Roboti-k - Wilmer Villanueva - E-Book

Roboti-k E-Book

Wilmer Villanueva

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Roboti-k es una novela ambientada en el año 2093, en la cual se narra el periplo de la Corporación Grey, una compañía que domina el mercado mundial de androides, pero que desde la reclusión de su cabecilla (Matt Grey) en una isla privada tras la muerte de su esposa, se ha encaminado hacia su fracaso. En ese panorama, Jake Crawford, un pasante de ingeniería robótica, deberá hacerse cargo de los problemas que la compañía enfrenta desde la reclusión de Grey. Así, Crawford se instalará en la isla para convencerlo de volver, pero su labor se verá truncada por los deseos de este último, que no tiene interés alguno en regresar a la vida en sociedad, mucho menos hacerse cargo de la Corporación o asumir las responsabilidades y labores de su rol.

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Seitenzahl: 222

Veröffentlichungsjahr: 2023

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ROBOTI-K

Wilmer Villanueva

PRIMERA EDICIÓN Enero 2023

Editado por Aguja LiterariaNoruega 6655, dpto 132 Las Condes - Santiago - Chile Fono fijo: +56 227896753 E-Mail: [email protected] Sitio web: www.agujaliteraria.com Facebook: Aguja Literaria Instagram: @agujaliteraria

ISBN: 9789564090559

DERECHOS RESERVADOSNº inscripción: 2023-A-169Wilmer Villanueva Roboti-k 

Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático

Los contenidos de los textos editados por Aguja Literaria son de la exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan el pensamiento de la Agencia 

TAPAS Diseño: Wilmer Villanueva

ÍNDICE

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1 

CAPÍTULO 2 

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4 

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6 

CAPÍTULO 7 

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 29

CAPÍTULO 30

CAPÍTULO 31

CAPÍTULO 32

CAPÍTULO 33

CAPÍTULO 34

CAPÍTULO 35

CAPÍTULO 36

CAPÍTULO 37

CAPÍTULO 38

CAPÍTULO 39

CAPÍTULO 40

CAPÍTULO 41

CAPÍTULO 42

CAPÍTULO 43

CAPÍTULO 44

CAPÍTULO 45

CAPÍTULO 46

CAPÍTULO 47

CAPÍTULO 48

CAPÍTULO 49

CAPÍTULO 50

Si el algoritmo es un proceso de instrucciones y reglas 

para solucionar un problema, entonces, 

¿por qué un robot no puede resolver 

su propio dilema existencial?

 

 

Dedico mi obra a:

Mi padre Antonio, quien físicamente no está en este mundo, pero cuyas enseñanzas y consejos guardaré siempre en mi corazón. 

Mi madre Victoria, por su amor incondicional, hacer de mí un hombre íntegro y responsable.

Mi esposa Johanna, por su amor, apoyo y soportarme todos estos años.

Finalmente, a todas las editoriales que me rechazaron, lo que me dio las fuerzas para nunca rendirme.  

Prólogo

Según el diccionario de la Real Academia Española, la robótica es la técnica que aplica la informática para el diseño y empleo de aparatos que realizan operaciones o trabajos en instalaciones industriales, que sustituyen a las personas.

De igual manera, es una ciencia o rama de la tecnología que estudia el diseño y construcción de máquinas capaces de desempeñar tareas realizadas por el ser humano o que requieren del uso de inteligencia. Deriva del álgebra, los autómatas programables, las máquinas de estados, la mecánica y la informática.

El deseo humano de crear seres semejantes que nos mitiguen el trabajo ha estado unido a la historia de la robótica. El ingeniero español Leonardo Torres Quevedo acuñó el término “automática” en relación con la teoría de la automatización de tareas asociadas a humanos. Karel Capek, un escritor checo, acuñó en 1921 el término “robot” en su obra dramática “Rossum’s Universal Robots/R.U.R.”, a partir de la palabra checa robbota, la cual significa servidumbre o trabajo forzado. 

Un androide es un robot, pero con figura de hombre. El término proviene del griego andro (hombre) y eidos (apariencia), mientras que ginoide o fembot representa la figura femenina. El término “robótica”, acuñado por Isaac Asimov, define a la ciencia que estudia a los robots. Asimov también creó las Tres leyes de la robótica: 

Un robot no puede jamás dañar a un ser humano ni, debido a la inacción, permitir que un ser humano sufra daño alguno.

Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto cuando tales órdenes contradicen la primera ley.

Un robot debe proteger su propia existencia mientras tal autoprotección no contraiga la primera ni la segunda ley.

En los últimos años, la robótica ha alcanzado un nivel de desarrollo que la coloca como realidad y promesa. Además cuenta con un correcto aparato teórico. Sin embargo, al intentar igualar el sistema cognitivo del ser humano, ha habido mucho retraso en sus aportes. A pesar de ello, se espera que el continuo aumento de la potencia de los ordenadores y las investigaciones en inteligencia artificial, visión artificial, la robótica autónoma y otras ciencias paralelas capaces de permitirnos acercarnos a los sueños de los primeros ingenieros y también a los peligros que la ciencia ficción se ha encargado de adelantar. 

El 2018, según el último estudio de la International Federation of Robotics (IFR), fue un año récord en inversión en robots industriales. La industria del automóvil sigue siendo la principal industria con un 30% del total de instalaciones, superando a la eléctrica/electrónica (25%), metal/maquinaria (10%), plásticos/productos químicos (5%) y alimentos/bebidas (3%). La demanda de robots industriales ha aumentado considerablemente desde el 2010 debido a la continua tendencia a la automatización y las constantes innovaciones técnicas.

Los Países más robotizados, con mayor densidad de robots cada 10 mil trabajadores, son: Corea del Sur, 531 unidades, Singapur (398), Japón (305), Alemania (301), Suecia (212), Taiwán (190), Dinamarca (188), Estados Unidos (176), Bélgica (169) e Italia (160).

La densidad de robots industriales en España dobla la media mundial. Según el sitio web Statista, mientras que la media de robots por cada 10.000 empleados en la industria manufacturera mundial era de 74 en 2016, en España esta alcanzaba los 160 (un 54% mayor), respecto de los datos de la Federación Internacional de Robótica.

Entre los países latinoamericanos más robotizados, figuran México, con 33 robots por cada 10 mil habitantes, seguido por Argentina (16) y Brasil (11).

Capítulo 1 

Año 2093
El panorama del mar era tan impresionante como infinito. Desde su lugar, notaba cómo el día abordaba su faena puntual, con un lánguido ascenso del sol que se expresaba de forma idílica y hacía dimitir su imponente y radiante brillo ante el refulgente cielo azul, huérfano de nubes, que se expandía hasta donde la vista se lo permitía. 

Todo a su alrededor expresaba la grandeza del océano y gritaba lo profunda de su soledad, pero para Matt Grey eso era habitual y monótono. Comenzó a odiarlo, lo latoso, de una manera efímera, al igual como odiaba estar con la gente, no entendía por qué, pero estaba consciente de que nada podía hacer. Era eso o soportar el increíble ostracismo de volver a relacionarse con las personas y eso le parecía aún más aberrante. 

Cargaba con una jaqueca tradicional por las mañanas, producto de su constante y descontrolado consumo de cerveza. Pensaba que el cuerpo debía estar acostumbrado por los años de práctica, pero se equivocaba. Apenas se levantó tuvo que ir corriendo a la terraza para vomitar debido al exceso de ácido en su estómago, provocándole dolores abdominales y mareos. 

Desde entonces no se había movido de allí. La altura que le proporcionaba la terraza, en su inmensa estructura anfibia, magnificaba la vista así como el alivio a su malestar, pero todo aquello comenzaba a parecerle asfixiante, lo que también era habitual.

Quizás estaba harto de tanto esplendor oceánico, tanto glamur marítimo. Tal vez la falta de compañía humana era el motivo, se lo había planteado en repetidas ocasiones, de buena manera, con un estricto lineamiento analítico, pero siempre terminaba discutiendo consigo mismo, recurriendo luego al alcohol y a su abatimiento moral.

¿Cómo podría? ¿Cómo volver a convivir con las personas? No saber relacionarse con los demás no era su única excusa, pero sí a la que más se aferraba: sabía perfectamente que no podía estar en otro lugar en el mundo que en el que se encontraba, aunque quisiera. Ni siquiera intentaba imaginarlo. Su isla artificial de nombre “El Santuario”, ubicada en el océano atlántico muy alejado de la costa de Nueva York, era parte de un complejo privado muy común entre los acaudalados. Pertenecía a la clase uno, una de las mejores de su tipo. Solo quienes gozaban de los beneficios más exclusivos podían darse el lujo de tener algo así, como lo que tenía él. 

Existían otras islas artificiales alrededor del mundo, pero eran catalogadas entre la clase dos y tres; es decir, muy buenas y buenas. Solo existían cinco de clase uno y una le pertenecía a Matt.

De pronto, la brisa del mar le pareció extrañamente seca. Le golpeaba el rostro con sutil delicadeza, casi como si fuera una caricia, como si el viento supiera de su pesar y fuera condescendiente con él. Tampoco quería pensar en eso.

Matt era un hombre de estatura promedio, un metro setenta. Su físico no era muy imponente gracias a que practicaba una buena dosis de sedentarismo y poco interés en las actividades físicas. Aunque era delgado, presumía de una barriga obesa que se asomaba bajo su camisa hawaiana de color azul. Su piel era clara, pero estaba sometida al bronceado del inclemente sol. Sus grandes ojos marrones, hundidos y tristes, acusaban agotamiento por las pocas horas de sueño que tenía. Su cabello largo y descuidado, su barba desaliñada, eran evidencia de su desinterés por la apariencia. Era un cuarentón que comenzaba a pisar los cincuenta, pero en realidad se sentía de ochenta. Su alma le pesaba una tonelada.

Dueño de un coeficiente intelectual de doscientos treinta (el más alto del planeta) y de una personalidad muy directa y explosiva, lo que hacía resaltar su genialidad, solía incomodar a los demás solo por diversión. No toleraba la mediocridad en su entorno, lo que le había proporcionado muchas enemistades y enemigos. Había logrado hacer una vasta fortuna proporcionando a la humanidad de tecnología robótica de primera. En una época en la que la tecnología avanzaba a pasos agigantados y él era responsable en gran medida de ese proceso. 

En su carrera profesional logró crear un imperio, la Corporación Grey, del cual se había desligado hacía pocos años, tres para ser exacto, pero que aún presidía. En su pequeña isla se sentía seguro, solía repetirse: “¿Para qué esclavizarse en un trabajo?”. Aunque él sabía perfectamente que en el fondo esa no era la verdadera razón por la que había dejado de ir a su empresa. El destierro que se autoimpuso fue la excusa perfecta para desligarse del mundo. Aunque eso no era del todo cierto, aún dependía de la tecnología de su empresa, de los repuestos, equipos y cualquier otro aparato electrónico que pudiese necesitar, así como también de los víveres para su alimentación y, por supuesto, las cervezas que recibía cada fin de mes de un avión privado que llegaba directo a su isla. El ostracismo tampoco debía ser tan extremo.

Un androide de aspecto metálico dorado, que brillaba fulgurante por culpa del sol, con una mirada inexpresiva envuelto en un cascaron plástico, cabeza redonda con delgados cables esparcidos sobre su cabeza simulando el cabello, se le aproximó derrochando mucha clase en su andar: era Cindy, que tenía una figura muy femenina y caminaba como si estuviera desfilando por una pasarela. Debía medir un metro ochenta y estaba vestida con el típico traje de sirvienta, el modelo básico de color negro de una pieza, que iba combinado con un delantal de color blanco y chorreras con una banda Katyusha de igual tono. Un modelo similar al surgido en Inglaterra a finales del siglo XIX, pero la falda que llevaba puesta era muy corta y le hacía ver sus largas y contorneadas piernas metálicas. 

La hacían lucir muy sexy. 

Llevaba una gran bandeja de plata con el desayuno: un sándwich tipo “club house”, un vaso con jugo de naranja y una pequeña pastilla que resaltaba en la inmensa bandeja al lado de una inmaculada servilleta blanca.

—Señor Matt, su desayuno —dijo la voz metálica de manera formal para luego dejar la bandeja con extremo cuidado sobre una pequeña mesa circular acompañada por una sombrilla. 

Matt no se inmutó, continuó tieso como una estatua. Sabía que Cindy estaba allí, pero prefirió ignorarla.

Cindy aguardaba en su lugar, paciente.

—¿Algo más, señor? —la voz metálica se hizo sentir de nuevo, ahora más armoniosa.

Matt sacudió la cabeza. Siguió admirando el paisaje.

Ella lo miró por unos segundos sin retirarse. Su presencia obligada era el resultado de un intento fallido de Matt unos días atrás para suicidarse. Había guindado una cuerda en la terraza y se dejó caer para asfixiarse ante aquella maravillosa vista. Le pareció poético terminar con su vida de esa manera, al estilo de una tragedia griega. Hasta imaginó a una cantante de ópera que expresaba su dolor a través del canto con intensidad esmerada mientras él daba su último aliento. Pero no sucedió, su cuello no se partió y pudo resistir su oronda humanidad. 

Cindy lo descubrió a tiempo, logró brindarle primeros auxilios y salvarlo de una muerte inminente.

Por varios días pensó en por qué su cuello no se quebró y pudo soportarlo, cuando por lógica debía romperse y dar fin a su miseria. No encontró explicación y atribuyó eso a su mala suerte. 

Aún tenía la marca de la soga en su cuello, reflejando el fracaso de su intento.

—¡Estoy bien! —dijo por fin. —No me voy a matar… No por ahora.

Cindy, con su rostro inexpresivo, lo detallaba cuidadosamente.

—Siempre dice lo mismo.

—¿En serio? Vete tranquila —musitó Matt—, solo me quedare aquí a disfrutar de este maravilloso paisaje —exageró el sarcasmo. 

—¿En serio hará eso?

Entonces entendió que no podía engañar a un robot. 

—Sí, ya vete. Dejaré que el sol me queme toda la piel… con un poco de suerte, puede que me de cáncer.

Cindy se retiró no muy convencida, sacudía la cabeza de forma negativa, como si lo reprendiera en silencio.

Cuando Matt la vio partir le sonrió de burlesco. 

—Si tan solo los neutrinos fueran mortales… ¡Qué suerte tendría!

Todavía de pie, pero ahora con la vista en el firmamento, como si su vida dependiera de ello, como si fuera su razón de ser, sintió una sensación a su espalda, un calor sofocante, algo que lo obligaba a voltear. Así lo hizo, miró cuidadosamente por encima de su hombro y observó la imagen de su esposa parada detrás de él en medio de la terraza, como fantasma. Lo miraba de manera despectiva y acusatoria: su cabello negro estaba siendo alborotado por el viento, de una forma espectral, y su dedo índice lo apuntaba sin reparo. 

Matt tembló. Un hormigueo se apoderó de todo su ser. Sintió que sus rodillas le iban a fallar y se desplomaría. Sus ojos lagrimearon sin poderlo evitar, sintió un profundo pesar en su corazón. 

“No otra vez”, pensó insistente. 

Tomó la pastilla que estaba en la bandeja y la colocó en su lengua con mucha diligencia, tragó con desespero mientras bebía el jugo de manera aparatosa.

—¡Ya estas malditas pastillas no me hacen nada! —exclamó furioso. 

Poco a poco la imagen de su esposa se desvaneció frente a él. Sintió alivio. Tomó un pedazo de su sándwich y le propinó una gran mordida. Masticó con ganas mientras cerraba los ojos. Dejó que un gran trozo pasara por su garganta imaginando cómo caía hacia el sistema digestivo. No quería dejar de pensar en ello, era necesario. No quería volver a ver el rostro acusatorio de su esposa muerta. 

“¡Maldición!”, pensó. Debía mantener su mente ocupada, era lo único que le funcionaba en momentos así. Se preguntó si podría hacer algo parecido con los androides, es decir, que comieran como los humanos. Tal vez para que Cindy o cualquier otro androide del complejo lo acompañara en el desayuno, almuerzo o cena. Podrían discutir algo trivial: deportes, política o cualquier otra cosa. Sería muy positivo para su condición. “Además, no tendría que comer solo”, se dijo a sí mismo. Imaginó por un segundo estar rodeado de personas, como lo hacía antes, pero nuevamente desestimó la idea con amargura. No pensaba volver a la ciudad ni a otro lugar donde hubiese más gente. “¡Nunca más!”, afirmó en su mente. Su isla artificial y sus androides debían ser suficiente. Además, era tonto eso de hacer comer a los androides, sería un desperdicio de comida. No le gustaba la idea de desperdiciarla, no con tanta hambruna en el mundo. “Supongo que tendré que conformarme con comer solo”.  

Capítulo 2

Una torre de enorme envergadura sobresalía entre los edificios que la circundaban en el distrito financiero del bajo Manhattan; vasta y acaudalada metrópoli que había evolucionado geométricamente con el paso del tiempo, la cual mostraba islas artificiales, en pequeña escala, como centros recreativos, instituciones gubernamentales y hasta bancos esparcidos a lo largo del Río Hudson. La moderni-dad y el avance tecnológico hacían eco a la entrada del siglo veintidós. 

La torre estaba revestida de cristales en su totalidad que la hacían brillar: colores azules y verdes se mezclaban espectacularmente a medida que el sol transitaba por en-cima de ella. Una pantalla cilíndrica en tercera dimensión, ubicada en el pináculo del monumento, giraba espectral alrededor del centro del rascacielos, fluctuando su tama-ño de manera intencional mientras la imagen temblaba de modo rítmico y hacía destacar un nombre: Corporación Grey. 

La Corporación Grey dominaba el comercio de an-droides en todo el mundo, menos en Asia, donde los ja-poneses tenían el dominio y eran los que llevaban la van-guardia. Nadie podía competir con ellos. Lo intentaron repetidas veces, pero en todas fracasaron. No era cuestión de calidad o precio, los japoneses eran leales a su marca y no tenían interés en cambiarla, menos por una extranjera. Además, tenían un convenio garantizado con los demás países asiáticos, quienes adquirían gustosos sus productos sin contrariedad, aprovechándose por completo de la si-tuación. 

Los robots eran la moda que marcaba el final del siglo veintiuno. Todos tenían uno. Era la tendencia después de las computadoras en el siglo veinte y de los celulares a finales del mismo. No ser poseedor de un robot era sinó-nimo de retraso y hasta burla; eran muy baratos, por lo que no había excusa que valiera para no tener uno. 

Los más económicos eran los de tipo mascota, que por lo general se conformaban por perros, gatos, pequeños monos o figuras mitológicas y fantasiosas, hechos solo pa-ra divertir y educar. A ellos les seguían los de servicios que estaban para ayudar en los quehaceres del hogar y como acompañantes para los ancianos. Finalmente, los avanzados; androides más completos que servían como constructores de obras, como aparatos de seguridad o de carácter militar. Eran más grandes y conllevaban más fun-ciones, también los más costosos.

No era necesario adivinar que los robots ocuparían el grueso de las labores comerciales en el mundo; desplaza-rían a los humanos en tareas básicas. Pero no fue algo que cayera de sorpresa, tampoco se trató de revolución ciber-nética, más bien fue un movimiento que invitó al ser hu-mano a concentrarse más en sí mismo, a realizar activida-des de autodescubrimiento que le dieran más libertades para su desarrollo personal o espiritual. Aunque no fue un hecho utópico, encaminó al ser humano a otro nivel de desarrollo. 

En cada piso de la torre se desarrollaban las piezas con tecnología de punta. En uno se armaban los robots en serie de forma autónoma, ningún humano estaba presente durante el proceso, eran elaborados por una computadora que supervisaba todo. 

En algunos pisos, cientos de programadores tra-bajaban en los códigos de lenguaje para perfeccionar los algoritmos viejos y crear nuevos. Todo debía ser revisado y probado al momento. En otros, los an-droides ya ensamblados, estaban siendo entrenados para que su programación concordara con el motivo por el que eran creados; por ejemplo, los que estaban destinados para labores de aseo limpiaban cuartos y oficinas; los destinados a labores serviciales, eran entrenados en lo referente a etiqueta y labores de mayordomo; a los de salud, enfermeros ayudantes; etc. Los pisos restantes eran para el personal admi-nistrativo, seguridad, gerencia y finalmente, de los accionistas. 

La torre era todo un epicentro de la tecnología. Nadie ponía en duda que la Corporación Grey había sido una eminencia en lo que concernía a robótica, y por ello, albergaba a más de cien mil empleados en todo el planeta. Pero no era la única, la Corporación Kobayashi tenía el monopolio en Asia y hasta en al-gunas partes de Europa; era su más ferviente compe-tidor. Otras compañías se aventuraban en ser con-tendientes en el mercado, pero ninguna llegaba al nivel de esas dos. El monopolio giraba alrededor de las dos marcas.

En un gran salón ubicado en lo alto de la torre, a juzgar por el espléndido paisaje que se podía apreciar a través de los ventanales del tipo panorámico, se llevaba a cabo una reunión con los accionistas de la empresa: esta-ban todos sentados frente a una exagerada mesa oblicua de madera pulida, color caoba, mirando un video promo-cional de unos androides japoneses (el video estaba en idioma japonés).

En el video los androides tenían apariencia humana, eran serviciales, trabajaban como recepcionistas, camare-ras, taxistas, policías y se mezclaban perfectamente con la gente. Eran toda una sensación en el continente asiático y en algunos sitios de Europa.

Una música instrumental, a base de piano y violín, se amoldaba perfectamente con las imágenes del video. Los japoneses eran muy creativos a la hora de mostrar sus productos, resaltando su claridad y eficacia en el mensaje.

Andrew Wilson, el CEO encargado de la Corporación Grey, dirigía los pormenores de dicha reunión. Era un hombre de unos cincuenta años, provisto de una buena contextura atlética. Tenía un rostro relajado que irradiaba amabilidad e intimidaba al mismo tiempo. Poseía una mi-rada punzante, cejas pobladas y una enorme quijada que lo hacían parecer un personaje de anime. Había sido juga-dor amateur de futbol americano en su juventud, pero se retiró a causa de una lesión en su espalda que cortó su carrera tempranamente. Su gran estatura intimidaba a cualquiera, igual que su sobriedad. 

Su gran calvicie brillaba en la sala como bola de billar, sus ojos negros veían cómo el video finalizaba la proyección mostrando en la pantalla el contraste os-curecido que parecía de algún modo reflejar el futu-ro de la compañía. No estaba para nada complacido. Se hundía cada vez más en su enorme sillón mientras intentaba adivinar las expresiones de los presentes. Todos lo miraban a la espera de que dijera algo, na-die se atrevía a quitarle el privilegio de tener la pri-mera palabra; sería un gravísimo error.

—Esos malditos androides japoneses práctica-mente nos quitaron el mercado europeo —tronó An-drew muy molesto—, sabíamos que nunca podríamos competir en su zona, pero ¿cómo nos dejamos quitar Europa? ¿Acaso también nos quitarán nuestro mer-cado en América? ¿En nuestras narices?

Ningún accionista habló. 

Andrew solía hablar con una cadencia firme y profe-sional, exhibiendo su atinado contexto de la palabra, pero esta vez su voz se inclinaba hacia el desconcierto y la de-sesperación. Acostumbraba verse muy seguro, como un gran roble en un inmenso bosque, pero ahora no se expre-saba de esa manera. No era precisamente un hombre de principios, lograba lo que se proponía sin importar a quien se llevara por delante. Así fue cómo se abrió camino en la Corporación, por eso y por el dinero de su familia y espo-sa, quienes habían invertido en acciones. Compró muchas otras, la mayoría por medio de la intimidación y la violen-cia, aunque ahora su temperamento se había calmado bas-tante. Hasta ahora.

—Como ya saben… —acotó Andrew— necesitamos que la empresa retome el camino que nos catapultó en el negocio de los androides. Estamos bajando cada mes en la bolsa y si seguimos así no habrá empresa que cuidar. Te-nemos que recuperarnos.

Nate Fulmer, otro de los accionistas, muy afable y me-tódico, de aspecto regordete, rostro redondo y ojos achi-nados, con un horrible bigote al estilo del siglo veinte que le hacía una especie de arco de lado a lado en el rostro, estaba sentado muy cerca de Andrew. Era el que siempre decía lo que pensaba sin importar si gustaba o no. Era un hombre sin filtros, quien expresaba lo que sentía, y esta no sería la excepción:

—La Corporación Kobayashi es un digno rival —dijo calmadamente—, todos aquí sabíamos que jamás la supe-raríamos, pero yo recomendé muchos cambios que la compañía se ha negado a realizar, desde modelos nuevos hasta asociaciones con otras casas, pero todas han sido negadas.

—Miró de reojo a Andrew, que parecía no importarle lo que decía. —Yo no sé en realidad qué es lo que realmente pretendes, Andrew.

Andrew fijó ahora su mirada en él, su señalamiento era un poco atrevido, no esperaba menos.

—Al parecer debemos traer de vuelta a Matt —chilló Andrew con firmeza—, él es la cabeza de este emporio, pero es obvio que no sucederá.

—Él no está bien —aclaró Nate—, está en su refugio, en su retiro personal. Yo sigo votando que se debe vender buena parte de las acciones… las de él para ser más espe-cífico.

Andrew se levantó de su puesto pausadamente, como si el caminar le ayudase a aclarar su mente.

—Todos aquí queremos eso, Nate, pero eso no será posible sin Matt. Él debe renunciar o vender sus activos, recuerda que existe una cláusula que lo protege.

Erick Bane, otro de los accionistas de la Corporación, el más inteligente en cuanto a aplicaciones robóticas, encargado de sustituir a Matt en la parte de desarrollo y diseño de los nuevos modelos, así como en la inteligencia artificial, era un erudito de la informática y robótica gracias a su actitud nefelibata, la cual a veces lo hacía estar más allá de la realidad, pero que sin duda le ayudaba a hacer excelentes trabajos. Lo hacía el más calificado para ejercer dicho cargo. A pesar de ser cuarentón, tenía un semblante muy juvenil que hacía sospechar que se había hecho una cirugía facial. Su aspecto era desgarbado y su cabello negro muy largo y desordenado, sus grandes lentes parecían ocupar toda su cara que lo estereotipaba como el nerd de la compañía, pero su sagacidad en los negocios, el de las ideas innovadoras, le hacían valer su lugar entre los accionistas. 

—El problema de Matt es mental, necesita alejarse de todo esto: el trabajo, las discusiones. En su estado actual, dudo mucho que vuelva —intervino Erick. 

—Precisamente —se inmiscuyó Sandra, otra accionis-ta. —Matt lleva tres años aislado, ¿cuánto más necesita?

—Si no hay manera de traerlo de vuelta… entonces bus-quemos la forma de deshacernos de él —propuso Andrew por fin. 

Todos lo observaron muy sorprendidos.

—Eso es llegar a los extremos… —señaló sobriamente Erick.

—Bien, Erick —dijo Andrew—, eres el encargado del área de inteligencia artificial, propón algo inteligente.

Erick lo miró concienzudamente. Sonrió con aires de malicia como si pretendiera lanzar una bomba que los sorprendiera a todos.

—Matt necesita un terapeuta, un psicólogo que le de-vuelva la confianza y lo excomulgue de sus culpas.

—Ha rechazado toda ayuda que le hemos enviado 

—recalcó Andrew. 

—Recuerda que Matt es ingeniero en robótica, le gus-ta programar —apuntó Erick—, él fue el que levantó esta empresa de la nada, para nadie es un secreto que no se lleva bien con las personas y por eso vive en su fortaleza flotante rodeada de androides.

—Androides que ya están obsoletos —intervino nue-vamente Sandra— y de seguro no representan un atracti-vo para el mercado, como viste, las personas se inclinan hoy por la tecnología japonesa.

—Sí —respondió Erick—, por eso es hora de actuali-zarnos, hacer mejoras. Tengo un prototipo listo para com-petir contra los japoneses, estoy seguro de que ayudará a levantar a la Corporación y volveremos al lugar que nos corresponde.