Sapos muertos - José Alberto Alberico - E-Book

Sapos muertos E-Book

José Alberto Alberico

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Beschreibung

Un viaje a comprar un caballo es la perfecta excusa de dos hermanos para reencontrarse con el pasado, especialmente desde la perspectiva de uno de ellos… Se trata de una confesión minuciosa de todas esas cosas que se viven y que, con el tiempo, se asumen o no. Huellas que van dejando en el alma el camino que se hace al andar. Sapos muertos es una invitación, un desafío, un juego entre la memoria y el continuo presente, donde el pasado se mezcla rumbo a un futuro que siempre es incierto y se intenta construir de la mejor manera posible.

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Seitenzahl: 131

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati

Alberico, José Alberto

Sapos muertos / José Alberto Alberico. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

142 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-481-8

1. Novela. 2. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2019. José Alberto Alberico

© 2019. Tinta Libre Ediciones

Dedicatoria:

A los propios sueños…que pueden corregirse, pero no se abandonan.

Agradecimientos:

A Alejandra Suárez por su constante aliento,lecturas y sugerencias.

A Silvia Cerutti, mi querida amigadesde aquellos años de la Facultad.

Sapros muertos

· I ·

El viaje

El Siam Di Tella que nos habían prestado subió la cuesta con valentía y nunca pensamos que nos quedaríamos en la mitad del camino.

Las sierras habían comenzado a verse desde unos cuantos kilómetros antes y los azules de la distancia se iban modificando a medida que nos acercábamos. El camino era de ripio; varias veces peligroso, pues la lluvia había hecho su trabajo cortando la calle en varios lugares, por lo que había que gambetear el serrucho en que se había convertido.

Cuesta abajo, el automóvil era una pluma en el aire. Cuesta arriba, mil leones rugían dentro del motor mientras que por el caño de escape un humo negro salía sin problemas ni prisa.

Cuando miramos el reloj que marca la temperatura nos dimos cuenta de que ya no le quedaban números que señalar. La aguja se había clavado en la zona donde la tragedia se desataría de un momento a otro, por eso paramos el motor, abrimos el capó y alcanzamos a ver un último chorro de vapor que salía por la tapa del radiador.

—Esto se quedó sin agua —dijo mi hermano.

Se acababa de presentar un nuevo problema para sortear. Solo habría que esperar un tiempo y continuar la marcha.

Sus puteadas no condecían con el canto de los pájaros que despertaban la mañana. Intenté calmarlo, pero me fue imposible ya que acababa de descubrir que la correa del ventilador casi se había cortado y una piedra había hecho que el caño de escape descansara inerte en el suelo.

Él seguía puteando y yo lanzaba una carcajada detrás de otra lo que lo enfureció aún más.

—¡Pelotudo! ¿De qué te reís? Hacé algo.

—¿Qué querés que haga? —le contesté mientras intentaba ahogar las otras risotadas que iban naciendo en mi interior.

Como pude abrí el baúl, saqué un pedazo de alambre y al rato, en parte, fue solucionado el problema ocasionado por la piedra.

Mi hermano seguía renegando con la correa del ventilador. Fue casi por casualidad que había una de repuesto en algún rincón del auto.

El verdadero problema apareció cuando quisimos reponer el agua que le faltaba al radiador. Ni una mísera gota por ningún lado.

La temperatura había comenzado a bajar, pero no podíamos emprender la marcha.

El camino no parecía demasiado transitado y no se veían huellas recientes que dijesen que alguien anduviera por allí.

Alrededor solo había cielo, espinillos y viento.

Recordé que traíamos dos botellas de gaseosa de las cuales solo una nos quedaba llena. Tuvimos que sacrificarla. La avidez con que ese aparato tragaba nos dejó mirando atónitos ese agujero y sentimos cómo nuestras bocas lo envidiaban. El dilema era llegar o apagar la sed. No hubo opción.

Tuvimos que esperar más o menos una hora y todo pareció volver a la normalidad. Una normalidad emparchada, por supuesto…

La casita de Don Juan no parecía estar lejos.

Nuestra relación con él había comenzado cuando aún éramos niños, en ocasión de una visita que hizo a un amigo suyo que vivía cerca de nuestra panadería. En esa oportunidad nos había llamado muchísimo la atención su sombrero aludo, que nos pareció bastante desproporcionado respecto a la gama de sombreros que conocíamos.

Durante toda su estadía entre nosotros fuimos los únicos chicos del barrio que nos acercamos a él. Su amabilidad de abuelo condescendiente hizo que nos encariñáramos inmediatamente, por lo que no dejamos que ningún otro se le acercara.

Luego, pasaron muchos años hasta que decidimos hacer este viaje para compartir con él algunos días.

Una vez en movimiento cada vuelta del camino nos alimentaba la esperanza de encontrar su casa rodeada de árboles y con unos cuantos perros pachorrientos saliéndonos al encuentro.

Rogando que no se nos complicara nada anduvimos despacio sin exigir a nuestra máquina más de lo que podía dar.

Eran casi las siete de la mañana y a lo lejos vimos un bulto que se movía en un punto lejano del camino.

Momentos después un sulky tripulado por una viejecita y un niño —seguramente su nieto— aminoraba la marcha como esperando que nosotros también lo hiciéramos, y así fue.

—Buenos días —dije amablemente.

—Güenos días m’hijo —saludó la señora con una sonrisa de dentadura incompleta.

—¿La casa de Don Juan Luna? —preguntó mi hermano.

—A una legua más o menos, pero tengan cuidado porque más adelante el camino no está muy güeno que digamos.

Así, mantuvimos esta pequeña charla y, luego, cada uno siguió su camino.

Claro, una legua en la llanura no es lo mismo que una en las sierras donde el monte se hace más espeso y las subidas y bajadas, más pronunciadas.

Algunos nubarrones blancos, enormes, se alzaban en el cielo y entre tanta soledad el silencio era roto por nuestra presencia.

Nuevamente la temperatura del motor había empezado a subir. Yo permanecía callado a la vez que mi hermano lanzaba renovados insultos a diestra y siniestra. Detuvimos el auto y observamos que una pequeña pérdida de agua era la que nos traía semejante desgracia.

Es cierto que el deterioro del camino era mucho y acentuaba el problema una suave, pero constante subida, de la que ya habíamos recorrido unos dos kilómetros.

Tuvimos que poner una piedra debajo de cada rueda trasera para que el auto no se escapara cuesta abajo, y sin nosotros.

Mi hermano volvió a abrir la tapa del radiador. Se estaba quedando nuevamente seco y ya no quedaba ningún líquido en nuestro poder para reponer. Nos había ganado la imprevisibilidad ya que al cruzar un arroyuelo no cargamos agua en las botellas vacías de gaseosa.

Decidí volver sobre nuestros pasos y hacerlo, pero, de repente, se me ocurrió una idea… cada uno en su turno hizo pis en el radiador afinando la puntería y haciendo las bromas del caso.

Minutos después de haber emprendido nuevamente la marcha avistamos la casita humilde de Don Juan Luna en un claro de la espesura de los espinillos.

A medida que nos acercábamos cinco perros nos dieron la bienvenida blandiendo sus colas en el aire y ladrando, casi con una sonrisa.

—¡Juera! ¡Juera! —gritaba Don Juan saliendo por la puerta principal de su casita, dignamente cubierta con una cortina de arpillera y algunas flores silvestres cálidamente cultivadas, evidentemente, por manos femeninas.

Con una sincera expresión de cariño se acercó hasta nosotros, casi con la misma actitud que la de los perros y nos estrechó la mano y nos abrazó con un afecto inusitado.

—¡Hola Don Juan! —dijimos casi al unísono, a la vez que éramos conducidos debajo del alero donde una mesita y cuatro sillas desvencijadas también nos recibieron con su añoso silencio.

A mi hermano le había agarrado el berretín de comprarse un caballo y en vez de hacerlo en nuestro pueblo se le antojó emprender semejante viaje para hacerlo aquí. La movilización que provocó fue impresionante, no obstante Don Juan al enterarse se mostró muy complaciente con nosotros a pesar de su avanzada edad, pero con una vitalidad sin mengua aparente. Era un hombre acostumbrado a la vida dura del campo. Seguramente su piel, ajada por el paso del tiempo, había aguantado miles de soles, calores y heladas.

En realidad, el deseo de mi hermano (o mejor, su capricho) de ser poseedor de un caballo comenzó a manifestarse hacía bastante tiempo y, al poco rato de encontrarnos aquí, cuando se lo dijo a nuestro viejo amigo éste no tardó en disponer todo lo necesario para que mi hermano tuviese su equino como compañero.

Puse algunos peros que no dieron resultado. Me seguía pareciendo un despropósito hacer tanto movimiento por un capricho que luego quedaría en el mismo estado en el que había comenzado.

¿Cómo trasladaríamos este caballo? De ninguna manera lo podríamos poner en el baúl del auto como tampoco contratar un transporte para que lo llevase. También sería una locura que fuese al trotecito hasta el pueblo, distante doscientos kilómetros desde donde nos encontrábamos.

De todos modos, era un problema que debía resolver él porque si yo seguía hablando me iba a ganar algunos adjetivos que no tenía ganas de escuchar y que pasara lo que debiera pasar porque, por mi parte, me dedicaría a disfrutar de lo que me estaba sucediendo. Además, no tenía otra alternativa.

Pasaron algunas horas, y una vez inaugurado el encuentro después de habernos acomodado en su pequeña casa y puestos nuestros trastos en algún lugar, dio comienzo una estada feliz plena de conversaciones animadas, de consejos sanos y de pequeñas sorpresas en ese nuevo paisaje al que no estábamos acostumbrados.

Conforme se fue acercando el mediodía, Don Juan comenzó a preparar un almuerzo sencillo, pero sabroso que disfrutamos sin duda alguna.

Más tarde fuimos hasta el corral de las ovejas y, aunque no hubiese preferido participar de la corrida del mejor de los corderos, cuando estuvo listo sobre la parrilla no me di tiempo para pensar que pocas horas antes ni se imaginaba su destino.

Más allá de esta crueldad aparente, verdaderamente nos chupamos los dedos cuando a la hora de la cena disfrutamos de su carne tierna.

Evidentemente nuestra llegada fue todo un acontecimiento ya que fuimos el motivo de reunión de algunos paisanos vecinos de Don Juan donde no faltó un buen vino patero y donde las guitarras no se hicieron esperar en la sobremesa.

Al día siguiente nos costó despertarnos, pero el entusiasmo aportó lo suyo para que a poco de amanecer nos levantásemos para compartir con nuestro anfitrión los quehaceres habituales del lugar.

Por la tarde comenzaron los preparativos para emprender el viaje hasta la casa de un tal Ramírez que, según decían, tenía los mejores caballos de la zona. Para mí todo esto seguía siendo una verdadera locura, más aún cuando me enteré de que, llegar hasta allí, no sería hacer un corto trecho de camino, abrir una tranquera, decir buenos días, elegir un caballo, pagar y volverse con el agraciado ejemplar. Más bien esto exigía la preparación de toda una expedición por eso, durante la tarde, se preparó todo para que antes del amanecer estuviésemos en camino.

La luna fue la promesa palpable de una noche despejada. Los grillos con su monotonía le daban marco sonoro a nuestro encuentro y las luciérnagas le ponían al momento esa magia de guirnaldas amarillas en movimiento mientras el fuego consumía los leños dispuestos primorosamente en la fogata que se empeñaba en calentar esa porción de la noche.

Nuestra conversación tenía el encanto que iban tejiendo las palabras que, encadenadas y comprometidas en la formación de una historia, nos empapaban el alma a la vez que el narrador y sus oyentes también quedaban envueltos en la fascinación del momento.

Éramos tres hombres abrigados por el fuego, con los miedos ancestrales a flor de piel, mientras Don Juan, con la pericia de un excelente narrador, nos envolvía en sus palabras.

Si sus historias eran mentiras o verdades no importaba pues el tiempo se había suspendido mientras las chispas de la hoguera bailaban con su luminosa y espontánea coreografía.

De vez en cuando el crujido de alguna rama de los árboles que nos rodeaban nos sacaba de esa atmósfera que el anciano había logrado, pero inmediatamente volvía a captar nuestra atención para sucumbir nuevamente en el mar de su historia.

Así, fueron pasando las horas hasta que el sueño nos venció. La noche no estaba fría, pero a la madrugada fue notable el descenso de la temperatura.

Cuando el amanecer era inminente, Don Juan ya se había levantado. Mi hermano todavía dormía cuando a poco de media hora de aclarar me desvelé. Aproveché para levantarme casi sin hacer ruido para que él no se despertara, a la vez que me preguntaba dónde estaba aquel hombre.

Del fuego solo quedaban unas pocas brasas bajo del cobijo de la ceniza.

Minutos después sentí detrás de mí la voz amigable del anciano que me saludaba dándome los buenos días. Entablamos un breve diálogo mientras dejaba en el suelo algunos troncos. Me indicó que colocara algunas ramas sobre el rescoldo para que se avivara el fuego para calentar un poco de agua y luego tomar unos matecitos.

Su trato cariñoso y las primeras llamas se confundieron y fueron una misma cosa.

Hice referencia a cómo mi hermano seguía durmiendo y me dijo que lo dejara un rato más, que ya tendría tiempo para gastar el descanso durante el día.

Las ramas comenzaron a encenderse a la vez que con un pedazo de cartón venteaba las brasas. Puse en el hogar una pava ennegrecida en la que no tardó en calentarse el agua. Don Juan, mientras tanto, había preparado el mate y una vez que la temperatura del agua estuvo a punto me convidó con uno que me reconfortó con su calorcito amigo.

Mi hermano se despertó cuando la primerísima luz de la mañana empezaba a devolver los colores a las cosas.

Por su parte, algunos pájaros también se empeñaron en despertar al día de modo que poco tiempo después en todo el ambiente se escuchaba un concierto de trinos.

Los caballos estaban a pocos metros de nosotros sin la montura y bajo la dirección de nuestro viejo amigo al poco rato estuvieron listos para iniciar la cabalgata.

La ronda del mate se había extendido durante esta actividad hasta que, por fin, Don Juan determinó que llegados hasta cierto lugar yo me quedaría en un improvisado campamento para que a su retorno la comida estuviese lista y, luego de la sobremesa, partiésemos de regreso a su humilde casita.

Las últimas estrellas como derrumbándose del cielo fueron desapareciendo ante la potencia del sol que estaba a punto de salir.

En pocos minutos todo estuvo listo, cada uno sobre su montura y a paso lento, guiados por Don Juan, llegamos por un sendero hasta un lugar que era prometedor de maravillas por el paisaje que nos rodeaba y donde yo debía esperarlos.

Al rato se pusieron en camino hasta que los vi perderse a pocos metros detrás de unos árboles, en un camino de piedras y arenisca donde corría un hilo de agua que seguramente ellos debían cruzar.

Poco a poco se levantó una niebla que lo cubrió todo y, más allá del sonido del agua chocando entre las piedras y del canto de los pájaros, el silencio fue absoluto.

No se veía más allá de unos pocos metros y en esa soledad yo estaba entre la niebla, del mismo modo que los cerros.

Me senté en el suelo apoyando mi espalda sobre una piedra esperando que los dos jinetes pudieran recorrer su camino sin dificultad. Un atisbo de preocupación se me hizo presente, pero con solo recordar la pericia de Don Juan aquélla se disipó inmediatamente.

No obstante, qué mansa quietud en el ambiente que me rodeaba y qué antigua la piedra que me sostenía.

Estaba en el centro de una cúpula blanquecina donde los árboles eran solo manchas oscuras rompiendo la taciturna originalidad del paisaje.

Solo, estaba muy solo esperando como un Giovanni Drogo aquello que nunca llegaría detrás de aquel desierto de los tártaros.

La niebla parecía cerrarse cada vez más.