2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
Su deber era protegerla… y amarla. Con un negocio que dirigir, a Kat Bennet no le quedaba tiempo para el amor… hasta que un sexy desconocido irrumpió en su vida. Kat no tardó en descubrir que Daniel West tenía un motivo oculto para estar en la ciudad, y se dispuso a ayudarlo en su tarea. Al trabajar juntos, Daniel se dio cuenta de que la quería como esposa pero, ¿aceptaría ella serlo cuando él le revelara sus secretos?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Jodi Dawson
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Robar un corazón, n.º 5416 - noviembre 2016
Título original: Assignment: Marriage
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-9028-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
ADANIEL West le habían dicho muchas veces que tenía la cabeza muy dura. Desgraciadamente, la cazuela de hierro que golpeó su cabeza lo era mucho más. Atónito y dolorido, tuvo que agarrarse a la pared de ladrillo.
Una figura minúscula envuelta en lo que parecía una capa de estrellitas lo observaba atentamente bajo la luz de la luna. Daniel sacudió la cabeza para fijar la mirada en su atacante.
Mala idea.
Le dolían hasta los ojos. Mareado, se deslizó por la pared hasta caer sobre un montón de hojas secas. Notó, a la vez, que sus vaqueros se mojaban con la hierba y que olía a... ¿beicon?
Con la cabeza inclinada, Daniel se percató de que el hada de la cazuela bajaba el arma y se acercaba a él. Luego notó unos dedos suaves en su frente, donde le estaba saliendo un chichón de proporciones gigantescas.
Con los ojos cerrados para controlar el vértigo, notó también que el hada o el gnomo... o lo que fuera, se inclinaba a su lado.
–Decídase –le dijo.
–¿A qué?
Daniel levantó la cabeza y se encontró con unos ojos verdes. Sabía que estaba frente a su objetivo: Katherine Bennett, el ratón que podía llevarle al queso. Su relación con el sospechoso principal de una serie de atracos a bancos era la única pista que tenía.
Pero lo había descubierto. «Buen trabajo, Sherlock».
Ella se incorporó, sujetando la cazuela con ambas manos.
–¿Llamo a la policía para denunciarlo por mirón o llamo a una ambulancia?
–No soy un mirón –protestó él, intentando incorporarse.
–¿Y qué hacía merodeando por mi casa a estas horas?
¿Cómo podía contestar a esa pregunta? Si le decía la verdad, seguramente ella volvería a golpearlo con la cazuela. Daniel consiguió ponerse de rodillas y, confuso, alargó una mano para comprobar que Katherine Bennett era real.
Entonces oyó un gruñido tras él.
–Buster es mi perro –dijo ella, lanzando un suave silbido. Un perro enorme apareció entonces. Su lengua, larguísima, colgaba absurdamente a un lado.
Daniel dejó escapar un suspiro. Las cosas iban de mal en peor. Tenía que decirle la verdad, pensó, moviendo la mano para sacar su documentación del bolsillo.
De repente, el perro lo golpeó en el pecho como un jugador de los Denver Broncos y se encontró tumbado de espaldas, mirando la bocaza de un can de ochenta kilos. Daniel decidió no moverse. Incluso respirar era un riesgo.
–Me han dicho... que alquila usted... habitaciones.
–¿Quiere una habitación? –preguntó Katherine, suspicaz–. ¿Y por qué no ha ido por la entrada principal?
Daniel miró al perro. Afortunadamente, Katherine hizo un gesto con la mano y el animal se apartó.
–La señora de la Cámara de Comercio que me recomendó su casa dijo que la mayoría de los inquilinos entraban por la parte de atrás.
No era una mentira del todo. En realidad, había hablado con la señora de la Cámara de Comercio.
Katherine se cruzó de brazos, con una ceja levantada.
–¿Mary le ha recomendado mi pensión?
Daniel intentó pensar a toda velocidad para no meter la pata. Pero el dolor de cabeza no se lo ponía fácil.
–Le pregunté dónde podía encontrar un sitio tranquilo y ella me dijo que su casa era el sitio adecuado.
Katherine vaciló un momento y luego le ofreció su mano.
–Si lo envía Mary, no puedo dejarlo en la calle –dijo, sonriendo.
Daniel miró la manita que le ofrecía.
–Soy más fuerte de lo que parece, no se crea –dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento.
La mano de Daniel se tragó la suya. Katherine tiró y él se levantó... más o menos. Pero tuvo que apoyarse en la pared para no perder el equilibrio.
Cuando ella se colocó su brazo al hombro, su cabeza apenas quedó a la altura de la barbilla.
–Lo siento. Venía usted buscando tranquilidad y yo le he dado un golpe en la cabeza... No será usted abogado, ¿verdad?
–No –contestó Daniel–. ¿Por qué?
–No querría que me pusiera una demanda.
Su sinceridad lo sorprendió. En su trabajo, no encontraba a menudo gente sincera. Una pena que él no pudiera serlo. Hasta que supiera exactamente qué tipo de relación mantenía con Filcher, no podía serlo.
Despacio, fueron juntos hasta la casa, una residencia de dos pisos de estilo victoriano. Al volver la esquina, Daniel parpadeó porque la luz le hacía daño en los ojos. Pero cuando pudo abrirlos se fijó bien en su acompañante.
La foto en blanco y negro de Katherine Bennett no le hacía justicia. El pelo oscuro le llegaba a mitad de la espalda y la bata que llevaba, del color de una noche estrellada y casi transparente, se pegaba a sus curvas. Su rostro, sin una gota de maquillaje, brillaba de salud. Era una belleza.
Katherine levantó la cara y lo pilló observándola. Pero no apartó la mirada. Sus ojos parecían ofrecerle un reto. ¿Sería real o era su imaginación? Daniel no estaba seguro.
Nervioso, se aclaró la garganta.
–Supongo que no querría alquilarme una habitación.
Ella soltó una risita y el sonido reverberó en la silenciosa noche, haciendo que se sintiera bienvenido.
–Si quiere arriesgarse... ¿cómo voy a negarme?
Primer paso: se había infiltrado en la residencia.
–Estaba dando de comer a los crisantemos –explicó ella, señalando la cazuela.
Daniel se detuvo. El informe sobre Katherine Bennett no mencionaba que estuviese loca.
–¿Perdone?
–Mi tía siempre les daba un poquito de la grasa del beicon para tenerlos contentos. Pero, según ella, sólo funciona si se hace de noche –contestó, como si fuera lo más normal del mundo.
Después, abrió la puerta que llevaba directamente a la cocina. Estaba bien iluminada y tenía un aspecto muy acogedor. Aunque había botes de cristal llenos de... cosas. El contenido parecía ser hierba seca o bichos muertos.
El caso le parecía cada vez más raro.
Katherine lo llevó a una silla y lo ayudó a sentarse. Después, sacó una bolsa de hielo del congelador.
–Póngase esto en la frente. Voy a cocerle unas hierbas para el dolor de cabeza.
Daniel siguió a la diminuta figura hasta la antigua cocina de carbón o leña, algo de otro siglo. ¿Cocerle unas hierbas?
–No, déjelo. Prefiero una simple aspirina.
Katherine se volvió, con sus ojos verdes llenos de censura.
–Mary no ha debido de contarle a qué me dedico.
–Sólo me dijo que tenía usted una pensión –Daniel maldijo por enésima vez la falta de información detallada que había recibido. No tuvo tiempo de reunir más datos antes de empezar a investigar.
–Esto, además de una pensión, es un salón de té especializado en infusiones medicinales –explicó Katherine.
–Ah, ya.
Té. Eso explicaba los botes de cristal. Lo que no era tan sencillo era entender por qué confiaba en él. No le había dicho su nombre y, sin embargo, ella había aceptado tranquilamente llevarlo a su casa.
Por supuesto, tenía al perro del infierno... que seguía mirándolo con cara de malas pulgas.
–Me llamo Daniel West –dijo, intentando levantarse. Pero se lo pensó mejor cuando la cabeza le empezó a dar vueltas.
Katherine estrechó su mano.
–Katherine Bennett. La gente me llama Kat, así que usted también puede llamarme así.
–¿Podemos tutearnos?
–Por supuesto.
Daniel la observaba moverse por la habitación. ¿Qué llevaría bajo la bata?
–¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Sugar Gulch?
–Pues... no estoy seguro. Estoy escribiendo un artículo sobre la zona –contestó Daniel, usando la historia que había inventado para explicar su presencia en el pueblo–. Voy a entrevistar a la gente de aquí, a ver los lugares de interés... ya sabes. ¿Podría entrevistarte a ti?
¿Por qué se sentía como un canalla? Su trabajo como investigador privado para una agencia de seguros requería mentir o, al menos, no decir toda la verdad. Pero en aquel momento, no le gustaba.
–Yo sólo sé de infusiones. Pero quizá querrías hablar con Elizabeth, mi vecina. Es una señora mayor y lo sabe todo sobre Sugar Gulch.
Kat le ofreció una taza.
–¿Azúcar?
–Sí, por favor.
–¿Uno o dos terrones?
–Sólo uno, gracias –murmuró él, tocándose el chichón.
–No estoy intentando envenenarte. Y no hay ningún cadáver en el sótano –sonrió Kat, al ver que él ponía cara de susto–. No te preocupes, esto sólo es una infusión de hierbas. Mandarina y tila para ayudarte a soportar el dolor de cabeza.
Daniel miró el contenido de la taza. ¿Cómo se había metido en aquel lío?
Kat observó el gesto de perplejidad del hombre, que miraba la taza de té con un brillo de aprensión en sus preciosos ojos azules. No, «ojos azules» no era la mejor forma de describirlos. Eran como rayos láser... y parecían estar intentando ver debajo de su bata.
¿Podría ser aquél el hombre que los posos de té habían predicho por la mañana? Entonces Kat se había reído del asunto. Un hombre era lo último que necesitaba. Evitar las atenciones de Chad Filcher ya la mantenía bastante ocupada. De hecho, el banquero del pueblo estaba cada día más pesado.
Mientras pensaba en ello, Kat sonrió. Quizá debería darle con una cazuela en la cabeza para deshacerse de él...
Daniel sopló sobre su té y Kat imaginó las ondas que se formarían en el líquido... Unas ondas parecidas la recorrieron entonces de arriba abajo y tuvo que carraspear, nerviosa.
Eso no le hacía ninguna falta.
Kat se sirvió una taza de tila y lavanda que la ayudaba a dormir.
Sí, ya. Como que iba a pegar ojo sabiendo que tenía a un hombre guapísimo durmiendo bajo el mismo techo.
Estaba de espaldas, pero sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Él la estaba mirando... podía sentirlo.
Daniel rompió el silencio:
–¿Podría ver mi habitación? Creo que sería mejor tumbarme un rato.
Kat se volvió y comprobó que ya se había tomado la infusión. Pronto se encontraría mejor, pensó.
–Hay dos habitaciones en el primer piso, además de la mía. Este fin de semana no tengo más inquilinos, así que estaremos solos.
–Me alegro. No me apetece mucho subir escaleras en este momento –suspiró él, llevándose una mano a la cabeza.
Kat se puso colorada. No lo había golpeado de forma premeditada. El instinto movió su brazo al verlo en la oscuridad...
Él se levantó entonces, inseguro.
–Deja que te ayude.
–Gracias.
Kat le pasó un brazo por la cintura. Era alto, al menos un metro ochenta y cinco. Y estaba en forma. Nada de grasa, nada de michelines...
Se puso colorada al percatarse de que estaba evaluándolo como si fuera una res en una subasta.
¿Por qué la afectaba tanto aquel extraño?
Buster iba tras ellos mientras recorrían el pasillo. Afortunadamente, la habitación más cercana a la suya estaba vacía... en caso de que Daniel necesitara ayuda durante la noche.
–¿Necesitas tu equipaje?
–Puedo pasar sin él hasta mañana –contestó él, encendiendo la lamparita–. Mmmm... qué bien huele.
–Es la lámpara.
–¿Qué?
–La bombilla tiene unas gotitas de aceite aromático. Es bueno para dormir –contestó Kat, nerviosa.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué aquel hombre la ponía nerviosa?
Entonces decidió apartarse. Desgraciadamente, Buster estaba justo detrás de ella. El ladrido de dolor hizo que se echara de golpe hacia delante... cayendo encima de su cliente. Daniel abrió mucho los ojos, sorprendido, cuando ella lo tiró sobre la cama.
Kat dejó escapar un suspiro. Qué humillación. En lugar de una mujer responsable debía de parecer una ninfómana hambrienta de sexo. Tumbada encima de él, Kat lo miró con cara de tonta. Daniel estaba sonriendo. Y su corazón latía acelerado.
«Ay, por Dios, le va a dar un infarto».
Daniel soltó una carcajada. Un sonido profundo, muy masculino. Y siguió riéndose hasta que, por fin, Kat sonrió.
–¿Eres siempre un desastre o esta noche es especial? –le preguntó.
–Debe de ser culpa tuya –contestó ella, levantándose a toda prisa–. Buster y yo nos iremos antes de que tenga que llevarte al hospital.
Se volvió cuando estaba en la puerta y vio que Daniel la miraba desde la cama. Nerviosa, sonrió como despedida. Luego, se apoyó en la puerta y cerró los ojos.
Daniel West era un peligro. Un peligro enorme.
Iba a ser una noche muy larga.
Daniel sacudió la cabeza. Los «accidentes» de Kat eran un truco para distraerlo. Era una profesional. El roce de su cuerpo cuando le cayó encima casi lo hizo dar un salto. Donde ella lo había tocado parecía quemarle...
Pero no podía ser. Tenía que recordar por qué estaba allí, se dijo. Tenía que recordar con quién estaba liada Katherine Bennett. Y que ella podría ser la clave para desenmascarar a un grupo de atracadores de bancos.
El banco había pedido que él, personalmente, se encargara del caso por su reputación como experto en casos de fraude y estafa y ninguna morena llena de curvas iba a distraerlo.
Daniel se quitó la ropa, la dejó caer al suelo y guardó la cartera bajo la almohada. Mientras se metía entre las sábanas de franela y apagaba la luz, intentó concentrarse en el caso.
Quizá debería haber cerrado la puerta con llave...
Demasiado cansado para moverse, se quedó mirando al techo. Tenía una semana exactamente para resolver el caso antes de que intervinieran los federales. Eso no sería bueno para su expediente. Todo lo contrario. Y lo último que le hacía falta era una mujer que lo estropease todo.
Daniel había aprendido que una mujer puede complicar las cosas en la vida. Y mucho. Afortunadamente, su compromiso con Vivian terminó seis meses antes. Nada de lo que hacía le parecía bien a su familia, ni su trabajo ni su forma de vida...
Daniel hizo una mueca, recordando las broncas que tenían cuando él quería salir de excursión o irse de acampada. Vivian quería que aceptase un puesto administrativo en Seguros Global, un puesto en el que ganaría un dinero fijo todos los meses... Y lo peor de todo era que él había aceptado muchas veces sus sugerencias.
Cuando, entre lágrimas, Vivian admitió que estaba enamorada de su abogado, Daniel casi se puso a dar saltos de alegría. No era ésa la reacción que ella había esperado, desde luego. Pero su confesión había roto el compromiso, dejando claro qué tipo de relación era la suya. Se sentían cómodos el uno con el otro, nada más. Nunca estuvieron enamorados.
Daniel deseaba que le fuera bien, pero juró no volver a cometer ese error nunca más. El amor significa dejar de ser tú mismo y no pensaba convertirse en el monigote de una mujer nunca más.
Y, por muy tentadora que fuera, Katherine Bennett sólo era una pista para resolver un caso. A menos que volviera a golpearlo en la cabeza con una cazuela de hierro, claro. Daniel se llevó una mano al chichón. Le dolía un poco menos la cabeza, como ella había prometido. Si el aceite aromático de la lámpara funcionaba tan bien como el té, se quedaría dormido... Daniel arrugó el ceño. No quería soñar con Katherine, sería una distracción.
Kat le dio a Buster una galleta. Se la merecía; el animal, que pesaba ochenta kilos, le ofrecía seguridad y amistad. La había defendido aquella noche. Daniel West no tenía por qué saber que Buster sólo quería jugar, que seguramente habría sido incapaz de morderlo. No lo sabía y eso era lo que importaba.
Mientras acariciaba la cabezota del animal, se mordió los labios. Había conseguido no pensar en su visitante nocturno mientras limpiaba la cocina y preparaba la masa para los bollos del desayuno, pero...
Elizabeth se pondría a dar saltos de alegría cuando viera a Daniel y notase que no llevaba una alianza en el dedo. Elizabeth siempre se estaba metiendo en su vida amorosa... o más bien en su falta de ella. Exasperada, Kat se preguntó por qué la gente piensa que una mujer sola es una mujer incompleta. Ella disfrutaba con su vida y con su negocio y no tenía necesidad de encontrar a nadie.
Además, mantener una relación con un cliente era lo último que pensaba hacer.
Entonces, ¿por qué no podía dejar de recordar a Daniel tumbado en la cama, sonriéndole? Kat miró a la causa del incidente: Buster. Que seguramente estaba compinchado con Elizabeth.
Quizá debería darle otra galleta, pensó, irónica.
No tenía vida sexual ni sentimental, y lo de aquella noche había sido algo inesperado. El breve contacto con el duro cuerpo de Daniel había dejado una marca, una huella en su cuerpo, como si la bata estuviera hecha de neblina... quizá todo eso había sido un recordatorio de lo cerca que estaba de convertirse en una solterona como su tía Bernice. Y como Elizabeth.
