Será contigo - Xavier Orri Badia - E-Book

Será contigo E-Book

Xavier Orri Badia

0,0

Beschreibung

Ernesto y Ada llevan toda una vida en pareja. Se enamoraron en la escuela y siguen juntos una década después, cuando ella deja Barcelona para estudiar en la Sorbona. Él la sigue al cabo de unos meses, y París les sirve de escenario para un desenlace a la altura de la relación que tuvieron: sin gritos. ¿Hasta cuándo se puede amar al primer amor? Desde la voz y la mirada de Ernesto, la novela responde con la crónica de una educación sentimental y el inventario de las mentiras y los silencios que les distancian. Al ritmo de una banda sonora que adjetiva los interiores convulsos de personajes y escenas, Será contigo es una historia sobre el final del primer amor, la precariedad laboral y emocional, el duelo masculino y el sexo como refugio contra la soledad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 330

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



PRIMERA EDICIÓN

© Xavier Orri Badia, 2023

© Malpaso Holdings, S. L. 2023

C/ Diputació, 327, principal 1.ª

08009 Barcelona

www.malpasoycia.com

ISBN: 978-84-19154-08-8

Primera edición: 2023

Diseño de colección: Ezequiel Cafaro Studio

Ilustración: Carola Schön

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro (incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet), y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo, salvo en las excepciones que determine la ley.

Índice

«CALGARY 88», ANTÒNIA FONT

«DONNA DONNA», JOAN BAEZ

«PEQUEÑO VALS VIENÉS», SÍLVIA PÉREZ CRUZ

«LA VALSE À MILLE TEMPS», JACQUES BREL

«BAILARÉ SOBRE TU TUMBA», SINIESTRO TOTAL

«I GOT CAUGHT MAKING LOVE», C. CARTER

«DETENER EL TIEMPO», NACHO VEGAS

«(NOTHING BUT) FLOWERS», TALKING HEADS

«ALWAYS ON MY MIND», ELVIS PRESLEY

«PERFECT DAY», LOU REED

BONUS TRACK: «IL N’Y A PAS D’AMOUR HEUREUX», F. HARDY

«Calgary 88», Antònia Font

1

En los Juegos Olímpicos de invierno que se celebraron en Calgary en 1988, una pareja islandesa que competía en patinaje artístico se prometió que si se alzaba con la medalla de oro se casaría, tendría hijos y se retiraría a vivir a la campiña islandesa, que también existía. La impresión de expertos y periodistas era que ni siquiera llegarían a la final, pero sortearon con facilidad la primera ronda con un baile exquisito que entusiasmó al jurado. No bailaban, se amaban sobre la pista de hielo y patinaban jurándose amor eterno, pero los jueces habían dado a los soviéticos —de nuevo favoritos— un 9,96 en la ronda final. En sincronía y a máxima velocidad, la pareja islandesa patinó en el fin del mundo cobrándose las deudas de una juventud de amor y devoción, y el jurado les dio un 10 y ella dio a luz a mellizos un poco más tarde.

A finales de los noventa —contaría ella en su biografía— volvieron a Calgary para visitar la pista de hielo que en 1988 les sirvió de altar mayor. Habían envejecido mal, perdiendo la belleza hercúlea del deportista: él se había convertido en un gordo con alopecia y aires de asiduo a Benidorm. Ella estaba afeada, y el maquillaje que tanto la favorecía entonces, la vulgarizaba ahora, como a esas prostitutas de extrarradio sin medida para el colorete. Cuando fueron a visitar la antigua pista de hielo, encontraron un enorme centro comercial, y a ella se le escapó una lágrima. Luego dieron un paseo por las tiendas, comieron gofres con sirope y volvieron al hotel cargados de regalos para sus hijos, sobre todo pantalones Levi’s, que por entonces aún no llegaban a Islandia. No hicieron el amor ni una sola vez en los cuatro días que pasaron en Calgary.

2

Para el viaje me he traído una sola maleta: tres pantalones largos, unos cortos, dos camisas, ocho camisetas, un jersey, dos abrigos, tres pares de zapatos, un sombrero, seis calzoncillos y seis pares de calcetines. En otra bolsa llevo el ordenador y la cámara de fotos. He tardado ocho horas en llegar de la estación de Sants a la de Austerlitz y nadie me espera en la estación porque Ada trabaja hasta las seis. Llego exhausto, excitado y temeroso.

Desde que ella se marchó de Barcelona, me había recibido una decena de veces en París. Fines de semana perfectos, propios de las relaciones a distancia. Las cuarenta y ocho horas que disponía el fin de semana impedían entrar en detalles: un vino de bienvenida el viernes, una conversación ligera sobre las nimiedades laborales, las grandilocuencias amorosas —«No sabes cuánto te quiero»—, hacer el amor, desayunar en un café a las doce del sábado y pasear por París hasta la hora de la cena.

Durante esos fines de semana no mantuvimos ninguna de las conversaciones que la distancia nos exigía. Después de una década de relación, ella se marchó a estudiar a París dejándome atado a un empleo de adulto en Barcelona, pero este miércoles he venido para quedarme. He dejado de ser el amante de fin de semana para presentar mi candidatura a padre de sus hijos. He dejado el trabajo, mi primer piso, y renunciado a la comodidad de la distancia. ¿Queremos volver al lugar dónde estábamos seis meses atrás? Por teléfono es tan sencillo mentir, que quién sabe. Ada me invitó a subir con el argumento de un trabajo que ella nunca hubiera encontrado en Barcelona y yo acepté cambiando un empleo en Barcelona por el INEM más chic del mundo.

He cogido el metro hasta su casa y me he metido en el café de enfrente. En la tele cuentan las infidelidades y saltos de cama del primer ministro francés con una actriz rubísima. En cuanto empiezan los anuncios aparece Ada por la puerta, enfilada en un vestido nuevo, con un peinado nuevo y andares elegantes, afrancesados, cada vez más adultos. Acaba de pintarse los labios y sonríe cálida y preciosa, así que nos tomamos la cerveza de un trago y subimos a casa a toda velocidad. En cada reencuentro tengo la sensación de que le han crecido los pechos, pero ella siempre me desmiente y lo atribuye a la ilusión de verlos de nuevo. Después de follar se ha quedado dormida y yo preparo la cena, que comemos en silencio, soñolientos y algo asustados por el regreso a la vida en pareja tras estos meses de paréntesis. Durante los días que siguen hablamos poquísimo; creo que los dos sentimos la distancia que aún nos separa, cada uno con sus secretos gestados en soledad. Me siento un extraño invadiendo su casa. Anteayer era un piso de estudiante extranjera en París y hoy hay dos toallas y mis calcetines por el suelo.

3

Me inquieta la pareja islandesa. No por envejecer; hasta ahí lo asumo. Me da miedo que la felicidad nos baste durante los primeros años y que la rutina nos diluya en los siguientes. Diga lo que diga la publicidad, la impotencia de los hombres y la aridez de las mujeres no es culpa de la edad sino de su pareja. Pienso en ello a menudo, acordándome de los islandeses que pasaron de amarse con locura a conformarse con un sábado de compras en su lecho nupcial.

En los primeros meses en París, la flacidez y el hastío no son un problema. Vivimos en veintitrés metros cuadrados según la propietaria, así que tropezamos con la cama mucho más de lo que teníamos por costumbre cuando compartíamos hogar en Barcelona. En el festival de jóvenes promesas del cine europeo de Düsseldorf del año pasado, la película ganadora, 27 metros cuadrados, contaba la vida de una pareja en esas estrecheces. La nuestra es algo parecida pero en tamaño reducido. Me divirtió bastante cuando todavía ocupaba un piso con jardín, pero ya no me hace tanta gracia. Perdí tres de cada cuatro metros con la mudanza a París. Cuarto piso sin ascensor. Luz a raudales. Tres espacios: baño, cocina, dormitorio. Cuando ella se instaló en septiembre le pareció un lugar hermoso para los seis meses que iba a tardar en terminar un máster en la Sorbona. Imaginó en aquel cuarto de barrio bohemio el escenario de historias de película francesa; tal vez un romance con un africano, tal vez escribir su novela a la vera de la ventana, tal vez convertirse en el fetiche del mirón que vive enfrente, que la observa absorto mientras ella se sonroja los labios en el reflejo del cristal y se atusa el pelo con caricias regulares mientras le devuelve la mirada de reojo, fingiendo que no lo ha visto.

Cuando se marchó también fingí no darme cuenta. Me convencí de que sería una despedida temporal, pajas por Skype y un tiempo de asueto en nuestra vida sentimental tras diez años de relación y tres de convivencia. Nos conocíamos y nos enamoramos temprano. Por costumbre, lo nuestro siempre fue una relación amable y feliz. Nunca nos preocupamos por entender los motivos, tan solo nos dejamos llevar por la alegría de despertar cerca, y a gusto. Y nos dejamos llevar porque nunca hubo compromiso. El amor eterno —propio de la adolescencia en la que dimos nuestros primeros pasos como pareja— está desterrado de común acuerdo, y, cuando no me dictan normas, yo siempre sigo el camino trazado.

—¿Me querrás siempre?

—Te querré cinco minutos más. Luego pregúntame otra vez —me contesta Ada, no fuera a confiarme.

Luego siempre renovamos el acuerdo, de cinco en cinco. Seis sería deshonesto. Una mirada en el metro, un compañero de trabajo, un tedio abrumador, pueden llegar en el minuto seis y en esta vida no conviene romper promesas.

Ada no es difícil. Y no soporta discutir, así que discutimos poco. Cada vez que nos alzamos la voz termina sollozando y preguntando que para qué discutimos, que si quiero discutir me busque una amante. Para follar, para reír, para que le cocine, ningún problema. «Para discutir, búscate a otra», dice en cuanto arrancamos. Tampoco le gusta quejarse. Ada guarda sus miedos cerrados a cal y canto, y solo de vez en vez les pasa revista. Un orgasmo o una buena cena tras un día largo suelen ser el detonante. El silencio acumulado durante meses se condensa en una lágrima, la primera de una tormenta breve pero intensa, que al poco la deja exhausta y dormida hasta la mañana siguiente, cuando los problemas siguen ahí, pero de nuevo escondidos en los viajes en autobús hacia el trabajo, un rato de soledad en el que se pregunta si seguir aquí o marcharse allá. A diario, por las mañanas y por las tardes, en el camino de ida, y en el de vuelta; nos ocurre a muchos.

La última incursión en la nube de problemas que la acechaban tuvo lugar mientras nos despedíamos en el aeropuerto después de Navidad. Ella volvía a París tras las vacaciones. Acercándonos al último abrazo de despedida, de repente empezó a llorar.

—¿Qué ocurre?

—Que te echo mucho de menos en París.

—No será para tanto…

—Y hace mucho frío en la cama por la noche.

—Pon la calefacción.

—Pero quiero que vengas.

—Y yo quiero ir…

—Pero ven ya.

—Ada…

Frío en la cama. Nadie que friegue los platos. Un ligero dolor de cabeza sin nadie que la consuele. Hasta ahí llegan sus problemas. Sobre todo un ¿qué seré de mayor? Cada vez le repito, como un mantra, que no se preocupe, que apunta maneras para una vida holgada y divertida, pero Ada no confía en las ciencias sociales y la incertidumbre la hace sufrir. En las ocasiones más exageradas he llegado a imprimir algunas tablas del Instituto Nacional de Estadística para explicarle que no hay de qué preocuparse, que si se fija en el cuadro 6 todo irá bien, pero nunca les ha prestado mucha atención ni ha servido para que mengüe su inquietud. Al final la seguí, seducido por ella, y por la idea de vivir en París e ir a cenar a bistrós.

4

Conocí a Ada antes de cumplir los cinco años. Era 1992. La memoria colectiva de Barcelona recuerda ese año por las olimpiadas, pero quienes por entonces no alcanzábamos el metro de estatura lo recordamos porque fue la primera vez que vimos nevar en la ciudad. Tengo la escena asociada a Ex-fan des sixties, el álbum de Jane Birkin con letras de Gainsbourg que todavía pongo de vez en cuando. Por entonces sonaba del casete del coche de Gloria, la madre de Ada, que canturreaba con acento las letras de aquella rubia legendaria, preguntándose a coro «où sont tes années folles». Con el tiempo, conforme fui conociendo a la madre de mi novia, entendí la nostalgia con que se preguntaba dónde quedaron sus años de locura. Sus fotos de adolescente jipi atestiguaban una época desatada en la que Gloria se entretuvo entre gainsbourgs a los que recordaba con melancolía en el camino del colegio a casa, ya puesta en el papel de madre.

Cuando entré en su coche la primera vez sonaba el piano de la «Mélodie Interdite». Mi madre había vuelto a trabajar tras un lustro cuidando de mí, y le había pedido a Gloria si podía acercarme a casa a partir de entonces. Esa primera tarde, con la nieve limpiando las calles de Barcelona, Gloria nos recogió a la salida del colegio, y Ada me miró por encima del hombro por su edad avanzada. Yo estaba en primero y ella en segundo y, por vecinos que fuéramos, no le hacía ninguna gracia tener que relacionarse con un niño pequeño. Para sus seis años, mis cinco eran sinónimo de candidez. Por entonces yo no sabía leer, mientras ella ya dominaba los diptongos más dificultosos. Incluso se ataba los cordones con cierta soltura, mientras yo seguía usando zapatillas de velcro.

Mi madre me había avisado la noche anterior de la situación:

—En adelante volverás del colegio con Gloria, la madre de Ada, que tiene tu edad.

Pero mi madre no entendía por entonces que tener cinco años y tener seis años no es tener la misma edad. Con los niños, hay que hacer lo que con las edades de un perro, multiplicar por siete. Luego la cosa se diluye, pero, al principio de la vida, tres meses son tres décadas. La distancia con Ada, además del curso que nos separaba, se acentuaba por los perfiles escolares de cada uno: ella era la reina rubia de su curso, mientras que a mí me escogían siempre el último al hacer los equipos de fútbol. La tarde siguiente, sentado en el coche de Gloria, al lado de Ada, tuvimos nuestra primera conversación, dramática para mi maltrecha autoestima infantil.

—Hola. Te conozco del cole —le dije.

—Yo no —contestó.

—Bueno.

Empecé a llorar en silencio, tragándome las lágrimas. Fijé los ojos sobre mis rodillas, cabeza gacha, desviándolos con disimulo de vez en cuando hacia la izquierda para ver qué hacía Ada. Nada. Miraba por la ventana, absorta, ajena a mí. Yo no existía. Llegamos al aparcamiento y Gloria nos cogió a cada uno de una mano para conducirnos hasta mi casa, donde mi abuela me esperaba con una merienda que ni siquiera probé.

—No tengo hambre —le dije, y me fui a hacer los deberes.

Por la mañana, cuando los corregimos en clase, no había acertado ni una de las sumas, y eso que mi abuela era profesora de matemáticas, pero esa tarde no quise compañía y me salieron exageradas.

5

Le voy tomando las medidas a la ciudad, de Bastilla a Concordia, de un restaurante al siguiente, hasta que empieza a escasearme tanto el dinero que ya no me queda. Empiezo a correr la voz entre los periodistas españoles, a ver si alguien me deja escribirle unas notas sobre gastronomía parisina o cualquier cosa parisina. Tras una noche de vinos —que es cada noche en esta ciudad—, termino discutiendo bastante fuerte con un periodista catalán de radio que lleva en París más años de los que llevo yo en este mundo. No es una discusión menor. Tratamos de determinar cuál es la mejor receta para la salsa de pimienta. Él, que es mayor y comodón, sostiene que basta con mezclar mantequilla fundida, algo de crême fraîche, pimienta negra y una cucharadita de maicena. Yo, que tengo la vida por delante, reclamo la receta que me enseñó mi abuelo: a su lista de ingredientes le falta una rebanada fina de foie, unas gotas de coñac y una cucharada de mostaza de Dijon.

—La mostaza se come el sabor de la pimienta. ¡Jamás le pongas mostaza! —me contesta con verdadera preocupación, como si estuviera convenciendo a un hijo de que a la guerra vayan otros.

—Que no, que no y ¡que no! No puedes prescindir de la mostaza; te rebaja la acidez y le da algo más de picante —contesto yo, mientras Ada empieza a darme golpes por debajo de la mesa para que nos vayamos a casa, que es tarde y la noche se le está haciendo larga, reunida entre corresponsales españoles en París que solo saben hablar de periodismo o de salsas de pimienta.

A mí me interesan los dos temas, así que se adelanta y yo me quedo a terminar la madrugada hasta que el periodista catalán me susurra, casi en secreto, que en el periódico independentista catalán están buscando corresponsal freelance, que él puede dar voces, y que le mande el currículum y algunos textos que haya publicado. Ser independentista no es un asunto menor en estos tiempos en los que, incluso en la distancia, se exige un carné que yo no tengo, pero prefiero cenar fuera a mis principios. Le doy tanto las gracias que incluso acabo dándole la razón sobre su salsa de pimienta y por la mañana le envío mis páginas mejores. También añado en el currículum una foto en la que resaltan mis hermosos ojos azules.

Desde el momento en que le doy a «Enviar» se me empieza a torcer el gesto y abuso de «F5» para refrescar hasta que salte la tecla. Las primeras horas fumando espero, y las siguientes me desespero, hasta que se me enrojecen los ojos clavados frente al ordenador. Me digo para mis adentros que si me llaman les diré que se busquen a otro, que a mí estos nervios no me valen lo que un empleo. Al quinto día entro en la web del banco para asegurarme de que aún respira y le pido dinero a Ada para ir a por tabaco. Al séptimo me llama el periodista catalán diciéndome que qué pasa, que le han llamado del periódico diciendo que no les contesto y que no le deje en mal lugar, por favor. Me voy a spam como quien va al baño de buena mañana y hay dos correos flotando de una subdirectora muy seria y formal que me pide hora y teléfono para entrevistarme. Le digo que sí, que ya, y fijo la vista en el teléfono durante toda la tarde que paso con Ada, que me lleva a una expo del Pompidou a ver si me calmo. Pasan las horas y los cuadros, llenos de cuadritos blancos, rojos, azules y amarillos, con sus líneas negras en medio, cuando suena el teléfono al volumen diez, vibración incluida, con un número español que no tengo registrado. Allô?, contesto en francés, fingiendo que conmigo no va la cosa. Al otro lado suena la voz dulce y angelical de Mercè, jefa de Internacional, mientras Ada me pregunta agitada si «¿son ellos? ¿son ellos?». Mercè me cuenta que han pedido referencias y leído notas que he escrito en mis primeros años de carrera y pienso que ya está, que tendré que ir al bar a echar el currículum, pero en lugar de eso dice que empiezo ya, que le mande previsiones, que me pagarán una mierda y que muchas felicidades.

Por la mañana, sin mandar previsiones siquiera, hay noticia: un terrorista islámico ha asesinado a tres niños en la puerta de una escuela judía, así que tengo primera página para unos días y dinero para unas semanas. El chico se ha fugado en moto y la policía le persigue pero le pierde la pista. Llama Mercè otra vez y me dice «has tenido suerte para tu primer día» y pienso en las pocas veces que se puede mezclar suerte y niños muertos en una misma frase, pero me callo y apunto: que haga una crónica de quinientas palabras y un análisis. Cuando Ada se marcha al trabajo yo me voy a ver a Gilles, que me sirve el café, las tostadas y el wifi que todavía no tengo en casa para ver los periódicos franceses. Le cuento que he encontrado trabajo y pongo cara de concentrado, que tengo que escribir. Rasco de aquí y de allá, las notas de un experto en terrorismo islámico, las declaraciones del presidente de la comunidad judía de París, los lamentos de la madre del terrorista, y me pongo a escribir la nota. Cuando llevo medio análisis Gilles me pega un grito y me señala la tele, dónde la presentadora sale con un cartel de urgente contando que la policía ha encontrado al chico en Montpellier.

—¡Ernestó! —berrea con acento francés, como si la «o» llevara tilde—, que no te enteras de nada. Mira la tele.

Yo me pongo a temblar porque esperaba que el primer día fuera más despacio, con menos oportunidades para cagarla, mientras Gilles sigue insultando de forma atropellada a los moros, a los negros y a todo el que no se parezca al blanco normando y católico que me sirve el café. Es un antiguo militante del Partido Comunista que de joven frecuentaba a Sartre. Ahora vota a Marine Le Pen y dice que si Sartre levantara la cabeza también la votaría, porque ella defiende la revolución real, la vuelta al franco, el adiós a la Europa neoliberal y sigue el murmullo de mierda saliendo de su boca.

Entretanto, el chico de Montpellier está en un piso, armado hasta los dientes, y le rodean los geos franceses, que son como los americanos pero con un cruasán en la boca.

—Yo entraba y lo mataba a patadas —dice Gilles.

—A ti sí que te vendrían bien dos hostias —le contesta Julie, su hija y camarera.

—A tu padre no le hables así —replica la madre desde la cocina.

—¡Tú déjame en paz! —contesta a gritos Julie.

Yo me vuelvo a mi piso, a ver si alguien me rodea, y enciendo el canal de noticias hasta que llegue la noticia de que lo maten o saquen vivo de su miseria. La cámara enfoca a los geos desde lejos, a cuclillas en la escalera que da a la puerta del piso, y la presentadora pregunta por qué no lanzan un gas somnífero en la casa para que el chico se quede dormido y puedan detenerlo. Los expertos que rodean la mesa de directo no saben qué contestar y ella da paso a las noticias deportivas. El Paris Saint-Germain ha ganado la liga y Ada me llama, que esta noche tenemos cena con sus amigos en casa de Valérie. Rezo para que tiren gas somnífero en la casa y pueda cerrar la crónica antes de la hora de cenar. Porque si algo funesto tiene el periodismo no es lo mal pagado que viene en estos tiempos, sino la cantidad indecente de viernes a los que llegas tarde, cuando todo el mundo está borracho y te falta tiempo para alcanzarles.

«Donna Donna», Joan Baez

1

—La noche iba de maravilla. El chico era un encanto. Treinta o treinta y uno, tendría. Siciliano, pelo corto y oscuro, como a mí me gustan —cuenta Louise, en medio de la cena—. Una delicia de criatura. Espaldas de nadador. ¡Qué brazos! ¡Dios-qué-brazos! Y unas manos muy bonitas, que en eso siempre me fijo. Muy educado, algo exquisito, en fin, que sabía lo que se hacía. Estuvimos toda la cena desnudándonos con los ojos, con ese vicio tímido de la primera vez, cuando sabes que vas a terminar en la cama pero todavía quedan pasos por cumplir, ¿sabes?

—¿Buen culo? —le pide Regina.

—Oh… sublime, un culo sublime, pero espera —contesta Louise antes de seguir—. En los postres sugirió su casa, así que nos fuimos a beber vino a su piso monísimo del onzième. La noche tenía una pinta perfecta. Empezamos a besarnos en el salón, todo de puta madre, besaba bien, así que primera prueba superada. Yo estaba cachonda, no, lo siguiente, así que le empotro contra la pared y empiezo a comérsela con mucho entusiasmo, la verdad, cuando de repente aparece su perro, Elvis, un labrador así de alto que se me acerca un poco agresivo, como mirándome mal… Me mosqueé un poco, pero, en fin, estaba concentrada con lo mío, así que no dije nada. Pero el cabrón no se marchaba. Lo tenía a la altura de mi cara con sus ojos clavados en mí, así que le pido al tío que nos vayamos a la cama, a ver si nos deja en paz, y va el perro y nos sigue… Puto loft: ni una puerta. El caso es que en un momento dado el perro se sube a la cama mientras estamos follando, y ya ahí le pido al chaval que lo largue. El tío aún me pregunta que por qué, que no sea maniática. Le insisto, bizquea un poco, pero al final le pega cuatro gritos al perro y lo larga de la cama. Me digo que ya está, todo bien, seguimos a lo nuestro a pesar del corte de rollo, hasta que me pide que me ponga a cuatro patas, que es como se viene más fácil, y luego entendí por qué… «¡Ohhh, Elvis!». ¡El muy hijo de puta se corrió gritando el nombre de su perro! Me quise morir.

Todos reventamos de risa mientras Louise agacha la cabeza con una sonrisa tímida.

—¿Y qué hiciste? —pregunta Eugène con ganas de más.

—¿Qué voy a hacer? Él me miró con cara de «ups, qué cerdo soy» y yo me largué asqueada como no os podéis imaginar. Nunca más un italiano, ¡sobre la tumba de mi madre!

Valérie ha perdido el hilo de la conversación en la réplica anterior, anudada en sus carcajadas. Ya no oye nada. Tiene una de esas risas extremas, sincopadas, alternando gritos de hilaridad y silencios prolongados. La escena se repite cada vez. La mesa digiere la gracia de la historia mientras Valérie sigue muerta de risa. Como quien sigue aplaudiendo unos segundos cuando la platea ya ha cerrado la ovación, ella excede siempre los tiempos.

Empezamos la sobremesa con Massive Attack, «Girl I Love You», ahora mismo; no está nada mal. Ada ha tomado el control de Spotify desde que hemos llegado, por si acaso a sus amigos franceses les da por revisitar su pop. Es precavida y melómana, y la cena fluye al ritmo de su playlist. El rincón es acogedor y la compañía lo bastante íntima como para disfrutarla. Luego vendrá más gente, conocidos y desconocidos que buscan fiestas domésticas un sábado en París. Pero, por ahora, somos pocos, y se diría que bien avenidos. Son los amigos de Ada en estos meses de extravío, sus compañeros del taller de teatro del que ha sacado las mejores compañías en la ciudad. Está Louise, que es ingeniera y divertida; Lucas, al que no termino de cogerle el punto; y Eugène, que coquetea con Ada. Regina y Nicolás acaban de llegar, un poco a destiempo, y nos acoge Valérie, anfitriona. Veintegenarios camino de los treinta descubriendo su primer empleo adulto, alguno terminando todavía un máster o pendiente de entregar una tesis. Todos incapaces, salvo Eugène, de pagarse la segunda copa en un bar, así que la fiesta queda en casa. Cada uno lleva un vino, el anfitrión saca los quesos y el pan, Eugène trae las drogas, y Louise las quiere todas, pero empezamos por los quesos, los vinos, el perro de un siciliano y el embarazo de Regina, que necesita olvidar.

Quedó embarazada hace tres meses y nos lo cuenta después de la tercera copa de vino, cuando Louise ya ha cerrado su cuentito. De un director de teatro parisién, tal vez el único director de teatro parisién heterosexual o dispuesto a acostarse con una mujer. De apellido exquisito y judío, le ha dicho que no, que él no va a ocuparse de la criatura de una mexicana que anda por París queriendo ser artista plástica. Que él se ha labrado una carrera exitosa y ha amueblado un dúplex en el quartier latin para ser feliz y frecuentar las camas de actores prepúberes, y en sus planes no entran cheques para una desconocida a la que ha embarazado en un exceso de entusiasmo, confundido por la androginia de Regina.

—¿Usó estas palabras? —pregunta Valérie.

—¿Te imaginas? —exagera Regina.

—Me parece extraño que lo que más te indigne sea el léxico y no lo que dijo —interviene Ada.

—Es culto —le disculpa Regina.

—Y yo, pero eso es de miserable —responde Ada, atribulándose con las eses por culpa del vino.

—A mí me parece de sentido común —interviene Lucas, el favorito de la sección femenina para discutir este tipo de asuntos. Es flaco, desaliñado y tiene una banda de rock que parece una banda de tuberculosos.— Aborta y problema resuelto —insiste, dejando en el aire esa sensación pesada de incomodidad tan propia de los patosos.

Regina es andrógina y sensible, tanto que arranca a llorar despacio, pero enseguida se marcha al baño a secarse las lágrimas y Lucas la sigue para disculparse. Toma el relevo Nicolás, que pone paz y recoge el testigo para contarnos que su novia le dejó la semana pasada. Nadie se sorprende, pero a todos nos da lástima: Nicolás es de esos chicos a los que todavía le supuran las heridas de su etapa escolar, cuando los demás críos se reían de su ligero sobrepeso. Se le intuyen las heridas en el gesto y en la mirada servicial, siempre mendigando la aprobación ajena. A su condición de niño con sobrepeso, hay que añadir su escasa viveza intelectual, pero le salva la noche que es un encanto, rozando lo entrañable: todo el mundo le quiere cerca, aunque a nadie le importe demasiado. Igual que a su última novia.

—No me quería mucho —dice resignado, como si la entendiera.

Solo le contesta Valérie, que tiene dulzura de maestra infantil.

—No te merecía —le miente por cortesía.

Hoy está eufórica y hermosa, como nunca. Ese nunca no es gran cosa; solo hemos coincidido tres veces en fiestas muy parecidas a la de esta noche, pero ya desde la primera vez que Ada me presentó a su amiga me sedujo su ternura, su piel blanquísima y su semblante despistado. Por algún motivo, se me antojó darle un beso alguna otra noche, cuando nos volviéramos a cruzar, y el antojo fue recíproco. Esta noche parece que insistimos un poco, excesivos como somos cuando las drogas nos aligeran el paso y la conciencia. Ha sonado el timbre y se acumula multitud en la puerta —amigos de Valérie—, unos cuantos profesores infantiles que llegan con la ilusión de sus escolares un lunes por la mañana, cuando se reencuentran con sus amigos. Tras las recepciones volvemos al salón y ya bailan Ada, Louise, Regina y Eugène, beodos y alegres como si fuera viernes, mientras Nicolás y Lucas siguen de cháchara en el balcón con la vecina, que tiene ganas de venir pero todavía no se atreve. Los recién llegados se mueven tímidos, saludan y besan para hacerse querer, y, al poco, forman corrillos para ponerse a tono y acompañar la danza de los autóctonos. Yo bailo con Ada, que baila patosa y grácil a la vez, como un borracho dice la verdad y dice sinsentidos al mismo tiempo. Por mi parte, soy hombre de orden, al menos por un rato, así que bailo sin mover los pies. Un ligero movimiento de cadera, flotando en la sala, y me doy por bailado. En Barcelona sería pronto para ir del revés, pero estamos en París. La gente sigue llegando y empezamos a ser suficientes, una treintena, para llamarlo fiesta y mezclarnos entre la multitud sin que nadie nos vea. La muchedumbre me permite refugiarme en la cocina en busca de Valérie, que ejerce de anfitriona dándole conversación a una pareja discreta de amigos lejanos que se ha asustado con los excesos del comedor. Ella les habla tratando de disimular el colocón, no sé si por cortesía o por vergüenza, e intenta vocalizar mucho más de la cuenta, pero no les convencen sus esfuerzos porque no tardan en irse recitándole a Valérie la ilusión que les ha hecho verla.

—Bonne soirée, donc —les despide Valérie, todavía en la cocina, antes de girarse hacia mí y sostener una mirada y un silencio algo más largos de lo razonable.

—¿Tú tienes perro? —pregunta, sonriendo por la ocurrencia.

—Me temo que no.

—Mejor, que en estos tiempos sois cada vez más puercos. Anda, vamos a bailar con tu novia —cierra, mientras me agarra el culo y nos acercamos más de la cuenta para descubrirnos el perfume.

El salón huele a tabaco y ahora suena «Sweet Child o’ Mine», de Guns N’ Roses, que me levanta un pie del suelo. Le sigue «Coconut», de Harry Nilsson; «The Passenger», de Iggy Pop; «La Valse à mille temps», de Brel, y luego, entero, L’homme à tête de chou, de Gainsbourg, que hace que Ada siga bailando, absorta en una cadencia irregular, poco elegante pero divertida. Louise la acompaña, fingiendo que marca un pasodoble, y son las emperatrices del salón, repartiendo sonrisas a todas las comparsas. Yo paseo, como tengo por costumbre en las fiestas de baile, y parloteo con unos y otros de cosas que no me interesan mientras busco con la mirada a Valérie, que finge que no me ve hasta que viene a encontrarme.

—Quiero ponerme una bota —la escucho gritarme al oído, justo antes de darle un trago a su vaso de ginebra.

—A mí me gustan tus zapatos —contesto, por no saber qué contestar, mientras se le escapa una carcajada.

—Creo que no me has entendido. Quiero comerte la boca —repite más despacio, mientras me empuja hacia el centro del salón para que baile con Ada y Louise. Suenan las «Variations sur Marilou» y «Marilou sous la neige» antes de que ella enfile el pasillo lanzando una última mirada discreta que me marca el camino hasta el baño de su habitación. La pierdo de vista y espero a que termine «Premiers symptômes» para acercarme sin llamar la atención, charlando con todo el que me cruzo en el camino. Entro en la habitación vacía y oscura, solo una luz perfila la puerta del baño que Valérie ha dejado entreabierta para que pase. La encuentro con la falda subida y las bragas bajadas, acariciándose. Un toque muy francés, un culo increíble y un coño peludo. Un colocón antológico. Y Ada bailando. Me digo que de encontrarnos se sumaría a la fiesta, pero igual echamos el cerrojo.

—Cómetelo —me ordena Valérie en francés, que es suce-moi, algo así como susmuá en fonética de barrio.

—No será tan sencillo.

—Pues me voy a bailar —contesta.

—Me voy a enamorar —le advierto mientras me inclino.

Al cabo se agacha ella para devolver el placer servido, hasta que se harta y me tumba en el suelo de loseta sin más promesa que su orgasmo. No va a desnudarme: me deja las botas puestas, la camisa desabrochada y los pantalones en los tobillos. Ella tampoco se quita la falda, ni falta que le hace. Las bragas en el suelo, el sostén desabrochado, un pecho al aire surcando la camisa, y los ojos cerrados. Al rato se levanta y se encara al tocador, mirándose contra el espejo y sugiriendo que la coja por detrás.

—Fóllame suave.

En francés, que es como lo susurra, es más bonito: baise-moi doucement.

Vuelve a cerrar los ojos un momento, y jodemos hasta que se corre mirándose en el reflejo. Yo no termino, como siempre que media el éxtasis, pero no me importa. Nos vestimos y volvemos al salón.

—¿Dónde estabais? —balbucea Ada, agarrada al cuello de Eugène.

—Fornicando en el baño —contesto sin saber de dónde sale la osadía.

—Qué imbécil eres. Anda, ven a bailar —pero me escurro a por un gin-tonic para maquillarme las vergüenzas y quitarme el olor a coño del aliento.

2

Me llaman de la sección de deportes del periódico y les contesto que se han equivocado, que a mí no me metan. No son ni las diez y llama un hombre, un Jordi, que en catalán de interior me pide una pieza sobre un centrocampista africano. Ese es otro de los horrores del periodismo: que te llame un señor que no conoces para escribir sobre algo que no te interesa.

—No sé quién es —le contesto.

—Pero sabes francés, ¿no? —me contesta él.

No entiendo la relación entre mi respuesta y su pregunta, sigo en la cama porque es jueves y no es mediodía, y yo me hice periodista porque me dijeron que no hacía falta madrugar.

—Disculpa, Jordi, pero no entiendo la relación entre el jugador y que sepa francés —insisto servil y educado, que por algo me pagan.

—Pues que no encuentro nada en español de este tío, y necesito un perfil.

—¿Pero para qué queréis un perfil de [nombre de jugador africano]?

—Porque el Barça lo quiere fichar.

—Ah… haber empezado por ahí, Jordi, claro, es que no te entendía.

—[Farfulla algo que no entiendo]… antes de las tres [farfulla otra cosa que no entiendo]… cuatrocientas palabras y titular de [no se entiende] caracteres —farfulla él.

—Claro Jordi, no te preocupes, te lo mando a las seis, entonces.

—A las tres, ¡he dicho a las tres! —dice levantando un poco el tono.

—Claro, claro, descuida, a las tres lo tienes, Jordi. Gracias ¿eh?

Cuelgo y me voy al bar, dónde Google pone mucho de su parte y diríase que con buen gusto, porque el chico tiene relato: su hermano mayor, promesa del fútbol camerunés, murió a tiros en Yaundé cuando estaba a punto de fichar por el Espanyol, equipo de sus amores porque ahí jugó Tommy N’kono, un portero africano de fama. Su hermano menor, por entonces un adolescente con cierta gracia para darle al balón, juró durante el funeral que él vestiría algún día la camiseta blanquiazul del Espanyol, pero resulta que el Barcelona paga mejor. El resto me lo sirve Gilles, que es experto en todo: le atribuye buen sentido táctico, potencia física y cierta gracilidad para el disparo de media distancia.

Mando el perfil muy tarde, cuando empieza a oscurecer, y tras varias llamadas algo alarmadas del señor de deportes, que en la última me pregunta si soy imbécil. Le contesto que un poco lento, pero imbécil no. Y es que, entretanto, ha llegado Valérie a la terraza de Gilles. Soy hombre de costumbres y es fácil encontrarme en el mismo sitio y a la misma hora un día tras otro: por ejemplo, en la terraza de Gilles a las doce, con el ordenador sobre la mesa, el café por empezar y el cigarro entre los dedos, mientras tecleo algo que me ha pedido un señor de Barcelona. Valérie se sienta a mi lado sin saludar, su silla pegada a la mía, sus piernas desnudas bajo una falda ligera y el pelo trigueño clareado por el sol de julio. No me saluda, escondida tras sus gafas de sol. Dejándose observar, balancea su sandalia en el abismo de sus pies con una cadencia lenta, elegante, hipnótica. Pide café y se coloca los auriculares. Play. «I’m Waiting for the Man» de Velvet Underground, a todo volumen. La imagino desnuda bailando la canción sobre una cama de sábanas blanquísimas, con sus labios enrojecidos y sus brazos en alto.

Llegamos a esa cama, horas más tarde, sin sábanas blancas ni Lou Reed de fondo, pero al menos desnudos y bailando. Esta vez, sobrios y diurnos, follamos muy bien. Podrían darnos un pin, me dice.

—Esta noche vamos con los chicos a la expo nocturna del Pompidou. ¿Te apuntas? —le pregunto.

—He quedado con Richard.

—¿Quién es Richard?

—Mi novio.

—¿Cómo? ¿Por qué nunca he oído hablar de un novio?

—Porque tu novia no te cuenta nada y tú no preguntas lo que no quieres oír.

—También tienes razón. Y ¿qué tal? ¿Es majo? ¿Te gusta?

—Apunta a futuro padre de mis hijos, ahora que empiezo a acercarme a la treintena.

—Una relación seria y formal. Y ¿por qué no ha venido a ninguna cena?

—Porque vive en Toulouse, estudiando. Quiere ser astronauta, es muy listo.

—Un marido astronauta. Eso da caché.

—Ya ves.

—¿Es guapo?

—Más que tú.

—Habrá que verlo.

—Pues sí, es guapo. Rollo geek, pero fuertote.

—¿Lleva mochila?

—Cállate, anda.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Prueba.

—¿Eres una adúltera recurrente o lo nuestro es especial?

—¿Eres un imbécil recurrente o conmigo te esfuerzas?

—Es una información relevante.

—No, eres el primer amante que he tenido. ¿Y tú?

—¿Yo quoi?

—Si tu infidelidad es un hábito.

—No me gusta hablar de mi vida privada.

—Dímelo, hijo de puta.