Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Leandro emprende un viaje introspectivo hacia su pasado regresando a aquella vida en el pueblo gallego en el que nació. La nostalgia que le produce el paso del tiempo, el acompañamiento de sus recuerdos, los amores perdidos y el mar conforman la memoria del protagonista que arrastra su melancolía del ayer en cada episodio que nos cuenta.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 326
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Memorias de una casa, la historia de un hogar
Senza fine
Luna Caprese
La più bella del mondo
La voce del silenzio
Oh sole mio
Una lacrima sul viso
Ciao amore
Il cuore e uno zingaro
El cielo in una stanza
Il giardino proibito
Il mondo
La distancia
Torna a surriento
La nostra casa in cima al mondo
Coda final
Agradecimientos
Créditos
Para mi recordado amigo Fernando Marías, que ya habitaen el viento del norte, al otro lado del río.
Y para Milagros. Siempre.
«La vida no es la que uno vivió, sino la que unorecuerda y cómo la recuerda para contarla».
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
La noche en que murió mi padre, sobre la mar se vieron caer centenares de estrellas fugaces. Una suerte de perseidas suicidas que corrían desesperadamente por el cielo para ahogarse en el océano. Dicen quienes vieron el extraño fenómeno que parecía la noche de San Lorenzo, así llamada porque coincide con la festividad del santo el diez de agosto.
Mi padre murió sentado en su viejo sillón orejero, leyendo un libro mientras sonaba Senza fine, la canción de Gino Paoli. Era un disco sin fin que giraba en un tocadiscos antiguo.
Supe por mis hermanos que el libro que lo acompañó aquella noche era la recopilación de viajes de Pierre Loti en una edición de la editorial Aguilar encuadernada en piel. En alguna página de ese libro debió de encontrar su epitafio.
Mi padre no quería morir en la cama, en su cama, tenía pánico a verse sorprendido por la muerte mientras dormía, sostenía que los hombres deben fallecer erguidos, de pie o, como mucho, sentados. Mantenía que cuando llegara ese momento quería ver a la parca de frente, verla cara a cara y conversar con ella el tiempo preciso para escuchar que venía en su busca. Estaba seguro que el tránsito final no debía ser en su dormitorio, ni las sábanas que lo tapaban convertirse en un blanco sudario mientras no hubiera fallecido. Desconozco si hubo un pacto acordado, la muerte cumplió su parte y mi padre murió como había deseado.
No llegué a tiempo para su entierro. Fueron mis hermanos quienes me avisaron. Estaba lejos del pueblo y del país, y por entonces no había teléfonos móviles para transmitir malas ni buenas noticias.
Lo rememoro ahora en unas líneas que abren esta crónica que quiere dar cuenta y razón del viaje que voy a iniciar a mi pueblo para entregar a quien la compró mi vieja casa familiar, en la que nací y que me cobijó hasta emprender este largo trayecto a ninguna parte que ha sido mi vida.
Me llamo Leandro, y no sé por qué, pues nadie en mi familia se llama así. Fue un capricho estrambótico de mi padre, aficionado a los nombres clásicos del santoral laico griego o romano. Supe en algún momento que entre sus significados estaba la acepción de ‘hombre león’ y también la de ‘persona muy apasionada’. Hay quien asegura que los nombres que comienzan en Le son nominaciones que tiene el diablo mientras permanece en su estancia terrenal. Sucede con Leandro, con Leoncio, Leonardo o Leovigildo, y pasa lo mismo con Leopoldo, Leocadio o Leónidas.
Con el paso del tiempo me gustó, me sentí complacido con mi nombre de pila, e incluso llegué a considerarme una reencarnación menor de un diablo díscolo y juguetón al que se le había encomendado una misión secreta en este lado del mundo.
Estoy viajando esta noche al norte más al norte, al pequeño pueblo junto a la mar donde está mi origen.
Los faros del automóvil dividen la noche en dos mitades, iluminan fugazmente la carretera, y aunque no me gusta especialmente la conducción nocturna, lo hago para llegar a mi destino con las primeras luces de la mañana, para descubrir el pueblo como si estuviera estrenando su vida urbana y tuviera ante mis ojos la ciudad que nunca ha sido.
Me quedan varias horas por delante, me acompaña la radio y sus programas nocturnos de camioneros que concursan averiguando canciones que el presentador va desgranado para que los oyentes compitan entre sí.
Me acompañan los recuerdos que de forma desordenada ocupan mi cabeza trayéndome, acercándome, secuencias de mi propia historia, escenas nítidas que no sé muy bien si me han sucedido, las he leído o me las han contado en algún momento.
Por la noche no canta ningún pájaro y me pregunto, como ya lo hice muchas veces, en qué lugar duermen las pequeñas aves, y las respuestas que encuentro resultan a todas luces inverosímiles. Siempre que conduzco de noche reitero la misma cuestión y las mismas soluciones de urgencia habituales.
He podido comprobar que un cuco que cantaba los inicios de abril en el campo dormía acostado; lo mismo hacía el loro parlanchín de un mesón marinero de Asturias que se recostaba ladeado en un cojín de terciopelo para dormir toda la noche. En invierno le llegaba el sueño a las diez, puntualmente, y durante el verano esperaba hasta las once para dormirse. El mesonero exigía silencio a la clientela cuando le llegaba al loro su hora de reposo nocturno, no fueran a alterar su sueño.
Sé que los jilgueros domésticos enjaulados duermen de pie instalados en el pequeño balancín que tienen las pajareras en el centro; eso sí, creo que observándolos he concluido que cierran los ojos, y siempre que hablo de esto no puedo dejar de preguntarme qué soñarán los pájaros.
Durante muchos años era yo quien volaba en sueños e iba cartografiando la vida, los países lejanos, y guiado por las estrellas cruzaba ríos y mares. Hace ya muchos años que no llegan hasta mi cama los añorados vuelos nocturnos de cuando era copiloto de los viajes de noche de Saint-Exupéry.
Debo presentarme antes de proseguir. Ya dije mi nombre, Leandro, y mis dos apellidos son Cabaleiro, que en el idioma de mi país quiere decir ‘Caballero’, por parte de padre y Norte por parte de madre. Soy hijo de Patricio y de Corsina. Mi padre estaba encantado con llamarse como el santo patrón de Irlanda, isla que no conoció, pero de la que sabía casi todo, y cada mes de mayo participaba con una fantasía verosímil en las carreras de caballos que corrían por los grandes arenales de las costas de Erín. Sostenía que en el año en que comenzó la gran guerra europea, el caballo ganador, Pólux, habló señalando con exactitud la duración del conflicto. Y acertó, según mi padre.
Mi madre fue bautizada siguiendo el capricho de su madrina, habanera retornada, que eligió para la recién nacida el mismo nombre que el de ella, añadiendo por obra y gracia de su devoción mariana y cubana «de la Caridad del Cobre», nombre compuesto que se añadía al principal. En el pueblo siempre la llamaron María y evitaron su nombre original.
Soy el mayor de tres hermanos. Mi hermana Olvido es la segunda hija del matrimonio y Aureliano es mi hermano pequeño, al que le llevo cuatro años; bueno, casi cinco.
Mis abuelos, mis padres y nosotros nacimos en el mismo pueblo, en Vilaponte, donde el mar Cantábrico de verdes esmeraldinos se convierte en océano de atlánticos azules, justo enfrente del nacimiento del horizonte.
Siempre sentí que Vilaponte es una de esas ciudades invisibles que tan bien contó Ítalo Calvino. Un pueblo que me motivó sentimientos encontrados, contradictorios, y del que deserté sin fecha de caducidad para regresar. Cuando su ausencia se instalaba en mi pecho asfixiándome, regresaba, buscaba un pretexto y no me resultaba difícil encontrarlo. Fueron múltiples idas y venidas, necesitaba ver y sentir la mar, la misma que me arrulló desde niño, la que veló mi sueño y acunó los compases de una suerte de banda sonora que tenía en su partitura escritas las suaves caricias de las olas marinas y las broncas galernas de la tempestad y la tormenta.
Cuando juraba solemne que jamás volvería, no tardaba en regresar y no pude cumplir nunca el juramento prometido.
Me gustaría hacer este viaje con mis hermanos, los tres en el automóvil, recordando conversaciones que no hemos tenido, anécdotas que no hemos protagonizado, cantando canciones de excursión que nunca entonamos. Rememorábamos el único viaje que realizamos con mis padres en el Plymouth azul, aquel antediluviano coche familiar en el que viajamos durante una semana en lo que para nosotros fue la primera salida al extranjero. Las únicas vacaciones en que acompañamos a los padres. Fuimos a Portugal y llegamos a nuestro destino, soñado por mi padre, pues estaba escrito en una canción. Viana do Castelo era el final de etapa, a donde don Patricio quería llevarnos desde que escuchó cantar en una kermesse, el día grande de las fiestas mayores, una melodía que creo que era un fado y tenía por estribillo «si meu amor non me engana, habémos de ir a Viana».
Estribillo o ritornelo que le quedó grabado durante muchos años y que nos convocó en la bonita ciudad miñota del norte de Portugal. Y allí fuimos todos, con el compromiso que padre nunca cumplió cuando madre, melancólica como Amália Rodrigues, manifestó a la vuelta que a ella le gustaría conocer Oporto, y padre respondió seguro y ante sus tres hijos, asombrados por estar en el extranjero: «No te preocupes, iremos antes de que acabe el año». Era junio y mis padres no volvieron a cruzar la frontera portuguesa. Tardamos tres días en llegar a Viana. Antes visitamos La Coruña y Vigo, el balneario de Mondariz, Bayona y Tuy.
Portugal tenía por entonces un delicado encanto campesino de país instalado en una cultura rural. Era como España dos lustros atrás y me gusta recordarlo tal como lo conocí. El siglo XX ya era sexagenario y Portugal. Tras cruzar la frontera y detenernos en Valença do Miño nos saludó la mañana en un mercadillo textil donde mi madre se aprovisionó de toallas baratas y uniformó a sus tres hijos con unas, por entonces muy populares, chaquetas de lana blanca tejidas a mano.
La mía duró hasta que comenzaron mis estudios de Derecho en Compostela. Mi hermano todavía la conserva después de cuarenta años de aquel viaje inaugural que nos abrió las puertas del extranjero. Volví en muchas ocasiones, pero no con mis padres y hermanos, aunque conservo con nitidez los paisajes que se quedaban a los lados de la carretera, el encanto azulejeado de las plazas en los pueblos, el talante señorial de sus restaurantes y, sobre todo, el susurro decadente y musical de las conversaciones aunque no pasaran de ser meramente coloquiales.
Hasta la mar me parecía distinta. Su cuerpo de agua tenía rizada la piel que se asomaba hasta la orilla, abrazándola con esa efusión antigua de los saludos viriles. Era como si estuviera tejida o calcetada en esa rutina de lana marina que cubre el manto de agua salada que crece en los océanos.
Cómo me hubiera gustado que en esta noche las risas de mis hermanos iluminaran el viaje. Hasta que se anuncia el alba, la carretera discurre por la meseta castellana con una negra sombra constante que empaña de oscuros crespones la torpe silueta del paisaje. Es cansado conducir evitando el sueño que impide su llegada, los faros de los camiones que avanzan de frente clavando sus luminarias en mi mirada me ayudan a mantenerme despierto. Es complicado encontrar un lugar para detenerse a tomar un café. Hablo solo y fantaseo que mi hermana Olvido está sentada junto a mí, es mi compañera de viaje y evita que me distraiga aconsejándome parar en una gasolinera que está a doscientos metros y que anuncia que tiene servicio de bar las veinticuatro horas. A las tres de la mañana paro para tomar un café, repostar gasolina y despedir la estampa, el cuerpo imaginado de mi hermana que me acompañó virtualmente los últimos kilómetros recorridos.
Olvido es taciturna, no habla mucho, pero todo lo dicen sus ojos oceánicos, profundos, diseñados con los mejores materiales de las cálidas noches de los suaves veranos del norte. Ojos en los que están escritas todas las respuestas que se encuentran en las cuestiones insospechadas. Hubo un tiempo en que creía que mi hermana no podía o no sabía cerrar sus ojos, y descubrí una noche en que me acerqué a su cuarto que dormía con los ojos abiertos. No me vio, pues estaba profundamente dormida. Tal vez no tenga párpados y todos los espantos residan en su mirada.
Antes de reanudar el camino, mando pasar a mi hermano Aureliano delante. Le digo que ocupe el sitio que dejó nuestra hermana, que se quedó en la niebla de madrugada del área de servicio. Lo hace. Y seguimos la ruta.
Y vuelvo a renegar de conducir de noche, de imaginar el camino de asfalto para no salirme de los bordes de la carretera, de ir saltando de sombra en sombra hasta que amanece con esa luz lechosa y difuminada de las alboradas; es una espera que se dilata mientras las horas se ocultan tras las señales horarias de los informativos radiados.
Aureliano sigue siendo un cascabel a su edad, se empeñó en negarse a crecer, a dejar de ser niño. Cuando de adolescente cayó en sus manos Cien años de soledad, quiso ser para siempre un personaje de García Márquez, Aureliano Buendía. Yo desde entonces lo llamo Coronel.
Me gusta que me cuente historias del pueblo vividas en su infancia y lo hace con su voz de tenor, bien timbrada, que adorna de escenas de un barroquismo que convierte un suceso menor y cotidiano en un capítulo mágico de un universal libro de relatos. Y no por escuchadas muchas veces dejan de parecer siempre nuevas en su voz y en su imaginación plagada de realismo.
Cuando lo escucho me parece estar oyendo a Chéjov, que lee sus cuentos en voz alta. Es un buen compañero en esta noche lóbrega y oscura, cuando se presiente el alba, puedo divisar la silueta de las espadañas de las iglesias de los pueblos despoblados, de la España mermada, ocultos a los lados de la autovía que parte en dos la estepa castellana. Le digo a mi hermano, como antes hablé en este viaje con Olvido, que me habría hecho feliz que los tres llegáramos dentro de un par de horas a Vilaponte, en este viaje real a los inicios de nuestra vida para entregar las llaves de la casa que nos cobijó, la casa que hemos vendido y que pronto será derruida.
Y Vilaponte es Comala y Pedro Páramo ejerce de notario para dar fe de su existencia y de su desaparición. Yo voy hacer lo mismo y les digo a mis hermanos que contaré, escribiré, la historia de nuestra casa, para que puedan ubicarla en su memoria. Allí vivieron y murieron nuestros abuelos paternos, nació y falleció mi padre, tras la muerte de madre, y venimos al mundo nosotros. Voy a ser quien cierre por última vez su portón, rememorar en cierto modo, el cuadro de Velázquez cuando se rinde Breda y Justino de Nassau hace entrega de las llaves de la ciudad al general Spínola. Testigo y cómplice. Y la mar es una certidumbre de aromas salinos que suben las cuestas mientras bajo el puerto que separa la montaña del litoral, hace una hora que amaneció y la mañana desparrama los primeros rayos de sol cuando ya puedo ver el perfil urbano de Vilaponte, tan lejos de todo.
No ha sido buena idea hacer el viaje por la noche, que nunca me ha gustado conducir cuando se pone el sol, y menos tantas horas cabalgando las estepas nocturnas como un jinete loco. Estoy terriblemente cansado cuando acabo de llegar al pueblo. Tengo un sentimiento primario de alegría y brota dentro de mí una sensación de pertenencia que me inquieta como cuando era un adolescente.
La mañana está pintada con colores desvaídos que ilumina un sol tenue. Dejo el automóvil aparcado en el muelle viejo y desde allí contemplo la casa que me está esperando, la saludo levantando una mano anunciando mi llegada. Nadie se asoma a los balcones del primer piso, no hay nadie en la galería como cuando llegaba de la ciudad al pueblo y padre o madre aguardaban verme.
La casa es gallarda y un poco altanera. Una vivienda con planta baja, dos pisos y un desván. Tiene anexada una huerta, un pequeño jardín, que es el único que queda en la Plaza Mayor. Los dos sabemos, la casa y yo, que sus días, los que le quedan, están contados.
La edificación se ubica entre el paseo marítimo y la Plaza Mayor por donde tiene la entrada principal. Por el paseo o malecón, la mar es su límite, su frontera y su paisaje.
Nunca he contado los pasos que hay desde el muelle viejo al portal de entrada, aunque en estos días previos a la desaparición de mi entrañable vivienda no quiero realizar el ejercicio de medición. En cualquier caso, hay una distancia mínima, y me doy cuenta cuando estoy ante la puerta y busco las llaves en mi bolsillo.
Doy dos vueltas a la llave y franqueo la pesada puerta de acceso, abro el portón a la vez que la luz de la calle hiere levemente la oscuridad que se había refugiado en la entrada. Escucho los quejidos lastimeros de la cerradura falta de grasa, de aceite; las dos vueltas que giró la llave son ayes. Acaso los primeros estertores de un inmediato destino a la desolación que precede al derribo de la piqueta. El primer piso está al final de la media docena de escaleras que lo separan del portal. El acceso a los peldaños es una puerta que ha permanecido abierta desde que el último habitante abandonó la casa para siempre.
Cuando murió mi padre y el sepelio salió camino del cementerio, desde que falleció el último de sus inquilinos, la puerta permaneció abierta. Hasta ahora y así la encontré y fue ella quien me invitó a dejarla como la encontré, abierta de par en par cuando comencé a subir las escaleras que me separaban del primer piso.
El hall, el recibidor, es la primera estancia a la que llego. Hay un paragüero y un colgador de abrigos en el que languidece una percha vacía. Me detengo fijando la vista en dos cuadros de arpillera bordados en punto de cruz. En el de la derecha se pide a Dios que bendiga esta casa y cada uno de sus rincones, mientras que en el de la izquierda se da cuenta de que este hogar es un dulce hogar. Mi hermana Olvido los bordó como ejercicio de sus clases de costura cuando cursaba el bachillerato.
Calculo que nadie los ha limpiado, ninguna mano limpió el polvo acumulado en los últimos cuarenta años. Es un símbolo de la decrepitud que supongo afecta a todo el edificio. Las casas son seres vivos cuando el alborozo, los ruidos, las risas y la vida son sus inquilinos, y cuando ya se acerca el adiós profundo del silencio comienza una lenta y larga agonía que desemboca fatalmente en la muerte, en este caso en la demolición, en el derribo. Cuando leo en un diario que un edificio de tal o cual ciudad, de tal pueblo se derrumbó sobre sí mismo, se vino abajo dejando ver su esqueleto de ladrillo y de hierros, recibo la noticia como cuando me entero de la muerte de un amigo o de un conocido. Son, permítanme la hipérbole, seres vivos que habitaron otros seres vivos. Cuando perdieron su afecto, su función de hogar, fallecieron del mal de la piedra, que no es otra cosa que una larga y profunda melancolía que fue creciendo con los años.
No quiero ponerme sentimental al entrar en lo que ha sido mi refugio primero, mi cobijo hospitalario, mi referencia. Tengo que mantener la compostura emocional para cuando este relato testamentario, este adiós que solo yo percibo, llegue a mis hermanos y no lean la crónica de una desaparición, sino la memoria habitada de un tiempo en que nuestra familia fue una familia feliz y el mundo, nuestro mundo, pequeño y amable, estaba siendo inaugurado.
Es la foto fija de una infancia compartida que quedó impresa en el álbum principal de mis recuerdos iniciáticos de una Noche de San Juan cuando frente a nuestra casa ardía una hoguera donde la tradición oral aseguraba que se estaba quemando todo lo viejo y que al alba nacería un tiempo nuevo.
Los tres hermanos contemplábamos con mirada hipnótica cómo ardía la noche. Dos días antes los pintores dieron por concluida la restauración y el pintado de la preciosa galería corrida de madera con la pintura al aceite recién estrenada en donde se reflejaba la mar festoneada con las llamas rojas anaranjadas del fuego que recibía el solsticio que viene siempre con la Noche de San Juan.
Al día siguiente en Vilaponte comenzaba la temporada de los baños de olas de mar. Comenzaba el verano.
Era la estación de estaciones para los pequeños de la familia. Se ordenaba el mundo alrededor de los meses de julio y agosto. Vivíamos, sin exagerar un ápice, literalmente en la playa, a donde acudíamos al mediodía hiciera un día caluroso o cayeran chuzos de punta, que poco o nada nos importaba. Muchas jornadas comíamos un bocadillo de tortilla francesa o de filete empanado después del último baño mañanero, y lo acompañábamos invariablemente con un plátano y un par de ciruelas claudias japonesas o dos peras de agua dulces como un primer beso. Después de comer, nos acostábamos a soñar sobre las toallas, aguardando la preceptiva hora y media que tenía que transcurrir después del frugal almuerzo para podernos bañar de nuevo.
La playa, las mañanas y tardes tendidos en un dolce far niente sobre el arenal, viajando entre las nubes y los sueños me transportaban a un paraíso inexistente que no era capaz de imaginar y que iba diseñando según fuera el lento caminar de las nubes por el cielo. Jugaba a intuir de una manera serena el porvenir que estaba por llegar y presentía lejano, remoto y que manejaba a mi antojo pensando en quién me iba a convertir cuando los años me empujaran a ser una persona respetable. Un baño en las gélidas aguas del Cantábrico despejaba de una vez mis torpes ensoñaciones y pronto me olvidaba de averiguar quién sería en el futuro por venir.
Vuelvo a los lejanos asuetos del verano, de los estíos en los que he sido feliz, y me propongo, recién llegado a mi añorado pueblo, escribir una historia personal que me gustaría que recordara a las páginas de Perec en La vida instrucciones de uso, cuando comienza a contar desde un puzle literario el pulso de un edificio parisino de vecinos donde vive la vida y la muerte que sube, como acabo de hacer yo, las tres escaleras antiguas de piedra que forman la entrada de la casa.
Y, mientras me enredo buscando coincidencias en el frondoso mundo de la literatura, brota como un árbol solitario en un oasis un idilio infantil que me acompaña todavía ahora y que se inició en el arenal cercano una mañana de julio de hace muchos años. En el mes de marzo había cumplido nueve años, me consideraba mayor para acudir con mi madre a la playa, pero no hubo manera de convencerla para que me dejara ir solo o con algún amigo que ya volaba por su cuenta. «Ni siquiera tienes diez años» era la respuesta argumental de madre, de la que conseguí una media promesa al fiar al año venidero mi libertad e independencia.
Aquel verano me alejaba del grupo familiar dando paseos por el arenal sin que me acompañaran mis hermanos pequeños. Siempre sin perder de vista a mi madre, que me llamaba cuando no estaba cerca para ir todos juntos a los baños de ola, que eran un par de chapuzones en la mañana.
Y fue allí, paseando un día que amaneció ventoso y que casi impidió el ritual playero habitual. La vi acercándose hacia donde estaba parado, petrificado, por la visión diría que angelical que había aparecido en la playa. Estábamos los dos solos, aunque un par de mujeres y, sobre todo, niños ocuparan la mañana con sus juegos o tendidos sobre sus tumbonas. La miré, nos miramos y en mi inventario de grandes emociones, que en la infancia estaba prácticamente vacío, sentí o supuse firmemente que me estaba enamorando. Se acercó, me acerqué, y le dije mi nombre señalando mi corazón con el dedo índice.
Me respondió y pronunció una sola palabra con un dulce acento del que yo no sabía su procedencia. Ella era Anke, y de repente fuimos autopresentados. Se rio, le hizo gracia que yo me llamara Leandro. Al menos eso supuse.
Nos dirigimos a la orilla de la mar, nos bañamos juntos y dimos unas brazadas en paralelo a la playa sin alejarnos mucho de la orilla. Yo creí que era nórdica por su pelo rabiosamente rubio y sus ojos azules de manual. Luego supe que era alemana cuando la acompañé hasta el camping vecino y pude ver la matrícula de su roulotte, pude ver la D identificativa.
Era, fue, la mujer, la niña más bella que nunca había visto. Al despedirnos gesticulamos a dúo algo parecido a una próxima cita para el día siguiente.
Estaba perdidamente enamorado. Anke era un poco más alta que yo y acaso algo mayor. Tendría once años, la edad que representaban sus pezones, que yo intuía tras la parte superior de su bañador, más que evidentes eran sugeridos aquellos todavía mínimos botones que crecían endureciéndose tras el baño.
Esperar hasta el día siguiente se me hizo eterno, pero llegó la mañana soleada de un agosto que estaba comenzando a dejar que corrieran los días en el almanaque del verano y a las doce en punto estaba en el mismo lugar de nuestro primer encuentro.
Debió de verme desde el camping porque enseguida llegó junto a mí.
Parecía que el corazón se me iba a salir, estaba entre nervioso y excitado, y cuando cogió mi mano y empezó a caminar, comenzamos a andar hacia el cercano mar. Nos bañamos con un ímpetu nuevo, como si quisiéramos llegar hasta la línea blanca del horizonte y traspasarla, perdernos para siempre en un paraíso marino inventado al unísono.
Han pasado demasiados años, pero nunca he podido olvidarla. Miro mi brazo derecho y, cercano al hombro, acaricio el tatuaje que a los dieciocho años grabé con su nombre. Las dos sílabas, Anke, escrito en letra gótica en mi piel quieren decir, quieren fijar para siempre, el compromiso vital que adquirí aquel julio cuando todavía no había cumplido los diez años.
Salimos juntos de la mar. Volvimos a cogernos de la mano, ella dirigió mis pasos hacia la parte más alejada de la zona dunar que acogía a familias del pueblo y a quienes frecuentaban habitualmente el arenal haciendo pequeños círculos tendidos al sol sobre un pequeño mundo de toallas y sombrillas. No había prisa alguna en aquel paseo de vuelta al cercano camping. Vi cómo mi hermano pequeño se dirigía a donde estábamos y le indiqué por señas que se alejara, lo que hizo inmediatamente, y cuando nos encontramos solos, aunque la asistencia aquella mañana a la playa era lo suficientemente multitudinaria, me abrazó con una suavidad impetuosa y, acercando sus labios a los míos, me besó.
Mi torpeza me impide decir que nos besamos. Era el primero de los besos que yo creí durante mucho tiempo que ponía fin a mi infancia e inauguraba mi adolescencia. Sentí su huella, su sabor a mujer en mi boca, cuando reiteramos media docena de veces la ceremonia.
Quedamos en vernos la siguiente mañana, su último día en Vilaponte, fueron escenas de cine mudo, de una película antigua, el código de señales manuales para comunicarnos.
Fijó la hora en que nos veríamos y me indicó alzando las dos manos y separando los dedos que la cita era a las diez de la mañana.
No sé qué disculpas pude dar a mi madre para estar en la playa con mi toalla a la hora en que habitualmente desayunaba.
Y bastante antes de las diez ya estaba allí, frente al camping, en la parte más cercana a la playa, y al verme corrió para abrazarme. Fue un abrazo infinito, de un minuto que duró casi toda mi juventud. Volvimos a besarnos y me entregó un papel que daba cuenta de su nombre y apellidos y de su dirección en Alemania. Lo corté en dos mitades para escribirle mis datos personales. Corrió a buscar un bolígrafo a su caravana y, doblando el papel, se despidió de mí con otro abrazo. Permanecí inmóvil, no me aparté ni un centímetro de donde la había esperado y pasaron pocos minutos hasta que vi cómo su caravana, su roulotte, comenzaba a moverse.
Anke, con su familia, se iba para siempre, las medias cuartillas que nos intercambiamos eran nuestras cartas de despedida, el mensaje feliz de una historia que no supimos concluir.
Aquel verano clavó una espina dolorosa en mi corazón de niño. Y los días siguieron sucediéndose uno tras otro.
No sé por qué cuento esto mientras entorno la ventana del salón de la que todavía es mi casa. Dejo que entre la luz de la calle y que vaya desvelando las miserias de una casa vacía, que la luz de la mañana reviente contra las paredes ajadas, desnudas, y proyecte ángulos muertos por el suelo donde ya no quedan restos del barniz que cubrió las ricas maderas preciosas traídas de Cuba.
En mi cabeza, a mi cabeza, vuelve el recuerdo de Anke que se mezcla con las sensaciones nuevas que me produce el despedirme de lo que ha sido… todavía sigue siendo mi casa.
Le escribí muchas cartas a mi gran pasión juvenil alemana. Nunca me contestó. Y una mañana el cartero trajo un pequeño fajo de sobres. Eran muchas de mis cartas que los correos alemanes devolvían al remitente, que era yo, porque mi amada ya no vivía en la dirección a la que le escribía.
Mantuve un idilio platónico, al que no renuncié, no quise abandonar tan cursi e infantil quimera hasta que el tatuador de un estudio madrileño grabó con tinta azul en mi brazo derecho las cuatro letras de su nombre. Era un tatuaje discreto, pequeño, entrañablemente mínimo.
Cuando volví aquel verano a Vilaponte, doblé la media cuartilla que conservé varios años, en la que con letra redondilla escribió sus señas, y la introduje en una botella verde que sellé con lacre y, desde donde nos habíamos dado nueve años antes el último adiós, anduve hasta el mar cercano, hasta que el agua cubrió mi cuerpo y arrojé todo lo lejos que pude la botella con el mensaje de despedida de un tiempo idealizado. Ya había cumplido aquella primavera dieciocho años.
No sé si la botella lacrada navegó toda mi nostalgia de un gran amor perdido, ausente. Supe que, tras fijar su nombre en mi brazo, para siempre, y devolverle el papel que me entregó casi diez años atrás y echarlo al mar en una botella con mensaje, comenzaba a olvidarla.
No lo he conseguido, sigue siendo la primera de mis obsesiones, el recuerdo más hermoso, la mañana prodigiosa. Lucía el sol que acompañó su adiós cuando el automóvil que llevaba la roulotte se fue alejando hasta traspasar el fondo del paisaje.
No la olvidé, pero se fue desdibujando su presencia que aún permanece levemente anclada al fondo de mi memoria.
No quiero empezar a catalogar habitación por habitación los dos pisos de esta casa, pospongo contar los secretos que guardó el desván y los caminos que andaba y desandaba de niño y de adolescente en mi particular bosque mágico de la huerta jardín. Quiero que continúen, que sigan vivos en estas páginas en las que voy a narrar al menos dos vidas, la de esta casa y la mía. Fuimos testigos recíprocos de ir construyendo dos decadencias paralelas.
Sentado en el decrépito sillón de mi padre, en el mismo lugar en donde lo encontraron muerto, pienso qué sería lo que le dijo a la muerte cuando vino a visitarlo. Sé que no le rogó una prórroga, que nada le pidió, acaso que no se demorara y que hiciera llegar pronto a sus hijos la infausta noticia. Quizás no hubiera imaginado esa forma de morir, pero le complacía que sucediera de esa manera. Me gustaría poder preguntarle si es cierto que, antes que la parca se retire a su reino de sombras, pasa tu vida entera por el archivo de tu mirada en un par de segundos eternos. Seguro que yo estaba presente en algunos, en bastantes de esos fotogramas finales.
Cuando pudieron llamarme mis hermanos, hacía ya muchas horas que había fallecido. De ninguna manera podía llegar a su entierro. Cuando me llamaron mis hermanos escuché la temida frase, reescribí en masculino las primeras líneas de la novela de Camus que nunca había querido oír. No era exactamente «Mamá está muerta». El aldabonazo en mi frente, que me taladró los oídos, fue: «Ha muerto papá».
Me levanto del otrora confortable asiento y mis ojos buscan una arqueta, una caja azul decorada con cenefas blancas. La encuentro en el lugar en el que siempre estuvo. Es la caja de latón de las fotografías familiares.
Me levanto y junto a ella la abro cadenciosamente como cuando abres un regalo de cumpleaños, como imagino que se abrirán los regalos de boda, y siento que al levantar la tapa suena una melodía olvidada de una caja de música que creía haber perdido. Un leve roce activó, puso en marcha el mecanismo que hizo sonar la canción de la preciosa caja musical que tantas veces escuché. Un par de compases fueron suficientes para recordar melancolías lejanas. Era un prólogo sonoro al contenido de viejas fotos guardadas en la caja de latón. Y, al fondo, un sobre abultado contenía lo que buscaba.
Mis hermanos, antes que yo, habían cogido su botín de retratos y de momentos apresados en fotografías que sin duda les pertenecían.
En el sobre depositado al fondo de la caja de lata estaba la mayor parte de la crónica fotográfica de mi vida. Lo abrí con cierto temor a que las fotos me contaran historias que no quería escuchar. Entre ellas había alguna postal de ciudades que nunca visité, atardecer en Barquisimeto, vista de la refinería de la Guaira, el delta del Mekong y otras más o menos exóticas que nada tenían que ver conmigo y que no sabía qué hacían allí ni quién las había guardado. Y, arropando a tres fotografías, encontré una carta para Anke que nunca envié. Le contaba que por vez primera nevó en Vilaponte, tenía fecha de un diez de enero; al verla sentía caer los copos sobre mi cuerpo, retornaba a otros tiempos en los que mi casa, esta casa, era mi hogar.
Y activé el mecanismo que desbloqueaba la caja musical. Era un antiguo regalo que mis tíos habaneros trajeron a mi madre de los Estados unidos. Siempre me pareció preciosa aquella cajita de madera sobre la que se apoyaba un cuadrado de cristal que contenía en su interior cuatro figuras que representaban a los personajes de ElMago de Oz, y apresados en su vitrina estaban el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león cobarde. Algo más adelantada Dorothy Gale, la protagonista del filme, que no era otra que la joven Judy Garland. Era la reproducción fiel de un fotograma de la película y, al presionar levemente la caperuza de cristal, hacía que sonara el clásico tema de Over the Rainbow que tantas saudades me trae cada vez que lo escucho; como ahora, que mientras suena siento cómo nieva en Vilaponte casi cincuenta años atrás.
Y la memoria cabalga la vida sin detenerse. El retrato que ahora tengo en mis manos, tal vez, estaba junto a la carta porque iba a ser enviado a mi destino afectivo en Alemania. Se quedó en esta caja para siempre. Debía haber sido en el mismo verano en que la conocí, y refleja a mis dos hermanos, a mi hermana Olvido y al pequeño Aureliano, sonriendo a la cámara y en la orilla del mar. El agua nos llegaba a los tobillos. Yo aparecía un poco adelantado en la fotografía. La misma sonrisa de la instantánea es la que me ha provocado verla ahora, ver aquel instante detenido en blanco y negro.
Otra de las fotos es un paseo jovial y dominical de mis padres recién casados, por el atuendo debía de ser domingo, antes o después de la misa de doce. Se los veía inmensamente felices. Padre abrazaba a madre por el talle, y el fotógrafo retrató mucho más de lo que se ve en la vieja cartulina, se percibe lo que estaban sintiendo en ese momento. Sus sonrisas mirando a la cámara reflejan todo el universo. La tercera de las fotos es esta casa en la que ahora estoy vista desde el malecón, mirando a la mar. Debía ser cuando acabaron de pintar la galería. Qué casualidad.
Dejo las tres dentro de la carta que no ha sido franqueada la que está justo debajo es una foto en color de Ornella, mi otro gran amor que cruza de manera transversal mi vida afectiva. Tuve, acaso tenga todavía, una relación caótica con ella, un amor de ida y vuelta, de pasiones y desencuentros, de presencias infinitas y de insalvables ausencias.
De amarla hasta el delirio y de crecientes desamores que me provocaban alejamientos temporales que no quise interpretar ni justificar.
Ahí está con sus inmensos ojos verdes que traspasan el revelado fotográfico, es la imagen que me atraviesa diariamente el corazón hasta el olvido y la sinrazón pasajera.
Conocí a Nella, así la llamo cariñosamente, durante mi estancia en Lucca, donde trabajé y viví durante dos años. La tarea laboral que me llevó a la bella ciudad italiana fue el asesoramiento legal e internacional de la asociación de orfebres y joyeros toscanos que se unieron para renovar y promocionar la legendaria oferta de joyas que la tradición judía de maestros en el arte de la creación de piezas básicamente de oro mantenía desde hacía cuatro siglos. Trabajaba en unas oficinas que estaban en el centro económico de la ciudad, y a la vuelta de la esquina existe un recoleto café dispuesto para el sosiego y la calma de las personas que trabajan y viven donde está la ebullición ciudadana. Era mi refugio, el descanso de las medias mañanas, los veinte minutos para el café matutino. El periódico Il Sole me hacía compañía mientras bebía, degustaba dos tazas de café expreso, la primera cuando me sentaba a la mesa y la segunda al despedirme y pagar la consumición. La primera, pese a la pequeña cantidad de un expresso italiano, la paladeaba manteniendo los dos o tres sorbos más tiempo en la boca, mientras que la segunda taza era de urgencia, un café del adiós, por decir algo.
Invariablemente me sentaba en la mesa que está más alejada de la puerta y, junto a ella, cada mañana, la mesa de al lado estaba ocupada por una joven muy atractiva de la que no apartaba la vista entre página y página del diario. Llegaba a la misma hora que yo pedía un café y una jarrita de agua fría y leía La Repubblica mientras yo hacía que no la veía aunque no la dejara de mirar. Me iba mientras ella pedía el segundo café.
Tardé una semana en levantarme de la silla y en atreverme a saludarla. Me presenté, sonrió al decirle mi nombre, y esa sonrisa franqueó todos los resortes que mueven mi afecto. Sentí que me estaba instalando para vivir temporalmente o acaso para siempre en su sonrisa.
Ornella era de Pisa, pero desde niña vivió en Lucca, estudió en Florencia, y con frecuencia visitaba a su madre en la citada Pisa, ciudad a la que se trasladó al quedarse viuda. Trabajaba muy cerca de mi oficina en un despacho del gobierno regional que tenía que ver con el gigantesco capital artístico de la Toscana.
