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Jey es un cazador de demonios que lleva siglos recolectando el poder elemental de estos para su Orden. Junto a sus hermanos de división ha protegido a la humanidad de esos seres malditos, cada noche, pero tras siglos de cacerías se siente vacío y apartado de los suyos, por el secreto que guardan sus ojos. Los iris púrpuras de Jey lo marcan como paria social, al ser signo del mestizaje de su sangre, que fue el motivo de su abandono cuando era un bebé, por parte su familia. Cuando el cazador conoce a Grace, una humana, con una vida cómoda y predecible, y nota la conexión con ella, Jey siente que por fin ha encontrado su lugar en el mundo. Al mismo tiempo, siente que aflora en él un antiguo poder, que se creía perdido en su mundo. La Luxcitem abrirá para él, un camino completamente nuevo, en el que descubrirá su auténtica procedencia y su identidad, y al mismo tiempo lo pondrá en el punto de mira de todos aquellos que ansían alcanzar su poder, ya sea para beneficiarse de él, o para destruirlo por completo. Ahora tendrá que escoger, entre la mujer que ama, o asumir el rango y título que no desea pero que puede salvar a los suyos, mientras el Caos se desata en el mundo comenzando una guerra sin cuartel, que pondrá a ambas razas, humanos y lucitas, casi al borde de la extinción.
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Seitenzahl: 1005
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Saga Luna Luz
Verónica Guzmán Martín
ISBN: 978-84-19796-11-0
1ª edición, febrero de 2023.
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos.
Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.
A mis padres que me han acompañado hasta aquí, por su apoyo incondicional y amor sincero. A ti, amor, por los años que llevamos juntos, que son tantos que no recuerdo la vida antes de ti.
Para mis Reguilianas, fuente inagotable de risas y mi Luxcitem en los momentos más oscuros, en especial a ti, Cristina, gracias a ti, Jey hoy brilla. Te debo un sueño, un camino y una vida entera, que no sé cómo pagarte, empecemos entregándote una Luna.
Prólogo
—Fundamento y Cosmología de la raza Lucita, tal como aparecen en los Compendios de la Sala del Saber del Templo de los Ancestros.
Breve Historia de la Luna
Hace mucho que los humanos comenzaron a poblar la Tierra, a tratar de domarla con sus manos desnudas, aprendiendo y dando a luz a las primeras sociedades primigenias. Para cuando esos hechos tuvieron lugar, nosotros ya teníamos un desarrollo, bastante más notorio.
Los llamados lucitas, o habitantes de la Luna, ya tenían literatura, cuando los humanos empezaban a erguirse. Hasta ese momento, ambas razas habían vivido separadas por la distancia espacial que las mantenía ajenas una de la otra, pero pronto, esa separación llegaría a su fin. Si bien los humanos permanecerían ajenos a nuestra existencia, para nuestro pueblo se convirtieron, no solo en objeto de estudio, sino también de protección.
De la caza de demonios
Eones atrás, los primeros habitantes de la Luna, vivían con mucho esfuerzo, sacando lo que podían de la tierra dura y yerma en la que trataban de prosperar, rodeados de seres y monstruos poderosos, que atemorizaban a la población, atacándola sin control. Tenían naturalezas increíbles y distintas entre ellos, y los antiguos moradores los llamaron demonios.
La leyenda del pueblo Lucita cuenta cómo un Ancestro, se vio acorralado por uno de esos demonios. Un ejemplar enorme que controlaba el fuego. El joven, usando los medios a su alcance, y tratando de evitar que el ser penetrara en su territorio y masacrara a su familia, trató de enfrentarse a él.
Fue una lucha difícil, en la que el joven casi pierde la vida, pero en el último momento, alzó un hacha que su padre le había regalado. Tenía un hermoso mango de madera y la cabeza era de plata lunar. Era el arma ceremonial de su familia, y el joven la había obtenido el día de su mayoría de edad. De forma completamente inesperada, la plata del arma pareció herir a su oponente, lo que le dio tiempo al joven para ponerse en pie, y lanzar el ataque fulminante que acabaría con su enemigo.
El demonio se evaporó en una voluta de humo, dejando tras de sí una piedra oscura. El joven, pensando que era su premio por abatir a la bestia, recogió la piedra y se la colgó al cuello, donde la notaba vibrar y calentarse, como si dentro de ella aún quedara poder latente.
Unos días más tarde, estaba el joven trabajando sus tierras, cuando sintió que la piedra comenzaba a arder de tal forma que tuvo que arrancársela, y al mirarse el pecho, vio una quemadura sobre su piel. Alarmado, decidió llevar la joya a un anciano sabio para que la estudiara.
El anciano dedujo, que el demonio no había muerto en el ataque, sino que, de alguna forma, al ser vencido, su esencia y su poder habían sido encerrados en esa piedra. Llamó entonces a un hombre de la aldea que decían que tenía el poder de los Cielos y juntos pasaron días tratando de purificar la piedra para extirpar el mal de su interior.
Eventualmente, consiguieron, casi llegando al borde de sus fuerzas, vencer la oscuridad de la piedra, que cayó al suelo, convertida en una gema preciosa de color rojo intenso. El anciano sabio mandó llamar al joven y se la devolvió advirtiéndole de que era una piedra mágica y debía ser tratada con precaución.
El joven no escuchó las palabras del anciano, y usó la gema para engrandecer su nombre, se llamó a sí mismo El Primer Cazador, y usó el poder de fuego de la gema, indiscriminadamente. Con el paso del tiempo, esta se fue apagando, y cuando el anciano sabio fue interrogado, simplemente dedujo, que la magia se estaba agotando.
El joven, que para aquel entonces era el líder de la aldea, y conocido en los confines del pueblo Lucita, entró en pánico. No quería que su poder se agotara, de modo que cogió a sus hermanos menores y los llevó a cazar más demonios. Algunos perecieron, pero con el tiempo perfeccionaron su sistema de caza de tal modo, que otros habitantes de la Luna también empezaron a conseguir gemas, que fueron purificadas y se convirtieron en un impulsor de la sociedad de la Luna, como fuente de energía y poder de sus ciudadanos.
Los lucitas dominaron la magia y desarrollaron un sistema primitivo de estamentos, en los que la familia del Primer Cazador llevaba el liderazgo de los clanes vecinos. Así vivieron y prosperaron los siglos siguientes.
Aparición de la Luxcitem y el Origen de los Dos Reinos
Casi mil años habían pasado desde que las cacerías de demonios se extendieran por toda la superficie lunar, cuando llegó lo que se denominaría El Milagro de la Luz.
En una de las cacerías, uno de los demonios fue herido, y tratando de huir del cazador que ansiaba su gema, fue a esconderse cerca de un campo sembrado. Allí había una muchacha que acababa de cumplir quince años y que se encontró de cara con el ser.
Al principio la niña tuvo miedo, pero entonces el demonio tomó la forma de un hermoso joven, con la piel tan blanca que brillaba en la oscuridad, con la luz de las estrellas. El cabello era tan largo que le caía por la espalda como una cascada de plata líquida brillante y sinuosa, y sus ojos, tan brillantes como dos diamantes la miraban llenos de dolor.
La joven sintió pena por las heridas que abrían el torso del demonio y decidió ayudarlo. Durante semanas lo ocultó de su clan, alimentándolo y cuidándolo con las hierbas de su familia, hasta que el demonio estuvo recompuesto. Para ese momento, ambos se habían enamorado, pero la naturaleza mágica del joven no le permitía permanecer con su amada por más tiempo, y debió marchar con los suyos, dejando su corazón atrás.
Más prometió a la joven, que le entregaría el poder de la Luz misma de la luna. Un tiempo después, la muchacha dio a luz a dos hermosos niños de cabello de plata y piel blanca como la luna. Ambos niños poseían el poder innato de la Luz, y fueron venerados entre los suyos, hasta el punto, que cada uno fundó un reino con sus descendientes, y los lucitas fueron bendecidos por la Luxcitem, como se llamó al poder de los hermanos.
Esta se transmitió de generación en generación a los nacidos dentro de la línea familiar de los Reyes, pero con el paso del tiempo, la Luz Sagrada, al igual que había ocurrido con el poder de las otras gemas, comenzó a apagarse, de tal forma que varios milenios después, solo aparecía en cada dinastía un Portador cada varias generaciones.
La Luxcitem se convirtió entonces en algo preciado y que marcaba al niño nacido con ella, como siguiente heredero al trono, fuera cual fuera su puesto en la línea sucesoria. Finalmente, un día, esta Luz desapareció, y no volvió a aparecer ningún niño con el don de los Cielos, que se creyó perdido para siempre.
La Caída del Reino Muerto y la llegada de la Oscuridad
De entre los acontecimientos más tristes en la Historia de la Luna, encontramos la Caída del Reino Muerto, llamado con anterioridad, Reino de la Flor de Luna Blanca, por sus hermosos jardines, llenos de esta flor, que era símbolo del Rey y su corte.
El último Rey, llamado Lothean, era un ser vil que en nada apreciaba las cosas buenas de sus fronteras, y que ansiaba el poder por encima de todo. Impuso cuotas terribles a sus ciudadanos, hasta el punto de que los hombres jóvenes comenzaron a escasear, muriendo uno tras otro en las partidas de caza extenuantes, pero al Rey no le importaba. Solo quería más poder mágico.
No contento con su título de Rey, mandó llamar a todos aquellos que tenían el poder de los Cielos, y que habían constituido una Casta Ascética muy poderosa para que lo bendijeran con la Luz de su magia. Los Ascetas no necesitaban gemas, pues su poder venía de su conexión, con las almas de aquellos que pasaron a mejor vida, los Venerables Ancestros.
Lothean envidaba su poder innato, y deseó convertirse en un ser de poder ilimitado, y pidió a los sacerdotes de la Orden que no descansaran hasta conseguir que los Ancestros se lo otorgaran.
Su deseo fue satisfecho, y Lothean consiguió el poder y la vida eterna que siempre había deseado, pero eso tampoco lo contentó, y siguió maltratando a su pueblo, engendrando hijos e hijas, y acaparando poder. Se llamó a sí mismo Dios, y a sus descendientes los encumbró como Dioses Menores, que fueron unidos a las casas más renombradas no solo de su Reino, sino del Reino de Plata también, pasando el poder a sus nietos y biznietos.
Aterrorizado porque sus descendientes parecieran tener poderes similares a los suyos, trató de matarlos y aquello creó un descontento tal, que su familia y su propio pueblo se alzó en armas contra él.
Para ese momento las tierras del Reino de la Flor de Luna Blanca, estaban yermas y esquilmadas, no quedaba magia que extraer, y la guerra terminó de llevarla a la ruina. Finalmente, fue asesinado por los suyos, que huyeron al Reino de Plata.
Lo que una vez fue un territorio lleno de vida y próspero, cayó en las sombras, la Luz plateada de la Luna se apagó y fue llamado desde ese entonces el Reino Muerto. Nadie ha vuelto a poner un pie en la Llanura Negra que precede a sus Portales, y ha vivido para contarlo.
El Mundo Terrenal, los Portales y la aparición de los mestizos
Con el tiempo, los demonios comenzaron a extender sus campos de caza, no solo en la Luna, sino que, de alguna forma, algunos conseguían cruzar a lo que los lucitas llaman Mundo Terrenal, o el Mundo Humano.
Los cazadores trataron de hacerse con aquellos que tenían el poder para hacer esos viajes en segundos, y uniendo sus esfuerzos con los de los artesanos de gemas, crearon el Portal de Plata, a través del cual, los cazadores pudieron seguirlos hacia el Mundo Terrenal, y extender sus cacerías allí.
La aparición de mestizos lucitas y humanos, fue una consecuencia natural del cruce de nuestras gentes, y al principio eran vistos como curiosidades, llamativos por sus ojos púrpuras, que todos compartían, aunque a día de hoy seguimos sin saber la razón.
Con el correr de los siglos, la población de ojos púrpuras fue creciendo dentro del Reino de Plata. Los lucitas instauraron un sistema de castas basado en la pureza de la sangre, y los mestizos fueron relegados a sirvientes en primera instancia, y esclavizados, en sus propios hogares, destinados a los trabajos más duros y vendidos o tratados como meros animales.
Finalmente, la situación llevó a una sublevación que desembocó en la Guerra de la Sangre o de los Mestizos, en la que toda la población de ojos púrpura, fue masacrada sin piedad.
Cada hombre, mujer y niño mestizo fue cruelmente asesinado, hubo piras que ardieron durante días en las que se quemaban los cuerpos, a veces incluso antes de que el desdichado hubiera llegado a morir. Se arrojaban a bebés de pecho a las llamas entre el clamor de los lucitas. Fue un festín de muerte y dolor que dejó una profunda cicatriz en el imaginario del pueblo de la Luna.
Las familias que unieron sus fuerzas con los mestizos fueron expulsadas del Reino de la Luna y de su muro de protección. Se los llamó el pueblo de los pardos, y se convirtieron en los proveedores principales de gemas y plata para el Reino, en pago a su traición a la sangre.
Los pardos construyeron un muro de piedra, que se fue agrandando y que los mantenían a salvo de los demonios de los alrededores, y con el paso del tiempo, crearon su sociedad, sometida a la Alta Aristocracia de dentro del Muro de Plata, y a su propio sistema de castas, y prosperaron dentro de lo posible.
Fue en esta sociedad del Muro de Piedra que se conformó la llamada Orden Plateada, en la que los niños eran entrenados para convertirlos en cazadores expertos y capaces, que luego eran enviados a los bosques de la Luna o al Mundo Terrenal, para abastecer de poder a su mundo.
La Orden Plateada
Sección militar de los pardos, se dividen en dos clases, guerreros de interior, que hacen las veces de policía militar intramuros. Nunca salen al Mundo Terrenal y sus funciones varían entre encargos de apoyo y control de las poblaciones de dentro del Muro de Piedra; y los guerreros cazadores. Estos últimos son la élite del cuerpo, son los recolectores de gemas y los únicos pardos que tienen permiso de bajar al Mundo Humano.
Ambos cuerpos están bajo las órdenes directas de los jefes de batallones, y del Líder de la Orden, al que todos llaman el Maestro, y que dirige desde sus dependencias las operaciones de recolección y el flujo de gemas que va hacia el Reino de Plata, y las cuotas que se quedan en el Muro de Piedra.
Los guerreros a su vez se dividen en pequeños grupos de cuatro individuos, llamados divisiones. Son hermanados después de pasar una prueba de aptitud al final de su adiestramiento, siendo esta una sociedad vinculante de por vida. Pasan a ser hermanos a efectos legales y prácticos, vivirán juntos y cazarán juntos hasta el final de sus vidas.
La unión ha de formarse por el vínculo del acople perfecto, es decir, deben funcionar como un todo en el campo de batalla, fusionando tanto sus caracteres como su forma de luchar para obtener el mejor resultado. Es extremadamente difícil conseguir el acople perfecto, de modo que, por norma general, basta con un acople básico para poder pasar la prueba final. Las divisiones que consiguen un acople perfecto, se convierten en las que mayor número de gemas obtienen, por eso todos los reclutas se esfuerzan mucho para mimetizarse con sus compañeros de adiestramiento.
En el caso de que alguna división sufra una baja, los guerreros deberán hermanarse de nuevo para reponer al guerrero caído con un reemplazo que deberá acoplarse a sus hermanos mayores lo antes posible, aunque en muchas ocasiones, este segundo acople suele ser defectuoso, dejando a la división rota de por vida, por lo que la figura del reemplazo suele ser un tabú entre los guerreros.
Capítulo 1
Se había hecho el silencio en el dormitorio de la Princesa. Ceres aún tenía el corazón desbocado y el sudor perlaba su piel, tan blanca que parecía brillar iluminada por las velas. Miraba al hermoso bebé que acababa de salir de su vientre mientras algo se movía dentro de su pecho.
Era el primer varón que paría, todo lo que había tenido en sus brazos antes habían sido niñas con la piel de luna y el fino cabello plateado. Sin embargo, el niño que berreaba contra su pecho, mientras ella trataba de callarlo tenía una matita de pelo negra y la piel sonrosada. Tan distinto de ella y de los miembros de la familia real que era como tratar de hacer pasar un elefante por un gato.
El bebé se prendió de su pecho por fin y dejó de llorar, mientras ella lo acariciaba. Había tenido muchas hijas, aunque no había amamantado a ninguna, para eso estaban las nodrizas, pero acercar a ese niño al calor de su cuerpo le había resultado tan natural como respirar. En ese momento el niño abrió los rasgados ojos y el corazón de Ceres se detuvo.
Los iris del recién nacido eran de un impactante color púrpura que lo condenaba como paria social. Hacía miles de años que no se veían unos ojos iguales en el Reino de la Luna y jamás encontraría descanso dentro del Muro de Plata. Alzó la cabeza a las dos únicas personas que estaban con ella en la sala, su doncella personal y su hermano Cadmus.
—¿Habéis podido contactar con él?
—Estará junto al Portal una hora antes del amanecer, tengo que llevármelo.
Ceres apretó al niño contra su pecho, negando desesperada.
—Aún es pronto y…
—El Plenilunio acabará al amanecer y tu esposo volverá a casa, sabes de sobra que si no te ha denunciado es porque la posición que le da estar casado con la Princesa no es para perderla a la ligera, pero cuando llegué no pude ver al bebé, o lo matará. Hemos conseguido una niña de los suburbios del Muro de Piedra, su madre la ha parido muerta esta mañana, le haremos creer que esa es la bastarda del humano y que murió nada más nacer, pero debo llevármelo ya.
La Princesa se negaba a soltar al niño, pero las campanas del Templo resonaron anunciando la tercera hora nocturna, en dos horas amanecería y su esposo llegaría para matar a lo que fuera que hubiera salido de su vientre.
—No puedo hacerlo… Cadmus, yo…
—Tú decidiste tu destino al rebajarte al nivel de ese humano. Eres la Princesa de la Luna y si esto se sabe, el escándalo salpicará a toda la familia. ¿Un mestizo en la Corte? No… un mestizo asesinado por el esposo agraviado de su madre. Aquí no tiene futuro. Dámelo.
Ceres bajó la mirada a esos hermosos ojos púrpura que la perseguirían los próximos siglos, como dos faros en la noche. Besó al niño, lo envolvió en una toquilla con el símbolo real y se lo entregó a su hermano. El Príncipe agarró el paquetito en el que se había convertido su sobrino, con todo el cuidado que pudo, y se dispuso a salir.
—Cadmus… dile al Maestro… dile que su nombre es Lesath.
El Príncipe no respondió, se limitó a cubrirse con una capa oscura y salió a grandes trancos por la puerta, mientras su asistente metía en el cuarto una cunita cubierta con el cuerpecito inerte del bebé de los suburbios.
Cadmus recorrió la mansión de su cuñado sin detenerse, y salió a la noche estrellada. La vida de su hermana no había sido fácil, podía entenderlo. Pero el problema que había supuesto ocultar el amorío que había tenido con el humano en sus escapadas durante los plenilunios, había sido enorme. Su padre, el Rey Corban, le había ordenado taparlo todo y convencer a su hermana de deshacerse del bebé.
Kahe, el esposo de su hermana era un ser vil y desagradable que había esclavizado a Ceres, obligándola a parir numerosas niñas con un único propósito, tratar de conseguir un portador. Daba igual las veces que se le explicara que la Luz Sagrada estaba extinguida, él seguía con su obsesión por el poder de la Luxcitem. Después de casi cuatro siglos de matrimonio, su hermana y Kahe, no habían obtenido más que niñas sin el poder que ansiaba el padre, y que eran apartadas de la madre en cuanto cumplían los cinco años.
Este bebé, era el primer varón de su estirpe, pero no era legítimo, y, por tanto, había nacido marcado, no solo por su condición de bastardo de la corona, sino también por esos ojos púrpuras que gritaban al mundo que era un mestizo.
Las leyes eran claras, debía ser ejecutado de inmediato, por su mezcla de sangre, pero Ceres le había pedido por favor que lo salvara, y Cadmus no era capaz de negarle nada a su desdichada hermana.
El príncipe llegó a la Puerta de Plata, que conectaba el Reino con el Muro de Piedra donde habitaban los pardos. Si había una oportunidad para su sobrino, que no supusiera su exilio en el Mundo Terrenal, era esa tierra de guerreros y comerciantes, en las que la aguda visión de las clases altas, solo veían traidores y rateros.
El Portal de Plata se abrió para él, y Cadmus dudó, si cruzarlo o esperar junto a la bruma plateada que había aparecido ante él. Las campanas volvieron a sonar, lejanas, mientras el niño se movía entre sus brazos. El Príncipe no pudo evitar abrir su capa y mirarlo con una pena infinita. Mucho tendría que sufrir ese descendiente de su estirpe para poder sobrevivir en el lugar al que lo mandaban, pero al menos estaría vivo.
La Bruma se agitó cuando cruzó el Portal un hombre. Cualquiera podría deducir por su cuerpo atlético y sus andares enérgicos que estaba en la plenitud de la juventud. Pero sus ojos… esos ojos de un azul tan pálido que parecían espejos, estaban llenos de sabiduría y conocimiento que solo te dan los largos años de lucha y sacrificio que cargaba sobre sus hombros.
—¿Entonces es cierto?–La voz del hombre era profunda y sosegada–. Nunca pensé que vería un mestizo con mis propios ojos, y menos uno de Sangre Real.
—Mi cuñado mató a su padre, y acabaría con él si no lo ocultamos de su vista. Mi hermana le estaría tremendamente agradecida, si… nos ayudara en este asunto.
—Un mestizo es un peligro tremendo para mi persona, aunque en el Muro de Piedra no tengamos leyes explicitas sobre ellos, no dejan de ser un tabú, no puedo asegurar que sobreviva, y no me expondré a sufrir la ira del Reino de Plata sobre mis tierras, a no ser que se me den ciertas garantías.
Cadmus endureció el semblante.
—Criar al hijo varón de la Princesa de la Luna, debería ser un incentivo más que suficiente para alguien como tú, te conozco Maestro, no estarías aquí de no haber calculado ya el beneficio que te reportaría este trato. No obstante, como agradecimiento estamos dispuestos a llegar a un acuerdo económico, por su mantenimiento, claro está.
El hombre permaneció un minuto en silencio, mientras Cadmus se desesperaba, podía ver en su mente, claramente lo que estaba pensando, pero prefirió dejarlo hacer su jugada.
—Si me lo llevo, no sabrá nada de su origen, ni de su ascendente. Se criará como otro más de mis muchachos, y por supuesto que exijo que la corona me lo agradezca de manera generosa.
—Pide cualquier cosa que él necesite en el futuro o que tú desees, no habrá ningún problema, y en cuanto a lo de su origen, casi que lo prefiero, lo único que sí quiero es que se respete la voluntad de la Princesa Ceres en cuanto al nombre del niño. Se llama Lesath.
Su interlocutor se encogió de hombros negando.
—Me temo que no podéis obligarme a utilizar un nombre tan sonoro y llamativo fuera de estos muros, se le pondrá un nombre pardo, para que pase desapercibido.
Cadmus no pudo objetar nada, le diría a su hermana que el niño se llamaba como ella quería, pero de todas formas no iban a volver a verlo, así que podían nombrarlo quisieran.
—Muéstrame al niño.
Cadmus separó las mantas y el niño abrió los ojos, estaba empezando a moverse demasiado y a llevarse los pequeños puños a la boca, debía de tener hambre. El hombre se inclinó sobre él, y lo observó con un brillo de avaricia que al Príncipe no le pasó inadvertido. Extendió los brazos para que le entregara al bebé y una vez entre ellos, lo apretó contra su pecho.
—La Orden Plateada se hará cargo de él, y lo formará como guerrero, será útil para nuestra sociedad.
Se giró en redondo para marcharse y Cadmus lo llamó.
—No me has dicho el precio…
—Prefiero que la corona me deba un favor… sabrás pronto de mi Príncipe Cadmus, hasta entonces, el Maestro os envía sus saludos a la Princesa, y a toda tu estirpe.
La bruma se tragó al hombre y Cadmus permaneció mirando hacia el Portal. Había sobornado al guardia para que dejara su puesto y evitar más ojos de los necesarios, pero ahora, la calle desierta se le hacía horriblemente opresora. Alzó la vista a las estrellas, y se fijó en ese maravilloso planeta que pendía sobre su cabeza. Sonrió para sí mismo. Ya no podía hacer más por su hermana o su sobrino, y no tenía caso perder más el tiempo en aquella calle solitaria, inspiró profundamente y cruzó el Portal, tal vez aún estuviese a tiempo de encontrar algo de diversión en el Mundo Humano. Cruzó la bruma, lanzando su petición y sintió el descenso que lo arrastraba.
Capítulo 2
Jey corría a través de una de las calles paralelas de una enorme nave industrial. Su división llevaba casi dos horas tratando de encontrar algo de caza antes del amanecer, cuando dieron con tres demonios de nivel intermedio que rodeaban a un nivel dos de fuego, enorme. Los sorprendieron en plena lucha territorial. A los pies de la criatura de fuego estaban los restos de lo que parecía un cuerpo humano.
Habían lanzado su ataque, y aunque los tres demonios de nivel medio habían caído sin problemas, el nivel dos había huido en busca de un refugio, arrastrando entre sus fauces partes de su presa.
Los cazadores se habían dividido para cercarlo, y en una de las intersecciones, Jey vio un destello de fuego que corría veloz hacia adelante. Su hermano menor había encontrado algo y lanzó la llamada que reverberó desde la pequeña marca en forma de runa que tenía en la parte interna del antebrazo.
Cuadró la posición rastreando la llamada de su hermano y salió a una plaza llena de basura y con dos banquetas rotas y pintarrajeadas. El demonio trataba de mantener su presa, reculando contra un edificio desvencijado y sucio que tenía detrás.
El novato había dejado de correr y se aproximaba despacio al ser, y Jey pudo verlo bien. Tenía el torso asentado en dos patas inmensas acabadas en garras negras y los brazos, con los que sujetaba su presa eran musculosos y estaban cubiertos de un hirsuto pelo azabache con destellos rojos. En medio del pecho, pelado, tenía una grieta que empezó a encenderse. El demonio dejó caer los restos del humano al suelo y con un gruñido, lanzó una ráfaga de fuego que su hermano evitó sin problemas. Si el demonio pensaba capturar a su hermano con eso, estaba listo.
Jey levantó las manos y convocó sus dos imponentes espadas de plata lunar. Gemelas hasta el último detalle, incluida la mitad de la gema turquesa que portaban cada una en la cruceta del mango. Las hojas eran tan finas como el papel, brillantes y mortíferas y el mango de la empuñadura era de un profundo color púrpura.
Iba a lanzarse al ataque cuando de las calles de sus flancos, aparecieron sus otros dos hermanos, que al encontrarlo aminoraron el paso y se le acercaron trotando. Jey se giró para mirar a Lean, traía su habitual sonrisa socarrona y miraba a su hermano pequeño negando con prepotencia.
—¿Qué vamos a hacer contigo novato?
El grito, hizo que el muchacho mirara hacia donde estaban los otros tres y el demonio casi lo alcanza con su siguiente andanada de fuego.
—¿Pensáis quedaros toda la noche ahí?
Lean asintió plantando los pies en el suelo con pose relajada.
—A ver cómo te las apañas.
El novato entrecerró los ojos castaños y se giró de nuevo hacia su adversario. Alzó las manos al tiempo que una docena de dagas transparentes, hechas de hielo, agua y fuego aparecieron a su alrededor.
El ser le sacaba al muchacho casi tres cabezas y era al menos dos veces más ancho, y las piernas largas le daban facilidad para comerse el terreno que los separaba. Pero si había algo en lo que su hermano pequeño destacaba de sobra, era en velocidad.
Comenzó el ataque en serio; el demonio lanzaba andanadas de fuego, tratando de acorralar al muchacho, que en uno de los dribles imposibles, lanzó las dagas a los tendones traseros del ser, cortándolos.
El demonio se tambaleó un poco, pero la herida se cerró de inmediato lo que dejó perplejo al novato, que comenzó a lanzar una lluvia de dagas. Estas volaban mágicamente desde todos los ángulos posibles, hacia las piernas, con la idea de derribarlo, pero tan pronto se abría un corte, este se cerraba limpiamente.
Lean comenzó a reír por lo bajo.
—Con este no te va a servir tu estrategia.
Jey miró a su otro hermano. Volk miraba desde toda su altura, sin perder ni un solo segundo de vista al novato, no parecía estar divirtiéndose con el espectáculo. En ese momento Lean lanzó una maldición, en uno de los requiebros que el muchacho tuvo que hacer para esquivar la ráfaga, el demonio alcanzó por fin a su objetivo, y lo desestabilizó de un zarpazo.
Jey se tensó, listo para atacar cuando el ser se abalanzaba contra el novato. De repente se escuchó un silbido, y segundos más tarde, la lanza de Volk atravesaba la grieta de fuego que el demonio tenía en el pecho. El ser comenzó a retorcerse tratando de arrancársela, pero la plata lunar de la punta hizo su trabajo y en segundos, la gema del desgraciado caía al suelo, a los pies del novato, que se puso en pie y se guardó la gema en la bolsa que llevaba en la cintura, volviendo a reunirse con sus hermanos, entre las risas de Lean.
—Menudo desastre, novato… cualquiera diría que quieres mejorar.
El muchacho iba a contestarle cuando la autoritaria voz de Volk se impuso.
—¿Qué demonios pretendías Crux? Sigue usando el mismo método una y otra vez, aunque te cerciores de que no funciona y estarás muerto. Le has dado varias oportunidades de alcanzarte, hasta que al final te has expuesto demasiado, deja de hacerte el gallito correteando de un lado para otro, y fija el blanco, tenía el punto débil expuesto delante de ti desde el principio.
Crux apretó la mandíbula y sacudió la cabeza en silencio. Jey soltó sus espadas que desaparecieron en el aire en medio de pequeñas partículas de luz plateada.
—Bueno entonces tres demonios menores, este de fuego y los seis que llevamos esta semana… Hemos vuelto a cumplir la cuota más que de sobra. No sé de qué se quejan las otras divisiones.
Volk se giró para mirarlo.
—No es asunto de risa, Jey, cada año las cuotas son más altas, no todas las divisiones tienen tanta suerte de encontrar caza y los castigos se están recrudeciendo. Si siguen apretando las tuercas de esta forma, pronto no podremos cumplir ni siquiera nosotros con ellas. Muchas divisiones tienen que entregar sus propias reservas para cumplirlas, y eso está trayendo escasez a las familias de los cazadores.
Jey se encogió de hombros.
—Si nosotros podemos, ellos pueden, lo que pasa es que son un atajo de vagos, prefieren perder el tiempo en vez de trabajar duro. Y luego se quejan si no consiguen llegar al mínimo. El Maestro me ha contado que el Reino de Plata está aumentando la demanda, y tenemos que esforzarnos si no queremos quedarnos sin magia elemental.
Lean lo miró con la ceja levantada.
—¿Cuándo vas a dejar de ir a tomar el té con el Maestro como un niñito de pecho?
—Siento tener alguien a quien le importo, imbécil. Quizá en otra vida puedas… no, ni renaciendo mil vidas podrías encontrar a alguien que quiera preocuparse por ti, Lean.
Comenzaron a caminar hacia el Portal, amanecería pronto y los cerrarían hasta la noche siguiente. Jey había comentado en alguna ocasión que le gustaría pasar un día abajo, pero esos tontos que tenía por hermanos no lo dejaban ni a sol ni a sombra, y lo metían en el Portal al alba, aunque fuese a rastras.
Crux caminaba a la derecha de Volk y miraba hacia la ciudad, con ojos anhelantes, a ese chico le encantaba todo lo que tuviera que ver con el Mundo Terrenal, tal vez a él si pudiera convencerlo de quedarse alguna vez. El novato miró hacia adelante y suspiró.
—Es extraño que haya escasez de gemas, cuando cada vez se caza más. Es cierto lo que dice Jey, estamos viendo muchos más demonios que de costumbre.
Volk miró a Crux.
—Bueno, los problemas en el Mundo Terrenal siempre los vuelven más activos. Según los informes que nos llegaron de los jefes de batallón, los humanos han sufrido varios problemas los últimos años. Se propagó algún tipo de enfermedad, y ahora que parece que están saliendo, la presión económica los está ahogando. Eso hace que la parte oscura de la gente salga a la luz y los atraiga con más fuerza.
Jey recordaba los meses pasados, cuando los humanos se escondieron dentro de sus casas, aterrados, por un mal invisible, y no pudo dejar de sonreír ante aquel recuerdo, había sido tan fácil cazar en esos días en los que las calles estaban desiertas… pero los humanos habían vuelto a salir, y de nuevo tenían que tener cuidado.
Llegaron a la posición del Portal, y lo vieron aparecer, un velo translúcido de color plateado que ondeaba, llamándolos a casa. Al cruzarlo, sintieron la ascensión y pronto se encontraron ante la Puerta de Piedra, y detrás, su hogar.
Capítulo 3
Cuando llegaron al hogar de su división, se dirigieron a la sala de reuniones, donde guardaban las gemas para llevarlas a la central de la Orden al final de cada mes. Jey metió en la caja las tres de los demonios de nivel medio y se apartó para que Crux metiera la del de fuego.
El novato se metía la mano en la bolsa que llevaba a la cintura y después se hurgaba en los bolsillos con gesto extrañado, que en un segundo pasó a la preocupación.
—Mierda… no la tengo.
Jey se giró enfadado y entonces se fijó en Lean, reía con la gema en la mano. Ese bastardo era un maestro de todo aquello que sirviera para incordiar. Tenía contactos en todas partes y no había nadie que no supiera su nombre dentro del Muro de Piedra. Físicamente era impresionante. Tenía el cabello castaño oscuro y se lo dejaba crecer lo justo para parecer desaliñado, pero la verdad es que le quedaba muy bien. No solo era condenadamente guapo, sino que tenía un cuerpo de guerrero perfectamente definido y una musculatura de la que se sentía extremadamente orgulloso. Pero si había algo que llamaba la atención de su persona, eran sus ojos. Lean tenía unos impactantes ojos verde esmeralda, brillantes y tan hipnóticos, que no había mujer que pudiera resistirse a ellos.
La sonrisa de modelo, perfecta, que lucía en ese momento, mientras le enseñaba a su hermano la gema era espectacular.
—¿Has perdido algo, Novato?
—¿Cómo coño me la has robado?
Crux se encaró con su hermano, extendiendo la mano para que se la diera, Lean alzó el brazo y colocó la gema fuera de su alcance. El Novato era el más bajo de la división, con diferencia, tenía una complexión delgada y ágil. Cualquiera pensaría que era fácil de derribar, pero para eso tendrías que alcanzarlo. El malnacido era rápido como un rayo, y mortífero con las dagas, cuando no estaba distraído. Los ojos castaños del chico relampagueaban mientras se apartaba el cabello del mismo color hacia atrás. Crux era el más joven de la división, y desde que puso un pie en ella, Lean le había apodado “Novato” y lo trataba como a un niño de teta, le encantaba hacerlo rabiar, y el guerrero llevaba cayendo en sus piques noche tras noche de los últimos trescientos años… maldita sea, ¿tanto tiempo hacía desde que ocurrió el incidente?
Las puyas de Lean lo sacaron de sus pensamientos.
—¡Salta pequeño novato! ¡Salta!
Crux lanzó el ataque desde abajo, tan deprisa, que apenas parecía haberse movido, pero unos segundos más tarde su oponente rodaba por el suelo y el Novato se enderezaba con la gema y gesto prepotente. Que Crux lo derribara tan rápido le iba a doler a su hermano en el ego.
Lean se levantó de un salto y se dirigió contra Crux, en un intento de agarrarlo de la cintura, pero este se movió en el momento justo, quitándose de en medio. No obstante, Lean había llegado a la élite por méritos propios, y le llevaba un par de siglos de ventaja al Novato. Se giró sobre sí mismo y lanzó una patada que mando a Crux contra la pared de enfrente. Jey los observaba divertido, ese par iba a tener un par de buenos moratones a la noche siguiente.
La voz de Volk se elevó sobre la trifulca.
—Basta ya, señoritas, o voy a tener que meterme en medio yo también.
Volker era el auténtico tanque del equipo, con sus dos metros diez de altura y ancho como un armario tenía una apariencia imponente que no dejaba lugar a dudas, era un tipo con el que no querías meterte. Entonces alzabas la cabeza y el efecto amenazante quedaba atenuado por sus impresionantes ojos plateados, que siempre sonreían. Tenía el cabello rubio, muy corto, tanto que casi parecía rapado, y expresión afable, siempre que no hubiera ningún demonio cerca.
Jey confiaba en él más que en ninguno de sus compañeros, daba igual lo que dijera esa estúpida placa que tenían en la pared, su hermano era el líder a efectos prácticos. Todos obedecían a Volk, porque era el que mantenía siempre el timón firme y la cabeza fría. Era el protector del grupo, el escudo, podía ser mortal y feroz, sobre todo en los raros momentos en los que perdía los estribos, pero siempre se mantenía en pie por su familia.
Su sonrisa infantil se acentuó cuando escuchó los pasos bajando por la escalera. Volk era el único que estaba casado de la división. Sathyn, su esposa, pertenecía a la casta de los sanadores, y se ocupaba de la salud de los guerreros.
—A ver, a ver, que me vais a destrozar la casa. ¿Qué estáis haciendo?
Detrás de la voz apareció la mujer. Era bajita, tenía la piel clara y una increíble mata de pelo negro y liso, que le caía muy por debajo de las caderas, pero que en esos momentos estaba sujeto en lo alto de su cabeza, con la cinta verde esmeralda de su casta. Llevaba puesto su atuendo de trabajo, del mismo color, que constaba de una túnica, con un fajín en blanco con ribetes verdes, que le marcaba suavemente el talle, con una falda amplia y cómoda, y unas zapatillas también verdes. Llevaba colgados del fajín varios saquitos pequeños donde llevaba sus artilugios para sanar y sus hierbas.
Los enormes ojos negros los miraban chispeantes, mientras traía en brazos una enorme olla.
—¿Nos has hecho la cena? Qué bien, con el hambre que tengo…
—Sí, ha sido una noche tranquila, afortunadamente no hemos tenido más que un herido leve, de una división de interior, por lo visto hubo algún altercado en el Pub de Raynaria.
Crux estaba colocando los platos en la mesa, mientras Lean iba sacando cubiertos y vasos.
—De modo que no me han llamado a la casa de sanación. Estoy de guardia, pero parece que hoy voy a poder dormir un poco lo cual agradezco, no te voy a mentir.
Sath se acarició distraídamente su vientre redondeado. Desde que el embarazo había empezado a notársele, cada vez se cansaba antes. Volk le retiró la silla para que se sentara y ayudó a sus hermanos a servir la cena.
—¿Y vosotros qué tal?
—Ha sido una buena noche, hemos conseguido cuatro gemas en total, este mes volveremos a tener el primer puesto en el ranking, seguro.
Jey miraba a Lean mientras hablaba y le servía agua a Sath, con ella se portaba maravillosamente, y los demás tenían que aguantar sus payasadas. Pero la sanadora inspiraba eso, tan calmada y siempre mediando entre sus hermanos. Thay solía decir que sin ella se habrían matado hacía siglos…
El guerrero dio un respingo, era la segunda vez esa noche que pensaba en el incidente y en su hermano perdido… hacía mucho que no le ocurría y aquello lo inquietó un segundo.
—Ayer vi a las esposas de la división de Renko, estaban en las colas de caridad de la casa de sanación.
Aquello atrajo de nuevo la atención de Jey.
—Pero Renko es guerrero de interior, a ellos no les afectan las subidas de las cuotas.
Sath se reacomodó en la silla y suspiró.
—Las vacas flacas están llegando incluso a los hogares de las divisiones de interior, todo está cada vez más caro, porque a los artesanos les cuesta más producir cada día y los comerciantes suben el precio de todo. La inflación hace que lo que antes se podía pagar con una bolsa de plata o un par de gemas, ahora cueste el triple. No sabemos cuánto tiempo vamos a poder mantener las colas…
Crux se enderezó.
—Si no se da comida de primera necesidad en las colas de caridad de la casa de sanación, mucha gente lo pasará mal.
Sath asentía, preocupada, mientras su esposo la observaba.
—Ya hemos pasado crisis en el pasado, la caza aumenta, lo habéis visto, hacía tiempo que nosotros no teníamos un año como este, saldremos adelante y pronto el bache pasará.
Sath sonrió a su esposo y empezaron a comer. No habían terminado de retirar la mesa cuando Lean se escusó.
—Novato, hoy lavas tú los platos, porque yo me voy.
—Una mierda, Lean, te toca a ti.
—Tengo una invitada que está a punto de llegar y…
En ese momento golpearon suavemente a la puerta.
—¿Lo ves?
Ese era el final de todas las jornadas. Lean tenía mujeres a montones, y entre los reclutas y los guerreros más jóvenes corrían leyendas sobre sus habilidades en la cama. Se suponía que las mujeres pardas, sobre todo las de cierto estatus social, no podían tener amantes, pero Lean las atraía como la miel. En menos de media hora tendría a su nueva conquista despatarrada en su cama y todos tendrían el dudoso placer de escuchar a la muchacha gritar como si le hubiese tocado la lotería.
Era una de las desventajas de vivir todos en la misma casa. Con el fin de que los guerreros crearan una hermandad sólida entre ellos, se les imponía la convivencia por divisiones. Todos los hogares de los cazadores tenían la misma distribución y el mismo aspecto. Un edificio cuadrado de cinco plantas, más un sótano que hacía las veces de almacén. Cada piso estaba destinado a uno de los cuatro integrantes de la división.
Jey era el líder de nombre, y a él le pertenecía el ático, pero se lo había cedido a Sath y Volk, porque tenía una pequeña terraza donde ella podía plantar sus hierbas y flores medicinales. Finalmente, él se quedó con el que había debajo, Lean vivía en el siguiente y al Novato se le entregó el de abajo del todo. El primero tenía las zonas comunes como la sala de reuniones, una sala de estar y un gimnasio.
El guerrero comenzó a subir hacia su piso, cruzó una puerta con su nombre, y se encontró con su lugar favorito del mundo. Cada uno podía hacer con su espacio privado lo que le diera la gana, pero él apenas había hecho modificaciones. No había muros que separasen dormitorios, y todo era diáfano y minimalista. No tenía muchas cosas, fuera de su ropa, sus espadas y algunas tonterías que había subido de sus incursiones en el Mundo Terrenal. Tal vez si algún día encontrara una esposa ella podría decorarlo o…
Jey suspiró y se dirigió al baño. Activó las gemas de agua, para que la pileta se llenara mientras se desnudaba, observándose en el espejo. Su piel era pálida y se estiraba sobre unos músculos de acero, que torneaban cada centímetro de su cuerpo. Tenía varios tatuajes, hecho con tinta de plata lunar, que refulgían débilmente decorando su espalda, la cadera y el antebrazo, y al subir la mirada se topó con su cabello negro y liso cuyo flequillo caía sobre unos ojos rasgados de un impresionante color púrpura.
Esos ojos eran su maldición y su mayor secreto. Cuando se movía por las calles del Muro de Piedra durante su niñez y los primeros años, solía llevar la capucha sobre los ojos. Con el tiempo, muchos susurraban que debajo de la tela, se ocultaba la mirada de un mestizo, pero nunca se lo dijeron a la cara, y él podía vivir con la fantasía de que solo sus hermanos lo sabían.
El púrpura lo marcaba como paria social, como medio guerrero, la mitad de un pardo, la mitad de un hombre que mereciera tener descendencia… ninguna mujer se rebajaría jamás a sufrir el ostracismo por estar con él. ¿Cómo hacerlo si ni siquiera su propia familia lo había querido? Lo habían abandonado junto a la linde del bosque de fuera del Muro para que muriese, si no hubiera sido por el Maestro y la Orden plateada, no lo habría contado.
Se metió en la pileta, dejando que el agua caliente barriera la tensión de la noche. Jey llevaba siglos siguiendo ese ritual, noche tras noche, día tras día. Cuando salió de la bañera y se dirigió a su lecho, le llegaron amortiguados los gemidos ahogados de la última conquista de Lean. Se tumbó boca arriba y observó el techo. En esos momentos se imaginó que Volk estaría con Sath… eso debía ser mucho mejor que los polvos anónimos de Lean, pensó. Debía ser genial llegar al hogar y tener a alguien que no solo te proporcionara desahogo sexual, sino compañía, cariño y dulzura…
Su último pensamiento, antes de dormirse, fue que tal vez en algún lugar hubiera alguien para él.
Capítulo 4
No había amanecido aún cuando la alarma del móvil de Grace hizo que abriera los ojos. Se giró bajo las sábanas sacando la mano y la pospuso cinco minutos. Maldición, en la mejor parte del sueño…
Si mantenía los ojos cerrados tal vez pudiera retomarlo… Centró su pensamiento, tratando de retener los rasgos de ese hombre que la había acompañado esa noche. Era el actor del último culebrón al que se había enganchado y era tan rematadamente guapo y romántico que su subconsciente lo invocaba en cuanto cerraba las pestañas.
El teléfono comenzó a vibrar, mientras Grace hacía el mayor de los esfuerzos por ignorarlo, finalmente quien quiera que fuese, se dio por vencido. Segundos más tarde comenzó a sonar el fijo de la sala, con un pitido insistente, que la hizo arrancarse las sábanas de un tirón y salir de la cama maldiciendo contra el mundo y la gente que no sabe escoger un horario decente para llamar.
—¿¡Qué leches pasa!?
Un segundo después la risa franca de Leo le llegaba a través de la línea.
—Sabía que te habías quedado dormida. Te he mandado un mensaje hace diez minutos y he visto que no estabas ni en línea. Vas tarde, dormilona.
Grace miró el reloj de la sala y soltó otra maldición, colgó el teléfono, aún con las carcajadas de Leo sonando a través del aparato y se precipitó al baño. Se fue arrancando el pijama conforme se acercaba al espejo y se lavó la cara y los dientes casi sin darse cuenta. Cuando levantó la vista, sus ojos verdes oscuro fueron a caer sobre la balda donde tenía perfectamente colocado el costoso tratamiento facial, cada uno en su botellita y tarro de diseño, del que se había encaprichado, pero que llevaba un mes ahí puesto, porque ni una sola mañana se levantaba a tiempo para hacerse la rutina.
Para ese momento Koky se había despertado. Su pequeño chihuahua la miraba exigente desde el quicio de la puerta del baño, mientras ella cepillaba su larga mata de pelo castaño y se lo recogía todo encima de la cabeza de manera apresurada.
—Ya voy, ya voy, dame un segundo…
Salió del baño a la pata coja mientras se metía una deportiva blanca con el perro huyendo de su camino, demostrando así su inteligencia. No eran ni las seis y media de la mañana, y Grace estaba de muy mal humor. Llevaba puestas unas mallas negras, pero no encontraba la bata de su trabajo. Trató de recordar dónde podría tener alguna, mientras se abrochaba el sujetador y se ponía una camiseta básica amarilla para llevar debajo de la bata.
A su jefa Anne, no le gustaba que llevara la camiseta, pero Grace estaba harta de pedirle batas más pequeñas. Era tan menuda y delgada que todas las que traían siempre le quedaban grandes, y al agacharse sobre el mostrador sentía que se le veía el pecho.
Lavadora… la noche anterior había hecho la colada y había metido la ropa en la secadora después, así que… mierda, no había sacado la ropa de la secadora, se quedó dormida y ahora estaba muy arrugada. Miró el reloj de pared, tenía cinco minutos para entrar a trabajar, y no llegaba ni de coña.
Koky volvió a ladrar. La comida del perro… maldita sea, menudo estrés. Llenó el cuenco de comida y otro con agua limpia, lo acarició un segundo y se abalanzó hacia la puerta, con su abrigo, una pequeña mochila, las llaves del coche en la boca y un batido de chocolate en un bolsillo.
El ascensor estaba ocupado, y no tenía tiempo de esperar a que subiera por ella, cogió las escaleras y bajó a toda prisa los tres pisos, hasta el portal, y de ahí a la cochera del edificio. Cuando entró en el coche y encendió el motor, respiró para serenarse, ya iba tarde de todas formas, no iba a tener un accidente, encima.
Encendió la radio, y conectó el teléfono, en segundos salía a la calle con su grupo favorito de K-Pop tronando en los altavoces. Hacía poco que se había interesado por el royo coreano, pero le había pegado fuerte, desde la música a las series, las comidas y las costumbres, todo le llamaba la atención. La pandemia y las largas horas de encierro habían hecho el resto.
Lamentablemente a su círculo de amigos no parecía interesarle mucho, la verdad. Leo la había acompañado al principio, con el tema de las series, pero a él le gustaban más las series americanas, y Grace no podía con ese humor tan básico. De modo que había convertido esa afición en su refugio del mundo, su pedacito de cielo, en el que se podía sumergir y escapar de la monotonía de su vida.
Sinceramente, pensar así era muy triste, sobre todo porque no es que tuviese una mala vida, tenía un trabajo estable, aunque abusivo. Unos compañeros que solían ser amables y divertidos, siempre que Frank no estuviese dando gritos. Un grupo de amigas, más o menos fijo, una familia que no estaba del todo loca y tenía a Leo.
Llevaban tanto tiempo juntos que Grace no recordaba el momento de su adolescencia en el que pasaron de jugar videojuegos y ver películas de anime, como mejores amigos, a enrollarse en el sofá. Había sido algo natural, y muy cómodo. No recordaba que hubieran habido citas llenas de nerviosismo o mariposas en el estómago, como decían las novelas que le gustaba leer. Solo tardes de patatas fritas y refrescos, que poco a poco fueron llenándose de besos y caricias, y finalmente de sexo adolescente a hurtadillas.
Leo era su mejor amigo, la persona que más la conocía y prácticamente la única con la que se sentía a gusto. Tenían muchos gustos en común y tenían una buena relación… cordial… sin sobresaltos… predecible…
Sus padres lo adoraban, y sus suegros la trataban genial, de modo que cuando Leo se lanzó y compró el anillo de boda todos saltaron de alegría, y a Grace le pareció… buen momento, sí, por qué no…
Después de eso, había venido la pandemia, y habían tenido que retrasar el evento más de dos años, en los que Grace había aprendido a estar sola. Vivía en un micro apartamento con su perro, que había tenido la buena idea de alquilar, apenas cuatro meses antes de que todo el asunto de la dichosa enfermedad estallase. Nunca había vivido por su cuenta hasta ese momento, y aunque al principio le había resultado muy extraño, se había acostumbrado a la libertad que te da el no compartir tu espacio con nadie.
Ponía su música a toda pastilla, comía lo que le daba la gana y a cualquier hora, iba por casa como quería y no tenía que dar explicaciones si entraba o salía, aunque salir, salir, tampoco es que lo hiciese mucho. Para ella el paraíso era llegar a casa con algo de comida de sus restaurantes asiáticos favoritos, quitarse el uniforme del trabajo, ver un Capítulo tras otro de su k-drama favorito, mientras se acurrucaba con su perro. No necesitaba más.
El problema había venido con la vuelta a la rutina, tras el aislamiento, Grace se había vuelto una antisocial de manual. Sus amigos estaban locos por salir a hacer cosas, y a ella se le acababan las escusas, pero el peor cambio fue que Leo estaba cada día en casa.
Grace no había querido mudarse con él, aún, retrasando el momento todo lo que podía, porque sentía que cuando Leo llegaba a casa, lo llenaba todo. De repente en la radio sonaba su música, o aparecían partidos de futbol en su pantalla, la comida china era sustituida por hamburguesas o pizzas y la conversación giraba en torno a temas que a Grace cada vez le interesaban menos. Había empezado a sentirse un complemento de la vida de Leo, cuando este entraba en escena, y eso estaba desgastándola.
Acababa de aparcar el coche en la parte de atrás de la panadería cuando vio salir a Eve, llevaba las bolsas de la basura al contenedor, mientras contenía las lágrimas. Empezaba bien el día.
El ambiente estaba caldeadito, se había roto un horno a las tres de la mañana y los repartidores no tenían pan, las canastas de la tienda estaban vacías, y Frank estaba descargando su furia con todo el mundo, mientras su madre la tomaba con la pobre Eve.
Grace cerró los ojos, convocó la imagen del actor de sus sueños, llenó su cabeza con sus canciones favoritas, y sonrió al subir las persianas.
Capítulo 5
Jey despertó varias horas después, se puso ropa cómoda y bajó las escaleras. En el rellano de Crux se encontró a una muchacha, que bajaba a hurtadillas en el momento en que su hermano menor abría la puerta de su cuarto.
La muchacha dio un respingo, se disculpó, roja como un tomate y salió corriendo, antes de que Crux tuviera tiempo ni de decirle hola.
—Se ha quedado dormida, normalmente se van antes.
Crux le contestó con cara de hastío.
—No me extraña, se han callado hace menos de una hora, no me han dejado pegar ojo.
—Eso te pasa, Novato, por querer dormir en vez de disfrutar de la vida. Pareces un anciano a punto de cruzar al Templo de los Ancestros.
Lean venía detrás de Jey con la camiseta en la mano, fresco como una lechuga, cualquiera diría que había pasado las ultimas ocho horas durmiendo como un bebé. Sacudió su melena húmeda, se terminó de vestir y los miró sonriente.
—¿Qué planes tenemos para hoy?
Jey se encogió de hombros.
—Yo tengo que ir a ver al Maestro, luego no tengo nada pensado, tal vez podría pedirle permiso para bajar esta noche. Es nuestro día libre, y sería divertido pasar unas horas ahí abajo.
A Crux se le iluminaron los ojos.
—Sí, Jey. Seguro que a ti te lo concede. Yo tenía pensado ir a ver a Roy, le encargue un arnés nuevo para las dagas, este está muy desgastado, vente, Lean, y luego damos una vuelta por el centro de adiestramiento, Volk estará allí toda la mañana.
Lean compuso mal gesto.
—¿Roy? ¿En serio? Pues cuidado con lo que ese imbécil te vende.
Jey reía mientras bajaban las escaleras.
—El maestro herrero es muy diestro, tal vez podrías aprovechar, Crux y decirle que repase las cadenas de Lean, hace tiempo que ningún profesional les echa un vistazo.
El guerrero se llevó las manos a las caderas, donde llevaba enroscadas dos cadenas con las que sometía a sus presas antes de acabar con ellas, como si pensase que Roy pudiera saltar desde la sala y arrebatárselas.
—Si quiere conservar las dos manos para poder seguir tonteando en su fragua, no se atreverá a tocarlas de nuevo.
Crux lo miraba con la ceja levantada.
—¿Qué tienes contra Roy?
—Algún día te lo contaré, Novato. Algún día. Pero ¿sabes? Sí que voy a acompañarte, no sea que ese impresentable pretenda estafarte. Le haré una visita, además, hace bastante que no saludo a su maravillosa esposa, ni a sus hijas, ni a sus hermanas… venga novato, se nos hace tarde.
Jey tenía la impresión de que su hermano pequeño estaba empezando a arrepentirse de pedirle a Lean que lo acompañara antes incluso de que salieran por la puerta. Caminaron juntos hasta el final de la zona de los hogares de división de los cazadores y bajaron la pendiente hasta Cirynte.
La ciudad no es que fuera gigantesca, pero era la mayor de los asentamientos intramuros, seguido de Raynaria y de villorrios menores que se repartían entre los campos de sembradío.
Cirynte se dividía en pequeñas zonas o distritos que mantenían a la población ordenada según su rango y ocupación. Los hogares de los cazadores estaban en una colina en el extremo oeste de la ciudad. Allí vivían las divisiones y sus familiares directos, sus esposas e hijos menores, antes de entrar al adiestramiento.
El centro de adiestramiento era una extensión enorme en forma de patio de entrenamiento, rodeado de barracones en los que los niños vivían, estudiaban y se ejercitaban, hasta llegar a la edad en la que se presentaban a las pruebas de aptitud, era lo primero que encontrabas cuando bajabas la colina. Si se cruzaba daba al otro lado al centro de la ciudad con sus calles de comerciantes y artesanos, rodeando la plaza principal, dominada por las dependencias del Maestro, la casa de sanación y los hogares de los sanadores.
Jey se separó de sus hermanos al llegar a la plaza principal, y se encaminó a las dependencias del Maestro. Se cruzó con varios guerreros de interior que entraban y salían con prisas, todos le sonreían y él inclinaba la cabeza encapuchada. Sus hermanos le habían intentado quitar la manía de cubrirse, pero a Jey le costaba deshacerse de esa tela. No solo porque lo protegía de miradas indiscretas, sino porque creaba una barrera entre él y los demás.
El guerrero estaba muy expuesto, sensorialmente hablando debido a su habilidad innata para percibir los pensamientos ajenos, y de poder enviar información a las mentes de otros. Durante las cacerías era algo realmente útil, sobre todo de cara al acecho silencioso, pero el resto del tiempo era bastante agobiante. Había trabajado durante siglos para poder cerrarse a ese torrente de información que venía de todas partes y el tener que afinar sus sentidos para no pegársela por la calle, con su ceguera parcial debido a la capucha, lo ayudaba a centrarse en sus propios pensamientos.
Había visto tantos sentimientos y pensamientos pasajeros en la gente, que él prefería que nadie supiera los suyos, cuidaba sus secretos celosamente, y solo sus hermanos podían jactarse de conocerlo lo suficiente. Ocultaba sus sentimientos y sus debilidades, con la misma determinación que lo hacía con el color de sus ojos.
