Seis copas - A. J. Villén - E-Book

Seis copas E-Book

A. J. Villén

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Beschreibung

Aulo Licinio Martínez Buñuel, alias el Lichi y natural del granadino pueblo de Azumejo, termina preso en una lejana y lúgubre cárcel rumana. Ansía salir de ese tugurio. ¿Cómo? Una antigua ley rumana conmuta la pena si el preso publica un libro. El escritor A.J. Villén se adentra en una novela de intriga y con un fino juego de perspectivas y retrospectivas conduce al lector por la impredecible vida del Lichi hasta el sorpresivo motivo de su presidio en Rumanía. Una novela que no deja indiferente ante la vulnerabilidad del destino y el azar.

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Seitenzahl: 324

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Álvaro Jesús Villén Moyano

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-720-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A mi tío Wenceslao.

Introducción

Entre los pedos y ronquidos de mi compañero de celda, el croata de Boris, ayer me decidí a escribir.

Aunque ahora, tumbado en la litera de arriba con nada más que un gastado lápiz, papeles amarilleados y unos pensamientos más magreados que estos instrumentos de tortura que porto, lo que me apetece es un cubata. Y eso que solo he tomado alcohol seis veces en mi vida. Cómo entiendo ahora a esos vareadores que me encontraba a las cinco de la mañana en el bar de mi pueblo del poniente granadino, Azumejo. En el frío de la madrugada y la propia conciencia, en la que te preguntas por la línea lógica en la que te cortan el cordón umbilical que te unía a tu madre y seguidamente en un tiempo inconcluso acabas apaleando olivos, lo que mejor sienta es un aguardiente que ascienda los grados de ambos. Yo tampoco sé cómo he acabado aquí, a miles de kilómetros del lugar de donde nací, alejado de mis gentes y escribiendo esto. ¿Que por qué escribo? Pues quizá, al igual que por lo mismo que mis paisanos trabajan a horas intempestivas con las manos agrietadas del frío: por sobrevivir.

Llevo ocho meses preso en una cárcel situada en Transilvania, Rumanía. No os preocupéis, porque Boris espanta a cualquier vampiro o parecido a murciélago que se aparezca entre las rejillas de la estrecha ventana que se orienta al fondo de nuestro habitáculo. Además, según la obra de Stoker, para que Drácula entre primero hay que permitirle pasar, y no sé más rumano que la palabra hartie, que es la que grito al pasillo de la prisión cuando necesito papel para limpiarme el trasero. Ah, y la canción de Dragostea din tei, aunque sea por la versión de Los Morancos. La cuestión es que, al igual que Vlad Tepes, quiero salir de Rumanía y esta trena.

¿Cómo? Os preguntaréis mis imaginarios lectores.

Existe en este país una antigua ley aún vigente, de época comunista y de tiempos de Ceaușescu, que permite a los presos conmutar pena de cárcel si escriben libros.

Increíble, ¿eh? El problema es que no sé sobre qué escribir. Porque nunca he escrito.

Me sigue apeteciendo beber y únicamente me he tomado seis jodidos cubatas a lo largo de mi vida. Lo pienso ahora y mi existencia se podría resumir en ese ritual y ese acto que no es más que social, aunque te lo tomes en la soledad. ¿Permitirá la junta de tratamiento de la cárcel que escriba sobre mí, sobre la vida de un muchacho granadino que acabó en una cárcel rumana? No lo sé, tampoco sé siquiera si lo traducirán o si alguien acaso lo leerá. ¿Me importa? No. Es papel mojado, un hartie sobrante de la punta de mis glúteos.

Pero ahora mismo, ya que mi cabeza está alborotada de culpas e imágenes, lo que me apetece es una copa. Si así debe ser, oh, sibila de Azumejo, me plegaré a mi destino manifiesto. Escribiré sobre mi vida. Seré tu Eneas, aunque me llame Aulo Licinio, también apodado en mi tierra como el Lichi.

Primera copa

1

Ya lo he comentado, pero me llamo Aulo Licinio, de apellidos Martínez Buñuel, y nací en una pequeña localidad del poniente granadino llamada Azumejo, a escasos cincuenta kilómetros de la ciudad nazarí. En una vieja casa al lado de la parroquia del pueblo, la iglesia de Santa Luna, viví durante dieciocho años rodeado de otras blancas casitas encaladas de dos pisos que conformaban estrechas y sinuosas calles, salvando la avenida principal en donde se encontraban los diferentes locales incluyendo la farmacia, el antiguo cuartelillo, el supermercado, las tiendas de misceláneas y los distintos bares. Deprimida en una cuenca y rodeada de alargadas sierras y escarpados barrancos, si fueseis observaríais hileras continuas de olivos recordando a niños haciendo fila para entrar a la guardería, en una conformación paisajística monolítica e inquebrantable que rezonga el olor aceitoso que impregna ropas y cuerpos.

Admiraríais la tierra seca y rojiza que ensuciaba y pringaba los zapatos como si fuesen costras áridas y agrietadas, y se poetizaba cuando llegaba el atardecer haciéndole competencia al arrebol del cielo; el silencio quedo del pueblo que parecía respirar tranquilamente como un gigante adormilado y que solo se sobresaltaría con los tintineos de la campana de la parroquia, o las reuniones al fresco de los ancianos jugando a la brisca o al dominó, y muchachos escandalosos y vivaces que corrían y descubrían todas las esquinas. Cómo lo recuerdo. Y qué daño hace la melancolía. Supongo que es una ensoñación de mi niñez, de ese deseo de volver a los brazos, sean cuales sean. Aunque también pudiera ser que esté recreando los cuadros de mi padre, Gonzalo Martínez. Pintor de profesión, confeccionaba cuadros de corte naturalista con sucios colores ocres. Solo pintaba elementos y gentes de Azumejo, su pueblo natal.

Debo reconocer que la vida durante mi niñez fue feliz. Nací en una familia acomodada. Mi madre, granadina y abogada de profesión, conoció a mi padre en una exposición artística de la capital. A los meses de emparejarse, un empresario madrileño llamado Antonio Gala se enamoró de uno de sus cuadros. En él, una joven gitana con el traje de lunares miraba distraídamente el castillo de origen árabe de Azumejo, llamado Palacio de los Meñiques. Desde entonces, el tito Antonio, como cariñosamente lo llamábamos en la familia, se convirtió en nuestro mecenas. El niño Apperley, repetía continuamente el tito refiriéndose a mi padre.

Así, mientras el niño Apperley estuviese enclaustrado a su musa y guita particular, nosotros viviríamos en Azumejo. La casa en la que habitábamos era una antigua propiedad de mi abuelo paterno, fallecido antes de que yo naciera. Con sus tres pisos de altura, era una vieja construcción con un gran arco de reminiscencia árabe a la entrada, un gran salón con su mesita baja para el café, un sofá de amplias dimensiones y una televisión enclaustrada en una de las esquinas. También había una puerta situada en el lado diametralmente opuesto a la entrada que, si la abrías, entrabas en un patio interior donde predominaban las hileras de potos, cintas y plantas rosarios. Dejando atrás la planta baja y subiendo las escaleras, te encontrabas en un piso intermedio con una amplia sala en forma de ele en el que había una chimenea que nos resguardaba del frío seco en invierno, una mesa donde solía trabajar mi madre junto a sillas de exquisita madera de roble y una cocina con todos los electrodomésticos, muebles y poyos necesarios. De chiquitito, según me contaba mi madre, estaba siempre subiendo y bajando las escaleras que llegaban hasta las habitaciones de la planta superior como si, según ella: «Te estuviese persiguiendo el coyote del Correcaminos». En una de las caídas, porque como buena cabra loca que era siempre me terminaba cayendo, me hice la cicatriz en el pómulo derecho que todavía conservo. Boris, en los primeros días de trena, me preguntó si me lo hice en una reyerta. Prefiero que piense así porque, aunque es de trato cercano, contarle que es un recuerdo que toco cada vez que me acuerdo de mi mamita puede conllevar una pérdida de estatus carcelario que quiero conservar.

Fue en esa casa donde conservo la primera imagen de una copa, que no la primera vez que me la tomé. Os lo contaré, no os preocupéis. Solo quiero que entendáis mi repulsión infantil al alcohol.

El tito Antonio nos solía visitar cada seis meses para reunirse con mi padre. Sacaban de un pequeño y casi oculto trastero del patio interior una mesa de madera caoba, la colocaban en el centro del salón adornándola con el mantel de las visitas, de ornamentos florales y colores rojizos, y se disponían a cenar el conejo al ajillo que tan bueno le salía a mi madre. Podrían haber sido bogavantes o lubinas, chuletas de lechal o codillo a la miel, pero al tito Antonio lo que le gustaba era lo castizo. A nuestro vecino le gustaba salir por afición a los cotos de caza los domingos y, ante la inminente llegada del tito Antonio, siempre le pedíamos con una semana de antelación una de sus presas. La carne era más dura, aunque también más sabrosa. Así, se disponían con los dientes a discutir con los huesos del conejo, pringándose las bocas y manos mientras charlaban de cómo iba la vida en el pueblo o sobre qué trataría el próximo cuadro de mi padre. Sentado sobre una trona estaría yo, sin ser consciente más que del potito que me daba mi madre.

Aun así, en una de esas veces, cuando rondaría unos tiernos cinco años y la trona se sustituyese por una silla para mayores y el potito por unas croquetas de jamón, ocurrió una acalorada discusión que, como es normal, no entendí hasta años después. Limpiándose el aceitillo que le chorreaba por las comisuras de la boca, el tito Antonio, con una copa de tubo en mano y un matiz rojizo en sus inflados mofletes, comenzó a hablar sobre un tal San Justín (Sadam Hussein) que tenía bombas en Irak…

—…y acabará con Europa, con todos. Incluyéndonos a nosotros, María —refiriéndose a mi madre—, y a este hombretón. —La vaga mirada que el tito Antonio tenía en aquellos momentos se posaba sobre mis ojos, aunque recuerdo más el aceite que me salpicaba en la cara por cada sílaba que pronunciaba.

—No creo que sea el caso, Antonio. —Mi padre, siempre comedido, intentaba encauzar la conversación con su apagada voz—. Irak no está fabricando bombas nucleares ni creo que pueda hacerlo a largo plazo.

—¡Eso es lo que tú crees! ¿O te tengo que recordar las Torres Gemelas? ¡Cuatro moros, Gonzalo! ¡Cuatro putos moros montados en aviones y derribando rascacielos! No, debemos hacer algo…

—¿Debemos? —Ahora era mi madre la que hablaba. Siempre había sido más taimada y sagaz en el enfrentamiento—. ¿Qué somos, Antonio, el puto papa sancionando cruzadas? No, no me lo digas. Aznar y sus amigos os han convencido de que hay que hacer algo, cuando la realidad es que lo único que queréis es su petróleo. A los que les caen misiles no son a nosotros, Antonio, si no a la población iraquí por vuestras ansias capitalistas.

El tito Antonio incorporó medio cuerpo hacia la mesa bamboleándola a causa de su descomunal panza. La cuchara del petit-suisse que me estaba tomando se cayó al suelo. Todavía puedo oír el ruido metálico del metal impactando.

—¿Qué tiene que ver el capitalismo con esto, María? Los rojos siempre sacáis el mismo tema. Alzáis pancartas y le decís no a la guerra, pero cuando el mar arrecia somos la derecha los que nos arremangamos y sacamos las cosas adelante.

—¿Que sacáis las cosas adelante? Si a bombardear población civil lo consideráis sacar las cosas adelante…

—¡Siempre criminalizando, María! —Podía oler el pestazo a la mezcla de aceite y alcohol que salía de la boca del tito Antonio. Sus ojos comenzaban a orbitar posiciones alternativas a las naturales—. La derecha mal y la izquierda bien. Esta es la moralidad de la izquierda. Eso sí, cuando se trata de hablar de gente de derechas asesinada, como en Para….

—¡Estoy hasta el coño de que me saques el tema de Paracuellos, Antonio! No estamos hablando de la guerra civil. El caso es que vais a mandar marines a un estado soberano porque a Bush le conviene. Y mientras, el PP y nuestro presidente del Gobierno fotografiándose con él y Tony Blair.

Mi padre y yo mirábamos a un lado y a otro como si fuese un partido de tenis. Creo que en ese momento estaba más preocupado porque no podía terminarme el postre que por cuestiones geoestratégicas.

—¡Y bien que hace, cojones! Volveremos a estar en la primera línea del mundo, con los principales países. —En ese momento el cubata se estaba terminando. Oía como si estuviese en mi tímpano el eco de los hielos sobre la copa de tubo casi vacía. La posó cuidadosamente sobre la mesa como si fuese de la más exquisita porcelana—. Esos moros nos han dado cosas, lo reconozco, pero son unos vándalos a los que hay que enseñarles cómo comportarse.

—¡Lo que eres es un fascista! —gritó mi madre.

—¡La que no quería sacar el tema de la guerra civil! Niña, antes de que te cortasen el cordón umbilical yo ya huía de los grises…

—¡A mí no me llames niña, subnormal! —Mi madre se levantó con las manos apoyadas sobre la mesa. La veía desde arriba y no quería estar en las carnes del tito Antonio.

—¡María! —exclamó mi padre.

—¡El insulto sí que no lo aguanto! ¡Me voy de aquí! —El tito Antonio se acercó un momento a mi padre, lo atrapó del brazo y le dijo—: Gonzalo, te lo dije cuando nos conocimos: demasiado nervio de mujer.

—¡Soplapollas, vete de aquí!

—María, no digas esas cosas delante de Aulo —dijo mi padre mientras se daba la vuelta hacia la entrada de la casa. Se oía el crujir de la puerta, abierta ya por el tito Antonio.

El tito Antonio alcanzaba ya el umbral de la puerta:

—Pero a dónde vas, Antonio, si estás que no te aguantas de pie.

—Alquilaré una habitación en algún hotel de Granada. Si sigo discutiendo con María puede que me dé un patatús. —No creo que una discusión fuese la única causa de un ataque cardiovascular, atendiendo a los malos hábitos que cultivaba—. Adiós, Lichi. Nos queda pendiente la revancha del Tekken, ¿eh?

En ese instante, cogido de la mano de mi padre y deslumbrado por la farola del exterior de la calle, le respondí con un atisbo de sonrisa, porque pensaba que si le respondía con algo más, mi madre cambiaría el sujeto de su furia a mí.

—Antonio, si te paran los civiles…. —fue diciendo mi padre mientras, desde el tranco de la puerta, observaba al tito Antonio montarse en su Mercedes Benz C. Sentado y con la puerta abierta, pude atisbar que no lograba introducir las llaves del coche en la cerradura de arranque.

—¡Los civiles me la pueden comer cual racimo de uvas! —El motor arrancó, cerró con un fuerte golpe la puerta del coche y, con un acelerón, se encaminó a la avenida principal del pueblo.

Qué rabia me daba. Cuando llegaba, me ofrecía un apretón «de hombre» y me decía: «Buenas noches, Lichi, ¿no te has retirado ya del Tekken?», y yo le respondía que no, que no y que no, que había mejorado y esta vez le iba a ganar. Nos sentábamos en el sofá que había en el salón y le daba el mando dos (el mando uno era para mí, que era el que estaba en mejores condiciones). Me ganaba, echábamos la revancha, me volvía a ganar. Se reía y yo agachaba la cabeza ante tamaña combinación de movimientos. Por eso, cuando lo veía borracho como una cuba dos o tres horas después no daba crédito. ¿Cómo podía esa persona que ahora no podía ni caminar recto más de tres pasos ganarme, avergonzarme y a la vez fascinarme como si de un ídolo se tratase? No, no y no. No me gustaba el alcohol. Desde ese momento lo supe. Cuando fuese mayor, pensaba, le ganaría con esa ventaja.

Así pasaría cada vez que el tito Antonio fuera a cenar a casa. Saludaba, se ponía a jugar al Tekken conmigo mientras mis padres terminaban de preparar la cena y, cuando estuviese lista, nos dispondríamos en la mesa. El conejo al ajillo iría acompañado de lo que me parecía un sangriento vino. Cuando de los platos solo quedasen las migas del pan que fue limpiando el aceite, mi padre sacaría de uno de los estantes (uno de los que, de niño, veía como inútil y vacío, como si fuese atrezo) una de esas botellas de las siempre me fascinaba el rótulo impreso en rojo que leía como Befeter (Beefeater). La cara del tito Antonio empezaría a ponerse como el rótulo de la botella, la conversación iría subiendo de tono y, en las peores, el invitado acabaría por huir de la casa. Mi madre le echaría la bronca a mi padre exigiéndole: «Ese gordo de mierda no vuelva a pisar nuestra casa» y pidiéndole, enfurecida, que dejase de hacer encargos para él. Papá diría que necesitaban el dinero y el típico: «Ya sabes cómo es Antonio». Al final, antes de acostarse, a mi madre se le bajaría el cabreo, cedería y no volvería a sacar el tema hasta que volviese.

Pero yo seguiría recordando entre las sábanas y mantas que no pude vencerle.

2

No solo jugaba al Tekken, aunque mi yo pequeño lo desease. Desde mis tres años iba a la escuela del pueblo, un edificio de colores variopintos que contrastaba con las casas calcificadas. En las clases de parvulitos había sillitas, dibujos nuestros colgados por todas las paredes, mesas circulares en las que nos sentábamos unos cuantos y quitábamos si había que jugar a la gallinita ciega o algún juego similar. Mi maestra, doña Dori, era un encanto de persona que sanaba con culito de rana si te hacías un rasguño o te ayudaba si te meabas en los pantalones (yo me meaba poco que recuerde, pero Carlos era una catarata andante). Salíamos al patio y pateábamos la pelota, nos escondíamos entre las esquinas o corríamos sin motivo aparente, gritándonos y riéndonos. Nos poníamos unos zancos y parecíamos gigantes. Juntábamos las manos formando un círculo al grito de «a estirar, a estirar, que el demonio va a pasar» y nos acercábamos hasta que los rostros fuesen indistinguibles, solo viendo ojos y bocas ajenas entremezcladas.

Que recuerde, desde esa época siempre tuve amigos con los que entretenerme en el pueblo. El mencionado Carlos era un muchacho pálido de ojos verdosos, cabello castaño y con un rostro redondeado que se asemejaba a su cuerpo robusto. Fue la primera persona que conocí en la escuela. En uno de los primeros días, siempre lo recordaré, mientras formábamos fila para entrar en la clase, se acercó para preguntarme mi nombre. Acostumbrado a como me llamaban mis padres, le contesté que Aulo Licinio. La sorpresa todavía la veo en el techo de la celda como si se me presentase una de las caras de Bélmez con su rostro. Espabilado como Carlos era desde esa temprana edad, me dijo:

—Raro. —Se quedó un momento pensativo, estrujándose los ojos con las manos. Una chica, que en ese momento no conocíamos pero que era nuestra amiga Silvia, se giró preocupada por el estado del mocoso blanquecino—. Yo Carlos. Tú serás Lichi. Como la fruta —sentenció extendiendo su dedo índice a la altura de mi nariz.

Y así, en el primer esbozo de mi vida, fue como me quedé con ese apodo. A mi madre le hacía gracia cómo el nombre que ella misma me impuso, de origen romano y grandilocuente, se fue diluyendo con el mismo contacto de las gentes de Azumejo. Lichi era yo, y no el Aulo Licinio Arquías que fue defendido por el mismísimo Cicerón. Aun así, tanto ella como mi padre y mi familia me seguirían llamando Aulo.

Sea como fuere, Carlos y yo hicimos migas rápido. Nos sentábamos siempre juntos y, cuando tocaba hacer grupos, nos buscábamos con la mirada. Cuando las clases terminaban, nuestras madres se encontraban en el parque que se hallaba a escasos minutos de mi casa, en uno de los barrancos que daba al río aledaño. Allí continuábamos con los juegos que habíamos dejado aparcados en el patio, inventándonos historias de dragones y valerosos héroes, y tirándonos por los columpios mientras nos ensuciábamos las zapatillas con la arena. Nuestras madres pronto se hicieron amigas. Algunas veces nos veíamos sin que ninguno lo pidiese, ya fuese en la peluquería que la madre de Carlos regentaba o en algunos cafés que se tomaban mientras nosotros cercábamos rodeando la mesa cuales tiburones.

Mi vida en preescolar se podría resumir de tal forma, si no fuese por la insistencia de mi madre en que conociese los clásicos de la literatura y me aficionase a ella desde temprana edad. Aparte del Pro Arquias, que era su referencia particular escrita por Cicerón, me leía versos de la Ilíada y la Odisea, me narraba las peripecias de los grandes personajes de Plutarco o, incluso, me enseñó a leer con las fábulas de Esopo que, si las habéis leído, no es para todos los públicos en muchas de sus partes. Mi afición por leer siempre estuvo ahí y, como no, fue un hábito que perdura hasta el día de hoy. Aunque no tardé mucho en configurar mis propios gustos alejados de fantasmas y sus pautas aleccionadoras.

Fui un chaval despierto al que nunca le sobraba tiempo. Conforme fui creciendo y las sillitas y dibujitos fueron pasando al grisáceo ambiente de las aulas de primaria con sus mesas individuales y sus calendarios marcados, las manos de nuestras madres fueron desprendiéndose hasta poder volver solos al colegio e, incluso, deambular por el pueblo. Cuando volvía a casa y ayudaba a mi madre a recoger la mesa, me ponía sobre el sofá del salón a ver Canal Sur 2 Andalucía con su programación de dibujos animados (todavía pienso que me han amoldado más mi carácter Doraemon o KochiKame que las lecciones parentales o escolares). Cuando la televisión se apagaba por insistencia de mi madre, hacía los deberes mandados deseando poder salir y jugar con Carlos. Bajo los bronceados atardeceres recorríamos en bicicleta el pueblo, comprábamos unas chuches y nos sentábamos en un banco de la plaza de la iglesia a intercambiar cromos de fútbol o la WWE. Ni me acuerdo de lo que hablábamos, pero tanto Carlos como yo nos complementábamos con las bufonadas que soltábamos. Otros niños se fueron uniendo escalonadamente a nuestro dúo como la mencionada Silvia o Chechu, Laura y el Peluches, que en realidad se llamaba Ramón, pero se le puso ese mote porque su tía se lo encontró un día masturbándose con un muñeco de Nala, la leoncita del Rey León. Juntos formamos un grupo inseparable que continuaría hasta que me fuese del pueblo. Pero más importante aún fue con quienes, a mis doce años, estuve la noche en la que me tomé la primera copa.

3

Era un sábado de mayo del fin de semana en el que se hacía la feria del ganado. A casi todo el mundo en Azumejo le daba igual qué se comprase o vendiese, puesto que era una costumbre que por lo único que permanece, al igual que muchas otras festividades análogas, es por su carácter festivo. En la calle principal, cortada al tráfico, se colocaban unas cuantas atracciones que, honestamente, nunca supe, ni aun de mayor, cómo podían caber en una avenida que no pasaría de los quince metros de ancho en su mayor explanada. Los niños se montarían en las ranas, los coches de choque o la pequeña noria mientras las sirenas de estas parecieran casi estar avisando de un posible bombardeo aéreo. Limítrofes se ubicaban los puestos de comida, ya fuesen de hamburguesas, perritos calientes o granizadas. Los bares se abrían cuales casetas de feria andaluza al pueblo y los adultos se saludarían con apretones de manos y besos formales como si no se hubiesen visto por siglos, aunque el día anterior se viesen mientras regaban las plantas en pijamas y bufas. Salvo excepciones, cada vecino portaba su tercio, copa o vaso de tubo, indicativo de que el negocio había chapado y era el momento de relajarse escuchando las habladurías de su gente, las mencionadas sirenas y el hit del momento de Los 40 Principales.

A eso de las siete de la tarde había quedado con mi grupo de amigos. Por la mañana, mis padres y yo habíamos estado de barbacoa en Albolote con la familia de mi madre, así que tuve que ducharme para no oler a zorruno a causa de los humos, el sudor de jugar con mis primos y el pestazo a colonia Brummel que desprendía mi tío Rodolfo. Me lo pasé bien, creo recordar, pero andaba nervioso y con la mente puesta en llegar a Azumejo. Sería un día grande, me repetía mientras defendía la portería de dos camisetas que habíamos imaginado en el jardín de mi tío. Hoy iba a besar a Julia. Sería el primer beso. Hasta el Peluches se había dado un pico (era con su prima, pero un beso al fin y al cabo). Sentía una profunda envidia. Ahora no sé si en ese momento quería besar a Julia porque me gustase o porque, en cambio, deseaba demostrar mi hombría y presumir de sexualidad. Aquí en la trena sucede algo similar: no sé si necesito cariño y sexo por placer o, en cambio, se debe a la necesidad imperiosa que conlleva el acto. Aun así recuerdo que a la imagen de mi primer beso se solapaba otra en la que me encontraba con treinta años, sentado en el espacioso balcón de un ático, admirando las vistas de una gran ciudad y recordando ese primer beso que me daría con Julia mientras admiraba a mi despampanante mujer tumbada en la cama. Era como si fuese el comienzo, el descapullamiento de la flor, el paso necesario que requiere la vida plena. Pobre chaval. Si cambiase la terraza del ático por el habitáculo en el que convivía con Boris, las vistas de la gran ciudad por el paisaje entrecortado en barrotes de alguna que otra montaña rumana y la mujer por un compañero de habitación cincuentón y croata acusado de múltiples delitos (nunca se le pregunta a un compañero por qué ha escogido ese Erasmus), quizá se asemejase a lo que pensaría. Además, con la experiencia que me ha dado el tiempo podría enseñarle que la vida no es una línea continua o, por hacer un símil fácil, una autovía. Es más bien una carretera comarcal, como aquella que iba desde Azumejo hasta Malgama de Granada: una vía de doble sentido en la que, llena de baches, aunque puedas correr más que el tractor que tienes enfrente, debes guardar precaución si quieres adelantar. Nunca sabes quién puede venir al final de la siguiente curva por el carril contrario.

Sea como fuere, en esa línea continua que creía que era mi vida, cuando salí de la ducha observé en la taza del váter un polo amarillo impolutamente planchado, unos vaqueros y los zapatos de los días importantes, todo preparado por mi madre. Limpiando el vapor del espejo me miré. Era un chavalín, como los que aparecían en los programas de Menuda Noche de Juan y Medio, con la cara menos cuadrada que ahora y los rizos rubios que hacían de visera a mis ojos verdes. Lo único que no casaba con ese rostro pueril era la cicatriz del pómulo derecho; no solo no me importaba, sino que era una característica física que me agradaba, como aquellos antiguos que lo mostraban como muestra de orgullo y bagaje, aunque mi herida fuese causa de un escalón.

Ese rostro se habló a sí mismo. Hoy era el día, le repetía a mi contrario de la otra dimensión. Julia y yo coincidíamos en la misma clase, pero ya era el último año. Azumejo no tenía instituto y, por lo que sabía, cada uno iríamos a pueblos distintos a estudiar. Imagínate que conoce a otro rubio, que mida más de metro setenta a sus doce años o que sea más gracioso que yo (era casi imposible, solo podría superarme Joaquín Reyes y ya en aquellas fechas tenía una edad). Nos seguiríamos viendo por el pueblo, eso era seguro, pero ya no sería lo mismo. No podría contarle el chiste de un Barqui Italiani (me salía de fábula acomodar el español al italiano macarrónico imponiendo «is» al final) mientras el maestro Isidoro nos explicaba la diferencia entre sector primario, secundario y terciario, ni charlar sobre la última novela que nos habíamos leído en el recreo (a Julia también le gustaba leer y, como forma de estar más con ella, le propuse un club de lectura exclusivo entre ella y yo. En esos momentos creía que era una genialidad al alcance de muy pocos donjuanes). Terribles circunstancias se avecinaban. Era ahora o nunca, pensaba.

Me engalané con las prendas recién planchadas. Mi padre estaría arriba en la buhardilla pintando, suponía. Fui a despedirme.

Estaba sentado en un taburete con la vista puesta en un lienzo casi en blanco. Casi en blanco porque se podía dilucidar un pequeño ojo, quizá de un animal. Miraba inquisitivamente a mi padre. Sus piernas traspasaban la pata del caballete hasta llegar a tocar con los pies la pared.

—¿Te vas ya, Aulo?

—Sí, papá. ¿Qué pintas?

Mi padre seguía fijo en el proyecto de cuadro.

—Nada, estoy probando. Les hice unas fotografías a la madre de tu amiga Laura y su familia ayer en la feria. Quizá al tito Antonio le gusta.

—Seguro que sí, papá.

—Seguro —repitió mi padre sin girarse ni siquiera a observarme.

—Me voy, papá.

Realizó una especie de gruñido de asentimiento. Cuando estaba en la buhardilla (que era la mayor parte del tiempo), no dejaba que nadie le molestase. Aunque fueses.

Mi madre, sentada en el comedor del segundo piso, me paró en seco cuando me dirigía a la planta baja.

—Aulo, ve con cuidado. A las doce te quiero en casa.

—Sí, mamá. —Normalmente soltaría alguna ocurrencia, pero las circunstancias hacían que me comiese la lengua el gato.

—Ven y dame un beso. —Me acerqué a la silla en la que estaba sentada trabajando y vi las facciones marcadas de la edad. No me agradaba ver a mi madre envejecer, pero supongo que los cuarenta y muchos años pasaban factura—. Aulo, ve con arte. Nunca sabes qué te puede venir. —Me analizó con la mirada, de arriba a abajo. Le gustaba que su hijo vistiese elegante, como un hombrecito; su hombrecito—. ¿Llevas dinero?

—Cinco euros que me dio papá el otro día. —Era un dineral en aquellos tiempos: me daría para comprar una bolsa de Cheetos, una Coca-Cola e incluso una de esas granizadas que tan buenas le salían a Conchi, la de la heladería.

—Toma otros cinco euros por lo que pueda pasar. —Día grande no solo por lo que pasaría, sino por lo que tenía—. Acércame el bolso.

El bolso se encontraba colgado sobre una de esas sillas que en muchas casas están enclaustradas sobre la pared y que parecen de decoración. Lo cogí y se lo acerqué con tan mala suerte que, de los nervios y con las ideas en la cabeza rebotando como un mono colérico, se lo di sin que ella lo asiese, desparramando todo por el suelo.

—¡Aulo, hijo mío, más cuidao! —Se irguió de la silla y se agachó para recoger las cosas. Me volvió a mirar con cara de interrogación, alzando una de sus cejas rubias—. ¿Qué te pasa? ¿Estás malo?

—No, pero al llegar a casa me ha empezado a doler la barriga. Creo que me he pasado comiendo salchichas. Ya estoy bien —mentí.

—¿No habrá sido la combinación alquímica que habéis hecho tus primos y tú juntando Coca-Cola, Fanta y Nestea, eh? —La cara irónica y a la misma vez inteligente de mi madre hizo que mis pensamientos y cuerpo volviesen al mundo real. Desde que vi Blade Runner, mi madre se asemejaba a una Rachel rubia.

—«No es posible vivir feliz si no se lleva una vida bella, justa y virtuosa; ni llevar una vida bella, justa y virtuosa sin ser feliz» —recité.

De la boca de mi madre surgió un esténtor de risa. Todo el nerviosismo que abigarraba a mis músculos se liberó.

—Pero ¿tú eres tonto, hijo? ¿Qué haces recitándome a Epicuro? Anda, toma el dinero y vete con tus amigos. —Se irguió sonriente y volvió a sentarse frente a los incontables archivadores.

—A sus órdenes, mi Magister militum —ironicé haciendo un saludo militar, mano en frente.

Me dispuse a salir. Una caja de lo que parecían pastillas quedaba en el suelo. La cogí y me giré:

—¿Y esto?

La cara que había conseguido al bromear se diluyó. Gesticuló rascándose la sien, como era costumbre cuando estaba pensando. Me quitó la caja que tenía sobre mis manos.

—Nada, unas pastillas para la tensión. Tu madre se hace vieja, Aulo. —Volvió a coger el bolígrafo y se inundó en los papeles—. A las doce.

—Que sí —respondí. Conforme abrí la puerta de casa me golpearon los sonidos de las sirenas de las atracciones, la música popera y el ruido del gentío. Ni me acordé de las pastillas ni me pregunté qué hacía mi madre trabajando un sábado por la tarde. Hoy tocaba día grande.

Llamé al timbre de Carlos. Al momento bajó aquel niño rollizo con una camisa a cuadros blanquiazul, que más parecía de un informático separado que el joven azumejense que era. Se veían lagunas de sudor entre sus axilas, señal de que era tan bullas que posiblemente estuvo desde las cuatro de la tarde con el ropaje puesto. Quizá hasta durmió con él.

—¿Dónde estabas? —preguntó mientras salía disparado calle arriba en dirección a la casa de Silvia.

—Me estaba duchando, tío.

—Ducharse es de mariquitas, tío. —Aun rollizo y con gusto a rebañar hasta las tapas del yogur, Carlos tenía un físico admirable. Iba siempre por delante de mí cuando salíamos con la bici y, en ese momento, me costaba seguirle el ritmo ante la imponente cuesta que subíamos—. Ahora a las diez juega el Madrid contra el Málaga. Podemos sentarnos en el bar de Luisillo y verlo.

A mis doce años la época de coleccionar cromos de futbolistas había pasado. Como si hubiese quitado un liviano velo en mi personalidad latente, me fui dando cuenta de que el fútbol me iba dando cada vez más igual. Y en esa ocasión aún más.

—Qué va. Después he quedado con Julia en la olla. —Recuerdo enfatizar el nombre, como si esperase que la simple mención hiciese que apareciese.

Carlos frenó en seco en mitad de la cuesta. Nos paramos. A mi amigo no le gustaban las sorpresas.

—¿Y me vas a dejar solo? ¿Con el Chechu y el Pelus? —Pelus era el diminutivo del mote del Peluches.

—No. Hemos quedado todos. Incluido tú —contesté.

Me miró como si quisiese condenarme al noveno círculo del infierno dantesco: el de la traición. Intentó disimularlo, aunque con escaso éxito.

—Joder, últimamente siempre me haces estas y acabo con el Chechu hablándome del último dibujito chino que ha visto. ¿Sabes lo que es Evangelion?

—No.

—Yo tampoco. —Se giró y volvió a caminar, esta vez con paso aún más apresurado—. Bueno, me da igual. Ya me iré con el Peluches al Cartojal a ver si vemos algo—. En esa ocasión fue él el que recalcó la palabra, en respuesta a Julia. Ese algo eran mujeres. Estarían dando vueltas con la bici alrededor del pub el Cartojal, el único del pueblo, esperando a que alguna chica se agachase y pudiese verse el canalillo. O quizá que se levantase el viento y se subiese una falda. A mí, honestamente, no era algo que me agradara. Sin embargo, lo único que estaba intentando era provocarme y darme envidia. Lo consiguió.

—Pues vale —dije lacónicamente.

Seguimos subiendo la cuesta sin hablar. Nuestra relación en aquellos tiempos se había deteriorado. Yo cada vez me juntaba más con Julia en clase y Carlos, suponía yo, sentía celos de la relación. ¿Cómo podía dejar a su amigo del alma sin las bromas que hacíamos mientras corríamos en educación física o sin quedar los viernes porque me tenía que terminar para el lunes el libro que había acordado con Julia? Para Carlos, imaginaba yo a mi tierna edad, Julia era una especie de garrapata que se metía entre los pelos del perro que representaba nuestra amistad.

—¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiilvia!

Llegamos a la casa de nuestra amiga. La cara de una joven con grandes mofletes y estrechos ojos salió por una de las ventanas del piso de arriba.

—¿Quién es?

—Carlos y Lichi. ¿Es qué tienes otros con los que salir?

La ventana se cerró de golpe. Carlos y yo seguimos sin hablar; él sentado en el bordillo y yo apoyado sobre la pared de la casa. Se abrió una puerta a nuestras espaldas.

—Sí, con la guarra de tu madre —atajó Silvia, situándose entre nosotros.

Un momento de silencio. Nos miramos lascivamente los tres. Nos echamos a reír y un pajarito de un árbol aledaño voló al atardecer del cielo. Al pajarito quizá le rechinó que nos riésemos con un chiste sobre madres, pero era la época.

—Lichiiiiii, tontín. —Me tomó de los hombros. Miré esas gafas rectangulares que portaba en su nariz chata y dejaban ver esos pequeños ojos de pueril maldad—. ¿No habías quedado hoy con Julia?

—¿Cómo? ¿Que esta catalufa sabe antes que yo lo que haces? —preguntó enrabiado Carlos antes de que yo hablase. Los padres de Silvia eran de Girona.

—Ves a pastar fang —le respondió Silvia.

—Sí, ahora a las nueve en la olla. Nos juntaremos con su grupo, ¿vale? —pude contestar.

—Dabuti —confirmó Silvia.

Carlos calló. Quizá confiaba en que Silvia trastabillase mis planes. Si había grietas en nuestra relación debían quedar en privado. La carne y la uña nunca se peleaban, salvo que apareciese una astilla. Se adelantó a paso apresurado.

Nos dirigimos los tres a la plaza situada en mitad del pueblo, pasando por calles sinuosas y descendiendo la cuesta que habíamos tenido que escalar para recoger a Silvia. Si veíamos a alguien, este se dirigía directamente a la avenida principal del pueblo, que era donde se desarrollaba la fiesta. Escasa gente se quedaba en sus casas. El único ruido del pueblo procedía de una única dirección, salvo por algunos perros que, ladrando, avisaban de su congoja ante el sonido de algunos petardos tirados.

Todavía no anochecía, pero ya se podía observar cómo la luz iba dando sus últimos coletazos hasta acostarse. En el centro de la plaza se había colocado una pequeña carpa, que cubría casi su totalidad. En uno de los lados había una barra provisional con el logo de Coca-Cola, en el que los camareros iban sirviendo a diestro y siniestro las bebidas. Las botellas de los refrescos medio llenas quedaban como unos meros espectadores del jolgorio, observando los corrillos que se iban formando como si se produjesen en una relación natural. Pobres refrescos que no podían disfrutar de la feria del ganado. Se tenían que conformar con esperar como doncellas de cuento hasta que viniesen los príncipes a recogerlas y se durmiesen en las cajas de botellas reciclables.

Rodeamos la plaza para evitar saludos innecesarios o codazos involuntarios y reconocimos a nuestros amigos, sentados en un banco aledaño. Bueno, sentados el Chechu y el Peluches, porque Laura permanecía de pie. Digamos que las botellas medio llenas de refresco a causa del incipiente alcoholismo de algunos eran más doncellas que la propia Laura. Laura, como era usual, estaría contando alguna de sus aventuras. Lo extraño era que estuviese enfrente del banco, de pie y sin corretear ni haciendo el pino. Podía verla de espaldas, enjuta y con un largo pelo negro que le llegaba casi al trasero. Se avispó de nuestra presencia en cuanto Chechu y el Peluches cambiaron su indiferente, por no decir soporífera, postura por una actitud esperanzada. Llegábamos nosotros y no tendrían que escuchar el sermón de Laura, por lo menos directamente.

—Pero mira quiénes están aquí. ¿Os habéis escapado del corral? —dijo el Peluches mientras se levantaba. Lo cierto era que, si alguien parecía un gallo, era él. La cresta engominada daba un reflejo en la que parecía más porcelana que pelo. Los azules y casi transparentes ojos del Peluches contrastaban con el chándal negro que portaba, aunque sus impolutas zapatillas de un blanco puro lo conjuntaban. Era como ver en directo a un miniextra que apareciese en Callejeros a la salida de una discoteca.

—Estábamos esperando a que la mami del Lichi le diese la teta —respondió Carlos. Solíamos tirarnos pullas como esta, pero por el tono sabía que esta iba con inquina. No había tregua, por lo que parecía.