Sangre y amor - Albert Puell García - E-Book

Sangre y amor E-Book

Albert Puell García

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Beschreibung

En busca de refugio y escapando de un pasado sombrío, Hailey y Gabriel deciden huir de su ciudad natal y refugiarse en un pintoresco pueblo donde la calma aparente oculta sus propios misterios. En su primer día en la nueva escuela, se encuentran con Emily, una enigmática joven cuya presencia despierta en ellos una atracción inexplicable. Con el paso del tiempo, la conexión entre los tres se profundiza y Emily les revela un secreto oscuro que los sumerge en un mundo de sombras y peligros sobrenaturales. Cada elección desencadena consecuencias inimaginables y, pronto, Hailey descubre que su amor está destinado a enfrentar pruebas más allá de lo terrenal. En este viaje de pasiones prohibidas y desafíos sobrenaturales, Hailey, Gabriel y Emily se enfrentarán a su propio destino en una lucha contra fuerzas que nunca pensaron posibles. Sumérgete en esta historia de intriga, amor y secretos ocultos, donde la línea entre la luz y la oscuridad se desdibuja, y el destino espera entre las sombras.

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Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Albert Puell García

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-589-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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«El amor, inmortal como las estrellas, perdura

más allá del tiempo y las estaciones».

Prólogo

En un pueblo remoto donde los destinos se entrelazan sin previo aviso, se despliega un relato moderno que redefine la esencia del mito vampírico. Hailey y Gabriel, dos almas errantes, huyen de sus propios fantasmas hacia la casa heredada de Gabriel, quien promete un nuevo comienzo, pero también despierta sombras que se resisten a permanecer ocultas.

Al adentrarse en la tranquilidad aparente de su nueva vida, ambos se cruzan con Emily, una figura enigmática que desafía las expectativas convencionales. A diferencia de los relatos clásicos, ella no es solo el objeto de deseo, sino una protagonista de su propia historia, tejida con misterios que van más allá de la sed de sangre. Su presencia, impredecible y magnética, redefine la narrativa de los vampiros, aportando una perspectiva más femenina y contemporánea.

Los lazos que se forman entre ellos despiertan un secreto oscuro que transforma la realidad de estos jóvenes, llevándolos por un camino incierto. Emily, Gabriel y Hailey enfrentan no solo los desafíos sobrenaturales, sino también las complejidades de sus propias identidades y relaciones en un mundo moderno que se desvía de las convenciones del pasado.

Así, este relato se aleja de las sombras clásicas para abrazar la luz de una nueva era. La mitología vampírica se fusiona con la modernidad. Entre la intriga, la pasión y la redefinición de lo sobrenatural, este relato invita a explorar los límites de lo conocido y a cuestionar las expectativas que rodean a los vampiros en un mundo donde las viejas historias se reescriben con una perspectiva femenina y una mirada contemporánea.

Fairbanks

Llegaron a Fairbanks a las cinco de la tarde y ya era de noche; por la ventanilla del bus podía verse cómo la nieve se arremolinaba por entre las llantas de los coches y los hacía conducir despacio, casi a paso de tortuga. Menos mal que Gabriel la había aprovisionado de ropa de abrigo, pero no había nada que hacer con sus zapatillas John Smith viejas y estropeadas, las únicas que tenía, para eso iba a tener que esperar al día siguiente, que fueran a comprar víveres y productos de limpieza que pudieran hacer habitable la vieja casa de campo que Gabriel había heredado de su tía años atrás y que se había mantenido vacía desde entonces; no había querido regresar allí, porque decía que su recuerdo se sentía tan vivo que le dolía, como si se materializaran copos de nieve con la forma de la amable anciana, la única pariente viva que había conocido, pero ahora no tenían otro lugar a donde ir. Hailey se estremeció, lo que no tenía nada que ver con el panorama blanco y helado que se veía por la ventana.

—No te preocupes, no es tan malo como parece —le dijo él luego de mirarla un segundo largo con los ojos llenos de preocupación, creyendo erradamente que su temor lo ocasionaba el frío.

Hailey, que no quería alimentar esa preocupación más, se limitó a contestar:

—No quiero volver jamás a San Diego. Venga, pongámonos en marcha.

Aunque nevaba, el clima no era tan malo como se veía desde afuera. Las estufas de las casas de alrededor calentaban bastante la zona y los faroles de luz iluminaban mucho, dándole un color amarillento y cálido a la nieve.

—Es aquí cerca —le dijo Gabriel—, no te rezagues, el camino puede ser traicionero, cuidado dónde pisas.

Recogieron sus pesadas maletas y se marcharon dando traspiés. Hailey se sentía ridícula, nunca antes había visto la nieve y ahora caminaba sobre ella con unos zapatos totalmente inadecuados, mientras el frío tocaba sus tobillos protegidos solo por unas medias gruesas para dormir. Ese no era el escenario en el que hubiera esperado conocerla; le habría gustado que Gabriel la invitase en una semana especial, donde pudieran tirarse de trineo y jugar a lanzarse bolas de nieve, todas las cosas que hubiese querido hacer de niña con sus padres, pero que nunca hizo.

—Lo bueno es que el instituto está a cinco minutos de casa; telefoneé esta mañana antes de tomar el bus y confirmaron que nos esperaban el lunes para unirnos a lo que queda del curso. Tendremos que caminar los próximos días, mientras disminuye un poco la nieve; ahí ya podremos usar más el auto de mi tía. —Se giró a decirle y, ante su cara de preocupación, añadió—: No te preocupes, no voy a dejarte sola en ningún momento. Estamos juntos en esto.

Eso Hailey lo podía creer. Estaba en esto con Gabriel. Y aunque estuvieran en medio de una situación desesperada, estaban juntos. Y nada iba a poder separarlos.

Después de que Gabriel encendiera la estufa vieja, que prendió con un quejido, la casa se calentó pronto y pareció mucho más acogedora. De un solo piso, tenía dos habitaciones, una sala de estar pequeña, una cocina amplia y dos baños. Gabriel señaló el cuarto más pequeño de los dos y le dijo:

—Aquí podemos acomodar tu estudio de dibujo, ¿no crees?

Hailey solía dibujar en sus tiempos libres la vegetación de California, pero nunca había pensado volverlo un proyecto más permanente, aunque Gabriel se lo había propuesto ya varias veces. El cuarto principal la sorprendió al ser de su gusto, todo de tonos claros y suaves. No se veía sucio. Tenía una cama grande, de dos plazas, con una colcha abultada y gruesa color lila.

—La herencia de mi tía le paga a una persona para que venga todas las semanas y cuide la casa. Está en un fideicomiso hasta mis dieciocho años, que es cuando podré disponer libremente de ella. Se llama Martin. Le avisé de que veníamos y limpió, pero la ciudad estuvo con racionamiento de gas y no pudo encender la estufa al no contar con los inquilinos presentes. Por eso estaba tan fría.

Estaban tan cansados que se acostaron sin cenar. En la casa tampoco había qué comer y ninguno de los dos se sentía con ganas de salir. Ya recorrerían el pueblo mañana, el pronóstico del tiempo decía que la nevada se detendría. Por su lado, además, Hailey quería dormir veinte horas seguidas. Se quitaron las tres capas de ropa que los cubrían y, después de asearse un poco, se durmieron en un abrazo pegajoso. Sin saber, Gabriel había puesto la estufa al máximo y con la colcha gruesa se sentían metidos en un jacuzzi caluroso, pero estaban tan cansados que el sueño se los llevó con la rapidez de una marea de olas altas y calientes.

Al despertarse, continuaba siendo de noche. A Hailey le costaba acostumbrarse a ese cambio abrupto en las estaciones. En el sur no eran tan fuertes. Revisó la hora en el teléfono: eran las nueve en punto. Tenía varias llamadas perdidas. Se detuvo un momento a bloquear los números y anotó en su lista mental del día comprar un nuevo chip para el móvil. Afuera todo se veía blanco y, en ocasiones, sonaban golpes secos cuando la nieve caía de algún árbol al suelo; había mucho silencio, las casas de alrededor no tenían luz.

—No parecen ser muy madrugadores en invierno —le dijo a Gabriel, que parecía haber encontrado alguna lata al fondo de la alacena y estaba ingeniándose el desayuno con eso.

—¡Tachán! —le dijo sonriendo, mientras le daba un plato de maíz sofrito—. No lo mires así, dame un poco más de crédito, va a gustarte.

Indecisa, Hailey lo probó, pero Gabriel estaba en lo cierto, le había quedado delicioso.

—¡Está buenísimo! ¿Con qué lo hiciste?

—Un chef no revela sus secretos —le respondió tocándole juguetonamente la nariz con el índice.

Hailey lavó los pocos platos sucios que quedaban y se organizó como pudo. Siempre le había gustado que Gabriel fuera tan ordenado, podía hacer todo un banquete sin que pareciera que un huracán había pasado por la cocina. No había traído mucha ropa y en la ducha no había más que un jabón grueso de olor industrial. Parecía más de ropa que para ducharse, pero, por el momento, no tenía más opciones. Se restregó el cuerpo y el cabello como pudo, quitándose de encima todo el sudor y el estrés de los días pasados y salió renovada, casi sintiéndose otra persona. Casi esperanzada. Gabriel, que ya se había duchado, estaba esperándola para ir de compras.

—Debemos aprovechar la luz del día, el almacén está a diez minutos a paso normal y, mientras te acostumbras a andar en la nieve, será un poco más. Hay muchas compras por hacer hoy.

De día, la ciudad se veía hermosa, como película de Navidad. A Hailey no le sorprendería ver a Papá Noel aterrizando con su trineo en alguna de las casas con chimenea que había en el barrio. La nieve continuaba metiéndose dentro de sus zapatos, pero ya había aprendido a poner los pies en los mismos lugares que Gabriel, por lo que se hundía menos y no terminaba con media pierna en el suelo nevado, luchando por recuperar su zapatilla atascada en el fondo sin mojarse tanto la media gruesa. Finalmente, atisbaron el almacén cuando Hailey empezaba castañear del frío en los pies. Esperaba poder comprar rápido las botas de invierno y así mandar sus viejas John Smith al fondo del clóset por los próximos seis meses, aunque eso le drenaría los pocos ahorros que había logrado reunir antes de escapar. Tendría que conseguir un trabajo lo antes posible.

Gabriel vio temblando tanto a Hailey que decidió que las botas serían la primera parada. Agarraron varios pares de medias térmicas, así como unos guantes, calzas, polares y se detuvieron en las botas hasta que Hailey eligió un par color lila como el edredón de la casa. Él se adelantó y se las regaló. El dinero lo tenía sin cuidado. Su tía le había dejado una buena mensualidad y su padre también, luego de morir y llevarse a su madre con él en un ataque de celos cuando Gabriel apenas era un bebé. Había escapado de las casas de acogida falsificando la firma de su tía los últimos dos años con ayuda de su abogado y ya no le preocupaba más que lo agarraran; faltaban apenas un par de meses para que cumpliera los dieciocho años.

—¡Gabi! ¿Qué hiciste? —le preguntó Hailey cuando él se llevaba las compras de la tienda lo más rápido posible, sin dejarla discutir en el mostrador—. Tú sabes que yo había ahorrado para esto, lo puedo pagar, ¿ves? —le dijo, mostrándole los billetes arrugados.

—Es tu regalo de Navidad, Hai. No me discutas. Sabes que no lo pudimos celebrar.

A Hailey le encantaba la Navidad y le había entristecido tener que pasarla escondida en la biblioteca del instituto mientras la Policía inspeccionaba la casa de Gabriel buscándola. Esas dos últimas semanas antes de llegar a Fairbanks habían sido duras, pero esta ciudad era donde había menos posibilidad de que los encontraran. Oficialmente, la casa estaba a nombre de la madre de Gabriel, con su apellido de soltera, y ese no lo conocía nadie en California. Tenían los documentos necesarios para hacer la sucesión, pero, por el momento, habían desistido de hacerla con su abogado; era bueno tener un lugar donde esconderse sin posibilidad de que nadie lo encontrara. El certificado de nacimiento y de matrimonio, con el correspondiente cambio de apellido al casarse de su madre, habían desaparecido misteriosamente antes de que se pudiera digitalizar. De eso se había encargado Gabriel.

—Está bien, pero entonces con lo que ahorré compraré ahora yo el tuyo.

—Me parece justo y pertinente. Venga —le dijo mientras cogía su mano, entrelazaba sus dedos en los de él y respondía amorosamente la sonrisa genuina que Hailey le hacía, en la que se marcaban sus hoyuelos.

Las siguientes compras las hicieron bastante rápido: llenaron las bolsas de víveres, suficientes para los desayunos y cenas de la próxima semana. Los almuerzos los tomarían en el instituto. Al final no había sido necesario adquirir productos de limpieza, era lo único con lo que Martin mantenía bien proveída la casa. Hailey estaba a punto de rendirse con el regalo de Gabriel cuando vio en una esquina un pequeño local de esquí. Sabía que Gabriel amaba el snowboard, pero desde la muerte de su tía se había negado a practicarlo y la tabla que tenía le había quedado pequeña. Lo llevó a rastras y le hizo elegir su favorita. Aunque era cara, le alcanzaba de sobra; había sido juiciosa con el ahorro desde que habían decidido escapar. Todavía le quedaba un poco más por si llegaba a necesitar alguna otra prenda térmica.

Lo primero que hizo al volver fue romper en pedacitos su antiguo chip y cambiarlo por el nuevo. No lo había hecho antes esperando que su hermana se comunicara con ella, pero no lo había hecho, y Hailey no podía arriesgarse a escribirle con su número nuevo. Tiró los pedazos por el váter con tristeza y deseó nuevamente que Isabella hubiera escapado con ellos, pero todavía era muy joven y se había arrepentido en el último momento. Hailey no podía culparla: California era todo lo que conocían. Si no hubiese sido por iniciativa de Gabriel, ella no se habría atrevido tampoco a salir de ahí.

Sin darse cuenta, las compras les habían llevado la mayor parte del día, por lo que hornearon unos vegetales con patata y se sentaron a comer directamente del recipiente; estaban hambrientos. Luego de eso, se recostaron en la cama y Gabriel se le acercó despacio, dulcemente; puso su cara a unos cuantos centímetros de la de Hailey y la miró socarrón. Hailey siempre se ruborizaba cuando Gabriel tomaba su tiempo antes de besarla, era la única forma de verla con las mejillas coloradas. Tantos rodeos le recordaban su propia torpeza en los primeros encuentros, cuando no sabía si él sería solo un chico más que le rompería corazón o si su interés era genuino. Le gustaba tanto que no podía evitar buscarlo, pero sí besarlo. No obstante, siempre se rendía, cuando Gabriel acercaba su rostro al de ella y la miraba expectante, como lo hacía justo en ese momento. Cortó la distancia que los separaba y abrió gentilmente los labios de Gabriel con los suyos, mezclando el aliento de ambos. Él le respondió entusiasta y Hailey sintió el usual subidón de calor por el pecho que le recordaba lo mucho que lo quería. Ella, que al principio había estado un poco nerviosa compartiendo la cama con Gabriel, se sentía ahora más cómoda. Él le había dicho que no la presionaría y que todo pasaría cuando ella se sintiera lista, aunque Hailey quería, le hacía dudar saber que Gabriel ya no era virgen mientras ella continuaba siéndolo. Le preocupaba no gustarle. Mientras pensaba esto, se tensionó de forma inconsciente, lo que Gabriel percibió; se detuvo, la miró y besó su mejilla despacio y sonriendo.

—¿Qué opinas si terminamos esa serie de terror que empezamos en San Diego?

No alcanzaron a ver mucho hasta que la noche se llevó a Hailey por unos sueños intranquilos, donde monstruos la perseguían separándola de Gabriel y dejándola sola e indefensa.

—Despierta, amor, o llegaremos tarde al instituto. —Desde niña, Hailey había sido mala para madrugar; lo odiaba. No entendía por qué el mundo debía activarse antes de las nueve de la mañana; le parecía completamente innecesario. Revisó su móvil y eran las seis y media. Gabriel tenía razón, si no se levantaba pronto, no llegarían a la primera clase. No quería imaginarse la vergüenza que le daría interrumpir una clase ya iniciada. Con solo llegar a mediados del curso era suficiente. Se levantó y se arregló con rapidez. En veinte minutos, luego de desayunar unas frutas con té, salieron. Con sus nuevas botas, Hailey se sentía invencible, corrió un poco y saltó sobre su compañero, haciéndolo trastabillar y reír. Gabi tenía razón; la escuela estaba solo a cinco minutos. Una cálida recepción los recibió. La señora Hills los saludó afectuosamente. Hailey no sabía cómo, pero Gabriel les había falsificado los documentos; por eso habían tardado semanas en salir de San Diego.

—Señorita Collins, señor Smith, todo parece estar en orden —les dijo luego de revisar sus identificaciones—. Aquí están sus horarios, tienen todas las clases juntos. ¡Bienvenidos!

Si bien los otros estudiantes se giraban a verlos un poco, Hailey percibió pronto que su atención no estaba puesta en ellos en absoluto. Eso le agradó y entristeció a la vez; en San Diego nunca había sido muy importante y aquí, como venía la cosa, parece que tampoco. Los escuchaba cuchichear en los pasillos y mirar de reojo hacia la cafetería; se le antojaba ver qué pasaba allá, pero la mano de Gabriel la dirigía firme hacia Literatura, por donde les había explicado la recepcionista.

—Venga, no te rezagues. Nos irá bien. Lleguemos pronto, así podemos sentarnos juntos.

Al oír eso, Hailey apuró su paso. No se imaginaba esa tortura sin Gabriel de su mano. Nunca le habían gustado las presentaciones, ser el centro de atención, que todos giraran a verla como si supieran algo de sí que ella no. La clase pasó en un revoleo de nombres y caras. El profesor Sutton había empezado la sesión anterior con la lectura de Rayuela —era el año de la literatura latinoamericana—, por lo que ellos ya tenían deberes. Luego de eso tuvieron deportes y se divirtieron bastante. Jugaban a voleibol ese día; Gabriel y Hailey siempre hacían un equipo excelente, por lo que no demoraron en ver cómo les sonreían los otros integrantes de su equipo. Los dos eran bastante atléticos. Al salir de la clase, Hailey comprendió por qué nadie se había girado a mirarlos con especial atención. Frente a ellos, venía caminando el origen de todos los cuchicheos que Hailey había escuchado a primera hora.

—¡Llegó hoy! —decía uno.

—Qué hermosa es, ¿no crees?

Era una chica alta de piel clara, con una gorra cubriéndole parte del cabello y el rostro. Aun así, estaba claro que era hermosa. Hailey no se fijó siquiera en su ropa, bien podría haber estado vestida como titiritera y ella no lo habría notado; solo podía observar sus ojos grises atrayéndola como magnetos. Le pareció que la miraban fijamente y la electrificaban. Nunca había experimentado algo así, una fuerza de atracción casi física hacia otra persona. Se esforzó por girar su rostro y mirar para otro lado, lo que interrumpió la conexión. Le dolió todo el cuerpo por el esfuerzo: le ardieron el rostro y los ojos, y las manos le cosquilleaban. Momentos después, la observó salir por el pasillo.

—Se llama Emily. —Escuchó a otro decir al fondo.

Solo en ese momento, después de finalizado el fuerte sentido de atracción, Hailey pudo volver a ser consciente de su mano enlazada con la de Gabriel. Se giró a mirarlo y percibió su mirada perdida en dirección al patio exterior, por donde había salido la chica apenas segundos atrás. Se convenció de que él también la había sentido y eso, de cierta forma, le molestó. Quería que eso tan fuerte y apabullante que había sentido fuera solo suyo, le perteneciera a nadie más que ella. Se sorprendió con su propio arrebato de egoísmo y lo desechó. Se dijo que ellos eran buenos para compartir y que nada ni nadie debía quitarles ese carácter propio de su relación. Ni ella misma. El almuerzo lo pasaron en silencio. Hailey pidió una pizza y Gabriel una ensalada. De pronto, ambos se sentían ausentes, como si recordaran lo que los había traído allí y eso los pusiera inevitablemente serios, tristes y atentos, y todas las risas y cuchicheos por la chica nueva no fueran más que ruidos de fondo molestos.

Hailey se levantó antes de que sonara la campana. Agarró su bandeja y giró a mirar a Gabriel:

—Iré a la biblioteca a ver si necesitan un ayudante luego de la escuela. Te veo en Historia, ¿vale?

Gabriel asintió sin hablar y Hailey percibió que su mirada estaba más allá. Caminó hasta la puerta del comedor y lo observó. Se había levantado y estaba de espaldas, dando zancadas rápidas hacia la otra esquina. Se sentía meditativa; el encuentro con la chica extraña la había agotado, se había quedado sin fuerzas. En la biblioteca se encontró a la señora Hills, que aparentemente hacía las veces de bibliotecaria en el horario de la tarde.

—Hola, corazón —le dijo apenas la vio entrar—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Señora Hills —respondió Hailey aliviada, pues no quería presentarse ante otro desconocido ese día—, buscaba trabajar en la biblioteca en las tardes, luego de clases. ¿Habrá alguna vacante?

—Sí, cielo —le respondió sonriente—, justamente Rachel se retiró la semana pasada. Se encargaba de mantener el orden en la biblioteca y organizar los volúmenes en los estantes antes del cierre. De cinco a ocho de lunes a jueves. Como los viernes nadie viene, cerramos cuando se acaban las clases. ¿Te interesa? —Hailey asintió en respuesta, pues justo se había atorado sorbiendo un poco de agua e intentaba no hacer un escándalo en la zona más silenciosa del campus—. Tranquila, ahora no hay nadie. Acompáñame y hacemos el papeleo. —Ella avanzó mientras tomaba su brazo suavemente. La señora Hills era tan amable que a Hailey inmediatamente le había caído bien. Debía saber que comenzar en una escuela donde todos se conocían desde la infancia justo a mitad del curso no debía ser fácil y estaba acompañándola lo más gentilmente que podía en el proceso—. Podrías hablar con esta otra chica nueva, ¿no crees? También llegó hoy. De hecho, creo que la vi por aquí en la biblioteca hace un rato —dijo mirando a su alrededor. Continuó su perorata y Hailey la siguió tranquila, sabiendo que podía no intervenir más en la conversación sin problema, haciendo con la voz de la señora Hills eco en su cabeza, lo que le permitía llenarla de ruido y le evitaba pensar.

El papeleo fue rápido y Hailey llegó al salón de Historia justo cuando sonaba la campana. El profesor la miró igual de mala forma y le hizo una seña con la barbilla para que ocupara su asiento. Gabriel se había hecho al fondo y cubría la silla de al lado con su maleta, en caso de que alguien quisiera sentarse allí. No pensó que fuera necesario, pero vio a varias compañeras mirándolo curiosas.

En el último tiempo se había detenido a pensar en muy pocas ocasiones que era realmente guapo. Tenía una barbilla fuerte, con la sombra de la barba que se afeitaba religiosamente cada mañana; sus ojos eran de un verde hoja y tenía el cabello largo, moreno y rizado. En general vestía con ropa oscura, lo que contrastaba con su piel y ojos claros; al ser tan atlético, era ancho de hombros pero delgado. Como decían por ahí, estaba hecho todo un bombón.

—Gracias —le dijo Hailey quitando la maleta del asiento contiguo—. ¿Cómo terminó de irte en el almuerzo? La señora Hills es tan amable: hoy mismo comienzo el trabajo.

—Bien, me quedé sentado hasta que sonó la campana, me siento cansado.

Hailey lo miró dudosa, lo había visto levantarse y caminar rápido apenas ella salió de su vista. Estaba segura de que no se había equivocado al respecto, pero no pensaba escarbar en el asunto. Si Gabriel quería ponerse misterioso, ella no se lo iba a impedir. La clase pasó rápido y la siguiente era Matemáticas, en esa, Hailey sobresalía por mala.

—Recuérdame —atajó a Gabriel luego de dos horas de silencio— por qué hacemos esto, por favor.

—¿Qué? —le respondió él confundido; se puso instantáneamente alerta, con las fosas nasales abiertas, como cuando se sentía en peligro—. ¿A qué te refieres?

—Al instituto. Dime de qué va a servirnos la trigonometría en la vida.

Él relajó los hombros al instante y se rio un poco.

—No sé, amor, ¿para qué nos va a servir jugar voleibol?

—Para no hacer el ridículo en la playa cuando nos pregunten si sabemos jugar, es claro —le dijo mientras ponía los ojos en blanco juguetonamente. Gabriel le tomó la mano con suavidad y le sonrió. Hailey respiró hondo. Gabriel parecía, por fin, haber vuelto a la normalidad—. ¿Estás bien? Sabes que puedes contarme lo que sea.

—Sí, perdóname. He estado abstraído todo el día, me duele la cabeza; no pensé que retomar el curso fuera a ser tan tedioso.

—Yo igual, me cuesta el compromiso que hicimos, pero cerrar este ciclo es importante para luego ingresar a la universidad.

Gabriel asintió cansado y ambos se vieron los ojos tristes: desde hace varios meses parecía que lo único de lo que hablaban era de temas importantes y serios, como si les hubieran quitado la capacidad de reírse. Estaban necesitando un descanso de eso, divertirse, recuperar la juventud.

Hailey lo miró fijamente a los ojos.

—Te amo —se lo había dicho muy pocas veces. Había sido, además, la primera que se lo decía a alguien que no fuera su hermana. Gabriel se quedó mirándola fijamente en respuesta, críptico, pero intenso, y para Hailey fue respuesta suficiente. Sonó la campana y se despidieron. Gabriel iría directamente a casa. Hailey, por su lado, tenía tres horas de trabajo por delante.

Pasó por el baño y se miró al espejo. Sus ojos verde miel le devolvieron la mirada, grandes, con la piel tostada por el sol de San Diego, ya enrojecida por el frío del invierno intenso. Era alta, como Gabriel, y delgada. Su cabello ondulado era de un castaño chocolate que despertaba la envidia de todas las tinturadas. Tenía una nariz que no era recta, sino un poco puntiaguda, pero le gustaba; sentía que le daba cierta personalidad. Según ella, era bastante mona. Despertaba las miradas al pasar. No obstante, nunca había llegado a ser popular; decían que era demasiado seria y callada, aunque simplemente era tímida.

Cuando llegó a la biblioteca, la señora Hills estaba esperándola para mostrarle bien su puesto de trabajo e irse.

—Lo ideal es que ayudes a los chicos en lo que necesiten; si no hay mucho revuelo y la biblioteca está organizada, no hay ningún problema con que te pongas a adelantar tus propios deberes, ¿de acuerdo, cielo? Aquí está tu carné, cuélgatelo en el pecho para que los demás estudiantes puedan distinguirte. ¡Ten un buen primer día! Mañana me cuentas cómo te fue. —Le agarró la cabeza como una madre y se marchó despacio.