Sentimientos escondidos - Margaret O'Neill - E-Book
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Sentimientos escondidos E-Book

Margaret O'Neill

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Beschreibung

Cuando Clare Summers empezó a trabajar de enfermera en aquella consulta itinerante, sabía que estaba aceptando un nuevo reto; pero no podía sospechar que el mayor riesgo sería trabajar junto al doctor Dan Davis. Entre ellos surgió una atracción inmediata, pero también una tensión igual de poderosa. Después de una dolorosa relación, Dan no estaba dispuesto a volver a dejarse llevar por sus sentimientos. Trabajando con Clare en un espacio tan reducido, Dan aprendió a confiar en ella como enfermera y, a medida que crecía la tensión entre ellos, se iba haciendo más evidente que, si no empezaba a confiar en ella también como mujer, su relación acabaría en auténtico desastre.

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Seitenzahl: 193

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Margaret O’Neill

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Sentimientos escondidos, n.º 1280 - diciembre 2014

Título original: A Nurse to Trust

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-5595-3

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Publicidad

Capítulo 1

 

SÍ? —preguntó Clare, casi sin aliento, dado que había tenido que ir corriendo desde el jardín para responder al teléfono.

—¿Clare? Soy Dan Davis —respondió una voz familiar—. George y yo vamos a salir esta noche para probar la unidad móvil. ¿Te gustaría venir?

—¿Para probar la unidad móvil? —replicó ella.

Enseguida se sintió muy estúpida. Deploraba el ligero temblor que había tenido en la voz, que esperaba que Daniel no hubiera notado. Al mismo tiempo, una gran sensación de alivio se adueñó de ella. Era la primera vez que se ponían en contacto, sin vergüenza alguna, desde la última vez, cuando se habían separado de un modo tan incómodo y tan repentino. Afortunadamente, Daniel parecía volver a ser la misma persona normal y agradable de siempre.

—Eso es. Antes de que empecemos a equipar la consulta y la farmacia mañana, hemos pensado que sería buena idea recorrer la ruta del primer día. George ya ha recorrido la zona que tenemos que cubrir antes, pero no vendrá nada mal que tú y yo la conozcamos también.

—Me parece una idea estupenda —dijo Clare, recuperando el ánimo—. Me encantaría acompañaros. ¿Nos reunimos en el centro de salud?

—Sí. A las siete y media. Pararemos a comer algo por el camino. Piensa en esta salida como el bautizo de nuestra consulta móvil, única en sí misma.

Clare pensó que la profunda voz de Daniel estaba llena de orgullo y alegría, aunque, después de todo, tenía mucho de lo que sentirse orgulloso. Había desafiado a las autoridades y, con mucho entusiasmo, había conseguido que aquel proyecto saliera adelante. Era un gran triunfo para él, un triunfo del que Clare iba a formar parte.

 

 

Unas pocas horas después, Clare iba caminando hasta el centro de salud. Era una gloriosa tarde de verano, plena de tonos azul y oro.

Daniel estaba esperándola en la puerta. A pesar de ir vestido con ropa muy informal, una chaqueta de lino azul, unos pantalones y una camisa blanca, resultaba elegante. Sonreía, pero parecía sentir una ligera aprensión, ¿o acaso era la imaginación de Clare? Resultaba difícil decirlo. Sus ojos no revelaban nada. Eran tan amables y cálidos como de costumbre, pero su mandíbula parecía más tensa. Lo que más llamó la atención de Clare era lo atlético que parecía, lo saludable y… No podía encontrar las palabras para definirlo. Estaba recién afeitado y había utilizado un jabón con olor a madera o a pino que le iba a la perfección.

Al llegar a su lado, olisqueó el aire y se mostró muy elogiosa con aquel aroma.

—Me gusta —dijo—. Muy… masculino y deportivo. Y esta chaqueta también —añadió, indicando la solapa—. Un toque náutico.

Con eso rompió el hielo. Él sonrió.

—Tú también tienes muy buen aspecto —respondió él, mirándola de arriba abajo y admirando los pantalones piratas blancos y el top de seda azul que ella llevaba puesto—. No hay muchas mujeres a las que le sienten tan bien esos pantalones. Muchas resultan demasiado hippies, mientras que tú…

Daniel dudó, como si temiera de repente que sus cumplidos resultaran demasiado personales. Clare se echó a reír rápidamente.

—Yo tengo suerte. Tengo la estructura ósea de mi madre, por lo que llevo cierta ventaja.

—Bueno, aquí está la otra belleza —dijo él, indicando con una mano el enorme vehículo que parecía llenar casi por completo el aparcamiento. Relucía bajo los suaves rayos de sol de la tarde y era de un blanco virginal a excepción de las letras azules que decían:

Consulta móvil — Servicios Sanitarios de la Zona Oeste.

En aquel momento, George apareció desde el otro lado del vehículo, como siempre con un trapo en la mano para limpiar la carrocería.

—Ya casi estamos —le dijo a Clare, con una amplia sonrisa—. ¿Tienes ganas de probarla?

—No puedo esperar a verme en la carretera —replicó ella.

 

 

El primer pueblo al que llegaron era Hilverton, que estaba solo a unos quince kilómetros del centro de salud.

—Esto no está muy lejos, pero, si no se tiene coche y no consigues que nadie te lleve, es como si estuviera a millones de kilómetros, dado que no tiene servicio de autobús —dijo Daniel.

George metió la unidad móvil en un patio, que estaba en la parte trasera de las tiendas y de la oficina de correos.

—Esa tienda iba a tener que cerrar —dijo George—, pero el dinero que van a recibir del Ministerio de Sanidad en concepto de aparcamiento va a ayudarlos a salir adelante.

—Es casi como un trueque —respondió Clare—. Me gusta —añadió, refiriéndose a Daniel—. Creo que esta idea tuya tan genial va a tener mucha aceptación. Debe de haber cientos de lugares por todo el país con los mismos problemas que tenemos aquí.

—Sin duda, pero a las autoridades sanitarias, que están más preocupadas por el dinero, les cuesta mucho pararse a considerarlo. La mayoría de ellos empiezan pensando que no funcionará o que resultará muy caro. Tuvimos que hacer una profunda investigación antes de proponerles la idea a la gente que maneja los hilos. Por eso tenemos que hacer todo lo posible para que funcione.

En los siguientes dos pueblos, Craggydon y Chiminster, detuvieron la consulta móvil en lugares muy similares al anterior. En el cuarto pueblo, St. Mary Otterburn, que era mucho mayor que lo anteriores, había habido hasta hacía un par de años un servicio de autobuses. Sin embargo, lo habían retirado al considerarse poco rentable.

—En cierto modo —explicó Daniel—, el hecho de que St. Mary se quedara sin servicio de autobús fue un factor decisivo a la hora de crear la consulta móvil. Una anciana murió de hipotermia y de neumonía. Según su vecina, otra mujer de avanzada edad, no había querido molestar al médico haciéndolo venir hasta aquí para verla, pero ella misma no podía ir a la consulta. La prensa local le dio mucha publicidad al caso, como te puedes imaginar. Lo irónico del tema era que la mujer había sido enfermera e incluso había algunas personas que la recordaban cuando ejercía de enfermera de distrito e iba a visitar a los pacientes en su bicicleta.

—Dios mío —comentó Clare—. Eso sí que es frotar sal en la herida. Me apuesto algo a que eso provocó más de un sonrojo.

—Sí, y animó a los que seguían dudando. Quiero creer que Mary Miller, la enfermera que falleció, se sentiría muy contenta de saber que no ha muerto en vano. Quería ponerle su nombre a la consulta móvil. Pensé que hubiera sido un modo muy adecuado de recordar a la mujer que le dio tanto a esta comunidad, pero no se aceptó.

Clare sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos. Se sentía muy emocionada por aquella historia, igual que, evidentemente, le pasaba a Daniel. Le dio un golpe suave en el brazo y sintió una extraña sensación en los dedos, como siempre le pasaba cuando tocaba sus fuertes músculos.

—Bajo ese exterior tan duro y tan masculino, eres un viejo sentimental, ¿verdad? —le dijo ella, con voz ronca.

—Venga ya —susurró él, sonrojándose ligeramente—. Vamos. Hay un pub estupendo al lado del río en el que podremos cenar algo. Hasta luego, George.

—¿Es que no vas a venir con nosotros? —le preguntó Clare a George.

—No. Mi hermano vive aquí, en St. Mary. Va a venir aquí para hacerme compañía, probablemente armado con algo de comer, así que vosotros dos podéis tomaros vuestro tiempo para comer y beber algo.

Clare y Daniel se dirigieron hacia el pub. Allí se sentaron en una mesa del jardín, que tenía vistas al río.

—No puedo creer que haya podido sobrevivir en Londres todos esos años —dijo ella, levantando ligeramente la cara para recibir de pleno los últimos rayos de la tarde.

Daniel trató de no mirar fijamente la bronceada columna de su garganta y el ligero pulso que le latía bajo la barbilla.

—Veo que te has puesto algo nostálgica, pero antes de que te pongas a recordar, iré por la bebida y por el menú para que elijas lo que tú quieras tomar.

—Tú dijiste que ibas a tomar una empanada y patatas fritas. A mí también me apetece esto, mientras que pueda tomar unas cebollitas picantes y salsa de tomate para acompañarlo. En cuanto a la bebida, tomaré una ginebra con lima y soda, por favor. Y con mucho hielo —añadió, contemplándolo con sus alegres ojos azules y una sonrisa en los labios.

—Nunca he conocido a una mujer que elija tan rápidamente.

—Tal vez no hayas estado saliendo con la mujer adecuada.

—En eso podrías tener razón.

Con eso, Daniel se marchó hacia el interior del pub, avanzando entre mesas y niños. «No te dejes llevar, Davis. ¿De acuerdo?», se dijo. «Parece muy diferente a muchas otras mujeres. Todavía no se te ha tirado al cuello, tiene un gran sentido del humor y le gusta mucho su trabajo, así que, dejémoslo como está y tengamos una buena relación laboral».

Cuando Daniel regresó con las bebidas, se encontró a Clare teniendo una extraña conversación con una niña de unos dos años. La pequeña le mostraba el brazo y Clare lo miraba atentamente.

—Pica —decía la niña, mientras se rascaba con ferocidad el brazo.

—No hagas eso, cielo —respondía Clare—. Harás que te duela más.

Justo en el momento en que Daniel ponía las bebidas en la mesa, una mujer joven se acercó a la mesa y agarró con fuerza a la niña.

—Lo siento mucho. No hace más que alejarse de mi mesa. Espero que no haya estado molestándola.

—En absoluto —respondió Clare—. Es una niña encantadora. Me estaba diciendo que le pica el brazo. Tiene un sarpullido muy virulento.

—Lo sé —comentó la mujer—. Le salió ayer y parece haber empeorado hoy. El farmacéutico me sugirió loción de calamina y, efectivamente, parece que le alivia durante un rato, pero todavía no se le ha quitado.

—¿Están de vacaciones por aquí? —preguntó Daniel.

—Sí. Polly ha estado con gripe y mi médico de cabecera me sugirió que un poco de aire fresco del campo la ayudaría a recuperarse. Parece que está mucho más alegre y duerme mejor, pero ese sarpullido…

—Pica —le dijo la niña a Daniel, extendiéndole el brazo para que lo mirara.

Tras agarrarle la manita, Daniel lo inspeccionó cuidadosamente.

—Lo siento mucho —reiteró la madre, tratando de hacer que su hija se soltara de Daniel—. Cielo, este caballero no quiere mirarte el brazo.

—Claro que quiero —contestó él—. Soy médico y esta señorita puede asegurárselo porque es enfermera —añadió, mirando a Clare. Ella asintió, confirmando así lo que él decía—. Parece una alergia, ¿no crees?

—Así es —afirmó Clare—. ¿Tiene Polly ese sarpullido en otra parte del cuerpo, señora…?

—Soy la señora Formby, pero llámeme Janice. No, no lo tiene en ninguna otra parte, por eso resulta tan extraño. ¿Por qué será solo en ese brazo?

—¿Es Polly diestra? —quiso saber Daniel.

—Sí.

—¿Fue ayer a algún lugar diferente en el que podría haber jugado con algo que implicara utilizar el brazo derecho y no el izquierdo?

Janice frunció el ceño y empezó a negar con la cabeza. Entonces, de repente, se detuvo.

—Claro que sí. En el rincón de los niños, en la granja. Estuvo ayudando a dar de comer a las cabras. Como tenía su muñeca favorita en la mano izquierda, no pudo utilizarla. Sin embargo, no tocó a las cabras, porque estaba un poco asustada de ellas.

—No creo que sean las cabras las culpables —dijo Daniel—. Creo que había algo en la comida a lo que es alérgica.

 

 

—Ha sido una buena investigación, Holmes —bromeó Clare, unos minutos después.

La señora Formby, muy agradecida, se acababa de marchar con su hija Polly. Habían envuelto el brazo de la niña en servilletas de papel empapadas en soda, junto con la crema que Daniel le había recetado.

—Gracias —respondió él, con una sonrisa—. En cierto modo, aunque resultaba tan desconcertante, me ayudó a diagnosticar la alergia el hecho de que lo tuviera solo en un brazo. Además, tenía el beneficio adicional de haber tratado a un muchacho que tenía una alergia similar causada por un pienso animal. Además, de eso se trata la Medicina. De investigación.

 

 

George los llevó a través de los páramos, mientras el sol se ponía, tiñéndolos de un amarillo tan intenso que lo hacía parecer de oro.

—Es tan hermoso… Me alegro mucho de que, gracias a la tía Marjory, haya acabado viviendo en esta parte del país —musitó ella.

Daniel sabía que debía darle una respuesta completamente inocua, pero, al ver su rostro radiante y sus brillantes ojos azules, no pudo evitar decirle:

—Yo también me alegro, Clare. Estoy seguro de que vamos a hacer un equipo estupendo, tú y yo.

—Y George —añadió ella, rápidamente.

—Y George —afirmó él, mirando a su conductor con una sonrisa.

 

 

Mas tarde, Clare se estaba desvistiendo y se disponía a tomar un baño. «Ha sido una tarde muy agradable», pensó, mientras el agua se convertía en mil burbujas. Le agradaba que él hubiera ayudado a la pequeña Polly aconsejando a su madre lo que debía hacer. No había tenido por qué decir que era médico y ofrecerle su ayuda a la mujer, pero lo había hecho.

—Como los policías, siempre estamos de servicio —le había respondido él—. Además, tú tampoco te negaste a ejercer de enfermera.

—Es cierto. Nunca me ha parecido bien que el personal sanitario que se encuentra con un problema médico no se implique, sean cual sean las consecuencias —había afirmado ella.

Cuando el agua empezó a enfriarse, Clare salió de la bañera y se secó. Después calentó un poco de leche y se llevó la taza al jardín, que estaba inundado por la luz de la luna. Se sentó al lado de su pequeño estanque y admiró el reflejo en el agua de la luna y de Alice.

Alice era una estatua de bronce, de unos sesenta centímetros de alto, de una niña que se asomaba al agua. Ya estaba allí cuando Clare había adquirido aquella casa. No tenía ni idea de quién la había hecho ni de si era muy antigua, pero la pequeña estatua tenía una belleza encantadora e intemporal.

Clare extendió la mano y la acarició.

—¿Sabes una cosa, Alice? Creo que todo me va a salir bien aquí.

Solo esperaba que Daniel fuera tan agradable como parecía…

 

 

Capítulo 2

 

Unas cuantas semanas antes, cuando telefoneó a sus padres para darles las noticias, Clare no se había sentido tan segura de sí misma. Sin embargo, no había dejado que su madre le notara en la voz sus dudas.

—Mamá, he conseguido el trabajo en la consulta móvil, ¿no es maravilloso?

—¡Oh! —había exclamado su madre, encantada—. ¡Me alegro tanto de que te hayas marchado de Londres, hija! Dentro de ti, siempre has sido una chica de campo. Además, tenerte en Somerset, solo con el mar de por medio, significará tenerte mucho más cerca de casa. Cuando heredaste la casa de la tía Marjory, nos temíamos que podrías venderla o alquilarla y seguir en Londres.

—Lo pensé, pero cuando vi el anuncio me pareció casi una premonición que un trabajo muy interesante apareciera justo entonces. Además, la entrevista fue estupendamente y, aunque había muchas otras personas solicitando el trabajo, el doctor Davis, que está a cargo del proyecto, me contrató enseguida. La consulta móvil fue idea suya, así que creo que él tenía la última palabra.

—¿Cómo es? ¿Crees que te llevarás bien con él?

—Estoy segura de ello. Creo que debe de tener cerca de los cuarenta años. Tiene el pelo castaño y es muy fuerte, con anchos hombros. Me parece que ha debido de jugar al rugby.

En aquel momento, su padre, que estaba en el teléfono supletorio, intervino en la conversación.

—¿Algún otro rasgo distintivo? —preguntó él.

—¿Qué quieres decir con esto, papá? —preguntó Clare, sin entender.

—Ya conoces a tu padre y el sentido del humor que tiene. Creo que lo que quiere decir es que nos has dado una descripción física muy exacta de ese doctor Davis.

—¿Y cómo te parece que suena, mamá? —replicó Clare, riendo.

—Bueno, creo que una persona alegre y en la que se puede confiar —replicó Dilley Summers—, pero con una cierta dureza bajo una apariencia exterior agradable. Creo que os llevaréis bien. Me da buenas sensaciones todo esto.

—Tú y tus sensaciones —bromeó su marido, Patrick—. Bueno, hija, te mando mis mejores deseos. Espero que en el futuro te veamos más a menudo.

—Ya me aseguraré yo de ello —prometió Clare, firmemente—. Trataré de ir a veros a la isla después de que deje Londres y me vaya a vivir a Trewellyn.

—Bueno, ya sabes que sea donde sea donde vivas o trabajes, siempre serás bienvenida en esta casa —dijo su madre.

—Lo sé, mamá —susurró ella, sintiendo un nudo en la garganta.

Sus amigos y compañeros del centro de salud de Londres le dieron una magnífica despedida. Aunque solo había estado un año trabajando en el centro, todos parecieron sentir mucho que se marchara.

Un año debería haber sido tiempo suficiente para olvidar, por lo que Clare siempre le estaría agradecida a su madrina por dejarle a su muerte la casa de Trewellyn y darle la oportunidad de marcharse de Londres con todos sus dolorosos recuerdos.

Kate Knight, la encargada del centro y con la que Clare había formado una gran amistad durante aquel año, le dijo a Clare lo mucho que la admiraba por marcharse a Somerset.

—Yo no podría hacerlo. El campo me da un poco de miedo, especialmente por la noche. Los ruidos me resultan horripilantes. Yo nací y me crié en la ciudad. Si no puedo respirar la contaminación, casi siento que me falta algo.

—He oído a otras personas decir lo mismo —replicó Clare, riendo—. Yo crecí en la isla de Wight. Mis padres tienen un pequeño hotel allí y algunas de las personas que se alojan allí solían decir eso cuando llegaban. Sin embargo, no tardaban mucho en acostumbrarse. Además, aunque voy a trabajar en las zonas más remotas de Somerset y Devon, voy a vivir en Trewellyn, que es una ciudad con mucha vida y muchos ruidos, coches, autobuses y atascos, así que no tienes excusa para no visitarme cuando me instale.

—Esa casa tuya no estará llena de bichos, ¿verdad?

—No, claro que no. Además, está casi en el centro de la ciudad, no muy lejos del mercado y de varias tiendas de moda y…

—¡De acuerdo, te creo! Ya veo que no está en un lugar perdido de la mano de Dios.

La mañana después de llegar a su nueva casa, Clare decidió que su amiga Kate no mantendría la opinión si la viera. Era cierto que la casa estaba casi en el centro de Trewellyn, pero estaba bastante separada de la calle principal por un sendero y el enorme terreno que rodeaba la iglesia de St. Steven. La casa era una de las que la iglesia había destinado a asilo de pobres y estaba separada del terreno que rodeaba la iglesia por unos árboles que a Kate le hubieran parecido un bosque. El ruido del tráfico era casi imperceptible.

Clare estaba en el pequeño jardín que había delante de la casa y levantó los brazos para recibir los primeros rayos del sol de la mañana.

—Esto es una delicia —murmuró en voz alta—. Mamá tenía razón. Dentro de mí, soy una chica de campo. He desperdiciado un montón de años de mi vida en Londres, aparte de…

Decidió no mirar atrás. Desde aquel primer día en Trewellyn, miraría solo hacia el futuro.

De repente, un coche se detuvo delante de la casa de al lado. Era un vehículo grande y elegante, de un color gris plateado.

Durante un momento, no supo qué hacer. No sabía si dar un paso atrás y meterse por la puerta principal o agacharse y hacer como que examinaba las flores. Entonces, recordó que no estaba en Londres, donde se evitaba tener contacto alguno con los vecinos. Estaba en una pequeña ciudad de Somerset, donde todo el mundo era simpático y abierto. Por ello, esperó a que el conductor saliera del coche, aunque disimuló la espera recogiendo algunas flores.

La puerta del coche se cerró, la verja de la casa de al lado se abrió y se oyeron los pasos de un hombre acercándose por el pequeño sendero.

—Buenos días —dijo Clare, alegremente—. Hace un día estupendo —añadió, asomándose entre las plantas.

El doctor Daniel Davis se volvió para mirarla. No parecía muy sorprendido de verla. Sonrió, pero lo hizo de un modo cansado. En su rostro empezaba a nacer ligeramente la barba.

—Sí, hace una mañana muy hermosa —respondió él—. ¿Se encuentra a gusto en su nueva casa? —añadió, mientras golpeaba el llamador contra la puerta—. Según su marido, la señora Hopkinson ha tenido un bajón, como dice su marido. No está bien desde hace unos días, así que, últimamente, he venido frecuentemente a verla.

Durante un momento, Clare se quedó sin habla. ¿Cómo era que el médico no se había sorprendido de verla en la casa de al lado? Entonces, recordó que estaba viviendo en una población muy pequeña y, además, él habría visto su dirección en su currículum, lo que explicaba que supiera dónde vivía.

—Oh, pobre señora —dijo ella, sinceramente apenada—. Ayer hizo que Arthur me trajera té y pastelillos cuando terminé de instalarme. No sabía que no se encontrara bien… ¿Hay algo que pueda hacer?

—Les diré que se ha ofrecido —replicó él, mientras la puerta se abría.

Antes de que el médico pudiera desaparecer en el interior, Clare sugirió:

—Veo que ha debido de estar toda la noche con avisos, así que, cuando termine, pase a tomar un café y algo de comer.

—Gracias. Se lo agradezco mucho.