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El autor presenta con esta obra su tercera serie de cuentos en los que aparecen temas diversos, todos conectados entre sí por la nostalgia o la añoranza del pasado. Son protagonistas la irreversibilidad del paso del tiempo, los recuerdos imborrables aunque a la vez irrecuperables de una vida vivida, el dolor por la ausencia de seres queridos idos, el difícil camino que lleva a alcanzar el deseado amor. Asimismo, el tiempo continúa jugando su rol preponderante, ahora dirigiendo la mirada triste al hombre actual, y preocupada hacia el futuro. Sin embargo, siempre se respira la esperanza de encontrar más allá una luz. En resumen, una amalgama de ausencias y presencias, fe y quebranto, pasado y futuro, narrativa y versos, que nos lega en el rostro un esbozo de sonrisa, y en el alma un repique de melancolía.
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Seitenzahl: 129
Veröffentlichungsjahr: 2024
Título: ROSA MAGENTAAutor: Rodrigo Chuaqui Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: abril, 2024. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2024-A-3695 ISBN: Nº 978956338728-5 eISBN: Nº 978956338729-2
Para mi familia,allá,siempre juntos en la distancia,acá,con el amor de todos los días.
¡Cómo pasa el tiempo!, se comenta. No sé si sea así, pues yo no lo he visto pasar, no sé cuándo sucedió. Ahora me dicen que yo tuve veintiún años. ¿Realmente? Eso dicen. No me parece posible. ¿Cuándo? ¿Dónde? No lo vi, no lo sentí. Sin embargo, escucho que sí ocurrió. ¿Cómo saben? Si hubiera ocurrido, estoy cierto de que me hubiera dado cuenta.
Pero está bien. Lo acepto. Pues una nueva vida comenzó para mí, cuando vi por primera vez tus ojos (hoy sucede lo mismo, solo me siento vivo cuando miro en tus ojos. Cuando veo tus ojos, veo el firmamento infinito, una pintura de Vermeer, una rosa magenta. Cuando veo el cielo, una pintura flamenca, una rosa magenta, veo tus ojos). Hasta entonces yo iba por un trayecto que ya se había definido (¿quién lo determinó?) mucho tiempo atrás, recto, “seguro”, “infalible”. Todos lo seguíamos, nadie podía perderse, ya que era angosto, guiado a cada lado por muros, altos, infranqueables, que impedían cualquier cambio de dirección. Arriba el cielo mostraba algunas nubes. Al avanzar, estas aumentaban o parecían descender. Se respiraba el mismo aire (lo recuerdo todo gris) día a día. No nos importaba. Las decisiones eran fáciles (¿será que no había que tomarlas, solo seguir adelante?). Nada podía fallar (¿o no había nada que ganar?).
¿Hablaste tú primero? ¿Hablé yo? No lo sé, hoy no quiero contar cuentos. Fue ahí cuando tus ojos me miraron a mí, y me mostraron aquella puerta con la que nunca me había encontrado. Recuerdo que sonreíste y serena, suave, dulcemente, dijiste: “atrévete, puedes abrirla”. No sabía qué responder, pero comprendí en el instante que no me podía negar. Tu mirada no dejaba alternativas. Lo hice, y aún todo mi yo se estremece al recordar lo que vi. A veces cuando el día muestra una nube, y la veo descender, entonces comienza ese temor de que me envolverá a mí (¿será alguna del antiguo trayecto?); entonces, pienso en aquel momento y el cielo se me despeja. Así, en aquella ocasión sentí inmediatamente que un peso en mi pecho, del que no había sido consciente hasta ese instante, se hacía más y más liviano, hasta desaparecer.
Aquella puerta, aquel pórtico, fue una salida, una abertura en mi vida. Llevaba a un espacio abierto, enorme, extraordinario, horizonte, infinito. Todo era desconocido para mí. Primero me pareció ver solo una amplitud blanca, brillante. Algo nuevo me maravillaba, era una emoción desconocida. Te hice caso a ti. Salí. Dos recuerdos tengo que se generaron al dar algunos pasos (los primeros de mi vida verdadera, recién comenzada, gracias a ti). No se veían bordes, obstáculos, muros por ningún lado, y era tan fácil seguir un derrotero, como otro. Avanzaba, y donde creía que el camino terminaba en determinada dirección, se expandía instantáneamente un nuevo espacio, que abría la posibilidad de seguir un nuevo trayecto, otro rumbo. Múltiples caminos, cursos, sentidos, cada uno abriendo infinitas oportunidades. ¿Quién tomaba las decisiones, dónde ir, cómo seguir? ¿Podíamos hacerlo nosotros mismos?
El segundo recuerdo es que a veces la blancura cambiaba. Aparecían algunas áreas rosa, otras lavanda, o lila, quizás malva, hasta transformarse este mundo (cielo, cosmos, universo) todo en un intenso magenta. Sí, magenta era este firmamento, o universo. Aun podía moverme hacia atrás y volver a ver cada uno de los tonos anteriores. El brillo se mantenía, era el mismo en todas las direcciones, y en cada una de ellas uno sentía que no encontraría límites, término, el caminar no tenía confines, ni fronteras. Mi pecho parecía henchirse como nunca lo había hecho en toda mi vida. Sentía los pies livianos, se desplazaban con una fluidez que nunca habían mostrado. Me di cuenta de que íbamos de la mano (hoy, cuando tomo tu mano, mi respiración es más profunda, la vida adquiere nuevos colores, aparecen nuevos caminos. Suspiro hondo y los recorremos juntos).
Toda mi vida –hablo de aquella verdadera, nuestra– desde aquel beso, ha corrido veloz, un suspiro sutil, un pestañar íntimo, un latido oculto, un despertar sin morir, un milagro secreto, como una rosa magenta. Hoy escucho tu voz (cuando la oigo, escucho aquella misa barroca, ese benedictus sobrecogedor, la sexta. Cuando oigo al inalcanzable Juan Sebastián, al magnífico bohemio Jan Dismas, o la música de Beethoven, escucho tu voz).
Vida intensa, amor, alegría. Amor sagrado, todo lo tuyo en mí, todo lo mío maravillado, encandilado, encantado por ti. Como el dolor, rasgadura, ruptura de nuestra alma nos lleva a crear belleza, este amor también genera sufrimiento, impotencia. Ya que es amor inenarrable. Anhelo de contarlo que no puedo satisfacer, así, amor del que nace dolor. Incapaz soy de acercarme a reflejarlo, manifestarlo, explicarlo, a ti, al mundo, ¿te puedo solicitar ayuda a ti, mundo? ¿Alguien, por caridad, te lo podrá explicar a ti? Pido por momentos salirme de mi mismo, para así quizás lograr la distancia necesaria para hacer hablar a mi corazón.
Tantos segundos idos sin ti en el pasado para no volver. Acá la vida en contra de nosotros... nuestro trabajo, siempre exigiendo el máximo de rigor, tratando aunque sea por breves momentos de tocar la cima –dime, por favor, ¿por qué, para qué, quién nos lo impuso, fuimos nosotros mismos? Ayúdame a contestar. Viajes necesarios que nos separaban, pero, sobre todo, aquellas largas horas de estudio, de lectura, de práctica. Cada segundo contigo era un nuevo milagro y yo lo sabía. Nuevamente, cada segundo solo, cada página tornada sin ti, cada nota musical practicada solo, hoy, es un golpe fiero en el estómago, en la garganta, tiempo huido que me gana la batalla, que se burla de mí. Segundos idos sin ti, cada uno, una pequeña muerte. Es la angustia de ser dos.
Y admiro tu sonrisa (cuando la veo, veo una iglesia maravillosa que conocimos, ese mar cristalino en el que nadamos juntos, el valle hermoso que siempre visitamos. Cuando veo el duomo, aguas turquesas, los coloridos ocres, rojizos, amarillos del valle, veo tu sonrisa).
Cada segundo sin ti, tortura, punzada, espina, atrición. Aquellas vacaciones cuando fue tanto el caminar, y recorrer, entre pirámides, templos, estelas, monumentos por doquier, plazas de aquel juego arcaico, selva, calor y humedad, pájaros de múltiples colores, animales salvajes, retornamos ambos con el mismo cansancio extremo. Tal era así, que los músculos parecían no recuperarse ni siquiera descansando. O aquella playa, tú y yo sin otras preocupaciones que amar al otro, nuestro hotel, aquel edificio mínimo entre gigantes lujosos –cómo nos reímos de nosotros mismos, jóvenes aún, empezando el camino–, el susto en el agua al aparecer unas aletas de tiburón, las comidas frente al mar. Las horas parecían detenerse en nuestro pensamiento, en nuestros corazones. Nuestros dúos, cada nota salida de tu viola era alimento para mi espíritu, cada frase musical, un nuevo nudo que unía nuestras almas. Cursos tomados juntos, de aquella civilización histórica y su lenguaje inabordable, los conciertos (siempre asientos desde lejos, incluso “desde arriba de la gran lámpara central”, chanceábamos). Felicidad que llena el alma, mundo todo magenta para nosotros.
Pero también me estremezco al pensar en todo lo trivial, aquello diario, contigo, eternamente mágico; nuestros despertares en aquel nuestro lugar, las ramas de los árboles que por la ventana se mecían para nosotros, el ir y venir diario de nosotros, la caminata a nuestro parque, todo felicidad, libres de seguir nuestro deseo, tu deseo. El mundo abierto se nos ofrecía como un abanico.
Y tú, siempre, como hoy, con un sí en los labios, tú, mi biblia, con un salmo escrito en tu rostro que me hace sentir Su mano, tú, eternamente agrandando a los otros, achicándote a ti misma, tu humor refinado, perspicaz, tú, siempre serena, suave, dulce, tú, inteligencia superior (me acuerdo de ese trabajo científico admirable, hecho todo por ti, sola), tú, sabiduría ante cada problema, calma, madurez, siempre buscando la felicidad del otro. Tu corazón abierto para la entrega total. Ninguna alegría de una página, ningún verso, ninguna melodía, ninguna idea nueva podrá llenar el espacio infinito que deja un segundo vivido sin ti. Tú, un milagro, tú, mi paz, mi bendición, mi apoyo eterno, rodrigón para mi vida.
Algunos aconsejan no mirar para atrás. No estoy de acuerdo, pues así como el hoy y mi mañana, mi memoria está hecha de ti. Y revivo cada momento compartido contigo, de la mano, yo respirando hondo, la vida haciéndose multicolor, apareciendo siempre nuevos caminos. Y en ellos veo la iglesia maravillosa que conocimos, ese mar cristalino en el que nadamos juntos, aquel valle hermoso que visitamos. Y escucho aquella misa barroca, ese benedictus sobrecogedor, la sexta sinfonía. Y el firmamento infinito, una pintura de Vermeer, una rosa.
Hoy no pierdo más tiempo, libros, música, viajes, estudio. Hoy miro tus ojos, veo tu sonrisa, escucho tu voz, te tomo la mano. Mi rosa magenta.
Dicen que era el tercer año de aquella guerra entre hermanos, unos, la unión azul de una mitad del naciente país, otros, la confederación de la otra mitad de los estados. Es cierto, cuentan que había más de una diferencia entre ellos: política, social, económica, e incluso algunas más profundas: valores que incidían directamente en la vida de las familias, la cultura, las tradiciones, pequeñas disparidades muchas de las cuales parecían estar ligadas a las respectivas geografías y climas predominantes en ambos grupos... pero se afirma que no había por qué dudarlo, eran hermanos. Y lo volverían a ser en el futuro, el tiempo como siempre haría su trabajo.
Y, a pesar de esto, a medida que el país experimentaba poniéndose de pie e intentando dar sus pasos iniciales, ellos, cada uno dentro de su grupo, se fueron distanciando, ya que se aferraron más y más a sus propias creencias, tanto los de mayor edad, como los adultos jóvenes e incluso los adolescentes. Parece ser que no es fácil entender –y tampoco nadie me lo explicó–por qué el tiempo fue alejando cada vez a ambos sectores.
Ya no camina por nuestra tierra ningún testigo de estos hechos, pero la historia nos dice que uno de los días finales de aquel verano particularmente tórrido, el muchacho –niño, verdaderamente– se despidió de su madre. Y ella ya lo sabía, lo sabía todo. Era un hecho, como se ha dicho, que tanto los mayores como los menores fueron empapándose rápidamente con sus creencias, su manera de pensar, su posición, por lo que no era excepcional que algunos muchachos jóvenes, adolescentes también, quisieran ser parte de sus respectivas causas. Pero el sentimiento se arraigó en él particularmente temprano. Había nacido tarde, atrasado para satisfacer sus deseos. Sin embargo, ya hacía un tiempo que practicaba en la banda militar con su tambor, siguiendo a los pífanos, cornetas y otros instrumentos. Los ejercicios eran extenuantes, bajo el sol implacable de aquella tierra, con el aire cargado de esa humedad que mojaba rostros, uniformes, armas, instrumentos, pero a él no le importaba. En su mente y en su corazón ya se habían anidado el sacrificio, la entrega por su tierra y sus hombres. La música no solo era un aliento para el ejército formado cada vez más por hombres comunes y corrientes, sin entrenamiento militar, solo con el corazón henchido por el deseo de ayudar a su patria. También se realizaban numerosos ejercicios donde la música servía de guía, orientación a los pequeños batallones, a las brigadas, salvando obstáculos naturales, bosques tupidos, colinas, quebradas o ríos.
En ese verano ya se había convencido, no podía sino cumplir su función –se había hecho un experto en su técnica de percusión, que era reconocida a larga distancia por todos– y sentía que el llamado era demasiado fuerte. Habían acaecido múltiples batallas en esos primeros años, ellos siempre en inferioridad numérica, pero en casi todas habían vencido al enemigo –recordemos, sus hermanos–, algunos ejemplos registraban bajas de cerca de cinco mil para ellos –entre fallecidos y prisioneros–, y entre siete y diez mil para el enemigo. Pero en ninguna guerra era tan claro como en esta. Ganar una batalla –o un grupo de ellas– no implicaba ganar la guerra. Ahora entendían mejor que nunca que deberían marchar a territorio enemigo –hermano– y vencerlos en su tierra. Por lo tanto, se acercaba el momento que definiría el curso de los hechos. Mosquitos, zancudos, quebradas, colinas, serpientes y la numerosa fauna salvaje, temperaturas extremas, escasez de alimentos, equipamiento, ropa, especialmente zapatos y botas, ninguna de estas penurias podía amenazar y corroer el ánimo y espíritu de este grupo de almas rústicas, ingenuas.
Su madre lo miró cuando él le habló, y nada pudo decirle. Orgullo, temor, dolor. Pues ella sabía, y nada podía hacer. Y él, a su corta edad, inmediatamente comprendió. “Madre, todo está bien. Si el destino así lo decide, entregaré con gusto mi vida por ellos –apuntaba con la mano afuera hacia su tierra–, pero nada puede ahora impedir que yo cumpla esta función para la que he nacido”. Ninguna palabra se escuchó de parte de la madre, solo un abrazo largo y fuerte, y un beso en la frente del niño. Y se marchó a su corta edad, aquella cuando aún no se han acumulado recuerdos, la vida es solo el presente, que entonces aparece imperecedero y aún no se comprende su naturaleza frágil, siempre cambiante. ¿Cómo podía entonces entender que con cada respiración nuestra cae algo de la arena del reloj que llevamos a nuestras espaldas?
Y marchó. Marchó con los suyos, sin temor, con esa energía que le proporcionaban sus catorce años, con aquellos ritmos marciales que él marcaba con su instrumento, y pudiendo ir a la par de la llamada “caballería a pie”, esa infantería que llegaba a logros tan impresionantes como cubrir casi cincuenta kilómetros al día. Sus zapatos, ajados ya al abandonar el hogar, a los pocos días de marcha ya se habían abierto por delante. Su vestimenta, rasgada y desgastada, el peso de su mochila y cantimplora, siempre con el tambor listo para utilizarlo, nada era obstáculo para mantener la marcha. Comprendió que la guerra implicaba mucho tiempo entre batallas, en campamentos temporales, al descubierto, y ahora un enemigo desconocido hasta entonces para él lo constituía la ansiedad por llegar a campo enemigo. E, incluso, cuando esto se cumplía, transcurrían numerosos días de preparación, reconocimiento del terreno, ejercicios militares, etc.
El día de la batalla ya había llegado. Y fue en las primeras horas de luz cuando el ejército comenzó el ascenso de aquella loma, para enfrentarse con el enemigo que esperaba asentado en la cima. La adrenalina era liberada con generosidad con cada disparo, cada enfrentamiento, con el fulgor de las balas, los mosquetes y cañones, así como con la lucha cuerpo a cuerpo. Desde el inicio, y a pesar de la humareda, mezcla de la pólvora y el polvo de la refriega, estuvo claro que la mayoría de los que caían eran a su vez los que intentaban el ascenso. Pero el ritmo de la banda, y del tambor, no cesaba, e incluso se sentía más fuerte.
