Semiótica en Chile - Elizabeth Parra Ortiz - E-Book

Semiótica en Chile E-Book

Elizabeth Parra Ortiz

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Semiótica en Chile constituye un ejercicio de reconstrucción de la memoria de quienes han cultivado la semiótica en Chile desde la década de los noventa del siglo XX hasta la segunda década del siglo XXI, continuando el relato de las y los pioneros, recogido por publicaciones previas donde se documenta la década precedente. La primera parte del libro presenta la producción semiótica de diferentes áreas disciplinarias y la enseñanza de la disciplina en las universidades del país. La segunda parte da cuenta de las entrevistas realizadas a un grupo de investigadores e investigadoras, con el fin de identificar las temáticas de distintas épocas. Aquí el análisis consistió en combinar autores, escuelas y trayectorias. La tercera parte presenta las condiciones teóricas, epistémicas, metodológicas y de las prácticas institucionales que han posibilitado la aparición y el desarrollo de la disciplina en Chile, considerando los territorios y los actores. Se trata de un trabajo de investigación riguroso e imprescindible para tener un panorama actual del estado de la Semiótica en Chile. La metodología de trabajo implementada junto a la producción de conocimiento y re-conocimiento que provocan, marcarán un hito en la historia de la Semiótica en general y chilena en particular.

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Seitenzahl: 558

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Índice
Dedicatoria
Agradecimientos
Prólogo
Ana María Camblong
Presentación
Introducción
Parte I. Territorio semiótico
Capítulo 1
Estado de la semiótica en Chile en las primeras décadas
Capítulo 2
Desarrollo de la disciplina en el contexto científico nacional
Capítulo 3
Esfuerzo de institucionalización de la disciplina
Capítulo 4
Un vasto territorio con múltiples entradas
Capítulo 5
Reflexiones finales de la Parte I
Parte II. Voces para una genealogía
Capítulo 6
Identidad: ¿quiénes son los autores que se dedican a la disciplina en Chile?
Capítulo 7
¿Qué rol ha jugado la semiótica en las otras disciplinas?
Capítulo 8
Aporte de la semiótica a la construcción de conocimiento: disciplina y herramienta
Capítulo 9
Relación entre semiótica y comunicación: un escenario, dos historias
Parte III. La semiótica entre bosques de signos: del giro lingüístico al giro semiótico
Capítulo 10
De la semiótica aplicada al análisis del discurso mediático
Capítulo 11
De la semiótica del signo a la semiótica de la interpretación
Capítulo 12
¿Qué tipo de intervención requiere la semiótica para ser reconocida como ciencia?
Capítulo 13
¿Necesita la semiótica ser considerada una ciencia para circular entre las ciencias sociales? Una respuesta pendiente
Escenarios futuros: a modo de conclusión
Referencias
Anexo
Antecedentes metodológicos
Autoras y autor

 

 

Semiótica en Chile

Parra Ortiz, Elizabeth

Semiótica en Chile : cartografía de las investigaciones entre 1990-2015 / Elizabeth Parra Ortiz ; Sandra Meza Fernández ; Gabriel Guajardo Soto ; prólogo de Ana María Camblong . - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Sb, 2023.

ISBN 978-631-6503-49-7

1. Semiótica. I. Meza Fernández, Sandra II. Guajardo Soto, Gabriel III. Camblong, Ana María , prolog. IV. Título.

CDD 401

 

Semiótica en Chile : cartografía de las investigaciones entre 1990-2015

ISBN: 978-631-6503-49-7

 

1ª edi­ción, agosto de 2023

© Elizabeth Parra Ortiz; Sandra Meza Fernández; Gabriel Guajardo Soto, 2023

© Sb editorial, 2023

Piedras 113, 4º 8 - C1070AAC - Ciu­dad Autónoma de Bue­nos Ai­res

Tel.: +54 11 2153-0851

WhatsApp: +54 9 11 3012-7592

www.editorialsb.com • [email protected]­m.ar

 

Director general: Andrés C. Telesca ([email protected])

Editora: Juana Colombani ([email protected])

Di­se­ño de cu­bier­ta e in­te­rior: Ce­ci­lia Ric­ci ([email protected])

Colección deSignis:

Director de colección: Eliseo R. Colón Zayas

Consejo Directivo: Lucrecia Escudero Chauvel; Teresa Velázquez

Crístina Peñamarín; Eliseo R. Colón Zayas

 

Las opiniones versadas que se presentan en este trabajo son de responsabilidad exclusiva de sus autoras y autores, y no reflejan necesariamente la visión o puntos de vista de la Asociación Chilena de Semiótica, Universidad de Concepción, Universidad de Chile ni de FLACSO-Chile.

En el presente libro se intenta usar un lenguaje no discriminador ni sexista a pesar de que en nuestra lengua hasta el momento no hay soluciones generales que sean consensuadas y sistemáticas ni que necesariamente facilitan una lectura convencional; se usa el masculino genérico en algunas ocasiones y se especifican las diferencias entre hombres y mujeres, cuando corresponde.

 

 

Dedicatoria

Extendemos esta dedicatoria a los siguientes investigadores de la Asociación Chilena de Semiótica A.G., como reconocimiento de su valioso aporte al pensamiento colectivo.

Al Sr. Jorge Harris Jorquera (1940-2016). El arquitecto se integró al cuerpo docente de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Técnica del Estado (actual Universidad del Biobío), en 1972, invitado por el arquitecto Roberto Goycoolea Infante, para impartir el taller en lógica y semiótica y a sugerencia del Dr. Meissner, un curso electivo de quinto año, Semiótica Arquitectónica. El profesor Harris fue parte del equipo fundador de la Escuela de Diseño Industrial y dirigió el Departamento de Diseño y Teoría de la Arquitectura de la Universidad. En 2011 fue distinguido con el Premio Municipal de Arte otorgado en el marco del aniversario de la comuna de Concepción.

Al Dr. Andrés Gallardo Ballacey (1941-2016). Lingüista, académico, cuentista y novelista de la Universidad de Concepción y miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. Fue uno de los profesores pioneros que, en la Universidad de Concepción, impartió la asignatura Introducción a la semiótica, en 1982. Colaboró en una obra clave en los estudios formales sobre la semiótica contemporánea, con el artículo sobre el estado del arte del campo de la semiótica en Chile “Semiotic in Chile (1965-1984)” (Gallardo y Sánchez, 1986). Este texto fue presentado originalmente en inglés como capítulo del libro The Semiotic Sphere. Topics in Contemporary Semiotics (1986), editado por Thomas A. Sebeok & Jean Umiker-Sebeok, y posteriormente en la Revista Chilena de Semiótica (2019).

Al Dr. Manuel Jofré Berríos (1947-2019). Poeta, ensayista e investigador en teoría literaria, semiótica y literatura latinoamericana. Académico de varias universidades extranjeras, entre ellas Carleton, York, Toronto, Duke y Simón Bolívar; en Chile, fue profesor de la Universidad de Chile desde 1968 y miembro del directorio de la Fundación Pablo Neruda. Creador de veintiocho libros y ciento veinte artículos. En los inicios de la década de 1970 publicó los primeros trabajos sobre la historieta como discurso ideológico donde compartió reflexiones y creaciones con Mattelart y Dorfman, en el Departamento de Historietas de la Editorial Nacional Quimantú. También fue uno de los precursores del estudio formal de la semiótica con el artículo Estado del arte de la semiótica actual (1997) y otras obras más específicas como La historieta en Chile en la última década (1983), Teoría literaria y semiótica (1990), Superman y sus amigos del alma, Experiencias prácticas para la transformación de los medios (de comunicación) en el proceso chileno (1974), que conforma la segunda parte del libro.

Al Dr. Eduardo Meissner Grebe (1932-2019). Cirujano dentista de profesión y licenciado en arte, artista, pintor y escritor; dueño de una cultura inquieta y creativa. Trabajó en la Universidad de Biobío y la Universidad de Concepción. En 1991, dictó el curso electivo de quinto año, Semiótica Arquitectónica, el que más tarde ampliaría en una publicación. Meissner, en su oficio de semiótico desde el arte y la pintura, escribió tres textos sobre semiótica: dos asociados a la arquitectura, Teoría del Signo en Arquitectura (2003), Semiótica de la Arquitectura (Charlas de Notthingham) (Meissner, Vilches y Lobos, 2000) y, en el último tiempo, Semiótica en Marta Colvin. Posibles significados (Meissner y Martin, 2017).

A las generaciones de jóvenes investigadores e investigadoras de semiótica, para que, con la intención de superar las discontinuidades o rupturas históricas aquí descritas, las siguientes reflexiones sean un germen de nuevas posibilidades que continúen esta obra que, por cierto, cierra una etapa.

 

 

Agradecimientos

Las autoras y autor desean expresar sus agradecimientos a la Vicerrectoría de Investigaciones y Desarrollo de la Universidad de Concepción y, en particular, al Vicerrector, Dr. José Becerra Allende, quien apoyó el proyecto Nº 213.174.006-1.0, titulado Cartografía de las Investigaciones Semióticas en Chile (2016 -2019). Igualmente, se agradece a las instituciones que autorizaron la participación de sus académicas y académicos y patrocinaron el estudio: Universidad de La Frontera, Universidad de Chile, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede académica de Chile (FLACSO-Chile) y Universidad Nacional de Misiones, Argentina.

Uno de los orígenes del estudio se gestó gracias a la invitación que cursara la Dra. Ana María Camblong a la Dra. Elizabeth Parra, en su condición de presidenta de la Asociación Chilena de Semiótica en 2010, al VIII Congreso Internacional de Semiótica en la Universidad Nacional de Misiones, Posadas, Argentina. De manera especial, queremos expresar nuestra gratitud a la Dra. Camblong por la asesoría a esta investigación, derivada de su experiencia y la de su equipo en la investigación sobre semiótica argentina, de la cual nació el libro Cartografía de investigaciones semióticas: relevamiento 2011-2013 (2014).

Se expresa el agradecimiento a los siguientes colaboradores, quienes fueron parte importante del equipo en la etapa inicial del proyecto: Dr. Jaime Otazo Hermosilla, académico de la Universidad de La Frontera y Mg. Maritza Nieto Gómez, académica de la Universidad de Concepción. A las colaboradoras Mg. Karen González Uribe, licenciada en geografía, profesora de historia y geografía y Mg. en Educación, de la Universidad de Chile, por la elaboración de las cartas de información de esta publicación y la Mg. Verónica Cenitagoya Garin, de FLACSO Chile, por el análisis de los datos cualitativos.

A los estudiantes de Magister en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de La Frontera: Felipe Fuentealba, Javiera Ibaceta, Geraldina Iturra, Hernán Chavarría, Francisco Henríquez, y Claudio Meza, por su aporte a partir del informe de seminario de semiótica impartido por el Dr. Otazo. Al equipo de ayudantes de la Universidad de Concepción: Oscar Sanzana Silva, por la recogida de información y la colaboración en la aplicación de entrevistas, a Lucia Olmos Alarcón, cuyo informe de seminario de grado de periodismo abordó la cartografía de los congresos de semiótica y a Paulina Vejar Valdés, por la búsqueda y selección de información sobre las revistas y la enseñanza de la semiótica en Chile. Igualmente, agradecemos de forma especial al Dr. Rafael del Villar, por su colaboración en la recopilación de algunas portadas de libros, afiches de congresos y datos particulares.

A los académicos y académicas entrevistados, por su generosa contribución a esta investigación, algunos de los cuales participaron en el seminario sobre los resultados preliminares del estudio los días 9 y 10 de noviembre de 2017, en la Universidad de Concepción. Este seminario contó con la destacada presencia del Dr. Carlos Vidales Gonzales de la Universidad de Guadalajara, la Dra. Ana María Camblong Amores profesora emérita de la Universidad Nacional de Misiones y la Dra. Neyla Pardo Abril de la Universidad Nacional de Colombia, como invitadas especiales. A las y los académicos de distintas universidades chilenas asistentes al seminario aludido: Mg. Jaime Cordero García, Mg. Erika Cortés Bazáez, Mg. Alicia Rey Arriagada, Mg. Patricio Espinoza Henríquez, Mg. Fernando Venegas Tramon, Dr. Rafael del Villar Muñoz, Dra. Paulina Gómez Lorenzini, Dr. Claudio Cortés López, Dr. Jaime Otazo Hermosilla, Dr. Jorge Sánchez Villarroel, Dr. Manuel Baeza Rodríguez, Dr. Rubén Dittus Benavente, Dr. Ricardo López Pérez, D© Hans Stange Marcus, Dr. Claudio Salinas Muñoz y Dra. Tabita Moreno Becerra. Finalmente, agradecemos al colega y amigo Dr. Álvaro Elgueta Ruiz quien acompañó y colaboró siempre en este trabajo, aún estando lejos de Chile.

 

 

Prólogo

Ana María Camblong1

 

 

Estimados lectores, tengo la satisfacción de presentarles un trabajo de investigación riguroso, interesante y muy útil para tener un panorama cierto del estado de la Semiótica en Chile. Agradezco con alegre modestia, la generosa invitación de los amigos chilenos para acompañarlos en esta publicación que, no dudo, marcará un hito en la historia de la Semiótica en general y chilena en particular. En efecto, la rica y variada información que hallarán en sus páginas se despliega a lo largo de un lapso fructífero y expansivo de la Semiótica (1990-2015). Encontrarán datos relevados y procesados de acuerdo con distintos criterios y enfocados desde diversas perspectivas. La historia del desarrollo de la Semiótica revela no solo un notable crecimiento y logros alcanzados, sino también, una admirable y tenaz perseverancia de sus protagonistas, afrontando dificultades de toda índole, inmersos en turbulentos procesos políticos y socioeconómicos que afectan e interfieren requisitos básicos del trabajo intelectual.

Nuestras vidas latinoamericanas transcurren en condiciones poco propicias (eufemismo condescendiente), para la investigación, la formación y la producción académicas. Pero digámoslo con directa franqueza: estas latitudes últimas, transidas de históricas heridas y vestigios coloniales, sometidas a precariedades y asimetrías violentas, conforman el paisaje antropológico en el que hemos nacido, al que pertenecemos y en el que permanecemos con obstinados hábitos de supervivencia. Sin embargo, en tales condiciones, los trabajos se realizan, los profesores investigan, los jóvenes se forman y las universidades cumplen máximas funciones educativas para el crecimiento de las naciones.

Como ya se sabe, el campo disciplinar de la Semiótica viene batallando desde los albores del siglo pasado, por su reconocimiento académico, su instalación institucional y la acreditación de un acervo de estudios inscriptos explícitamente en su territorio. Es decir, se comprueban las mismas lides emprendidas por otras disciplinas y paradigmas que han intentado aportar nuevas/otras ideas, o bien, simplemente replantear teorías y metodologías consagradas y vigentes. Las tensiones, fricciones y crispaciones provocadas por el tábano del “quehacer semiótico”, abriendo “espacios” y alternativas en ámbitos científicos y universitarios, han sido siempre indicios inequívocos de la firme resistencia de estructuras poderosas y abolengos consagrados. Manotazos y mandobles defensivos, no hacen más que reiterar viejos trucos de poderes dominantes, actuando con su consabida eficacia. Esta sistemática resistencia, es un emergente en casi todos los ámbitos humanos, demasiado humanos. Sin ir más lejos, este estudio deja constancia de que la Semiótica no figura en el elenco de disciplinas para evaluar proyectos y profesores, situación que obliga a tomar desvíos forzados hacia otras coberturas disciplinares, con el correspondiente perjuicio para las evaluaciones.

Si se constata semejante devenir en los grandes escenarios europeos y norteamericanos ultra concentrados, imaginemos las torsiones del poder ejercido sobre nuestras academias laterales y replicadoras de modelos importados. La contienda estalla en muchos frentes y los esfuerzos se multiplican. Reivindico y coincido con mis amigos chilenos, en lo concerniente a la interpretación de “centros y periferias” (categorías desechadas por bibliografías posmodernas y globalizantes), pues se trata del mero reconocimiento de “nuestra ubicación” en el universo. La fábula mítica del mundo descentrado, nos resulta tramposa y simuladora de una versión bastante estrafalaria para nuestras antiguas experiencias, grabadas en memorias testimoniales, inclaudicables.

¿Cómo pensar semióticamente si no deslindamos nuestras propias modelizaciones de significaciones y sentidos? Una y otra vez la noria concentrada nos endilga su copiosa producción de conceptos recién estrenados, y nosotros a la zaga corremos exhaustos para mantenernos “actualizados”... Aquiles y la tortuga, he aquí nuestra alegórica carrera, sempiterna y subalterna. Con la lengua afuera (¿lengua extranjera?), tras semejante performance, pretendemos dar cuenta de nuestras “realidades”, de nuestros contextos, con modelos, nociones y retóricas que nos resultan inadecuados, poco eficaces, quizá inútiles. Con prolijo cuidado y voluntad correcta, inventamos ingeniosos malabarismos para avenirnos al canon científico que habilita y acredita nuestra actividad. Paradójicamente, cuando nuestros procedimientos responden a diseños originales, diferentes y concebidos a partir de nuestros hábitos, de nuestro propio ductus semioticus, experimentamos penosos ninguneos, ironías y descalificaciones, no solo desde las usinas hegemónicas, sino hasta de nuestros propios colegas.

No obstante, nuestro abigarrado y complejo acontecer admite a la vez, otras dinámicas de trabajo, de relaciones transversales, de conversaciones abiertas (informales y formales), de intercambios fecundos que aportan auténticas exploraciones y ensayos de gran vigor intelectual. Considero que el honesto y provechoso diálogo emprendido y cultivado a lo largo de tantos años con los investigadores chilenos (como con otros estudiosos latinoamericanos), habilita resultados altamente valiosos para la historia del conocimiento y de nuestras academias.

Pido disculpas por la vehemente franqueza expresada al ponderar nuestras condiciones de producción, pero recobro cierta compostura para aplaudir con entusiasmo genuino, esta excelente investigación que recaba con minucioso cuidado las “cartografías chilenas” de una actividad sostenida, plena de búsquedas, descripciones e interpretaciones en las comunicaciones, letras, teatro, artes visuales, arquitectura, prácticas socioculturales, publicidad, diseño, etc. El registro meticuloso de carreras de grado y postgrado, mallas curriculares y cátedras, de investigadores, de proyectos de investigación, de publicaciones de revistas y libros, la distribución de universidades y centros de estudio, configuran un aporte de potente alcance simbólico y plataforma estratégica para futuros desarrollos de la Semiótica en Chile.

Amigos chilenos, los felicito y hago votos para que podamos continuar conversando y trabajando juntos de manera mancomunada.

1 Doctora en Letras en Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Profesora Emérita de la Universidad Nacional de Misiones. Directora de la Maestría en Semiótica discursiva. Primer Premio Nacional en Filología, Lingüística e Historia de las Artes, 1993-1995, otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación. Dirige una Especialización en Alfabetización biosemiótica en los umbrales escolares, destinada a docentes, formador de formadores y graduados universitarios. Sus investigaciones se orientan a políticas lingüísticas, en particular sobre enseñanza de la “lengua oficial” en zonas rurales y de frontera.

 

 

Presentación

“¿Quién ha dicho que la cartografía solo puede representar fronteras y no construir imágenes de las relaciones y los entrelazamientos, de los senderos en fuga y los laberintos?”

Jesús Martín-Barbero, 2002

El tema central de este libro es la semiótica en Chile. Constituye un ejercicio de reconstrucción de la memoria de quienes han cultivado la disciplina desde la década de los años noventa del siglo XX hasta la segunda década del siglo XXI, continuando el relato de las y los pioneros, recogido por publicaciones previas donde se documenta la década precedente.

Se consideró el año 1969 como el inicio formal de los estudios semióticos en Chile, tomando la referencia del artículo del Dr. Rafael Del Villar “La semiótica en Chile”, que resume los estudios de semiótica entre 1969 y 1996, publicado en la Revista Signa,en 1998.1 Este hito del inicio informal está marcado por la llegada a Chile el año 1962 de Armand Mattelart,2 para seguir estudios en la Escuela de Sociología de la Universidad Católica de Chile.

La investigación que sirvió de inspiración para este libro fue la Cartografía de investigaciones semióticas: relevamiento 2011-2013,sobre la situación de la semiótica en Argentina dirigida por Ana María Camblong (2014).3 A la vez, en Chile es posible encontrar como fuentes directas para una caracterizaciónmarcodel campo de estudio semiótico, desde 1970, los siguientes trabajos: lingüística, Gallardo y Sánchez (1986); literatura, Jofré (1983); teatro, Cortés (1994, 1996, 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2002) y Ponce (2015); investigación y docencia, Del Villar (1996, 1998). Junto con otros investigadores citados más adelante, quienes participaron activamente en el avance de la disciplina en sus respectivas áreas de trabajo.

Una de las constataciones tempranas es la insuficiente unidad de los estudios semióticos chilenos. Esta insuficiencia tendría al menos dos orígenes:

la parcialidad de los estudios derivados de la variedad de disciplinas de los académicos que se reconocen como parte del campo de estudios semióticos chilenos. Sin embargo, de acuerdo a los énfasis declarados por los actores sobre su objeto de estudio y los múltiples métodos utilizados en sus investigaciones, es posible que haya puntos de contacto no explorados hasta la fecha; la ausencia de sistematización de las distintas expresiones de su quehacer. En efecto, el desarrollo de la disciplina constituye a la vez una limitante y una oportunidad para representarse como una comunidad científica.

Estos orígenes y tensiones del cultivo de la semiótica se recogen en la secuencia de análisis de la actual cartografía, cuyos antecedentes metodológicos se encuentran en el anexo. El libro se inicia con una primera parte titulada “Territorio semiótico”, dedicada a la producción semiótica de diferentes áreas disciplinarias entre los años 1990 y 2015. Además, presenta la enseñanza de la disciplina en las universidades del país, tanto de pregrado como de postgrado. Todo ello, en relación con el contexto social y territorial, en el que se produce el ejercicio semiótico. Lo anterior se orienta a partir de las preguntas:

¿Quiénes desarrollan trabajos de carácter semiótico?¿Cómo llegó a trabajar en semiótica?¿Cómo se distribuyen los estudios sobre semiótica en el país?

La segunda parte, “Voces para una genealogía”, da cuenta de treinta y una entrevistas realizadas a investigadores e investigadoras destacadas como miembrosfundadores y a miembros de las sucesivas directivas de la Asociación Chilena de Semiótica, dentro del período de veinticinco años correspondientes al período en estudio. También se recogen testimonios de otros investigadores que han participado en la difusión de la disciplina en Chile, con el fin de identificar las temáticas de distintas épocas en el país. El análisis, en esta segunda etapa, consistió en combinar autores, escuelas y trayectorias, orientadas por las siguientes preguntas:

¿Cuándo un trabajo tiene carácter semiótico?¿Qué categorías permiten definir un objeto semiótico?¿Cómo define la semiótica?

La tercera parte, “La semiótica entre bosques de signos: del giro lingüístico al giro semiótico”, presenta las condiciones teóricas, epistémicas, metodológicas y de las prácticas institucionales que han posibilitado la aparición y el desarrollo de la disciplina en Chile, considerando los territorios y los actores. Para tal efecto, se presenta el diálogo entre los contenidos de las partes I y II, a través de las preguntas:

¿Cuál es el aporte de la semiótica a la construcción del conocimiento?¿Cuáles son las condiciones teóricas y prácticas que han posibilitado la aparición y desarrollo de la semiótica en Chile? ¿Qué historia de la semiótica se ha narrado en Chile?

El libro finaliza con el capítulo “Escenarios futuros: a modo de conclusión”, donde se plantea la urgencia de comunicar narraciones que permitan visualizar otras historias, otras cartografías, al decir de Jesús Martín-Barbero, inmersos en nuestra Latinoamérica, con el fin de pensar sobre y desde la semiótica, la realidad que nos circunda.

1 Este texto fue publicado por primera vez en 1996, en el Nº 1 de la Revista Chilena de Semiótica, en una versión más breve, bajo el título Sémiotique au Chili d’aujourd’hui: Histoire, Ruptures et Champ Théorique, pp. 7-13.

2 Su producción en el país fue copiosa, ya en 1963 había publicado Diagnóstico social sobre América Latina. Las estructuras sociales, freno al desarrollo económico, Santiago de Chile.

3 Camblong, A. M. (dir.; compilado por Carla Andruskevicz, Carmen Guadalupe Melo,Froilán Fernández), (2014). Cartografía de investigaciones semióticas: relevamiento 2011-2013.Posadas: Asociación Argentina de Semiótica.

 

 

Introducción1

La crítica sobre el quehacer de la ciencia y, en particular, de las condiciones de la producción del conocimiento científico, no es reciente. En el siglo pasado, desde la sociología crítica, se postulaba que en un mundo dominado por leyes económicas, que se imponen encima de la cabeza de los hombres, sería ilusorio pretender comprender los fenómenos sociales como fenómenos que por principio están dotados de sentido (Adorno et al., 1972, p. 49). De ahí entonces, que tanto la crítica a las aportaciones científicas, como a las posturas ante la ciencia y el papel del investigador en la sociedad, han contado con diferentes momentos, que hasta hoy mantienen la discusión sobre el estatus científico de algunos estudios, en una oscilación permanente entre teoría, empiria, gestión y reflexión.

Un espacio que, si intentamos conceptualizar, no es ni geométrico ni representativo (Poincaré, ١٩٦٨), es decir, se aleja tanto de la encrucijada de coordenadas físicas, como de la percepción de esta por los sentidos. Estamos hablando más bien de un campo de estudio, concepto entendido como un espacio que reúne un grupo de problemas centrales, a los que se suman factores explicativos y objetivos, además de métodos y técnicas aprobadas, así como conceptos y leyes interrelacionadas (Nadeau, 1999, p. 55). Esto es, “un conjunto efectivo de variantes conceptuales [de] una ciencia” (Toulmin, 1977, p. 213), lo que configura una disciplina científica particular. En la presente investigación, esa disciplina es la semiótica.

Adorno, al igual que Dilthey, Husserl y Heidegger, en relación con las ciencias humanas, señala que la complejidad de las ciencias sociales no admite métodos adaptados que provengan de las ciencias naturales, dado que el objeto de estudio es la sociedad, esto es, nos encontramos con una materia contradictoria y, sin embargo, determinable; racional e irracional; sistema y ruptura, al mismo tiempo. Resulta innegable que el ideal epistemológico explicativo de las matemáticas fracasa allí donde el objeto mismo, la sociedad, no es unánime ni viene entregada de manera neutral al deseo, a la conveniencia de formalizaciones categoriales predeterminadas. De ahí la relevancia de la generalidad, propia de las ciencias sociales (Adorno et al., ١٩٧٢), que, aunque puede provocar ambigüedades, se produce y reproduce en virtud de momentos particulares. En consecuencia, sistema y particularidad son recíprocos y es en ese proceso donde pueden ser reconocibles y aprehensibles.

La semiótica, internacionalmente, se institucionaliza en Paris, Francia, en 1969 y su primer congreso se celebra en Milán, en 1974 (Escudero, 2016, pp. 10-11) en el marco de las ciencias humanas y sociales. En todo este tiempo, la semiótica no ha estado exenta de discusiones (Eco, 2000; Magariños, 2008), particularmente, en lo que concierne a reconocer los distintos niveles de construcción del conocimiento y los eslabones que faltan. A juicio de Fabbri (2004, p. 53), son relaciones entre la teoría, lo metodológico y la descripción empírica. Estos, hasta hoy en Chile, han sido los niveles en los que no hay claridad, en la disciplina semiótica. Aunque la cuestión epistémica es fundamental para la orientación del campo de estudio, la orientación metodológica es del mismo modo, vital.

En el actual estudio se reflexiona sobre el campo de la semiótica como un sustento que permite la enunciación bicéfala de un paradigma y de una metodología, mas no en su aspecto instrumental ni en una mera operatividad relativa al uso de técnicas cuantitativas o cualitativas en la recolección de información o en el tratamiento de lo observado, sino en una cuestión de fondo: desentrañar la naturaleza semiótica de los estudios. El esfuerzo enunciado brinda la posibilidad de repensar la linealidad y la jerarquización de la producción de conocimientos que se han dado hasta ahora, asociados a disciplinas relacionadas con el campo de la semiótica. Se trata de la naturaleza del objeto complejo, del cual pueden reconocerse tres principios (Morin, 1986). El principio dialógico, que hace a los componentes, metodología y epistemología en el caso que tratamos, distintos e inseparables, más aún, necesarios mutuamente para su existencia como objetos; el principio de auto-organización, el que incentiva la recursividad organizacional del objeto que al funcionar produce nuevos efectos, como en la figura del remolino entre signos e interpretaciones de los mismos; finalmente, el principio hologramático, fractal que es todo y parte a la vez, para nuestra aplicación, en cada componente del signo encontramos la síntesis del objeto sígnico completo, un modelo que incluye signo, interpretante y cultura. Según Fabbri (2004) el problema radica en que la semiótica debe estudiar el sistema y los procesos de significación y superar la visión fragmentada y binaria del signo. Por tanto, la necesidad de asumir la interdisciplinariedad como método, otorga la posibilidad de desjerarquizar los saberes y los conocimientos, y hacerse cargo más bien de las dinámicas y transformaciones que se busca comprender e interpretar, más que de los resultados.

Así, en el mismo texto, Fabbri (٢٠٠٤) afirma que si la semiótica quiere tener el estatuto de ciencia, debe atender varios niveles de desarrollo (eslabones), necesarios para constituir su cientificidad (desde la empiria hasta la teoría). De tal modo que el primer nivel (el empírico) debe relacionarse con el nivel de la metodología, en tanto el método se entiende como un conjunto de conceptos formados e interdefinidos. Este nivel se relaciona con un tercero (el teórico), necesario para justificar las categorías que se usan. Un cuarto nivel (el epistemológico), en rigor, se plasma en una posición filosófica, pues ciencia sin filosofía no es coherente, en tanto la primera hace lo que sabe hacer; pero sin un valor que oriente ese quehacer, puede terminar en un sinsentido. De acuerdo con ello, hoy en Chile, entre estos niveles presentados faltan eslabones que generen los puentes de una consolidación de la semiótica como disciplina. La situación actual es que, al no tener los enlaces entre los niveles, se generan corrientes paralelas de pensamiento semiótico, desfigurando los contornos que el campo de estudio pudiera tener como disciplina particular, constituyéndose en un territorio inabarcable.

La consideración de estudio de la semiótica como campo, favorece la indagación comprensiva e interdisciplinaria acerca de los fenómenos que se estudian (naturales y/o culturales), sobre la base de aquellos elementos que convergen en la naturaleza de lo semiótico. Si bien la dicotomía naturaleza/cultura formó parte del paradigma simplificador moderno, ello se logra neutralizar cuando se reconoce la semiosis como un fenómeno subyacente de ambos mundos. Así, es posible entender que la semiótica en tanto indague en los sistemas de signos, es el campo de estudio primario del ser humano, dado que este siempre tiende a buscar el sentido de los objetos que conforman su mundo. Sin embargo, resulta necesario tener presente la persistencia de corrientes paradigmáticas antagónicas, que no logran aceptar la presencia del otro y confluir en una visión integrativa, finalidad a la que aspiran vertientes actuales de la semiótica.

Ya en el texto Sociología e investigación empírica (Adorno et al., 1972) se señalaba que los fenómenos sociales se presentan como realidades particulares, sin considerar su contexto social. Detrás de estas concepciones que minimizan las condiciones estructurales que originan los fenómenos, en el seno de su realidad social, se encuentra un empirismo que tiende a ver dichas concepciones como un resabio filosófico en la evolución de la ciencia. Sin embargo, el autor nos advierte que es precisamente a través de la reflexión teórica, y no tan solo a partir de los hallazgos empíricos, que se puede acceder a la idea de una sociedad que trasciende al conjunto de hechos dispersos.

Resulta necesario, entonces, encontrar puntos de convergencia disciplinaria que releven el abordaje de los fenómenos sociales dentro de sus contextos, superando de esta forma los campos disciplinarios encerrados en sí mismos. Romper lo complejo, reducirlo, lleva a fragmentar los saberes “unidimensionando lo multidimensional”. Ahora bien, esta parcelación del conocimiento tiene su origen en un modelo de sociedad que Foucault (1975) definiera como disciplinaria, en la que el confinamiento de los saberes en disciplinas excluyentes permite un mayor control del quehacer de individuos por parte de los grupos que detentan el poder. Esto tiene su continuidad en la adaptación del enfoque que numerosas disciplinas han experimentado como la estructura productiva, lo que explica de paso su tendencia hacia un empirismo funcional al mercado. Como una forma de “supervivencia”, el método de las disciplinas ha terminado por definir y fetichizar el objeto de estudio (Adorno et al., 1972, p. 85).

Estudios sobre el signo

El estudio de los signos y su incidencia en la vida humana siempre ha sido de interés. Desde sus inicios en la cultura occidental, en particular en Grecia, la semiótica surge como una materia de conocimiento, cuyo objeto se ha ido precisando y replanteando a través del tiempo (Castañares, 2014).

Es así como el pensamiento presocrático ya manifestaba interés en múltiples fenómenos afines, por ejemplo, la expresión ‘sémata’ y sus derivados, que hacía referencia tanto al mundo físico como a la esfera numénica (Pellizer, 1997). Los filósofos de la Grecia clásica añadieron la preocupación por la significación, una pregunta permanente por la naturaleza y las propiedades del lenguaje y del discurso. Esto puede observarse desde Platón hasta los estoicos, pasando por Aristóteles (Karam, 2005; Castañares, 2014).

En su intento por seguir la pista del desarrollo de la semiótica medieval hasta su disolución en el pensamiento renacentista, Eco (1997) deja claro que la problemática del signo constituye un dominio en permanente reformulación, que no ha dejado nunca de revisarse y reorganizarse en torno a nuevos objetos: el lenguaje como facultad, el mundo como escritura, los textos sagrados como alegoría infinita, entre otros.

Por su parte, la filosofía moderna, en una discusión que va desde Bacon a Leibniz, pasando por Locke, tampoco ha dejado de preocuparse de los signos como una derivación natural de las problemáticas propias de la filosofía y posteriormente del lenguaje; también como un intento por establecer una lógica que concibiera los conceptos e ideas como signos (Dascal y Dutz, 1997), aspecto que más tarde va a retomar Peirce.

Pese a que esta derivación puede parecer autónoma, la aparición y expansión del pensamiento semiótico no se explica por sí sola, sino a partir de su relación con otras ciencias y disciplinas científicas, situación donde ha funcionado como principio teórico y se ha convertido en una forma particular de pensamiento a nivel metodológico. Según Vidales, “el pensamiento semiótico implica, [ ], incorporar no solo un sistema conceptual determinado, sino sus modos de interrelación disciplinar” (2008, p. 73).

La preocupación sobre la semiótica como disciplina no puede situarse mucho antes de los primeros años del siglo veinte. No es el nacimiento de una sola ciencia, sino el principio de diversas escuelas con paradigmas, métodos y objetivos distintos que hasta hoy se mantienen. La constitución de una posible ciencia de los signos a fines del siglo XIX, bajo la forma de una semiótica, es representada por Charles Sanders Peirce (1839-1914), que buscaba la reformulación de la lógica bajo la forma de una teoría “faneroscópica” de las representaciones. También por la “semiología” de la escuela europea de Ferdinand de Saussure (1857-1913), autor que intentó darle un lugar de estudio, en el contexto de su relación con la lingüística y de la reorganización que la filosofía positiva irradiaba sobre el conjunto de las disciplinas científicas. De ese modo, pasaron más de cincuenta años para la aparición de un proyecto, que tomara como objeto el entramado de comunicaciones determinadas por múltiples códigos, que es la cultura.

Algunos investigadores coinciden en afirmar que el año 1968 y las consiguientes consecuencias de la revuelta de mayo, constituyen un hito fundamental en la historia de la investigación en ciencias sociales y humanas, tanto en semiótica como en comunicación. Particularmente, De Moragas,2 investigador español, quien ha sistematizado los estudios de semiótica en Europa, señala que el año 1968 marca el inicio de una perspectiva teórica para estudiar la comunicación de masas, que coincide con el boom del estudio de la semiótica en el campo de la cultura de masas iniciado por Eco, lo que se refleja en su obra La estructura ausente, publicada en ese emblemático año (De Moragas, 1980, pp. 70-71).

En efecto, la problemática de los estudios de comunicación de masas, por un lado, nació al amparo de los estudios de la sociología funcionalista estadounidense, y, por otro, se analiza desde el enfoque socio-filosófico de la escuela de Frankfurt. Estos estudios han seguido exigiendo un fundamento semiótico de los problemas que se abordan y los principios que los sustentan. Para De Moragas (1980), los teóricos se dieron cuenta de que los microanálisis que se venían realizando no respondían a los contextos de la realidad social europea, el quiebre derivado de tal hallazgo provocaría un giro en las investigaciones. De hecho, se comienzan a plantear problemas macro, propios de la cultura industrial, sus ideologías y las relaciones con el poder, que también se verán expresados en Chile. Esta situación trae como consecuencia otras rupturas de orden estratégico. Por ejemplo, los problemas ideológicos, el análisis crítico de la realidad y las relaciones con el poder trascienden las fronteras de las aulas universitarias y se cobijan en las organizaciones políticas. Por lo tanto, la investigación sobre el fenómeno social deja de estar concentrada en las universidades y se ve superada por el contexto, que la obliga a salir de las aulas y comprometerse con la demanda político-social de la época (De Moragas, 1980, p. 81), situación que se produce en Chile en la década de 1970.

A juicio de este investigador, en ese momento se generó una discusión entre sociólogos y semiólogos. La polémica se difundió en una publicación de Fabbri, La comunicazioni di masa in Italia: sguardo semiótico e malocchio della sociología. Quaderni di studi semiotici (1973). Allí se advierte que los semióticos acusaban a los sociólogos de haber desarrollado su trabajo sin afrontar seriamente el problema de la significación, y también de haber enfrentado sus objetos con métodos desfasados, como las técnicas de análisis de contenido, y, por tanto, habían sido incapaces de proponer modelos de interpretación adecuados a la complejidad de los fenómenos sociales de aquel entonces. Dicha crítica fue rechazada por los sociólogos. Ellos consideraban que los semióticos no abordaban problemas estructurales, como las relaciones entre el poder, la ideología y la comunicación, y más bien se quedaban en abstracciones teóricas.

Si se toma en cuenta el dinamismo que adquirió la investigación sobre los signos y el lenguaje durante la década de los sesenta y setenta del siglo XX, se podría concluir que parte importante de las refundaciones contextuales de la semiótica ocurrieron en Latinoamérica.

Nada o casi nada, hasta ese momento, había ocurrido tras los entusiastas anuncios de Peirce y Saussure de generar una ciencia general de los signos. Tuvieron que transcurrir cincuenta años para que se instalara la semiótica en Europa, en plena efervescencia estructuralista desatada por los grupos de discusión y seminarios guiados por Greimas, Barthes, Levi-Strauss, Eco, Todorov, Lotman y otros, que se fueron sumando tanto dentro como fuera del continente europeo.

Uno de los primeros intentos por abordar la semiótica desde una perspectiva cultural y comunicativa fue un seminario realizado por Barthes, en 1957, a partir de su libro Mitologías. Allí, el semiólogo francés reafirma a través de un ejemplo que “descifrar los signos del mundo quiere decir siempre luchar contra cierta inocencia de los objetos. Comprendemos el francés tan ‘naturalmente’, que jamás se nos ocurre la idea de que la lengua francesa es un sistema muy complicado y muy poco ‘natural’ de signos y de reglas: de la misma manera es necesaria una sacudida incesante de la observación para adaptarse no al contenido de los mensajes, sino a su hechura. Dicho brevemente: el semiólogo, como el lingüista, debe entrar en la ‘cocina’ del sentido” (Barthes, 1985, p. 224). Perteneciente a la escuela estructuralista, se escapa del planteamiento de Saussure postulando que más allá de la profecía que anunció Saussure (1945), habría una ciencia que estudiaría los signos en la vida social, lo importante es comprender la manera en que los signos adquieren un “sentido connotado”, para comprender a cabalidad los procesos de significación en el mundo moderno (Barthes, 1985, p. 223).

Sin embargo, los estudiosos reconocen que el primer intento de sistematización o, al menos, el primero con un extenso impacto a nivel internacional, se debe a Eco (1976), quien en las páginas del Tratado de Semiótica General sintetizó un proyecto de teoría semiótica unificada, que retomaba los principales tópicos y optaba por posiciones en torno a las definiciones centrales de la disciplina. Es cierto que esta síntesis ya había sido presentada por Morris, Greimas, Kristeva, Mounin, Garroni, Bense y Walther, entre otros, pero ninguna de ellas tuvo la capacidad de producir una adhesión tan generalizada de la creciente comunidad semiótica de los años setenta a nivel europeo, como la de Eco.

En América Latina (Fuentes y Vidales, 2011), investigadores mexicanos que se han preocupado de estudiar las relaciones entre la semiótica y la comunicación, desde un ámbito epistemológico, reconocen que el trabajo de Eco provocó dos efectos en el campo semiótico: primero, “la emergencia de un nuevo marco epistemológico”, y segundo, “el nacimiento de lo que se denomina semiótica de la cultura”, concepto que a juicio de algunos teóricos es una redundancia dado que la semiótica no se puede entender sin la cultura (Pérez, 1995, p. 14).

A partir de una definición aparentemente simple del signo como “cualquier cosa que pueda considerarse como substituto significante de cualquier otra cosa” (Eco, 2000, p. 22), deduce el carácter transpersonal del signo como unidad codificada, cuya existencia depende en última instancia de los procesos culturales y no meramente de los individuos.

Tomando elementos de la tradición fundacional de la semiótica, Eco intentó refusionar algunos aspectos de las divisiones estructuralistas y pragmáticas vigentes en la época de Saussure y Peirce para instaurar una doble teoría, capaz de explicar los sistemas de significación (teoría de los códigos) y los procesos de comunicación (teoría de la producción de signos). Sin duda, el investigador se preocupó de manera rigurosa y constante de generar el carácter científico de la semiótica; en tanto, uno de los problemas con los que ha tropezado la semiótica a través de su historia es encontrar su objeto de estudio (De Moragas, 1980).

Las falencias detectadas que Eco asumió remueven los cimientos de la semiótica, por ejemplo, el examen de la noción de signo, “son solo una subespecie de entidades semióticas y que la semiótica se preocupa de un campo más amplio de fenómenos interrelacionados” (Eco, 2000, p. 730). Contradice la visión de quienes consideran que la semiótica es un campo unificado de estudios. A través de la delineación teórica basada en reglas comunes de competencias discursivas, formación textual, y desambiguación contextual y circunstancial presentes en la teoría semiótica general, Eco propone superar las contraposiciones existentes en el estudio de la semiótica. Usa el concepto de “umbrales”, para enmarcar el desarrollo teórico en base a límites políticos, naturales y epistemológicos (Eco, 2000).

En efecto, en La Estructura Ausente (1968) donde Eco escribe una condensada historia de la semiótica, intenta abarcar todos los objetos de la semiótica, usando las teorías vigentes que pudieran aportarle información; pero, sin duda, es en el Tratado de Semiótica (1976) donde establece una síntesis de los principales problemas que encierra la semiótica y de las consiguientes soluciones formales que pudiera ofrecer. Dicho de otro modo, Eco, a través de esta obra, demuestra su capacidad para ordenar las bases comunes y elaborar una teoría de los códigos y, al mismo tiempo, de la producción sígnica, lo que reflejaría, a nuestro juicio, una incipiente madurez científica reconocida de la semiótica y, a la vez, indicios de sus proyecciones como investigador en el campo.

Pero en estricto rigor fue en Semiótica y filosofía del lenguaje (1984), donde declaró su interés por volver a las fuentes filosóficas para proponer una historia de la semiótica. Postula como modelo para una historiografía, seguir la idea de un laberinto de la red o rizoma del callejero porque “No tiene centro, ni periferia, ni salida, porque es potencialmente infinito. Es espacio de la conjetura” (1984, p. 67), de modo abductivo.

Justamente, Vidales (2010), quien ha seguido de cerca a Eco nos invita a preguntarnos por qué era necesario que el investigador se refiriera a la genealogía de la semiótica, volver a sus orígenes para construir conocimiento y no seguir reproduciendo lo que ya estaba dicho para desentrañar qué sentido tenía. Castañares responde de manera acertada: preocuparse de la historia “es una respuesta a la pregunta por su identidad y también a la pregunta sobre el lugar que la semiótica ha de ocupar entre las ciencias sociales” (2017b, p. 205). En efecto, dos conceptos que se han repetido en el tiempo, pero no ha habido estudios que se hubiesen hecho cargo de la identidad y la memoria que acompaña a una disciplina. Incluso, del lugar que ocupa la semiótica en el contexto disciplinar, cuestión que sigue siendo un problema para definir en el marco de las otras disciplinas. En esta línea, es necesario que la semiótica busque la colaboración de otras ciencias sociales, un camino que le permita salir del aislamiento en el que había tendido a permanecer, producto de sus análisis lingüísticos; a veces profundos y exhaustivos, otras, confusos, que han generado escaso reconocimiento científico dentro de la academia.

En 1971 se creó la revista Versus (VS), que no solo tuvo repercusión en Italia, sino a nivel internacional y particularmente, en Europa. Fue dirigida por Eco con colaboración de Fabbri, Usberti, Violi (De Moragas, 1980, p. 79). La particularidad de la revista es que no se centró en visualizar un solo objeto de la semiótica, sino que, según Eco, se ocupó de una diversidad de objetos, incluyendo la comunicación de masas. Incluso, como señala De Moragas, en su último tiempo de circulación hubo especial preocupación por la semiótica peirceana (De Moragas, 1980, p. 15), y por la semiótica textual.

En este sentido, De Moragas comparte con Fabbri que la razón de ser de la semiótica tiene que ver con los aportes que hace al análisis de contenido, a la cultura, al conocimiento de los sistemas de valores del entramado ideológico que orientan el comportamiento de las personas y la sociedad en general. De tal modo que la ideología, en ese contexto, se reconoce como un sistema semiótico de representaciones a través del cual los miembros de una organización social viven de manera imaginaria las relaciones de poder que las ideologías reproducen simbólicamente y se distribuyen a través, por ejemplo, de los medios de comunicación (Fabbri, citado en De Moragas, 1980, p. 60). En consecuencia, la semiótica, al generar modelos de interpretación de los textos que se trasmiten en la producción discusiva, se escapa del aislamiento en el que frecuentemente se le ha criticado que permanecía e inicia un compromiso con la cultura y la política, cuestión que fue importante rescatar en Latinoamérica y, particularmente, en el nacimiento de la disciplina en Chile, pensando que las primeras señales provienen de una generación de jóvenes académicos que se formaron en Francia, al alero de los investigadores estructuralistas. Esto se explica, en parte, porque en los años setenta Latinoamérica estaba atravesada por una revolución cultural y política que atraía a muchos jóvenes europeos.

Una muestra más de esta necesidad de comprensión del campo de estudio de la semiótica asociada a la cultura es la producción del lingüista ruso Lotman (1996), quién introdujo el concepto de “semiósfera”. Lotman realiza una comparación con lo que el científico Vernadsky (1997) llama “biósfera”, concepto que se toma como referencia para extrapolarlo al universo de los signos. Componen este espacio, el conjunto de los “distintos textos y lenguajes cerrados”. Sin embargo, el conjunto de cada pieza ensamblada con otra no constituye su existencia. En sus propias palabras, “todo el espacio semiótico puede ser considerado como un mecanismo único (como un organismo). La ‘semiósfera’ es el espacio semiótico fuera del cual es imposible la existencia misma de la semiosis” (Lotman, 1996, p. 12), porque la semiósfera posee una serie de elementos distintivos; entre ellos su carácter delimitado y la irregularidad semiótica. Desde la semiósfera propuesta por Lotman (1996) como un universo de signos, el semiótico venezolano Finol acuña el concepto de “corpósfera” y lo define como “el conjunto de los lenguajes que se originan, actualizan y realizan gracias al cuerpo, entendido este como un complejo semiótico de numerosas posibilidades que requieren de una visión fenomenológica para su mejor comprensión” (2014, p. 166). Según Lotman (1996), a través del cuerpo se traducen las significaciones de la semiósfera y viceversa. El cuerpo presenta límites y fronteras que condicionan la aprehensión de sentido dentro de una cultura.

En base a la historia de los estudios de la semiótica europea, en el marco de un paradigma binario, Fabbri (1998) genera un giro en la forma de estudiar la semiótica asociada a los problemas de significación. En sus palabras, “este giro es como un nuevo pliegue en la Semiótica” (Fabbri, 1998, p. 19), una serie de transformaciones graduales, producidas por una gran cantidad de reflexiones y debates. El “giro semiótico” tiene como hipótesis pensar en la existencia de objetos, que no se descomponen en unidades mínimas (propuesta desde la lingüística), posibles de representar. Este planteamiento comprende la creación de universos de sentido, que permiten reconstruir dentro de ellos, organizaciones específicas de sentido, es decir, abarcan elementos que anteriormente se escapaban del análisis discursivo textual. Para Fabbri, “solo por este camino se puede estudiar esa curiosa realidad que son los objetos, unos objetos que pueden ser al mismo tiempo palabras, gestos, movimientos, sistemas de luz y estados de materia, o sea, todo lo que encierra un proceso de comunicación” (Fabbri, 1998, p. 41). A partir de esta contextualización, el teórico expresa que la semiótica tiene una vocación omnicomprensiva y, por la misma razón, se trata de una disciplina con tendencia a integrar áreas. Con lo dicho, se deja constancia de que su estudio no se debe circunscribir a un área totalizante ni a una teoría general. En base a lo anterior, Fabbri señala que la narratividad proveniente de la lingüística, como el estudio de los relatos, también contempla las “concatenaciones y transformaciones de acciones y pasiones” como parte de los estudios semióticos (Fabbri, 1998, p. 128). Al decir de uno de los entrevistados en el presente estudio: “se conforman constelaciones semióticas o conjuntos de relaciones de significaciones que se organizan alrededor de un signo en el proceso de semiosis ilimitadas” (E15).

A partir de la década de 1990, la inserción del estudio de las pasiones en la semiótica dejó en evidencia la delimitación de dicho concepto. Es por esto que Fabbri plantea una definición de pasión relacionada con la acción y no como oposición a lo racional: “La pasión es un punto de vista de quien es impresionado y transformado por una acción [y precisa], hay acciones que son cometidas por el signo, o si queremos por signos que tienen un valor muy activo. Al igual que la lingüística performativa, la Semiótica también debe concebir los signos como acciones, como transformaciones de situaciones, como planteamiento y modificación de actores, espacios y tiempos” (Fabbri, 1998, p. 62).

Otro aporte interesante de mencionar es la emergencia de la semiótica del cine en el marco de la semiótica del ícono y de la comunicación de masas. De hecho, el cine es el medio de comunicación que en el último tiempo ha provocado más atención, tanto entre los académicos como en el sistema de mercado. Esto es, porque la semiótica les aporta a los críticos nuevas formas de interpretación con el fin de superar los niveles descriptivos que se venían conociendo. Sin duda Metz (1968) es un pilar fundamental para hablar sobre esto. Él elaboró los primeros trabajos sobre el tema, por ejemplo, Essais sur la signification au cinéma (1968). La dificultad asociada con estos estudios tiene que ver con la necesidad de generar nuevas categorías y modelos independientes del sistema lingüístico. En efecto, este problema no debe entenderse como una cuestión particular del cine, sino más bien como uno de los problemas de la semiótica de la cultura que se enfrenta al estudio de los mensajes y procesos de comunicación complejos (De Moragas, 1980, p. 89). En efecto, el estudio de la semiótica de la imagen atraviesa toda la historia del pensamiento semiótico occidental. En particular, Mukarovsky, miembro del Círculo de Praga, desde la estética se refiere a la obra de arte, la que para la semiótica representa el nexo entre la tradición filosófica de Kant y Hegel y la semiótica de la cultura que se desarrolló en torno al Círculo de Praga (Martínez, 1995, p. 177).

A modo de síntesis, tras esta breve revisión sobre el signo, es posible decir que, en un comienzo, la base ideológica sobre la que se plantearon los estudios semióticos en América Latina, y en particular en Chile, no estuvo exenta de controversia. La perspectiva del psicoanálisis en conjunto con la teoría marxista fue relevante para su desarrollo. Al respecto, una cita de Rosa María Ravera, investigadora argentina, señala: “Algunas premisas de base fueron que la significación era una producción social, el estudio empírico de los fenómenos discursivos resultaba ineludible y lo ideológico no funcionaba como un cierto tipo de mensaje, sino como un nivel de lectura de los discursos sociales” (Ravera, 2000, p. 24). En ese sentido, para algunos en ese momento, el desarrollo de la semiótica en el marco de los estudios de la comunicación de masas y de las ciencias sociales, aparece indisociable de una postura activista respecto al análisis y la crítica de la dominación ideológica imperante. De hecho, la actitud crítica que ha caracterizado a la semiótica permitió que en aquel entonces se produjera una polémica ideológico-disciplinaria entre sociologistas y semiologistas (De Moragas, 1980). La preocupación por el análisis de contenido, asunto vital para los sociologistas, fue vista como una actitud descomprometida de la realidad de los procesos históricos por parte de los semiólogos.

Estado actual de los estudios semióticos

Hacer una lectura del estado general del campo semiótico actual resulta desafiante, pues existen muchas introducciones que pueden servir en un primer momento. Aunque, si efectivamente estamos frente a una ciencia tradicional, aún falta profundización en el abordaje de las cuestiones epistemológicas y metodológicas.

Un estudio formal de la semiótica es conveniente revisarlo en Posner (1997, 1998, 2003, 2004), quien ha abordado los conceptos centrales, la historia, los campos de estudio tradicionales y recientes y las etapas de la disciplina. En esta ocasión, sin embargo, no nos detendremos en esos estudios, sino que examinaremos algunas ideas de Eco (1997), que guardan estrecha relación con lo que ha sucedido en Chile. Destaca un interesante artículo donde analiza no solo los aspectos teóricos, sino también las dificultades políticas enfrentadas por la semiótica para instalarse en el panorama de las ciencias sociales y humanas. Según Eco, la historia de la disciplina se ve obstaculizada porque gran parte de sus autores no definen explícitamente sus investigaciones como semióticas:

“Desafortunadamente, dichos intentos por investigar las ideas semióticas pueden fácilmente caer en la cuenta que muchos autores que, sin lugar a dudas, se ocupan de los signos (al menos desde el punto de vista del investigador): (i) no mencionan el concepto de signo, (ii) desafían la noción misma de signo, (iii) afirman que la semiótica se ocupa de otra cosa distinta que los signos, (iv) sostienen que los signos son solo una subespecie de entidades semióticas y que la semiótica se preocupa de un campo más amplio de fenómenos interrelacionados, (v) niegan abiertamente la existencia de un campo unificado de estudios bajo la etiqueta de semiótica, y (vi) asumen polémicamente que su aproximación no tiene nada que ver con la semiótica” (Eco, 1997, p. 730).

A juicio de este teórico, tales problemas no solo apuntan a la semiótica, sino a las humanidades en general. En el caso de las humanidades, en su intento permanente por salir de la multivocidad de sus definiciones y enfoques, han creado un dominio metadiscursivo, que con frecuencia eclipsa el discurso sobre sus objetos de estudio y provoca confusión. Sin embargo, “la semiótica se encuentra en una situación aún más compleja, debido a un doble obstáculo: por un lado, los semióticos modernos todavía no se cuestionan las categorías fundamentales del dominio y, por otro, en el curso de las denominadas investigaciones semióticas, no se ha llegado a un consenso respecto de una lista restringida de categorías (como ha ocurrido con las del arte y de la belleza, en el caso de la estética)”, por ejemplo (Eco, 1997, p. 733).

Tomando en cuenta lo anterior, Eco plantea que el punto de partida para el historiador de la semiótica es explicitar una definición básica de esta disciplina, que le permita orientar y reconocer los rasgos fundamentales de su objeto de investigación. Siguiendo a Peirce (1931) y a Jakobson (1974), Eco opta por lo que él llama a tolerant notion of sign: “Digamos que la semiótica es cualquier tipo de estudio interesado en una ‘relación de re-envío’, ‘una relación de referencia’: donde quiera que haya aliquid stat pro aliquo [algo que representa a otra cosa],hay un problema semiótico”. Se trata de una autorización al investigador para explorar la cultura universal buscando los casos de referencia que han pasado a constituir una elaboración teórica (Eco, 1997, p. 734).

A juicio de Eco, no se puede decir que el problema de la referencia (o reenvío), que define a la semiótica, haya sido eludido en el curso de los últimos dos mil años de cultura occidental; pero “es interesante notar que no ha sido habitualmente abordado en el nombre de la semiótica [...] una historia de la semiótica puede, entonces, presentarse ya sea como la historia de un intento milenario por evitar un compromiso definitivo respecto del problema central de la experiencia humana, ya sea como las razones por las cuales tal compromiso es demasiado difícil o, incluso, imposible” (1997, p. 734).

Jofré (1997), investigador chileno, protagonista de los inicios de la semiótica en Chile, reafirma que la historia de la disciplina la revela a la vez como un campo de estudio, una metodología de análisis y una estrategia crítica. De hecho, el tránsito de una época a otra ha hecho que lo que denominamos semiótica comenzara hace dos mil quinientos años atrás, sin tomar conciencia de aquello. Dicho de otro modo, surge una indagación en el conocimiento, en el lenguaje y en la problemática específica del estudio de los signos. Hoy la semiótica moderna se centra cada vez más en una problemática de la definición y clasificación de los signos, la cual se ha revitalizado en los espacios académicos.

A comienzos del siglo XX, la semiótica no solo se reafirma como una disciplina, un campo de estudio y un método de análisis; sino que emerge como una metateoría, cuya base inicial son los estudios del lenguaje y la comunicación teniendo como objeto el signo.

La Asociación Internacional de Estudios Semióticos (IASS-AIS), que presidió Posner en 1969, reunió a la mayor parte de investigadores en estudios semióticos en el mundo. Esta asociación, fundada en París, incluyó la participación de Barthes, Greimas, Jakobson, Kristeva, Benveniste, Sebeok, Lotman, Eco y Fabbri. Los objetivos que se propuso la asociación fueron: primero, promover las investigaciones semióticas con un espíritu científico; segundo, incentivar la cooperación internacional en este campo; tercero, colaborar con las otras asociaciones similares; cuarto, organizar coloquios nacionales e internacionales de semiótica, y, por último, publicar una revista internacional, una publicación seriada, llamada Semiótica. A partir de esa fecha y hasta hoy, las discusiones de las y los semióticos tienen que ver con el intento por aclarar los objetivos de las tareas semióticas y confeccionar un mapa de las investigaciones en curso.

En 1964, se iniciaron los primeros congresos de la IASS-AIS, cuya tarea principal era difundir la existencia de la disciplina, estudiar su historia y tratar de encontrar una metodología unificada. Actualmente, el asunto continúa estando presente y la búsqueda de la unidad en la pluralidad ha permitido que la semiótica sea considerada un espacio en el cual se puede dialogar interdisciplinariamente con disciplinas de campos cercanos como las humanidades y las ciencias sociales.

Como se advierte, la semiótica, a nivel internacional y también en Chile, no ha estado exenta de disputas y críticas en torno a su constitución, su objeto de estudio y desarrollo, lo que ha permitido ser cuestionada a veces, no en su validez, según Ponce y Dálmaso (2010, p. 7), sino por la intrusión desde otras áreas, de ciertas modas emergentes, como fue el análisis de discurso. Igualmente, influyentes son los estudios culturales, donde sus bordes se tornan difusos y ambiguos, desde el examen de una ciencia clásica.

Una de las críticas más profundas que ha sufrido la semiótica es el excesivo énfasis en el formalismo lingüístico (lexicalización) en que han caído las semióticas particulares. Lo interesante, a juicio de Ponce y Dálmaso(2010, p. 7), es que esas críticas provienen del interior de la disciplina, dado que ello constituye una muestra de reflexión de la comunidad disciplinaria. Fabbri (2004), al respecto, señala que urge una ordenación general de la teoría semiótica, salvando los distintos idiomas teóricos para formar y asentar un paradigma teórico. La falta de actualización de la semiótica, reconocida por Fabbri, podría resultar oportuna en el contexto de las transformaciones, graficadas en El giro semiótico, lo que se traduce en el modo de estudiar los procesos de significación (Fabbri, 2004, p. 18).

1 Esta introducción corresponde a revisiones actualizadas de los artículos: Parra, E. y Otazo, J. (2017). Algunas tendencias de la semiótica en Chile a partir de 1990, Actas del Congreso Internacional de Semiótica, Bulgaria, y Parra, E. (2014). Hitos relevantes de la semiótica en Chile a partir del año 1990, Perspectivas de la Comunicación, 7(2), 108-118.

2 Para efectos de este capítulo hemos tomado como referencia el trabajo de Miquel De Moragas (1980), cuya sistematización nos permite revisar y reconocer las rutas que siguieron los estudios semióticos en Europa y que se expandieron hasta América Latina.

 

 

Parte I

Territorio semiótico

 

 

Capítulo 1

Estado de la semiótica en Chile en las primeras décadas1

Una visión del estado del arte de la semiótica en Chile obliga a revisar, en primer lugar, el lenguaje como un sistema de signos en la medida en que el ser humano es un creador y traductor de signos, es decir, no hay pensamiento sin signos. Eco ya lo señaló en Signo