Segundos - Ian Mors - E-Book

Segundos E-Book

Ian Mors

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Beschreibung

¿Quién escribe la historia? Se cree habitualmente que la historia está marcada por personajes famosos, políticos y miembros de la realeza entre otros. Sin embargo, esto no siempre es así. Esta novela narra los segundos previos a siete sucesos que marcaron el Siglo XX y parte del siglo actual. Los protagonistas no esperaban encontrarse envueltos en los sucesos que los rodearon. No obstante, lejos de escapar de la situación por temor, enfrentan el peligro y se convierten así en personajes históricos no reconocidos por las versiones oficiales de estos eventos. Con gran cuidado por el detalle, el autor narra estos sucesos proporcionando fechas, lugares y hasta calles que realmente existen y existieron; dándole así a la novela un tono histórico que bordea constantemente la línea entre la ficción y la realidad. ¿Habrán existido realmente estos personajes? ¿Existirá alguna conexión entre estas historias, o son meramente producto de una desafortunada serie de eventos inolvidables?

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Seitenzahl: 113

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Alegre, Juan Antonio

Segundos / Juan Antonio Alegre. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

112 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-338-2

1. Narrativa Argentina. 2. Relatos. 3. Relatos Históricos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Alegre, Juan Antonio

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Agradecimientos

A mi madre y correctora principal, cuyo amor, apoyo incondicional y ojo clínico hicieron posible este sueño.

A Maira, por haber creído siempre que era posible lograrlo, y haber sido una importante fuente de inspiración a cada paso de esta novela.

A mi hermana Milagros, por su habilidad y talento para darle vida a la tapa y contratapa de este libro.

Al resto de mi familia y amigos, porque qué sería de nosotros sin aquellos que nos sanan el alma.

Al equipo de Tinta Libre, por su paciencia y guía en todo el proceso.

PRÓLOGO

En un segundo. Así cambia la vida. Todo sucede en cuestión de segundos. Desde el inicio de la historia y hasta el fin de los tiempos, todo ocurre de un segundo a otro. A veces parece que se necesitan años o décadas para notar que algo cambia su estado. Lo que desconocemos es cuál fue el punto de partida, y en qué momento preciso sucedió.

Las historias que les compartiré a continuación pueden o no ser reales. Los sucesos históricos en los cuales se ven envueltos los protagonistas pueden ser puestos en duda por muchos, pero es innegable que los hechos que las rodean y sus resultados han sido motivo de cientos de especulaciones y conjeturas que esconden un punto, una necesidad: creer que todo tiene un origen y que nada sucede simplemente porque sí. Lo cierto es que todas y cada una de ellas narran la historia de personas comunes y corrientes, seres humanos que de un modo u otro tuvieron incidencia, directa o indirectamente, en eventos que marcaron la historia de los países en los que sucedieron. En algunos casos, incluso, sus resultados tuvieron efecto en todo el planeta. Es cuestión de segundos, siempre de segundos. De estar en el lugar correcto, a la hora indicada —en el mejor de los casos— o bien, en el lugar incorrecto, en el momento menos oportuno.

Sin duda, estas historias narran sucesos históricos, pero por sobre todas las cosas, narran segundos determinantes en la vida de sus protagonistas. En algunos casos, la tristeza impregna sus finales; en otros, la felicidad y el alivio de lo que no fue. Otras veces la incertidumbre se apodera de la escena, dejando preguntas sin responder que tal vez algún día tengan una explicación coherente. Cada una de ellas nos muestra un camino, una línea. Será tarea de ustedes poder encontrar esa línea. Tal vez sean simples historias separadas, sin relación aparente, rodeadas de coincidencias dispares —a veces afortunadas, otras no tanto— pero también es posible que entre ellas haya algo superior. Algo más fuerte, una conexión que no se puede distinguir a simple vista pero que al final de todo, tal vez, tengan un hilo conductor. Los invito cordialmente a viajar a cada lugar, a cada momento en la historia, a cada segundo. Al fin y al cabo, son solo segundos, solo eso se necesita…

Segundos

CAPÍTULO I

Dallas, USA | 21 de noviembre de 1963

Aquella semana había sido muy cambiante. Si bien todavía no había llegado el invierno, las temperaturas eran cada vez más bajas. Aun así, esa mañana había comenzado particularmente cálida para esa época del año. El sol brillaba en lo alto y el sargento Walters sabía que era un día especial. Su día libre era para disfrutar en familia, pero luego de que él y Tiff, se divorciaron, las cosas habían cambiado bastante. No era fácil tener a los niños en otra ciudad. Si bien Fort Worth solo se encontraba a unos treinta minutos en coche hacia el oeste, el hecho de que se hubieran mudado con su madre a la casa de sus abuelos era algo que le costaba aceptar.

Ya llevaban unos cinco meses separados y aprovechaba cada día libre que tenía para buscar a los niños y pasar el resto de la jornada disfrutando con ellos en Dallas. Ronnie, el mayor, era fanático del baseball. Si bien Texas no tenía aún una franquicia propia en las Grandes Ligas, él y Ronnie solían ver a los Chicago White Sox, quienes estaban transitando una de sus mejores temporadas en la élite. Aby, de seis años, era amante de los caballos. Su sueño era ser jinete de exhibición. De tanto en tanto hacían un corto viaje a una estancia en las afueras de Arlington, justo a mitad de camino entre Fort Worth y Dallas. Allí los Walters tenían algunos equinos muy bien cuidados, para que los niños se diviertan y se conecten con la naturaleza.

Esta vez todo eso debía esperar. Ese jueves no era un jueves cualquiera. Dallas estaba revolucionada aguardando la visita al día siguiente del presidente John F. Kennedy, quien se encontraba en plena campaña de reelección y había elegido esta importante ciudad en pleno corazón de Texas para mostrarse frente a su electorado. No era un dato menor ya que, si bien Dallas no es la capital del Estado de Texas, es probablemente la ciudad más importante en términos comerciales y políticos, por lo que su elección era estratégicamente acertada; especialmente teniendo en cuenta que este Estado había sido históricamente un bastión del Partido Republicano. La visita de un presidente demócrata en plena campaña de reelección suponía un desafío a una de las regiones más fuertes de sus oponentes. En esta ocasión, todos los oficiales del Departamento de Policía de Dallas habían sido puestos en rondas de patrullaje dado que era vital demostrar que la ciudad estaba lista para recibir un evento de tal magnitud. Después de todo, los ojos de toda la Nación —y del mundo entero— estaban puestos sobre ellos. Las transmisiones en vivo por radio y televisión eran moneda corriente, y la visita de un presidente suponía, cuando menos, que habría un centenar de periodistas ansiosos por obtener imágenes y declaraciones de quien era tal vez uno de los mandatarios más populares de la historia de los Estados Unidos.

El sargento Dean Walters tenía la responsabilidad de patrullar el centro de la ciudad, recorriendo Main Street. Sin duda, él y su compañero J. D. tenían un gran desafío por delante, ya que al día siguiente esa calle estaría repleta de camarógrafos, periodistas y ciudadanos exaltados por el paso nada más y nada menos de la caravana presidencial. Al fin y al cabo, era la avenida principal de la ciudad y serviría de escaparate para el presidente y su comitiva. Dean y J. D. llevaban trabajando juntos doce años y era habitual ver que la gente saludara a J. D. al grito de “JFK”, las siglas de Kennedy, debido al increíble parecido físico que tenía con el presidente. De hecho, sus compañeros también lo hacían. “Ten cuidado, si intentan dispararte, no voy a cubrirte” le había dicho entre risas Dean esa mañana. Todo parecía tan tranquilo que era difícil imaginar cuánta razón tendría…

Luego de largas rondas para visitar comercios, oficinas y departamentos a fin de verificar que todo estuviera en orden; Dean se dirigió al oeste con destino a Fort Worth. No podría pasar el día con sus hijos como hubiese deseado, pero al menos podría pasar a saludarlos por un rato. Aun cuando fuera poco tiempo, verlos sonreír y correr a abrazarlo, hacía que el esfuerzo valiera la pena. Esa noche estaban muy intrigados por el trabajo de su padre. “¿Vas a conocer al presidente, papá?”, investigó Aby. “Si alguien intenta atacarlo, ¿vas a dispararle?”, preguntó Ronnie con los ojos abiertos de par en par, mostrando cierta excitación por todo lo que tuviera que ver con armas de fuego. Dean se tomó el tiempo, entre las hamburguesas y el yogur helado, para explicarles todo lo que debía hacer su padre al día siguiente. Era claro que iba a ser una jornada histórica para todos.

De regreso a Dallas, llegó a su piso en Jackson Street y se desplomó en la cama. Había sido un día tranquilo pero cansador y sabía a ciencia cierta que el ajetreo al día siguiente sería aún mayor. Sin embargo, algo lo perturbaba. No sabía si era el haber podido disfrutar poco tiempo ese día con sus hijos, o la gran responsabilidad que le esperaba al día siguiente a él, a su compañero y a todo el departamento. Lo cierto era que la ansiedad lo mantenía despierto. Su cuerpo estaba agotado, pero su mente funcionaba al máximo. Se quedó mirando el techo por un largo tiempo hasta que el peso de los párpados fue insostenible y se rindió sin más.

Gritos. Corridas. Autos a toda velocidad. Disparos… Dean se despertó de un salto. Eran las 4:05 am. Se había dormido con el uniforme puesto. Tuvo un sueño extraño, agitado, tenso. Claramente, estaba muy condicionado por la tarea que lo esperaba en unas horas. Se quitó el uniforme, se lavó la cara e intentó dormir nuevamente. Ese sueño había sido intenso sin dudas, pero no debía darle importancia debido a que, de todas formas, su responsabilidad —y la de su departamento— se limitaba al orden público. La seguridad del presidente estaba en manos del Servicio Secreto, el FBI, y vaya a saber Dios cuántas organizaciones gubernamentales más. Era inquietante, es cierto, pero no tenía dudas de que todo saldría bien y que el mundo vería en Dallas una ciudad segura y confiable. Solo así, pudo conciliar el sueño otra vez y esta vez, descansar sin interrupciones.

La llegada del presidente Kennedy había sido una verdadera revolución. Era la mañana del viernes 22 de noviembre y el sol brillaba en lo alto una vez más. Definitivamente, los Kennedy conformaban una familia afortunada. No solo mostraban tener una vida aparentemente perfecta y mantenían vínculos con las más grandes estrellas nacionales e internacionales, sino que además todo les sentaba bien. Les había tocado la mañana ideal, la temperatura ideal, en la ciudad ideal. El público estaba exaltado. La movida estratégica de visitar un bastión republicano había sido verdaderamente acertada. Desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, cientos o tal vez miles de personas esperaban con ansias ver al presidente y su caravana, agitando fuertemente sus pequeñas banderas y pancartas al paso de la comitiva presidencial.

Dean se había encontrado con una sorpresa inesperada esa mañana cuando llegó a la central. Después de doce años de patrullar juntos, el comisionado había decidido que él y J. D. debían hacer su patrullaje por separado, “para cubrir mayor extensión de territorio” había argumentado. Si bien era cierto que habría mucha gente, el paso de la caravana no abarcaba una extensión tan amplia que justifique separarlos. Tomaron cada uno un coche, se desearon buena suerte y se despidieron a la salida de la central. J. D. partió en dirección hacia el sur, hacia la zona residencial de Oak Cliff. Dean por su parte, tomó el camino que había hecho el día anterior, patrullando Commerce Street y Main Street, por donde debía pasar la caravana presidencial. Al llegar allí, observó cómo cientos de personas eran redirigidas a Elm Street, una calle paralela a Main Street. Esto llamó poderosamente su atención ya que no era el recorrido que le habían informado. Se acercó a consultar a un compañero y éste le indicó que por algún motivo el Servicio Secreto había decidido tomar una calle más angosta. Tal vez creían que allí el presidente estaría menos expuesto.

Eran las doce y veinte del mediodía y el sol brillaba en lo alto. Luego de ayudar a los demás oficiales a reubicar al público expectante, Dean avanzó en dirección al oeste por Main Street. Desde allí se podía oír el bullicio de la multitud que aguardaba el paso de la comitiva presidencial. Antes de llegar a Dealy Plaza creyó ver algo extraño. Un resplandor. Como si la luz del sol rebotara sobre algo metálico a lo lejos, bajo el triple paso, donde se unían las tres calles más importantes de Dallas: Commerce, Main y Elm Street. Se acercó lentamente en el coche por la desierta Main Street. Podía oír a sus espaldas los gritos y aplausos de la gente. Indudablemente era una señal de que se acercaba el presidente, pero él estaba concentrado en otra cosa… ¿Qué era eso? ¿Qué hacía allí? A medida que se acercaba pudo comprobar con total sorpresa y horror sus sospechas. Un hombre fornido, joven, con aspecto militar, apuntaba con un rifle en dirección a la caravana. Primero pensó que sería un francotirador del Servicio Secreto, pero su rostro, su mirada, ese gesto adusto ilustraba el sentir de un hombre que había decidido hacer algo terrible, y estaba a punto de lograr su cometido. Dean tomó la radio para informar a la central, pero algo lo detuvo. Intentó hablar, pero las palabras no le salieron. Sintió que su visión se nublaba, las manos se le entumecían y su ritmo cardíaco se desaceleraba. Ese pinchazo en el cuello… ¿Quién era? ¿Por qué no lo vio venir? Lo último que oyó antes de caer adormecido por completo fue un estallido. Tres, o tal vez cuatro. No lo pudo distinguir. Los gritos de pánico de la gente se perdieron a lo lejos. Doce y treinta marcaba el reloj de la patrulla. El sargento Dean Walters había visto algo que no debía ver, pero ya no sería un problema.