien entrado el siglo XX, lo cual culminó en el desastre de la Guerra Civil provocada por el levantamiento militar del 18 de julio de 1936.

Casi al comienzo del siglo, las tropas francesas de Napoleón invaden España, invasión que sería contestada con una rebelión popular que desencadena una guerra que durará cuatro años, hasta que la ayuda británica logra armar un ejército angloespañol, al mando del duque de Wellington, que acabaría por derrotar definitivamente a las tropas napoleónicas en julio de 1812, en la batalla de Arapiles (Salamanca).

A punto de acabar la dominación francesa, los liberales progresistas, reunidos en las Cortes de Cádiz, proclaman la Constitución de 1812, popularmente conocida como «La Pepa», por haber sido firmada el día de San José, una de las más avanzadas en libertades y garantías democráticas de su tiempo. Sin embargo, el tratado de paz entre Francia y España firmado tras la derrota napoleónica sienta en el trono de la monarquía española a Fernando VII, rey apegado a una idea de estado absolutista. El nuevo rey regresa a España en marzo de 1814, y su primer acto político fue abolir la Constitución, reinstaurando el llamado Antiguo Régimen. Fernando VII persigue con saña las ideas liberales y lleva a cabo una durísima represión contra los sectores políticos opositores a la monarquía absoluta, lo que genera un clima de gran descontento en el país.

Así, en 1820, las tropas del General Riego se levantan en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) contra el monarca absoluto y proclaman la vuelta a la Constitución de las Cortes de Cádiz. Su alzamiento encuentra eco y el rey Fernando VII se ve forzado a acatar la Constitución e iniciar el camino hacia una monarquía parlamentaria. Las ideas liberales parecen haberse instalado en España y a partir de 1820 se desarrolla el primer ensayo democrático durante el llamado Trienio Liberal, a pesar de la oposición del propio rey y de sus partidarios que siguen intentando restaurar el absolutismo.

Sin embargo, los problemas del país son graves y las guerras por la independencia de las colonias americanas ya están derrumbando el imperio español. Simón Bolívar declara la república independiente de Venezuela en junio de 1821, vencido el ejército colonial en la batalla de Carabobo. El revés es duro para el gobierno de Madrid, porque el ejemplo de Bolívar provocará levantamientos en el resto de los territorios americanos que aún seguían bajo la corona española.

En Europa las ideas reaccionarias han vuelto a dominar el escenario político, una vez muerto Napoleón Bonaparte en 1821. Así las cosas, el nuevo poder europeo post-napoleónico, la Santa Alianza (formada por Prusia, Austria, Rusia y Francia), decide acabar con el gobierno liberal español y en 1823 entran en España las tropas francesas de «Los Cien Mil Hijos de San Luis» para apoyar a Fernando VII como monarca absoluto. Las tropas liberales son derrotadas y el General Riego fusilado. Un año más tarde, en 1824, en la batalla de Ayacucho (Perú), España pierde toda América del Sur. Comienza una época oscura para España que se conoce como la «Década Ominosa» y que durará hasta la muerte de Fernando VII en 1833.

Tras la muerte del monarca, se desencadena una guerra por los derechos dinásticos de sucesión. La llamada «Ley pragmática», establecida en 1830 al permitir a las mujeres ocupar el trono de España, concedía la sucesión a la primogénita del rey, su hija Isabel, pero esta solo tiene tres años cuando fallece su padre. El hermano menor de Fernando VII, el infante Carlos María Isidro de Borbón, don Carlos, reclamará entonces la corona. Sin embargo, será su madre, doña María Cristina de Borbón-Dos Sicilias quien ocupe el trono como regente hasta el momento en que Isabel obtenga la mayoría de edad que le permita ser reina de España.

La política más aperturista de doña María Cristina, que concede una amplia amnistía para los presos políticos encarcelados por el absolutismo, no gusta entre los sectores realistas más reaccionarios que deciden apoyar las pretensiones de don Carlos, y el 6 de octubre de 1833 estalla la primera de las tres guerras civiles que tendrán lugar en el siglo XIX español, las llamadas Guerras Carlistas. En apoyo de doña María Cristina se unen los sectores liberales progresistas y moderados que hasta entonces mantenían posturas políticas encontradas, impulsando medidas reformistas en la política española.

LA ESPAÑA DE BÉCQUER

En 1836, cuando nace Gustavo Adolfo Bécquer, el gobierno de la regente María Cristina está presidido por Juan Álvarez de Mendizábal y se aprueba la Ley de desamortización de Mendizábal, que confisca y pone en venta gran parte de las propiedades de la Iglesia, con el doble intento de dinamizar la economía agrícola de las zonas rurales y de afrontar, con el dinero recaudado con la venta, las deudas contraídas por el estado.

En agosto de ese año de 1836 se produce el «motín de la Granja», al que suceden diversas rebeliones que exigen a María Cristina la restitución de la Constitución liberal de 1812, a lo que la regente accede.

Aún no se ha sofocado la rebelión carlista y la guerra continúa en las provincias del norte, donde don Carlos cuenta con el apoyo de los sectores más tradicionalistas, pero pronto llegará su derrota, que acabará con la firma del Convenio de Vergara en 1839 y la salida de don Carlos al exilio.

El llamado Antiguo Régimen ya es una fórmula política sin conexión con la realidad social de su tiempo y será la burguesía liberal la que tome el poder. La idea de una España regida por una constitución democrática que defienda las libertades será la máxima aspiración del nuevo poder económico y social. En 1837 se aprueba una nueva constitución que perfecciona la de Cádiz de 1812 y establece la monarquía parlamentaria como sistema de gobierno.

Sin embargo, en las filas de los liberales no habrá acuerdo en cuanto a los límites de la libertad. A lo largo de todo el siglo XIX, se mantendrá el enfrentamiento entre liberales moderados y progresistas.

Los moderados encontraron su base social entre los terratenientes, la nobleza, el clero, la alta burguesía y los militares de alta graduación. Defendían un sufragio censitario muy restrictivo, en el que solo tenían derecho a voto los ciudadanos que cumpliesen determinadas condiciones económicas y sociales para estar inscritos en un censo. Limitaron los derechos y libertades individuales y, en lo que se refiere al gobierno del estado, eran partidarios de la soberanía compartida entre el monarca y los representantes parlamentarios, con grandes poderes de la Corona sobre las Cortes (derecho de veto, derecho a nombrar ministros, poder de disolución de las Cortes).

Por su parte, los progresistas, cuyas ideas encontraron eco en las clases medias, la pequeña burguesía, los profesionales liberales y los militares de baja graduación, defendían también el sufragio censitario, pero con menos limitaciones que los moderados, así como un mayor respeto a las libertades sociales. Propugnaban un estado descentralizado, las Cortes parlamentarias como único órgano de la soberanía popular y una drástica limitación de las atribuciones de la Corona.

En 1840, una revolución progresista obliga a la reina regente María Cristina a abdicar. En su lugar, las Cortes nombran regente un año después al general Espartero, militar liberal afiliado al Partido Progresista y de gran prestigio por sus triunfos en la guerra contra los carlistas. Sin embargo, las políticas de Espartero no tendrán el efecto deseado y se producen diversos levantamientos que finalmente llevarán al poder a los moderados, encabezados por el general Narváez, en 1844. Ese mismo año, se decide en las Cortes la mayoría de edad de Isabel II y da comienzo su reinado.

Se inicia así la llamada «década moderada» (1844-1854), que tampoco logró impulsar políticas de desarrollo económico capaces de sacar al país de su atraso secular y que, además, tuvo que enfrentar la segunda guerra carlista, entre 1846 y 1849. El descontento de las clases populares es creciente y los moderados finalmente son expulsados del poder tras un nuevo levantamiento militar.

Comienza el «bienio progresista» (1854-1856), cuya primera medida fue una nueva desamortización impulsada por el entonces ministro de Hacienda Pascual Madoz. Tampoco esta vez la puesta en venta de las tierras improductivas logró dinamizar la economía española y supuso un nuevo enfrentamiento con los sectores más conservadores de la sociedad.

Las revueltas obreras de 1855 alarman a la reina, que decide nombrar de nuevo al general Narváez como primer ministro y con él un gobierno de liberales moderados que inicia una dura represión contra los obreros, los campesinos y los progresistas; ello provocará el inicio de los conflictos de clase que asolarán España durante el resto del siglo XIX y gran parte del siglo XX. La distancia entre la monarquía y el pueblo se agranda y solo mediante el ejercicio de la fuerza logra sofocarse por el momento el malestar social.

Se inician guerras en África buscando nuevos territorios que compensen la pérdida de las colonias de América, con la consiguiente sangría económica y el descontento entre las clases populares que son movilizadas. La crisis financiera de 1866 agrava la situación del país y dos años después estalla la revolución de 1868, «La Gloriosa», que destrona a Isabel II.

El general Prim presidirá un gobierno provisional que da paso al llamado «sexenio liberal» (1868-1974), de nuevo bajo mandato progresista, durante el cual se redacta una nueva constitución y se celebran elecciones que dibujan una nueva fractura en la sociedad española entre los monárquicos tradicionalistas y los republicanos, que van ganando terreno. No obstante, del resultado de la consulta sale ganadora la monarquía y se inicia la regencia del general Serrano, mientras las Cortes deciden entre los aspirantes al trono de España. En 1870, es elegido como rey Amadeo I de Saboya, hijo del rey de Italia Víctor Manuel. Ese mismo año es asesinado en Madrid el general Prim y muere Gustavo Adolfo Bécquer. Los enfrentamientos entre tradicionalistas y republicanos serán cada vez más virulentos y la creciente fuerza del movimiento obrero, ante el fracaso social de las políticas liberales, seguirá dibujando una España en descomposición y conflicto permanente que solo cesará con la Constitución Española de 1978.

LA ESTÉTICA ROMÁNTICA

El llamado espíritu romántico en las artes se inicia a mediados del siglo XVIII en Alemania e Inglaterra, de donde salta al resto de Europa para convertirse en la estética triunfante durante las primeras tres décadas del siglo XIX. El éxito popular sin precedentes de Las penas del joven Werther del poeta, novelista y dramaturgo alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), publicada por primera vez en 1774, convirtió en moda europea la figura del joven rebelde, de sensibilidad exacerbada, arrebatado por el amor pasional más allá de toda lógica de la razón, que desafía a la sociedad y a sus normas para reivindicar el individualismo y una vida entregada a los ideales sublimes: el amor absoluto, la libertad absoluta y los sentimientos como única guía de comportamiento vital. Ante el fracaso de los ideales y el amor no correspondido de Carlota, Werther no encuentra otra salida que el suicidio, que ejecuta en el marco de un paisaje agreste bajo una terrible tormenta, indicando así la correspondencia entre los sentimientos de la pasión extrema y las fuerzas desencadenadas de la naturaleza.

Entre los jóvenes europeos afectos a esta nueva sensibilidad del yo sentimental, nació una admiración tal por el héroe desgraciado Werther que llegó al extremo de convertirse en seña de identidad imitar su extravagante (para la época) indumentaria, y los suicidios por desamor aumentaron considerablemente. El propio emperador Napoleón Bonaparte llegó en cierta ocasión a solicitar una entrevista con Goethe solo por estrechar la mano al autor de Las penas del joven Werther, novela de la que se consideraba un apasionado admirador.

Goethe había sido uno de los impulsores del movimiento literario alemán Sturm und Drang («Tempestad y Empuje»), que supuso un rechazo frontal a la estética clasicista y didáctica de la Ilustración y fundó, entre los años 1767 y 1785, las bases de la sensibilidad romántica. Los autores de este movimiento reivindicaron la subjetividad personal como forma de conocimiento y expresión del mundo y denunciaron el malestar del hombre de su tiempo, encerrado en una sociedad que impedía el libre desarrollo del genio creador y la expresión de la voluntad y los sentimientos puros. La rebeldía individualista, el sentimentalismo y el culto al genio de la juventud, que aún no está del todo domesticada por las normas sociales, se convirtieron en la seña de identidad del movimiento, y los autores germánicos del Sturm und Drang alcanzaron una pronta e influyente notoriedad entre los jóvenes creadores de toda Europa. Aunque Goethe, su máxima figura, repudiara años más tarde sus obras primerizas y calificara a la literatura del movimiento como poesía «enfermiza», la semilla quedó sembrada en Europa y floreció con ímpetu a comienzos del siglo XIX.

No obstante, el Romanticismo es un fenómeno estético que desborda la simple imitación de la moda literaria germánica. En todo caso, la importante repercusión de los primeros logros del espíritu romántico alemán impulsó el desarrollo de las nuevas ideas, pero ya había antecedentes de transformación de la encorsetada literatura neoclásica, en la que al vuelo de la inspiración le cortaba las alas un exagerado formalismo y unas normas del «buen gusto» ya muy alejadas de la naciente sociedad europea burguesa e industrial.

Por otra parte, se encuentran algunos anticipos de un cambio en el espíritu de la literatura europea en la segunda mitad del siglo XVIII: el idealismo de Jean-Jacques Rousseau; las novelas sentimentales de Madame de Staël, en Francia; el sensualismo de algunos novelistas ingleses del XVIII, especialmente la exitosa novela epistolar Pamela, deSamuel Richardson; la poesía melancólica de los Pensamientos nocturnos de Edward Young; o el ambiente sobrenatural de la novela gótica británica, con El castillo de Otranto de Horace Walpole a la cabeza.

También en España, aunque un poco más tarde y con menor claridad, hubo algunos síntomas que anunciaban la nueva sensibilidad, como las Noches lúgubres de José Cadalso, escritas a imitación de los Pensamientos nocturnos de Edward Young y publicadas por entregas en ElCorreo de Madrid entre 1789 y 1790.

De esta manera, suele considerarse que el último tercio del siglo XVIII es la época en la que las propuestas neoclásicas, aún fuertemente arraigadas en Francia, van siendo puestas en cuestión de manera paulatina en el resto de Europa; es lo que suele denominarse «periodo prerromántico». A comienzos del siglo XIX, el triunfo de la nueva estética es indiscutible, salvo en España, donde las circunstancias políticas y la cerrazón a la cultura europea durante el reinado de Fernando VII dificultan la entrada de las nuevas ideas.

Poco a poco, una sensibilidad marcada por el sentimentalismo y el lirismo melancólico, el espíritu rebelde no exento de pesimismo vital y espíritu trágico, el gusto por la fantasía y los ambientes lúgubres y satánicos, tanto como la reivindicación del pasado heroico nacional y el trascendentalismo religioso se harán los dueños de la literatura en toda Europa. Amores desgraciados, cementerios, mujeres pálidas de luz de luna y héroes idealistas, espíritus revolucionarios y tradicionalismo, satanismo y catolicismo espiritual se enfrentarán en los escenarios teatrales, en los libros de versos y en las novelas impetuosas del primer tercio del siglo XIX. Los éxitos de Las penas del joven Werther, Las peregrinaciones de Childe Harold (Lord Byron), las Meditaciones poéticas (Alphonse de Lamartin) y el estreno en París en 1830 del drama Hernani, de Victor Hugo, serán algunos hitos que marcan el reinado del Romanticismo en Europa, que irá decayendo durante la década de 1840, dando paso a la estética realista en novela, al drama burgués y a los desarrollos parnasianos, simbolistas y decadentistas en poesía.

El Romanticismo en España

El movimiento romántico en España no solo afecta a la literatura, pero es en ella donde encuentra su máxima expresión. El espíritu nacionalista de la rebelión contra la invasión francesa que animó la Guerra de la Independencia; el liberalismo político revolucionario, tanto como el tradicionalismo nostálgico del carlismo; la pintura historicista y la música sinfónica que busca inspiración en lo popular y da lugar al «género chico» de la zarzuela; el rescate del pasado histórico y literario que lleva a cabo la naciente escuela de historia y filología española son muestras de la transformación sociocultural que se produce en España durante el convulso siglo XIX y que en gran parte se debe a la revolución cultural romántica.

El siglo XVIII había dado una literatura excesivamente academicista que, huyendo de los excesos del Barroco tardío, había caído en la frialdad y la falta de ideas, muy lejos de otros fenómenos culturales de la época, como el pensamiento ilustrado que fundará las bases de la modernidad en España. La influencia neoclasicista aún se dejará notar, especialmente en la poesía, durante el siglo siguiente, pero sin logros reseñables y solo como testimonio del inmovilismo de una parte de la intelectualidad española.

Lo cierto es que el Romanticismo español es un fenómeno complejo con una vertiente tradicionalista y nostálgica frente a otra radical y revolucionaria, que solo comparten un espíritu exaltado y contrario al formalismo neoclásico y un patriotismo difuso, que, además, entienden de maneras bien diferentes.

Así, las marcas de la literatura romántica en España serán un subjetivismo extremo teñido de un hondo pesimismo vital, melancolía y lirismo exacerbados, una fascinación por la muerte y gusto por los paisajes lúgubres (ruinas, cementerios, claustros solitarios), un sentimentalismo a flor de piel y un idealismo absoluto que se muestra sobre todo en una concepción trágica del amor (casi nunca pleno), la búsqueda de la evasión en el exotismo, del pasado legendario y de la fantasía como rechazo a una realidad en la que el romántico se encuentra preso, constreñido por los convencionalismos sociales.

En cuanto a la forma artística, los románticos rechazan la estricta reglamentación de los géneros que había establecido la preceptiva neoclásica y en su lugar reclaman la libertad total del artista, que solo debe obedecer a los impulsos de su genio creador. De esta manera, los distintos géneros se mezclan a gusto del escritor, incluso dentro de una misma obra, combinando prosa y verso en la escritura teatral, por ejemplo. En poesía, se prefiere la polimetría, esto es, la combinación de versos con distintas medidas dentro de un solo poema, y no se suele respetar el molde clásico de las estrofas, aunque hay un gusto por el romance en cuanto reflejo de la tradición popular, que alcanzará su mejor expresión en los romances históricos de José Zorrilla.

La misma negación de los moldes formales estrictos del neoclasicismo impulsa el desprecio del lenguaje comedido en la expresión de los sentimientos que había caracterizado a la poesía dieciochesca. En su lugar, los románticos recurren a un léxico sonoro, colorista y extremadamente apasionado, pleno de exclamaciones y declaraciones altisonantes.

El Romanticismo español, algo más desteñido que sus modelos ingleses, alemanes y franceses, no triunfa hasta 1835, con el éxito clamoroso del drama teatral Don Álvaro o la fuerza del sino, de Ángel de Saavedra, duque de Rivas (1791-1865), y tendrá como sus máximos exponentes a Larra, Espronceda y José Zorrilla.

Mariano José de Larra (1809-1837) fue (aparte de un poco afortunado poeta, novelista y autor teatral con algún éxito notable en la escena española de mediados de 1830) el creador del artículo periodístico moderno y uno de los más destacados representantes del romanticismo liberal. En esa dimensión periodística de su escritura, construyó una obra imperecedera a partir de la sátira de las costumbres españolas más rancias y de los artículos de crítica política, con la que sentaría las bases ideológicas del posterior Regeneracionismo y de la Generación del 98, que buscaron las raíces perdidas de la identidad de España con la finalidad de «regenerar» un país que se había sumido en una imparable decadencia a lo largo del siglo XIX y los primeros decenios del XX. Suicida por amor, como Werther, a los veintiocho años, Larra encarna la figura de la juventud romántica más radical, junto a Espronceda, su compañero de generación literaria.

José de Espronceda (1808-1842), el poeta romántico por excelencia, tuvo una vida corta pero aventurera y apasionada, que no puede desligarse de su obra poética. Muy joven, ya su talante antiautoritario le llevó a convertirse en conspirador revolucionario contra la monarquía absolutista de Fernando VII y tuvo que exiliarse, primero en Lisboa y luego en Londres, donde bebió en las fuentes del Romanticismo inglés, especialmente de Lord Byron, que en muchos aspectos sería su modelo no solo literario sino también existencial. Autor de poemas líricos de amor pasional y exaltado, se le recuerda hoy más por su poesía narrativa: El estudiante de Salamanca y el poema inacabado El diablo mundo, donde se incluye su famoso «Canto a Teresa», dedicado a su amante Teresa Mancha y probablemente la cima de la poesía amorosa romántica anterior a Gustavo Adolfo Bécquer.

José Zorrilla (1817-1893) fue, junto con el duque de Rivas, el más celebrado escritor de la rama conservadora que dio el Romanticismo español. Poeta y dramaturgo, supo recrear el pasado legendario desde una visión tradicionalista de la Edad Media y el Siglo de Oro. Consiguió estimables leyendas narrativas escritas en verso y es recordado fundamentalmente por su Don Juan Tenorio, drama estrenado en Madrid en 1844 sobre el mito del «burlador» don Juan, figura legendaria de un seductor del siglo XVI, muchas veces recreado en la historia de la literatura universal desde que la obra atribuida a Tirso de Molina El burlador de Sevilla y convidado de piedra (1630) originara la leyenda de este amador pendenciero que no tiene miedo de cruzar su espada hasta con los difuntos que vuelven de la muerte y desafiar al mismísimo Dios. No obstante, la rebeldía satánica del personaje que sedujo a Byron o a Espronceda desaparece en la versión de Zorrilla, tan popular, por otra parte, que desde finales del siglo XIX se mantiene la tradición de representar la obra cada 1 de noviembre, en la Noche de Difuntos.

La poesía posromántica

A partir de 1850, se perciben cambios en la literatura española, que si en la novela caminarán hacia el realismo antirromántico, tanto en su versión burguesa como en una línea que desemboca en el naturalismo y la crítica social, en la poesía experimentan una diversidad de caminos y una fragmentación en temáticas que hace difícil una visión homogénea del fenómeno.

Por una parte, se mantiene el Romanticismo, ya con carácter tardío y una cierta reiteración de temas, aunque con mayor depuración formal, a la vez que se abre un espacio, con Ramón de Campoamor (1817-1901) y Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) como focos, hacia una poesía más prosaica y de lenguaje menos hinchado que la que floreció entre 1830 y 1850. El neopopularismo, la poesía satírica, el formalismo burgués y esta poesía, humilde en el caso de Campoamor, más tendente hacia el sentido cívico de la escritura poética en el de Núñez de Arce, que logró una gran popularidad en su tiempo, representaron por lo común un rechazo frontal a los excesos retóricos y el patetismo románticos. Aunque estas nuevas poéticas irán destacando lo lírico, lo íntimo, lo emotivo sobre la grandilocuencia del poema narrativo que cultivaron Espronceda, Zorrilla o el duque de Rivas, no logran despegar de cierto espíritu cursi o ingenuamente pseudofilosófico que han hecho que estas formas líricas, tan celebradas en su tiempo, resulten poco sugerentes al lector de hoy.

Sin embargo, es en este momento cuando se sientan las bases de la gran poesía española del siglo XX. Serán el andaluz Gustavo Adolfo Bécquer y la gallega Rosalía de Castro quienes, apartados de las corrientes literarias más adocenadas de su tiempo, ofrezcan una poesía de gran altura lírica y depuradísimo lenguaje, si bien marcadas, obviamente, por cierto sentimentalismo melancólico, inevitable para la concepción de lo poético en la época que les tocó vivir. Ambos lograron cimas poéticas muy personales y dejaron una huella que la llegada a España del poeta nicaragüense Rubén Darío, en 1898, acabaría por dibujar como los primeros pasos de la poesía moderna española. Su eco tendrá respuesta en Antonio Machado, en Juan Ramón Jiménez, en Luis Cernuda, en Federico García Lorca y en Rafael Alberti.

Rosalía de Castro (1837-1885), escritora en gallego y castellano, además de ser la figura principal del «Resurgimiento» galaico, en unos años donde escribir en su lengua natal era casi un desprestigio, dejó tres poemarios indispensables para entender el paso hacia el simbolismo y la sensibilidad de la poesía de nuestro tiempo: Cantares gallegos (1863), Follas novas (1880) y En las orillas del Sar (1884), este último escrito en castellano.

De Gustavo Adolfo Bécquer hablaremos con mayor detalle; su colección de setenta y nueve poemas constituye el canto fundacional de la idea de poesía lírica tal como hoy se entiende.

VIDA Y OBRA DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
Los años sevillanos

Gustavo Adolfo Bécquer fue el más grande de los poetas románticos españoles y el auténtico iniciador de la poesía moderna en lengua castellana, aunque en vida obtuvo reconocimiento sobre todo por sus narraciones fantásticas y sus colaboraciones en periódicos de la época.

Su temprana muerte, a los 34 años, impidió que viera publicadas en libros sus dos obras fundamentales, los poemas de las Rimas y las narraciones que agrupó bajo el nombre de Leyendas, que solo pudo ir editando en revistas y periódicos de la época. Sin embargo, es a estas dos obras a las que hoy se debe su fama como autor fundamental del siglo XIX español y uno de los clásicos más populares de nuestra literatura.

El poeta, cuyo nombre completo era Gustavo Adolfo Domínguez de la Bastida Insausti Vargas Bécquer Bausé, nació en una familia de artistas, en Sevilla, el 17 de febrero de 1836, en el número 9 de la antigua calle Ancha de San Lorenzo, hoy número 26 de la calle Conde de Barajas. De la casa natal del poeta en el hermoso barrio de San Lorenzo solo se conserva, desgraciadamente, la fachada donde luce una placa que le recuerda.

Su padre, José Domínguez Insausti Bécquer, que descendía de unos nobles flamencos, los Becker, establecidos en Sevilla en el siglo XVI, fue pintor de cierta fama, como su tío Joaquín y como lo sería su hermano Valeriano. Su madre, doña Joaquina de la Bastida y Vargas, era también de ascendencia aristocrática. Gustavo Adolfo, desde muy temprana edad, sintió inclinación por el arte, primero el dibujo, más tarde la poesía. Esto lo unió estrechamente a su hermano Valeriano, casi dos años mayor, que desarrollaría una importante carrera como pintor y con quien emprendería diversos proyectos artísticos andando los años. Valeriano estaría siempre presente en la vida de Gustavo Adolfo como el compañero de sueños juveniles y, más tarde, de realidades artísticas, el amigo y el confesor en los momentos más duros de la vida. Moriría dos meses antes de que falleciera el poeta en Madrid, a causa de una enfermedad pulmonar y hondamente entristecido por la ausencia del hermano y amigo fiel.

La vida de Gustavo Adolfo Bécquer no fue un camino de rosas. En 1841, cuando el futuro poeta está a punto de cumplir cinco años de edad, muere su padre, dejando a la familia en una difícil situación económica. A los diez años, acabados los estudios primarios, es admitido en el entonces llamado Colegio-Seminario de la Universidad de Mareantes de San Telmo. Una escuela que acogía a los hijos de familias nobles empobrecidas para formarlos en el oficio de marino. Su madre quería garantizar así el futuro de su hijo, pero un año después, en 1847, llega de nuevo la desgracia. En febrero muere doña Joaquina y Gustavo Adolfo queda huérfano en el internado de San Telmo, donde conocerá a uno de sus amigos y compañeros de sueños literarios, Narciso Campillo, en quien se refugia. Sin embargo, en julio de ese mismo año de 1847, se cierra el colegio, el futuro poeta tiene que abandonar sus estudios de náutica y, junto con sus hermanos, es recogido por sus tías maternas María y Amparo.

En estos años adolescentes visitará con frecuencia la casa de su madrina, Manuela Monnehay, de familia de comerciantes franceses establecidos como perfumistas en Sevilla. Manuela es una mujer culta y refinada, con aficiones artísticas, que había estudiado pintura con el padre de Gustavo Adolfo, y abre su biblioteca al adolescente, guiando sus lecturas hacia los escritores románticos que triunfan entonces en Europa: autores franceses (el conde de Chateabriand, Victor Hugo), ingleses (el poeta Lord Byron) y sus primeros seguidores españoles (José de Espronceda). Estas serán las influencias que irán perfilando el gusto literario de Bécquer, que se manifiesta muy temprano: a los once años ya había escrito una Oda a la muerte de don Alberto Lista, el poeta, matemático y profesor sevillano que había fallecido en 1848 y cuyo magisterio en los círculos poéticos de la ciudad de Sevilla era indiscutible por entonces. El poema sigue el estilo academicista neoclásico de Lista y, un año después, con tan solo doce, Gustavo Adolfo y su amigo Narciso Campillo ven publicadas sus primeras tentativas poéticas en la revista sevillana El Regalo de Andalucía.

A los catorce años, Gustavo Adolfo comienza sus estudios de pintura, siguiendo los pasos de su hermano Valeriano, y ya en 1852 los encontramos a ambos como alumnos del taller de su tío Joaquín Domínguez Bécquer. La figura de su tío pintor tendrá suma importancia en la formación del joven, pues será él quien, notando mayor interés en su sobrino hacia la literatura que hacia las artes plásticas, pague sus estudios de Humanidades (lo que en aquel tiempo se llamaba estudios de «latinidad») y aliente su vocación.

En 1853 conoce a Julio Nombela, madrileño que por entonces vivía en Sevilla con su familia y que será uno de los más fieles amigos del poeta en estos años de juventud. Nombela, Campillo y Bécquer, inseparables, escriben y sueñan con alcanzar la fama literaria. Bécquer publica algunos poemas en la revista madrileña El Trono y La Nobleza y colabora con dos revistas sevillanas, LaAurora y El Porvenir. Su estilo aún está marcado por las tendencias neoclásicas, formalistas y frías, que dominaban el ambiente poético de Sevilla.