Rondan lobos - Paola Laporta - E-Book

Rondan lobos E-Book

Paola Laporta

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«En una cajita negra había documentos que atestiguaban lo ilegal de mi adopción y, justo encima, otro sobre sepia llevaba mi nombre escrito al dorso: las letras estaban dibujadas con los trazos sofisticados e inconfundibles de la caligrafía de Josefina.   Ni bien despegué la solapa me di cuenta de cuánto había planificado mi abuela cada detalle de aquel mensaje póstumo: Josefina lo había dejado todo dispuesto de forma que yo finalmente pudiera descubrir quién había sido ella y que esa presentación tardía me llevara a preguntarme quién soy en realidad y si quiero descubrir quién fue el Tata».   A Gaia y Giuseppina las une la pasión por el arte y algunos secretos que jamás revelarán y que quedaron en sus cartas escritas en euskera, el idioma que eligieron para preservarse de los otros. Entre ellas también están la guerra, una casa en Adrogué, la dictadura militar argentina, un nieto apropiado y muchos hilos sin anudar, que permanecen invisibles. Es ese nieto el que decide desandar la historia a partir de ciertos indicios. ¿Será la búsqueda de los orígenes de esa abuela dedicada y cercana, cómplice y protectora, la que lo ayude a encontrar el camino hacia sus propias raíces?Rondan lobos es una novela de amores profundos y silenciados, de movimientos y desencuentros, de claves que se desparraman a través del siglo XX. Pero también es la historia de cómo la verdad siempre espera su momento.

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Seitenzahl: 227

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Paola Laporta

Rondan lobos

NARRATIVAS

Laporta, Paola

Rondan lobos / Paola Laporta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6635-92-1

1. Novelas. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. 3. Relaciones Familiares. I. Título.

CDD A860

© 2025, Paola Laporta

Primera edición, agosto 2025

Dirección comercial Sol Echegoyen

Dirección editorial Julieta Mortati

Asistencia editorialEleonora Centelles

Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert

Editora Javiera Pérez Salerno

Jefa de corrección María Nochteff Avendaño

Corrección Karina Garofalo y Carolina Iglesias

Diseño y diagramaciónLara Melamet

Conversión a formato digital Estudio eBook

Libro de edición argentina.

Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

pampublicaciones.com.ar | [email protected]

A mis abuelos, que abordaron aquel barco.

A Max, que hizo conmigo el camino de regreso.

 

Ai miei nonni, che salirono a bordo di quella nave.

A Max, che ha fatto il viaggio di ritorno con me.

Lobos rondan tu cama en espera de que sueñes con ovejas.

GUILLERMO ARRIAGA, Salvar el fuego

Primera parte

Federico

1

Me llamo Federico y soy hijo de desaparecidos. No digo que sea nieto recuperado porque nunca tuve el valor de ir a Abuelas: tanto las había llamado viejas quilomberas que cuando me enteré de todo no supe qué hacer.

La verdad me la confesó hace ya casi diez años la que yo creía mi abuela de sangre. Se decidió a decírmela la tarde previa a su muerte mientras la acompañaba tendido a su lado en la cama de un sanatorio.

Crecí convencido de que mis padres habían muerto en un accidente en 1981 y por eso los abuelos se ocupaban de mí. Mi abuela me fascinó desde muy chico, la consideraba distinta al Tata y a mí, y creía —como nos equivocábamos la mayoría de los hombres hasta hace muy poco— que necesitaba que la cuidáramos. Ahora me doy cuenta de que fue ella la que me protegió, incluso con esa confidencia del final.

Quizá por aquella convicción de que era única, de adulto seguí los pasos que me dictó el abuelo. Si la decepcioné, nunca dejó que se le trasluciera, estuvo conmigo durante mis períodos de euforia arrogante y también en los días de decepción y abulia. Su muerte y la verdad que había decidido revelarme cuando ya no le quedaba tiempo para los detalles me dejaron muy perdido durante un tiempo largo; jamás había dudado de mi identidad, si hasta tenía en mi cuarto un par de retratos con fotos mentirosas de mis supuestos padres.

Tuve una infancia feliz. Mis abuelos eran mi familia, al Tata le iba bien en la fábrica y llevábamos una vida acomodada: siempre fui a colegios caros y me pasaba las tardes en el club entrenando y jugando al rugby. En casa no había llantos ni fechas de luto por el supuesto hijo muerto y solo un detalle con el tiempo podría haberse transformado en indicio de la mentira: la abuela siempre prefirió que la llamara por su nombre, Josefina.

Cuánto hubiese celebrado Josefina que me dedicara al arte: insistía en que tenía buenos trazos, pero me faltaba entrenar los ojos. Por supuesto, el abuelo pronto se ocupó de derrumbar sus expectativas: yo debería estudiar una carrera en serio para tener una profesión que me facilitara las herramientas que luego me permitirían hacerme cargo de la empresa familiar, que —a falta de otro heredero— terminaría siendo toda mía.

Mi abuela era una mujer inteligente y sabía elegir sus batallas, así que se conformó con mis dibujos infantiles colgados en las paredes de su atelier y la compañía que nos hacíamos mientras ella pintaba en aquel estudio que se había hecho construir con vista al parque trasero de nuestra casa de Adrogué.

Me gustaba leerle durante esos ratos en que ella trabajaba con las manos; sabía que mis palabras resucitaban en su memoria antiguos recuerdos de su madre y de su infancia en Florencia, de alguno de los muchos lugares que había visitado durante su juventud y también de su estadía en el País Vasco, donde conoció a mi abuelo durante un viaje de negocios de él. Yo seleccionaba fragmentos de libros que incluyeran referencias a pintores y obras de arte, lo hacía a sabiendas de que Josefina me hablaría de la importancia de la perspectiva e insistiría en que yo entendiera sus reglas. Ahora estoy seguro de que, además de los ojos, debería haber entrenado los oídos para entender de verdad lo que me decía.

Una tarde luminosa de invierno me habló de Picasso. El artículo que le leía hacía referencia al Guernica en el decimoquinto aniversario de su repatriación. La abuela había dejado de pintar para oírme mejor, y ni bien terminé acercó una butaca, se acomodó frente a mí, cruzó las piernas y, con la barra de carbonilla todavía en su mano derecha, me dio detalles del cuadro: hilvanó su descripción con los datos del bombardeo, me contó que el artista lo había pintado en tiempo récord, como si sus entrañas necesitaran liberarlo y sus manos, traducir la barbarie en simbolismos. Después bajó la vista y habló de los muertos, de las víctimas de ese bombardeo y de muchas otras anónimas y olvidadas. Se quedó en silencio durante unos cuantos minutos y supe que algún recuerdo la entristecía. Preferí no preguntar.

2

Josefina llegó a la Argentina desde su Italia natal a finales de 1946. Perón acababa de asumir su primer período presidencial tras ganar las elecciones generales de febrero, y las cuentas del Estado parecían sólidas gracias al comercio de posguerra: los países europeos en reconstrucción demandaban granos, carne y —en menor escala— los cueros que se exportaban desde curtiembres como la de mi familia.

Quizá por la intromisión del Instituto de Promoción del Intercambio en los negocios familiares o tal vez por la suma de derechos reconocidos a los trabajadores, en casa siempre fuimos antiperonistas. Mi abuelo prefería decir “antifascistas”.

Alguna vez Josefina —seguramente ya harta de oír la perorata pequeñoburguesa durante la cena— osó recriminarle al Tata que durante su visita al País Vasco no se hubiera mostrado tan opositor al general Perón ni mucho menos al generalísimo Franco. La mirada de resentimiento que él le devolvió bien podría haber reemplazado cualquier otra respuesta; aun así, no se privó de recordarle que había hecho ese viaje en un intento de conseguir maquinaria moderna para la curtiembre —así fuera de segunda mano, dijo—, y que no solo no había logrado traer nada en esa oportunidad, sino que tuvieron que pasar casi quince años antes de que pudiera hacerlo.

—Bueno, en cambio, te trajiste a una italiana —cerró ella la conversación con otra de sus ironías.

A estas alturas, no estoy muy seguro de que Josefina también fuera gorila. Ella nunca se pronunció al respecto en mi presencia y se limitaba a quedarse callada mientras mi abuelo despotricaba contra todos los “cabecitas negras” que empleaba en la curtiembre: gente bruta y maldiciente, negada a valorar la gran oportunidad que él les regalaba al bendecirlos con sus puestos de trabajo.

No sé si estaban de acuerdo en eso ni en muchas otras cosas. Mis abuelos tenían una relación distante: no había muestras de cariño entre ellos, tampoco pasaban demasiado tiempo juntos. Quise explicar esa frialdad con el argumento de que estaban grandes, que habían perdido a un hijo o que ya llevaban muchos años de matrimonio. Me conformaban los enormes ramos de flores que en las fechas importantes el Tata traía a casa para que yo le entregara a Josefina, o las joyas y vestidos que ella jamás iba a lucir, pero me cuesta recuperar alguna imagen del abuelo acompañándola en su taller como yo lo hacía.

Tras la muerte de mi abuela, cuando desarmé el atelier de la casa de Adrogué, encontré pinturas que no había visto antes, pinceles tan viejos que me pregunté para qué los guardaría —supuse que serían recuerdos— y cartas enviadas desde Italia: los sobres tenían matasellos con fechas de mediados del siglo pasado y supe por las firmas que la remitente era una tal Gaia.

Aunque en su gran mayoría habían sido enviadas desde Nápoles, me pareció que las cartas de Gaia no estaban escritas en italiano, y por eso yo no conseguía entender una palabra. Además, la tinta por poco no se había borrado completamente y los trazos que se habían resistido a desaparecer eran de un color gris pálido que denotaba el paso del tiempo. Tampoco había un orden entre las páginas: parecían mezcladas y algo me dijo que muchas se habían perdido para siempre.

Postales con reproducciones de obras de arte —el David, de Miguel Ángel; La última cena, de Da Vinci, y otros cuadros y esculturas que yo no conocía— completaban el repertorio de sobres, tarjetas y papeles que Josefina guardaba en dos paquetes atados con cintas: de color azul para uno, verde para el otro.

En una cajita negra había documentos que atestiguaban lo ilegal de mi adopción y, justo encima, otro sobre sepia llevaba mi nombre escrito al dorso: las letras estaban dibujadas con los trazos sofisticados e inconfundibles de la caligrafía de Josefina. Ni bien despegué la solapa me di cuenta de cuánto había planificado mi abuela cada detalle de aquel mensaje póstumo: Josefina lo había dejado todo dispuesto de forma que yo finalmente pudiera descubrir quién había sido ella y que esa presentación tardía me llevara a preguntarme quién soy en realidad y si quiero descubrir quién fue el Tata.

En las líneas que había dejado para mí, Josefina confesaba los detalles de mi apropiación: en 1978, mientras muchos se empecinaban en festejar el campeonato mundial de fútbol organizado a punta de pistola en el país, una chica de diecisiete años me paría en una clínica de Lanús cercana a la curtiembre de mi familia. La habían llevado desde el Pozo de Banfield solo para el parto y, después de dar a luz, la devolvieron al infierno.

Un militar amigo del abuelo me robó, y el Tata me llevó a la primera casita que compartimos los tres. A Josefina le dijeron que mi mamá no me quería, que me había abandonado, que ella y su marido tenían la posibilidad de dármelo todo, de cuidarme y educarme bien. Al poco tiempo, la mudanza a la casa de Adrogué facilitó las cosas: la historia del hijo muerto había sido asimilada por ella y por el Tata, solo tenían que repetirla entre los vecinos y por supuesto, conmigo.

Nuestro círculo siempre fue muy reducido: los cumpleaños y otras fiestas los celebrábamos con algún viaje o en la intimidad de nuestra casa. A diferencia de mis compañeros de curso, yo no tenía tíos ni primos. Todas las tardes, a la vuelta de la escuela, merendaba con mi abuela en su estudio; después, el Tata me acompañaba al club y no me perdía de vista. Nunca me dejaba ahí y se iba como hacía la mayoría de los padres: yo podía verlo sentado en las gradas siguiendo el entrenamiento de principio a fin. Jamás pedí permiso para ir a dormir a casa de amigos porque sabía que no me lo darían y, hasta que fui bastante mayor, la abuela o su empleada de confianza me retiraron a la salida del colegio.

En la carta que dejó para mí entre sus cosas, Josefina me pide disculpas por aquello que en realidad yo no padecí y me ruega colaboración para enmendar en algo su error, ese que cometió en el instante de debilidad cuando me tuvo en brazos por primera vez y ya no pudo o no quiso dejarme ir. Dice mi abuela que la única reparación posible consiste en localizar a otra abuela, a esa que desde hace décadas seguramente me está buscando: la mujer a quien le arrebataron mi compañía y que merece recuperar al menos una parte del tiempo que ella le robó.

Llevo diez años intentando enterrar esas palabras junto a su tumba y la del Tata, amparado al principio en la administración de la curtiembre, en mi divorcio después, en todas las obligaciones que conlleva la vicepresidencia del club y en otros miles de ocupaciones tediosas que me impongo para evitar cumplir con su pedido.

Diez años llevo posponiendo aquel encargo. Diez años defraudando a Josefina.

Gaia

I

Me llaman Gaia Vannucci, pero mi verdadero apellido es Zelaya Solé. Soy vasca de nacimiento, aunque ya no de corazón. Llegué a Italia de muy joven, cambié una península por otra yendo detrás de un amor: cosas que una hace cuando todavía cree que todo es posible, cuando aún no se les teme a esos lobos que —como alguien me ha dicho una vez— nos acechan de noche y de día.

Tenía quince años cuando estalló la guerra en España. No guardo recuerdos precisos de la época, más allá de la exaltación nacionalista expresada en unas banderas rojigualdas que de pronto asomaban desde las ventanas vecinas. En cambio, sí conservo imágenes difusas de los días posteriores al accidente en que murió mi padre, escenas que más tarde plasmé en dibujos.

Corría 1936 y Vitoria se había transformado en el centro de operaciones políticas y militares del bando sublevado. De un día a otro, en las calles alavesas comenzó a oírse una multiplicidad de lenguas que iban más allá del castellano y los dialectos del euskera que mis oídos infantiles podían interpretar; conocí entonces las cadencias del italiano y el alemán. Si bien yo había visto anteriormente la cruz gamada, las esvásticas comenzaron a exhibirse con mayor frecuencia y naturalidad y las facciones rotundas de los pilotos de la Luftwaffe empezaron a resultarme familiares.

El 28 de septiembre de 1936, Airtor Zelaya, mi padre, salió a trabajar como cada mañana. Por aquel entonces se desempeñaba como ayudante en tareas de herrería o en cualquier taller donde a menudo le asignaban labores menores, muy alejadas de su verdadera vocación de orfebre: su tácita simpatía por la República —aun sin filiación explícita— lo mantenía aislado y casi desocupado, al borde de la miseria.

Mi madre, una catalana decidida, cada noche le demandaba sin palabras que trajera a nuestra casa el sustento diario. Aida levantaba la vista cuando lo oía llegar, pero no se movía del mesón donde planchaba prendas y sábanas para el Hospital de Santiago.

Él parecía intuir que su vida acabaría en aquel lugar —posiblemente frente a alguno de esos uniformes sanitarios acondicionados por su mujer— y evitaba detenerse en las labores femeninas que nos alimentaban. Si las había conseguido, colocaba unas pocas pesetas junto al fogón Sagardui, se quitaba la boina y salía al patio para ocupar sus dedos gastados en cualquier trabajo manual.

Aquel martes del accidente, Airtor había quedado en encontrarse en la Plaza de España con un joven ayudante del taller de herrería. Mi madre siempre supuso que irían a escuchar una oferta laboral o a ponderar alguna que otra propuesta que prometiera rescatarnos de la penuria. Lo cierto es que se marchó de casa al amanecer. Nosotras no abandonaríamos la cama hasta después de las nueve: en septiembre las mañanas comienzan a resultar frescas en el norte y tampoco había apuro en que ella pusiera a calentar la plancha ni en que yo partiera a hacer la entrega de la ropa lista y retirara los bultos de prendas por acondicionar.

A las ocho, mi padre se encontraba esperando a su colega en una esquina de la plaza cuando un avión alemán provocó el desastre. En una maniobra temeraria, el piloto pretendió arrojar flores sobre el Círculo Vitoriano con el afán de agradecer la fastuosa bienvenida que allí se les había prodigado la noche anterior: tras un vuelo rasante sobre la plaza, se acercaba ya al edificio cuando colisionó con algo. Algunos dicen que fue un árbol —nunca más volví a Vitoria, pero hay quienes sostienen que uno de los de la zona aún se nota mocho—, otros alegan que impactó contra una antena. Lo mismo da. El II teniente Ekhehard Hefter perdió el control y la aeronave que piloteaba cayó hecha fuego sobre quienes estaban en el lugar. El estruendo de la explosión se oyó incluso desde nuestra casa y consiguió que mi madre saliera antes de la cama, entre protestas y los primeros improperios del día.

Las autoridades franquistas pronto intentaron despejar la zona, pero en la Plaza de España había cadáveres, heridos y un enorme caos. Los últimos civiles en ser retirados aseguraron por lo bajo haber visto cómo un grupo de soldados nacionales se apuraba a cubrir la esvástica pintada sobre el fuselaje, en un intento de hacer pasar el avión por republicano.

La versión oficial de que todo había sido producto de un ataque rojo no prosperó y —si bien nunca asumieron lo ocurrido— las autoridades nacionales debieron reconocer la muerte de al menos tres personas: el propio Hefter y dos trabajadores a quienes la desgracia había colocado poco después de las ocho en aquel fatídico rincón de la plaza. La prensa vespertina anunció el nombre de los infortunados: Antonio Peral Maza, de veintinueve años, y Vicente López Lacalle Erausquin, de veinte.

Ni Aida ni yo pensamos entonces que mi padre pudiese encontrarse en el lugar. Solo por la noche, cuando no llegó a casa, un extraño presentimiento devolvió aquel ruido ensordecedor a mis oídos. Preferí no compartir con mi madre ningún comentario al respecto; pero cuando la vi ponerse el abrigo para salir a la calle supe que también ella había evocado el estrépito.

Me ordenó que no abandonara la casa, me aseguró que regresaría pronto, y así lo hizo. Lo había encontrado: mi padre estaba ingresado en el Hospital de Santiago con quemaduras en todo el cuerpo. La Cruz Roja lo había retirado del lugar del accidente y desde entonces permanecía en el centro médico al que yo diariamente acudía para entregar y recoger los bultos de ropa.

Deliberadamente, las autoridades franquistas se desentendieron de él en la plaza: era preferible dejarlo morir allí y deshacerse luego del cuerpo, no hacía ninguna falta que ante nadie relatara su versión de los hechos. Aunque con alguna dilación, consiguieron eso que pretendían. Airtor Zelaya falleció dos días más tarde a raíz de las quemaduras y algunas esquirlas que, incrustadas a lo largo y ancho de su cuerpo, le provocaron una infección generalizada. No había vuelto a abrir los ojos ni mucho menos la boca. Lo sepultaron en la misma fosa común que a Maza y López Lacalle, pero nunca tuvo cortejo fúnebre ni esquela necrológica como aquellos sí tuvieron. Su nombre permaneció oculto, y el caso, silenciado: tres muertos en semejante absurdo eran demasiados para la Nueva España que comenzaba a edificarse, no había ninguna necesidad de sumar uno más.

Mi madre, temerosa de que en su viudez su nombre se viera ligado al de un rojo, tampoco hizo nada para que los hechos salieran a la luz. Probablemente haya evaluado las circunstancias: los nacionales verían con buenos ojos su indiferencia y le permitirían estar tranquila junto a su hija. Ella podría rehacer su vida al lado de cualquier otro hombre y no habría impedimento para que me casara bien. Por otra parte, la muerte de Airtor restaba una boca que alimentar en una casa donde las penurias se hacían cada día más sensibles.

Aida me pidió que fuera cómplice de su silencio y yo accedí.

II

Vi a Giuseppina por primera vez el día de la inauguración de la exposición de arte religioso que se realizó en Vitoria durante la primavera de 1939, algo después de que el generalísimo pretendiera dar por concluida una guerra entre hermanos con aquel parte del 1.° de abril. Su padre era uno de los cartógrafos italianos de la Sessione Tipografica dell´Istituto Geografico Militare que se habían instalado en Vitoria desde finales de 1937 para prestar ayuda al bando sublevado, que por entonces no contaba con los mapas necesarios para llevar adelante la guerra.

Provenían de Florencia. La relación entre padre e hija era ya por entonces particular: la madre había muerto intempestivamente poco después de partir su marido rumbo a España y la niña de sus ojos nunca logró adaptarse a la convivencia con las tías. Una vez que el viudo consiguió reencauzar su vida junto a una española, accedió a traer consigo a esa joven que —más allá de ser su sangre— era una completa desconocida para él. Corría mayo de 1939, Giuseppina tenía veintidós años cuando llegó a Vitoria.

La organización de aquella exposición internacional de arte sacro fue vista por el franquismo como una buena oportunidad de retribuir a la Iglesia católica los favores recibidos durante la guerra civil. Las autoridades vitorianas procuraron que fueran días de vistosa exaltación religiosa y los festejos en las calles incluyeron la exhibición de banderas pontificales a modo de bienvenida al nuncio vaticano, quien presenciaría la misa inaugural en la catedral de Santa María junto al ministro de Justicia y los alcaldes de Bilbao, San Sebastián y Pamplona. También serían recibidos con honores los embajadores de Alemania, Italia, Portugal y Francia. Muy especialmente este último, dado que le había prometido a Franco interceder en la recuperación de las obras de arte exportadas por los republicanos con el fin de su preservación.

Junto con mi madre, contribuimos a los preparativos con la abnegación que se esperaba de nosotras. Volcadas por esos días —tal la mayoría de las mujeres franquistas— al servicio religioso y las labores domésticas, Aida y yo bordamos los paños que luego se convertirían en gallardetes, los planchamos cuando estuvieron listos y nos unimos a la comisión de ornamento en las calles.

Para entonces, yo llevaba más de un año casada con Gennaro Vannucci, un miliciano napolitano que había llegado al norte de España para defender la causa de Franco a cambio de una conveniente retribución económica. Era mayor que yo. Aida lo habría querido para sí, pero cuando comprendió que era el hombre quien estaba en posición de elegir y no ella, aceptó entregarme a condición de que él pusiera alimento en nuestra mesa y pagara la renta de la pequeña casa con dos cuartos donde habíamos vivido con mi padre y que ahora compartíamos los tres.

Ni bien estuvo seguro de que más temprano que tarde la guerra llegaría a su fin, Gennaro consideró con seriedad afincarse definitivamente en Vitoria y decidió que ya era tiempo de buscar otra forma de ganarse la vida y una esposa joven que supiera llevar la casa. Fui la elegida. Por supuesto que nunca experimenté a su lado felicidad alguna: a mis diecisiete años, yo no conocía nada de la vida y mi madre se ocupaba de que nada conociera.

El italiano exigía que entre las dos fregáramos el suelo que él pisaba, que preparáramos bien la mesa a la que se sentaba exhausto y hambriento cuando volvía a casa tras varios días de trabajo en una papelera guipuzcoana y que laváramos la ropa que de allí traía mugrienta. Bien planchada estaría siempre, claro, mi madre continuó en su oficio tras la muerte de Airtor y yo seguí ayudándole. Ya no existían ni la vergüenza ni las necesidades que nos embargaban en vida de mi padre: por nuestros servicios, Gennaro nos brindaba cierta tranquilidad material y la garantía de que no seríamos señaladas por rojas.

Los recuerdos que conservo de aquella vida de casada aún resucitan en mi vientre las punzadas crueles de los encuentros sexuales a los que no podía rehusarme cada vez que mi marido estaba de vuelta en casa: siempre ávido de mi juventud, Gennaro me penetraba brutalmente sin hacer caso de la inocultable repugnancia que me inspiraba su cuerpo sobre el mío. Sus partidas a Guipúzcoa suponían para mí un alivio que muy pronto abría paso a la esperanza de que ya nunca volviera.

He llegado a rogarle a ese Dios que no me oía que la ausencia se prolongase por años, incluso que se tornara misteriosa y eterna: eso me convertiría en una joven viuda aun sin serlo, y esta vez las vecinas sí se compadecerían de Aida y de mí y nos echarían una mano.

Pero una y otra vez Gennaro regresaba a Vitoria y a mi cuerpo.

 

 

Conocí a Giuseppina en una de las calles laterales de la catedral de Santa María. Era muy alta y llevaba suelto el cabello claro; la encontré hermosa aunque llorara. Aquella tarde yo debía ocuparme de corroborar que todo estuviera en su sitio tras el ajetreo de la inauguración, cuando la vi apoyada sobre el muro y me acerqué.

—¿Se siente usted mal? —le dije en castellano.

Giuseppina giró la cabeza y me observó con ojos acuosos.

—Ya no llore, por favor —continué—. Mire qué bonito está todo. ¿Le gusta el arte?

—¿Y a ti te gusta? —respondió en euskera. Todo un manifiesto de su parte.

—Me parece muy bonita la imagen de la virgen.

—¿De veras te gusta todo esto? —insistió, incluso con el idioma.

—Bueno, sí… La virgen…

Había dejado de llorar y con las yemas de los dedos se barrió los cauces húmedos que las lágrimas le habían dibujado sobre las mejillas.

—¿Conoces la obra de Leonardo?

Quedé en silencio. Afortunadamente algo me alertó de que no se trataba del alemán que frecuentaba la farmacia donde compraba las sales digestivas para mi madre.

—¿L’ultima cena? —completó.

No supe qué responder, ignoraba de qué hablaba.

—¿Sabes dibujar?

—En realidad, yo no lo he hecho nunca en serio. Más allá de algún…

— ¿Te apetecería aprender?

—No lo sé —dudé.

—Estoy segura de que lo disfrutarás. Me llamo Giuseppina y puedo enseñarte. Me gustaría hacerlo, mi piacerebbe decimos en mi país. Soy italiana.

—No sé si pueda…

—Estoy formando un grupo de principiantes a quienes me gustaría impartir las técnicas básicas de la perspectiva. El martes nos reuniremos en la plaza para dar el primer paso: se trata de comenzar a mirarlo todo con los ojos del arte.

No frecuentaba la plaza donde había muerto mi padre.

—¿Cómo te llamas? —prosiguió, arrolladora.

Balbuceé mi nombre.

—Gracias, Gaia. Tienes ojos de artista, puedes ver lo que otras personas no. Te espero el martes a las dos.

Entonces me dio la espalda y comenzó a alejarse.

 

 

Esa noche, tendida en la cama, busqué ahogar mi entusiasmo. Al día siguiente resolví que todo resultaría en una gran pérdida de tiempo y que por más que Gennaro estuviera fuera de Vitoria, lo prudente sería quedarme en casa. Tuve que repetírmelo más de una vez.

El martes nada más llegar reconocí a Giuseppina en una de las esquinas de la plaza: seguía sin recogerse el pelo y llevaba pantalones de perneras anchas, toda una excentricidad y una verdadera provocación al seno de nuestra comunidad. Estaba sola. Cuando me vio, vino hacia mí y me estrechó con las dos manos.

—La diosa Gaia.

Una vez más, yo no tenía idea de lo que me decía.

III