Salto mortal - Daniela Vestri - E-Book

Salto mortal E-Book

Daniela Vestri

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Beschreibung

Salto mortal es una apuesta de riesgo, un desafío a lo posible, una pirueta. Los cuentos que componen este volumen ensayan modos de mirar las pruebas de la vida, esos límites en los que se impone la pregunta sobre cómo seguir. Saltar o no saltar, esa es la cuestión. Sus personajes evocan lugares conocidos de la infancia y juventud, puntos de quiebre de la vida adulta, momentos de gozo y también de declive, encrucijadas donde se pierde la brújula, situaciones de cruce entre lo trascendente y lo fugaz. Cada una de estas historias deja un destello, un instante que se destaca en la cotidianeidad y en la vida común, pero que es producto de la atención y la mirada en esas escenas que nos constituyen: la salud, lo familiar, el amor, la vejez, la pérdida, la alegría, que no siempre tienen explicación. Como un salto mortal.

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Seitenzahl: 63

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Daniela Vestri

Salto mortal

NARRATIVAS

Vestri, Daniela

Salto mortal / Daniela Vestri. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6635-94-5

1. Relatos. 2. Cuentos contemporáneos. 3. Antología de Cuentos. I. Título.

CDD A860

© 2025, Daniela Vestri

Primera edición, julio 2025

Dirección comercial Sol Echegoyen

Dirección editorial Julieta Mortati

Asistencia editorialEleonora Centelles

Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert

Editora Laura Garaglia

Jefa de corrección María Nochteff Avendaño

Corrección Lucía Bohorquez

Diseño y diagramaciónLara Melamet

Conversión a formato digital Estudio eBook

Libro de edición argentina.

Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

pampublicaciones.com.ar | [email protected]

Índice

IEl ladrónUn accidenteUn buen hábitatSalto mortalEn todas las familiasHermanosNinoGinkgo BilobaLa ventana de enfrenteIIMejores amigasContar para vivirEn unos jardines inmensosEstilo kitschAmor fraternoFinAgradecimientosSobre este libroSobre la autoraTienda PAM

A Renato, Valentina, Lucrecia y Magdalena, compañeros de infancia

Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados.

NATALIA GINZBURG, Léxico familiar

 

 

En esta casa no hay secretos.

CLAIRE KEEGAN, Tres luces

I

El ladrón

Pascual sacaba las galletitas de la lata y yo imaginaba esa mano grande, abierta como un pulpo, irrumpiendo en el orden perfecto de los cuadraditos de vainilla. Él las echaba sin cuidado dentro de la bolsa que pronto sería mía y me miraba por encima de los marcos gruesos para anunciarme lo de todos los días: “Ahora viene la yapa”. Me gustaba recibir la yapa, era lo que más esperaba al entrar al almacén. Y esto fue así hasta que empecé a robar caramelos, porque a partir de entonces, lo que más esperaba era ver la cara de rabia de Rolo cuando los robaba.

Rolo no era mucho mayor que yo. Parecía más grande porque era gordo y porque lo vestían con ropa de hombre, con unos tiradores que le sostenían la panza enorme. Estaba siempre sentado en un rincón del almacén mirando cómo su papá atendía a los clientes. Mamá nunca me pudo explicar bien qué le pasaba. “Tiene un problema”, me dijo una vez sin entrar en detalles, pero yo, desde que lo vi, supe que no era un problema así nomás. Si no, ¿por qué estaba siempre con la boca abierta y el labio de abajo colgando? ¿Y por qué parecía dormido aunque tuviera los ojos abiertos? Yo me preguntaba cómo podía aguantar tanto sin parpadear. A veces competía con él sin que se diera cuenta, a ver quién lograba estar más tiempo sin cerrar los ojos. Sabía que él ganaría, pero me entretenía mientras Pascual cortaba el queso o alcanzaba las aceitunas de la repisa alta.

Rolo casi no hablaba, pero, cuando lo hacía, se le metía la lengua en todas las palabras. Yo me quedaba mirándole las manos mojadas de baba y después miraba las repisas de los frascos hasta dar con las aceitunas, sumergidas en el agua turbia, y volvía a los dedos húmedos y de nuevo al agua de las aceitunas. Cada tanto, Pascual lo mandaba para adentro, porque ellos vivían allí, atrás del almacén. Una cortina de flecos de plástico separaba la casa del negocio. Lo mandaba para adentro de mal modo. Sacudía las manos como espantando moscas y gritaba:

—¡Aire!, ¡aire! ¡Para adentro!

Rolo movía su cuerpo blando con torpeza y, en las apuradas, se golpeaba contra las repisas. Parecía una vaca arreada hacia el corral.

El día que empecé con lo de los caramelos, Pascual se había agachado a buscar algo en la heladera; aproveché que solamente estaba Rolo ahí, sentado como siempre, y metí la mano en el frasco. Ni siquiera llegué a tocar los caramelos. Rolo se plantó ante mí y, señalándome, dijo “ladrón” en su medialengua. Me quedé duro. Lo miré a Pascual. Cuando vi que sacudió las manos, me tranquilicé.

—¡Aire, aire!, para adentro, siempre diciendo pavadas —le dijo.

Rolo se fue sin chistar, pero lo vi detrás de los flecos de colores, mirándome. Yo también lo miré y juré sin palabras que la próxima vez no me iba a arruinar el plan.

Días después, cuando Pascual fue hasta la otra punta del almacén a cortar jamón, me volví a animar. Otra vez era el único cliente. Solo estaba Rolo ahí, mirando. Sonriendo y sin sacar mis ojos de sus ojos, metí los dedos en el frasco panzón y agarré un caramelo verde y brillante. Lo dejé caer en el fondo del bolsillo sosteniéndole la mirada a Rolo; creo que por primera vez aguanté más que él sin parpadear. Lo vi apretar los dientes y decir de nuevo “ladrón” en voz baja. Pascual lo escuchó y se enojó más que la primera vez.

—Para adentro, inútil —gritó.

Rolo se fue. Pascual me miró como disculpándose y yo le devolví una sonrisa de disculpa. Me fui silbando. Desde ese día, me ofrecía en casa para hacer las compras. Sentía un placer inmenso al robar en las narices de Rolo y ver sus esfuerzos por contener la bronca. Después de esa vez, no volvió a acusarme. Seguía en silencio cada uno de mis movimientos mientras yo revolvía los caramelos buscando mi color preferido.

La última vez que pisé el almacén fue un viernes a la mañana. Me acuerdo bien, me voy a acordar siempre, porque esa vez fui yo quien abrió la mano como un pulpo, no me conformé con un caramelo, y agarré un puñado enorme, lo máximo que pude. A Rolo se le puso la cara violeta, casi revienta de la bronca. Me pareció que iba saltar por arriba del mostrador para pegarme, pero no, se quedó ahí atrás, temblando de furia.

Esa tarde, cuando llegué de la escuela, escuché que mamá comentaba al teléfono la novedad: habían tenido que llevarse a Rolo, el hijo de don Pascual, porque esa mañana casi le rompe el negocio al padre. “Había tenido un ataque y había reventado contra el piso los frascos de caramelos”, dijo mamá.

Un accidente

Lo único que tengo que hacer es animarme a saltar cuando la hamaca esté bien alta. Abrir las manos, soltarme de las sogas y saltar. Aflojar el cuerpo y caer contra el pasto como una bolsa de papas revoleada desde un camión. Así se me va a romper un hueso y papá me va a tener que poner un yeso en la pierna como le pone a sus pacientes. En la próxima, salto. Se está haciendo de noche. Mamá me va a llamar a comer. Me gusta el viento en la cara cuando la hamaca va hacia adelante y las cosquillas en la panza cuando va rápido hacia atrás. Ya se hizo de noche. ¿Hace frío o hace calor? Me tengo que apurar. Hay olor a milanesa. Papá está por llegar del hospital. Mamá debe tener la mesa preparada y Nicolás debe estar haciendo enchastre con el puré de zapallo en su silla alta. Mamá lo deja jugar con la comida así la deja cocinar. En la próxima, salto.