Sausalino - Alejandro Damián Orella - E-Book

Sausalino E-Book

Alejandro Damián Orella

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Beschreibung

La vida es confusa. Una pareja es feliz, hasta que deja de serlo. Un hijo se ve definido por la ausencia de su viejo, y una despedida intrincada con mamá. Estos son algunos relatos de esta colección, en la que los personajes se verán inmersos, perdidos por momentos, y relegados en su mayoría. Sausalino representa la pérdida que conlleva una búsqueda constante por entender, por sobrellevar una vida que no tiene direcciones; por estar plenamente conscientes de que todos participan de un acto, de un juego de niños, cuyas reglas no fueron enunciadas. Es una obra reflexiva, donde la introspección es necesaria para poder descifrar, en algún punto, la dirección de la historia. A través de una narrativa distendida por momentos, y pesimista por otros, se busca entender que no existe un porqué más allá de la propia significancia. Y que nada puede ser bello; o que todo puede ser bello, si se sabe apreciar entre colores.

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Seitenzahl: 102

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Orellana, Alejandro Damián

Sausalino : cuentos de pérdida y algo más / Alejandro Damián Orellana. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

92 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-774-1

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos Fantásticos. 3. Cuentos Realistas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Orellana, Alejandro Damián

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Para Silvia y Juan

SausalinoCuentos de pérdida y algo más

A. D. Orellana

…Mi paso por tus momentos específicos se reduce a finitas huellas, las cuales desanduviste sin mucho embarazo, y tu mutismo indiferente me derribó a solo verdugón. Pero aparecen, juraría, escucho, tus quejidos, tus risas, tu bramido insolente ante la injusta causa; tu canto es el que escucho.

A vos, que no me escucharás, pero sí cabe la posibilidad de que me leas. A vos te escribo. A vos me desarmo en palabras burdas, sin mucho más significado que el resabio de la pérdida.

Hoy decidí escribirte, con la esperanza de que las sucesiones infinitas en el plano absoluto y las probabilidades minúsculas sean favorables a mí, siendo nosotros la consecuencia ineludible.

Hoy decidí escribirte, y quizá no fue este universo, quizá lo haré mejor en el siguiente.

Martina Guiguet

Cuando finalmente estuve frente Martina Guiguet, después de una innumerable serie de inconvenientes y desencuentros, me sentí solo. Y es que se veía diferente a lo que había esperado, en definitiva, no estaba seguro de qué esperar, estaba muerta. Por alguna razón a lo largo de mi viaje tenía esta idea, que llegaría a Los Lirios 939 y estaría ahí, como siempre, esperándome con una docena de facturas, la pava lista para los mates con jengibre y mermelada de damasco sobre tostadas de centeno, que imaginé había amasado la noche anterior ansiosa por mi llegada. Así había sido siempre, pero como era previsto, me traicionó la costumbre de lo simple, que ahora parecían reprocharme entre silencios la pava fría y el tarro lleno de azúcar.

Cuando entré por la puerta verde, que había hecho pintar la semana anterior, las facturas, el pan y la mermelada se fueron por la tangente. “¿A vos te parece?”, parecía decir, “treinta y seis años y me tuve que morir para que me visites”. De alguna forma, a pesar del encanto de su tono, no hablaba con su voz, escapaba al espíritu resuelto y cálido de la vieja. Es el vacío que tengo, esa ausencia, rodeada de órganos vitales, donde debiera estar mi corazón, donde debería esconderse mi alma.

Siempre supo, Martina, que tenía un vacío dentro. De pibe, el gesto del doctor fue claro. Era un hombre joven, me pareció recién graduado, con esa delicadeza y diligencia que distinguen a los recientemente realizados doctos de la facultad.

—Doctor, mi hijo tiene un vacío en el pecho —le dijo preocupada Martina.

Cuando preguntó dónde y si me dolía, recuerdo, puse mi mano sobre mi pecho izquierdo y le dije que solo dolía cuando hablaba desde ahí. Se sorprendió, y después de varios molestos estudios y pruebas, concluyeron que mi pecho estaba tan completo como cualquier niño de mi edad. No lo acepté, no podía.

No sé exactamente dónde, pero imagino que es cerca del pecho, rodeando o reemplazando mi bomba aórtica. Lo pensaba de chico. Curiosamente, por años no se me había pasado por la cabeza hasta que vi la puerta verde, trayendo con su estridente color memorias que, pensé, había olvidado.

La puerta estaba linda. Esperaba poder decirle: “Parece otra casa. Te felicito, mamá”. Pero quedé, como tantas otras veces preso de la ansiedad, deseoso de una tarea irresoluble, con solo expectativas en mi boca.

Cuando sonó el teléfono ayer, mi madre era la última de mis preocupaciones. Como todo lo importante, lo intrínsecamente nuestro, eso que nos mantiene cuerdos y unidos a la tierra misma, uno cree, estúpidamente, que será eterno y siempre estará presente; su partida me quitó eso. Clase tras clase, venía dedicándole horas a corregir los exámenes, trabajos prácticos, y seguía trabajando en mi párrafo; y digo párrafo porque libro seguía siendo una vaga, muy desacertada, ilusión que temía alguna vez fuera a realizarse.

Me recibió mi tía Olga. “¡Ay! querido”, me abrazaba entre sollozos. “Lo siento tanto”, me presionaba enérgica contra su pecho. Era una mujer entrada en años, algo rechoncha, con olor añejo, tan añejo que los perfumes importados no lo tapaban. Olía a papel tapiz, o un diario de la década pasada. No supe cómo abrazarla en respuesta, no supe cómo llorar con ella. Como en tantos otros aspectos de mi vida, simplemente no supe. A pesar de que me había convencido todo el viaje de cómo responder, realizando en el tren monólogos internos, lecciones a través de la repetición de cómo contestar al sinfín de comentarios insípidos y adecuados que sabía llegarían tan de prisa con mi arribo, pero lejos estaba de ser natural. No era yo, en definitiva, era mi vacío que reaparecía, después de años, diciéndome “soy tuyo”, para mal de ambos.

Nunca fueron mi fuerte las relaciones, esas conductas socialmente aceptadas. ¿Tengo que llorar? ¿Gritar? ¿Tirarme al piso y maldecir a Dios? Tras el pensamiento, desde luego, vino la culpa. Odiaba ser así, odiaba ser tan atento a todo, consciente de todos, sin notar que pocos son aquellos que hacen concesiones por uno, que renuncian sin más a un pedacito de orgullo para entregar dicha solidaria. Pero, por el contrario, a mis más arraigadas convicciones, no podía menos que arredrarme la idea de que alguien, quien fuera, pensara que mi tibieza, mi inexpresividad, era resultado de la apatía.

Sé que nada tiene que ver la gente en situaciones semejantes, pero me abrumaba la idea de ser incapaz, o no competente, en lo que a duelos se refiere. Es algo a lo cual solo se aspira una vez, y luego adiós. Temí no estar a la altura. Nadie quiere vivir el resto de su vida pensando: “Debí llorarla más. Ahora dolería menos si así lo hubiese hecho”. Y, de cualquier forma, no podía dejar de darle protagonismo al resto de la sala que, sin ninguna duda, eran mucho mejores que yo en la tarea, como si del verdadero objeto de esta tradición se tratasen, como si entendieran ese juego humano, contencioso, en el que yo era un mediocre jugador. Y tal vez lo fueran. Tal vez esta despedida idílica tenía su factor fundamental en ellos; su animosidad y sincera dolencia, en esos quienes podían gemir, tirarse al piso y maldecir a Dios sin pensarlo demasiado.

La casa, por otro lado, no parecía distinta. Entiendo que debe causar otro efecto en los dolientes, cuando algo que estaba tan lleno de vida, de repente se ve desastrado, atravesado por una pérdida absoluta, pero la verdad es que todo se veía igual. La entrada limpia, como recién barrida. Los cuadros del zaguán, a los cuales no presté demasiada atención, estaban ahí, tiesos, observantes. Nunca he sido alguien nostálgico, pero si en algo podría aproximarme a ello sería a través de un pequeño retrato en la pared, de mis padres en el jardín. Ese sí provocó una leve chispa en mi vientre. No había relacionado jamás cuánto extrañaba la sonrisa de mi viejo. Era tan natural, lúcida, nunca pude emularla a pesar del parecido.

La casa era grande, por cierto, o tal vez las quejas de mamá por tener que limpiarla sola hicieron que me pareciera mucho más enorme de lo que realmente era. Tenía dos plantas. Cocina-comedor, living por años en desuso. Su propio cajón era quizá el único mobiliario en utilidad desde que tengo memoria; un baño y una habitación donde tenía el lavadero. Una escalera empalizada, que trasladaba al siguiente piso donde había otro baño y más habitaciones. Cuando crecí ahí, no parecía grande, parecía justa. Ahora, creo, por fin veía la inmensidad de la estructura frente al vacío ciego de un hogar, que finalmente acabó despidiendo a su último huésped.

Aun así, además de la puerta pintada, era la casa de mamá, tal cual la recordaba de años atrás, con la otra exclusión de que estaba llena de gente, extraños, muchos de ellos en luto, llorando algunos, riendo otros; y donde estaba la mesa del comedor habían esparcido las sillas, como se esparcen las gotas en un chapuzón al contorno de la sala. Sirvieron un millón de tartas y empanadas. Busqué las facturas inútilmente, nadie pensó en traer su comida favorita. Mientras más lo pensaba, todo esto parecía de todos, menos de mamá, y menos de mí.

Siempre fui, si debo ser honesto, alguien particular. Martina lo sabía. “Sos intenso hijito”, decía. Nunca me molestaron los diminutivos. Solía llamarla “mami” cada que podía. Siempre tuve en claro que Martina Guiguet no debía pasar desapercibida, no para mí, y su carácter estrepitoso y confrontativo lo hacía mucho más fácil, claro está. Me aseguré de recordarle que tenía un hijo, uno agradecido y abnegado que la amaba no sobremanera, ni menos, a la medida de su justo y desinteresado espíritu.

—Hola mami —La acaricié, cuando después de un desfile de condolencias y lloriqueos, que solo me produjeron un cierto hartazgo, pude llegar al cajón que estaba en el centro del living.

Estaba fría. Escuché a mi tía llorar por detrás y lo que supongo habrán sido sus amigas. Estaba pálida, su gesto era calmo, pero fresco, reflejando lo que había sido su última rutina. Le encantaba la cama. “¡Ah! No, yo ya me acosté. Me traje un té y hasta mañana no me levanto”. Eso era todos los días. Ni me molestaba en recordarle que apenas eran las cinco. Sabía que la hacía feliz, ¿y qué más iba a hacer estando sola? Además, de alguna manera, su vida parecía refrescante y rica en el disfrute de las pequeñas cosas.

Olga me dijo, dentro de un torbellino de discursos al teléfono que, como todos los días, había venido a tomar mate y no contestó.

—Yo, querido —sollozaba por teléfono—, tengo la llave que ella me dio por las... por las... y ella tenía las mías… —Y seguía en un casi inentendible discurso.

En definitiva, se durmió y no despertó más. Fue un alivio. No podía imaginar una mejor manera para irse. Le habían puesto su camisola roja, la que le había regalado Lina, su amiga más antigua, a la que no encontraba entre la gente, o quizá sí estaba y ya no la reconocía. No podía dejar de preguntarme cuánto tiempo había estado fuera.

De pronto me arremetió la duda. No podía recordar la última vez que había estado en esa casa. Sí, la llamaba, dos o tres veces por semanas hablábamos de mi trabajo, de mi libro; ella siempre se refirió a mí como su autor favorito, como si ese libro fuera más que un párrafo en crudo. Me contaba de la novela que miraba, del jardín y de los chismes que se enteraba por Olga. Estaba por empezar baile y le divertía la idea de ser “dos viejas locas entre pendejas”. Le encantaba hablar, no imagino la incomodidad de no tener con quien. Y así se sucedían los días.

Pero más lo pensaba y más dudas comenzaban a circuir mi mente. De la sombra de mis recuerdos, se me hace imposible imaginarme, verme, sentirme marcando su número. Ahora que se pasea drástica y violenta la idea, no lo sé. Creo, nunca la llamé; siempre ella me llamaba. Y si necesitaba algo que pudiera batirme en lágrimas era esa idea, cruda y categóricamente verdadera. Este último pensamiento me devastó. Necesitaba aire, así que acaricié el cajón y salí a fumar. Teníamos toda la noche aún.

Me saludaron en el camino un sinfín de mujeres, de las cuales no tenía idea de quiénes eran. Por más que se presentaran, seguían siendo rostros ajenos, ajenos e innecesarios de recordar, mamá ya no estaba. ¿Para qué querría conocer a sus amigas de iglesia? Acepté cortés, amable, tanto como pude, sus condolencias y los “ahora está en un lugar mejor”, “Se nos adelantó” o “Dios quería que esté con él”. Esta última fue mi favorita. Me imagino a Martina, en donde quiera que van todos al morir, riéndose por mis reacciones a los comentarios religiosos. Quizá debí ser menos cruel con su fe. Debí admitirle que era una de las cosas que admiraba de ella.