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Lo último que Grant Whiting hubiera deseado, siendo el padrino de la boda de sus mejores amigos, era que lo emparejaran con la dama de honor, así que decidió pedirle a su hermano gemelo que lo sustituyera. Pero cuando en el ensayo de la ceremonia, Mitzi dio un puñetazo a su hermano, Grant se vio forzado a hacer de nuevo el cambio, es decir, a ocupar su verdadero lugar. Y entonces descubrió que ella era la mujer de sus sueños. Mitzi, sin embargo, estaba segura de haber encontrado al hombre de sus pesadillas.
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Seitenzahl: 203
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1999 Elizabeth Bass
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Romance accidentado, n.º 1067- junio 2022
Título original: The Best Man Switch
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1105-673-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Todo lo que te pido es un pequeño favor –le rogó Grant Whiting a su hermano gemelo Ted—. Sólo tienes que hacerte pasar por mí en el ensayo, en la boda y en la cena, eso es todo.
—¿Eso es todo? —repitió Ted levantándose de la silla frente a la mesa de despacho de Grant. Aquel gesto le hizo parecer la viva imagen de su hermano—. ¿Llamas pequeño favor al hecho de hacerme pasar por el padrino en la boda?
—No es una auditoría o una ceremonia de inauguración, se trata simplemente de una boda.
Grant sabía en qué estaba pensando su hermano, en que no era propio de él evadirse de un compromiso. Con un simple vistazo se veía que era una de esas personas trabajadoras y concienzudas, incapaces de eludir una responsabilidad. Siempre vestía con formalidad en el trabajo, con un estilo conservador que para su hermano Ted resultaba fúnebre: traje oscuro, corbata de seda y zapatos perfectamente limpios. Ted, por su parte, había llegado tarde aquel día y con una vestimenta más adecuada para ir a la playa de Waikiki que otra cosa: pantalones cortos, camisa estampada de flores y sandalias. Sólo le faltaba un cóctel y una sombrillita.
Pocas veces se habían cambiado el uno por el otro en el pasado, empresa nada fácil a pesar de ser perfectamente idénticos, y siempre había sido en beneficio de Ted. Por ejemplo cuando Ted tuvo pánico ante el escenario y no pudo salir a interpretar a George Washington en la clase de historia, cuando fue incapaz de aprender geometría, español o botánica, o cuando se sintió incapaz de decirle a Mary Pepperburg que tenía una cita. Grant, en cambio, nunca había necesitado que su hermano lo rescatara.
—Creía que estabas ansioso por la boda de Kay y Marty —comentó Ted.
—Por supuesto, son mis mejores amigos.
—Mmm —asintió Ted tamborileando con los dedos sobre la mesa y observando a su hermano de cerca—. ¿Pero no será por culpa de la compra de acciones? ¡Dios mío! ¡Eres incapaz de abandonar el almacén ni siquiera por un miserable día!
Ted opinaba que Grant era adicto al trabajo, pero lo cierto era que él tenía una ética laboral un tanto relajada.
—Se trata de una noche y un día entero —lo corrigió Grant—. Creo que no te das cuenta de la gravedad de nuestra situación —argumentó. Él y su hermano corrían el riesgo de perder la pequeña cadena de almacenes de herencia familiar, Whiting’s, si no conseguían impedir la oferta de compra de Moreland’s, una cadena más grande ubicada en el medio oeste—. Ésta es la crisis de negocios más grave a la que nos enfrentamos desde que Herman Little, el del departamento de ropa de caballeros, trató de unir y sindicar a todos los empleados.
—¿Y qué ocurrió en aquella ocasión? —preguntó Ted—. Que les subimos un poco el sueldo.
—¡Fue un incremento del siete por ciento!
—¿Quieres relajarte, por favor? —rogó Ted encogiéndose de hombros.
—Claro, tú no tienes encima a Horace Morland llamándote por teléfono cada diez minutos. Y además ahora ha venido a nuestro territorio.
Horace Morland era el propietario de una corporación que devoraba almacenes locales igual que un niño devora caramelos, y aquella semana había viajado a Austin para tragarse Whiting’s. Ted y Grant estaban en contra de la venta, pero no eran por completo dueños de su destino. Sólo poseían el cincuenta por ciento del negocio. Su tío Truman, un veterano en Whiting’s, seguía poseyendo otra cuarta parte. El tío Truman estaba obsesionado con el golf, y siempre necesitaba dinero para cumplir con sus obligaciones en el club, una debilidad que le hacía muy sensible a la enorme suma de dinero que Moreland les ofrecía. La última cuarta parte pertenecía a Mona, la madrastra de Ted y de Grant. Aunque su padre había fallecido siete años atrás, su última esposa, Mona, seguía teniendo sobre ellos una considerable influencia debido a ese veinticinco por ciento. Y no es que Mona estuviera contenta con la venta, es que estaba ansiosa. Mona era una esclava de la moda, y guardar las apariencias siempre había sido algo caro. ¿No era mejor el dinero en metálico a la posesión de un negocio sujeto a los altibajos del mercado?, se preguntaba. En otras palabras, Mona y Truman eran unos chaqueteros dispuestos a cambiar de bando y a recibir con confeti el bombardeo de Moreland.
—Tengo que estar alerta, hay que evitar una calamidad. No tengo tiempo para bodas.
—¿Sabes lo que pienso? —preguntó Ted—. Pienso que no quieres ir a la boda para evitar por todos los medios el recuerdo.
—¿El recuerdo de qué?
—De tu divorcio.
—Tienes razón —confirmó Grant con un gesto de la mano—, no quiero recordarlo.
Grant estaba atónito ante el hecho de que fuera precisamente él quien estuviera divorciado. Había visto a su padre casarse tres veces, y siempre se había jurado que él lo haría de un modo diferente.
—No puedes pasarte la vida evitando a las mujeres, ¿sabes? ¿Por qué no sales por ahí y disfrutas de tu nueva soltería? ¡Relájate!
—Eso es lo que solía decirme Janice —contestó Grant.
Janice era la ex-mujer de Grant. Ted lo miró perplejo.
—¿No me digas que quería que salieras y conocieras a otras mujeres?
—No, sólo quería que me relajara, decía que era muy rígido, un pesado.
—¡Janice estaba loca! —exclamó Ted, a quien la ex-mujer de su hermano siempre le había caído mal.
Lo cierto era, en realidad, que Ted no podía soportar nada que tuviera relación con la vida doméstica y de casado.
—¿Tú crees que soy un pesado?
—Bueno… quizá no seas pesado exactamente… más bien serio. Digno.
—Pesado —suspiró Grant—. Janice siempre se quejaba porque decía que nunca hacíamos nada divertido, nada espontáneo. Decía que era demasiado responsable. ¡Demasiado responsable! ¿Se puede ser algo así?
—Janice era una excéntrica.
¿Lo era?, se preguntó Grant. Él le había sugerido que buscaran el consejo de un especialista para arreglar sus diferencias. En realidad lo que pretendía era que ella asistiera a una psicoterapia, pero quería estar presente cuando el psiquiatra le dijera que era incapaz de apreciar a su excelente marido y que no había nada de malo en su matrimonio, tal y como él siempre había defendido.
Sin embargo, una mañana, antes de acudir a la primera sesión, Grant se había despertado y había descubierto que su esposa se había fugado con el príncipe de un país diminuto, el jeque de un país rico en petróleo del Oriente Medio.
Bien, se había dicho entonces. Quizá sí hubiera algo de malo en su matrimonio, pero la huida de Janice trasformaba aquel pequeño problema diario en algo mucho más importante.
—Bueno, lo peor de todo ha sido mi ceguera. Mientras yo permanecía fiel y venía a trabajar al almacén a diario como un esclavo, construyendo una habitación más en la casa durante los fines de semana con la esperanza de fundar una familia, Janice salía en secreto por las tardes a reunirse con el príncipe Omar.
—Mientras tú hacías de marido cumplidor ella ensayaba la danza de los siete velos —bromeó Ted.
—¿Cómo voy a encontrar a ninguna mujer en la que pueda confiar después de esta decepción?
—Olvídate de la confianza, piensa en las piernas —aconsejó Ted.
Grant hubiera deseado poder ser un soltero convencido como su hermano, pero se sentía incapaz.
—No quiero volver a casarme.
—¡Bien!
—Ni siquiera quiero pensar en ello.
—Entonces no lo pienses. Búscate una chica y pásatelo bien —aconsejó de nuevo Ted.
Aquel era un buen consejo, pero durante la ceremonia de la boda, Grant volvería a escuchar las palabras solemnes que él mismo había pronunciado ante una mujer que, aparentemente, no había recapacitado demasiado sobre aquello de «hasta que la muerte nos separe». Sencillamente no estaba seguro de poder soportarlo, se dijo. Y luego, por otro lado, estaba el pequeño asunto de la dama de honor, recordó.
—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?
—Se trata de Kay —confirmó Grant—. De la novia.
—¡La novia! —repitió Ted con disgusto.
Kay era una amiga de Grant de la escuela de empresariales, y sólo había visto a Ted en una ocasión. Pero con una había sido suficiente. Durante una comida al aire libre en el jardín trasero de la casa de Kay Chester, su perro, se había ganado la enemistad de Ted al hacerse pis en su genuino par de botas importadas de Australia. Desde entonces Ted y aquel perro se habían jurado una aversión eterna.
—Esto no tiene nada que ver con su perro —aseguró Grant—. Es… bueno, Kay es una de esas mujeres que se empeñan en casar a todo el mundo, y ahora que es ella la que se casa y que yo soy su padrino se le ha metido en la cabeza que me case otra vez.
—¡Mujeres! —exclamó su hermano. Ted adoraba a las mujeres, al menos a las rubias y de piernas largas, pero siempre se ponía a la defensiva cada vez que se hablaba de matrimonio—. No serán felices hasta que el último hombre del planeta no esté casado y bien atado con una mujer, una hipoteca y un montón de niños.
—Justamente así es Kay —asintió Grant.
—Deja que adivine… —intervino Ted tamborileando molesto con un lápiz sobre la pierna—. Kay cree que su dama de honor sería perfecta para ti —sugirió terminando la frase en un tono de voz agudo y femenino.
—¿Cómo lo sabes? —sonrió Grant.
Lo cierto era que Kay había mencionado a su dama de honor en muchas ocasiones, recordó Grant. Definitivamente estaba tramando emparejarlos.
—Bueno, las mujeres son tan predecibles —contestó Ted reclinándose hacia atrás y colocándose el lápiz sobre la oreja mientras sacudía la cabeza pensativo—. Las mujeres orquestan este tipo de bodas para gozar de un momento estelar en su vida. Primero se casa una, y entonces le entra la prisa a la otra, y antes de que el pobre diablo con el que sale se dé cuenta ya está caminando hacia el altar. Y así sucesivamente. Para ellas una boda es como un rally, una carrera frenética hacia el matrimonio. Y como no estés en guardia, hermano, te liarán.
—Si me hubieras contado todo eso hace cinco años no me habría casado con la princesa Janice —sonrió irónico Grant.
La frente de Ted se arrugó. Se sentía culpable de no haber adoctrinado antes a su hermano en los secretos de la soltería, pensó. Aunque Dios sabía que lo había intentado. Él se había mantenido en guardia contra el sexo opuesto desde los catorce años, cuando su padre se casó por cuarta vez. Aún se culpaba por haber dejado que Janice traspasara la línea defensiva.
Grant había pagado caro el error, recapacitó. Y sin embargo ahí estaba, seguía siendo un hombre vulnerable, pensó. Era una presa fácil para cualquier mujer. Sólo de pensarlo se ponía furioso.
—Escucha, hermanito, haré ese intercambio. De hecho creo que es mi deber solemne para contigo, igual que ponerme de tu lado aquí, en el almacén.
Grant se atragantó con el café. Ted era esencial para Whiting’s, sobre todo cuando se trataba de entretener a los compradores, recordó. Era capaz de impresionar a cualquier ejecutivo con sus historias sobre el fútbol, pero siempre se escabullía durante las estresantes operaciones del día a día en el almacén. Siempre tenía que perfeccionar su bronceado en su preciosa barca. Y cuando le hablaba sobre su absentismo laboral o lo presionaba aparecía durante un par de horas por el despacho, pero para hacer flexiones, recordó.
No obstante, Ted se enorgullecía de ser el hermano mayor y de ser infinitamente más listo que él, al menos en lo relativo a las mujeres. A pesar de haber nacido sólo doce minutos antes, pensó.
—Es evidente que aún no estás preparado para enfrentarte a esa… ¿cómo se llama la mujer a la que Kay dice que estás destinado?
—Mitzi —contestó Grant—. El nombre de la dama de honor es Mitzi Campion, es una amiga de Kay del instituto.
—Mitzi, bien —repitió Ted frunciendo el ceño pensativo—. Mitzi, ¿sabes a qué me suena ese nombre?
—No, ¿a qué?
—A fresca, a insaciable —declaró Ted. Grant rió—. Piensa en Mitzi Gaynor, en South Pacific. El papel de enfermera que interpretó era el de una fresca, ¿y qué ocurrió?
—¿Que bailó mucho?
—¡Que se casó! —exclamó Ted girando los ojos en sus órbitas en un gesto de cansancio—. Se casó con un pobre diablo francés que estaba tranquilamente sentado en su isla, ocupándose de sus propios asuntos.
—Yo creía que él era un viejo asesino solitario con dos niños… —intervino Grant.
—Eso lo añadieron después para que ella pareciera buena.
—Mitzi volará desde Nueva York para asistir a la boda, y va a cuidar de la casa de Kay la semana que viene mientras ella y Marty se van de luna de miel. Es por eso por lo que Kay quiere que le enseñe la ciudad y que lleve a la pobre chica a…
Ted hizo de pronto un gesto para hacerlo callar.
—¡No, no, no, no! No pienses en esa tal Mitzi como en una chica. En el idioma de los solteros es una depredadora, pero antes de que termine la cena del viernes le haré saber lo que nosotros, los solteros, pensamos sobre eso de acompañar a las damas —Grant rió—. Sí, sí, ríete si quieres —continuó Ted—. Me lo agradecerás cuando todo haya pasado. Créeme, Grant, después de esta boda, la fresca de Mitzi nunca volverá a volar a una ciudad desconocida para atrapar a un hombre.
Grant sonrió. Los protectores hermanos «mayores» tenían definitivamente algo a su favor, pensó. Por primera vez desde el fisco de su matrimonio sentía que recuperaba el control de su vida. Podía concentrar todas sus energías en salvar el negocio familiar y, con ello, su propia cordura. Y lo mejor de todo era que podía olvidarse de las bodas, de las promesas de matrimonio y de las mujeres…
—Estoy harto de las mujeres, tigre —le confesó a su hermano.
Vas a enamorarte de Grant Whiting! —profetizó Kay desde el asiento delantero del coche de camino al ensayo de la boda—. ¡Ya lo verás, ese hombre es un sueño!
Mitzi Campion apretó los dientes y sonrió como si no pudiera esperar ni un segundo para conocer a aquel increíble dios del amor del que Kay no había dejado de hablar en toda la tarde.
—Según parece es maravilloso, Kay, pero en serio, actualmente mi ideal masculino es Chester.
—¡Pero Mitzi, no estás hablando en serio!
Mitzi sonrió. Esperaba con ardor aquella semana de paz y tranquilidad cuidando del perro en casa de Kay, pensó.
—Tú ganas. Me calentará los pies mientras veo películas de vídeo y me mirará a los ojos lleno de pasión mientras como guarrerías como una cerda. Y seguro que me será mucho más fiel que cualquiera de los novios que haya tenido hasta ahora.
Eso sí que no era una broma. Durante los tres últimos años, Mitzi había tenido tres relaciones, y todas ellas habían acabado con un fuerte dolor de cabeza. Lo extraño era que en los tres casos todo le había parecido maravilloso: los tres eran hombres guapos, con un trabajo bien remunerado y con personalidades perfectamente compatibles con su carácter. Y sin embargo los tres habían huido y se habían puesto a cubierto al descubrir que Mitzi deseaba un futuro con matrimonio, niños y pagos de hipoteca. De hecho con sólo mencionar la palabra niño, Mike se había lanzado en brazos de una modelo de Sears. Un año después una vaga referencia a la palabra matrimonio había atemorizado a Jeff, que la había abandonado para lanzarse a galopar con una amazona.
Y finalmente estaba Tim, que se había convertido en el hermano Tim. Pero aquello resultaba demasiado humillante como para recordarlo, pensó.
Kay sacudió la cabeza con un gesto de reproche.
—Nunca encontrarás al hombre adecuado encerrándote en casa con el vídeo y con Chester.
—Ya estoy harta de buscar al Señor Perfecto. Según parece no hay nada que altere más a los hombres civilizados adictos al trabajo que la idea de una mujer que desea casarse.
—No seas tan negativa —recomendó Kay.
Era fácil decirlo para ella, que tenía un pie en el altar, pensó Mitzi.
—Tengo que enfrentarme a los hechos —replicó—. He perdido tres hombres en tres años, y eso significa que estoy fuera de juego. Si un caballo de carreras llevara un record como el mío lo habrían puesto a pastar.
Kay miró a Marty, su futuro marido, y le guiñó un ojo.
—¿No te parece que harán una pareja estupenda?
Mitzi rió, pero no pudo evitar sentir curiosidad.
—¿Quieres decir que Grant Whiting es también una víctima de Cupido? —preguntó.
Kay se volvió hacia el asiento de atrás y puso una mano sobre el hombro de Mitzi.
—Su historia es muy triste. Es el hombre más encantador que puedas imaginar, pero hace poco más de un año su mujer lo abandonó.
—Bueno, entonces tendrá una pega ¿cuál es? —preguntó Mitzi que oía sirenas de alarma en su cabeza.
—¡Nada, simplemente Janice no supo apreciarlo! —se apresuró Kay a defenderlo con la vehemencia de una larga amistad—. Ella conoció a un jeque del petróleo, y… bueno, te puedes imaginar el resto —desde luego que podía imaginarlo, se dijo Mitzi. Había sido traicionado, pensó comenzando a sentir cierta ternura, a su pesar, hacia el Señor Ideal—. El tipo era un jeque del petróleo del Oriente Medio —se explicó Kay—. De hecho creo que era príncipe o algo así. Probablemente Janice esté ahora viviendo en una tienda de campaña en algún lugar del desierto, pero eso sí, puede comprar o vender unos cuantos países diminutos antes de la comida sin pensarlo mucho.
—Traicionado por culpa de un príncipe —suspiró Mitzi. Al menos ella no había tenido que competir con la realeza, pensó—. Ese sí que debe de ser un mal trago.
—Pero la estupidez de Janice va a ser tu suerte —contestó Kay dándole unos golpecitos en el hombro.
—Aunque no estuviera convencida de que el amor es un fraude dudo de que pueda perder la cabeza por nadie en tan sólo una semana, Kay —replicó Mitzi con una sonrisa paciente.
—No seas tan pesimista, míranos a Marty y a mí.
Mitzi se quedó mirando a su mejor amiga sin comprender. De hecho incluso Marty la miraba confuso.
—¡Pero si vosotros dos os conocisteis en el instituto! —señaló Mitzi—, ¡os costó trece años tener vuestra primera cita!
—Es cierto —asintió Kay—, trece años, y de repente, ¡zas! De pronto un día me di cuenta de que estaba completa, locamente enamorada. Ya lo ves.
Mitzi se hundió en el respaldo del asiento. El ejemplo de su amiga no resultaba demasiado reconfortante, pensó. Si era cierto que costaba trece años sentir un flechazo tenía un problema muy grave. El único hombre al que conocía desde hacía tanto tiempo era Stanley, el portero de su apartamento de Nueva York, y tenía setenta y dos años.
Marty giró en una esquina del centro de la ciudad y entró en un aparcamiento cercano a una vieja iglesia de piedra.
—¡Qué bonito! —exclamó Mitzi.
Con su ojo de fotógrafa podía imaginar el aspecto que tendría el lugar al día siguiente, con la luz del sol brillando resplandeciente por entre las hojas de los robles y la brisa veraniega levantando suavemente la cola del vestido de novia de Kay. Y la de las damas de honor…
Mitzi frunció el ceño tratando de olvidar la tarde en que fue a probarse el vestido de dama de honor. Aquél sería un día especial para Kay, se dijo. Y una novia tenía derecho a obligar a su mejor amiga a vestirse con el traje más espantoso que pudiera desear.
—¡Mira! —exclamó Kay señalando y saludando a alguien del aparcamiento—. ¡Ahí está! ¡Oh, Dios! Estaba preocupada de que no llegara a tiempo.
—Grant vive prácticamente en los almacenes —explicó Marty.
De modo que era uno de esos adictos al trabajo, se dijo Mitzi de inmediato. Aquello no podía presagiar nada bueno. Todos los hombres con los que había salido lo habían sido y ella, por su parte, trabajaba duro en su puesto de publicitaria, pero no quería que su vida se redujera a eso. De todos modos tampoco era la estrella de Madison Avenue, recapacitó. Hasta el momento, sólo había desarrollado una campaña ganadora para… una marca de jamón enlatado. No era el tipo de éxito que pudiera encumbrar la carrera de nadie, pero lo que Mitzi quería realmente era ser fotógrafa profesional. Sin embargo, algunas veces aquel sueño parecía tan imposible como el de encontrar marido perfecto.
Mitzi miraba hacia adelante, observando las vistas, y de pronto comprendió que estaba atónita y con la boca abierta. Pero no tanto por la fachada de la iglesia cuanto por el hombre que tenía delante.
Apoyado contra un cuatro por cuatro blanco que era prácticamente del tamaño de un camión estaba aquel Adonis de primera categoría. Su pose natural enfatizaba su impresionante altura y anchura de hombros, y su cabello era una masa de rizos rubios sobre una piel morena como el bronce del Olimpo. Tenía la mandíbula y los dientes blancos con los que soñaba todo publicista, y nada más ver a los novios sus alucinantes ojos azules se encendieron. Mitzi sintió que se le cortaba la respiración y le echó una mirada de reproche a Kay.
—¿Y es éste el hombre al que te referías diciendo que era mono? Quizá el hecho de que lo conozcas desde hace décadas te dé una perspectiva distinta…
—Está bien, es guapo —admitió Kay riendo—. Pero recuerda… es nuestro mejor amigo en el mundo, y está disponible.
Mitzi volvió a mirar al Señor Disponible y casi sintió que su corazón revoloteaba, cosa que no ocurría desde hacía meses.
Kay y Marty salieron del coche y saludaron a gritos a Grant. Luego Kay señaló hacia ella, que los miraba desde la ventana. Grant giró y los ojos de ambos se encontraron. El hecho de que aquel dios de la masculinidad fijara su vista en ella le provocó nuevas sacudidas en el corazón.
Kay y Marty se marcharon trotando hacia la madre de Kay y dejando a Grant sin nada que hacer excepto avanzar hacia donde Mitzi seguía paralizada por los nervios. La mano se le había quedado helada en la manilla de la puerta del coche. Grant tenía una forma de caminar muy masculina, y sólo el hecho de abrirle la puerta resultó un gesto tremendamente poderoso. Quizá aquella semana en Austin acabara siendo tan placentera como Kay había prometido, pensó. De pronto la faceta realista de Mitzi dejó paso a su lado romántico.
Grant estaba de pie delante de ella. Su boca se torcía ligeramente hacia arriba en un gesto de despreocupación. De hecho, atrapada bajo su mirada, Mitzi creyó ver en aquella media sonrisa cierto desprecio. La observaba de arriba abajo con unos ojos azules fríos e inexpresivos, como los de un tiburón.
—¿Es que no vas a salir del coche?
