8,49 €
Un pequeño pueblo —donde se puede sentir el placer de que nada pase—, el sur, y un local de recuerdos turísticos, parecen ser suficientes para sentirse dueño de más de una eternidad. Setters es una puerta, una abertura para mirar el punto medio entre el anhelo y la pérdida, entre aquello que pudo haber sido y lo que ya no será. Y, sobre todo, de lo que podemos, aún, hacer mejor por medio de los deseos. Algo de todo ello sobrevive en el imaginario del personaje que narra esta historia de vínculos y viajes, de amores y nuevas vidas; de oportunidades que nacen al momento de desprenderse del todo. El hecho de saber —al menos como un presentimiento— que la vida es solo una, parece invitar a proyectar un "más allá" mejor y más justo, donde se nos entregue aquello que el presente no supo ofrecer. Esta simple idea, fruto de nuestras buenas intenciones, nos puede encerrar en el laberinto de lo correcto y lo necesario. Será tal vez la verdad, o el tiempo, quien nos libere. "...El irse, de alguna manera, simplemente irse, parece algo que está presente en todos, de alguna u otra forma: para algunos, en clave de deseo, para otros, como un destino…".
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 273
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Pernigotti, Daniel Oscar
Setters : tras las huellas de memorias y ficciones / Daniel Oscar Pernigotti. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
258 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-708-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Existenciales. 3. Novelas Testimoniales. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución
por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad
de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Daniel Oscar
© 2020. Tinta Libre Ediciones
SetTErs
Daniel Pernigotti
A todos los que se me
cruzaron en el camino.
A mi viejo.
La primera mañana luego de la noche
Qué suerte que no llegué a resfriarme, y que la tormenta no entró por la ventana en la noche, porque me había dormido sin cerrar los postigones y los insectos de siempre volvieron para enredarse en la cobija. Fue una tormenta inofensiva, apenas helada. Me había puesto a recordar, como algo inevitable, lo más importante de aquellas horas del final de la madrugada, del ruido de las plantas contra la casa, repentinamente vacía de la gente extraña a la que le sonreímos con René. Estaba pensando en aquel espacio sin ocupar en la pared del cuarto y atendiendo los revoloteos de los demás insectos saliendo por la tormenta, el zumbido mezclado con la radio, mi torso desnudo adherido al colchón. Me imaginaba aquel espacio, ocupado por una foto imprecisa, que podría ser de alguna calle de adoquines, de aquellos pueblos viejos de Europa.
***
Nos las arreglamos con tan solo una silla, conseguimos sortear todos los premios de la municipalidad, hacer uso de la corneta entre ganador y ganador.
—Vingt-neuf, vingt neuf ¡Félicitations à toi!
Pronunciaba René, colgado de la silla, alzando su voz para eventos. Vergonzoso, constante como un dolor, mi amigo hacía empalidecer su rostro para que se le notara mejor el bigote, gritaba y reía.
—Quarante, quarante; ¡félicitations à toi!
Evitamos hacer mención de la mala recolección de basura en carro, los falsos nuevos puestos de trabajo y los impuestos exagerados. A nadie ahí le interesaba, a cambio de eso, el intendente nos pidió que el nombre del pueblo esté grabado bien grande en las postales, en los portarretratos, en los llaveros que sorteábamos.
El aire dentro de la galería de casa se había emparejado con los perfumes, circulaba mejor entre las bocas y la luz amarilla del techo. De premio en premio, jugábamos a contar historias del pueblo, a construir un personaje heroico y salvaje, que acabó refugiándose en las cuevas de las montañas.
En poco tiempo hubo que empezar a besar los dedos de aquellas arrugadas manos, entre lunares o anillos, reconociendo simpáticamente el flácido balanceo de las carnes colgando de los brazos. A diferencia mía René lo disfrutaría, incluso podría mejorar, hacer recomendaciones, generar con la mirada la honesta idea de que el mundo sería mucho más feliz y justo si él fuera muy rico.
Se hicieron las once y fue necesario inventar algo, prometer delicias al cúmulo de cabezas que empezaron a preferir ir afuera, a los espacios ennegrecidos entre las plantas, a sentir la tensa protección que da la naturaleza, que descansaba amenazante en el río.
Contemplamos con mi amigo cómo se dedicaban a tomar vino y distraerse, a caminar y hacernos preguntas por las costumbres, a reírse en sus idiomas. Los hombres se apoyaban en las mesas para mostrarse fumando, a seguir respirando el perfume que trajeron desde los pasillos del hotel. Mientras charlaban, empezaban a creer en una muerte repentina y absurda, que vendría echando espuma de la boca, saliendo desde el centro del bosque.
—La idea del peligro los motiva —le dije a René.
***
Cuando finalmente ya todos se habían ido —dejando los alientos adheridos a las copas, a los manteles—, llegué a mi habitación y sentí arrimarse el desgaste del día. Debo haber prendido la radio y al final quedar hablando solo, recostado, con la boca apuntando a un hombro, creyendo que charlaba con alguien de un pueblo francés. Recuerdo la llegada del amanecer para que apagara la radio, el camino a la cocina y la representación de algunas voces —saliendo de labios extranjeros, pintados y escasos de sangre, apenas sucios por el viento—. Iba recordando las intervenciones de René y el lugar exacto donde las dijo, observando los grupos, suponiendo sus necesidades. Lo hacía mirarme y que pusiera una de sus formas de angustia, le agregaba un silbido ronco al respirar. Me inspeccioné el mentón, articulé la mano para empezar el mate, para comenzar a recibir el viento helado que se desprendía de la cordillera. Los perros estaban sueltos, andarían seguramente con Araucano.
***
—Algunas piezas de tango, sé que les enloquecen, tengo una excelente selección; van a charlar, o en todo caso aprovechar el silencio del bosque, de la noche, nada más natural que eso, nada más patagónico sin tener que decírselo —le expliqué a René.
Habíamos conseguido un transporte para traer a la gente desde el pueblo, y aunque no pueda recordarla en este momento —ni siquiera al bajar y clavar el tacón en la tierra endurecida—, tendría al menos una idea más acabada de su voz, de su firme espíritu contenido en aquel vestido blanco y floreado. Creo haber pensado «se aparece como la primera de un grupo al que no pertenece; les da la espalda, no por indiferencia, sino para descubrir qué hay por delante de los sonidos de la noche. No parece tener miedo, no parece haberlo tenido nunca».
***
Debió de ser eso —ese grupo de cosas, de suposiciones— lo que me despertó en el último tramo de la madrugada, golpeando con un viento espeso el borde de la casa. Sería aquello que me forzaba a recrear preguntas, a tantear con una mano la prosperidad, el afán que el negocio dejaba ver solo en un momento del año. Debo haber soñado después con una flotante boca pequeña y un lunar muy cerca, todo metido dentro de un vestido floreado, veloz, muy suelto.
Pudo haberse sentido acorralada por la bastedad del lugar, por los olores frescos que se desprendían del río, insinuándole un posible destino sí decidía quedarse. Pudo haber estado perdida, tal vez haber pasado pidiendo permiso para tomar algunas muestras, datos, medidas. Tal vez llamó a la puerta de casa, alguno de estos días antes de que mamá viajara a Córdoba, mientras yo estaba en el negocio.
El sol seguía entrando, rompiendo los hilos de humedad pegados a las paredes. Desde la ventana se notaba el rincón donde debí haber estado parado la primera media hora, observando a la gente saltar del transporte, estremeciéndose por las necesidades de algo, notando el lento paso de la noche por los sonidos del fondo.
***
René arrimó unas sillas y charlamos brevemente, bostezamos, fumamos de un mismo cigarrillo. Alcancé a sentir que mi amigo terminaba de vencer el ritmo de necesidades que llevaba la mayoría. Estaba comenzando a tener ideas propias, a dejar de repetir frases y arrastrar las puntas de los zapatos sobre el pasto.
—Creo que todos se vistieron parecido a propósito, para tener libertad de pasar vergüenza y que les cueste reconocerse luego en el pasillo del hotel —comentó, clavando los codos en las rodillas—. Ese de ahí —me dijo—, a ese hay que seguir emborrachando para que los mantenga a todos entretenidos, el del bigote recortado ridículamente.
Habíamos colocado mesas dentro y fuera, islas de sillas blancas, ubicadas para dar espacio a ver las sombras de las montañas, muchos juegos de servilletas que envolvían las botellas de vino y ocultaban la etiqueta. Todo orbitando alrededor de esa noche, donde se había creado —de repente— un pequeño mundo de collares con perlas de plástico, cargadas de olor a piel; con caderas de todos los anchos, forradas con vestidos o pantalones, chaquetas y formas de afeitarse muy similares. Todo parecía resumirse en sus expresiones de aventura, saltando de ceja en ceja, simulando risas largas que se ahogaban de golpe.
—Me parece que ahora es momento de hacer el sorteo —comentó René, mirando aguerridamente al lugar de mayor población, algo ajetreado, como intentando contener la ansiedad previa a una desobediencia—; como dijimos, yo me subo a una silla, vos sosteneme la canasta con los números mientras los saco y voy cantando.
Luego del sorteo la noche acompañó con sonidos y una temperatura soportable. René, más tranquilo, pudo desinteresarse de que alguien se quejara, nombrara las elecciones o la política, y disfrutó perdiéndose entre los alborotos de las rondas. Mientras, yo aprovechaba para buscar con la memoria y la vista a la chica, imaginarme su tarde, sus manos como de hombre pequeño. La proyectaba sosteniendo el plano del pueblo ubicando el hotel, la plaza, las casas angostas y profundas. Atendería la forma venosa de los caminos, iría trazando —desde la ruta, con un lápiz— los lugares al fondo de los campos, donde habría de divisar potenciales indicios. Y mientras yo no pudiera encontrarla, recordaría la tarde en el pueblo, la mujer entrerriana con la que hicimos negocios, delgada y feliz con su sombrero, planeando ficciones en su mente.
—Yo me encargo de agradecer la colaboración del intendente, pero mínimamente, sin explicar mucho, sé que te molesta hacerlo quedar bien, a mí también —dijo René.
—Tenemos que regalar cosas chicas, para que les den ganas de llevarse algo más —dije, pensando en los ceniceros en forma de montañas, en portarretratos hechos de ramas.
***
—Nos encanta Sudamérica, un hermano nos contó y simplemente vinimos —nos decía una pareja francesa, y volvían a reírse por alguna gracia de René—. Este lugar es hermoso.
—Estoy de acuerdo con usted, patagónicamente hablando —respondí, mientras seguía buscado a la chica, su piel blanca e impermeable, sus manos pequeñas, convertidas en fuertes por su tal vez oficio paleontológico.
«Si puedo hacer el intento de recordar algunas conversaciones con los invitados antes de que se fueran, puede que de a poco aparezca su voz entremezclada, cambiando, como la de una persona que madura repentinamente».
Me molestaba no poder formar por completo su rostro, ni imaginarme su mirada, tampoco suponerle algún peinado original —entre las muchas cabezas batidas, que circulaban cuando comenzaba la noche, mientras llegaban y entraban al frío—. Esperaba en algún momento verla caminar entre la gente, reconocerle el andar dentro del vestido, los hombros punzantes, la forma que tenía la espalda al girar cuando algo le llamaba la atención.
Atendí a las personas, noté que me había vuelto un conciliador nato, un mediador. Lograba con humildad, entre charla y charla, hacer brotar el amor entre dos personalidades. Seguramente —pasado un largo rato, al final de toda esa noche— llegué a casa, entré al cuarto y me desplomé sobre la cama, sin cerrar los postigones de la ventana.
El comienzo de la idea
Aquel escaso calor de la tarde comenzaba a morir paulatinamente, se iba junto con los recuerdos aflorados del fin de semana, de la gente, de los comentarios y deseos que nos ocuparon a René y a mí. Ese mismo ambiente espeso que me despertó, que nos arrimó la tormenta para que nos fuéramos, traería por delante la primera humedad de la primavera. Vendrían nuevos temporales, provocaría irregulares vientos que torcerían las ramas de las plantas, que agitarían los carteles con la leyenda FACAUDI INTENDENTE.
Me resolví a dormir, a centrar un único pensamiento lúcido, que iba a rondar en la idea del domingo circulando lento, como las gotas de un suero. Trataría de reunir elementos para hacerlo distinto, alguna nueva responsabilidad que debía emerger para superar al simple hecho de ir y abrir el negocio, llegar dos minutos antes o después que René y apoyarnos en el mostrador, fumar y tomar café. Atendería la vereda y el ritmo de la gente, alzaría en algún momento el cuerpo para correr cajas y demás porquerías, que disimulaban la mancha de humedad de la pared.
***
Pensé en las muchas botellas y servilletas dentro de las bolsas anudadas, esperando contra la pared de la galería, en vísperas de estallar en el nuevo basural, promesa electoral. Y mientras escuchara la espesura del viento húmedo adherirse y despegarse de las ramas, filtrarse con el comienzo de la suave lluvia y llegar a los pies como una briza, mientras —en los minutos que tarde en dormirme—, pensaría sin mirar, apuntando con los ojos cerrados a la pared, al lugar donde iría el cuadro con la foto, el medio día o la tarde que ilustraba el pequeño pueblo.
***
Más fresco que yo había estado René aquella mañana de lunes, antes de que inventáramos la fiesta. Estuvo pensando, revolviendo papeles del centro de los cajones, sin resolverse del todo a actuar y deshacer el embrollo económico que siempre amenazó significar el negocio.
—Preferiría que el caño no sea nuestro —rezongó.
—Será cuestión de preguntar, y de romper —contesté, atendiendo el murmullo de las sombras indecisas en la vereda.
—¿Cuánto cuesta medio metro de caño?
—Puede ser más —repuse.
—No pienso gastar más, medio metro tiene que ser suficiente; necesito fumar, nunca es demasiado temprano para fumar, ¿no?
Me había puesto a pensar en el geriátrico vecino, en la sala contigua al otro lado de la pared. Trasladé dimensiones, lugares habitualmente transitados y desocupados, el color de la pintura en la pared humedecida, le agregué un tocadiscos, dos o tres álbumes.
—Hay que ir, estamos en falta después de todo —comenté.
La sombra que había estado intranquila, que pensaba qué palabras decir al pasar, comenzó a entrar, se paró muy decidida, pero con rostro abandonado, como desahuciada recientemente. Tenía un sombrero torcido y grande, una demora lagunosa en hablar, presentaba en partes una cara delgada, comenzando a llenarse de a poco con aire y sangre. Llevaba un vestido largo que parecía haber sido un camisón, elegante, atado con un cordón de algodón; cargaba en la mano un libro, divido a la mitad por un lápiz.
—Buen día, ¿tendrán velas? —preguntó, y el rostro recuperó del todo su forma habitual.
—Tenemos —contestó René, haciendo revotar las palabras, como atrapado detrás del mostrador.
—Tenemos, por su puesto señorita, ¿de qué tipo querrá? —dije, mientras me acercaba a la rectitud de su cuerpo, que parecía poder erguirse todavía un poco más. De cerca era, efectivamente, intensamente alta, el vestido no le resultaba largo ni ridículo.
Noté que llevaba pendiente una fuerza en los brazos, una forma de despecho, y el rostro se volvía más joven cuando un bucle se le desprendía al hablar y le tapaba un ojo. Deseé, inmediatamente, correr el riesgo de sacarle el sombrero y contemplar su cabeza completa, las orejas cubiertas a ambos lados por el color cobrizo del pelo.
—¡Ah!, cualquiera, quiero decir, unas velas simplemente, normales, de las blancas. —La espontaneidad, como suele ocurrir con la mayoría de las personas, le sentaba bien, le aclaraba la voz y estiraba todavía un poco más su cuello—. Veo que tienen muchas cosas aquí.
Pensé, «debe haberse arreglado esta mañana, seguro que vino de visita, será el cumpleaños de su abuela en el geriátrico; aunque no es muy joven, su abuela tiene que ser la mayor, ¿quién será?».
—Muchas —interrumpió René—, tenemos todo tipo de cosas madame, algunas talladas con la forma de los cerros que se ven desde la esquina.
Me arrastré hasta el mostrador como un animal, René había dejado cuatro velas ordenadas, junto con un papel de los que usamos para envolver. La mancha de humedad en la pared seguía vibrante, había ganado personalidad, un público. Envolví las velas y cerré el paquete con cinta adhesiva.
—Usted es tanto o más argentina que nosotros señorita —comenté—, pero no puedo dejar de ofrecerle algunos de los mates que sé le llamaron la atención cuando entró. Verá, por acá pasan alemanes, americanos, muchos franceses, y se llevan mates, les resultan simpáticos, hacen algunos comentarios divertidos mientras les explicamos cómo usarlos, pero lo cierto es que no simboliza nada para ellos, no como a una argentina.
—Me entretiene escucharlo, aunque no estoy interesada, por qué no tomo otra cosa que no sea agua, y fría. —Había comenzado a reírse, mientras, acomodaba el cuerpo sobre el mostrador para charlar. Sentí venir un presagio, como se percibe la brisa envuelta en humedad que llega primero que la tormenta, una suerte de temporal en sus ojos relampagueantes.
—No es el mate, señorita, no es usted en realidad —hice una pausa para dejarla respirar—, ya no se trata de su pasado, lo que ocurre es que no se reconoce a usted misma haciéndolo; tiene que darle tiempo, una oportunidad a la tradición nacional. —René se había metido dentro del cuarto del fondo, pisando cajas y cartones, corriendo de un lugar a otro el colchón que a veces usábamos cuando uno de los dos se quedaba a dormir para abrir temprano.
—Yo conozco a los de su tipo. —Se afiló el labio inferior con el roce de un dedo, miró las velas envueltas, como queriendo anunciarme lo que significaban—. Quieren vender todo lo que puedan a todo el mundo, cosas que no nos hacen falta; bueno, es su trabajo.
—¿Puedo preguntar qué está leyendo? —dije.
—A mí misma —respondió, explosivamente, dejando que algo se le dibujara en la expresión—. Usted creerá que soy un poco engreída, no es así, me gusta creer que no. Verá, soy escritora, este es mi primer libro, mi marido lo sabe, ¡arj! mi marido; discúlpeme, quise decir que mi marido sabe lo mucho que me importa la literatura.
—No entiendo —me apuré a decir. René dejó de hacer ruidos en el cuarto; la mancha, libre de cajas, resultaba más negra, más profunda, parecía que mantenía en paz la tensión entre los dos ambientes.
—Verá, mi marido es comerciante, conoce mucha gente. El año pasado terminé el libro y me contó acerca de un conocido suyo que tiene una editorial, ¿sí?, ¿entiende?; entonces él le habló de mi libro y su amigo me propuso publicarlo.
—Felicitaciones entonces —le dije, mirándole las manos, los hombros, el busto vibrando de enojo.
—Si, si, gracias. Pero el problema es que este amigo de mi marido, ¡arj! Mario..., Mario...; resultó ser un chanta. —Miró a la calle dándome su perfil derecho, pasándome muy cerca con el filo del sombrero.
—Un chanta —repetí, ayudándola en la idea.
—Sí, un chanta; es que la calidad de la edición no es lo que hablamos, ¿sí?, ¿entiende?, las hojas, el encuadernado, y hasta tinta, ¡arj! El texto tiene errores de impresión por todos lados, los voy marcando, empecé esta mañana, por eso estoy con el libro en la mano, ¿entiende?
—Entiendo —respondí y estiré el cuerpo—, y las velas son para seguir leyendo por la noche, en caso de que se corte la luz del hotel. —Me miró, extrañada, algo sorprendida y asustada, achicando lento los ojos, como si hubiera confirmado una intuición previa: que yo, el muchacho, quien se arrimó con la ligereza de un duende, había salido de alguna parte de sus páginas, del alma de alguno de sus personajes—. En eso nos parecemos, digamos que nosotros intentamos vender cosas y usted sus historias, en el buen sentido de la palabra, darlas a conocer. Como dije, “intentamos” vender, no siempre lo logramos, de esa manera no le hacemos tanto mal al mundo ¿no?, al fin y al cabo, hay justicia.
—Es cierto eso último, existe la justicia. —Volvió a mirar a la calle, esta vez pensando en alguien, su ubicación en algún lugar no muy lejos—. Como le dije, mi marido es comerciante, Mario se llama; le expliqué que por su culpa el libro es un desastre, ¿pero sabe qué?, a él también lo estafaron.
—¿Algo grave? —pregunté, dudé en alzarme un poco en puntas de pie.
—No, supongo que no. A él otro “amigo-cliente” lo dejó plantado, con cincuenta botellas de vino que acordó entregárselas acá, por eso vinimos hasta aquí, y de paso descansábamos un poco —explicó.
—Y ahora no tiene a quien venderle las botellas —dije, casi sentenciando.
Pensé en la historia de la mujer mientras ella asentía y se acomodaba en los zapatos, traté de llegar lo más lejos posible en su pasado, desde niña, la escuela, las amigas que mantuvo hasta la secundaria, algunos novios que conoció en diferentes trabajos, hasta que dio con este último y se casó. Continué, llegué hasta los días en que se sintió harta de su marido, de nombrarlo, de recrearlo peinándose en el baño, siempre de la misma forma y la misma raya. Recorrí las situaciones, como por encima del lomo de un animal, buscando los momentos en que empezaba a mentir, las veces en que la falsedad la motivaba, la tenía amarrada a un costado de la cintura, caliente como un revolver que se estrena. La mentira le hacía cumplir las etapas de la vida, hasta el día de hoy, en que inventaba sobre la vereda —en diez minutos, antes de pasar—, una historia que comenzaba con un libro abierto a la mitad y un lápiz.
Mamá
El tramo me resultó corto, no me dio tiempo a pensar en algo inútil. Cuando salí de la ruta y crucé el portón, escuché el inicio de motores ensimismarse, empezar a retumbar al final del camino de tierra, frente a la puerta de casa. Las luces mostraban la forma del aljibe, el cuarto de Araucano, el a veces sopor de una briza lamiendo el pasto al costado. Tras la polvareda, las amigas de mamá salían con bocinazos, me pasaban al lado, levantando una mano para saludarme. Debajo de la noche lechosa, sentí que todas se parecían a la primera que pasó, a todas les correspondía un mismo origen.
Podía ser una casualidad aquello que estaba a punto de razonar, sabría cómo creer en eso y después quitarle importancia. Podría pasar la noche intentando buscar motivos, sentarme en el centro solitario del living, dar un par de vueltas sobre el remordimiento y salir del sillón a la noche. Pensaría, tal vez, en caminar hasta el río y sujetarme con desesperación a lo que se me ocurra por el camino. Cada uno —René y yo— había notado que el desperdicio de tiempo que implicaba el negocio debía terminar en algún momento. Había que reaccionar lo menos desesperadamente posible, actuar como caballeros, fría e inteligentemente, evitar el momento de elegir el rincón para fumar —donde nos miraríamos de los pies a la cabeza, buscando culpas, oportunidades, una frase importante de consuelo—. Había que hacer algo antes de que la macha de humedad trepara y ganara también el techo.
***
—«Excelente, no van a tener que ir a ningún lado, estamos parando en el hotel de al lado, y el auto, con las botellas, está estacionado al frente; está todo listo. Tengo que decirle a Mario que venga y hable con ustedes, claro».
En el momento en que la mujer se retiró, la tarde se incorporó de su estado y jugó a enfriarse, a dejar soplar un viento helado. La vi salir antes de que pisara la vereda, sentí como respiraba con fuerza y la rodeaba el aire.
Después de ofrecerme nuevamente su nariz en lo alto, me pareció que su apuro por volver, su tono que confundía la frustración de su libro con la prisa por estar de nuevo sobre la vereda, me impedían verle el revelador parecido con una amiga de mamá. Recordé las palabras de René: «hay una telaraña en el picaporte del baño, será que no vamos nunca, será que a nadie se le ocurre pasar».
La mujer había salido golpeando el aire con los hombros, feliz, más llena de tiempo de vida; se había incorporado todavía un poco más, alzando los tacos hacia la puerta. A partir de aquel momento nuestras posibilidades aumentaron, e inmediatamente deseamos que se nos fueran de la mente y de las manos, como si quisiéramos no tener nada que ver con sus consecuencias. Todo podría terminar, al igual que su libro, resignando el buen gusto, perdiendo lentamente las primeras ideas sanas.
***
Llegué a casa, encontré a mamá frente a la ventana, dibujando una figura encima de la banqueta, las piernas enroscadas para un costado. Estaba apoyando la cabeza sobre una mano, fumando, preparándose para bostezar cuando tuviera compañía. La luz del techo se llovía en toda la cocina y moría a mitad del pasillo que daba a los cuartos, dejaba ver el calor huérfano de las sillas, las marcas de codos femeninos en la madera de la mesa. Mamá tenía puesta, en una esquina de la cara, toda la atención del día, reteniendo detalles y momentos, fragmentos de las charlas con sus amigas. Estaba callada, tranquila, de a ratos atendía las apariciones repentinas de los perros, a veces se asomaba un poco para decirle algo a la sombra grande de Araucano.
—“Setters; una raza que habla por sí sola..., Setters”. —Con un ruido separé de la mesa una silla y me senté, encajé un brazo sobre el respaldo y alcé el otro apuntando al techo. Pensé en una figura sanmartiniana, un libertador que nunca haya salido del pueblo—. Hay que jugar con eso: “Setters…”; un intervalo, o mejor, una voz joven, un recién casado, a quien el padre lo pone a cargo del campo, convencido, encantado con la raza, dándose cuenta que fue un muy buen primer paso tener un perro como ese, un compañero fiel en la empresa; “Setters” estirando la ere, no mucho. O puede ser alguien de afuera.
—Da igual hijo, quien sea tiene que sonar convencido, ¿se te ocurre alguien en particular? —Dejó cerca de la puerta del horno la banqueta, se arrimó hasta la mesa, aplastó el cigarrillo en el cenicero buscando el centro.
—Si es extranjero mejor, con acento francés —dije.
—¿Un francés diciendo un anuncio para la radio de un pueblo, ofreciendo un perro? —Hizo un silencio, acomodó el cuerpo para seguir fumando; se volvió a mí de repente, como si le hubiera dado asco olfatear los restos del humo que circulaba—. Me gusta la idea, pero nada de extranjeros. Vienen de vacaciones, no a trabajar, ¿no te parece?
—Claro —respondí, llevándome la mano a la cara—; suena a experiencia, a un momento vital, “llega un momento en la vida de toda persona en que debe tener un Setter”, no, mejor “se enamora de un Setter”.
La figura de Araucano seguía trabajando, terminando el día, haciendo sonar los hombros cerca de la ventana. Yo lo podía ver, me podía dar cuenta de su rato previo fumando, sentado en un tronco, tratando de escuchar pasos encima de ramas, el lugar en donde la noche buscaba morir en secreto. Mamá se incorporó, sacó una tarta del horno, la dejó cortada sobre la mesa; puse platos, cubiertos y vino. El comedor respiraba el aire que entraba, y yo sentía el lento arrastre de la humedad que debajo de las hojas traía el viento, aquella forma animal de la noche.
—Hoy se arrimó una mujer al negocio —comenté, mirando el plato lleno—, al principio me recordó mucho a alguna de tus amigas: la manera en que se viste, la seguridad de estar en lo correcto, el odio al marido.
Se rio, largó a tiempo otra risa como refuerzo.
—No los odian —me respondió, entre risas—, juegan a odiarse; es distinto.
—Pero si no hablan de otra cosa cuando se juntan; no creo que ellos hagan lo mismo. —Me paré para buscar agua, observé en el mesón el pequeño cúmulo de copas con restos de vino.
—Hijo, mañana salgo para Córdoba; tenemos que resolver lo de la casa, parece que hay un comprador —comentó, trayendo nuevamente el cenicero sobre la mesa y dejándolo lejos, arrugando un repasador. Le pregunté por qué quería manejar, por qué mejor no se iba en colectivo. Hablamos sobre la casa, sobre aquellos años, pensé en papá y busqué el verdadero significado de mi existencia una vez más. Traje recuerdos y costumbres que lograban hacerse verdad solo aquí, que me impedirían, al morir, nacer en otro lugar distinto.
Pensé en los bienes perdidos alguna vez, en la tragedia económica durante mi infancia. Recordé vagamente las camionetas vendidas, casi regaladas, que ya no estarían propiciando excursiones; en los caballos, en los potros que Araucano disfrutaba amansar después de las cinco de la tarde. Dejé que el viento en la ventana se llevara, como siempre, aquella ajenidad que sentía de todas esas cosas que alguna vez avivaron las rutinas de la familia.
—Vuelvo con la tía —contestó rápido; yo sentía salir, apenas desparramarse y venir, el calor del centro del horno vacío.
—¿Cuándo llegó? —pregunté.
—Anoche. Te manda saludos.
Rocé con la punta de una idea el pensamiento que podía significarme siempre —no solamente esa vez— la tía, la otra versión de mamá. La imaginé llegando un día, siempre volviendo, apareciendo como una buena noticia en el centro del comedor.
Mamá alzó todas las cosas para que yo no hiciera nada y dejó pasar el tiempo, como una herida o un eco; me habló, dándome la espalda, usando palabras que evocaban otra época. Me di cuenta que iba a pasar un rato más en el comedor, a solas, fumando bajo una única luz. Haría circular la mente en la noche, pensando en los lugares; iría de a poco poblándonos de personas, de sus rizas y fracasos. Probaría dar unos pasos, jugando a estar en Córdoba, recreando la cuadra, el grupo de amigas que se parecían a ella y a la tía. Repasaría las charlas significativas y reveladoras, los rostros púberes de los primeros varones del grupo, vecinos, compañeros que fueron madurando en su persona hasta la llegada de papá a su vida. Terminaría el vaso de agua y se iría a dormir tranquila, con el recuerdo vivo del día.
***
Fue una noche como esa, donde se prometió no claudicar, cuando se llenó la mitad del cuerpo de ideas positivas con tan solo un respiro, profundo y agotador, mientras todos dormían. Se habría hecho en secreto, esa vez, una promesa que seguiría vivía si la recordaba cada principio de año, en cada visita a Córdoba. Supo reconocer lo importante, darle la bienvenida, estar con el recuerdo de papá, con ese hombre que irrumpió en su vida —lentamente, al ritmo de las cartas—. Recordaría el negocio (ahora en decadencia), la ayuda de Araucano, la gente del pueblo, a mí, a mis amigos, a los turistas más simpáticos. Pensó en los años, las estrategias para la distancia, las idas a Córdoba, pasar por el cine, los abuelos, los tíos. Yo podía sentir que me bastaba con eso para tener un origen doble, un lugar donde saber caer de espaldas.
La ocurrencia
Con René lo habíamos vivido, estuvimos muy cerca —respirando el alquitrán de los cigarrillos sobre la vereda— sin darnos cuenta del brillo, de aquella claridad que salía por debajo de la puerta. Por lo general era a las seis y duraba lo que tardaba en pasar alguien dentro, un sobrino, un nieto.
Eso había hecho caer a mi amigo en aquellos espacios de incertidumbre y desasosiego, que amortizaba dentro del negocio, de perfil, sin moverse del mostrador o sentado en la vereda. Podía atender el diálogo que me daba apoyado en la puerta, ver cómo le mostraba la espalda al recuerdo de la mujer parada cerca de las estanterías, charlando conmigo —la manera en que blandía el libro, el modo en que se lo acercaba como un puñal y lo alejaba con desprecio—. Y hasta me parece que puedo olerla, que le descubro su perfume —combinado con el olor del pelo encerrado en el sombrero— saltando desde el cuello apenas empezó a hablar, solidificándose, marcando los límites próximos de su cuerpo y el mío.
Él no tenía la culpa, apenas le era propia la inercia, la costumbre que lo iba llevando todas las mañanas a abrir sin fuerza el negocio. Mi amigo se había prometido, en algún momento —desde el asiento de la chata, hasta los pedazos de veredas flojos antes del negocio—, pensar en esas veces como las últimas, sentir que estaba viviendo el final de la historia de la empresa, aquello que nunca contaría a sus hijos.
Su imaginación, una injusta representación irónica, lo había llevado a la fuerza a que se proyectara un cuerpo ancho, que pasaría por la puerta —como una sedentaria irrupción—. De manos y cadera fuertes, que entraría enérgica, saludando desde la base de la garganta. Se acercaría sonriendo, con la boca a medio abrir, agitando un monedero dentro de la cartera. Él, normalmente tendría que ofrecerle algo de la tienda; entretenido con sus ojos, le pediría que le repita lo que dijo. Se mirarían las manos, harían suposiciones sobre el pasado breve de cada uno. Tomarían sin apuro lo que él sacara de la bodeguita, cuando ella echara desde los zapatos todo el formidable peso del cuerpo contra el mostrador. La charla finalmente moriría cuando florezca la idea de ir a recorrer el pueblo.
***
Yo había comenzado la mañana en el banco de la plaza, buscando el calor irregularmente distribuido, la bastedad del asiento consumida por el brazo estirado. Sentía latirme en la espalda la vida de los árboles de la plaza, el incipiente fragor de nuestra discreta intendencia comunal, el edificio beige, la puerta principal, pequeña y desmotivadora. Podía presentir los ruidos de papeles y golpes de cajones del primer piso, pasos, tazas apoyándose en los escritorios, los movimientos que la repetición les obligaba a dar a cada uno.
