Santa Carolina (epub) - Julieta Morales - E-Book

Santa Carolina (epub) E-Book

Julieta Morales

0,0
7,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Santa Carolina es la historia de Carol Murcia, una mujer trans hondureña que se vio obligada a huir de su país. Durante una salida de trabajo sexual, una de sus compañeras fue brutalmente asesinada por un hombre en un claro ataque de odio. El transfemicidio de su amiga no fue más que la punta del iceberg de la violencia machista: desde la homofobia de las organizaciones criminales hondureñas hasta la hipocresía de la Iglesia católica, pasando por la ausencia del Estado. Carol tuvo que escapar a Barcelona para no correr el mismo destino que su compañera, solicitando asilo por persecución por identidad de género. En Cataluña, su rostro empapeló las calles al ser la cara visible del Pride 2018 mientras, tras bambalinas, la transfobia demostraba que no conocía de fronteras. Europa tampoco había cumplido los deberes.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 119

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Sinopsis

Santa Carolina es la historia de Carol Murcia, una mujer trans hondureña que se vio obligada a huir de su país. Durante una salida de trabajo sexual, una de sus compañeras fue brutalmente asesinada por un hombre en un claro ataque de odio. El transfemicidio de su amiga no fue más que la punta del iceberg de la violencia machista: desde la homofobia de las organizaciones criminales hondureñas hasta la hipocresía de la Iglesia católica, pasando por la ausencia del Estado.

Carol tuvo que escapar a Barcelona para no correr el mismo destino que su compañera, solicitando asilo por persecución por identidad de género. En Cataluña, su rostro empapeló las calles al ser la cara visible del Pride 2018 mientras, tras bambalinas, la transfobia demostraba que no conocía de fronteras. Europa tampoco había cumplido los deberes.

Biografía

Julieta Morales. Periodista femininja, su lugar son las crónicas. Nació en Argentina en 1994. Ni de acá ni de allá, un poco de todos lados. Dice que es Licenciada en Comunicación Social (Universidad Nacional de Rosario) porque esa carrera no tenía matemáticas. Vivió en Estados Unidos, Francia y Cataluña. Estudió el Posgrado en Periodismo Literario y el Máster en Género y Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona. Trabajó para organizaciones internacionales de Derechos Humanos, pero lo que verdaderamente le quita el sueño es tirar el patriarcado. Escribió sobre las compañeras travestis trans perseguidas por su identidad en la última dictadura cívico militar argentina. La mueve el deseo.

Portada

SANTA CAROLINA

Julieta Morales

Créditos

Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte

Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU

espai

Esta obra es finalista de la tercera edición del Premio de Periodismo Literario convocado por el Màster en Periodisme Literari, Comunicació i Humanitats de la Universitat Autònoma de Barcelona

es una colección de libros digitales de Editorial Milenio

© del texto: Julieta Morales, 2021

© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2021

© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023

C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida

[email protected]

www.edmilenio.com

Primera edición impresa: marzo de 2021

Primera edición digital: abril de 2023

DL: L 342-2023

ISBN: 978-84-19884-02-2

Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L

www.bobala.cat

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Cita y dedicatoria

«En un mundo de gusanos capitalistas,

hay que tener coraje para ser mariposa».

Lohana Berkins

Este libro está dedicado a todas

las personas trans que día a día hacen

historia con su lucha.

En especial a mi amiga Carol,

por transgredir el sistema.

1. Miedo a los tipos con pistola

Ahí estaba, de rodillas, sintiendo el frío metálico de la pistola recorriéndole la nuca. Preguntándose si su vida había valido la pena. «Probablemente no».

El pantalón entubado le cortaba la circulación y la humedad hondureña de pleno agosto le estrangulaba. Las ampollas de las manos presionaban la rugosidad de la calle de tierra lastimándole, mientras el polvo se le metía por debajo de las uñas. Su espalda dibujaba una curvatura sumisa, como quien está a punto de confesarse de sus pecados. «Quizás solo quiere una mamada».

—¡Camina hacia allá!

Sabía que iban a matarle. Tenían que matarle. ¿Acaso le dejarían ir? No. Claro que no. Esos tipos no conocían de redención. Con seguridad le desfigurarían el rostro con un tiro de gracia. Que nadie le reconozca. Sería un número más entre los 142 homicidios por cada 100.000 habitantes de ese 2014 en San Pedro Sula.1

Su madre lloraría a su lado, pidiéndole perdón y tomándole la mano. Luego se alejaría y las autoridades recogerían su cuerpo en la mañana siguiente, como quien barre la mugre de la acera a primera hora. Ese era el modus operandi habitual. Cuerpo desechable, descartable, inutilizable. Lo había visto una y otra vez: en vivo, en boca del televisor, en ajustes de cuentas o tiros por equivocación. Moriría allí, a metros de la frontera invisible que divide el barrio Chamelecón entre la Mara Salvatrucha y Los 18. Sí, eso iba a sucederle.

«Señor, perdóname».

¿Que le perdonase de qué? Apareció flotando en su cabeza la cara del pastor de turno de la iglesia que frecuentaba en su adolescencia. Ese que le había exigido tantas veces que modificara su forma de hablar, su forma de caminar, reclamándole que su andar fuese disimulado y no desviado. Desviada, su conducta desviada. El pastor que en nombre de la religión le escupió: «No estoy en contra de la homosexualidad ni nada, pero tienes que cambiar Isair».

Apretó con tanta firmeza sus puños que las uñas se le encarnaron en la palma de la mano. En esa misma iglesia recolectó —en una suerte de caja de Pandora— las peores mierdas que jamás había escuchado. «Conozco muy bien a tu familia y yo sé que son de los que tiran una semilla y la esparcen. Por eso nunca van a dejar de ser lo que son y nunca serás nadie en la vida». La mandíbula le bruxaba.

«Dios mío, ayúdame».

Levantó la mirada y observó al tipo que le apuntaba. Era medianoche y lo único que podía distinguir era la sombra de unos cinco hombres. Quizás eran seis. Miró a su alrededor, en un giro de cámara lenta de 360 grados propia de una escena de Matrix. Chavales, no más de veinte años. Iban todos armados.

El manto negro nocturno parecía acogotar al silencio. No resultaba extraño que pandilleros bajaran a punta de pistola postes de luz completos del alumbrado público. Se veía todos los días: las calles tenían dueños. Punto. Nombre y apellido. ¿De mujeres? No, claro que no. Nombre y apellido de hombre(s). Un sello o un apodo marcando el territorio como un perro macho y su orina.

No podía creer que lo asesinarían a tan pocos metros de su casa.

Las reglas de juego eran un pacto que nadie había firmado: incumplirlo se transformaba en un pase directo al entierro en vida. Las colonias situadas en el sur de la entrada principal de Chamelecón estaban dominadas por la MS-13,2 mientras que Los 183 tenían el ojo clavado sobre aquellas ubicadas en el norte de la vía.

Cruzar de un lado hacia el otro de la frontera —el llamado «punto de la treinta y cinco»— se interpretaba como filtrar información a la mara contraria. Un ojo que todo lo ve, equidistante, que todo lo escucha.

Expectante, custodiando la trinchera sin guerra con vigilancia panóptica, San Pedro Sula, la ciudad más peligrosa del planeta fuera de zona de guerra entre 2011 y 2014.4

—¡O te mueves o te pego siete tiros!

«Siete tiros», pensó. Le iban a pegar siete tiros en un basural próximo a la colonia La Palmira. La curvatura sumisa de su espalda se erigió en un doloroso gesto de resignación. Le estaban mandando al matadero. Por estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada. ¿Era esa la razón?

Se arrastró como pudo, mientras las palabras del pastor le resonaban todavía en la cabeza. No estoy en contra de la homosexualidad. ¿Homosexualidad? Le rebanaba los sesos. Por segunda vez, levantó la mirada. Ya conocía el lugar. Ese baldío, ese terreno. Hacía unos siete años estaba abandonado y el vestigio del tiempo lo había convertido en el vertedero de la zona. Sintió el olor de las tortillas que preparaba su madre y cerró los ojos.

Antes de ser basurero había un molino al cual solía ir en su niñez con su hermano mayor y sus tres hermanas pequeñas. Su madre les enviaba allí a moler maíz, pero las tardes terminaban siendo infinitas horas dejándose perder entre los matorrales. El dueño era un señor mayor —quién pudiera recordar su nombre—. Cojeaba de su pierna derecha. El lugar estaba contorneado por apartamentos y una humilde casita de madera epicéntrica. Ahí dentro, en un cuartito al fondo, el señor guardaba el molino.

El solar era completamente de tierra y en medio había una cisterna donde siempre se escondía. Se escapaba allí del mundo, de su hermano y hermanas, del grito de su madre, del pastor y de la iglesia.

Se escapaba de lo que era y de lo que quería ser. Nunca imaginaría que siete años después terminaría dentro del mismo sitio. Abrió los ojos. El molino se desfiguró y devino comida en descomposición.

Nunca se preguntó qué habría sido del hombre cojo.

Un dolor asfixiante lo llevó de un brusco tirón a la realidad. El pecho. Sentía algo en el pecho. Fue una patada. Dos patadas. Tres patadas. Un fuego. Pronto dejó de contar. Se caía, le obligaban a levantarse y le volvían a propinar sistemáticamente la paliza de su vida.

«Ya, el tiro de gracia».

No. Uno de los hombres le arrebató el bolso que llevaba consigo. Lo abrió, le dio la vuelta y lo sacudió.

No sabía qué buscaba. En realidad, no buscaba nada. Cayeron y se perdieron entre la mugre una laptop, unos cuantos libros y apuntes universitarios y una bolsa de plástico transparente que contenía unas cremas. Las había comprado esa misma tarde. Era un tratamiento facial hidratante.

—Puta, este maje se cuida mejor que mi chica.

1. Datos proporcionados por el Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).

2. Mara Salvatrucha (generalmente abreviado como MS, Mara y MS-13) es una organización internacional de pandillas criminales asociadas que se originaron en Los Ángeles, California, y se han expandido a otras regiones de Estados Unidos, Canadá, México, el norte de Centroamérica (Guatemala, El Salvador, Honduras) y en el sur y oeste de Europa (en el sur de Europa: Italia, Portugal, España).

3. El rival más conocido de la mara Salvatrucha es el Barrio 18, que surgió como una pandilla callejera en Los Ángeles para luego convertirse en la mayor amenaza en los países centroamericanos como El Salvador, Guatemala y Honduras. Estas pandillas extorsionan sistemáticamente los medios de transporte público, desplazan comunidades enteras y se han infiltrado en el sistema político.

4. Ranking 2014 de la ONG mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública.

2. «Cuando yo era un chico»

Nacemos, crecemos, devenimos, deseamos. Nos desean. Nuestra vida no es transición, es construcción. No nacemos en cuerpos equivocados, sino en sociedades putrefactas. Como el basural.

Ya tenía diecinueve años.

Hacía varios meses que se había inscrito en un gimnasio próximo al área céntrica de San Pedro Sula.

Había visto los pantalones entubados en la vidriera de un comercio. El gimnasio era administrado por una mujer que le introdujo en una exhaustiva rutina: todos los meses le medía con precisión de ingeniera la espalda y la cintura. Apuntaba notas en su cuaderno y le palmeaba el hombro. Con el tiempo, las manos se le llenaron de ampollas y las sudaderas le volaban a la altura de la barriga.

La mujer en varias ocasiones le había ofrecido llevarle en coche hasta su casa, pero había rechazado cada una de las propuestas. La mayoría de sus clientes prefería volverse con ella cuando las luces caían de una en una, pero en verdad le daba igual. En aquel tiempo, los mareros ya habían comenzado a molestarle.

Todo se atiborró en ese año, en el 2014. Lo bueno, lo malo y lo no tan malo. Los primeros meses hacía malabares en el aire entre su trabajo en una maquila1 y sus clases en la Universidad Tecnológica de Honduras. Más tarde consiguió darse con un empleo en una tienda de electrodomésticos: a las 8 de la mañana era su horario de entrada. Cogía el bus desde Chamelecón hacia el centro de San Pedro Sula, cuando al sol aún le daba pereza saludarle por la pequeña ventana de su habitación.

Se encargaba de administrar la tienda hasta las 7 de la tarde, de lunes a viernes. En temporada alta de lunes a domingo de 7 h a 20 h. Lo hacía todo para no llegar temprano a su casa. No quería. Siempre bromeaba al respecto y decía que tenía una doble vida.

Dentro de su casa, la libertad era otra cosa. No era libertad. No se la conocía como tal. No se sentía completamente libre, más bien le ahogaban las cuatro paredes como el clima hondureño. No quería que nadie le preguntara nada, solo atrincherarse en su guarida y dejar que la almohada le absorbiera la cara. Madrugar tenía sus ventajas: se movía por la vivienda como un fantasma, sin que le vieran.

—Me da vergüenza tener un hermano maricón y muerto de hambre —le gritaban.

Su madre Esperanza era un holograma en sus pensamientos, una imagen tridimensional de luz que solo se materializaba para advertirle cuando las cosas se iban a la mierda. Como un recordatorio diario de la pastillita para la presión. Era su culto de adoración, pero con la toxicidad propia de un amor romántico.

Esperanza a veces le llamaba por teléfono preguntándole si estaba en la casa porque, por momentos, ni siquiera notaba su respiración. En varias ocasiones su madre entraba a su cuarto y si lo encontraba llorando, cerraba la puerta y salía sin decirle nada. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Cuando no tenía clases la rutina hogareña le resultaba insulsa. Al finalizar la jornada laboral, cerraba la tienda y se quedaba en el parque de San Pedro Sula hasta medianoche o incluso lo estiraba hasta la madrugada. Ese lugar era caldo de cultivo para conocer gente nueva, para poder despertar de una pesadilla en loop. Las noches hondureñas empezaban a tener otro sabor. Un sabor a libertad de opción, de quiebre identitario, de pernoctar un fuero interno que (no) sabía que tenía.

Sentía que el dinero de su empleo le condecoraba con poder y respeto frente a su familia. ¿Virilidad?

Pensaba que debía comprar sus propias cosas, salir de su casa, montar su propia vida y rentarse un lugarcito. Pero el reclamo de su madre era perpetuo: le enviaba a Esperanza ayudas económicas en todo momento.

—Acá llegó el que tiene dinero —le decía.