Salvo el poder - Ernesto Escobar Ulloa - E-Book

Salvo el poder E-Book

Ernesto Escobar Ulloa

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Beschreibung

Como un pinchazo en los párpados mientras tratamos de dormir, en palabras de Santiago Roncagliolo, los once relatos que conforman Salvo el poder reflexionan sobre la política, el terrorismo, la historia y el papel de la prensa, cuestionando el discurso oficial. La muerte del Che Guevara como dictador de Bolivia, el testimonio de un consejero presidencial, la condecoración del futuro líder de Sendero Luminoso por Mao Tse Tung o el momento de revelación de un jugador de póquer, personajes que escapan del poder y cuya identidad es un enigma, siendo todos, al fin y al cabo, padres de la misma patria. La memoria se presenta en el imaginario de Escobar Ulloa como una trampa donde mito y realidad, pasado y presente, se dan la mano. Salvo el poder, destaca Roncagliolo, recupera los momentos vitales que las grandes gestas desechan. La literatura, añade, pone frente a nuestros ojos las cosas que no queremos ver.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Ernesto Escobar Ulloa

 

Salvo el poder

Prólogo de Santiago Roncagliolo

Imagen de la portada:

Montaje de Roger Castillejo

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

 

Diagramación: Roger Castillejo Olán

 

© Ernesto Escobar Ulloa

© del prólogo: Santiago Roncagliolo, 2015

© Editorial Comba, 2015

c/ Muntaner, 178, 5º 2ª bis

08036 Barcelona

 

 

 

ISBN: 978-84-948031-3-0

Depósito Legal: B-24.932-2015

A mis padres

�Prólogo

 

La guerra de los traidores

Los peruanos nacidos en los años setenta crecimos en el infierno. Las bombas, los secuestros, los apagones, formaban parte de nuestra vida diaria. Había una guerra. Hay quienes llaman a eso “terrorismo” y quienes lo llaman “revolución”. En cualquier caso, con 70.000 muertos, a partes casi iguales por bando, lo que pasó en esos años clasifica como “guerra”.

La guerra no es sólo soldados disparando. Ésa es la parte que sale en las películas, no la única. La guerra también es falta de dinero, porque nadie pone un negocio justo sobre un polvorín. Y ausencia de futuro. Gente que huye del país. Personas que se hacen pobres de repente, y por lo tanto, otras que se hacen ricas de repente. Políticos corruptos que no creen en el Estado, porque no tienen claro si el Estado sobrevivirá. Servicios que dejan de funcionar. Materia fecal cayendo por los grifos.

En gran parte, Salvo el poder de Ernesto Escobar Ulloa es una colección de estampas de esos años. Sus paisajes recorren el Palacio de Gobierno y los mercados ambulantes, la violenta zona de emergencia en los Andes y los burdeles para burgueses de Miraflores. La lectura de historias como Combiasesina o Padres de la patria me lleva de vuelta a momentos que viví y que preferiría no recordar. La literatura pone frente a nuestros ojos las cosas que no queremos ver. Nuestros lados oscuros. Y Salvoelpoder es un libro incómodo. Como un pinchazo en los párpados mientras tratamos de dormir.

También es un libro contemporáneo. En los años de la violencia, la narrativa latinoamericana era eminentemente política. Yo crecí leyendo historias de dictadores como El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez o Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa. Las novelas, como La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez, aspiraban a narrar la totalidad de un país, a retratar en sus últimos detalles la complejidad social. O a denunciar la situación de los oprimidos, como en la obra de José María Arguedas.

Pero en el mundo real nuestras vidas eran pequeñas y grises. Nosotros no vivíamos la épica revolucionaria o la gloria del poder. Nuestros grandes desafíos cotidianos consistían en darnos una ducha o pagar el alquiler, que ya eran objetivos bastante difíciles, dadas las circunstancias. Salvoelpoder recupera los momentos vitales que las grandes gestas desechan. Sus historias se filtran entre las grietas de la Historia.

En ese sentido, Escobar Ulloa bebe de la tradición de autores como Julio Ramón Ribeyro, el cuentista de la clase media. Ribeyro ponía el ojo en las pequeñas miserias del día a día. En vez de dictadores, funcionarios y mandos medios. En vez de frescos sociales, anécdotas de frustración y supervivencia. Escobar Ulloa hace lo mismo, pero su geografía se desplaza hacia el jirón Huancavelica o Tupac Amaru. Su clase media está al borde del abismo. Y cada día da un paso adelante. Come en pollerías baratas. Esquiva furgonetas de transporte público como leones en un safari. Compra estampitas en puestos de la calle. Roba en centros comerciales emergentes.

En el estilo de Escobar Ulloa predomina el realismo sucio, porque la realidad era sucia. Como a otro cuentista peruano de nuestra generación, Sergio Galarza, a Escobar Ulloa le gusta hundir las manos en el fango. Y luego limpiárselas en el rostro del lector.

Sin embargo, la descripción que acabo de hacer no alcanza a todos los relatos de este libro. Algunos de ellos exploran la dirección contraria: contra la horizontalidad de nuestro presente, la verticalidad del pasado. Contra el retrato de la superficie de nuestra existencia, una penetración en el tiempo, en busca de los hitos que nos llevaron a ser lo que somos.

El primero de ellos, Lejanoabismo, contempla el momento de la Conquista del Perú con una mirada mítica. Se trata del instante fundacional del país, que se produjo por una traición entre hermanos. La metáfora alcanza a muchos personajes de este libro, que al dañar a otros, se hacen daño también a sí mismos. Pero Lejanoabismo se aparta de las técnicas narrativas modernas y del argot callejero para recurrir a las herramientas de estilo de una fábula oriental. Así, enmarca el origen de un país marcado por la violencia y el engaño en la lucha global contra la voracidad de Occidente.

La insignia de Mao es otro de los cuentos que podríamos llamar históricos. En él, el autor ficciona un encuentro entre Mao y Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, durante la temporada que éste pasó en la escuela de guerrilla de Nan Kin, en plena Revolución Cultural. Una vez más en el libro aparece el tema de la traición: los comunistas deshaciéndose de los que no consideraban suficientemente comunistas. Es el modelo chino que Guzmán trataría de imponer en el Perú de los años ochenta. El inicio de la guerra que nos tocaría vivir.

Después de retratar nuestro país, Escobar Ulloa se propone explicarlo. Los relatos de perfil histórico se acumulan en la parte final del libro. Al regresar de China, Guzmán se dedicó a construir y desarrollar una guerrilla maoísta, ya que el proyecto cubano había fracasado en Los Andes con la caída del Che Guevara en una emboscada. El penúltimo cuento del libro, #BoLibia, imagina una ucronía: el Che Guevara no murió en las montañas bolivianas, sino que sobrevivió para convertirse en el dictador de un Estado autárquico y totalitario. La anécdota es irónica, pero regresa al tema vertebrador del libro dándole un giro inesperado: los héroes traicionan a sus mitos y viceversa, una idea fundamental para entender el origen y caída de Sendero Luminoso y la leyenda de su líder.

Cierra el libro un cuento aparentemente desligado de los demás, Vesontio, un relato de espíritu borgiano que narra el encuentro entre un joven galo y un soldado nazi, un espía y un traidor. Por su escenario, o por su estilo fantástico, parece desvinculado de los otros relatos. Y sin embargo, es una suerte de colofón perfecto, porque Salvoelpoder nos recuerda que todas las guerras son la misma, que el enfrentamiento que vivimos empezó con la conquista española, libró escaramuzas en Cuba y ocupó países en Europa. Igual que cada bomba en nuestros oídos era sólo una anécdota de nuestra violencia, cada guerra es sólo una pequeña batalla de la Historia, al final de la cual todos los traidores tienen el mismo nombre.

 

Santiago Roncagliolo

 

1986

«Pero las aventuras verdaderas, pensé,

no le ocurren jamás a los que se quedan en casa: hay que salir a buscarlas en tierras lejanas.»

Un encuentro, James Joyce

 

 

Era 1986, yo tenía 15 años.

El paso del tiempo, los recuerdos, la edad, me permiten tener una visión más compleja de lo que ocurría entonces; me temo que esa visión en ocasiones puede oscurecer y en otras aclarar lo que pasó aquel día.

Lo digo al empezar porque lo que pasó no mereció ningún análisis ni ese ni los días siguientes, tampoco dejó secuela alguna las semanas, meses y años posteriores, que no dediqué —como habrían hecho otros— a repasar lo ocurrido, sino más bien a rescatarlo, cada cuanto, del olvido. Quizá porque en el fondo sabía que, por alguna razón, tarde o temprano, acabaría viéndolo como lo veo hoy.

Ya por esas fechas nos habíamos acostumbrado a que los apagones eclipsaran la ciudad interrumpiendo nuestros programas favoritos en la televisión. De pronto un bajón de potencia, un parpadeo agónico, unos coletazos finales y la luz nos abandonaba en la penumbra. Tras un primer silencio que revelaba la magnitud del ruido y la claridad previos, la noche penetraba en las casas como un íncubo, haciendo emerger un rumor que vibraba en el pecho, que disparaba un ansia de aventura. Subíamos a zancadas las escaleras de caracol y, una vez arriba, los bárbaros —como los llamaban papá y mamá— reportaban desde sus azoteas lo que nosotros no alcanzábamos a ver: «¡Salamanca tiene luz!», gritaban. «¡Monterrico está apagado!», gritábamos nosotros. Daba la sensación de que nuestras voces llegaban más allá de las urbanizaciones, a oídos que no debían escuchar.

Así transcurrían horas que empezaban lento y se aceleraban a medida que la oscuridad desataba nuestra elocuencia. Arrastrábamos los prismáticos de ir al hipódromo buscando edificios clave como el de Solgás, el Pentagonito, el Ministerio de Pesquería (hoy Museo de la Nación) esperando quizá que los hubieran derribado o se encontraran en llamas. Más tarde, en la soledad del insomnio, me asaltaba el recuerdo ancestral de la noche de los bosques y lo que debió de costarle al hombre antiguo enfrentarse a ella, conquistarla, suprimirla.

Tres años atrás había oído mencionar a Sendero Luminoso por primera vez. Ocho periodistas habían sido brutalmente asesinados en una comarca alejada llamada Uchuraccay, en un lugar alejado llamado Ayacucho, en los Andes del sur. Nunca llegué a ver las fotos que alarmaron al país, nunca llegué a ver nada salvo el miedo en los demás. Ahora diría que algo de mítico había en las palabras Uchuraccay, Andes y Ayacucho, pero en esa época no conocía el término, eran palabras que sonaban míticas sin saberlo. Todo era muy confuso, Uchuraccay provocaba enfrentamientos. Unos decían que habían sido los sinchis. Otros, los terrucos. Otros, los mismos pobladores. Cuando quise averiguar tal vez me lo prohibieran, era muy chico para esas cosas. El escritor Mario Vargas Llosa presidió la comisión que investigó la masacre. Seis años más tarde sería candidato a la presidencia, pero sólo al cabo de siete yo leería el Informe Uchuraccay completo. Al año siguiente lo volvería a leer. Desde entonces lo releo cada vez que puedo, no sé muy bien por qué, ni para qué. El presidente tenía 37 años. Su imponente figura irradiaba una inquietante temeridad, recordaba a un caballo desbocado. Algunos decían que estaba loco. La virulencia de su discurso alternaba en las pantallas con las denuncias por corrupción, las huelgas de trabajadores y las masacres que, hasta ese momento, ocurrían lejos, allá en las montañas, donde vivían los serranos, los cholos, la gente pobre.

Otras palabras cobraron significado por sí solas, bastaba oír “pornografía” o “masturbación” para saber que no debías preguntar. La primera vez que escuché hablar de los terrucos en casa fue la noche que papá inauguró el tercer piso. «Pronto llegarán a Lima», le dijo a mi tío. No podría asegurar que fuera a él, o que al acercarme cambiaran de tema, pero así ha quedado en mi memoria. “Sendero” y “terrucos” se asociaron para connotar acecho, nocturnidad. Años más tarde supe por un facsímil fotocopiado que aquella fue la estrategia detrás de los apagones: suscitar la sospecha de que estaban entre nosotros, que actuaban por sorpresa, que nos vigilaban. 

Los apagones regresan cuando, rumbo a la Costa Brava, observo distraído las torres de alta tensión por la ventana. Leo la palabra “emboscada”en El País a propósito de la guerra en Libia y veo el cadáver del Almirante de Marina Iturbide exhibido por los noticieros como un guiñapo agujereado. El jardín de senderos que se bifurcan me retrotrae al callejón de Conchucos, a la noche cordillerana en que una procesión de antorchas se asomó a las ventanas del bus en que viajábamos, durante unas negligentes vacaciones, las Fiestas Patrias de 1992.