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Scarface – Caracortada, en Hispanoamérica - es la ficción icónica de uno de los mafiosos más conocidos de la historia: Al Capone. La obra sigue la dura crianza de Tony Guarino en las calles de Chicago, donde un joven que no está dispuesto a contemplar una vida de pobreza tiene hambre de llegar a lo más grande. Tony ha crecido en un mundo donde cada gangster es un héroe y cada policía, un enemigo. Scarface se publicó pela primera vez en 1929 y sigue siendo una de las evocaciones más potentes de los orígenes de la cultura de los gánsteres estadounidenses que se haya publicado jamás, y una obra perenne de ficción de culto. La obra también fue un gran éxito cinematográfico. La película Scarface fue lanzada em 1983, dirigida por Brian De Palma y escrita por Oliver Stone. Una nueva versión del filme del mismo nombre de 1932. La película recaudó 66 millones de dólares en todo el mundo.
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Seitenzahl: 341
Veröffentlichungsjahr: 2022
Armitage Trail
SCARFACE
- Cara Cortada -
Título original:
“Scaface:The Shame of a Nation “
1a edición
Isbn: 9786558942047
Amigo Lector
Escrito por Armitage Trail, la obra Scarface – Caracortada, en Hispanoamérica - se publicó pela primera vez en 1929 y sigue siendo una de las evocaciones más potentes de los orígenes de la cultura de los gánsteres estadounidenses que se haya publicado jamás, y una obra perenne de ficción de culto.
Scarface es la ficción icónica de uno de los mafiosos más conocidos de la historia: Al Capone. La obra sigue la dura crianza de Tony Guarino en las calles de Chicago, donde un joven que no está dispuesto a contemplar una vida de pobreza tiene hambre de llegar a lo más grande. Tony ha crecido en un mundo donde cada gangster es un héroe y cada policía, un enemigo
La obra también fue un gran éxito cinematográfico. La película Scarface – Caracortada, en Hispanoamérica – fue lançada em 1983, dirigida por Brian De Palma y escrita por Oliver Stone. Una nueva versión del filme del mismo nombre de 1932. La película recaudó 66 millones de dólares en todo el mundo.
Scarface es una lectura inolvidable.
LeBooks Editora
PRESENTACIÓN
Sobre el autor y su obra
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
CAPÍTULO XXIII
CAPÍTULO XXIV
CAPÍTULO XXV
CAPÍTULO XXVI
Armitage Trail nació como Maurice R. Coons el 18 de julio de 1902 en Madison, Nebraska. Era el hijo mayor de Oscar A. Coons y Alice L. Coons, y también vivía con la madre de Alice, Mary J. McIntyre. Tenía dos hermanos, Hannibal (nacido como Stanley J. Coons) y Eugene, así como una hermana llamada Evelyn.
Debido al trabajo de Oscar como gerente de giras para la Compañía de Ópera de Nueva Orleans, la familia se mudó varias veces antes de que Trail se convirtiera en un adulto, con una ubicación definida en Nueva Orleans. Trail desarrolló una pasión por la escritura y dejó la escuela a los 16 años para dedicar su tiempo a ella. Asimismo, su interés por los gánsteres como Al Capone comenzó a una edad temprana, y Hannibal Coons afirmó que su hermano Maurice "estaba interesado en los gángsteres como a otros hombres les interesan los sellos postales, las monedas antiguas o las mariposas de águila extendida".
Durante el resto de su adolescencia y principios de los veinte, Maurice Coons usó una variedad de seudónimos, escribiendo varias historias de crímenes y detectives para revistas pulp. Durante este tiempo, visitó la ciudad de Nueva York, y finalmente dejó su hogar para vivir en las cercanías de Chicago, donde escribió la obra Scarface
Chicago y Scarface
No se sabe mucho sobre la época de Trail en Illinois. Vivía en Oak Park, Illinois, una ciudad adyacente al lado oeste de Chicago, donde trabajaba en la composición de Scarface diariamente en su solárium. No vivió allí el tiempo suficiente para ser registrado por un censo oficial de Estados Unidos.
Trail pasó gran parte del resto de su tiempo en Chicago, supuestamente asociado con pandillas sicilianas locales por un abogado italoamericano con el que estaba familiarizado. A partir de entonces, Trail pasó sus noches socializando con pandilleros para obtener ideas para su novela. Trail publicó Scarface durante 1930. Aunque Trail nunca conoció formalmente a Al Capone, a quien se refería principalmente su novela, Capone pudo haber sabido de la obra.
Trail nunca vivió para ver terminada la película Scarface ya que en octubre de 1930 murió de insuficiencia cardíaca en el Paramount Theatre.
Scarface es la ficción icónica de uno de los mafiosos más conocidos de la historia: Al Capone. Sigue la dura crianza de Tony Montana en las calles de Chicago, donde un joven que no está dispuesto a contemplar una vida de pobreza tiene hambre de llegar a lo más grande. Tony ha crecido en un mundo donde cada gánster es un héroe y cada policía, un enemigo, por lo que su camino hacia el poder está pavimentado con fuerza y brutalidad.
Con solo dieciocho años, Tony mata a tiros al jefe de la pandilla Al Spingola, y esto es solo el comienzo de su intransigente viaje hacia el crimen organizado. Con el tiempo, se convierte en el hombre más poderoso y temido del inframundo de Chicago, disfrutando de un universo de opulencia, damas y peligro. Pero mientras Tony lucha por equilibrar una vida de violencia con un código de honor, Scarface finalmente demuestra una antigua máxima: el destino de aquellos que viven por la espada.
Scarface se publicó por primera vez en 1929 y sigue siendo una de las evocaciones más potentes de los orígenes de la cultura de los gánsteres estadounidenses que se haya publicado jamás, y una obra perenne de ficción de culto.
En las pantallas de cine
La obra también fue un gran éxito cinematográfico. Scarface (Caracortada, en Hispanoamérica; es una película estadounidense de drama criminal de 1983 dirigida por Brian De Palma y escrita por Oliver Stone. Se trata de una nueva versión del filme del mismo nombre de 1932 y cuenta la historia del refugiado cubano Tony Montana (Al Pacino), que llega sin un centavo a Miami en la década de 1980 y se convierte en un poderoso narcotraficante. La película está coprotagonizada por Steven Bauer, Michelle Pfeiffer, Mary Elizabeth Mastrantonio y Robert Loggia. De Palma dedicó esta versión de Scarface a los escritores de la película original, Howard Hawks y Ben Hecht.
Después de ver la cinta de 1932, Pacino se interesó en actuar en una nueva versión de la cinta y comenzó a desarrollarla junto al productor Martin Bregman. Sidney Lumet fue contratado inicialmente para dirigirla, pero fue reemplazado por De Palma, quien contrató a Stone para escribir el guion.
Scarface se estrenó el 9 de diciembre de 1983 por Universal Pictures. La película recaudó 45 millones de dólares en la taquilla estadounidense y 66 millones en todo el mundo. La recepción crítica inicial fue negativa debido a su excesiva violencia, lenguaje vulgar y uso gráfico de drogas.
Algunos expatriados cubanos en Miami se opusieron al retrato de los cubanos en la película como criminales y narcotraficantes. En los años que siguieron, los críticos la revaluaron al punto de ser considerada una de las mejores películas de gánsteres. Guionistas y directores como Martin Scorsese han elogiado la película y se la ha mencionado ampliamente en la cultura pop, así como en la música, cómics, programas de televisión y videojuegos. El filme ha llegado a ser considerado como Cult Movie, una película de culto.
Tony Guarino, que resultara el más audaz y famoso de los cabecillas de bandas de asaltantes en Norteamérica, no tenía más que dieciocho años cumplidos cuando cometió su primer crimen. Y la causa en cuestión, como tantas veces sucede, era una mujer.
¡Pero «qué mujer…»! Hallándose parado él en la oscura callejuela en la que estaba ubicada una puerta de hierro, salida de los artistas de un teatro de vaudeville de segunda categoría, podía Tony observarla detenidamente, sin ser visto. Era una mujer rubia, alta, de cabello dorado, cutis blanco y piernas largas y donosas. Desde su asiento en la platea había admirado muchas veces las piernas de aquella mujer mientras ejecutaba sus danzas, e invariablemente le causaban estremecimiento.
De repente se abrió la puerta de salida, inundando la vereda con un haz de luz amarillenta a través de la cual se notaba la presencia de un grupo de hombres de edad, vestidos de etiqueta, y varios jovenzuelos que aguardaban la salida de los artistas como si fueran lobos a la espera de su presa.
Casi enseguida volvió a cerrarse la puerta con un ruido sordo, quedando de nuevo oscuro el ambiente, mientras se abría paso rápidamente entre el grupo una mujer joven, consciente de las manos que se extendían para detenerla, brindándole invitaciones.
Efectivamente era ella. Nadie sino Vivian Lovejoy, acostumbraba usar aquel perfume singularmente fuerte y sensual. Tony se largó tras de ella, hacia las luces y el bullicio que le señalaban la dirección en que quedaba la calle.
Al llegar a la calzada se detuvo; era una figura de talle delgado y llevaba puesto un saquito verde muy llamativo y una pollera del mismo color, que aparte de ser demasiado corta le quedaba excesivamente ajustada, estando además sobrecargada de alhajas de fantasía.
Cualquiera la habría reconocido en cualquier sitio, en razón de la peligrosa seducción que ejercía, pero Tony la consideraba una mujer maravillosa, digna de ser venerada.
Se adelantó hacia ella y se quitó el sombrero para saludarla. Ése era un gesto que había aprendido en las películas, que eran el único maestro que tuviera.
— Buenas tardes, señorita Lovejoy — le expresó.
Al darse vuelta, ella le mostró esa cara que a él le parecía tan hermosa. No le era dable poder ver que esa tez era tan falsa como las mismas joyas que lucía; no podía tampoco ver los estragos que la disipación había hecho en ella y que hábilmente disimulaba mediante el empleo de cosméticos; tampoco se daba cuenta de las patas de gallo que tenía alrededor de esa atractiva boca, ni del vicio que evidenciaba su desproporcionada nariz. Al posar su vista en él se notaba con qué desprecio lo hacía, y cómo chispeaban extrañamente sus ojos verdosos en aquel momento.
— ¿Usted de nuevo? — le preguntó, sorprendida.
— No, pero sin embargo… — le respondió Tony creyendo hacer un chiste — me propongo seguir viniendo todas las noches hasta que me conceda una entrevista.
La muchacha, por toda respuesta le sonrió melancólicamente, expresando algo que no llegó a comprender, porque parecía más bien un gruñido.
— No puedo concebir el atrevimiento que demuestra usted.
Se dirigía a él como si lo hiciera desde el escenario, pero su forma de expresarse llegó al corazón de Tony, a través de sus ojos verdes, cuando le respondió sarcásticamente:
— ¡Fíjense en el pretendiente que quiere una cita conmigo y ni siquiera tiene un auto! ¿Sabe usted, acaso, quién es mi pretendiente?
— No lo sé, y no tengo tampoco interés en saberlo — respondió Tony en forma despreciativa.
— ¿No sabe usted que me voy a comprometer con Al Spingola?
Toda la fogosidad de Tony desapareció como por encanto. Al Spingola era por entonces uno de los más importantes miembros de una banda de asaltantes de la ciudad. Era hombre sin escrúpulos y adinerado. Tenía a sus órdenes a unos rufianes que le eran adictos, porque le temían y les pagaba bien, y además por su fama de guapo infalible; donde ponía el ojo ponía la bala. Era, en todo sentido, un individuo temible.
— No me parece que sea tan guapo… — le replicó Tony, desdeñosamente.
— Tal vez no sea así — admitió Vivian — pero por lo menos puede darle a una muchacha algo más real y más apetecible que besos… Cuando usted, pibe, logre reunir bastante dinero y un auto lujoso, entonces sí, véngame a ver, y tal vez le lleve el apunte.
Sonriéndose sarcásticamente se adelantó y ocupó una soberbia «limousine» que en ese momento se acercó velozmente, guiada por una persona de su amistad. Tony se lanzó en pos de ella, pero al reconocer al que tenía el volante entre sus manos se detuvo. ¡Era, en efecto, Al Spingola!
Hombre fornido, de cutis moreno, ojos marrones, insensibles y temerarios; boca cruel, formada por labios gruesos y bestiales. Vestía un elegante traje gris y en su corbata lucía un enorme diamante.
Como era sabido por todos, la parte a la que atribuía más importancia y que nunca faltaba en su vestimenta la constituía un revólver Colt, que pocas veces salía a relucir, pero cuando ocurría esto podía tenerse por seguro que alguien también había sentido su efecto.
Tony se dio cuenta de que atreverse a dirigirle una sola palabra más a Vivian en ese momento le acarrearía una muerte segura, no precisamente tal vez en ese acto, puesto, que había mucha concurrencia; pero que se podría considerar en capilla sí, y tenerlo por seguro que no pasarían muchos días antes de que se descubriera su cadáver en algún callejón o en alguna zanja.
Spingola le echó una mira fulminante a Tony mientras la muchacha subía al auto, y éste se sentía como pez fuera del agua cuando el vehículo, bramando, se alejó a toda velocidad. Spingola tenía por norma invariable imprimir alta velocidad a su coche, tendiente a anular las posibilidades de ofrecer blanco.
Tony se quedó ensimismado observando al auto que iba ganando distancia; se colocó la gorra y encendió un cigarrillo. Enseguida se encaminó a un café-billar, a la vuelta de la esquina, que era el lugar de sus citas, y se sentó allí sobre uno de los altos bancos a resolver ese reciente incidente, el primero que le había ocurrido en su vida adulta. A pesar de no poseer cultura, tenía una inteligencia vivaz y de rápida reacción. En esta ocasión, sin embargo, se sentía deprimido y anulado, en razón de esa primera gran pasión que le roía. Por supuesto que había estado inmiscuido en innumerables asuntos con las chicas de la vecindad — ningún buen mozo como él lo era podía haber evitado ese asedio — pero ninguna de ellas logró satisfacerle; aspiraba a algo más que a la hueca y meramente física emoción que le brindaban esas jóvenes. Representaba tener mucha más edad de la que en realidad tenía, al igual que todos los jóvenes criados en ese ambiente. Cualquiera le hubiera dado veinticinco años al observar sus chispeantes ojos, su cínica boca, y sus bien desarrolladas mandíbulas, que formaban un marco adecuado a sus tersas mejillas. Tenía un conocimiento más cabal del género humano que el que adquiere la mayoría de los hombres en el curso de toda una existencia. Era un individuo que, caído de buenas a primeras en cualquiera ciudad del mundo, no habría de faltarle de comer ningún día, pero no porque tuviera que procurárselo mendigando o hurtándolo. Consideraba que eso era propio de gente carente de cerebro, y despreciaba a los ladrones, en especial a la variedad «rateros».
— Oiga, Tony — le susurró malhumorado uno que se hallaba sentado a su vera.
Tony alzó la vista, observando a un tipo con cara de ratón, que tenía puesta una mugrienta y arrugada gorra a cuadros.
— ¿Qué quiere? — le inquirió Tony fríamente.
— Entre los muchachos hemos decidido ir a asaltar una estación de servicio — le respondió su interlocutor — ¿Quiere acompañarnos?
— No.
— Nos repartiremos todo en partes iguales.
— ¡No, he dicho! No arriesgo que me pongan preso por un par de dólares.
— ¡Oh!… con seguridad que nos tocará más. En esos sitios nunca hay menos de cincuenta o sesenta dólares en caja, y no somos más que cuatro a repartirnos lo que consigamos.
— ¡Raje de aquí antes que le encaje un bollo! — gruñó Tony.
El tipo se alejó refunfuñando. Para todos los otros muchachones que rondaban por allí y haraganeaban en el cafetín, Tony les resultaba un enigma. Nunca llegaron a intimar con él como acostumbraban a hacerlo entre sí. Parecía más bien por dejadez que por ningún propósito, deliberado; se daban cuenta de ese ostracismo disimulado, y él también, pero nadie sabía a qué atribuirlo.
Un psicólogo posiblemente habría adelantado la explicación de que obedecía a la inteligencia superior que denotaba Tony, en comparación, y que era la diferencia entre un hombre predestinado a ser jefe, y otros que no podían aspirar sino a ser ejecutores de órdenes.
La mayoría de estos muchachones de barrio hacían todas las noches incursiones ilegales, nunca por cierto en su barrio, porque eso habría irritado al jefe de la banda, dado que cuando hacían depredaciones en barrios extraños y alguno de ellos era tomado preso — por casualidad — el propio jefe se presentaba a las autoridades pregonando la buena reputación de que gozaban los muchachos en su barrio, ayudándolos en esa forma a recobrar la libertad. Luego, en día de elecciones, todos estos pilletes, no solamente votaban quince o veinte veces, sino que salían en patotas por los alrededores amenazando a todo el mundo con tomar represalias si el jefe no fuera reelegido por amplia mayoría. Sucedía en consecuencia que la gente, dándose cuenta cabal de la efectividad de estas amenazas, invariablemente reelegía el caudillo, a pesar de saber que era un viejo asesino.
Tony siempre rehusaba tomar parte en estas incursiones nocturnas — «pequeñas raterías», como despreciativamente las calificaba — no le interesaban.
Soñaba con ser «algo grande»; llegar, tal vez, a ser caudillo político, era su aspiración. Tenía ansias inconmensurables de mando, de poder y de riquezas, y se proponía conseguirlas todas, costara lo que costase.
En el ínterin, y a pesar de carecer de empleo fijo, como era voz corriente, rehusaba invariablemente y con firmeza plegarse a las incursiones criminales que primaban en aquel ambiente, y, sin embargo, vestía mejor que ellos y aparentaba tener todo el dinero que le hacía falta. Muchos de los muchachos se hacían cruces al respecto, pero ya que él no ofrecía explicación alguna sobre el particular, era probable que nunca se aclararía el misterio, porque en esa barriada nadie se atrevía a indagar el origen de las rentas, ni aun del más íntimo amigo, y Tony no tenía tales amigos.
De repente se produjo un alboroto en el cafetín, y algunos hombres corpulentos hicieron su aparición; varios de los parroquianos ensayaron escabullirse por una puerta privada en el fondo, pero les fue frustrado tal propósito, puesto que había tomado precauciones en tal sentido otra patrulla policial.
Naturalmente, eran empleados de investigaciones que habían irrumpido para echar un vistazo a la concurrencia.
Sabiéndose no buscado, Tony miraba ligeramente divertido la escena que se produjo, no exenta de virtud para él, mientras los detectives hacían una requisa a través del salón, pobremente iluminado y lleno de humo, palpando de armas, haciendo preguntas y en ocasiones asestando un revés en la cara de algún malandrín que pretendiera responder irrespetuosamente. Como ya se lo había figurado, no lo molestaron a él en lo más mínimo, de lo cual se vanagloriaba en su interior.
— Ese muchacho está bien — expresó alguien, en quien reconoció al comisario Grady, de la comisaría local — Es hermano de Ben Guarino.
— Eso no representa nada para mí — le respondió un hombre con porte de luchador, ojos impasibles y escrutadores, cuyos modales agresivos lo sindicaban como oficial del Departamento Central de Policía.
— Pero sí representa para Tony — interpuso Grady — nunca hemos sentido decir que estuviera al margen de la ley, sea en esta comarca o en cualquier otra.
— Gracias, mi teniente — sonrió Tony — ¿Me permite obsequiarle con un cigarro a usted y a los muchachos?
Todos sonrieron ante la ocurrencia; no había entre ellos ninguno que no pudiera representar ser el padre de él, y sin embargo los llamaba «muchachos», y les agradaba el apodo. Con todo el equilibrio y serenidad de un juez en su propio distrito, Tony condujo al grupo de oficiales al salón de billar y les invitó con cigarros a todos. Enseguida se cambiaron efusivas buenas noches y se ausentaron.
Tony había ya aprendido las múltiples ventajas derivadas de tener una buena amistad con la policía. También sabía la ascendencia que ejercía poniéndolos en compromiso con él por una bicoca, como resultaban ser, al fin y al cabo, unos cuantos cigarros.
Tenía por costumbre aceptar muy contados favores, pero si se encontraba en el trance de aceptar uno, lo devolvía con creces, transformando su deuda con cualquiera, especialmente con la policía, en una deuda para con él. Su mente y alma eran la de un avezado político.
De pronto se apercibió Tony de que la atmósfera cargada de humo de un salón de billar y ese ambiente habían sido la causa del fuerte dolor de cabeza que tenía, y decidió regresar a su casa.
A excepción de ocasionales oasis que representaba el salón de billar ése, todo el barrio era más bien un desierto lóbrego y desaseado. La iluminación en las calles era poco frecuente y la poca que había era muy antigua, y su chisporroteo hacía pensar en esa gente que hace mucho ruido y no lleva nada a cabo. No había llovido esa noche; sin embargo, se respiraba un ambiente de humedad.
Los viejos y oscuros edificios que bordeaban las angostas y sucias calles tenían sus ventanas bajas del primer piso entarimadas, semejando así tener sus ojos cerrados. Una de las calles servía de lugar de estacionamiento de los carritos a mano de los puesteros de la feria, y de día, en consecuencia, estaba atestada de cajones, papeles, y montones de residuos malolientes. De vez en cuando acertaba a pasar por allí algún individuo que andaba rondando o era, indudablemente, perseguido por la policía y buscaba refugio en ese lugar.
Con muy poca frecuencia solía pasar uno que otro auto, y siempre a todo escape; cuando esto sucedía, el ruido que provocaba se sentía en varias cuadras a la redonda, dada la quietud del barrio.
Campeaba en el ambiente una amenaza perenne, algo indefinido y raro, que hacía que los extraños que transitaban y que fueran impresionables miraran por encima de los hombros a cada rato, sin causa justificada.
Tal era el marco de este reino de los gangsters; su foco de reproducción, su escondite y uno de sus principales lugares de ronda. Era éste el barrio en que Tony había vivido, no habiendo conocido otro ambiente que éste. Pero no podía entrever que un cúmulo de circunstancias, cuyos entretelones le resultaban demasiado difíciles de comprender aún, había estado gradualmente moldeado en forma imperceptible su destino, desde el día mismo de su advenimiento al mundo, y por todos estos factores le resultaba sumamente arduo librarse de ser gangster, al igual que lo fuera a un príncipe heredero el abstraerse de ser rey.
Tony llegó por fin a la casa paterna, un almacencito de barrio que regenteaban los padres y en cuyo piso superior vivía la familia; introdujo la llave en una portezuela que daba al fondo y subió la rechinante y sucia escalera desalfombrada. Había una luz en el comedor, que servía a la vez de sala.
Sentado sobre un viejo sillón-hamaca que había sido remendado con alambres se hallaba Ben Guarino, leyendo el diario, teniendo levantadas sus piernas en forma horizontal, y los pies, que calzaban unos pesados botines negros de punta cuadrada, los tenía posados sobre el mugriento mantel a cuadros colorados y blancos.
Sobre otra desvencijada silla tenía colgado su cinturón-cartuchera, en la cual se hallaban, además de su revólver en la pistolera, su uniforme azul y su gorra.
Al entrar Tony, le echó un vistazo Ben. Era un individuo morrudo, de unos veinticinco años, con una boca brutal, lo mismo que la mandíbula, y unos desafiantes ojos oscuros que por lo común chispeaban en funesto augurio.
Tony admiraba en silencio a su hermano, y por diversos motivos que no divulgaba tenía el presentimiento de que Ben iba abriéndose franco camino de éxito en la carrera policial. Para Tony, la única diferencia que existía entre un policía y un gangsterresidía tan sólo en la insignia. Ambos surgían de una misma vecindad; tenían más o menos el mismo grado de educación e ideas; generalmente se conocían antes y después que cada cual tomara su camino divergente, y siempre mantenían camaradería, si los gangsters poseían suficiente dinero.
— ¿De dónde vienes tan tarde? — demandó saber Ben, en forma violenta.
— ¡Qué demonios te importa! — respondió Tony; y luego, recordando el favor que tenía premeditado solicitar a Ben, se volvió amable — No quise ofenderte, Ben, pero tengo un horrible dolor de cabeza.
— Seguramente que has estado junto con los secuaces de O’Hara otra vez.
— Bueno, pero un tipo tiene forzosamente dónde poder ir a pasar la tarde. Y el único sitio es algún «dancing», con una punta de esas tontas y groseras tipas.
— Te estás mostrando selectivo ahora con tus mujeres, ¿eh?
— Sí, bueno; eso está bien — respondió Tony sonriendo.
— No hay nada que lo lleve a un hombre más pronto al encumbramiento, como así también a hundirlo en el abismo, como una mujer tozuda que lo esté continuamente incitando. — Inclinándose hacia adelante en el sillón, de repente golpeó el piso con los dos pies a la vez, mientras horadaba los ojos de su hermano y le preguntaba — ¿Qué es eso que oigo decir que le estás llevando paquetes a otros por indicación del mulato Joe?
— Bueno, ¿y qué de eso?
— ¿No sabías tú que esos paquetes contenían drogas?
— No, no lo sabía, pero ahora que lo sé, le va a resultar más caro a él.
— Tienes que dejar esa changa a un lado.
— Muy bien. Supongo, sin embargo, que algún policía te ha informado de eso. Puedes tener esa satisfacción si lo deseas. Tengo otras cosas en que me puedo ocupar.
— Sí, supongo que tienes — le replicó secamente Ben — de acuerdo por lo menos con lo que oigo decir.
— ¿De manera que has estado a la pesca, allí en el garito de Miky Rafferty, también?
— Sí, ¿por qué no? Ésa es una manera honesta de conseguirse uno algunos pesos.
— ¿Te agradaría que, en cambio, me dedicara a asaltar a los copetudos, como el resto de los tipos del barrio?
— De ninguna manera, Tony — e inclinándose adelante en el sillón, empezó a hablarle aconsejándole — No te mezcles en nada serio, Tony, porque eso repercutiría en mi persona en el Departamento Central: hasta te diré, me arruinaría.
— No te preocupes por mí, que nada haré que te moleste. Tienes tú bastante con cuidar tus propios pasos.
— ¿Qué me insinúas con eso?
— Nada — replicó Tony sin darle mayor importancia, y se sonrió, jactándose del repentino temor que evidenciaba su hermano — Eso es sólo una amigable advertencia de un individuo que sabe algo más de lo que tú piensas.
— ¿Quién? — demandó saber Ben, en forma áspera.
— Yo. — Tony sonrió de nuevo entre dientes y sacudió con el dedo la ceniza de su cigarrillo sobre el piso — Dime, Ben, ¿me prestarías tu auto mañana a la noche?
— No; lo preciso yo. Es la noche que tengo franco.
— ¿Y para pasado mañana?
— Tampoco. Probablemente te encontrarías en alguna dificultad con él. Los niños y los autos no van aparejados.
— Muy bien, ya tendré uno propio dentro de poco, y me propongo conseguirlo tan fácilmente como has conseguido tú el tuyo.
Con lo cual Tony se retiró a dormir, dando un golpe a la puerta tras de sí. No se explicaba a satisfacción cómo un individuo que no ganaba más de ciento cincuenta dólares por mes podría darse el lujo de adquirir honestamente un coche que costaba tres mil dólares. Pero reflexionaba que todos los oficiales de policía poseían grandes coches, y ciertos capitanes en el gremio hasta eran dueños de varios departamentos y se daban el lujo de enviar a sus hijos a los mejores colegios de Europa.
La extraña quietud que momentáneamente embargaba el ambiente del hogar de los Guarino a esta hora de la madrugada le resultaba confortante a Tony. Era el único período de las veinticuatro horas que podía pasar en casa tranquilo, sin tener la obsesión de creer que se enloquecía. El resto del tiempo era puro ruido, ruido, ruido.
Se preguntaba si los hogares de la demás gente resultarían tan repelentes y poco acogedores como el suyo; todos los que había visto hasta ahora lo eran.
Se desvistió rápidamente metiéndose en la sucia cama que compartía con su hermano Ben.
Quería encontrarse ya dormido para cuando entrara Ben al dormitorio, a fin de evitar una discusión. Pero tenía la mente revuelta y no podía desechar de su cabeza el recuerdo de Vivian Lovejoy. El solo hecho de pensar en ella le producía escalofríos, y se quedaba temblando con anticipación.
Se había propuesto «conseguirla», y nadie iba a entorpecer sus propósitos, ni aun el mismo Al Spingola.
El hecho de que la mujer que a él se le había antojado perteneciera a otro, no hacía la menor diferencia en la apreciación de Tony. Toda la vida era una batalla y el más fuerte o el más hábil se llevaba lo mejor. De cualquier manera, recordaba que ella le había manifestado que lo tendría en cuenta, y consentiría en hablarle toda vez que tuviera un auto y bastante dinero.
Bueno, el hecho es que tenía ya dos exigencias, y se proponía regresar a estacionarse frente a esa puerta de salida de los artistas mañana mismo a la noche.
Exactamente a las 22:30 horas, la noche siguiente, Tony Guarino hizo su entrada en la oscura callejuela que conducía a la pequeña puerta de hierro de salida de los artistas del charro Teatro de Variedades.
Fanfarroneaba un poco al caminar. Se sentía grande, poderoso e importante en sí, provocado en parte por el hecho de haber visitado tres salones de bebidas en el trayecto, lo cual le había enervado el espíritu, y aparte de esto se sentía dispuesto a jugarse el todo por el todo.
Estacionó contra el cordón de la vereda y frente a la puerta un elegante, veloz y costoso auto «sport», que de común era empleado en empresas más arriesgadas. Lo había alquilado para esa tarde, sin saber por qué. De acuerdo con la tesis de los más avezados del gremio, robar un coche era un acto criminal tan fácil de cometer como lo era igualmente zafarse de sus consecuencias. Era por lo general la manera como había empezado a delinquir el noventa por ciento de los criminales. Pero no iba a permitir el que lo atrapara la policía la primera vez que Vivian le había honrado con su compañía — porque se había propuesto que ella lo iba a acompañar esa noche, aunque no lo supiera ella aún — de manera que había alquilado el auto para esa emergencia.
En el bolsillo derecho del pantalón tenía una abultada billetera que contenía doscientos dólares, que representaba todo el capital que poseía en el mundo. Había acondicionado los billetes de manera que a primera vista resaltaba un flamante y crespo billete de 100 dólares, que servía de «envoltorio» de los demás. En el interior del paquete había algunos billetes de cinco dólares, pero la mayoría la constituían billetes de un peso, y así el rollo daba la impresión de ser diez veces mayor que su valor real.
De manera que se había preparado para entrevistarla con todos los requisitos que le había exigido ella. Pero aparte de esto, tenía él dispuesto algo más. En el bolsillo del lado derecho de su saco sport había cargado un imponente revólver de acero azulado que había adquirido aquella tarde. Era la primera vez que cargaba revólver y gustaba de la emoción viva que producía. Sentía que le infundía seguridad, poderío, e igualdad con todo el mundo.
Sí, con este revólver en el bolsillo se sentía a la par de Al Spingola. De esta manera Tony se infundió exaltación y gran coraje. Pero en el fondo de su alma se hacía esta reflexión: ¿cómo se las compondría si tuviera por ventura que enfrentarse en un duelo a muerte con Spingola?
Vivian salió caminando alegremente y un poco más temprano que de costumbre, seductora y perfumada como siempre, y llevando un enorme sombrero de ala ancha que realzaba su belleza.
— ¡Bendito sea Dios!… — exclamó ella, cuando lo vio — El corderito de Mary, de la fábula, me sigue de nuevo.
— Ya lo creo — sonrió entre dientes Tony — Y tengo el coche y un montón de dinero, como me lo exigió usted, y aquí estoy.
— ¿De veras? Bueno, con eso, Johnny sube a ser el primero de la clase.
De repente Tony cambió de fisonomía y simultáneamente la tomó resueltamente del brazo.
— Oiga, nena, no trate usted de mofarse de mí — gruñó — Usted y yo vamos a ir a bailar juntos esta noche.
— ¿No diga?
— Así es; de manera que lo mejor es que se resuelva a ello enseguida, y me acompañe.
— Bueno — le respondió resignada — como no tengo que verme con Al hasta mañana a la noche, supongo que podré aventurarme con usted ahora. Lo que si no quiero que nadie nos pueda ver para que no le lleven el cuento a él — dijo estremeciéndose un poco — Usted sabe, pibe, que Al es peligroso, de manera que sería prudente que fuera usted solo en el coche hasta la intersección de las calles Talbot y Sangamon y me espera allí. Yo tomaré un taxi y estaré allí dentro de cinco minutos.
— ¿Supongo que no piensa defraudarme?
— De ninguna manera. Estaré allí.
— Es lo mejor que puede hacer — le respondió ásperamente Tony — o estaré de vuelta mañana a la noche, alarmando el barrio con tiros a diestra y a siniestra.
Se metió en su auto y salió bramando, sintiendo un aire de importancia, y aguardó en la esquina convenida con nerviosidad, murmurando maldiciones y amenazas. Pero no tardó en aparecer ella y prontamente se ubicó al lado de él. Los angostos confines del auto hicieron que sus piernas rozaran con las de Tony desde arriba hasta abajo, en todo el largo, lo que lo hizo estremecerse. Cuando de repente lo miró ella con una extraña mirada de sorpresa en esos ojos verdes, sabía Tony que le había ella palpado el revólver.
— No se asuste, nena — sonrió como infundiéndole confianza — No haré uso de él a no ser que me vea obligado a ello.
Se dispusieron ir a cenar a un restaurante del barrio Norte, justamente indicado por su discreción. Sentados uno frente al otro en un pequeño comedorcito reservado en el segundo piso, apetecieron una fina y costosa cena y dos botellas de champaña.
Aquéllos eran los días felices en que era posible conseguir un champán auténtico en casi cualquier restaurante.
Terminada la cena y ya con sólo una botella y vasos sobre la mesa, Tony arrimó su silla al lado de la de Vivian. Había progresado bien y a satisfacción, habiendo llegado al grado en que emitía unos largos soplidos hacia arriba como quitándose los cabellos de los ojos.
— Bueno, piba, ¿cómo te encuentras? — le preguntó Tony, a la vez que trataba de tomarle las manos.
— Como calurosa — le respondió con una risita falsa.
— Y yo lo mismo.
Cuando la llevó a su casa a las cinco de la mañana, le dio ella unos cuantos besos al despedirse, y se apeó del auto con un hondo suspiro.
— Nene, tú sí que sabes querer — le manifestó débilmente, y vacilante entró en su modesta pensión.
Tony se levantó recién a mediodía. Se afeitó rapidamente, cubriéndose luego la cara abundantemente con talco, lo que ayudó en gran parte a quitarle ésa fisonomía de trasnochador que tenía. Sentía una curiosa sensación de júbilo en su alma.
Por fin — pensaba en su interior — había llegado a dominar una verdadera mujer de más edad que él, y más avezada. El anhelo de poder se le transformó ahora, como cosa casi irresistible, en frenesí. El hecho de que las circunstancias y las condiciones se le presentaban de tal manera que no tenía derecho a pretender poseerlo, hizo que lo deseara más aún.
Su hermana Rosie, una hermosa chica de dieciséis años, le preparó el almuerzo.
Los otros seis chicos se hallaban en la escuela. Comió apresuradamente y en silencio. Tenía mucho por delante para hacer ahora. Haciendo rechinar la escalera, bajó la misma su madre, cuya enconada voz le llegó a los oídos. Vaciló un momento, y luego entró al negocio mostrándose hosco y desafiante.
La señora de Guarino era una mujer italiana de cincuenta años; estaba siempre agazapada, y con un cuerpo que parecía una bolsa flojamente rellena, y atada en el medio, arropada con un deshabillé gris desaliñado y sin línea, y cuya cintura era invisible vista de frente, por la razón de que sus senos colgaban encima.
Tenía un largo cabello gris levantado sobre la cabeza y que terminaba en un rodete. Pendían de sus orejas unos aros redondos y simples, de oro, cuyo peso venía ya casi cortándole la punta de los lóbulos. A pesar de su fealdad y apariencia hosca, sus facciones eran puras, denotando una inteligencia innata y honestidad.
Era esta señora Carlota Guarino, una buena ciudadana. Si acaso, pudiera haber hecho que sus hijos resultaran siquiera tan buenos como lo eran ella y su esposo, pero eso era imposible, aunque ella no comprendía por qué, ni ellos tampoco.
— ¿Dónde estuviste, que has regresado tan tarde? — le preguntó a Tony en italiano, toda arrebatada — Eran pasadas las cinco de la mañana cuando entraste.
— Ah… Estuve tratando negocios con una persona — le respondió Tony, en inglés.
— ¿Qué clase de negocios podrías tratar a esa hora de la mañana? — le volvió a preguntar en italiano — Debes regresar a casa temprano, ¿me entiendes? Sé un buen muchacho como Ben y no nos metas en asuntos raros.
— Muy bien — asintió Tony y se alejó rápidamente, aliviado de haber podido escapar con un sermón tan corto.
Ésa era la forma usual de las entrevistas que sostenían: reproches, recriminaciones y consejos.
A ella y al padre de Tony siempre les sobraban cosas para decirle que no debiera hacer. Nunca se le ocurrió a él que estaban tratando ellos de implantarle su propio código de ética y honestidad, pero la crudeza con que se expresaban siempre desnaturalizaba su propósito. Aun si hubiera comprendido el fin que perseguían no lo habría aceptado. Porque aunque amaba a sus padres con el impetuoso amor propio de los latinos, no comulgaba con sus ideas. Existían muchas razones lógicas para ello — su dificultad de aprender el inglés correctamente, su incapacidad de mantenerse con el ritmo de los tiempos y del país en el cual vivían, su atolondramiento — aun después de veinte años de convivencia en el gran país que habían elegido para formar su nuevo hogar. El hecho es que a pesar que el padre trabajaba todo el día y el que su madre regenteaba el pequeño negocio, apenas llegaban a solventar las necesidades diarias para su vasta familia. Be manera que se preguntaba Tony, ¿por qué debiera aceptar sus ideas sobre ética?
¿Qué provecho les había dado a ellos esa forma de pensar? Tony no tenía pensado malgastar toda su vida en esa forma de vivir; tenía premeditado llegar a ser «algo grande». De esta manera, un hogar decente, honrado, como lo era ése, había producido otro gangster más, tan inevitablemente como una ostra produce su perla.
Había, sin embargo, otros hechos que naturalmente influían para hacer de Tony un gangster. Su desprecio por la ley, por ejemplo. Su primer contacto a este respecto lo tuvo ya a los seis años de edad, cuando sintiendo hambre en una ocasión robó una pera del carrito de un verdulero ambulante, y un policía lo había perseguido. De manera que desde el principio interpretaba que la ley era más vale un enemigo y no un protector; algo así que se interponía entre él y la fructificación de sus deseos.
Su asunto con Vivian parecía haber cristalizado todo esto dentro de él para llevarlo a pensar y actuar con una crueldad y al margen de la ley, hasta ahora desconocida para él.
De un puesto telefónico en una farmacia de una esquina, la llamó a Vivian a su modesta pensión.
— Hola, querida — le dijo de entrada — ¿cómo te encuentras?
— No tan calurosa — le respondió lánguidamente — Pareció que ella recién se despertaba.
— Yo también me siento medio cansado — debo admitirlo — pero fue una gran noche; de manera que…, ¡qué importa! ¿No es cierto?
— Así es — respondió ella con desgano.
— Oye, Vi…, no te olvides que tenemos una cita esta noche otra vez.
— Pero, es que debo verme con Al, esta noche — le respondió.
— ¡Que vaya al demonio Al! — estalló violentamente Tony — No permitiré que lo veas más. ¿Me entiendes bien, nena? Y si se siente ofendido y se hace el guapo yo me encargaré de él. Puedo juntar tantos tipos para un encuentro como lo puede él. De manera que no te preocupes. Trata de salir lo más temprano que puedas esta noche, y espérame en la misma esquina que ayer. Y cuídate de no faltar nena, que si no sabrás las consecuencias.
El resto del día lo empleó Tony pasando revista a todas sus pandillas y formas de hacerse de dinero con poco trabajo, seleccionando cuidadosamente algunos medios que había descuidado un poco de un tiempo a esta parte, y dando los retoques necesarios a otros procedimientos completamente nuevos, que no había aún ejecutado, pero que sabía de antemano que no eran populares con sus clientes maldispuestos pero que se proponía hacer que le rindieran provecho a él.
De aquí en adelante sólo podían interesarle proposiciones de asalto de una naturaleza altamente provechosa, porque tenía el presentimiento de que Vivian iba a resultarle un lío muy costoso.
