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Tayson, nacido y criado en un barrio de inmigrantes en el São Paulo metropolitano, regresa con su familia a El Alto, en Bolivia, tierra de sus progenitores. Su primo, el innominado narrador de la novela, recibe al retornado, que pronto se sumerge en… ¿un proceso de asimilación?, ¿en una búsqueda del yo y de la identidad comunitaria?, ¿en la añoranza por el Brasil perdido?, ¿en el deseo de ser aymara? El Alto, que junto a La Paz forma una inmensa metrópoli, encrucijada de tiempos, ancestral y moderna a la vez, es el escenario de esa exploración que lleva a Tayson y a su primo por el dulce infierno de la pubertad y la adolescencia, un viaje de iniciación que, a ritmo de k-pop y cumbia andina, discurre entre luces de neón y monolitos preincaicos, entre una telaraña de barrios encaramados a desfiladeros y el bullicio de los mercados tradicionales. De fondo, el futurista y psicodélico perfil urbano de los cholets. Estamos en la Bolivia chola e indígena y, por ello mismo, lanzada al torbellino de lo contemporáneo. A través de una sucesión de miniaturas de elevada intensidad poética, Seúl, São Paulo logra situarnos en el lugar de los cruces imposibles y las paradojas, de lo irresuelto, de lo que no acaba de sentirse a gusto en su propio pellejo. Las voces que tejen esta novela piensan, reflexionan, juegan con las palabras de la lengua española, las trituran en el mortero aymara y les extraen un jugo nuevo: el jugo de la literatura que viene, que ya está aquí.
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Seitenzahl: 164
Veröffentlichungsjahr: 2023
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LARGO RECORRIDO, 185
Gabriel Mamani Magne
SEÚL, SÃO PAULO
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: marzo de 2023
DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez
MAQUETACIÓN: Grafime
© Gabriel Mamani Magne, 2019
c/o Agencia Literaria CBQ SL
© de esta edición, Editorial Periférica, 2023. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN: 978-84-18838-74-3
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
ese cuerpo desde El Alto o Llojeta
ese cuerpo definitivamente en tu deseo
BLANCA WIETHÜCHTER
En la sala hay un monolito. Siempre estuvo ahí. Llegó antes de que la abuela naciera y probablemente sobrevivirá a todos nosotros.
Está empotrado en el suelo.
Mide uno cincuenta.
Su color es el del cemento húmedo.
A veces dan ganas de rezarle.
Quien puso ahí al monolito no pensó que las futuras generaciones inventarían algo llamado televisor, pues lo acomodó justo en el centro de la sala.
Pienso en todas las cosas que podríamos colocar en su lugar. Una mesita para las revistas. Una alfombra para que mi sobrino juegue con sus dinosaurios. Un televisor LED.
La abuela me contó que, hace muchos años, nuestro monolito fue famoso. Científicos de todo el mundo venían para sacarle fotos. Uno de ellos, incluso, ofreció bastante dinero a cambio de llevárselo a un museo.
Mis abuelos rechazaron la oferta. Creían en las maldiciones. Todavía creen: por eso no se deshacen de él.
De niños, mi hermana y yo convocábamos a los vecinos y hacíamos una ronda alrededor del monolito. Años después, cuando ella se puso de novia con quien sería su futuro marido, descubrí que, en la parte anterior de la estatua, a la altura de las piernas, alguien había tallado un corazón dentro del cual se leían las iniciales de los enamorados.
Tuvo tiempos mejores el monolito.
Lo llamamos Tunupa.
Pero nada de eso importa realmente.
Tampoco, el hecho de que Tayson le tenga miedo a Tunupa y que a veces sueñe con él.
Divago mucho. Me pierdo todo el tiempo. Viajamos en un minibús repleto y la cara de mi primo tiene esa expresión que siempre me desconcierta. De felicidad y tristeza. Todo al mismo tiempo. Feliz y triste, como ese 9 que es goleador del campeonato pero no tiene a quién dedicar los goles.
El minibús avanza lento y al otro lado de la ventana las mujeres organizan sus comercios. Sábado de mayo. Mañana fría. Las botas me incomodan. El uniforme de premilitar me queda chico. Observo mi apellido bordado en la blusa y saberme mejor que los desertores me llena de un orgullo fugaz.
Llegamos.
Nos cuadramos frente a un antiguo, ingresamos.
Las mañanas en la base aérea contagian una paz que sólo se desintegra cuando el suboficial Sucre aparece. Seis y media de la mañana; los pajaritos cantan. Azul, naranja, lila: el cielo a medio hacer.
A Tayson le gusta la base aérea. Le gusta El Alto, su geografía. Dice que aquí uno tiene derecho al horizonte. Miras y miras, dice en un castellano gangoso, y todo es pampa. Miras y miras, sigue diciendo, y, si miras más allá, el horizonte. No es como en La Paz –esto lo pienso yo–, donde las montañas, cientos de ellas, te hacen sentir rodeado y te hacen pensar que escapar es imposible.
Saludamos a los camaradas. Uno de ellos, Pacheco, nos pide prestado un poco de hilo. Necesita coser un botón de su blusa. Si me ven estoy jodido, dice. El suboficial Sucre es un obsesivo del uniforme.
Yo tengo hilo en un neceser pequeño que guardo en el bolsillo lateral del pantalón. Pero, como Pacheco me parece un cojudo, por mí que lo muelan a palos.
Tayson no piensa así. Busca en su morral: nada. Pregunta a Chuquimia, a Aróstegui, y nada. Entonces se arranca un botón de la blusa, desprende el hilo y se lo entrega al camarada.
Gracias, dice Pacheco, sorprendido.
No será lo más loco que Tayson hará ese día. Mientras el sargento Bohórquez da el parte con esa voz de fumador derrotado, intento adivinar qué ideas se calientan debajo del quepí de mi primo.
Para entender lo que Tayson hará esa tarde hay que retroceder algunos años. Hasta su nacimiento: Tayson nació en São Paulo, Brasil, el mismo día que Bolivia jugaba la final de la Copa América de 1997. El partido era en La Paz; el rival, la canarinha de Ronaldo. Mi tía Corina, su madre, habla sobre el miedo que le congeló el cuerpo al notar que los enfermeros llevaban audífonos en los oídos.
Me daba miedo, dice. En ese país todos están locos por el fútbol. Peor que aquí. Capaz y por escuchar el partido el médico cortaba algo que no debía cortar. Capaz, si Bolivia ganaba, por venganza, los enfermeros aumentaban la temperatura de la incubadora y tu primo salía quemado.
Pero Bolivia perdió. Tayson no se quemó.
Al contrario: nació más claro que el resto de la familia Pacsi.
Su infancia fue una batalla constante entre la lengua de sus padres y la lengua de su pasaporte. Mucho portuñol. También algo de aymara. La familia vivía en un barrio de bolivianos, entre tucumanas y pollos a la broaster. Era El Alto en Brasil, cuenta el tío Waldo. Era como si nunca hubiéramos pasado de la Garita de Lima. Mi compadre –sigue el tío Waldo– tenía una peluquería en Coímbra. Igual que en la Pérez: podías escoger entre firpo u honguito.
Contra todo pronóstico, mi primo escogió ondularse el pelo.
Tenía trece años, la edad en la que se deciden muchas cosas:
se hizo corinthiano,
se puso a trabajar,
decidió que se enamoraría.
Agarro el mapamundi y veo la ciudad natal de mi primo: me cuesta asimilar que alguien pueda nacer tan al oriente. Tan cerca del mar, tan sin aguayos. Tayson me contó que su primer beso fue con una boliviana recién llegada al Brasil. Se enamoraron, se hicieron daño. Tayson dice que la superó al rato. Miente. Una vez, mientras bebíamos con unos camaradas de la Fuerza Aérea, me confesó que luego de la boliviana sólo tuvo dos novias más. Ambas brasileñas. Con la primera duró dos meses; con la otra, menos de una semana.
Culpa de la boliviana, dijo mientras me mostraba una foto de ella en su teléfono. Ahora no sé amar en portugués.
Y Tayson consiguió el mejor trabajo del mundo. Pero antes tuvo que pagar su derecho de piso en el taller de su padre.
El tío Waldo cuenta que Tayson era bueno con la máquina de coser. Lo malo era ese celular, dice, distraía a tu primo, distrae a todos. Me acuerdo de cuando los celulares parecían marraquetas. Puta que pariu, era mejor dejarlo así.
Todo cambió el día que la tía Zulma (boliviano-boliviana) le dijo a la tía Ana (boliviano-brasileña) que al parecer Tayson había heredado algunos rasgos de su abuela Nilda (boliviana de nacimiento, argentina por el padre, italiana en sus sueños). La tía Corina observó a su hijo y dijo que sí. Tiene su tez.
Fue así como Tayson entendió por qué su vida siempre había sido más fácil. O menos difícil: si lo jodían en el colegio era porque era el más chismoso de todos, no por boliviano. Si las universitarias sensuales que subían al metro evitaban sentarse al lado del tío Waldo, con Tayson no había problema: una vez, incluso, una rubiezota de Pinheiros se acomodó a su derecha, se desabrochó la camisa, desenvainó su monumental seno y dio de lactar a un bebito que vestía un enterizo del Santos.
Estaba gostosa, cuenta Tayson. Desejei ser el bebé.
Su blancura también le rindió frutos a la familia. En aquel tiempo, los coreanos y los bolivianos competían por dominar el área de la costura. Se envidiaban mutuamente. Se plagiaban.
Un boliviano no podía entrar al almacén de un coreano. Un coreano no podía entrar al almacén de un boliviano. Los guardias de los locales –brasileños, siempre– la tenían bastante fácil.
En eso nos parecemos a los asiáticos, cuenta el tío Waldo. Por más que queremos, no podemos esconder lo que somos.
Así pues, entrar a los almacenes de la competencia, comprar su ropa, copiar sus modelos o mejorarlos era un trabajo de espías. O bien adiestraban al comerciante menos aymara de Coímbra y le ponían una gorra con una visera grande; o bien contrataban a un negro indigente y lo monitoreaban desde las afueras del almacén para que no se escapara con la plata.
El resultado –si es que lo había– era una chaqueta tipo bolero que a las dos semanas aparecía mejorada gracias a las manos bolivianas: puños y coderas de tartán, el detallazo de la palabra ARMANI en el medallón del cierre.
Tayson borraría esa burocracia con sólo mirarse al espejo.
En su primera incursión en tierras coreanas, además de un cupón de descuentos, se ganó el número de la dependienta más linda.
Playboy. Siempre que cuenta la historia, Tayson utiliza esa palabra: playboy. Así se sentía por aquellos tiempos. Como un playboy. Muy diferente a lo que es ahora. Un premilitar con las mejillas p’asp’as. Un bolibrasuco perdido en Bolivia, sin mujer y sin plata, y con ganas de gritar.
Saludaba al guardia. Entraba a la tienda. Escogía una vendedora. Conversaba con ella. Le hacía el charle –gosta do forró?– y se daba el lujo de mandarla a rodar sólo porque una mulata con cintura de avispa le había hecho ojitos desde la sección de zapatos.
El coreano dueño del local lo saludaba desde la caja. Tayson le respondía con una sonrisa. La sonrisa más hipócrita del mundo, pues, detrás de esos dientes parejos y blanqueados, su lengua peleaba por encontrar una ranura y soltar todo eso que la colonia boliviana quería gritarle a la cara a los coreanos: chinos de mierda, ¿por qué no vuelven a su país?
Pero no era por nacionalista, aclara Tayson. Era la costumbre. Me gusta Corea. Me gusta su cultura.
Una sonrisa pícara ensancha su cara siempre que recuerda esos días: pese a los años, la felicidad generada en aquella época todavía le alcanza para liberar algunas dosis de endorfinas.
En el barrio lo recibían como a un héroe. Bajaba del taxi, mostraba el botín –bolsas de shopping, decenas de ellas– y todo el mundo –niños, costureros, comerciantes– se aproximaba. Igual que grupis que sin querer se han topado con su cantante a la salida del cine. Igual que las palomas de la plaza Murillo cuando oyen el chasquido del maíz impactando contra el suelo.
La tía Corina lo recibía en casa con un plato de su comida favorita. La tía Ana le preparaba gelatina con crema chantillí. El tío Waldo abría una lata de Skol –la primera de tantas– y brindaba porque su hijo era un fodão y porque Corea no era rival para Bolivia.
Hasta tenía una tarjeta de crédito, cuenta la tía Corina. Y además tenía novia, agrega Tayson.
Con quince años, muchos chicos están boludeando frente a la cámara delantera de un celular; con quince años, mi primo ya había decidido cuál sería su destino y qué pasos seguiría para llegar a él: haría tratos con los peruanos, con los turcos, con los demás bolivianos, ahorraría plata, se casaría, se largaría a Río de Janeiro.
Mientras revolvía en los últimos lanzamientos de la temporada otoño-invierno, Tayson imaginaba que ese vientecito producido por los ventiladores del local era la brisa del fin de la tarde en Ipanema.
Me lo cuenta con esas palabras: pensé que estaba en la playa. Se compraría un coche, trabajaría como taxista, estudiaría para arquitecto.
Tendría un hijo, al que llamaría Ayrton, y jamás se acordaría de São Paulo. De su frío, de su garúa, de sus edificios de mierda.
Estaba en esas alucinaciones cuando el coreano le tocó el hombro.
Bolivianos não, le dijo el asiático.
Tayson no entendió nada.
El coreano hizo una señal con las manos: un dependiente se acercó a ellos. Con tono amable, el muchacho le pidió a Tayson que por favor devolviera todas las prendas que había separado.
Lo tomó del brazo, lo acompañó hasta la puerta.
Era la primera vez que sucedía. Ya en el taller, luego de escuchar lo ocurrido, el tío Waldo tuvo una crisis nerviosa. El negocio está arruinado. Putacarajo, justo ayer me han aprobado el préstamo para el carro.
Al llegar a casa, mi primo se encerró en su cuarto y estudió su rostro frente al espejo.
¿Sería la adolescencia? ¿Sería que Bolivia empezaba a florecer en su cuerpo, junto con el acné y esos pelos finitos que le crecían en la barbilla?
Dos días después, las cosas se calmaron. El tío Waldo y Tayson fueron a pasear a la feria de bolivianos. Se alimentaron bien. Se emborracharon. (Era la primera vez que mi primo bebía; desde entonces, asocia la cerveza a la bolivianidad, la bolivianidad a su padre, su padre al trago: un círculo sin fin.)
No te preocupes, dijo el tío Waldo mientras llenaba el vaso, debe de ser por el sol.
…
Has ido a jugar fútbol, ¿no?
Sí.
Entonces es eso. El sol te ha quemado. Estás más moreno. Punto.
Pero no es cuestión de color, pensó Tayson. Sólo por si acaso, compró el protector solar más caro que halló en la farmacia y se lo aplicó a diario durante una semana. No funcionó. Una vez más, mientras revolvía en la sección de jeans, el coreano le tocó el hombro y le dijo que los bolivianos no eran bienvenidos. Esa vez, quien lo escoltó hasta la salida fue la mulata bonita.
Cuando el tío Waldo lo vio regresar al taller sin las bolsas de shopping, con una sonrisa que rumiaba una resignación, le dijo:
Ahora que eres boliviano: ¿Tigre o Bolívar?
Miro a lo lejos y diviso los aviones en reposo. Siempre que los observo, me acuerdo de los juguetes con los que jugaba cuando era niño. Hoy, sin embargo, no sé por qué, mientras el suboficial Sucre revisa el largo de nuestros cabellos y el lustre de nuestras botas, miro a lo lejos y pienso en un ave. No en cualquier ave. Una garza. Un pavo real. Esos aviones lucen tan dignos como una garza o un pavo real. Qué elegancia la de su cola. Un antiguo nos ha explicado que su función es controlar el picado y la guiñada del avión, pero a mí me parece que los fabricantes las hacen así para darle más respeto a los aviones.
Once de la mañana. Salvo el sonido de las botas de Sucre, todo lo demás es silencio. Ni siquiera hay viento. La tricolor parece un trapo sucio secándose bajo un sol temeroso. El asta que corresponde a la wiphala, como siempre, carece de bandera. El comandante Loza ha dicho que es porque la están lavando, pero toda la vida la están lavando.
Sucre es más honesto. Qué bien que no haya wiphala, dice. Esa bandera parece de maricones.
Tayson milita en una compañía distinta a la mía. En vano estiro la cabeza e intento divisar su quepí. Yo soy Charlie y él es Alfa. Él es comandante de escuadra, y yo, fusilero granadero 1. Nos encontramos cuando no nos buscamos, siempre sin querer, a la hora del rancho o del jaripe, sin previo aviso, y, cuando eso ocurre, Tayson sonríe con ese estilo tan suyo, tan brasileño, irrepetible: la única vez del día en que su felicidad parece no estar contaminada por ese algo que hace de su cara una imagen incompleta, un rostro a medio hacer.
Sucre examina mi escuadra. Su cara frente a la mía. Cómo me gustaría ponerle un Alka en la boca; cómo me gustaría escupirlo.
Rasurarse mejor, mono, me dice mientras me acaricia la barbilla, rasurarse mejor.
Bohórquez se encarga de la compañía Bravo, mientras que Sucre pasa directo a la Alfa.
Un vientecillo estremece los bordes de la bandera. Una vez más, me distraigo con los aviones.
Cuando devuelvo la mirada al centro del patio, Tayson está haciendo flexiones a la vista de todo el batallón. Sucre cuenta en voz alta: siete, ocho… quince. Al llegar a treinta, ordena que se ponga de pie.
Ahora lo comprendo: Sucre ha notado que a la blusa de Tayson le falta un botón, y eso lo ha enfurecido. Nada fuera de lo común. Sucre es de los que piensa que toda guerra se gana primero con la pinta. En parte lo comprendo, pues de todos los superiores es el que más coge con las damas premilitares Aunque, en el fondo, tanta obsesión por la apariencia se me hace sospechosa: una vez, mientras limpiábamos su cuarto por órdenes suyas, mi camarada y yo encontramos debajo de su cama varios potes de cremas antiarrugas. Se lo contamos a un soldado y nos dijo que nunca encontraríamos algo así en el dormitorio de los reservistas. Debajo de mi cama tengo la radio, la petaca y las revistas de peladas. Eso nomás.
Inventarse un botón, ordena Sucre.
El suboficial y mi primo se miran frente a frente. Tayson, que es alto y mastuco, de espalda de ropero, como dicen, tiene que inclinar la cabeza para no perder la mirada del otro.
Sucre, aunque bajito, impone respeto sólo con su silueta.
(Dicen que ejercita su cuerpo con los fierros de un antiguo riel que solía pasar por la base aérea. Dicen que ha tirado con la Crespo, la premilitar más linda de todo el batallón. Dicen que lo han hecho en el hangar del avión Sabreliner y que un sarnita ha filmado todo y que el video circula en la red. Por supuesto que lo he buscado: cuánta plata habré gastado en el café internet que está a la vuelta de mi casa intentando ver las tetas de la Crespo.)
Inventarse un botón, repite Sucre.
…
¡Inventarse un botón, carajo!
Pero Tayson se inventa otra cosa.
Cada día estás más boliviano, le decían sus amigos brasileño-brasileños para molestarlo.
Tayson no hacía caso. La realidad, sin embargo, se encargaba de escupirle su bolivianidad directa a la cara: el tío Waldo lo degradó a vendedor de shorts en el centro de São Paulo; las mujeres –las negras, las mulatas, las chocas, las asiáticas, las gordas, las flacas, las congoleñas, todas– lo miraban de un modo distinto o simplemente ya no lo miraban.
Todo pasó bastante rápido. Y, como la desgracia tiene algo de fila de dominós dispuesta sobre una mesa coja, el resto de la familia Pacsi también experimentó su propia tajada de crisis.
Ninguno de los primos sabe a ciencia cierta qué sucedió con el negocio de la costura, pero una tarde el tío Waldo entró al cuarto de Tayson y le dijo que se iban a Bolivia.
¿Por qué?, preguntó mi primo.
Allá está la plata, respondió el tío Waldo.
Tayson llegó a La Paz en el invierno de 2013. Tenía dieciséis años. Además de los tres grados bajo cero de las madrugadas andinas, dos fueron las cosas que lo marcaron para siempre:
1. Tunupa y su expresión de serenidad.
2. La inexistencia de un McDonald’s.
¿Cuál es la capital del país?
La Paz.
¿Contra quién ha sido la guerra del Pacífico?
Paraguay.
¿Cómo se llama el vicepresidente de la República?
¿Hugo Chávez?
Por ésa y por otras razones, el tío Waldo obligó a Tayson a hacer el servicio premilitar en la Fuerza Aérea. Vasaprender historia, dijo. Vasaprender a ser un buen patriota. Ahí no hay tu tía. Si no sabes algo, jaripe. Si te atrasas cinco minutos, al chancho.
Querían meterle la patria a palazos. Pero Tayson no se dejó. O si se dejó fue sólo un poco. Lo suficiente para memorizar algunas fechas importantes, pero no tanto como para pelearse con un peruano por la paternidad de la zampoña.
Sucre es de los que se pelearía. Lo sé por el modo en que mira a Tayson siempre que éste pasa cerca de él. Hay algo ahí que sólo descifraré cuando yo también me convierta en un extranjero, una mirada que todavía no es odio pero que persigue a mi primo adonde quiera que va.
¡Pacsi, inventarse un botón!
Pero mi primo se inventa otra cosa:
se quita el quepí. Acaricia su cabeza rapada.
Y, en un castellano casi perfecto, dice:
Quiero mi baja.
