Samsara, vos y yo - Irina Cantoni - E-Book

Samsara, vos y yo E-Book

Irina Cantoni

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Beschreibung

Esta novela corta de amor trata como tema principal la reencarnación o samsara y su estrecha relación con las llamas y almas gemelas. Ágata, la protagonista, a través de su experiencia, intenta mostrarle al lector cómo las historias de cada ser se entrelazan vida tras vida, convirtiéndose en una sola y única historia de amor, inmersa en un universo que conspira a favor del crecimiento de cada alma… Pero ¿qué pasa si, a la hora de reencontrarse con su llama gemela, su nueva vida da un giro inesperado?

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Seitenzahl: 143

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Cantoni, Irina Daniela

Samsara, vos y yo : reencarnación y amores eternos / Irina Daniela Cantoni. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

130 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-992-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Cantoni, Irina Daniela

© 2021. Tinta Libre Ediciones

DEDICATORIA

Dedicada a mis grandes amores… Mi hija, Michelle, porque ella es quien le da sentido a todo; mi madre, quien me ha apoyado incondicionalmente e incentivado a la escritura desde que yo era niña; a mi padre quien me ha inculcado el amor por el arte; y, por último, a vos, quien sin ni siquiera saberlo estuviste y estás siempre aquí, a mi lado, aun sin hacerte ver, siendo la fuente principal de inspiración para concretar este libro, destruyendo monstruos y creando cielos para mí.

Porque de vos y por vos nació el valor de escribirlo y aquí están los frutos… de tanto amor y tantas vidas…

AGRADECIMIENTOS

Gracias a todos aquellos escritores con quien he comenzado a compartir mis días; para ustedes, que son muchos, van también estas palabras vagas, que juntas intentan llegar a la cima. Que la alegría del éxito de este libro culminado se comparta entre todos, se multiplique y se esparza por el universo sin medidas…

Gracias a Dios, al Santo Padre Pío, Madre celestial, mi ángel de la guarda y demás angelitos y seres de luz por acompañarme y bendecirme a mí, a los míos, a este libro y mi entera vida.

SAMSARA,VOS Y YO

Reencarnación y amores eternos

CAPÍTULO 1

DESPERTAR

“Cada mañana volvemos a nacer, lo que hacemos hoy es lo que realmente importa”.

Buda

Yo era Daniela. Tan solo veintiséis tenía cuando desperté después de haber dormitado unos cuantos años.

Me había acostado tarde porque me había quedado jugando a las cartas con Clarisa hasta las dos de la madrugada. Y fue hasta las dos, no hasta las tres o cuatro, porque ese horario era el límite de papá. Después de las dos, generalmente, empezaba a gritar desde su cuarto: “Chicas, apaguen la luz que me despierto”, “Chicas, acuéstense que hay que madrugar”, “Chicas, chicas…”. Y bueno, para ahorrarnos el disgusto de escucharlo mofar reiteradas veces, nos acostábamos y listo. Igual, después en la cucheta, seguíamos charlando un rato más, bien bajito, casi murmurando, hasta que nos quedábamos dormidas.

Clari era mi única hermana, mi hermana mayor, aunque no por mucho. Nos llevábamos exactamente un año y dos días. Parece que a mamá le gustaba la idea de tener dos hijos “seguiditos”, como decía ella, “para que crezcan unidos y compartan todo lo posible”. Y mami era una persona muy sabia, pero, por sobre todo, una gran luchadora. Todo lo que quería en la vida lo lograba, y a pesar de que éramos una familia muy humilde, con escasos recursos, y de que mi papá nunca sabía cómo podría llegar a fin de mes con dos crías, ella había cumplido su sueño de tener a sus dos hijas bien seguiditas y forjar nuestra relación de hermanas, al punto de que eso, por mucho tiempo, fue lo único que nos importaba y la única riqueza que las dos teníamos.

Con Clari no éramos solo hermanas; éramos amigas, cómplices, ella era uno de los amores más grandes de mi vida. Compartíamos todo, tanto o más de lo que mami podría haber anhelado. Juntas pasábamos momentos felices, tristes y otros momentos “ni”, como los llamábamos nosotras, que eran esos tiempos cotidianos, sin emoción alguna, en los que uno no la pasa ni bien ni mal. Todo lo que se podía compartir, nosotras lo compartíamos, hasta el día en que llegó a nuestra vida su novio. Desde que él llegó, dejamos de compartir salidas y algún que otro momento que el muy afortunado ya llenaba con su presencia. Pero bueno, eso no me importaba porque la veía feliz, ella estaba muy enamorada de él, y yo lo sabía no solo porque desde que él apareció el brillo de sus ojos había cambiado, sino porque me había contado que lo de ellos iba muy en serio. Parecía que andaban haciendo planes de tener hijitos y esas cosas que por mi cabeza no pasaban. Eso me ponía contenta, yo algún día sería tía, tendría alguien más a quien amar, pero por otro lado sentía que nuestro tiempo juntas iba, de a poco, a desaparecer. Esa noche me dormí pensando en ello, después de que ella me contara lo feliz que la haría ser madre.

A la mañana siguiente, ti-ti, ti-ti, sonó el insoportable despertador, pero como era remolona, tenía la costumbre de quedarme un rato más en la cama, así que después hacía todo a las corridas para no llegar tarde. Pegué un salto de la cama y salí corriendo al baño. Como de costumbre, le pisé la cola a Toti, la gatita de mamá, que en cuanto gritaba me hacía la que tosía para tapar su maullido. Si la llegaba a escuchar mi vieja, ahí sí que tenía que disparar, ¡se levantaba hecha una furia!, ja, ja, ja, ya me había pasado otras veces y conocía muy bien toda la secuencia. Mientras tosía, alejaba a la entrometida gatita de la puerta del baño. Me cepillé los dientes a todo vapor, mientras con la otra mano peinaba mi cabello. Luego, hice mi micción matinal (que creo que todo el mundo hace), me lavé a las apuradas las manos y la cara, como para despabilarme un poco, y corrí hacia la cocina a encender la hornalla. Puse la pava y me agaché con un cigarro en la boca para encenderlo con el mechero; me gustaba mucho fumarme un puchito ni bien me levantaba, de todas mis mañas, ¡esa era mi preferida! Además, tenía la fabulosa habilidad de seguir haciendo cosas sin soltar el cigarrillo ni quemar nada.

Me vestí mientras esperaba que el agua se caliente para hacerme un té. Tomé la taza, le puse el saquito de té, bastante azúcar y la llené; y así como estaba, casi sin revolver, me lo tomé de un solo sorbo. Mientras me colocaba los zapatos, tiré la taza en la bacha de la cocina (nunca hacía tiempo para lavarla), me dirigí al perchero de la entrada de casa, agarré mi campera, mi mochila, guardé mis llaves y billetera en ella, tiré la colilla en el cenicero y salí sigilosamente, tratando de no hacer ruido al cerrar la puerta, porque mamá, papá y Clari todavía dormían.

Me sentía muy cansada y con pocas ganas de ir a trabajar, y eso era porque me había acostado tarde y, encima, había dormido incómoda escuchando los ronquidos de mi papá, que traspasaban la pared de tan fuertes que eran (porque él era muy sensible a los sonidos ambientales mientras dormía, pero no a ese serruchar constante de su garganta). También estaba cansada porque era sábado, y eso significaba que, además de ese día, faltaba todavía un día más de una larga semana laboral para obtener mi descanso, que constaba prácticamente en dormir y mirar tele en la cama todo el lunes. Sí, lunes, porque no sé en otros lugares, pero en el mío los panaderos no tienen domingos libres. Un lunes… imagínense, un lunes… nada más triste que tener tu día de franco un lunes; todos trabajando y una pensando mil maneras de no suicidarse y tratar de pasarla bien el día más insulso de la semana. Eso era lo único que me preocupaba, porque mis días se basaban únicamente en trabajar, mi vida entera giraba alrededor de mi trabajo. Me levantaba temprano, volvía tarde a cenar, me bañaba y me acostaba a dormir. Si algún día de la semana me daba a mí misma un permitido, como salir a tomar un trago o quedarme hasta tarde despierta haciendo algo con Clari, como era este el caso, el cansancio llegaba a su punto máximo.

El domingo se me avecinaba más terrible aún en cuanto a cansancio, y yo no podía dejar de pensar en eso. Ya por experiencia sabía que por la noche del sábado iba a salir a distenderme un rato e iría a trabajar casi sin dormir al día siguiente. Y bueno, después de todo, algún gusto tenía que darme. No tenía hobbies, no estudiaba, no hacía otra cosa más que trabajar y estar en casa. Además, los fines de semana me solía quedar sin hermana, porque ella aprovechaba a estar con mi cuñado, quien, aclaro, era una persona de mi agrado y hasta había tenido actitudes de hermandad conmigo. Pero qué le vamos a hacer, ellos necesitaban su intimidad también y ahí no había lugar en que cupiera yo… no es que me diera celos, pero bueno… me costaba la idea de aceptar que ella ya no tenga todo su tiempo disponible para compartir conmigo, así que salía a matar penas por ahí.

Aquel día salí caminando, como todos los días, al trabajo. A veinticinco cuadras de mi casa quedaba la panadería en la cual cumplía mi labor de martes a domingo, desde ya hacía ocho años. Siempre hacía el mismo recorrido, cruzaba las mismas calles, saludaba a la misma gente, pisaba las mismas aceras y apuraba el último tramo para no llegar tarde. Pensar que ese camino podría haberlo hecho con los ojos vendados.

Mi pueblo es un pueblo pequeño. ¡Perdón!, ¡¿qué digo mi?! Claramente no es mío, es el pueblo en donde nací, crecí y viví durante tantos años… ¡uf!, me vuelvo a corregir… en realidad es el pueblo en que nací, crecí y creí haber vivido durante tantos años. Allí “vivíamos”, muy entre comillas, veinte mil habitantes. Y sí, me expreso bien al decir muuyy entre comillas, porque muchos pensábamos que vivíamos, cuando lo único que hacíamos era sobrevivir. A ese grupo pertenecía yo, al grupo de los que sobrevivían, es decir, que existía sin más aspiraciones que la propia existencia.

Yo habitaba en las afueras, casi donde el pueblo terminaba. Siempre iba caminando hasta el trabajo, no porque me gustara caminar, sino porque mis largas y flacas piernecitas eran mi único medio de transporte, ya que con mi pobre sueldo de vendedora de panadería no me alcanzaba para otra cosa más que un buen par de zapatillas.

Salía de casa cuarenta minutos antes del horario en que abríamos, y casi siempre llegaba cansada y transpirada de tanto caminar. Ni bien llegaba, sacaba el desodorante y el perfume de mi mochila, y me rociaba de pies a cabeza para sentirme agradable, o al menos para que los clientes no sintieran mi horrendo olor a sudor.

La verdad es que ya estaba agotada, exhausta. Por eso ese día decidí doblar y tomar otro camino después de saludar a Maruca, la empleada doméstica de los Gutiérrez, quien cada día barría la vereda a las siete y veinticinco de la mañana, y de cruzar en la esquina de los Esquivel y saludar a mi prima Clara, quien siempre a esa misma hora salía de su casa con la mochila puesta para ir al colegio. Después de todo, el camino que hacía siempre no era el único que existía. Lo recuerdo muy bien. Llevaba el paso cansado, pesado y lento de todas las mañanas, y me dije a mi misma: «¡Me cansé de ver siempre lo mismo!, ¡yo doblo!», y, simplemente, doblé.

Yo sé que a estas alturas usted piensa que mi relato roza lo aburrido, pero créame que justo en ese momento fue donde la aventura comenzó…

Recuerdo aquel momento como un “despertar”. Fue como si el despertador, en vez de sonar a las seis y media, se hubiese activado a las siete y media, hora en que decidí doblar en aquella esquina, ya a quince cuadras de casa. Fue algo mágico lo que sentí. Percibí que allí cambiaba el rumbo, y no precisamente al camino al trabajo me refiero.

Ni bien puse un pie en aquella vereda que no pisaba hacía años, a pesar de la pequeñez de mi pueblo, sentí que mi vida daba un giro de trescientos sesenta grados. Es curioso cómo algo tan insignificante significó tanto para mí. Me sentí tan extraña, me invadió un profundo sentimiento de felicidad realmente inexplicable en palabras, inentendible para quien trate de entenderlo desde el raciocinio. Comencé a sentirme plena…

Recuerdo haber levantado la vista y mirar aquel jacarandá que hacía tanto no veía, y después a la magnolia. Incluso me detuve a observar cómo caía una flor de ella. «¡Qué árbol más majestuoso!», pensé. Tomé la flor y la olí; no recuerdo haber sentido jamás un aroma tan delicioso como el de aquella flor. Pero ahora que lo pienso mejor, no fue la flor la que me causó ese sentimiento, sino ese inmejorable momento. Aquella flor era tan majestuosa como aquel árbol que la creó, y aquel aroma era tan bello como la flor que lo emanó. Al mirar hacia arriba pude observar, achinando mis ojos, cómo el sol brillaba con todo su esplendor, y el cielo mostraba unas pocas y hermosas nubes rozagantes del amanecer. Sentí que se acercaba un camión; giré la cabeza para ver quién era y era el camión regador. Mientras este rociaba con agua las calles de tierra llenas de polvo seco, sentí el fresco aroma a tierra mojada. «¡Qué delicia!, ¡es un lujo vivir en este pueblo!», pensé. El viento que soplaba era tan cálido y agradable, tan puro, que estornudé y rocié sutilmente la flor con mi saliva, sin querer. Me causó gracia, y si bien no podía ver mi rostro en ese momento, percibí el calor de mis mejillas rosadas y sentí lo maravilloso que lucía la sonrisa que esbozaba a mi merced.

Para ese entonces, recién había recorrido apenas media cuadra desde que había tomado mi acertada decisión de doblar. Realmente perdí la noción del tiempo en aquello, que creo, fue un instante, un estupendo instante que, en mí, significó una eternidad. Miré hacia el frente y seguí caminando, animada, ya con el paso un poco más firme y relajado.

A dos cuadras de llegar, me percaté en que no había apurado el paso en las últimas cuadras para no llegar tarde, ya que esta vez no me había detenido a mirar el reloj. La verdad es que en ese momento no me preocupaba llegar tarde, es más, creo que ya no me importaba llegar.

Después de haber doblado, solo me percaté en todo aquello que sentía, veía, olía, escuchaba o saboreaba. El cansancio que cargaba se había esfumado, pues mi atención se había desviado. Pero, por momentos, se me hacía inevitable pensar, pensar cosas que no pensaba siempre, cosas insignificantes para mí, algunas hasta filosóficas o más bien existenciales, diría. En un primer momento, recuerdo haberme acordado de mis amigas… solo tenía dos, y ni bien ellas se fueron a vivir a la Capital para seguir sus estudios, decían: “Allá es otra cosa, otra vida”. Me pregunté: «¿Por qué será que la gente huye tan lejos para encontrarse en una mejor vida, sentirse bien y disfrutar de cosas nuevas?». A veces solo basta con dar un paso hacia otra dirección, y eso era justamente lo que yo había hecho. Me di cuenta de que, sin importar donde vivas, lo que verdaderamente importa es sentir, sentir ese lugar, sentirse uno mismo, sentirlo todo, sentir en serio, sentir los aromas, olores, colores, texturas, sabores y sinsabores de absolutamente todo. En ese instante, entendí de qué se trataba vivir, y abrí no solo la puerta a mis sentidos, sino también a mis sentimientos, porque me sentía alegre, maravillada, tranquila, en armonía con el mundo y, sobre todo, sentía amor, amor por cada instante que aquella mañana me regalaba.

Si bien me detenía a pensar, cada pensamiento duraba solo un par de segundos. Enseguida se desvanecía y venían nuevos, como si vivieran, ¿no? Sí, era eso, me sentía viva, más viva que nunca, atenta a todo, a cada momento, a cada instante…

De repente, ya a una cuadra de la panadería, crucé la última esquina. Me distraje un instante mirando al cielo y, al bajar la mirada, de golpe lo vi venir…

CÁPITULO 2

EL ENCUENTRO

“Nuestro encuentro es inevitable, nos pertenecemos, somos lo que nunca dejará de suceder”.

Danns Vega

Esa noche fui a un pub de los dos que había en mi pueblo. Fui sola porque, como ya les conté, mis mejores amigas vivían en la Capital y yo no había hecho nuevas amistades; realmente mi monótona y solitaria vida era más cómoda. Por supuesto que tenía buenos conocidos, vecinos, gente que conocía mucho y charlaba en la panadería, clientes con los que, con el tiempo, había formado, o más bien forzado, buenos vínculos, como de contarnos cosas cotidianas, compartir festejos de cumpleaños y esas cosas… Pero salir a tomar un trago el sábado para distenderme y olvidarme de la semana no podía incluir nunca a ninguna de esas personas. Antes solíamos salir con Clari, pero ella tenía que noviar y no disponía de tiempo para mí.

Siempre fui callada, tranquila, amante del silencio y la paz. Detesto aquellas personas que hablan demasiado, como por ejemplo Marta, una vieja que siempre iba a parlotear a la panadería porque, calculo, no tiene nada más emocionante que hacer. Me estorban las personas así, agotan mis oídos; por eso me gusta estar sola, escuchando el silencio o algo que lo supere, como es el caso de la música. ¡Ah!, y en eso no me pongo exquisita, me gusta cualquier tipo de música, basta con que tape las voces de las personas que están a mi alrededor.