Salirse de madre - Andrea Matte - E-Book

Salirse de madre E-Book

Andrea Matte

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Beschreibung

Chile, década de los 80, plena dictadura. Una joven de familia de elite chilena vive una existencia encapsulada hasta que ve desmoronarse su mundo. Su madre se marcha un día cualquiera sin dar explicaciones. Su padre, perteneciente a la clase alta, pero de pensamiento rebelde e inmerso en un activismo de resistencia contra la dictadura, es llevado a un centro de detención y liberado un tiempo después debido a su parentesco con la elite del país. Al volver, el padre traerá a Laura como su nueva pareja y la instalará en la casa familiar. Lugar de su esposa ausente. Laura, periodista connotada, empeñada en mostrar la verdad de la dictadura chilena, impone un mundo distinto en ese enclave conservador: ella proviene del afuera. Ella es la voz de los grupos perseguidos, sin influencias, sin contactos. Entre ella y la joven protagonista se instalará un vínculo afectivo que se vuelve dramático: la protagonista será considerada una traidora entre su familia y hermanos por estar de parte de la intrusa. Simultáneamente surgirá el intenso amor adolescente entre la protagonista y el hijo de Laura, amor que convive con las amenazas de muerte y anónimos que comienzan a llegar a la casa familiar. El ambiente se llena de tensión y culmina con el apresamiento de Laura. Años después, una noticia impactará a la joven al ser encontrados restos de detenidos desaparecidos. Esta magnífica novela se adentra en lo que fue tal vez el período más ominoso de la historia de Chile, en un sondeo de profundidad, alianzas, afectos, amores trizados y culpas compartidas que engloban a cualquier lector que haya experimentado los efectos de una represión social. Ana María del Río.

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Seitenzahl: 232

Veröffentlichungsjahr: 2023

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MATTE, ANDREA

SALIRSE DE MADRE

Santiago, Chile: Catalonia, 2022

176 p.; 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-001-7

ISBN digital: 978-956-415-002-4

NARRATIVA CHILENA863

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria

Ilustración de portada: Acuarela Obra para un hermano de Macarena Matte L.

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Diagramación interior: Salgó Ltda.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: diciembre, 2022

ISBN: 978-956-415-001-7

ISBN digital: 978-956-415-002-4

RPI: trámite wlj11r (15/12/2022)

© Andrea Matte, 2022

© Editorial Catalonia Ltda. 2022

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

A mi padre, por el privilegio de vivir a su lado.

A Lucho, mi hermano, por hacer de la vida un lugar sin límites.

A Patricia, quien me enseñó que la verdad no es transable.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 1

Vivíamos en una casa grande, extendida. Corredores largos, ventanas, puertas y más puertas. Yo vagaba desde el alba, husmeando, tratando de detectar el sentido de las cosas que se hablaban, los acontecimientos que sucedían, las causas, los porqués, los cómos.

No era fácil. Nadie daba la menor información en ese tiempo. Había que arreglárselas como uno pudiera. Supongo que los ratones del entretecho tenían que hacer lo mismo que yo, que pertenecía a la raza de los menores, de los invisibles, de los que vivían tras las puertas, de los que nadie tomaba en cuenta para casi nada.

No me gustaba esa radio vieja, siempre prendida, sobre el mesón de la cocina. De ella salía una música sin sonrisas. Solo lágrimas. Y noticias antiguas. O lejanas. También, noticias temibles. Personas a las que les pasaría algo horrible dentro de poco. Nombres. Listados. Una música marcial que me aterraba. Esa década de los ochenta, que no transcurría, pegada al aire, a los calendarios estancados.

Todo tenía olor.

Olor a ropas viejas. A tristeza.

Una música que me hacía mirar por el ventanal.

Como si ahí estuviera la respuesta. ¿A qué? No sabía a qué.

Tangos. Así les decían. Música de tango. Acordes arrastrándose sobre las largas baldosas blancas y negras de la cocina.

Esa mañana había comenzado como las otras. Pero también había sido distinta a todas las otras. Difícil de olvidar. Durante mucho tiempo después, seguiría viviendo la misma mañana, incrustada en mi mente.

Casi no había habido ruidos. No como otras veces. Ni gritos. Ni portazos. Ni discusiones.

Esta vez había sido un sonido suave. Una puerta cerrándose. La de la entrada. ¡Clic!

Solo eso entrando en mi oído alerta. Nada más.

Pero yo conocía el lenguaje de ese ¡clic! Había temido oírlo durante mucho tiempo.

Y ahora, ahí estaba.

Corrí por la galería larga. Las paredes y ventanas pasaban veloces junto a mis ojos.

Abrí la puerta de su pieza. Corrí a su baño.

La peineta había desaparecido. Y el bolso de maquillaje. Y el secador. Y su rouge especial.

Ese con el que yo me pintaba a veces la boca para disfrazarme de ella y volverme linda, grande, elegante, seductora, con todas las respuestas en mi bolsillo.

Abrí el clóset. Los zapatos azules tampoco estaban. Ni su vestido de salir. Ni su abrigo.

La mamá. Se había ido.

El mundo se me tambaleó.

Corrí hacia la cocina. Las sílabas pegadas a mi boca. No podía hablar. El universo dado vuelta.

La mamá. Su silueta vacía. Todo faltaba. Era como si un hoyo feroz se hubiera abierto en el mundo. De pronto, nada existía.

La mamá no estaría ahí, con nosotras, como todos los días en esa esquina del comedor, sentada mientras yo comía, ayudándome a tragar el larguísimo hilo eterno del queso derretido de las empanadas; no, linda, no te vas a ahogar, no, nadie te va a colgar por la garganta con el hilo de queso, no tengas miedo, mira cómo lo hago yo, ¿ves?

Y levantaba su cuello recibiendo el hilo fino, amarillento, que desaparecía dentro de su hermosa boca de color perfecto.

Yo quería ser ella. Ir convirtiéndome en ella hasta llegar a ser adulta y vivir en el extraño mundo de los adultos de la manera esplendorosa y brillante como lo hacía ella.

Y ahora, ya no estaría más. Se había esfumado. Sorprendente, súbita, como era ella misma. Capaz de tomar una decisión de siglos en un segundo.

Ahora era la cocina. El humo. El frío. El gran mesón. Ante él, la otra ella, la que no se iba nunca. La que siempre se quedaba con nosotros. La nana. Ahí estaba, como todos los días. Con la pupila clavada en mi cara. Tras su delantal, su ceño levemente fruncido. Haciendo siempre algo. Rallando queso, preparando una masa, secando platos.

Sus arrugas gobernando cada uno de mis movimientos.

Había que guardar el miedo, las preguntas. Y, por supuesto, las lágrimas.

Mi mamá se ha ido para siempre. Abrí la boca para decirlo. Pero de mí no salió una sola palabra. La frase era demasiado grande, demasiado fuerte como para que yo ni siquiera pudiera pronunciarla en voz alta.

Mi nana seguía amasando. Sus ojos no parecían contemplarme, pero me observaban.

Me acerqué a mirarla. Mi nariz llegaba al borde del mesón.

Ella y su radio. Los tangos inundando el aire, la masa, el mundo.

—¿El queso se va a poner...? No podía pronunciar la palabra.

—Sí. Se va a poner latigudo. Así se llama. Empanadas de queso latigudo.

—Cuando las fría —aclaró ella.

—Ahora las estoy haciendo y el queso está duro.

—A ver, córrase para allá, deme espacio. Me aparté unos centímetros.

—Oiga… ¿los pedazos de queso se van a…?

Preguntas que quedarían sin formular, sin contestar por los siglos de los siglos. Tenía miedo. Pero ahí estaba ella. Ella y su mirada de águila sobre mi cabeza. Vigilante, dominando cada uno de mis gestos. Sosteniendo el día huérfano, la existencia sin puntos de apoyo. Sosteniendo el clóset vacío, el eco de los zapatos azules alejándose en puntillas por el corredor.

Sus manos grandes dando vueltas la mezcla de harina, huevos, leche, hasta volverla una masa humana. Alguien, algo naciendo ahí, entre sus dedos.

Ella hablando en rezongo, mirándome de reojo.

—De los siete, usted, lejos, la más mañosa para comer, ¿no es cierto, niña? —Algo parecido a una sonrisa esbozándose entre sus labios apretados.

Yo no podía dejar de estar con ella ahí, mis ojos a la altura del mesón, horizonte de melamina amarilla. Mirarla. Observar sus manos, las arrugas de su cara, un mapa aprendido de memoria, en el que yo me movía como en un refugio. No me quedaba ya nada seguro en el mundo fuera de ella. Era mi único punto de referencia. Un pilar alrededor del cual se erguía toda la rutina de esa casa.

No hablaba. Era parca, pero en algún repliegue algo se guardaba. Como una sorpresa. Yo conservaba en la memoria cada uno de sus gestos. El olor de esa cocina. Del aceite en el sartén negro. El paisaje de mi mundo sin muros. Sin seguridades.

La miraba todo el tiempo, mis ojos clavados en su cara.

Sus arrugas, pequeñas hendiduras por las que yo transitaba, confiada. Podía retener ese olor, ese ruido, esos movimientos.

Me gustaban. Eran seguros. Me daban tranquilidad. Borraban las pesadillas. Afuera, todo era temible. La radio vibraba con las noticias del mediodía. Operativos. Detenciones. Exilios. Listados de nombres. Palabras cayendo como piedras ahí afuera, en la realidad.

Ella siempre ocupaba la misma fuente de loza azul y blanca, cortaba la misma cantidad de queso, de manera perfecta.

Cada cubito, igual al otro. Pedazos contundentes.

—Que no se note pobreza —decía.

El plato con los dibujos azules. Los dados de queso arriba.

Me los imaginé después, dentro de la empanada, retorciéndose, perdiendo su forma, entrando en mi garganta.

Yo, tragando ese hilo. Yo, tragando ese hilo eterno para siempre. Mi garganta cerrándose. Vendrían las arcadas, las carreras al baño, los golpes en la espalda, las manos en la cabeza, el vómito. Las exclamaciones cruzándose sobre mí.

—Por Dios, esta niña es una sola maña...

Cerré los ojos. Intenté memorizar solo los pedazos inertes del queso frío, como soldados inmóviles. Calmos. Impasibles e imposibles de derretir.

Volví a concentrarme en su cara. Sus anteojos opacos, llenos de manchitas blancas. Sus manos en lucha con la masa, dominándola.

—No me gusta cocinar con moscas mirándome —decía en medio de su cocina, limpia como laboratorio.

¿Cuántos años me demoré en entender que yo era la mosca? Una mosca de ocho años, de ojos inmensos, atenta a cada uno de sus ademanes, de la forma desengañada de sus labios, de su expresión que parecía venir de vuelta de todas las peripecias de este mundo, de esa voz de lejanía saliendo de la radio, por una cabeeeza... de un noble potriiiillo...

Y así seguía, manipulando la masa, haciéndola bajar de nivel. La montaña informe de harina, manteca y leche que iba domando poco a poco hasta convertirse en una lámina dúctil, color carne, extendida sobre el mesón.

Amasando, aplanando la superficie, dejando la masa al nivel de mis ojos.

Sus manos, sus hombros moviéndose con rigurosidad, firmeza junto al polvo blanco que iba cayendo sobre el mesón, sobre el suelo, sobre mis zapatos de charol, dejándolos nevados.

Mojé mi dedo índice en saliva, pegué el polvo en mis dedos y me lo pasé por la lengua. Era lo único que se podía comer. Su horario, sus normas eran estrictas.

—No hay comida entre horas —alegaba—. Esa no alimenta. Es la única manera de que coman lo que deben y no ratoneen. Además, nada sobra aquí.

Era una norma sagrada y nadie podía contravenirla.

Sentí el gusto del polvillo en mi boca. Otra decepción. No era el polvillo dulce, exquisito, que esparcía después sobre las empanadas. Este era indiferente, amargo.

—Oiga, pero esto no es…

—Azúcar flor, se llama, niña, no entiendo cómo puede confundirlo con la harina, son completamente distintos —exclamaba, moviendo la cabeza.

A cada segundo humedecía sus dedos en un agua turbia de un plato, que yo miraba con recelo, porque, mientras más lo hacía, más turbia se ponía el agua. Como una sopa pantanosa, opaca, tristísima.

Daba infinitos y perfectos golpecitos a las orillas de miles de círculos de masa, mientras tarareaba sus tangos.

Esas melodías arrastradas, lentas, que yo aborrecía, pero que resultaban indispensables en la cocina, porque mientras pasan los días y la miras hacer las cosas, verás que todo es mentira, que al mundo nada le importa, yira… yira…, por una cabeza, todas las locuras, su boca que besa borra la tristeza, calma la amargura.

De tanto oírlas terminé por aprenderme todas las letras. La memoria era lo único que me salvaba de la desaparición del mundo.

Mantenía el uslero siempre a su derecha, pasándolo sobre la masa con ademanes secos, de intensidad variable. Más de una vez lo había utilizado como arma de corrección. Mis hermanos le tenían un respeto reverencial. Todo con una cadencia seca, severa. Lo dejaba, lo volvía a tomar, lo dejaba de nuevo. Su ritmo, el ritmo del mundo. La masa bajo él aplacándose, dominada por completo, sometiéndose a sus deseos, a su estricta expresión. Sus manos severas. Intransables. Las manos que daban sentido a mi mundo.

Ese día me armé de valor.

—Yo no quiero con... ques... —comencé a decir.

Sus ojos clavados en mí. Inmovilizándome como una mosca de insectario.

—Las empanadas de queso son con queso, que yo sepa.

—Sí, pero ¿podría...?, ¿podría hacerme una...?

—¿Una qué? No deje las frases sin terminar, niña.

—¿Que si no podría hacerme una… sin… queso…?

—¿Una empanada de queso sin queso? ¡Dónde se ha visto! Su voz retumbante llenó la cocina.

—A ver, quite, que la voy a llenar de harina.

Pero algo había en sus ojos. Ahí, en el fondo de sus pupilas, una lucecita, un guiño pequeñísimo, tal vez inexistente… Mis ojos ansiosos lo detectaron. Como un barco perdido buscando un faro.

El rito continuaba. Los pedazos de queso eran grandes, que no se notara pobreza, decía. Las empanadas casi no cerraban. A pesar del agua tibia, puesta con los pulgares en el borde. Algunas se rompían y asomaba, flemático, el trozo de queso, aún enhiesto.

Miré el esfuerzo de sus dedos por cerrar las masas. Las parchaba. Metía los dedos en el agua, la pasaba por la harina. El agua se iba volviendo turbia, cada vez más turbia.

Sus dedos. No podía dejar de mirarlos. Firmes, gruesos, agrietados, exactos. Y ese anillo grande, brillante, coronando su anular. De un valor incalculable, pensaba yo. Por supuesto, mucho más que el de mi abuela, que casi no brillaba. Un día me atrevería a preguntarle quién se lo había regalado. Y ella me miraría con su ojo profundo, sin responderme, como siempre. O me diría que había sido el recuerdo de un zángano, como le gustaba llamar a los hombres.

Entretanto, los dedos seguían su danza incansable: de la masa al agua, del agua a la masa. La perfección de las empanadas surgiendo, como un milagro. El agua turbia era tirada al lavaplatos.

Cuando los pedazos de queso habían desaparecido, como en un puzle aprendido de memoria, yo sabía perfectamente qué momento venía ahora. Y ella también sabía. Y ninguna de las dos decía nada.

***

Con un viejo rodillo, una rueda dentada que yo consideraba un tesoro valiosísimo, ella comenzaba a cortar las empanadas. El borde ondeado aparecía en cada una, dándoles una perfección de empanada de tienda. No podía despegar los ojos de su mano segura, rápida, casi impaciente, cortando, redondeando sin vacilar una, dos, diez, doce, 16 empanadas. Dos por cabeza y una extra para el que no pelee.

¿Cuánto tiempo demoraba? ¿Minutos? Su otra mano recogiendo las sobras apelotonadas sobre el otro lado del mesón amarillo.

Una vez cerradas las empanadas, puestas en orden, ella prendía el fuego y ponía el sartén lleno de aceite que comenzaba a calentarse más, más, más en silencio.

El aceite hirviendo era un líquido de peligro mortal. Ni siquiera había que olerlo.

—Se te puede meter por las narices y te las quema para siempre —decían mis hermanos, sonriendo ante mi terror.

—Hágase para allá, más, más allá, cuidado —resonó su voz seca.

Esperaba el sonido del aceite caliente que vendría en un rato más. Ese sonido entrando en contacto con la masa rellena. El chisporroteo, las burbujas hirviendo, quemando todo a su paso, el queso licuándose, la lava chorreando, las quemaduras elevando la piel de la masa, dolor, miedo, expectación.

Pronto vendría la tortura. El calor deshaciendo al queso, haciéndolo tomar formas inverosímiles, retorciéndolo como si estuviera vivo y le doliera. La forma que tomaba el queso dentro de la masa, monstruos sin cabeza, moviéndose desesperados dentro del aceite hirviendo… Todo eso vendría en unos momentos más.

Mientras el sartén con su contenido iban alcanzando sordamente su máximo poder letal, yo intentaba no perder detalle de la exactitud de lo que se venía.

En ese momento, casi como transportadas por el aire —sus manos no se veían con la rapidez—, las empanadas entraban al aceite hirviendo. Ahí aparecía el calor, el ruido, el torturante chirriar de la piel de la masa luchando con el aceite entrando, quemando, tostando, horadando. El ruido de las burbujas mortales que podían caer en cualquier parte en su misión asesina: quemar, hacer un hoyo en la piel, arriscar, dar muerte.

Solo en ese momento yo comprendía que mi momento había llegado.

La veía juntar todas las sobras de la masa. La veía tomar nuevamente el uslero, moverlo acompasado y sutil, sobre los pedazos. Estos se iban uniendo en un solo cuerpo, una masa más blanda, más trabajada.

Despaciosa, ceñuda, ella iba formando una gran empanada perfecta, la empanada de las empanadas, que cortaba con el rodillo en forma especial. La tomaba y la cerraba alrededor del aire solo, sin llenar el espacio dentro.

Mi empanada de queso sin queso.

La perfección asomándose. El peligro evaporado. El suspiro de alivio.

Pero entonces, en ese momento exacto, la radio estremeciéndose, vibrando. Las noticias de último minuto. A todo volumen.

Nuevas listas de prisioneros.

Corte de luz en las poblaciones. Ataques a torres de alta tensión.

—¿Qué es alta ten…?

Ella me hacía callar con la mano.

—¡Shht!, deje oír, son las noticias.

Un peligro sin cara, de duración indefinida. Como el de las empanadas, pero peor. Y diario. Era mejor no salir.

Era mejor no preguntar. ¿Esto duraría para siempre? ¿La mamá no volvería nunca más? ¿Nunca más estarían de vuelta sus vestidos, sus zapatos, su rouge, su perfume, su sonrisa? ¿El papá seguiría prisionero por los siglos de los siglos, amén?

Parecía que todas las respuestas se habían deshecho, retorcidas en el aceite hirviendo. Me mordí los labios.

Su voz, seca, breve, se oía al fin.

—Ya —decía.

Y acercaba un piso al mesón.

—Se me sienta aquí —señalaba.

Con sus manos amorosas de masa tibia, me ponía delante el plato, coronado por una sola gran empanada de queso sin queso, llena de aire, coronada con la gruesa guirnalda de azúcar flor.

Una empanada de nieve.

Así era ella. Ferocidad y, luego, unas manos cálidas, un plato chorreando amor. Todo bajo sus cejas feroces. Nunca un mimo. Su lenguaje rudo y directo. Una ametralladora de órdenes. Todas las directrices de sus labios desvanecidas en el sabor de sus platos.

—Aquí está. Para la reina de las mañosas.

—Cómasela aquí, solita, no quiero que los otros me anden reclamando después,

—Ordenaba, acercando un piso alto al mesón.

Y sola, ahí en la cocina, encaramada a un piso más alto que yo, con el peligro puertas afuera acechando en el aire, con el mundo destruido y sin madre, yo comía lentamente mi propio milagro de masa y azúcar flor, sintiendo que el mundo se ponía otra vez al derecho.

Capítulo 2

A mis doce años, mi padre volvió de la isla Dawson por milagro y, después de un tiempo, se casó por segunda vez.

Lo de volver de la isla Dawson era algo que nadie, sobre todo él, terminaba de creer completamente. De pronto, un día cualquiera, un papel de excarcelación y, luego, la vuelta a casa en un camión sin ventanas. La imposible y soñada vuelta a casa. Llegó con los ojos abiertos y fijos, como ilusionados. Se paseaba por los corredores tocando los muros. Entraba a las piezas y tocaba los objetos, como para asegurarse de que sí, había vuelto, había vuelto vivo.

Luego la rutina comenzó a imponer su gran manto sobre los días y mi padre comenzó lentamente a salir, a ver gente. Comenzó a salir con amigas y siguió haciéndolo durante un largo tiempo. A veces, aparecía con alguna de ellas. Pero iban solo de visita a la casa. A quién llevaría esta vez se volvió un ejercicio de adivinación. Hacíamos apuestas con mis hermanos. ¿Será rubia o morena?

¿Alta o baja? ¿Gorda o flaca?

Los sábados después de almuerzo, él ponía en marcha su auto en el garaje y salía, con gran estruendo de las latas del puente. Eso significaba que, horas más tarde, aparecería con alguien sentado en el asiento del copiloto.

Alguien. ¿No debería ser “alguiena”?, pensaba yo. Una mujer. Un peinado bonito, una falda distinta. A veces, tacos muy altos. O uñas de un color imposible.

Corría siempre hasta el portón para ver la cara nueva que iba a surgir en la ventanilla. Qué rasgos, cómo serían sus ojos, su manera de moverse. La nueva se bajaba y lanzaba la mirada alrededor.

Todos nosotros mirándole la primera sonrisa. Serios.

—Hola niños —decían, algo impactadas por los ocho pares de ojos clavados en su rostro.

Algunas preguntaban nuestros nombres, que olvidaban en seguida.

Luego venía la entrada a la casa, el recorrido por las distintas piezas, que arrancaban diversas exclamaciones, ¡qué grande!, ¡qué lindo!, ¡qué amplio este ventanal!

Le mirábamos el vestido. Yo le miraba las uñas —para constatar que no sería encorvada, porque entonces sería una bruja— y los zapatos. Tenía obsesión con ellos. No. No había ninguno como los zapatos azules de mi madre, que ya no estaban en el clóset.

Más tarde venía la hora del té, la mesa llena de niños. Diversos rostros de mujeres sonrientes, serios, pelos largos y cortos. Diferentes peinados y colores de piel. Observábamos sus gestos, el modo de ponerle mantequilla al pan, las manos, con y sin anillos. Había algunas que hablaban todo el tiempo, otras más calladas, como pájaros al acecho. Algunas, qué risa, nos hablaban forzando la voz, como títeres, como si fuéramos niños en la cuna.

Risas, sonrisas, bandejas que se pasaban de mano en mano.

—¿Quieres más café? ¿Un té?

—¿Cómo les va en el colegio, niños?

Era la pregunta que hacían casi todas. Como si la vida de los menores tuviera el núcleo en el colegio.

Casi no contestábamos. A veces, nos encogíamos de hombros.

—Bien…

Luego, en la noche, mi padre las iba a dejar de vuelta a su casa. Había algunas que se devolvían en su propio auto.

Nos tranquilizaba que desaparecieran al caer la tarde. Desde que mi madre se había ido por la puerta de atrás de la cocina, mi padre había pasado a integrar la lista de los seres que nos pertenecían por derecho propio.

Él era nuestro, pensábamos. Su pieza había pasado a constituir nuestro dominio, un territorio ganado.

Dormíamos ahí, en colchones que se improvisaban a última hora. Cada uno tenía un lugar asignado dentro de la pieza. Veíamos televisión. En las noches, contábamos cuentos de terror. Luz apagada. A veces, mis hermanos se ponían una linterna en la barbilla, bajo las sábanas. Terroríficos. Yo gritaba de miedo. Mientras en el entretecho los ratones hacían de las suyas persiguiendo una pelota o un vaso, nunca lo sabré, yo me acostaba al lado de mi papá a ver televisión para no oír el miedo, que se arrastraba por los corredores oscuros desde la partida de mi mamá.

Mi padre no permitía que hubiera momentos de silencio, quizás porque siempre le gustó el ruido, la chacota. Le gustaba contar historias y sabía hacerlo. Su voz variaba increíblemente de tono. Podía ser festiva o desgarrada. Le gustaba contarnos una vez más, y cada vez en forma distinta, la historia de su época en la isla Dawson. Se iba al gran mapa que había en la pared y la ubicaba con su largo dedo índice.

—Aquí, en medio de la nada —decía—. Aquí estuvimos.

Con su voz llena de tonalidades, nos relataba cómo era el cada día en la isla, lo que los carceleros los obligaban a hacer, los castigos, el frío de las mañanas, el ruido de la sirena despertándolos al alba, el tiempo chirriante de hierro sobre vidrio, el hambre, el mar que no se acababa nunca, rodeándolos por todos lados. Las discusiones y divergencias que tenían con los compañeros, los modos de comunicarse con ellos en código, para burlar la vigilancia. La gran derrota que significaba perder una partida de dominó con los demás presos.

Cada noche, él se dedicaba, con paciencia, a enseñarme el arte de jugar al dominó. Para él no era un juego, sino que una interacción seria, desafiante, a veces decisiva.

—El secreto es adivinar las fichas del contrario para partirlo por el eje —me decía. Y me contaba que en Dawson, muchas veces, su alimentación había dependido de ganar o no una partida de dominó o de bridge.

—Si ganabas, comías doble —decía.

Pero era en el dominó donde se destacaba. Muchas veces hacía un alto en medio de la partida y nos iba recitando nuestras fichas a cada uno, sin equivocarse jamás. Recuerdo sus manos grandes, su desenfado para jugar. No sé cómo podía saber exactamente las fichas que cada uno tenía y guardaba celosamente de la vista de los demás. Nunca se equivocó.

Para mí, el dominó era un juego imposible. Me costaba muchísimo. Mis fichas pasaban la mayor parte del tiempo en el suelo, a vista y paciencia de todos. Después de un par de jugadas, no era capaz de decir qué fichas había usado quién.

Me gustaba ver jugar a mi padre. Mirarle su pasión. El cómo, hacia el final de la partida, sus rasgos se iban tensando más y más, en la seguridad de la victoria final.

Mi papá era hombre de rituales. Además de la partida de dominó, prendía el noticiario todas las noches.

A medida que el comentarista daba las noticias yo veía cómo su cara iba cambiando. Sus rasgos se torcían en un gesto de incredulidad, las cejas se elevaban de rabia. Tamborileaba con sus dedos en el velador cercano.

—Esta situación es in-so-por-ta-ble —lo oía murmurar para sí mismo—. Tenemos que hacer algo. La gente desaparece… Nadie hace nada…

De pronto, se ponía pálido. Extendía el brazo hacia el velador y abría el primer cajón. Ahí estaban sus remedios. Se echaba una, dos, tres píldoras a la boca. Luego, el trago de agua. Se pulsaba la muñeca, constataba.

Había vuelto hacía unos meses de Dawson. Demasiado delgado. Demasiado sorprendido por haber vuelto vivo. Con taquicardia. Parco. Silencioso. Nunca hablaba de la isla con las demás personas. Solo con nosotros. Creo que todavía no podía creer que había vuelto. Creo que no estaba muy seguro de estar vivo, de seguir siendo papá, ahí, de nuevo a cargo de todos nosotros, de nuevo con la tierra en su poder.

Entonces yo pasaba mi brazo por encima de su guata y lo miraba con los ojos entrecerrados, fijos en su gran estómago que semejaba una gran rotonda, en el centro de aquella casa del barrio de La Florida. Mi brazo jamás lograba llegar al otro lado.

Ahí se me olvidaban los retos, el raciocinio obligado a que los mayores obligaban, el “piensa un poco antes de hablar”, las reglas, las sumas, las restas. Ahí todo lo duro, lo difícil, el miedo, se alejaba, perdía sus contornos. La sensación corporal de su barba cortita pinchuda en mi piel de niña, suave, nueva, me encantaba. Cosquillas.

Un acto secreto, simple, feliz.

Capítulo 3

Un día cualquiera, un día de la semana sin nombre ni apellido, mi padre lo anunció.

Lo hizo de pronto, sorpresivo, tal como era él, mientras revolvía su taza de café.

—Tengo que decirles algo, niños —anunció. Lo miramos expectantes.

—Tendrán una nueva mamá —dijo.

—Vendrá a vivir con nosotros dentro de poco. El aire se detuvo.

—Ella y sus hijos. Tiene dos —terminó, con la mano extendida, dedos abiertos sobre el mantel. Decisión tomada. Labios cerrados.