Señalar un naufragio - Marisol Torres - E-Book

Señalar un naufragio E-Book

Marisol Torres

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Beschreibung

Curioso experimento narrativo en el que se nos cuenta un viaje mental de 187 horas al pasado, a la memoria, en busca del recuerdo de la mujer amada y perdida, en busca de la madre víctima. Un diálogo interior de un personaje al borde de la muerte que bucea entre sus recuerdos para encontrar el último asidero posible a la vida. Con una prosa poética contundente y florida y un sentido narrativo de gran calado, Marisol Torres nos entrega esta historia que no deja indiferente a quien se adentra en ella.

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Seitenzahl: 194

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Marisol Torres

Señalar un naufragio

 

Saga

Señalar un naufragio

 

Copyright © 2017, 2023 Marisol Torres and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728396056

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.

Prólogo

Presentar la ambiciosa novela de Marisol Torres con título de cuadro me parece un atrevimiento, pero, dado que nos pertenecemos en los afectos, no puedo negarme.

Marisol Torres Galán nació en Navaltoril, en los Montes de Toledo estudiados en la infancia, donde, según sus propias palabras, creció afilando la puntería con el tirachinas y coleccionando mariposas. De su abuela paterna se quedó con el gusto por los libros y la autoridad para pensarse como una cuentista. Escribir siempre ha sido una pasión, una pulsión, un vicio, como ella misma cuenta, pero la realidad es que su pasión es la vida y su escritura el lugar que la refleja. El talento es exhibicionista y si hay una auténtica pasión por vivir, es importante saber contarlo y en el caso de Torres, lo sabe contar muy bien.

Después de los Montes de Toledo, además de terminar la carrera de Derecho y trabajar durante largos años en logística, de la boda y de los hijos, de la separación y de los desamores, el cambio provoca que se conforme un relato poético a partir de la propia biografía, que es de donde sale la buena poesía. Del año 2010 al año 2016 son siete poemarios llenos de pasión, amor y amistad en el más amplio sentido del significado de estas palabras. Y son años en los que el cambio vital lleva a plantear otro imaginario en el que comparte la vida con su gente y que actualmente en la Librería-Café “El Dinosaurio todavía estaba allí”, café que la autora regenta en Lavapiés, ha encontrado el lugar donde se cruzan los mundos de la poesía, la música, las cuerdas, los libros, los amores, las dichas y las desdichas de todos aquellos y aquellas que compartimos la misma pasión por la vida que Marisol Torres.

Cabotaje y Los años del coma son sus primeras novelas, donde la búsqueda es algo presente. En esta nueva novela, Señalar un naufragio, a pesar de parecer “solo” una novela, va a incorporar otro tipo de relato al posicionarse en la reflexión sobre la búsqueda de la libertad. Es donde aparece la madurez del discurso de todo lo trabajado, vivido y construido los años de tránsito de la vida en la logística a la vida en la creación y la escritura. En esta última novela, a través de sus personajes, Torres genera un monólogo/diálogo/conversación sobre el erotismo, el sexo, el deseo, las dudas, la traición, el desamor, la desesperación de la perdida, la desesperanza, la desconfianza, los secretos, la memoria, los sueños, la angustia, la locura, el miedo, el terror, la muerte, el perdón... Todo ello en el mar y en la isla. En los lugares de nadie, abre muchos espacios para la reflexión.

La capacidad de sobreponerse a la construcción social para ser y estar de “mujer florero” o de “mujer cosa” emprendiendo, a través de la escritura, una resignificación de la propia existencia, tomando posesión de la propia biografía y poniendo en marcha un proyecto de vida propio es un desafío que no todas las mujeres aceptan. Marisol Torres, asumiendo el privilegio de ser novelista, se dibuja en todos y todas los personajes de su novela y deja que la observemos. Es una de estas mujeres valientes, producto del siglo XX, que se han mirado lo construido y tienen objetivos de vida adecuados a su propio deseo que, incluyendo la elección del propio final, pasan por la introspección y por la narración de la autobiografía, por la elección entre la soledad o la desolación que da como resultado, escoger la primera, a través de la búsqueda de la independencia y de la autonomía emocional: “Soltera por elección propia” dice nada más empezar.

Crear un personaje autodestructivo y coherente en su propia destrucción es algo irreal, hacer pasar esta autodestrucción por la recuperación de la imagen de Ella/Elia y dar como referencia un punto de partida cotidiano, que dota la búsqueda del final de credibilidad, es un ejercicio de equilibrio valiente e interesante. La rebeldía ante lo inevitable y el modo de abordar la desolación. La narración de la profunda tristeza de la posibilidad de ser sin el otro, sin la otra. El relato del primer amor, del reflejo de aquella misteriosa mujer que “escribía mientras yo, desde el otro lado de la calle, no podía apartar mis ojos de ella. Escribía y pensaba. Yo miraba y soñaba”. La descripción de una mujer ejerciendo una acción como sujeta de creación que marca la vida del protagonista a través de la mirada de Marisol Torres. En resumen, una novela que nos abre muchas puertas para asomarnos y mirar.

Vamos a asistir al relato de 187 horas de tiempo para contar y para “fondear” en la memoria a la búsqueda del final. 187 horas recuperando la imagen de la mujer amada y deseada, del padre odiado y buscado, de la madre victima ¿de qué?, 187 horas de diálogo con quien hace de juez de la cordura mental, de diálogo con el interlocutor que tiene en su sabiduría el poder de diagnosticar lo que está bien y lo que está mal. Alguien a quien poder espetarle: “Si yo no quiero seguir viviendo ¿a quién le importa?”. 187 horas para asistir a la habilidad de ir tejiendo diálogos con unos y otras, monólogos, pensamientos hacía el afuera que se anuncian en el principio: “Todo perfectamente organizado, precisión suiza en cada uno de los movimientos que me han traído hasta aquí; estarías orgulloso de mí.”

La niña que ve la incredulidad en los ojos de la gente mayor cuando ella cuenta historias porque va a aprender a escribir los cuentos familiares que se dicen al amor de la lumbre, la niña que se reinventaba esas historias las entreteje con la sensación de navegar y aprende a construir con las palabras. Aprende como cuando acometió el muro de ladrillos en su chalet en una mañana que los albañiles no vinieron. Y no supo trabar las hileras de ladrillos. Y ahí tomó conciencia: para que el muro se sostenga, para que se crean mis palabras, hay que trabarlas: en esta fila así, en la siguiente asá. Y como cemento el mar, la sensación de navegar a lo largo del relato, de 187 horas, de la memoria, de la vida. Para, finalmente, llegar al perdón.

Torres toma contacto con otro tipo de relato contando la historia que hay detrás de la historia. El relato que hace de navegar la excusa para llegar a las emociones que provoca ese navegar. La historia que hay detrás de la película de amor. La historia del dolor, no sólo del protagonista, sino del dolor de todos y de todas, haciendo un ejercicio de introspección sobre todo aquello que nos causa el profundo dolor del desamor. Quizás lo más interesante de esta novela de Torres es que, en su proceso de análisis, trasciende la individualidad para analizar lo colectivo, para posar la mirada en las experiencias que todos y todas hayamos podido vivir y sentir en alguna ocasión.

 

Pilar V. de foronda

Artista e investigadora

A mis tres Pilares, Pilar Aldea, Pilar Escamilla, Pilar V. de Foronda

 

Quiero dedicar este libro a las mujeres importantes de mi vida:

 

Alba, Albina, Adela, Ana, Alexandra, Alicia, Almudena, Andrea, Angeles, Ariadna, Aurora, Azu, Belén, Begoña, Carolina, Celia, Charo, Cirene, Cisca, Conchi, Cristina, Elia, Elvira, Emi, Emilia, Erica, Esther, Eusebia, Gema, Gioconda, Graciela, Guillermina, Helena, Inés, Inma, Irene, Isabel, Laura, Lidia, Lorena, Lucía, Luisa, Lydia, Maribel, Malena, Manuela, Mar, María, Maria Eugenia, Marian, Marina, Marisa, Marta, Maria Jesús, Natalia, Nati, Naya, Nicole, Nuria, Olga, Olvido, Pilar, Raquel, Rebeca, Reme, Rosi, Sandra, Sam, Susana, Silvia, Sofía, Tania, Teresa, Txusa, Virginia, Yaiza, Yanet, Yolanda.

Hora 4

Navegamos.

El viento infla las velas y las pequeñas cuerdas de algodón rojas, las bailarinas me dicen que se llaman, van danzando al compás del viento. Como pececillos pegados al gran vientre del pez se mecen. Somos un pequeño pez en el azul.

Solamente un poco, sólo un poquito de angustia cuando el barco escora y el agua salada y azul, blanco y espuma, salpica, moja y oscurece la madera que recubre la cubierta del barco. El agua entra como una tromba de espuma y mansamente va escurriendo, goteando por el borde, de vuelta al mar. Como nosotros, agua. De vuelta al agua.

Ni te imaginas, Félix, que bien elegiste este viaje, qué acertado, qué emocionante pasar tus vacaciones en este pequeño velero. Todo perfectamente organizado, precisión suiza en cada uno de los movimientos para llegar hasta aquí: qué tren debía coger, plano desde la estación hasta el muelle, ubicación del barco en el puerto, fotografía del barco, el bar más próximo como punto de reunión, todo. Todo tan bien organizado que no ha hecho falta más que seguir todas tus indicaciones. He seguido los pasos que tú marcaste. Si no fuese porque no soy tú, porque este no es mi sitio, estarías orgulloso de mí.

He conseguido llegar al puerto caminando desde la estación de tren después de una hora de angustia en el vagón, esquivando las miradas de los viajeros, ocultando mis ojos, los ojos de un traidor, un impostor sentado frente a la ventanilla en este tren al mar. Nadie me ha mirado, nadie ha notado mi angustia y mi temblor, nadie me ha detenido, nadie me ha devuelto al lugar al que pertenezco. O al que vosotros creéis que pertenezco. Yo sólo pertenezco al agua.

Somos doce a bordo, eso ya lo sabes, este viaje lo contrataste tú. Doce completos desconocidos partiendo rumbo a unos días de mar y sol y pensamientos que vienen y van, como las olas. Siguiendo las instrucciones que tan bien preparaste, Félix, he llegado al muelle, he reconocido el barco y a los primeros que estaban allí con las maletas en el suelo mirando al cielo gris y ligeramente lluvioso. Un día que está muy lejos de ser el día perfecto para navegar.

 

Al llegar, mientras todos esperábamos en el muelle a que el barco estuviese listo para zarpar, las presentaciones, yo me llamo tal y soy de allí, yo me llamo cual y vengo de acá... esas cosas absurdas que se dicen los desconocidos que tendrán que convivir, que sí o sí acabarán conociéndose un poco. He estado muy, pero que muy nervioso. Temía, te lo puedes imaginar, que alguno de los tripulantes me notase algo extraño, que me pidiesen la documentación y se descubriese que no soy quien debería ser y acabar detenido y llevado de vuelta a ese lugar horrible del que acabo de escapar. También he sentido la angustia del encuentro con todos esos desconocidos que me van a juzgar, me van a conocer. Durante unos instantes he estado a punto de entrar en pánico. Todo ha ido bien, Félix. Todo ha ido perfecto, tú has sabido hacerlo fácil. Soy un hombre de treinta y ocho años, alto y fuerte, nunca he pisado la cubierta de un barco, pero este viaje es algo con lo que he soñado siempre, les contaste a los de la agencia al contratar este viaje. Esa información que pasaste a los organizadores, en la que encajo como podrían encajar miles de hombres, ha sido definitiva para que me aceptasen, así, sin pedir ninguna documentación, sólo mi nombre. Bueno, el tuyo. Ahora soy tu. Ahora soy Félix.

Al pasar frente a una papelería esta mañana, justo antes de callejear para bajar al puerto, he comprado este cuaderno desde el que te escribo. Me ha costado mucho elegirlo, tantas opciones, anillas o lomo cosido, rayas, cuadros, en blanco, tapas de color, dibujos de héroes de cómic, paisajes verdes, atardeceres, la gama completa de gatitos, perritos, pajarillos y toda esa basura absurdamente infantil. Y luego la textura del papel, el gramaje. Me mareo entre tantas opciones, tanto color, tanta texturas distintas. Como casi todo lo que hago, ya sabes, me cuesta decidir las cosas más nimias y doy vueltas y vueltas evaluando todas las infinitas opciones que se abren ante mí. Ya me conoces. Al final me he decidido por este cuaderno plastificado de tapa verde, por si el agua salpica mientras te escribo, sin anillas, cosido, con una cinta para marcar las hojas y un hermoso color blanco roto, donde me parece que mi letra desmadejada va a quedar mejor. Voy a compensarte. Así te lo prometí cuando te dejé encerrado en tu propia casa. Prisionero de un despiste fatal. Prometo contártelo todo, prometo compensarte con este diario un poco, sólo un poco por todo lo que te he hecho, por lo que voy a hacerte durante esta semana; por robarte el viaje que tanta ilusión te ha hecho siempre, por robarte la vida.

Estaba triste el mar cuando he llegado. He seguido las indicaciones que te enviaron y allí estaba yo, con mi bolsa de viaje (tu bolsa, quise decir), el estómago convertido en un amasijo húmedo y las gafas de sol caladas hasta la retina. Ha sido un poco decepcionante para todos encontrar el barco cerrado bajo un cielo gris que dejaba caer una lluvia fría y sucia. Estaba triste el mar, yo estaba muerto de miedo. Tenía muchísimo miedo por lo que habría de encontrar. Junto al barco había dos chicas esperando de pie con las bolsas en el suelo, con los chubasqueros calados y mirando el reloj.

—Dijeron a las once ¿verdad? —hablaban entre ellas.

—Pues aquí no hay ni Dios —decía la más alta mientras fijaba sus ojos en mí, caminando por el puerto con la bolsa en mano.

—¿Vienes a embarcar? —Me dijo mientras me tendía la mano para saludar. Asentí

—Soy Emilia, un placer.

Emilia es alta, morena, flexible, con una voz dulce y cantarina. Debe ser un placer escucharla reír. Tiene un fuerte acento catalán que en esa voz suena hermoso. Mi primer pensamiento al verla ha sido: ella es la madre que nos va a cobijar. Me ha caído bien.

—Y yo Elena, encantada.

Helena es morena también, con un acento más leve, es de Huesca, quizá por eso. Tiene un pelo negro precioso, pero hay un rictus de tristeza en su mirada, y unas pequeñas arrugas en el borde de la boca hablan de dolor reciente. También en los treintaytantos, guapa y muy bien arreglada.

—Félix —y mientras me disponía a saludar con un apretón de manos, ellas se me acercaron y me plantaron un par de besos en las mejillas.

—Qué bien, ya somos tres. A ver si llegan los demás.

Fueron llegando, con cara de despiste, miradas hoscas al gris del mar y el barco cerrado, presentaciones, deja las bolsas bajo la marquesina que se están mojando, presentaciones, más besos, el montón de bolsas y maletas creciendo, los nervios que se palpan de puro tenso, joder con el capitán que son casi las doce y aquí no ha aparecido ni Dios, por qué no pasamos al café de enfrente, total no hay muchos sitios donde doce idiotas puedan estar resguardados de la lluvia.

—Con este viento y esta lluvia no vamos a salir —dice de pronto Héctor mirando alternativamente al horizonte y a lo que la pantalla de su móvil dice sobre la previsión meteorológica.

Héctor es un tipo de Barcelona, treintaytantos, rubio, pelo cortado casi al cero, no muy alto pero fuerte, músculos bien trabajados. Tiene una sonrisa franca, pero no sonríe con frecuencia. Es un chico bien de buena familia catalana, lo lleva escrito en cada palabra, cada gesto, cada movimiento. Parece un tipo de fiar. Viene acompañado por otro chico de Barcelona, su amigo Jaume. Físicamente no se parecen en nada, pero tienen el mismo aire de gentes de bien, gentes con dinero y posición, buena alimentación, buenos colegios, bien situados profesionalmente, pero Jaume es más grande y también más guapo. Tiene Jaume como un fondo de dolor y ternura a partes iguales. Interesantes estos dos.

La revolución llega la última. Se llama Ana, es de Madrid. Morena, delgada, pelo largo cuidado y una sonrisa que ilumina el mar. Habla sin parar, sonríe, coloca maletas para que no se mojen, llama al capitán a ver dónde demonios se ha metido, alaba la línea hermosa del barco, ríe de nuevo, se quita la chaqueta y saca de la maleta un chubasquero, y nos conmina a todos a meternos en el café del puerto.

—Total aquí no hay otro sitio donde estar, así que nos buscarán.

Dentro del bar ya están Sandra, Mariano, Raquel, Aritz y Alexandra. Llegaron, vieron lo negro del mar y se metieron al bar. Sandra es una chica alegre, morena y guapa, tiene una piel dorada de sol y mar, ese tono absolutamente único de quien ha pasado tiempo al sol sobre el agua. Me cuenta que ha estado navegando con otro barco de la misma compañía hace un par de semanas. Ella es la única que no está preocupada porque no haya aparecido el capitán, ya lo conoce, es un pintas guapo y pasota. Nos tranquiliza un poco, porque es casi la una de la tarde y no sabemos nada de nadie, ni del Capitán ni del de la agencia ni del dueño del barco. Ignorados en este muelle húmedo. Y yo con las tripas convertidas en una amalgama espesa y temblona. Cuanto más tiempo estemos en tierra más posibilidades de que algo salga mal.

—¡Ay el capitán, mi capitán! —exclama de pronto Mariano, con una impronta como de actor de teatro clásico. Las risas suben de tono.

Mariano es un hombre grande, musculoso, mandíbula cuadrada y ojos de inquisidor, cerca de los cuarenta, un tipo sociable y con don de gentes. Sabe bajar el nivel de nervios, sabe la incertidumbre que está en el aire. Este tipo es divertido, estoy seguro de que nos vamos a reír con él. Ana, la terremoto y él han hecho buenas migas desde el primer momento, y no paran de hacer bromas, reír y tomar café.

—¿Porqué no aprovechamos para presentarnos un poco? Vamos a pasar una semana entera en ese barquito de nada. Yo soy Raquel, de Barcelona, trabajo en un hospital como rehabilitadora para niños con problemas de movilidad. No sé si me gusta navegar, nunca lo he hecho, pero me apetecía hace tiempo. Estoy soltera, por elección propia, que conste.

Todos reímos el comentario de Raquel, tan franco, tan abierto, tan sincero. Pienso que esta chica será otro de los pilares el barco, conciliadora y abierta. Morena, no muy alta, simpática y salada. A su lado está sentado Aritz que hasta ese momento no ha dicho una sola palabra. Aritz es vasco, con cara de vasco, moreno, alto y fuerte. De esos tipos de los que te puedes fiar. Sólido. Comienza a contarnos que es de Bilbao, que su hermano que vive en Barcelona le ha metido en este engorro y que le mola el mar. Que está muy contento de que seamos una tripulación tan maja.

Cuando Aritz termina de hablar, nos mira a todos, como evaluándonos. Luego vuelve el cuerpo hacia Alexandra, sentada a su lado en la barra.

—Te toca, Alexandra.

Alexandra es delgada y frágil. Rubia y de piel muy blanca. De Hungría, pero se enamoró de Barcelona y se quedó. Tiene un acento raro cuando habla castellano. Tenemos que hablar en castellano, necesariamente, ni Ana ni Aritz hablan catalán.

En medio de las presentaciones aparece el Capitán. Entra al bar, nos mira, sonríe y nos señala el estado del mar y del viento.

—Chicos, no podemos salir. Se prevén vientos muy fuertes y tormentas. Nos quedaremos esta noche en el puerto y ya mañana veremos qué se puede hacer.

La pena y la frustración se extienden entre nosotros. El Capitán nos mira y sonríe, como diciendo, haber comprado buen tiempo, chavales. Es un tipo grande y fibroso, rubio, inglés, guapo y con la cara curtida por el viento y el sol. Atractivo que sabe que lo es. Con esa mirada de serás mía si yo lo quiero que tanto me revienta.

—Daos una vuelta por el puerto, subid al pueblo o lo que os apetezca. Nos vemos aquí a las ocho y ya llevamos las maletas al barco, vemos lo de la compra de la comida y conocemos las normas de abordo. Hoy dormiréis en el barco, hay seis camarotes y somos doce, yo también duermo. Mi sitio es el camarote central, alguien tiene que compartirlo conmigo. Repartidlos y asignaos. Aquí tenéis el plano del barco para que os ubiquéis. Tenéis la tarde libre.

 

—Ah! Y podéis dejar las maletas aquí en el bar, os las cuidarán —dice ya de espaldas, mientras se aleja por el muelle.

 

Las chicas han organizado números de personas y de camarotes, hay que sortear. El problema es que hay dos literas altas y bastante claustrofóbicas, dice Sandra, y nadie parece muy inclinado a dormir en ellas. Yo me ofrezco a ocupar una de esas literas altas. Donde me toque.

Dejamos todo resuelto y nos vamos a comer algo, a pasear (ha dejado de llover) y acabamos en la playa. A eso de las siete nos llama el Capitán, que volvamos al barco, que es posible que zarpemos esta noche. Nos da un alegrón, porque aunque no nos hemos aburrido en toda la tarde, la tierra comienza a pesarnos en los pies. Queremos mar, a eso vinimos.