Será por dinero - Ishmael Kavalier - E-Book

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Ishmael Kavalier

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Beschreibung

Un tipo entra una noche en la comisaría de policía local de la pequeña ciudad de Coslada. Según confiesa, ha matado a una persona. Darío, a punto de terminar su turno, descubre que la víctima de ese supuesto homicidio es alguien cercano al jefe de policía, el temido Morales. A partir de esa noche, se irá involucrando poco a poco en la encrucijada final de la carrera de Morales. Su vieja guardia desaparecida, asediado por un viejo enemigo y con cada vez más problemas para mantener su posición de poder en la ciudad, el jefe de policía necesita encontrar alguien en quien confiar. Al otro lado de la autopista, crece imparable una nueva ciudad en los márgenes de la ley, poniendo a Coslada ante un espejo que dos generaciones intentan romper. Ishmael Kavalier nació en Madrid en 1976. Tras completar sus estudios universitarios, viajó a Escocia para completar la investigación de su tesis doctoral, sobre los orígenes celtas de la canción masónica en ese país. En 2001 se perdió su rastro en el pueblo costero de Oban. En 2009 reapareció en Madrid. Desde su regreso, se ha dedicado a la escritura y la traducción. Será por dinero es su tercera novela. Las dos primeras, El concierto más largo de la historia (2012) y Las aventuras de Mickey Martelos (2015), fueron publicadas por el desaparecido sello Efecto Túnel. En la actualidad trabaja en la traducción de la poesía completa de Thomas Hardy. Asegura no recordar haber viajado nunca a Escocia.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Será por dinero

Ferragosto

Ishmael Kavalier

SERÁ POR DINERO

Ferragosto

Título: Será por dinero

Autor: Ishmael Kavalier

Publicado por:

Editorial Ferragosto, S.L.

[email protected]

editorialferragosto.com

© 2019 Ishmael Kavalier

© de esta edición Editorial Ferragosto, S.L.

Primera edición, enero 2021

Dirección de arte: Álvaro Recuenco

Idea original de cubierta: Silvano Gozzer

Diseño de cubierta: Álvaro Recuenco

ISBN: 978-84-123098-0-5

Depósito Legal: M-32238-2020

Quedan prohibidas la reproducción y difusión total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización de los titulares del copyright.

A Katie

Advertencia

Coslada es una ciudad real, en la que crecí y a la que regreso a menudo. Creo que llegué a conocerla bien.

Los lugares en los que transcurre esta obra son, sin embargo, un retrato distorsionado de esa ciudad y sus alrededores. Inventé calles o las trasladé, cuando me pareció oportuno. Ninguno de los personajes de esta novela existe realmente, hasta donde tengo conocimiento. No sé si algún día existieron o existirán.

Nada de lo anterior debería restar credibilidad a un relato que, como toda novela, no deja de ser una mentira; una mentira con la que he intentado ser fiel a la realidad.

Gracias a Silvano, Laura y José Mari

1 (Hace más de 40 años)

Los futuros vecinos se saludan en la entrada del edificio. Se conocen, de vista al menos, pues han coincidido en varias ocasiones en la oficina de la promotora. Sin embargo, la situación actual les obliga a ir más allá de aquella cordialidad apresurada.

Se saludan, dicen cómo se llaman, estrechan manos y se preguntan de dónde son. El nombre del pueblo de origen significa más que aquél con el que fueron bautizados. Varios provienen de una misma región extremeña, lo que sumado al infortunio ante el que se encuentran, sirve para establecer una especie de afanosa solidaridad.

Siete parejas coinciden un sábado de 1973 ante el portal del edificio en el que esperan poder convivir pronto. Se cuentan lo que saben, que no es mucho; no lo que esperan, pues comparten una misma y cabal esperanza y sobrarían las palabras que sólo sirvieran para decir que quieren mudarse a la casa donde cada uno formará su familia.

«Pues esto parece acabado, no sé por qué no podemos venirnos ya a vivir», dice uno que se ha presentado como Tomás.

Acto seguido añade: «Eso digo yo», como si no le hiciera falta nadie más para darse la razón.

El intercambio de miradas es la única señal de que algunos no están de acuerdo. Nadie dice nada, hasta que habla el único que ha acudido solo.

«Falta no sé qué permiso», es lo único que comenta.

«¿Qué piso tenéis?», pregunta uno que se llama Olayo, dirigiéndose a Tomás y al tipo solo.

«El segundo puerta tres».

«El primero puerta cuatro».

Olayo asiente mientras Aurora, su novia, dice el suyo: «Segundo puerta uno».

La novia de Tomás sonríe y dice: «¡Vaya! Vamos a estar casi puerta con puerta».

«Eso, si estos cabrones nos dejan vivir en nuestra propia casa», responde Tomás y algunos asienten.

La empresa constructora de la promoción de viviendas públicas a la que pertenece el edificio ha abandonado los trabajos en las fases finales. Aurora pulsa el interruptor de la luz y esta se enciende. Al otro lado de la puerta del cuarto de contadores, oyen el tic tac del temporizador.

«¡Si hay luz! Como encima haya agua, mañana mismo que me vengo aquí a vivir».

La luz ilumina el polvo que los pasos de los vecinos han puesto en suspensión. Aurora saca un pañuelo y se lo lleva a la boca.

«¿Entonces qué falta, un permiso?», pregunta alguien, pronunciando la palabra como si tuviera resonancias misteriosas.

El que ha acudido solo dice que sí: un permiso. La palabra se cierne sobre todos en el silencio que sigue.

«El problema», les explica, «no es el permiso en sí, sino que la obra no está acabada. En el ayuntamiento me han dicho que están viendo cómo se pueden terminar los edificios».

Cuando la empresa anunció suspensión de pagos y el administrador desapareció de la noche a la mañana, quedaban cuatro bloques aún por concluir. El dinero ha desaparecido, como los andamios, las hormigoneras ligeras, los botijos. En el suelo de tierra que rodea al edificio quedan marcas de maquinaria y el tizne de un par de fuegos en torno a los que se congregaban los albañiles en las mañanas heladas.

Las vallas de obra que no retiró la constructora acabaron en la parte de atrás de la camioneta de una familia de gitanos chatarreros que ha vivido siempre en un descampado a las afueras del pueblo. En los últimos años han visto cómo se levantaba aquel cinturón de cuatro alturas alrededor de un corazón de casas viejas. Saben que se acercan tiempos mejores, pero mejores para quién.

El grupo sube por las escaleras y se va dividiendo a medida que cada pareja llega a la planta donde se halla su piso.

«Sólo faltan las cerraduras», dice Aurora, antes de encarar el último tramo de escaleras hasta el segundo.

«Lo que me extraña es que no se hayan llevado ya las puertas», dice Olayo.

«¡Porque nos hemos dado prisa!», responde Tomás. «Si no vigilamos esto, en una semana no quedan más que las paredes».

Los rellanos se van quedando vacíos y el portal en silencio, mientras en el interior de los pisos las parejas recorren la acre penumbra de las habitaciones.

Cuando regresan a la calle un rato después, ya no se sienten forasteros. Reunidos ante el portal de nuevo, se inicia una espontánea y primera junta de vecinos.

«Yo no sé las vuestras», empieza Tomás, «pero nuestra casa está medio terminada».

«De medio, nada. La nuestra», dice otro, «está que con barrerla y meter una cama, nos podíamos quedar».

«Es un exagerado», le corrige la novia. «¡Si no hay ni pila para fregar en la cocina! Lo que pasa es que en eso él ni se fija».

«Pero... ¿hay agua?».

«Hay agua», dice el vecino solitario, «pero de obra».

«¿De obra? ¿Y cómo lo sabes?».

«Lo supongo», y se encoge de hombros.

«¿Y se puede beber?», pregunta Aurora.

«Sí, se puede beber. No creo que sea peor que la del pozo de mis padres», dice Tomás.

«Hay cosas que nos faltan a todos», dice Olayo, y los demás asienten y comienzan a enumerar. Cada vecino dice algo, y los demás responden sí o no, según tengan el mismo problema u otro distinto.

«A lo mejor os parece una tontería, pero lo voy a decir igual...».

Todos escuchan a Olayo. Algo intimidado por la atención, busca en la mirada de Aurora el respaldo que necesita para contar su plan.

«Yo ya no trabajo en la construcción, pero lo he hecho», dice, mostrando la palma de las manos como si estuviera en ellas la prueba de lo que dice tanto como de su honradez. «He sido peón unos años, y hay cosas que puedo hacer yo solo, como algunos remates. Los baños son lo que está peor».

Le responde un murmullo general de asentimiento, que Olayo rompe con una pregunta, a la que cada uno va respondiendo con lo que sabe y está dispuesto a hacer.

«Yo sé de electricidad».

No es poco lo que queda por rematar, pero se sienten capaces de hacerlo ellos mismos. Les faltan los materiales, pero Olayo cree que puede hacer una lista y averiguar dónde comprarlos baratos.

«La cosa es ponerse», dice, y de repente se ponen todos a hablar a la vez, excitados por la posibilidad de terminar la obra.

«¿Y lo del permiso ese?», pregunta uno de los futuros vecinos. «¿De eso quién se ocupa?».

«Bueno», dice Olayo, mirando al que ha acudido solo. «Tú eres el único que no nos ha dicho en qué trabaja o qué sabe hacer».

El otro sonríe.

«Sí, es verdad. Soy contable».

«¿Contable?», pregunta Aurora. «¿El que lleva las cuentas?».

«Sí. El que lleva las cuentas».

Olayo pone una mano en el hombro de su vecino y le ofrece su mano.

«Olayo Montero Ramos».

«Millán», se presenta el otro.

Olayo se vuelve a Aurora: «Ha venido solo y, además, sin apellidos».

Millán sonríe sin dejar de mirar a Olayo a los ojos.

«Millán Cortés Sáez», se presenta, no sin dejar pasar unos segundos.

Se estrechan la mano.

«Pues yo diría, Millán, que o se te da muy bien la carpintería o algún otro oficio que nos sea de utilidad, o eres el que más papeletas tiene para ver cómo conseguir que el ayuntamiento nos dé los permisos que nos faltan para vivir».

«Los permisos que nos faltan para vivir...», repite Millán, la sonrisa aún en los labios. «Es una buena forma de decirlo».

«La única, me parece a mí», dice Olayo. «Pero no te creas que con ir al ayuntamiento y llamar a despachos te libras de arrimar el hombro».

Cuando se despiden, hay todo un plan organizado, que irán concretando la semana siguiente. Trabajarán fines de semana, festivos y cualquier momento que alguien pueda, el tiempo que sea necesario.

«El contable dice que lo mismo no nos dejan seguir con la obra», comenta Aurora, entrando en el coche.

«¿Y por qué no iban a dejarnos? ¿A ellos qué más les da? ¿Qué es mejor, dejar a un montón de parejas jóvenes en la calle?».

«Ya, y nosotros que ya estábamos buscando fecha».

«Y seguiremos buscándola», dice Olayo, cogiéndola de la mano después de arrancar el coche. «Tú por eso no te preocupes, que aunque nos tengamos que venir a vivir con el piso a medio hacer, nos vamos de viaje de novios y volvemos a nuestra casa».

Aurora se inclina hacia él, y descansa su cabeza en el hombro de Olayo. Cuando ve a la derecha, en el arcén de la carretera la señal de salida del término municipal, dice: «Qué nombre más raro... Coslada. ¿Tú crees que significará algo?».

2

La puerta se cierra con un golpe que hace vibrar el cristal y detiene a Sasho. El ruido lo ha sorprendido tanto como hallar desatendido el mostrador de la comisaría. Con la mano cerrada en torno al tirador, aún podría cambiar de opinión y salir corriendo. Un paso más hacia el mostrador y esa opción se desvanecerá.

Mira a su alrededor y se aproxima, parpadeando el contraste entre el mobiliario y la noche al otro lado de la puerta que cerró a su espalda. Aún siente en su cabeza la vibración del cristal como cuando se cierran los ojos tras mirar una fuente de luz.

«¡Oiga! Perdone. ¡Oiga…!».

No parece haber nadie en la comisaría. Se mira las manos. Las líneas de la palma de la mano son profundas como cicatrices, algo más que meras señales de esa vejez que se fragua con el destajo de jornadas inacabables. Parecen cortes hechos según un plan despiadado e irrevocable. Sasho sólo puede sorprenderse de que en la aspereza de la piel no haya quedado una sola huella de la sangre.

Pliega los dedos de la mano derecha y busca en esa garra temblorosa el oscuro cerco bajo las uñas. En él se mezclan el negro azulado de la grasa del taller y las marcas de la disputa que lo ha llevado allí. El motivo, tan estúpido, el desenlace inesperado, la sensación de inevitabilidad que sigue son la materia del aterramiento que palpita en las noticias de sucesos.

Sasho se ha perdido a sí mismo, su libertad y a los suyos. Dejó a otro hombre apoyado en el tronco de un pino joven y recorrió un camino de tierra y luego las calles de Coslada hasta su casa. Se dio una ducha y miró sus ropas ensangrentadas con un espanto en el que descubrió horrorizado un éxtasis desconocido y animal. Era vergüenza pero también la euforia de haber podido entrar en casa sin que nadie se hubiera fijado en el color de las manchas de su camisa.

«¡Oiga!».

Cuando finalmente aparece alguien, es una agente de policía joven. El pelo recogido en un moño le da un aire severo a su afilado rostro. La boca es una escueta línea de labios dibujados bajo una nariz estrecha. Guapa, piensa Sasho, al que no deja de sorprenderle esa banalidad; como si bajo la tragedia algo permaneciera incólume y capaz de no aprender nada de lo sucedido. No sabe si sentirse a salvo en esa voz, u horrorizado por su aparente desapego.

Es precisamente la irrevocabilidad de la violencia lo que le lleva a sospechar de la parte de sí que pese a todo logra mostrarse, dar señales de vida. No sabe si ese pensamiento, que habría sido normal antes de aquella tarde, es una alentadora prueba de cordura; o si por el contrario es la firme prueba de que vive en un desierto extraño e inagotable, en cuyo horizonte se oculta algo inhumano. Ha encontrado una huella en la arena, pero no acierta a descifrar si es suya o la de un verdugo que lo persigue.

La mujer al otro lado del mostrador es guapa, se repite. Ojalá hubiera tenido una novia española. Pero a las chicas españolas no les gustan los rumanos como él. No viste bien, no se ducha todos los días, no le gustan los que intentan disimular el acento para integrarse. Conoce a algunos que intentan camuflar su pronunciación, que españolizan sus nombres y no dicen que se llaman Petre sino Pedro; que se hacen pasar por italianos. A Sasho le parecen todos unos maricas. «Maricas», se repite «Maricas», sin miedo, con vehemencia ebria, afilando cada palabra con el borde de una piedra que ha llevado en el bolsillo desde que salió de su Crevenicu natal.

Durante los minutos inmediatamente posteriores al crimen, mientras recuperaba el aliento sentado junto al cuerpo, sospechó brevemente que la violencia era tal vez más humana que su control. Su madre, maestra infantil, había dedicado casi toda su vida a enseñar a niños como él a comportarse como hombres. No como los hombres que eran sus padres, sino como los padres que ellos debían ser.

Sasho no odiaba al suyo. Aunque siempre ha mostrado una inclinación a la violencia explosiva, no odia a nadie. Su madre, Adina, la persona que más cerca ha estado jamás de creer que lo conocía, siempre ha pensado en sus arrebatos como una especie de posesión. La mayor parte del tiempo, era su hijo: dócil, trabajador, impasible. Pero la violencia tiene la capacidad de hacer saltar por los aires todo lo que hace de alguien lo que es, todo lo que nos permite reconocer a la hija, el esposo, la vecina, el amigo.

Adina creía vigilar de cerca a Sasho. Pero una madre nunca puede tener a su hijo lo suficientemente cerca.

Adina enseñó a Sasho a ver en cada persona a un niño que, buscando ponerse a salvo, se adentra en la guarida de un lobo. Ni siquiera se podía decir de ella que fuera pesimista sobre la naturaleza humana. Adina no esperaba nada de nadie, y enfrentaba el deber de su oficio de maestra con una cordura tan afanosa como silente. Enseñaba a ser algo, dibujaba en cada niño una persona, y luego contemplaba cómo aquel se iba escapando del perfil que ella había trazado. Lo contemplaba como si lo esperase, como si supiera de antemano que así sucedería, y el pesimismo fuera para quienes no hubieran previsto el desenlace inevitable.

No todos los chicos eran iguales. Sin embargo, eran demasiado pocos para ponerse a salvo los unos de los otros. En un cesto tan pequeño, una manzana podrida no tarda en alcanzar a todas las sanas.

El pueblo había envejecido con cada éxodo.

Sasho conoce a algunos a los que les han ido bien las cosas. Con una mezcla de trabajo duro y trapicheo no estorbada por los escrúpulos, algunos conducen coches caros y han podido desterrar el infame Queen Margot de su mueble bar. Tampoco estos triunfos quieren recordar lo que han dejado atrás. Puede que los motivos sean distintos a los que tenía Sasho para no pensar en su madre más que cuando le envía un giro; pero los resultados son los mismos, y si Sasho ha aprendido algo, es que todo lo que no sea lidiar con consecuencias, es soñar despierto.

«Yo también lo necesito», fueron las últimas palabras de Sasho antes de golpear la cabeza de Gigel con el culo de la botella. Ni siquiera la blandió como una maza, sino que sujetándola firmemente por el cuello, estampó el culo en la cara de su compañero, quien recibió el golpe de lleno en la cuenca del ojo izquierdo, casi en total silencio. El primer y sordo gemido parecía haber sido engullido con el trago de licor que descendía aún por su garganta.

Gigel eructó profundamente antes de apoyar las dos manos en el suelo para levantarse e iniciar su defensa o una pelea que no llegó a tener lugar. Porque al ver las manos del otro abiertas a ambos lados del cuerpo para levantarse, a Sasho le sobrevino una sensación única y profunda de miedo.

Durante las horas siguientes, trató de recordar qué había pensado, qué le había llevado a asestar el segundo golpe, el más brutal de todos. El borde de la base de la botella se estrelló en la sien de Gigel con la fiereza del pánico. Más grande que él, si lograba levantarse podía darle una paliza de muerte. Se justificó rehaciendo el suceso, descomponiéndolo en sus piezas para volver a constituirlo y sacar algo en claro. Pero era como tomar los pedazos de un retrato, reconstruirlo en la oscuridad y conformarse ebrio de miedo con el resultado distorsionado, en el que se ha logrado conservar uno de los rasgos, la huella suficiente de alguien perdido para siempre.

El segundo golpe, no paró de repetirse después, había sido el mayor error. Cuánto habría dado en aquellas horas siguientes por recibir una paliza de Gigel, por ser apaleado como un perro; por hacer de sus dientes las monedas con las que pagar las consecuencias de su ira desesperada. Por menos de 200 € había matado al mismo hombre que en ese momento lo invitaba a beber bajo la sombra de unos pinos jóvenes, plantados en el espacio que separa una urbanización de chalés de las vías del tren.

Cuando llegó a casa, lo sorprendió el silencio. Comparte piso con un portero de puticlub contrahecho que casi nunca está; y una joven pareja de rumanos como él. Aquel mutismo condensado chocó con su agitación y le hizo sentirse frenético. Corrió al baño, donde se desnudó y arrojó sus ropas manchadas a un rincón. Se introdujo en la ducha con la intención de dejar pasar el tiempo bajo el chorro de agua fría. Quizá así sabría qué hacer.

Recorrió desnudo el pasillo hasta su habitación, donde abrió la ventana para dejar que entrara el aire de un otoño joven y aún cálido. En los jardines jugaban algunos niños, pero el jolgorio de las calles era menor que hacía tan sólo unas semanas cuando, aún disfrutando de las vacaciones de verano, los jóvenes habían llenado las calles a todas horas del día e incluso de la noche; para exasperación de Sasho, que no podía conciliar el sueño con el ruido y que se despertaba cada vez que de lejos le llegaba el sordo escándalo de los parques en los que se refugiaban grupos de adolescentes, acumulando madrugadas de amistad en el recuerdo de los mejores años de su vida.

Desnudo frente a la ventana, pensó en saltar como lo hacen quienes saben que nunca podrían hacerlo. Visualizaba la escena con todo detalle, pero era espectador de una imposibilidad. Todos los instintos de Sasho pueden reducirse a uno solo: el de supervivencia.

Metió en una bolsa de deporte unos pantalones, un jersey de lana, un puñado de calzoncillos. Tomó un par de botas y examinó sin motivo la suela, las costuras. Aún desnudo, se dirigió a la puerta de la habitación del final del pasillo, la de Willy, el portero de puticlub.

Acercando el oído para captar cualquier sonido al otro lado, golpeó con los nudillos. El silencio era completo. Estaba perdido, y sin embargo no lo bastante para echar esa puerta abajo. El maldito Willy, con su ojo de cristal, le daba miedo; no sólo por su contrahechura, también por la afición a la literatura apocalíptica de tipo religioso, ecologista, tecnológico. El fin del mundo es inminente según él, aunque no parece seguro de qué aspecto tendrá: un meteorito, un misil norcoreano, un papa negro, la subida repentina de las mareas, la guerra santa mundial; o la ira de dios, de un dios, alguno de los muchos que pululan desocupados por las páginas de los libros que lee.

Siempre se había reído de su aspecto, se había atrevido incluso a musitar algún comentario jocoso en presencia de la pareja; pero en ese momento, detenido ante su puerta, se sintió como si pusiera el oído sobre el pecho de una bestia.

Volvió por el pasillo hacia la puerta de la habitación de la joven pareja y apoyó uno de los hombros en la hoja de madera. Le sorprendió lo fría que estaba al contacto de la piel. Al igual que había hecho en el cuarto del portero del burdel, llamó con los nudillos y esperó alguna reacción al otro lado. Regresó entonces a su cuarto y se calzó las pesadas botas que había examinado hacía tan sólo un instante.

Totalmente desnudo y con las botas puestas, regresó a la misma puerta y, apoyándose en la pared, trató de derribarla con un golpe seco de sus suelas. Sasho se sobresaltó por el eco en el pasillo. Miró a ambos lados, y prefirió no responder a la pregunta de qué haría si alguien lo sorprendiera en ese instante. La puerta cedió al segundo intento.

La habitación le mostró un orden inmaculado y ajeno.

Como Adán tras su expulsión del Edén, fue consciente por vez primera de su desnudez y de que estaba a punto de abandonar la seguridad para reemplazarla con la nada. Tuvo el deseo fugaz de no tener que huir, de poder permanecer en Coslada, donde había llegado a hacer amigos. «¿Amigos como Gigel?», se preguntó. Sin perder más tiempo, abrió el armario del cuarto. No tardó en encontrar la Biblia, en cuyo interior halló 1.300 € en billetes de 100 y 200 €. Cuando iba a guardarlos, volvió a reparar en que estaba desnudo. Cogió una camisa blanca de una percha, se la puso e introdujo los billetes en el bolsillo.

En el tren de cercanías rumbo a Atocha, no dejaba de mirar por la ventana. Creía que sentiría algo al despedirse de aquel recorrido que había hecho a diario, cada mañana de camino al trabajo. Pero no sintió nada, sólo cansancio rutinario. Le hubiera gustado experimentar remordimiento, pesar, no la indiferencia contemplativa con la que miraba alternativamente las estaciones y trataba de eliminar lo que parecía sangre de un par de uñas de su mano derecha.

El tren se detuvo entre Vallecas y El Pozo. Sobresaltado, se sintió en el ojo de un miedo al que tendría que acostumbrarse. Sin embargo, nada ocurrió y unos segundos después, el tren volvía a ponerse en marcha.

En la siguiente parada se subió un hombre de unos 50 años, que eligió sentarse junto a él, pese a que muchos asientos del vagón estaban vacíos. A esa hora, todos los viajeros parecían de camino a una cita en el centro. El equipaje compuesto de bolsas de trabajo y mochilas, que abunda por la mañana en el tren, es sustituido por uno más ligero de libros de bolsillo, periódicos gratuitos o manos en los bolsillos mientras se escucha música en unos auriculares. Casi todo el mundo viaja solo a esas horas; a diferencia de los grupos de trabajadores que por la mañana se encuentran en los andenes, y que a menudo se reúnen en bulliciosos corros.

Sasho lanzó un fugaz vistazo al hombre que se había sentado cerca de él, y que guiñaba una mirada miope dirigida al fondo del vagón. Juntó las piernas hasta sentir la presión de la bolsa de deporte entre sus tobillos. Se palpó el bolsillo de la camisa para sentir el dinero y volvió a mirar al tipo, que con los brazos cruzados hacía distraídas muecas con la boca como si escuchase con atención o sorpresa a alguien.

El tren se acercaba a Entrevías, y Sasho se levantó para abandonar el tren. Había decidido que cogería el siguiente, quería perderlo de vista. El desconocido retiró las piernas para permitirle salir, y le dedicó una sonrisa cívica y breve. Sasho intentó devolvérsela, pero sintió los músculos de su rostro demasiado rígidos para hacerlo. Sospechó que había dibujado la nerviosa mueca de un idiota, y eso le hizo sentirse más incómodo y decidido a abandonar el tren.

Saltó al andén y miró la hora. Eran poco más de las ocho y media de la tarde. Mientras pensaba qué haría cuando llegara a Atocha, y sopesaba la posibilidad de ir a Chamartín y tomar un tren a Zaragoza, donde coger un autobús que lo sacara de España, vio que el desconocido descendía del tren. El andén estaba vacío, salvo por Sasho y él. Todos los viajeros habían subido ya y nadie esperaba al siguiente.

El tipo hizo una señal con la mano y las puertas del tren se cerraron. Miró a ambos lados del andén y se dirigió hacia Sasho. También él miró a ambos lados. Descubrió entonces que otra persona más había bajado de la cabecera del tren, y que se dirigía también hacia él. Paralizado, ponderó durante demasiado tiempo la posibilidad de salir corriendo. Cuando por fin se decidió, el mayor de los dos tipos ya se había sentado junto a él en el banco.

«¿Quién eres, Sasho, Constantin... o Daniela?», tras decir lo cual, el desconocido se rió de su propia gracia.

Constantin y Daniela eran la pareja a la que le había robado el dinero, por lo que debía de tratarse de un policía. El tipo lo confirmó sacando una placa, y presentándose.

«Me llamo Landelino. Y ese que viene por ahí es Álvaro. Él es más joven, pero yo soy más simpático».

La joven policía local mira a Sasho y le pregunta en un tono ahíto si le puede ayudar en algo. La voz es apremiante, como cuando se ha dicho algo por segunda vez y no hay tiempo para más dilaciones. Silvia, que así se llama la agente, se encuentra un desvalimiento confundido, silencioso, sumiso. Como si temiera que un paso más espantase a un raro animal, Silvia abandona el tono empleado unos segundos antes y usa otro más amable. No sabe por qué, pero la inquieta el modo en que el hombre que tiene enfrente mira alternativamente sus propias manos y la puerta de la comisaría. Sin apartar la vista de él, ni elevar la voz, llama por encima de su hombro.

«Darío, ¿puedes venir un momento?».

Unos segundos después, su compañero entra por la puerta, y pregunta qué ocurre.

«No sé si el caballero habla español», dice.

«Entonces estamos igual, porque yo no tengo ni idea de rumano. Porque eres rumano, ¿no?».

Sasho asiente y dice: «Entiendo español y me parece que he matado a un hombre».

Intercambian una mirada que Darío quiere socarrona. Pero ve algo en los ojos de Silvia que lo previene de cometer la imprudencia de menospreciar lo que acaba de oír. Sasho ha recogido los hombros, que tenía antes caídos, inclina la cabeza y ha dejado de mirarlos para clavar la vista en el suelo. Ellos no lo saben, pero están ante un hombre que se prepara para recibir un golpe.

3

El silencio en el despacho de Nicolás Morales es lo único que queda en el ayuntamiento de la lentitud de la noche pasada. Muy pronto, cuando el teléfono móvil suene en el interior del cajón, la atmósfera a ambos lados de la puerta del despacho se igualará en presión, temblor y bulla.

Morales dejó el teléfono en el despacho antes de volver a su casa el día anterior. Quienes trabajan con él saben que es frecuente que no conteste, pero no saben por qué. Únicamente saben que han de insistir, y que esa insistencia es sólo una de las múltiples formas en que se ha de llevar a cabo el servicio. De la misma forma en que Dios se hace más poderoso y temible en la ausencia, a Morales le gusta prescindir en ocasiones de su teléfono.

Cuando vuelve a contestar, tras horas sin estar localizable, nadie le pregunta dónde ha estado, o por qué no lo ha cogido. Las únicas personas con la autoridad suficiente para hacerlo nunca lo llamarían a ese número.

El móvil y el teléfono del despacho han estado sonando alternativamente desde las 8 de la mañana. La noche anterior, lo hicieron hasta poco después de la medianoche.

Darío había acompañado a Sasho a una sala donde poder hablar con él y averiguar qué estaba tratando de decirles aquel hombre desconcertado que no paraba de mirarse las manos, que se las enseñaba: «Esto es sangre, ¿veis? Es sangre». Y porque las manchas que les mostró bien podían ser de sangre, Silvia le había pedido que lo llevara a alguna sala y hablase con él.

Sasho se metía y sacaba las manos de los bolsillos de unos vaqueros demasiado sucios, demasiado grandes, demasiado de otro. Si había matado a alguien, no lo había hecho por aquellos pantalones, pensó Darío mientras le franqueaba la entrada a la sala.

El cubículo blanco que tenía ante él no se parecía al calabozo que había imaginado. Darío señaló una silla y Sasho se sentó. Miró distraído a su alrededor, en una oscilación lenta entre el miedo y el asombro, sin registrar nada en la memoria: ni la estantería llena de carpetas, ni el par de sillas pegadas a la pared, ni el archivador junto a la puerta. Cuando saliese de allí, no recordaría más que unas pocas palabras de su conversación con Darío.

«¿Me podría decir su nombre completo?», dijo Darío.

Antes de hacerlo, Sasho miró de nuevo a su alrededor. Darío y él estaban solos, pero la puerta de la sala permanecía abierta.

«¿Cierro la puerta?», preguntó.

«No, vamos a dejarla abierta», respondió Darío, mostrando una sonrisa tranquilizadora.

Le preguntó si se podía fumar sólo para escucharle decir lo obvio: que no. El timbre de voz le decía algo del policía. Lo más probable es que no creyera su historia al principio. Sin embargo, no había perdido los nervios y lo había conducido a aquella sala. En ningún momento se había dirigido a él con esa dignidad intimidatoria de la autoridad. En la mente de Sasho brilló un fugaz relámpago de envidia, cuya luz iluminó breve y simultáneamente su vida y la que le supuso a aquel joven policía.

«¿Cómo se llama?», preguntó Sasho.

Darío sonrió, recordándole que ni siquiera había contestado aún a la misma pregunta, que él había hecho antes. Sasho asintió, y dijo su nombre completo, tras lo cual se quedó de nuevo callado, esperando más preguntas.

«Me llamo Darío. ¿Y ahora me va a contar qué ha ocurrido y por qué ha dicho que cree que ha matado a un hombre?».

«¿He dicho que era un hombre o sólo he dicho que he matado a alguien?», preguntó Sasho, sin saber bien por qué. Sasho bajó la vista para contemplar ese pastiche que formaban el recuerdo de lo que había hecho y el secreto que le había obligado a guardar ese policía, Landelino. El resultado era una secuencia desordenada en la que la memoria real se hacía transparente, invisible al contacto con las mentiras que había ensayado de camino a la comisaría.

Sabía que a punto había estado de matar a Gigel, que la policía lo había interceptado en su huída en la estación de El Pozo, que los agentes le habían dicho que Gigel estaba bien. «Jodido pero bien», habían sido las palabras exactas que había utilizado Landelino. Suya había sido la idea de entregarse allí.

«No lo sé. Pero da un poco igual, ¿no le parece? ¿No se acuerda de a quién ha matado?».

«Me acuerdo bien», había contestado. «No es la cosa que a uno se le olvida, de verdad».

Darío le recordó que, sin embargo, sólo había dicho que le parecía haber matado a alguien. No se había mostrado tan seguro cuando habló con su compañera Silvia.

«Quiero decir que no sé si lo he matado de verdad. Si no, casi».

«Casi me dan ganas de dejarle fumar», dijo entonces Darío, sonriendo divertido. «A lo mejor así, relajado, se acuerda». Miró entonces el reloj y añadió: «Se me está haciendo tarde, así que si le parece, voy a hacer unas preguntas. Si las respuestas me parece que tienen sentido...». Hizo una pausa durante la cual se reclinó en el asiento. «E interés, entonces a lo mejor seguimos hablando y vemos qué hay que hacer».

Sasho asintió, no para decir que estaba de acuerdo, sino para que Darío viera que había entendido lo que le decía. Era un gesto innecesario al que muchos inmigrantes se acaban acostumbrando al tratar con los españoles. De una forma muy parecida a como la sala donde se encontraban no era lo que había esperado, Sasho reconoció que su impresión de Darío contradecía la que se había formado al verlo por primera vez.

Explicó que había tenido una pelea con un paisano. Le contó el motivo y hasta la cantidad exacta y un detalle no muy preciso de las circunstancias en las que había accedido a dejarle aquel dinero que no había podido recuperar. Le contó por qué lo necesitaba tan urgentemente. Mientras escuchaba, Darío tomaba notas. Al dar algunos detalles como por qué necesitaba con tanta urgencia el dinero, Sasho se estaba saliendo del guion dictado por Landelino. Añadió que había bebido, y que por mucho que lo había intentado, no lograba recordar si había sabido lo que hacía.

Darío frunció los labios y enarcó una ceja. Aquel último detalle le parecía embarazoso pero le recordó algo que debería haber preguntado al principio.

«¿Dónde está este cadáver, si es que lo ha matado después de todo?».

«Sólo sé que poco antes de llegar a Atocha me di cuenta de que no podía huir. Que me tenía que entregar».

Darío cruzó los brazos sobre el pecho y exhaló un suspiro de impaciencia. Sasho lo miró con ojos muy abiertos. Se había dado cuenta de que haciendo tan dramática declaración en lugar de responder, había perdido la poca credibilidad que había tenido su historia. Durante un instante, ninguno de los dos quiso hablar. Darío pensaba en cómo zanjar aquella conversación lo más rápidamente posible sin dejar de hacer su trabajo.

«Es muy emocionante».

«¿Qué?», preguntó Sasho.

«La culpa», aclaró Darío. «Los remordimientos que te hicieron bajar del tren. Muy… emotivo, casi Raskolnikov».

«¿Perdón?», preguntó Sasho, a quien no se le había escapado que había pasado a tutearlo. Como Darío no respondía, continuó con la frase sobre la que más había insistido Landelino.

«Sabiendo que era muy amigo del jefe de usted, pensé que me iban a pillar enseguida».

«Bien pensado. Muy práctico», dijo Darío, quien se dio cuenta de que aquel sarcasmo instintivo se había adelantado a su percepción de algo que más le valía no tomar a broma.

«¿Dónde está ese cadáver o persona malherida?».

«Gigel», dijo Sasho.

Darío sacudió la cabeza. El nombre no le importaba. «Que dónde está», insistió.

«No des demasiados detalles, chaval. Ni apellidos ni nada. Dudo mucho que Morales conozca más de un Gigel», le había dicho Landelino, en el coche en el que regresaban a Coslada. Sasho se había tocado con disimulo el bolsillo de la camisa robada, donde se encontraba el dinero. Si los policías sabían lo que había ocurrido en el interior de su piso, no lo mencionaron.

Por muy lógico que pareciese ahora, no se le había ocurrido que el policía pudiera interesarse por la localización del cuerpo de Gigel.

Darío creía saber dónde se encontraba el lugar que le había dicho Sasho. Conocía bien la zona. Se disculpó y salió de la habitación. Sasho se levantó en cuanto la puerta se hubo cerrado. Si le habían dicho la verdad, Gigel estaba vivo. Se aferraba a esa información como único dato de una esperanza aún posible. ¿Qué podía ocurrirle si colaboraba? ¿Qué podía temer de esos municipales ponemultas?

Al fin y al cabo, tampoco es que estuviera jugando con la mafia. Su falta de arraigo en Coslada le había permitido hasta el momento dar pasos indiferentes, que bien podían haber sido confundidos con valentía. No tuvo nunca miedo de esos chulitos de barrio, desfaenados y arrogantes, que encuentran en la población extranjera un cuerpo extraño y mudo, incomprensible; un cuerpo que abre miles de ojos y observa todo con desconcierto y un desdén entre orgulloso y lleno de envidia.

«Si quieren que colabore, colaboro», se dijo. No tenía mucho que perder, sólo unos meses o tal vez un par de años de libertad por la agresión y el robo.

Darío regresó a la sala acompañado del sargento Gómez.

«Nadie es tan idiota para matar, o casi, a un amigo del jefe de la policía local, y venir luego a entregarse aquí en vez de a la nacional», le había dicho Darío a Gómez mientras bajaban las escaleras de regreso a la sala.

«Así que te has cargado a un amigo de nuestro jefe...».

La voz tenía un fulgor sardónico que devolvió a Sasho a la conversación que había tenido con Landelino. Sólo le habían pedido que colaborara, pero ahora se daba cuenta de que no habían mencionado lo que se le mostraba de pronto como una evidencia: antes o después, recibiría una paliza. La dureza de la misma le era desconocida, y no podía adivinarla viendo a ese bisoño policía junto a su superior; pero saberlo le hizo sentir un profundo miedo, y le devolvió a la desazón de lo irrecuperable, de lo imposible de deshacer. Con independencia de si ingresaba en prisión algún día por lo que había hecho, era seguro que iba a pagar por todo.

El sargento Alfredo Gómez no esperó siquiera la respuesta de Sasho. Sólo había querido poner cara a lo que le había contado Darío y comprobar si se trataba de alguien conocido. Pero aquel rumano tan inesperadamente plácido no le sonaba siquiera. Hizo una señal con la cabeza en dirección a la puerta y Darío lo siguió.

«Tú habla con el rumano, pero habla poco. Que el que hable sea él», le había dicho Gómez. Sacó el móvil e hizo la primera llamada de las muchas que encontraría Morales al llegar a su despacho a la mañana siguiente. Al no recibir respuesta, probó suerte con el teléfono de su despacho, sin éxito. Mientras, Darío hablaba con Sasho.

«Sasho… ¿Panaite?», preguntó Darío. Sasho asintió y repitió aquello de «Panaite».

Fue lo único que Darío sí escribió en una hoja que más tarde, cuando sacaran a Sasho de aquella sala, se metería en el bolsillo del uniforme.

«¿De dónde eres?», preguntó Darío.

Sasho lo miró, estudiándolo, meditando la respuesta correcta a una pregunta delicada.

«Aunque te lo diga, no te vas a enterar», contestó. «No sé ni cuántas veces me habréis hecho esa pregunta, y siempre que digo de dónde vengo, os quedáis mirando como si hubiera dicho Melmac».

«¿Melmac?», preguntó Darío. Comprendía perfectamente a Sasho. Había hecho una pregunta que él consideraba neutra, un punto desde el que iniciar una conversación. Sin embargo, para Sasho aquella pregunta era de todo menos neutra.

«Melmac es el planeta de Alf, el bicho ese de siete estómagos que comía gatos. A lo mejor eres muy joven y no viste la serie».

«No soy tan joven», respondió Darío.

«Bueno, como sea. Si no te digo lo que es, y te cuento que soy de ahí, no te habrías enterado. Los de aquí os aprendisteis que Bucarest es la capital, y para qué más. Es como si tú fueras a mi país y siempre te preguntaran si eres de Barcelona».

«Si Barcelona fuera la capital», añadió Darío.

«No, no si fuera la capital. Si fuera la única ciudad que nos hubiéramos aprendido de España. Os habéis aprendido la capital, en el colegio seguramente. Hace...».

Sasho pensó en la escuela donde enseñaba su madre, en que quizá cuando todo hubiera terminado decidiría regresar junto a ella.

«No sé, a lo mejor 20 años. Pero es que en 20 años todo puede haber cambiado. Si no fuera la capital ya, no os habríais ni enterado. Es como si nuestro país estuviera a años luz. Rumanía es como una estrella que hubiera muerto muy lejos. Os podría seguir llegando la luz... ».

«Quieres decir vosotros», le interrumpe Darío. «Porque vosotros sois… “la luz de Rumanía”, ¿no?».

Sasho se rió.

«Los búlgaros, los rumanos que llegamos aquí somos más bien los cascotes que lanza la onda expansiva. Os sacudís el polvo del uniforme pero no tenéis ni idea de lo grande que ha sido la explosión. En la tele no se habla de esas cosas. Os dicen que entramos en Europa como si fuéramos el lobo feroz del cuento, y os cagais».

«Tampoco se puede decir que os hayamos recibido tan mal. Hay muchos que lo están pasando peor que vosotros».

«Sí, eso siempre ha sido un gran consuelo para quien lo ha querido».

«De todos modos», añadió Darío, decidido a acabar con la deriva de la conversación, «si yo pregunto de dónde eres, aunque seas del pueblo donde Ceaucescu hizo la mili, me lo dices y punto. Si quiero saber cómo se deletrea, ya te lo preguntaré».

Darío ya no estaba viendo a Sasho sino la ocasión que este le brindaba. No se había encontrado en una situación así desde que tomó posesión de la plaza de policía, hacía unos dos años. No le temblaba la voz, no se sentía nervioso. Sasho parecía haber retrocedido, dado un paso atrás pese a continuar en la misma silla. Aquella sensación de control le hacía sentir revitalizado. Sin embargo, una parte de sí mismo aún sentía una distancia con la autoridad de su puesto. Era una sensación embarazosa, idéntica a la vergüenza ajena.

«A lo mejor no te entregan a la Nacional hasta mañana por la mañana», le había advertido Landelino. «Y, no te engaño, lo más seguro es que bien, lo que se dice bien, no te traten. Pero no creo que pasen de unas hostias de nada. Tú, pase lo que pase, pídenos en cuanto llegues a la comisaría que te llevemos al médico. Con el parte de lesiones, si es que tienes alguna, que tampoco es seguro, y con la denuncia, la colaboración y todo eso, seguro que te sale gratis lo de Gigel».

La puerta se abrió y Gómez llamó a Darío, que salió.

«Engrillétalo», le dijo.

«¿Lo detengo?».

«Tú engrillétalo y ven conmigo», fue la impaciente respuesta del sargento.

Darío sacó unos grilletes y regresó a la sala. En cuanto los vio, Sasho alargó los brazos, con los puños cerrados. Tras engrilletarlo sin ninguna resistencia, salió sin decir palabra y cerrando la puerta tras de sí.

«El jefe no responde al móvil, ni al de su despacho. Así que nos lo vamos a quedar esta noche. Llévatelo abajo, lo encierras y me esperas. Yo voy a salir un momento. Si necesitas algo, me llamas».

Miró el reloj. Eran casi las diez y media de la noche.

«Es un poco tarde, pero prefiero que te quedes un poco más. Y de esto, de momento no hables con nadie».

«¿Y Silvia? Estaba conmigo cuando llegó el rumano».

«Silvia ya se ha ido a casa. ¿Estaba contigo cuando apareció? Bueno, ya me ocuparé de ella mañana. De momento, quédate con él y atento al móvil. Puede que te llame después de hablar con el jefe».

«Le he preguntado dónde está ese que dice que ha matado. O casi matado, ya no lo tengo claro».

«¿Quién?», preguntó Gómez, levantando la vista de la pantalla de su móvil. «Ya, ya… Sí, claro».

Darío dijo dónde, según Sasho, debía de estar el cuerpo. El sargento lo miró sin entender nada, mientras pensaba en cómo dar con Morales e irse lo antes posible a casa. La mirada de perplejidad de Darío le hizo reaccionar. Escuchó dónde se encontraba, según Sasho, el cuerpo de Gigel, y se fue. Darío había perdido la ocasión de preguntar por qué debía asumir el riesgo de aquella detención ilegal.

Pensó en su adolescencia, en los años de instituto, en sus primeras salidas por las zonas de bares. En una ocasión, de regreso a casa, vio pasar el Renault 19 gris de Morales, que iba en el asiento del copiloto, con el brazo derecho apoyado en la puerta, el codo asomando por la ventanilla abierta. Durante un breve instante, cruzó su mirada con la del jefe de policía. Este la sostuvo, hasta que Darío bajó los ojos y continuó andando.

En el poco tiempo que lleva en la policía, Darío no ha visto nada que confirme las historias que siempre han circulado sobre Morales. En todo pueblo deben de correr rumores similares. La autoridad no deja de ser un espíritu al que no le gusta el olvido; que se materializa no sólo en sus símbolos oficiales, sino también en historias que la gente inventa, y con las que explora los límites de su poder.

«Joder, el puto Morales», había dicho por lo bajo su amigo Fernando aquella noche de hace años. Redujeron la marcha para dar tiempo a que el semáforo del final de la calle, en el que esperaban que el coche se detuviera, se pusiera en verde. De ese modo evitarían tener que volver a cruzarse con el vehículo. Pero el coche no se detuvo en el semáforo, sino que continuó avanzando por la noche cosladeña.

Habían transcurrido casi dos horas desde que Gómez lo había dejado al cuidado de Sasho. Dos horas de silencio, dos horas mirando por encima del rumano en dirección a la puerta cerrada. Darío había decidido aprovechar aquel tiempo para ponerse al día con algunas denuncias.

Oyó unos pasos al otro lado de la puerta y levantó la vista del escritorio. Sasho volvió la cabeza. La puerta se abrió lentamente. Eran dos compañeros, que lo saludaron levantando las barbillas mientras miraban a Sasho de arriba abajo. Uno de ellos señaló el pasillo y Darío salió a hablar con ellos.

«Hola, soy Alfredo», se presentó uno, mientras alargaba su brazo para estrecharle la mano.

«Sí, hombre, Alfa», dijo Darío. Alfredo sonrió, asintiendo, y le preguntó si era de su barrio, o algo.

«Tú jugabas en el Parque, el equipo de fútbol», explicó Darío. «La mayoría de mis colegas jugaban en el Parque también, aunque en otra categoría. Alguna vez os fui a ver jugar».

Alfredo creía muerto aquel apodo, que sólo muy de vez en cuando usaban algunos de sus amigos de toda la vida, cuando se encontraba con ellos en los bares del barrio, con todos los críos jugueteando a su alrededor y él fingiendo que le interesaban sus edades, las cosas que hacían en el colegio, las fechas de sus cumpleaños.

«Yo soy Iván», dijo el otro, ofreciéndole la mano.

«Venga macho, que tú y yo nos conocemos de hace mucho ya».

«Su padre y el mío son colegas», explicó Iván. «Hemos sido vecinos casi toda la vida».

Alfredo, sin embargo, no parecía muy interesado.

«Abad nos ha dicho que tienes a un rumano que ha aparecido por aquí y que dice que ha matado a alguien».

¿Había dicho Abad? Eduardo Abad era el sargento del turno de mañana y mano derecha del jefe. No había nada que uno hiciera sin avisar al otro, ni orden importante del jefe que no llegara a través del sargento. Si era Abad quien les había llamado, este debía de haberse enterado por Gómez. Quizá el jefe ya estuviera al tanto.

Darío les contó lo sucedido, aunque creía que si habían hablado con Abad quizá supieran ya la mayoría de lo que les estaba contando. Mencionó su preocupación por tener a Sasho encerrado sin saber aún si había de verdad alguien por ahí malherido o muerto.

«Tú por eso no te preocupes. Gómez nos ha dicho que no han encontrado a nadie».

«Ya suponía. Nadie es tan idiota para matar o casi matar a un amigo del jefe y venir aquí, precisamente aquí, a entregarse».

A Darío no se le escapó la mirada que habían intercambiado sus compañeros al decir aquello.

«Tú no te preocupes», insistió Alfredo.

Darío abrió la puerta y echó un vistazo al interior de la sala. Sasho seguía sentado en la silla y miraba por encima de su hombro hacia ellos.

Darío volvió a cerrar y dijo: «¿Habéis hablado con el jefe?».

«No», contestó Alfredo. «A nosotros nos ha avisado Gómez. Que, por cierto, nos ha dicho que te fueras a casa».

«No me importa quedarme un poco más».

Lo siguiente lo añadió únicamente para tantearlos: «Además, le he cogido un poco de asco al gilipollas ese, y si se pone tonto mientras lo bajamos y hay que darle un par de hostias, quizá hasta duerma mejor esta noche».

Aquellas palabras no parecieron causar ninguna reacción en sus dos compañeros.

Cuando abrieron la puerta de la sala, Sasho se los quedó mirando desde su asiento. Si alguno de ellos se había hecho ilusiones de encontrar miedo en aquellos ojos, se llevó una desilusión. Y, sin embargo, Sasho supo desde que vio a aquellos dos lo que se le venía encima.

Lo llevaron al calabozo y, aunque no opuso ninguna resistencia ni abrió la boca siquiera para quejarse, Iván y Alfa le dieron varios golpes en zonas de su cuerpo que parecían elegidas de manera arbitraria, basándose únicamente en la probabilidad de que estuviera preparado para recibirlo. Primero Iván le pisó el gemelo de la pierna derecha. Luego le dio una toba en una oreja. Alfa le propinó una bofetada en la zona de la sien derecha, por detrás. En todos los casos, Sasho dio un respingo y trató de protegerse. Pero era demasiado tarde, y las zonas demasiado arbitrarias.

Eran partes en las que no es habitual recibir un golpe en el curso de una pelea. El resultado fue que Sasho encogió ante sus ojos. No pudiéndose proteger, parecía que su cuerpo hubiera optado por reducir la superficie que ofrecía a los agresores. Los hombros encogidos, la cabeza agachada, los ojos entrecerrados, un increíble hombre menguante descendía las escaleras con desconfianza y un miedo que lo transformaron en más culpable de lo que Sasho se había sentido nunca.

Nicolás Morales ha puesto siempre buen cuidado en no trazar nunca la misma línea entre dos puntos. En su oficio, y Morales tiene una visión muy clara del mismo, la predecibilidad es un lujo que no se ha permitido nunca. Así, que no hay forma de saber si pasará antes por la comisaría, o irá directamente a su despacho en el ayuntamiento.

«Buenos días, don Nicolás».

Nicolás Morales levanta la vista y saluda a la chica del mostrador de información. Se detiene, se acerca a ella y le dice: «Por favor, deja de llamarme don Nicolás. Haces que me sienta como un jubilado».

«Lo siento, se me escapa», responde ella.

Desde su llegada, hace ya casi dos meses, Morales no ha dejado de pedirle que no le trate de usted. Pero tal vez porque Natalia ha crecido en Coslada y ha tenido que escuchar las historias que circulan en la ciudad acerca de él, encuentra muy difícil atender a ese ruego.

«Me haces sentir muy viejo. No espero que nadie me llame así en muchos años. Por lo menos, no antes de que me muera».

Natalia sonríe. Le gustaría sentirse lo bastante cómoda para reírse. Tiene ganas de hacerlo pero…

«En mi funeral, que me llamen don Nicolás».

En teoría, el trabajo de Natalia consiste en dar las vagas indicaciones con las que los ciudadanos deben apañárselas para resolver sus asuntos en el ayuntamiento. En la práctica, ejerce también de secretaria del jefe de la policía local.

Pese a que la sola ocupación de un despacho en el edificio del consistorio le da derecho automáticamente a tener una secretaria, Morales siempre se ha negado a dar a alguien la clase de acceso a sus asuntos que tendría una persona en ese cargo. Sólo necesita que alguien le comunique los inofensivos recados que le dejan a la puerta de su despacho, y a una persona que pueda abandonar lo que sea que esté haciendo cuando él necesite que le hagan un recado.

«Mejor llámame jefe, como mis chicos. Si oigo la palabra jefe, enseguida sé que es a mí a quien hablan».

Natalia lo ha intentado muchas veces antes. Lo vuelve a intentar: «Vale... jefe».

Morales sonríe y se dispone a marcharse cuando Natalia le informa de que le han estado llamando.

«¿Sabes si han llamado antes de las 8?», pregunta Morales.

Natalia se ruboriza porque sabe que lo que Morales está diciendo es que sabe que ha vuelto a llegar tarde. Pero antes de que ella pueda siquiera responder, Morales suelta una carcajada y entra en su despacho.

Deja la chaqueta en el perchero y abre el cajón para sacar el móvil. Cuando ve el número total de llamadas perdidas, dice: «Esta gente es gilipollas. Digo yo que si veo un par de llamadas perdidas del mismo número, ya sabré que tengo que llamar. Las otras 12 como que sobran...».

Abad contesta su teléfono móvil al primer tono.

«A ver si te puedes pasar por aquí, que se te echa de menos».

Morales comprende que hay algo que no quiere contarle por teléfono, así que concluye la llamada con un escueto «Nos vemos en un rato, voy para allá», y cuelga.

Al salir, pasa por delante del mostrador donde Natalia balbucea un tímido «Hasta luego» que Morales contesta levantando apenas la barbilla.

«¿Cómo no voy a llamarle don Nicolás, si me trata como si fuera una niña en clase y él el profesor?», se pregunta Natalia.

«A ver si me entero», recapitula el jefe de policía. «Así que entra un tío aquí y dice que se ha cargado a un rumano que es amigo mío».

«Sí, bueno, el sujeto en cuestión también es rumano», añade Abad, como si de ese modo pudiera explicar lo sucedido. Morales suelta un profundo suspiro, tanto más profundo, cuanto que necesita que a Abad le quede claro algo.

«Me da igual si es rumano o de mi puto pueblo. Nadie entra en una comisaría y dice que ha matado a un amigo del jefe de policía. Nadie es tan gilipollas».

«Bueno, yo he hablado con él y muy listo no parecía».

«Peor me lo pones. Los tontos así», dice Morales, «traen siempre mala suerte. ¿Quién más ha hablado con él?».

Abad le dice que Gómez, Alfredo, Iván y añade un nombre que a Morales no le suena: Darío.

«¿Ese Darío quién es?».

«Es uno de los de la última promoción», dice Abad.

«¿Y ese… Darío, es de confianza?».

Abad responde que no. «Pero fue el primero que se dio cuenta de que aquello olía a chamusquina y avisó a Gómez, que me avisó a mí».

«¡Alguien listo, por fin! No quiero a ese rumano en mi comisaría ni un segundo más. A ver, escucha. ¿Entonces sigue en el calabozo?».

Morales sabe la respuesta pero en el fondo espera que Abad le diga que no, que el calabozo está vacío, que no hay nada de qué preocuparse.

Pero Abad asiente, así que hace lo único que puede hacer en tales circunstancias, no sin soltar una andanada de insultos y maldiciones.

«Lo vais a entregar a los nacionales, pero a ver cómo lo contáis para que el tiempo que ha pasado en el calabozo parezca necesario. Y como me entere de que mi nombre aparece siquiera mencionado en algún momento, te corto los huevos. O al menos una parte, que los tienes demasiado gordos».

«¿Seguro que no quieres hablar con el rumano antes?».

«¿Pero eres tonto? No, no quiero. Te lo llevas, ¡y te lo llevas ya! ¿Le han dado esta noche?».

Abad le contesta que nadie le ha tocado un pelo. Al menos, ningún pelo que se pueda ver.

Morales asiente.

«Joder, Eduardo. Así no se puede ir por la vida. Esto huele, joder. Y si el chaval ese… ¿Darío?».

«Darío», confirma Abad.

«Darío... Si ese Darío se ha dado cuenta, ¿cómo cojones no te has dado cuenta tú? ¡Hostia puta…! ¡Qué paciencia!».

Morales y Abad salen de la comisaría de camino al bar donde suelen desayunar. Antes, Abad se ha ocupado de elegir a quien se ocupe de hacer cumplir las instrucciones de Morales. En la comparecencia que tome la Nacional, no ha de haber ninguna mención al jefe. «No quiero ni que se te escape algo como que el rumano tuvo remordimientos morales. Nada que rime siquiera con el nombre del jefe, ¿me has entendido? Y luego me traes la copia de la comparecencia».

«O mucho me equivoco, o a este le han trincado por algo. Le habrán prometido algo y nos lo han mandado para ver si éramos lo bastante gilipollas y metíamos la pata».

Abad escucha pero calla.

«Seguro que nos quieren meter la naricita en el culo a ver qué huelen. Con mucha suerte, éramos gilipollas y le dábamos una paliza o, mejor aún, se la daba yo».

Morales se detiene justo antes de entrar en el bar y, mirando a los ojos a Abad, le dice: «Tienes que estar mucho más espabilado. Si no me puedo fiar de que tú tengas dos putos dedos de frente, ¿en quién confío entonces?».

Poniéndole la mano derecha sobre el hombro, añade: «No me jodas, que si ahora te me vuelves tonto tú también, acabamos muy mal».

«Ya», responde Abad. «Sólo quedamos nosotros».

4

Otra sala, otras preguntas. Y, sin embargo, Sasho se niega a pensar que algo ha cambiado. Vuelve a encontrarse con la pareja que le hizo regresar a Coslada con la promesa de solucionar sus problemas. Problemas que no había tenido tan sólo dos días antes, cuando podía volver del trabajo con las manos en los bolsillos, apaciguado por la idea de beberse unas latas de cerveza sentado en un banco, al aire libre de algún parque.

«¿Y entonces qué les contaste, que te habíamos mandado nosotros?».

El joven insiste en esa pregunta. Cada vez que la formula, Sasho lo mira cuidándose mucho de no mostrar el desprecio que siente por el bobo que cree poder engañarlo con esa insistencia, ese truco tan burdo.

«¿Me has oído?».

Sasho se encoge de hombros.

«Como ya contesté a eso, creí que valía con lo primero que dije».

Landelino tiene una risa estentórea que parece provenir del interior del tronco de un árbol. A Sasho le cae bien el mayor de los dos policías, pero ha visto suficientes películas para pensar que pueden estar practicando con él ese juego del poli bueno y el poli malo. Así, que decide desconfiar también de la bonhomía con la que Landelino lo ha tratado hasta ahora.

«¿Qué te cuesta? Aquí mi colega tiene mala memoria, y hace falta repetirle lo mismo varias veces». Y añade: «Yo creo que es por lo de los móviles».

Sasho no dice nada pero no puede dejar de evidenciar su extrañeza. ¿Los móviles?

«Sí, ya sabes. Ahora los jóvenes están todo el día con los móviles, todo lo pueden consultar, no son capaces de concentrarse en nada que lleve más de 5 minutos. ¿Verdad?».

Álvaro lo mira, enarca las cejas entre desconcertado y acostumbrado a aquellas salidas de Landelino, y se encoge de hombros.

«Pues recuérdeselo usted, que también me lo ha oído decir y no usa tanto el móvil», dice Sasho. «Mi respuesta es la misma que la primera vez».