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Aunque la gran poesía de Sor Juana Inés de la Cruz es hoy mundialmente famosa, sus escritos devocionales son, en cambio, casi desconocidos. Surgidos de la profunda sabiduría teológica que la caracteriza y, en tanto religiosa, de la intensa vida de oración que llevó, constituyen un tesoro para quienes deseen descubrir su acentuada piedad y compartir, a través del amor a la Santísima Virgen, su intimidad con Dios. Los Ofrecimientos de los Dolores son un rosario de quince misterios dedicado a los padecimientos de la Virgen María que, hacia 1686, la madre Juana compuso, dice ella misma, para el rezo de sus hermanas. Más tarde los Ofrecimientos se divulgaron entre los católicos en general y, despierto el interés, siguieron imprimiéndose una y otra vez hasta el primer tercio del siglo XIX, cuando la poesía de su autora había sido prácticamente olvidada. Este hermoso salterio ha sido, luego, una de las obras más demandadas de la ilustre Monja de México. Con el ánimo tanto de servir al pueblo cristiano en su plegaria como de rescatar para él la auténtica personalidad de Sor Juana Inés de la Cruz, hija el de la Iglesia, presentamos ahora esta nueva edición de los Ofrecimientos de los Dolores. Estamos seguros de que despertará en esta centuria idéntico entusiasmo que en las anteriores.
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Seitenzahl: 103
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Contenido
Presentación
I. La espiritualidad del sacerdote
1. Aspectos doctrinales
2. Aspectos teológicos
II. Eucaristía y ministerio sacerdotal
1. La Eucaristía como memoria de la Pascua
2. Eucaristía, banquete de sacrificio
3. Eucaristía, prenda de la gloria futura
III. La identidaddel sacerdote
1. Mysterium fidei
Meditación con ocasión de la Fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo
Para que sean mis testigos.Correspondiendo a la Gracia que nos ha sido donada
Presentación
Del 23 de junio al 4 de julio de 2023, el cardenal Robert Sarah visitó la Ciudad de México para tener una serie de conferencias acerca del don divino del sacerdocio ministerial, su identidad y espiritualidad. Fue invitado por Encuentros Sacerdotales, una iniciativa promovida por los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, dedicada a la formación permanente del clero.
Quienes participamos en ellas, vivimos intensas jornadas de fraternidad sacerdotal, que nos ayudaron a mantener encendido el entusiasmo por el don que hemos recibido. Me alegra recordar aquí, por ejemplo, el comentario que el señor rector del seminario de la Ciudad de México hizo a uno de los organizadores al término del encuentro con el clero de la arquidiócesis: “Este encuentro ha sido estupendo, un verdadero momento de gracia, una caricia de Dios”.
Y, efectivamente, ha sido un consuelo en este momento en el que el rostro luminoso de Cristo en el sacerdocio católico se ha oscurecido por distintos motivos: culturales, de acentos teológicos y pastorales, y por la falta de unidad de vida de algunos ministros sagrados, quienes no aman a la Iglesia, y han sabido capitalizar una intensa campaña de desprestigio. Si a esto sumamos la dificultad del ambiente secularizado para la acción pastoral, la ambigüedad y la debilidad del liderazgo doctrinal (especialmente moral y espiritual) de muchos responsables de la comunidad, se comprenderá la razón de
la consecuencia no deseada del desaliento de muchos sacerdotes y del notable descenso de los candidatos a las órdenes sagradas en los seminarios.
Sin embargo, gracias a Dios, hay que reconocer también el empeño enamorado de muchos pastores en la conducción de sus comu-
nidades, así como en el compromiso misionero de hacer de sus comunidades escuelas de comunión, participación y evangelización que salen del letargo pastoral, de modo que se ponen en estado de misión permanente, viviendo la sacramentalidad jerárquica de la Iglesia.
Para unos y otros, la palabra clara, sencilla, fuertemente evangelizadora del valiente cardenal africano resulta una brisa fresca en el desierto, la cual proclama y confirma tanto la verdad del sacerdocio católico, como de la doctrina perenne de la Iglesia en el actual contexto social y eclesial. Su palabra ha dado a laicos y sacerdotes un nuevo entusiasmo a su respuesta de fe y a su empeño misionero en comunión con toda la Iglesia, especialmente con el sucesor de Pedro.
Hemos decidido, con el permiso del cardenal Robert Sarah, publicar sus conferencias con la ilusión de que sean muchos los cristianos que sean edificados por ellas y encuentren nuevos motivos para seguir esperando. Se trata evidentemente de una forma de agradecer al sumo y eterno sacerdote, Cristo Jesús, el don inmerecido de la participación en su sacerdocio para la vida del mundo.
Hemos añadido también las notas de una conferencia que tuvo el cardenal Sarah con más de 800 personas en el auditorio “Adrián Gibert” de la Universidad La Salle, en la Ciudad de México. En esa oportunidad, el cardenal resaltó el empeño evangelizador y de testimonio cristiano que hemos de tener todos los bautizados.
Agradecemos a la editorial nun la pronta y amable acogida de esta iniciativa.
José Guillermo Gutiérrez Fernández
I
La espiritualidad del sacerdote[1]
Queridísimos hermanos en el sacerdocio:
Al inicio de este encuentro quisiera, en primer lugar, agradecer a todos los aquí presentes el honor y el privilegio que me conceden al venir a escucharme sobre un tema tan importante como es la espiritualidad sacerdotal.
Antes que nada, quisiera subrayar que la vocación sacerdotal es verdaderamente “un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre”,[2] un don extraordinario que no deja de sorprender a quien lo recibe. Se necesita la luz de la fe, la escucha de la Palabra de Dios y de la voz del Espíritu Santo para descubrir la riqueza insondable y trascendente del misterio de Cristo presente en los sacerdotes.[3] Así se maravillaba el papa Pablo VI, en su homilía de ordenación sacerdotal en san Pedro, el 29 de junio de 1975:
Si esto es así, y así es, el asombro nunca debe desvanecerse en nuestro espíritu; tendremos que estar absortos en la contemplación del misterio de nuestra ordenación, como si no fuéramos nunca lo suficientemente conscientes de lo que el Señor ha hecho en nosotros. Toda nuestra vida no bastará para agotar la meditación sobre la riqueza inagotable de las grandes cosas realizadas por el poder y la bondad de Dios.[4]
Jesucristo está realmente presente en el sacerdote, Jesucristo está realmente presente en mí. Esto debería suscitar en mí temor y temblor: ser Cristo mismo, convertirme específicamente en Templo de Dios y ser consciente de que el Espíritu de Dios habita en mí, es verdaderamente aterrador.[5] Decir como san Pablo: “Yo vivo, pero no soy yo quien vive; es Cristo que vive en mí” o: “Para mí la vida es Cristo”.[6] Estas palabras tendrían que llenar siempre de asombro nuestro corazón.
De manera muy sintética, diría que la espiritualidad de todo bautizado es cristocéntrica, pneumatológica, eclesial y diocesana. De hecho, la espiritualidad es sustancialmente unitaria: Cristo es su referencia absoluta, el Espíritu Santo la guía y la acompaña con su fuerza santificante. La Iglesia particular es su arraigo constante, su entorno de vida cotidiana. Pero la espiritualidad es también múltiple porque cada bautizado la vive de manera diferente: según su estatus canónico (sagrado ministerial, religioso o laico). El apóstol Pablo lo escribía en la Primera carta a los corintios: “A cada uno le es dada una manifestación particular del Espíritu para el bien común”.[7]
Quisiera ahora estructurar esta reflexión en dos partes principales: la primera de carácter doctrinal y la otra de naturaleza teológica.
1. Aspectos doctrinales
Una correcta presentación de la espiritualidad del sacerdote, ya sea obispo, presbítero o diácono, sólo puede partir de la referencia primaria y decisiva a Cristo. Si esto es esencial para la espiritualidad cristiana de cualquier bautizado, adquiere, sin embargo, una relevancia muy especial en el sacerdote. De hecho, la sagrada ordenación produce un “vínculo ontológico específico” entre el sacerdote y Cristo; vínculo que el magisterio de la Iglesia califica de especial configuración con Cristo.[8] El sacerdote, ya configurado indeleblemente con Cristo a partir del bautismo, recibe mediante la ordenación una ulterior configuración peculiar con Cristo “Cabeza y Pastor” de la Iglesia. Aquí reside el proprium del segundo grado del Orden, y con mayor razón obviamente, del primer grado que es el Episcopado.
En constante referencia al sacerdocio de Cristo como “fundamento único”, paradigma insustituible, clave absolutamente necesaria para comprender el sacerdocio ministerial, nos proponemos ahora estudiar la identidad propia del sacerdote (su ser específico). El sacerdote es un hombre totalmente poseído por el misterio de Cristo. Su constitución propia (la fuente de su alegría y la certeza de su existencia) es ser la continuación de la vida y acción del mismo Cristo. El sacramento de la ordenación ha provocado una transformación real e íntima de su organismo sobrenatural; lo ha formado como una nueva criatura[9] porque le ha impreso un sello o una huella cristiforme: el carácter sacramental.
Así, Cristo Hombre-Dios, comunicándose e imprimiéndose en la naturaleza creatural del ordenado, no sólo la santifica consagrándola como instrumento vivo de redención, sino que también, y sobre todo, transforma completamente al hombre. Éste es quizás el aspecto más profundo y sublime del sacerdocio ministerial: el sacerdote, marcado ontológicamente por el carácter sagrado gracias a la fuerza del Espíritu Santo, está misteriosamente configurado con Cristo Señor, identificado con Cristo, transfigurado a su imagen; en él están impresos los rasgos mismos del Verbo encarnado, Mediador, Cabeza y Pastor de la Iglesia; todo su ser personal resplandece con la más profunda semejanza con Él.[10]
La verdadera peculiaridad del día de la imposición de manos es la de hacer a Cristo visible e irradiarlo, hacer a Cristo físicamente presente. En efecto, el sacerdote es él mismo en la medida en que, en la Iglesia, no es presencia de sí mismo, sino presencia de Cristo; no actúa por sí mismo, sino como instrumento de Cristo. Cada sacerdote, en virtud de su carácter, es un Cristo sacramental, con toda la fuerza de la palabra; su carácter imborrable lo ha transformado en una réplica sacramental de Jesús Sumo Sacerdote. Como dice el Catecismo de la Iglesia católica: “A través del ministerio ordenado, especialmente de los obispos y de los sacerdotes, se hace visible entre la comunidad de los creyentes la presencia de Cristo como Cabeza de la Iglesia.[11] Según la hermosa expresión de san Ignacio de Antioquía, el obispo es typos tou Patrós, como la imagen viva de Dios Padre”.[12]
Leemos, por ejemplo, en la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis (pdv) del papa Juan Pablo II, escrita en 1992, al concluir el Sínodo de los Obispos de 1990, sobre la formación sacerdotal, que toda la Iglesia se comprometa “con el aumento de las vocaciones al sacerdocio, a su formación, para que los candidatos conozcan y sigan a Jesús, preparándose a celebrar y vivir el sacramento del Orden que los configura con Cristo, Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia”.[13] Juan Pablo II dice además lo siguiente: “El sacerdote […] es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con quien se configura de manera especial como Cabeza y Pastor de su pueblo”.[14] “Por medio de la consagración sacramental, el sacerdote se configura con Jesucristo en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia y recibe el don de un ‘poder espiritual’ que es participación de la autoridad con la que Jesucristo, mediante su Espíritu, guía a la Iglesia”.[15]
La realidad ontológica de esta configuración afirma el citado documento postsinodal, compromete a los sacerdotes a ser:
1. “Una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor”;[16]
2. [Una] imagen viva de Jesucristo, Esposo de la Iglesia: ciertamente [el sacerdote] forma siempre parte de la comunidad como creyente, junto con todos los demás hermanos y hermanas convocados por el Espíritu, pero en virtud de su configuración con Cristo Cabeza y Pastor se encuentra en esta posición esponsal de cara a la comunidad. “En la medida en que representa a Cristo como cabeza, pastor y esposo de la Iglesia, el sacerdote se sitúa no sólo en la Iglesia sino también delante de la Iglesia”. Está llamado, por tanto, en su vida espiritual a revivir el amor de Cristo esposo hacia la Iglesia como su esposa. Su vida debe estar también iluminada y orientada por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor esponsal de Cristo, ser, por tanto, capaz de amar a las personas con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtico desprendimiento de sí mismo, con dedicación plena, continua y fiel, y unida a una especie de “celo” divino,[17] con una ternura que incluso adquiere matices de cariño maternal, capaz de asumir los “dolores del parto” hasta que “Cristo se forme” en los fieles.[18]
Aunque de diversas maneras y con diferentes palabras, esta dimensión cristocéntrica del sacerdocio siempre ha sido destacada en la reflexión teológica y en la práctica de la Iglesia. De hecho, en algunos periodos, esta dimensión cristocéntrica se ha acentuado tan fuertemente que ha eclipsado el aspecto eclesiológico. Este es un punto que merece una reflexión ad hoc, si bien con breves referencias, para una mejor comprensión de nuestro tema.
En los inicios de la Iglesia, en el periodo apostólico y postapostólico (siglos i-ii), la Iglesia aparece dedicada no sólo a extenderse por el mundo, sino también a estructurarse en carismas y ministerios: Apóstoles, profetas, doctores, obispos, presbíteros, diáconos, etc. Los presbíteros ejercían sus funciones en estrecha comunión entre sí y con el obispo. Así escribe san Pablo a los Corintios:
Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo y, cada uno según su parte, sus miembros. Por eso Dios ha puesto a algunos en la Iglesia, primeramente como apóstoles, luego como profetas, en tercer lugar como maestros; luego están los milagros, después el don de curación, de ayudar, de gobernar, de hablar varios idiomas. ¿Son, acaso, todos apóstoles? ¿Todos son profetas? ¿Todos son maestros? ¿Todos hacen milagros? ¿Todos tienen el don de curar? ¿Todos hablan idiomas? ¿Todos los interpretan? Más bien, desead intensamente los mayores carismas. Y entonces os mostraré el camino más sublime.
