Rincones siniestros - Jorge Giménez - E-Book

Rincones siniestros E-Book

Jorge Giménez

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Beschreibung

Desde aquí, donde mucho se siente. Las palabras se entrelazan para formar ideas dispersas, se conectan y forjan un significado, una intensión. Desde aquí parte esta obra, de este rincón siniestro donde se conjugan fantasías, sueños, lamentos, resentimientos, furia, humor y tragedia. Donde casi todo desenlace colapsa en un agónico intento de salvación. Aquí es donde nacen las historias, se desarrollan y se lanzan al mundo que conocemos o quizás al mundo imaginario escondido en cada rincón oscuro del alma.

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Seitenzahl: 76

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección: Eleonora Barchiesi

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Giménez, Jorge Darío

Rincones siniestros : el juego del doctor Leguina y otros relatos / Jorge Darío Giménez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

94 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-530-0

1. Narrativa. 2. Cuentos. 3. Cuentos de Suspenso. I. Título.

CDD A863.9282

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Giménez, Jorge Darío

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Para ustedes, quienes dedican su preciado tiempo a involucrarse en este rincón

Rincones siniestros

Desde aquí, donde mucho se siente. Las palabras se entrelazan para formar ideas dispersas, se conectan y forjan un significado, una intensión. Desde aquí parte esta obra, desde estos rincones siniestros donde se conjugan fantasías, sueños, lamentos, resentimientos, furia, humor y tragedia. Donde casi todo desenlace colapsa en un agónico intento de salvación. Aquí es donde nacen las historias, se desarrollan y se lanzan al mundo que conocemos o quizás al mundo imaginario escondido en cada rincón oscuro del alma.

La mancha en la pared

Desde este rincón, soñé con aves que sobrevolaban mi cuerpo bajo los efectos de la anestesia. Me dominaron el dolor y la incertidumbre de no saber con certeza en dónde despertaría o si siquiera despertaría.

1

Desperté esa mañana sofocado por pesadillas que, de alguna manera, empañaban las pocas horas de sueño. Desde un colchón húmedo y sucio apoyado sobre la cama de una habitación apenas ventilada, miraba el techo sin entender cómo había llegado ahí. De pronto, descubrí algo: una pequeña mancha oscura en la pared. Tímidamente se asomaba, de forma circular, pequeña, apenas visible. No tenía ganas de levantarme; la extraña sensación de hormigueo en mis extremidades y un intenso dolor en la nuca me confundían aún más y me ataban como un prisionero. Mirando el techo del insípido cuarto, me desvanecí sin entender.

2

Entre sollozos y quejidos, traté de levantarme; no pude. La terrible sensación de angustia en mi corazón era tan fuerte que parecía una perpetua condena de frustración. Cerré los ojos y, respirando profundamente, traté de equilibrar mis emociones. El techo se transformó en una pantalla donde se proyectaban escenas de mi vida. Primero, aves volando sobre mi cabeza. Cuando estas desaparecían, se manifestaban borrosas imágenes con diálogos poco audibles, a veces con palabras claras que impactaban inmediatamente en mi corazón. “Sos un cabeza dura”, escuchaba a mi padre decir cuando algo no me salía bien mientras me miraba con una sonrisa. Desde la cama, donde aparentemente me encontraba casi entumecido, seguía mirando esa extraña mancha que se había formado en la pared. Allí clavé la mirada hasta que el sueño y el cansancio me invadieron nuevamente. Mis ojos cedieron y me entregué al descanso una vez más.

3

Pasaron horas y lo supe desde el principio, nunca antes había dormido tanto. Sin poder recordar lo que había soñado, miré la pared y la sorpresa no fue encontrar la macha más grande y amenazadora, sino darme cuenta de que las voces que se dispersaban por la habitación me provocaban una intensa migraña.

“Está mal, hay que cortar”.

Refregaba mi cabeza con fuerza para tratar de calmar el dolor y aclarar los pensamientos, pero fue peor. Al mirar mis manos, vi cabello que caía por entre mis dedos, como las hojas de un árbol que se desgajan con melancolía ante los primeros síntomas del otoño. Volví a tocar mi cabeza, pero esta vez con suavidad sobre la nuca, justo cuando otro mechón de cabello caía débilmente. Alcé la mirada sobre la pared y la mancha seguía ahí, intacta; daba la sensación de que estaba más oscura y más aferrada a ella. Me levanté; con movimientos torpes, me acerqué a contemplarla. Mis extremidades temblaban, me sentía débil, sin hambre, exhausto y, otra vez, con un fuerte dolor de cabeza. El hormigueo había desaparecido, pero el dolor era tan intenso que parecía desparramarse por todo mi cuerpo a punto de colapsar.

La claridad no era buena, las luces de la habitación no encendían. La mancha estaba mucho más grande que la primera vez, oscura, con olor a humedad, siniestra. Pude tocarla, tenía relieve, incluso pequeñas y finas grietas, como si se ramificara. Debajo de la mesita de luz, guardaba algunas herramientas y, si ese sueño o lo que fuera que estuviera viviendo era fiel a mi cuarto, debería estar ahí lo que buscaba. Saqué una punta de acero y comencé a picar la pared; primero, sobre la mancha, que a esas alturas se imponía con absoluta autoridad; luego, sobre las grietas. Como consecuencia de mi debilidad y de la dureza de la pared, no pude avanzar tanto como pretendía. De pronto, se oyeron las voces nuevamente:

“Cabeza dura”.

Miré el techo: nuevamente, se proyectaban escenas de mi infancia donde mi padre me llamaba cabeza dura, a veces como un reproche y a veces con cariño. La mancha se había desparramado por toda la pared, el techo y el piso. El epicentro seguía intacto, se enraizaba y cobraba vida propia. Seguí trabajando, sin fuerza, con el último aliento. Caían retazos de escombros, pintura y polvillo. La lucha terminó al mismo tiempo que mi cuerpo se desvanecía una vez más e impactaba sobre el piso bajo la sombra de algunos recuerdos que se proyectaban en el techo.

4

“Cabeza dura”.

“Está mal, hay que cortar”.

“Te amo, tesoro”.

“Josep, ¡despierta!”.

Y desperté con ese grito rebotando en mi cabeza. Había escuchado algo nuevo: “Te amo, tesoro”. Era la inconfundible voz de mi madre. Sentirla otra vez en ese momento era como aliviar la fiebre sumergido en una bañera con agua fría. Me encontré en el mismo lugar donde me había desvanecido. Mi cuerpo, caliente y bañado en sudor; mi cabeza, con puntadas en la nuca, como si un taladro perforara mis huesos. Mientras miraba por debajo de la cama, encontré un martillo y lo tomé sin dudar. Comencé a golpear la pared.

“Josep”.

“Cabeza dura”.

“¡Despierta!”.

“Está mal, hay que cortar”.

“Te amo, tesoro”.

Todas las palabras se escuchaban al mismo tiempo con distintos colores de voz. De pronto, como un lejano sonido proveniente de algún lugar, se escuchó la delgada línea de una melodía. Era una canción, pero no cualquier canción, era una que solía escuchar cuando era niño. La conocía, era mi preferida. Golpeaba con fuerza tratando de vulnerar la siniestra mancha que se había ramificado por toda la habitación. La pared, escarbada en su totalidad; los muebles, desparramados en pedazos por todos lados; el piso, rasgado, partido y húmedo, inexplicablemente húmedo. Mis pies resbalaban y eso me afectaba el equilibrio. Mi corazón se detuvo por un instante, las voces cesaron, el dolor en mi cabeza disminuyó con agonía emocional y caí una vez más al piso. Bien arriba, sobre el techo, las escenas de mi vida se desvanecían lentamente.

5

La señora Gonel intercepta al doctor antes de tiempo, le hace una pregunta y él le responde que aguarde un momento sin mirarla a los ojos. Sigue caminando y entra a la habitación. La señora Gonel se queda esperando impaciente en el pasillo. En ese instante, entra por la puerta principal, sin identificarse en la recepción, el señor Robert Henderson y corre hasta donde está su exesposa, la señora Gonel.

—¿Cómo está? —le pregunta. Nota sus manos temblorosas y se apoya sobre su hombro llorando.

—Llamaron diciendo que podía despertar hoy. Ya pasó mucho tiempo así. Hay una esperanza —responde su exmujer.

Aparece nuevamente el doctor Dalmasio y se acerca a ellos.

—Buenas tardes, señora Gonel y señor Henderson. Les recuerdo que viene de una operación complicada, pero ya pasó lo peor. Ayer mostró signos de mejoría y probablemente pueda despertar hoy. Somos optimistas y creemos que se recupera lentamente. El tumor era grande y se había ramificado demasiado, no pudimos advertirlo en los estudios. Por este motivo, la cirugía tomó largas horas. Pueden pasar a verlo —concluye el doctor y se retira.

—Te dije que me escuchaba, lo sentía dentro de mí —susurra la señora Gonel tomando del brazo a su exmarido con lágrimas en los ojos.

La señora Gonel y el señor Henderson se acercan juntos hasta la puerta de la habitación. Por el vidrio que los separa, contemplan a su hijo Josep dormido en la cama. Entran al mismo tiempo. Raquel Gonel se sienta sobre un costado, el mismo lugar donde ha estado durante las dos semanas que lleva dormido su hijo. Le coloca los auriculares como hace cada vez que lo ve y pone su música preferida implorando que algún día despierte. El señor Henderson se queda parado sobre un costado de la cama diciendo en voz baja: “Mi cabeza dura”. Le agarra la mano derecha sin dejar de mirarlo.

Volver a su pueblo natal

Volver a sus pagos era lo que más anhelaba: reencontrarse con sus viejos amigos y aromas familiares y mostrar a su gente lo mucho que había progresado en su camino profesional, con el fin de contagiar a chicos y grandes para introducirlos en la senda de la cultura y el trabajo.