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Señora y esclava es la historia de Claudia y Sara. La señora es Claudia, la mujer de Pilatos. La esclava es Sara, una joven judía de origen humilde que trabaja al servicio de Claudia. Dos vidas aparentemente alejadas que terminarán unidas en un mismo destino. Antonio Marcos recrea, a través de estas mujeres, la Pasión de Cristo, los orígenes del cristianismo, la conformación de las primeras comunidades... y engarza estos hechos en una atractiva ficción narrativa.
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Seitenzahl: 264
Veröffentlichungsjahr: 2011
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Antonio Marcos García
Señora y esclava
Dos mujeres creyentes
A mi madre, heroica viuda de guerra, que, con sudor, lágrimas y una docena de gallinas, hizo posible que yo fuera sacerdote.
1
Roma
El mundo no puede dar alegrías tan grandes como las que quita
esde lo alto de la colina, se volvió a mirar un día más la incomparable belleza de la ciudad. Observó a su alrededor con infinita satisfacción las grandezas de Roma. Se sentía inmensamente feliz de pertenecer al imperio y ser ciudadana de la gran metrópoli.
–No hay en el mundo una ciudad que compita con Roma, su grandeza y su poder.
Claudia, la joven matrona romana, se sentía afortunada. Se había acomodado en un espléndido triclinio y soñaba feliz.
–Cuéntame, Sara, cosas de tu pueblo, de sus gentes, de tu dios...
–Los tiempos de la cosecha en mi pueblo son sagrados y festivos: «Los que sembraban con lágrimas, cosechan cantando... El Señor corona los años con sus bienes, de sus surcos mana la abundancia... rezuman los pastos del desierto, los collados se llenan de alegría; las campiñas se cuajan de rebaños, los valles se cubren de mieses que vitorean y cantan». ¡Todo es un himno al Señor en Sión, pues cuida de su pueblo!
Sara es una esclava hebrea que sirve en el palacio de la familia Claudia en Roma.
–Pues en Roma quien mejor canta los campos y las cosechas es sin duda el poeta Horacio –replicó Claudia con cierta ironía y un gesto triunfal.
Ésta es una joven aristocrática educada en las máximas de Epicuro y el escepticismo de Pirrón, admiradora de Virgilio y Cicerón. Sin duda, tiene una gran cultura clásica, que le da un talante engreído de superioridad ante la esclava. La adornan todos los encantos de la burguesía romana; le salva un gran corazón y sus ansias de saber. Esto la lleva a una amistad más profunda con la esclava Sara que con las demás esclavas. En las apacibles tardes de Roma, se las puede ver largas horas sentadas en un rincón del jardín en prolongados coloquios, en tanto Sara la peina o da tiernos masajes con sus delicadas manos en su espalda desnuda.
–Por lo que veo, insiste Claudia, tu pueblo es ateo; no tenéis dioses como nosotros, ni grandes fiestas. ¡Roma para eso es única! Ningún lugar del mundo es capaz de una expresión tan majestuosa de lo ornamental, lo fastuoso y lo festivo como Roma!
–Sí tenemos Dios, señora –dice Sara–: «Escucha Israel. Yo soy el Señor, tu Dios, no tendrás otros dioses fuera de mí, porque yo el Señor tu Dios, soy un Dios celoso».
–Encuentro muy raro todo eso, Sara. ¿Un solo dios tenéis? No podrá atender todas las necesidades del pueblo... Si no tenéis un dios de la guerra, un dios de los vientos, una diosa del amor, el placer y las fiestas... vuestra teodicea es muy pobre, y la encuentro rara y aburrida.
–Usted no puede comprender nuestro Dios ni sus mandatos, que abarcan todas las esferas de nuestra vida. Él habló a Moisés y le dio los mandatos que hemos de cumplir. El resto dependerá de la fidelidad al Señor. Como en todos los pueblos, el nuestro no fue siempre fiel a los mandatos divinos. Eso le acarreó cautiverios, esclavitudes y un sinfín de guerras, persecuciones y desastres naturales.
–Sí –dice Claudia–, algo he leído acerca de Moisés, como una huída por el mar con unos faraones que le persiguen. Es una bonita epopeya, pero ya te contaré yo las fantasías de nuestros dioses. –Claudia mira hacia el Capitolio con orgullo y continúa–: Sus amores y sus guerras son divertidísimas y están cargadas de fantásticos mitos y de leyendas de lo más originales. Te lo ruego, Sara, olvida tu dios y tu pueblo y cantaremos juntas las bellas odas de Horacio a mis dioses: «A ellos son gratas mi piedad y mi mesa. Para ti correrá aquí, en mi heredad, la abundancia hasta rebosar... Con su cuerno generoso los ricos bienes de los campos: aquí, en la profundidad de este valle, evitarás los ardores de la canícula, y con la lira de Teos cantarás los amores que por Ulises sintieron Penélope y la marina Circe; aquí a la sombra, saborearás copas de un lesbos inofensivo; sin temer que unas manos atrevidas rasguen la corona ceñida a tus cabellos y tu vestido sin culpa».
A la memoria de Sara viene un retazo de la historia de su pueblo: «Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar, en los álamos de la orilla colgaban nuestras cítaras». ¿Cómo cantar al Señor en tierra extranjera? No puedo olvidar a mi Dios y a mi pueblo, Él me tejió en el vientre materno. ¡Oh Dios, tú mereces un himno en Sión! ¡Qué admirables son tus obras!
Se han encendido las luces del palacio, la noche viene ganando camino a la tarde por la campiña y duerme en un sencillo silencio todas las cosas. En los campos, un velo gris va cubriendo todo en una invitación al sueño. Los últimos pájaros se fueron en un volar con la tarde y dorados crespones corren cerrando ventanas. Nuestras dos mujeres se han perdido en el silencio vespertino.
Sara, la esclava, seguirá soñando sauces babilónicos y días de esclavitud. Por su parte, la rica Claudia se sumirá en felices sueños, entre almohadones y blondas sedas. Cruel condición humana que durará mientras el mundo funcione por imperativos de poder, y que hace que éste se divida en vencidos y vencedores, esclavas y mujeres libres. Esto da lugar a que, esta noche, dos jóvenes de la misma edad, parecidas en belleza e inteligencia, durmiendo bajo un mismo techo, sueñen futuros tan distintos. Dejemos que sueñen, mañana nos contarán…
La vida de Sara es triste. Es un arpa a la que le han arrancado las cuerdas. Una barca varada en la ribera de la esperanza. Sólo hay un día de interés en el calendario de su vida: el lejano día de su libertad. Por otra parte, ella está convencida de que tiene que ser valiente.
Una mujer fuerte, ¿quién la encontrará? Es más preciosa que las perlas.Se viste de fortaleza y dignidady mira con esperanza el porvenir.
En su tierra es alabada la mujer fuerte, hacendosa y madre de hijos. La mujer que adornan tales virtudes tiene un puesto de reina y esposa en su hogar. Ella es una hija de Israel llamada a vivir ese destino. ¿Cuándo? Dios dirá. Hoy está viviendo con su pueblo la etapa de esclavitud.
Hará el camino del desierto, y un día llegara a la prometida tierra de la libertad. Desde esta contemplación expiatoria de su raza, va a vivir su historia de esclavitud. Para ella todas las esclavitudes son iguales. Los nombres de los pueblos no importan tanto: Egipto, Babilonia, Roma, son pura geografía de la esclavitud. Vive en un palacio, el trabajo no es muy duro, parece que la aprecian, especialmente Claudia, de la que más depende, pero a pesar de todo es una esclava.
La habitación de las esclavas mira por una ventana a la campiña romana; desde este ventanal se divisan los verdes campos y las lejanas colinas en los días claros. El marco de esta ventana define los límites entre la esclavitud y la libertad. Donde hay una ventana, asoman indefectiblemente los ojos de una mujer triste. Por aquella ventana, en días grises, vuelan los sueños de libertad de Sara. Desde la ventana se adivinan caminos que ella no sabe de dónde vienen ni a donde conducen, por los que ella se pierde en sueños...
La ventana es como un puente tendido entre dos orillas: la libertad y la esclavitud. En ratos perdidos, silueta del sueño en la ventana, sus ojos son también dos ventanas por las que ella sale del mundo interior a espacios abiertos. Es como una batalla establecida entre el mundo de lo conocido y la nostalgia y añoranza de lo desconocido, cuyos límites quedan establecidos por el marco de una ventana. Allá, como silueta indefinible del sentimiento, derrama sus ojos a la búsqueda de todo aquello de que carece: libertad, amor y una caricia de madre, o el amor de un joven que llegara por un perdido camino del amor.
Sara será, cada tarde que pueda, una silueta en la ventana, en ese punto que marca la oscuridad y la luz, lo interior y lo exterior, allá donde tiemblan los visillos del alma. A la pobre Sara le seducía asomarse cada tarde al ventanal de palacio y mirar la campiña dorada, esperando quizás la primera rutilante estrella, o la pálida luna pastora de la noche, por las cañadas del cielo. Esta hija de Israel llora su cautividad y a su mente afloran los más tristes oráculos de los profetas. Todo esto nos indica que la patria de sus amores está lejos del palacio romano. Que sus sentimientos vuelan cada tarde hacia otros prados del recuerdo…
Los caminos de Sión están de luto, nadie viene ya a sus fiestas;las puertas están en ruinas, gimen sus sacerdotes,sus doncellas están desoladas.La princesa de las provincias es reducida a esclavitud. Llora sin cesar por la noche,las lágrimas bañan sus mejillasy no hay amante que venga a consolarla.
Esta hija de Israel llora su cautividad, consciente de la desolación del país. En la distancia, sueña la realidad del pueblo judío, ocupado por fuerzas enemigas. ¡Quién la defenderá!
Lo más significativo de Israel, el Templo, el culto, sus sacerdotes, en lugar de celebrar se lamentan; no ha lugar a sacrificios. Es una esclavitud en casa quizás peor que las sufridas en lejanas tierras en otros tiempos.
Jerusalén, la princesa de las provincias, reducida a esclavitud llora su suerte y no hay amante que venga a consolarla; pero no un amante cualquiera, el amante por excelencia parece ausente: ¿dónde está tu Dios?
Todas las promesas son un sueño, una ilusión. No hay profetas, sacerdotes ni altar, es la pura desolación. La esperanza del pueblo está por los suelos. La duda de todas las promesas cae sobre ella como la losa de un sepulcro. ¿Será verdad que Dios ha abandonado a su pueblo en este tramo de la historia?
La oscura noche de Roma la ha sumido en esa tristeza del alma que no encuentra salida. Todos los caminos se han borrado con la noche y un viento del norte silba en los ventanales, con un quejido de siglos y de voces. Sara reclinó la cabeza sobre unos cojines en el ángulo opuesto a la ventana mirando las apenas perceptibles vigas del techo, y un tierno y silencioso llanto la sumió en un sueño que dulcemente la apaciguó.
Ésta será la constante de sus vidas: un diálogo pacífico de gran calado entre la señora y la esclava. Ambas están felices de sus raíces, de sus respectivos pueblos. La confrontación de dioses, fe y moral, será la dinámica de sus continuos coloquios. A pesar de todo se encariñarán la una con la otra, pese a la distancia cultural y de principios. En los polos opuestos de sus vidas, encierran toda la belleza y el diálogo de culturas de su tiempo.
Claudia representa el poder, la gloria fascinante de su pertenencia al imperio romano que domina el mundo conocido. La euforia del Imperio en estos días es grandiosa. La matrona romana está enfilando las calzadas de la gloria, y no hay nada que se oponga en su camino.
La pobre Sara es consciente de su situación de esclava en tierra extranjera. Pero lleva en su alma toda la fuerza de su fe, el sueño de un mesianismo futuro, y la esperanza que han cantado todos los profetas.
Este intercambio sin tensiones enriquecerá la vida de ambas y nos mostrará, en su dinámica, un mundo que se pierde en las neblinas del pasado más remoto.
2
La profecía de la vuelta
La felicidad es mejor imaginarla que tenerla.
or las colinas de Roma viene amaneciendo un día lechoso de otoño. Una fina niebla cubre con su manto húmedo a los árboles, y los campos despiden un olor a verde. Los jardines de las villas despiertan como de un sueño. Esclavos a los que su color denuncia como nubios, árabes, etíopes y de otras múltiples etnias trabajan en patios y jardines.
Las calzadas que conducen a la ciudad se pueblan de un tráfico intenso. Carruajes, unos falcados, otros de lujo, rápidas cuadrigas de caballos trotones que resoplan, muerden las bridas y relinchan, pasan veloces. Soldados a caballo o simples caminantes llenan de ruidos las calzadas en dirección a la metrópoli.
Roma, capital del Imperio, es también el centro burocrático, político, económico y social del país. En ella trabajan miles de hombres de distintos rangos: hombres de estado, políticos y burócratas, comerciantes, sacerdotisas y prostitutas.
¡Todo parece idílico y bello! Vivimos los años de la tan cantada «Paz romana», bajo el mandato de Tiberio. Las intrigas del Senado, el palacio y demás estamentos sociales, no se aprecian a simple vista. Por una esquina del jardín de Villa Claudia, aparecen nuestras encantadoras mujeres. Claudia viste una larga túnica roja que ciñe a su cintura con un cinturón de ricos bordados; su cabeza está tocada con un precioso pañuelo de seda graciosamente atado al cuello. Camina con aire de majestad y desenfado.
Tras ella, con pasitos cortos y un aire servil, va Sara; lleva en sus brazos ricos almohadones, un pequeño taburete y un pequeño cofre de brillantes herrajes y grabados orientales. Ambas se acomodan en un mirador del jardín que caldea el sol de la mañana. Claudia se acomoda entre esponjados almohadones apoyando sus pies en el taburete.
Sara, a sus pies, sentada en el suelo, se dispone a ejercer las labores de esclava, como de costumbre, y espera que su dama inicie el día y le dé órdenes de faena y conversación.
Desde que Sara llegó al palacio han pasado diez meses y ocho días de esclavitud. Ella los lleva bien contados. Tras un prolongado silencio, Claudia exclama:
–Querida Sara, he de contarte algo que te alegrará –sonríe con una mirada complaciente–. Seguro que te hará feliz por lo que te concierne.
–Corren por palacio ciertos rumores de boda, algo habrás notado... Sí, mi querida Sara, me caso. Los acontecimientos han precipitado la boda. En Roma son así las cosas; el deber para con el Imperio está por encima de todo lo demás –Claudia sonríe ufana–. Nuestros deberes de ciudadanos libres al servicio del Imperio y del divino César marcan nuestras vidas: nos debemos a ellos. Por tu parte, no me negarás tus sospechas acerca de ese joven patricio que frecuenta palacio. Viene a algo más que a mantener con mi padre largas conversaciones de política; es mi prometido. Es un joven y brillante político, hijo de la familia los Poncios, una familia rica y poderosa, proveniente de la Emilia. El senado lo ha propuesto para procónsul de la provincia romana de Judea, y ese es el motivo de adelantar la boda ad calendas mayas. Por mi parte, he pedido a mis padres llevarte conmigo a tu tierra. Por eso pienso que te alegrarás.
Sara, con un gesto sencillo, inclina la cabeza agradeciendo su suerte: « ¡Mi pueblo, mi tierra!». Y se pierde en un sueño feliz... « ¡Qué alegría cuando me dijeron!»
Claudia la deja soñar y la mira complaciente: ¡Es tan dulce inteligente y sumisa! En efecto, Sara es una linda esclava animada por un único pensamiento: su Dios y su pueblo. Claudia la mira y piensa: «siempre sumida en sus recuerdos, no repara en nuestra grandeza, no admira Roma y sus glorias». Ambas se han perdido en el sueño de sus recuerdos cuando aparece en la terraza otra esclava que porta un pergamino enrollado que entrega a Claudia. Ésta lee el mensaje y sonríe complacida. Como quien no quiere romper un encanto, tiernamente se dirige a su esclava.
–Sara, ¿no te alegras conmigo?
–Pocos días recibe una esclava noticias tan halagüeñas, señora.
–Viviremos en Cesárea, una pequeña Roma en tu tierra, bañada por el Mare Nóstrum. Me han contado que es una ciudad encantadora, con su gran teatro, foros, templos magníficos y suntuosos palacios mirando al mar. Un largo acueducto de unos veinte kilómetros surte a la ciudad de frescas aguas traídas del monte Carmelo. Es una ciudad digna de nuestro divino César, del que toma su nombre. Cierto que será una ciudad un tanto provinciana; cuando yo sea primera dama en ella, haré que brille en esplendores fiestas y celebraciones. ¡Cuánto tienen que agradecer los pueblos conquistados al Imperio! Cultura, fiestas, templos, palacios, calzadas, nuestra lengua y nuestros dioses. ¡Todo lo hemos dado a los pueblos colonizados! Pienso que tú me serás muy útil allá, conocedora como eres de tu pueblo, de su cultura, sus costumbres y sus creencias. Tengo gran interés en conocer tu tierra, sus gentes y hasta su Dios, tan grande como tú dices. Vendrás conmigo a tu pueblo. Allí podrás cantar a tu Dios, ya no estarás en tierra extraña –Claudia se ha puesto en pie–. Lo bonito sería que aceptaras mis dioses, mis costumbres y mi cultura y te convirtieras en mi primera dama de palacio; no como esclava, sino como ciudadana libre –los ojos de Sara miran a un mundo perdido–. En tus libros he leído la historia de una bella espigadora que viniendo de fuera fue ascendiente de reyes en tu pueblo.
Sara sonríe con humilde semblante y contesta:
–Señora, son historias diferentes. Yo iré con vos y seré esclava de palacio. Los halagos de grandeza no pueden separarme de la fe de mis padres.
La bella Rut camina sin saberlo conducida por el plan de Dios, y ha entrado en nuestra historia para perpetuar el nombre de Elimalec y su heredad, a fin de que no se perdiera el eslabón de una genealogía de la que viene nuestro gran Rey David.
–Mi pueblo, señora, es un pueblo tocado por el dedo de Dios –continua Sara–. Somos más que un pueblo, un destino para la humanidad. Nuestro destino es el plan de Dios con la tierra, que se verá cumplido al final de los tiempos con el nuevo reino del Mesías.
-Sí, querida, son historias complicadas –asiente mientras se vuelve de espaldas–. Otro día hablaremos de ello; ahora nos llaman a palacio: es la hora de la recepción.
Van llegando los invitados, y las dos jóvenes se pierden apresuradas en el interior del palacio. Los días transcurren con la monotonía del cangilón de una noria, y Sara anhela que pasen rápidos para volver a su tierra.
–Volveré a mi tierra, y allí cantaré al Señor con todo mi corazón.
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía un sueño;
la boca se nos llenaba de sonrisas;
la lengua de canciones.
Está soñando desde una terraza del palacio; en su soñar se remonta a un día cuando tenía quince años y jugaba con sus amigas en las márgenes del lago. Aquel día cambió su destino, cuando un pelotón de soldados la montó a un carro y la llevó al campamento romano. Hasta hoy, sólo ella sabe lo que son noches de ausencias. El sol de medio día ilumina su rostro al tiempo que dos hilitos de cristal bajan por sus mejillas. «Las lágrimas son mi alimento día y noche, mientras me repiten todo el día: ¿Dónde está tu Dios?»
Había nacido en Galilea a orillas del lago, una bendita tierra llena de luces y promesas, poblada de lirios y adelfas. Su imaginación se perdía en los días de su infancia... Campos verdosos y ocres, su casa rodeada de acacias, de flores silvestres, de campos de cebada, de olivos y de almendros en las laderas.
Cuando nació, sus padres le dieron el nombre de Sara, que en su tierra significa «princesa», pero ella lleva un año y medio entre columnas de ricos mármoles y preciosos cortinajes arrastrando su esclavitud en señorial palacio.
Un sol de medio día cubrió de bellas transparencias el cielo de Roma.
Sara secó sus lagrimas: «Él te librará de la red del cazador...». Y en un gesto de impotencia se perdió en el interior del palacio.
A los labios de esta esclava hebrea aflora el existencialismo más amargo de su pueblo en los cautiverios de Egipto y Babilonia. La amargura de los profetas de Israel y los lamentos del pueblo, en sus horas bajas. En días claros, su oración es todo un poema de idílica paz mesiánica. La esclava Sara alimenta su vida con retazos de escritura, y sufre toda su esclavitud con conciencia de su pertenencia al pueblo. Así como el pueblo vivió la esclavitud y la odisea del desierto, a ella le ha tocado vivir la experiencia del desierto a nivel personal. Y en esa dinámica vivirá Sara su situación de esclava en la esperanza de que un día ella también llegará a la tierra de la promesa. Con esta confianza espera contra toda esperanza que ese día de la libertad llegue también para ella. Los caminos de Sión en estos tiempos están de luto, las hijas de Israel temen por sus hijos y una triste desolación corre por sus campos.
¿Dónde estarán los profetas?
3
La boda y el viaje a Judea
Nadie puede ser feliz mientras no sean felices todos.
ra escribe en su diario
«Llegadas las calendas mayas se celebró la solemne boda de los prometidos. Fue una celebración con toda la magnificencia que cabía esperar de familias tan nobles y ricas. Una larga semana de fiestas espléndidas, en un magnífico escenario de lujo y boato. Allí se reunieron decenas de nobles romanos luciendo sus trajes y capas de senadores, tribunos, generales, nobles romanos. Y las matronas romanas, entre elegantes sedas y bordados orientales, no les iban a la zaga. Infinitas ponderaciones de la pareja, mil parabienes y un derroche de regalos y discursos. Todos parecían ser felices con esa ficticia imitación de la felicidad que se queda en pura mueca e irónica sonrisa falsa.
»Eran los encantos de aquella exquisita burguesía romana. Allí se daba cita lo majestuoso y festivo de una alta sociedad que hacía feliz a Claudia. En el ambiente se adivinaban los celos, las intrigas y envidias de aquellos hombres y mujeres. Las risas irónicas, los comentarios de pasillos, las miradas recelosas. Todo ponía de manifiesto una sociedad ambiciosa e inmisericorde en sus pretensiones más inconfesables. Terminó aquella bacanal a la semana y comenzaron los preparativos del viaje a Judea. En el puerto, a unos treinta kilómetros de Roma, esperaba un barco de gran tonelaje con un regio camarote lujosamente adornado para los esposos. Las bodegas estaban repletas de alimentos y cargaban con el ajuar de los recién casados: arcones de ricos herrajes y dorados clavos llenos de regalos y los últimos caprichos de la dama.
»Hay que tener presente que Pilatos se traslada para ocupar el puesto de procurador romano en la provincia de Judea: será la máxima autoridad de esta provincia. Tras la muerte de Herodes, Judea se convierte en una provincia romana por voluntad de Augusto y es gobernada por un procurador apoyado por su ejército y sus asesores fiscales.
»Un buen día de finales de mayo emprendíamos la marcha. Pusimos pie en el barco y nos hicimos a la mar una mañana radiante. Lentamente nos fuimos separando de las costas que verdeaban a lo lejos. Las cuatro esclavas, desde cubierta, con la curiosidad de lo nuevo, contemplábamos felices el paisaje. En el fondo de nuestro corazón había como una liberación. Sentíamos entre nosotras una cómplice sensación de alegría al volver a nuestras raíces.
»Berenice había nacido en Mileto; es bella como una diosa, con sus ojos azules y brillantes, llenos de vida; mirando al mar parece una sirena a punto de echarse a las aguas. Noemí es siria, nacida en Palmira; alta como un ciprés, morena tostada, lleva en su cara toda la belleza, el encanto y la frescura de los tilos de su tierra; su mirada redime todo lo que mira. Daila es cretense; brilla en su rostro toda la luz de su isleña tierra; canta y danza lindas canciones, y es buena con una bondad sin límites. Las cuatro tenemos en común unas marcas en el cuerpo que definen nuestra ciudadanía actual: esclavas.
»Por momentos habíamos olvidado nuestra condición, y navegábamos en el feliz barco de nuestros sentimientos por aquellos mares de libertad. Éramos conscientes de que nuestra presencia a bordo despertaba entre los soldados y marineros cierta curiosidad y sentimientos sospechosos. Pero a nosotras, al navegar por aquellos mares de recuerdos, nos invadía un alegría serena.
»Al tercer día hicimos escala en Neápolis, un puerto agitado de mercaderes, navegantes y soldados. Paramos lo preciso para una aguada y cargar algunas provisiones; nos esperaba una larga travesía. A los siete días de navegación pesada llegamos a Siracusa, una parada con el mismo objeto y reparaciones en la embarcación. Y de Siracusa a Colonia Laus Julia Corinthiensis: fue una larga y agotadora travesía. En Corinto descansamos cinco días por asuntos del procónsul y para renovar la guardia.
»Mi señora, gran amante de la cultura, quiso conocer la ciudad, y al tercer día de nuestra estancia allí, salimos a recorrerla. La ciudad es un bosque de palacios y de templos dedicados a todos los dioses y diosas con una promiscuidad increíble. Sobre todos destaca el de la diosa Afrodita, situado en una colina que domina la ciudad. Se llega hasta él ascendiendo por unos grandes jardines en forma escalonada, que se encuentran bordeados de multitud de estatuas. Lo que me llama la atención es la multitud de pequeñas casitas sucias y mal cuidadas que ascienden por la colina hasta las puertas del templo. En ellas viven las sacerdotisas del templo de la diosa.
»Las hay bellas mujeres, la mayoría sucias y despeinadas. Todas arrastran un lánguido cansancio de fieras enjauladas. Miran indiferentes, cansadas de vender amor a los devotos de la diosa. Yo siento como un respetuoso miedo ante tal espectáculo.
»–Todas viven de la prostitución –comenta mi amiga Noemí–. A la tarde hay una procesión de ofrendas en la que van a depositar a los pies de la diosa el cincuenta por cien de las ganancias sacadas al ofrecerse. Míralas preparadas a la espera de que suban los hombres del puerto. Una vez entran aquí ya no podrán salir hasta que la enfermedad o la vejez las deje como viejas vacas de ubres escurridas. Ese día tendrán que donar al templo la mitad de sus bienes. A partir de ese momento, para sobrevivir, se guarecerán por los alrededores del puerto con el idolillo de la diosa, y montarán su propio negocio esperando los clientes más pobres y viejos, los menos exigentes. Otras no soportan la situación y terminan sus días con una pócima cualquiera.
»–Sí, amiga, éstas son de nuestra condición; esclavas de una diosa, curiosa ironía, la diosa del amor. Llegaron en su mayoría aquí como nosotras a Roma, procedentes de las provincias, entre los animales y los impuestos que hay que rendir al Imperio y a sus malditos dioses y diosas.
»Mi amiga Noemí es una observadora inmisericorde de estas tristes realidades que vamos contemplando a lo largo del viaje.
»–Mira esa niña –me indicó–, no tendrá más de catorce años, mercancía fresca. En ocasiones esas niñas son, por así decirlo, “adoptadas” por las mayores para no perder la clientela o el puesto en el templo.
»Esta situación me producía escalofríos y me daba mucha pena. Así, andábamos perdidas en el espectáculo cuando nuestra señora nos hizo señas de que fuéramos más a prisa.
»–No vamos a llegar nunca el templo –nos dijo–. ¡Al templo!
»Aquella frase me impresionó. Yo había subido de niña al templo de Jerusalén, y aquel día marcó de emoción mi vida. Siempre que lo recuerdo no puedo contener las lágrimas.
»Ahora estaba a punto de entrar en el templo de una diosa pagana, patrona de la más triste esclavitud. Sentí un vértigo de columnas, estatuas y gentío hasta caer de bruces en la escalinata.
»Cuando desperté estaba sentada en la base de una columna del templo; me cubrí con ambas manos la cara sin querer mirar. Al fin, mi amiga me ofreció un vaso de agua, abrí los ojos y me encontré ante la majestuosidad del templo. Lo presidía una enorme estatua de mármol con mirada desafiante; no tenía brazos, todo era un enorme ramillete de pechos colgantes y los atributos de mujer totalmente al desnudo.
»–Es la diosa –me susurró Noemí al oído.
»Yo me quedé sin palabras y pensé que volvía a desmayarme. Al fin me sobrepuse, oí una música y pude ver la danza de un grupo de vestales ataviadas como la diosa.
»No podía más, cerré los ojos y tuve una espantosa visión. Vi un rey a caballo al frente de miles de soldados que entraban por la Puerta Santa. Contemplé la más horrible matanza de ancianos, doncellas y niños degollados que empavesaban el solar de la Ciudad Santa. Entraban en el Templo a caballo, y con manos impuras profanaban los vasos sagrados y las libaciones de los sacrificios y ofrendas. El Templo estaba lleno de lujuria, de orgías de paganos que banqueteaban con las prostitutas y fornicaban en los atrios sagrados. Todo estaba lleno de objetos obscenos. En el altar se ofrecían sacrificios paganos prohibidos por la ley. En aquel momento comencé a gritar pidiendo auxilio. Mis amigas me sacaron del templo y en las escalinatas vomité una madeja amarga de hieles. Me dieron agua. Apoyada en ellas, emprendía el camino de salida cuando a mi espalda oí una voz tierna que decía:
»– ¡Pobre Sara!
»Volví la cara y era la niña que me había indicado Noemí.
»– ¿Cómo sabes mi nombre?
»–Yo te conozco –dijo la niña–. Nací y me he criado muy cerca de tu casa. Mi padre llevaba en su rebaño las ovejas de tu casa. Yo siempre decía a mi madre que quería ser como tú de guapa y elegante. Mi padre era el pastor Tobías.
»En ese momento la reconocí.
»– ¿Pero tú eres la pequeña Miryan de Tobías y Ana? ¿Quién te trajo aquí?
»–Cuando murió mi madre, la nueva mujer de mi padre, mi tía, no me quiso y me mandaba a buscar comida a los campos. Un día pasaron unos hombres, me dieron denarios, me montaron en sus camellos y me llevaron fuera del país. Después vine en un barco hasta aquí y me compró aquella mujer.
»La mujer indicada por la niña era una mujer más que vieja, aviejada, sucia, desgreñada, con mirada de hastío y cansancio de amor y amadores. Estaba a punto de perder su puesto entre las servidoras del templo, por lo que compró la niña. “Carne fresca para los clientes más exigentes”. Esto es también costumbre en el lupanar.
»– ¿Cuándo viniste?
»–Hace ocho meses, y ya he aprendido el arte de agradar a los hombres. Voy al puerto y los busco para mi ama y para mí: ella no me trata muy mal, pero me da poco dinero para mis perfumes, pulseras y vestidos bonitos. Eso les gusta a los hombres. Yo asisto a una escuela y nos enseñan el arte de agradar a los hombres.
»–No digas más disparates, y cuéntame si has visto a mis padres y cómo están.
»–Tu padre hace mucho tiempo, pues cuando tú te perdiste... y tu madre estará muy mal; la vi hará un año y no sé. ¡Era tan buena y cariñosa conmigo. Pobrecita, dicen que...
»–Explícate, ¿cómo están?
»–Tu madre dicen que se volvió loca, que daba miedo a los niños y que se fue a Tiberia y que pide por las calles y duerme en el cementerio, porque cuando te perdiste, tu padre, furioso, quiso pegar a unos romanos, y éstos lo mataron.
»En ese momento no perdí el sentido ni me desmayé, pese a la mañana que había pasado. Sentí como un volcán de odio a todo lo que me rodeaba, y tomando a la niña por los brazos, le grité:
»– ¿Estás mintiendo? ¡Dime la verdad!
»–Sí, querida Sara, es verdad. Y las mujeres lloran cuando te recuerdan y miran tu casa. Ahora dicen que viven en ella unos romanos ricos y la han puesto muy bonita.
