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El haiku, tal como lo entiende la tradición japonesa, es una forma de adoración de «lo sagrado», que se manifiesta incesantemente, y nos provoca ese asombro cuya naturaleza mística se desentraña en estas páginas. Mediante el cultivo del arte poético del haiku iniciamos una vía de contemplación en la Naturaleza y hacia la Naturaleza. No se trata de mirar intensamente ningún objeto, sino de «estar». El mundo es una realidad efervescente que nos ofrece la posibilidad de vibrar con ella, de ser parte del cambio de la transformación del Todo, de la vida que nos circunda y late en nosotros. Y es esencial comprender que esta contemplación no es la contemplación de un «yo» huérfano y abandonado. Si hay algo que nos enseña el haiku es que no estamos desamparados en este mundo, porque también nosotros somos parte del misterio.
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Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Vicente Haya
SHIZEN
Mística de la Naturaleza y naturaleza de la mística en el haiku
自然
© 2025, Vicente Haya
© de la edición en castellano:
2025 Editorial Kairós, S.A.
Numancia 117-121, 08029 Barcelona, España
www.editorialkairos.com
Primera edición en papel: Mayo 2025
Primera edición en digital: Mayo 2025
ISBN papel: 978-84-1121-347-9
ISBN epub: 978-84-1121-383-7
ISBN kindle: 978-84-1121-384-4
Diseño cubierta: Editorial Kairós
Composición: Pablo Barrio
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.
A mis alumnos
del Grado de Estudios de Asia,
que me ayudaron a pensar el lenguaje
Prólogo
El haiku no inventa la poesía de la Naturaleza
Siglas de las antologías de poesía japonesa utilizadas
PARTE I. EL SILENCIO
Introducción: El silencio en la cultura japonesa
1. Vocabulario del silencio en el haiku
2. ¿Para qué sirve el silencio?
PARTE II. EL CUERPO
Introducción: La necesidad de iniciar un camino de transformación personal
3. La percepción de los sentidos
Delicadezas del tacto
Delicadezas del olfato
Delicadezas del gusto
Delicadezas de la vista
Delicadezas del oído
4. El éxtasis de los sentidos
El embeleso por un sonido
Embriagarse con un olor
Contemplar la luna (
tsukimi
)
Contemplar la nieve (
yukimi
)
Contemplar las flores (
hanami
)
Ver y sentir el viento
Ver y sentir la lluvia o la nieve
5. La transformación del yo
Sentir «aquí-ahora»
«Contemplar» es estar
Ensimismamiento
El yo desaparece
No hay nadie en la escena del haiku
PARTE III. EL MISTERIO
Introducción: El ámbito de la mística japonesa es el arte, no la religión
6. ¿Qué dicen los haijines que es sagrado?
La luz del sol
Las luciérnagas
El agua
El sonido del agua
El río
La vida
El verdor
La belleza de las flores
La caída de los pétalos
Las hojas caídas
Un olor
La nieve
El viento
Las piedras
Los animales
La infancia
Otras referencias menos claras o directas
7. La energía que mueve el universo
8. Lo natural es el
aware
Haikus en los que se menciona el
aware
Haikus que tienen
aware
9. ¿Cómo comportarnos en un mundo sagrado?
Modestia
Delicadeza
Agradecimiento
10. Cuando las acciones del ser humano se convierten en un rito
11. Entrar en el mundo, abandonarse a él
Conclusión
El sentido del haiku
Apéndice
Listado de haikus
Notas
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Sumario
Comenzar a leer
Notas
El ser humano pertenece a la Naturaleza. Por eso, en un principio, fue incapaz de nombrarla. «No había (por aquel entonces) una palabra para designar la Naturaleza, como realidad aparte y distinta del hombre; algo que podía ser contemplado por el hombre», escribe Shunzô Sakamaki.1 Con esta afirmación no está queriendo decir que antes de ello el japonés no viviera religiosamente en la Naturaleza, sino al contrario; que vivía de un modo tan religioso, que no tenía conciencia de que adorar fuera algo diferente de vivir.
Al igual que en la metáfora de David Foster Wallace en la que los peces se preguntan qué es el agua,2 porque no conocían otro hábitat más que el agua, los seres humanos tardamos en crear el concepto de «Naturaleza». Desde el momento en que lo hicimos, surgió en nosotros la necesidad de retornar a ella. Encontrar los caminos para volver a la Naturaleza, hasta eliminar las diferencias entre lo que somos y donde nos encontramos. Ése es el sentido del haiku, tal como lo entienden los japoneses… ¿Por qué necesitamos volver a la Naturaleza? Porque nos damos cuenta de que en ella se halla lo sagrado con una presencia más densa, más activa, que en el mundo construido por nosotros. Más aún: nos damos cuenta de que la Naturaleza misma es lo sagrado; y queremos ser parte de eso. Convertirnos en aquello mismo que nos asombra.
El fenómeno que apunta Shunzô Sakamaki ocurrió de idéntica manera en el resto del mundo, la inocencia primitiva no es patrimonio de Japón. La poesía de la Naturaleza no comenzó con el haiku; existió y existe para toda la humanidad desde época inmemorial, desde que existe el ser humano, es decir, desde que éste llegó a la conclusión de que había una distinción cualitativa entre él y el mundo, separando el yo que percibía su entorno de aquello que percibía. Hay pruebas de la antigüedad de esta Vía de la Naturaleza en la especie humana. Las encontramos entre los cantos y poemas de esos pueblos originarios, de esas culturas ancestrales, de las que ha quedado algún registro de tradición oral, o que aún sobreviven entre nosotros.
Lo asombroso, desde el punto de vista de nuestro estudio (el haiku como Vía de la Naturaleza), es darnos cuenta de hasta qué punto –por razones que explicaremos luego– las muestras de poesía aborigen de cualquier parte del mundo y las del haiku –modo poético japonés que adquiere carta de naturaleza allá por el siglo xvii– se vuelven indistinguibles, al menos en el motivo de sus asombros y en la precariedad de sus recursos expresivos… Escriben, por ejemplo, un semang de Australia y un poeta de haiku sendos poemas dedicados a la luz del sol. Pero ¿de quién es cada cuál? Imposible saberlo, si no revelamos la lengua en que fueron escritos o los nombres de sus autores:
En todo el monte
hierbas que reflejan
el sol naciente…3
La hierba
brilla en la cumbre
de la montaña…4
Otro ejemplo: comparemos una poesía de la tradición hopi de los indios norteamericanos con un waki de Bashô.5 ¿Quién escribió cuál?
El amanecer de invierno
llegó a ser
tan impresionante…6
Allí, allí,
el hermoso amanecer
blanco a punto…7
Ambos poetas desde diferentes culturas han sentido un mismo asombro: la maravilla del amanecer. Y lo han expresado con sencillez, ignorando el yo de quien escribe.
Para explicar cómo es posible que en la actualidad se sigan haciendo poemas que respondan a asombros tan primigenios de la especie humana, con una admirable sencillez expresiva, sólo podemos dar ahora algunos apuntes. El japonés entra en la historia muy tarde; en el siglo vi de la era actual. Y se mantiene en unos modos de producción feudales, enraizados en el mundo rural, prácticamente hasta el siglo xx. Tal vez por todo ello su corazón sigue siendo muy «primitivo», muy inocente. Con el paso de los siglos, las culturas a veces se disfrazan, se recargan con ropajes extraños –en el caso de Japón, estos disfraces podrían ser el modo de producción industrial y la economía capitalista–, pero, si los cambios han sido bruscos e impuestos desde los gobiernos, la evolución del corazón de las gentes que habitan esos territorios no se produce en absoluto, o lo hace de manera muy lenta. Incluso en las grandes metrópolis del Japón de hoy día, y no digamos ya en la inmensidad de las áreas rurales e islas, dentro de cada japonés y cada japonesa hay agazapado un ser humano que responde de manera instintiva a los asombros más primitivos: lo que brilla, lo que se mueve, lo que cambia, lo grande, lo enérgico…
Pongamos más ejemplos… Leemos ese poema de los indios menomines de Estados Unidos que dice:
En el Cielo
un ruido
como el susurro de los árboles.8
Y resuena en nuestra memoria el célebre haiku de Onitsura:
El viento fresco
llena el hemisferio vacío del Cielo
con la voz de los pinos.9
Escuchamos ese canto de los pawnees norteamericanos:
Hasta los gusanos:
también ellos
se aman.10
Escrito desde una sensibilidad parecida a la de Issa Kobayashi:
Huyen:
entre los lepismas
hay padres e hijos.11
Nos cae en las manos este brevísimo poema warao (de Venezuela):
Garza
de patas débiles.12
Y nos es difícil no recrecerlo con ese haiku de Buson que dice:
Delgadas patas
de la grulla aterida de frío
que se levanta de su enfermedad.13
La importancia que se da en algunas poesías primitivas al topónimo –al nombre propio de los lugares–, al igual que ocurre en el haiku, es algo altamente significativo. Porque ambos tipos de poesía, ambos mundos, parecen tener claro que no es indiferente que algo suceda en un lugar o en otro. No hay lugar sin asombro, ni asombro sin lugar:
Merejina:
Sobre el cerro de las gentes del Merejina
un perro aúlla.14
El misterio existe, y siempre, en alguna parte. Los sucesos se vuelven más inolvidables si los acompañan los lugares donde sucedieron; como en este haiku de Taigi, en el cual el asunto del «dónde» se hace prácticamente con todo el haiku, dejando a duras penas espacio, ya al final, para el mismísimo objeto poético que inspiró al haijin (俳人):15
Con dirección a Shimabara,
de vuelta a Atago,
la brumosa luna.16
La poesía primitiva y el haiku comparten un mismo espíritu de asombro por absolutamente todo, por cada mínima cosa de las que ocurren en el mundo. «Hay haiku» en la brevedad límite de ese poema de los indios yaquis (de México):17
El venado mira a una flor.
Ni más ni menos que en el haiku de ese niño japonés de ocho años que dice:
La vaca negra sin moverse
mirando fijamente
a una libélula.18
En ambos poemas hay un asombro de cómo las criaturas del mundo miran las cosas. En su momento, cuando busquemos referencias expresas a lo sagrado en los haikus, daremos con uno de Kitô que dice así: Mezurashi to miru mono goto ni…(«“Extraordinario” digo / a cada cosa que veo…»), y podremos establecer una comparación con esa canción siux que reza: «Todas las cosas son sagradas».19
En efecto, el asombro que genera un buen haiku y el modo de exponerlo, con inocencia y naturalidad, son propios del corazón antiguo del ser humano, el mismo que canta a través de la poesía de los pueblos originarios… La poesía de la Naturaleza no la inventa el haiku, pero es el haiku lo que la convierte en Vía espiritual. Fue en Japón donde se creó y luego se consolidó una exitosa fórmula para seguir esa Vía de la Naturaleza. Un hallazgo exportable con posterioridad al mundo entero, a todas las culturas, a todos los estratos sociales. Y ahí reside precisamente la enorme diferencia entre un haiku y un canto que se lleve haciendo desde época inmemorial entre los siux, los warao o los semang. La diferencia es que el haiku es más que una feliz ocurrencia improvisada por alguien y conservada con mimo por una tradición; el haiku es una técnica. Una técnica inventada por los japoneses, con algún tipo de precedente en China, que se puede desarrollar en cualquier idioma y por cualquier persona dotada de sensibilidad. La sensibilidad sola no basta para escribir un haiku. Al menos, según lo entienden los japoneses.
Un haiku no surge sin más de la emoción espontánea del ser humano ante un suceso, si esta emoción no se ha conseguido expresar del modo adecuado. Insistimos en ello: el haiku no es un asombro; es una técnica para expresar el asombro con palabras. Decir lo que te surge tal como te surge ante una libélula, una hierba o una nube no tiene por qué ser necesariamente haiku. Para que un haiku lo sea –y le resulte eficaz a quien lo escribe, y a quien lo lee– se hace preciso un aprendizaje técnico, del mismo modo que uno no sabe esgrimir una espada con la pericia y la seguridad de un maestro de kendô, si no ha aprendido y asimilado una serie de enseñanzas. La sola voluntad de querer hacer algo no implica acierto. Toda técnica exige un esfuerzo por aprenderla. Presentar el haiku de otro modo es halagar a los occidentales que pretenden introducirse en él; confundirlos con promesas de especiados orientes adonde encaminar sus particulares rutas de la seda, de las que no dudo de que saquen algún beneficio, alguna riqueza, pero con unos resultados distintos a los del haiku. Ya veremos en qué consisten estos resultados… El asunto viene de lejos. Me refiero al hecho de inventarse el Oriente. Oscar Wilde, provocador confeso, escribía a este tenor: «Todo Japón es, de hecho, una invención pura. No existe tal país». En efecto, ese País del Sol Naciente que nos hemos imaginado, donde lo bello no cuesta esfuerzo, porque brota de manera natural en la gente nacida allí, es una quimera.
Obvio, que el haiku no es el único camino espiritual que existe, ni que ha existido, pero poca duda cabe a estas alturas de que es una vía encantadora. Eficaz, y encantadora; las dos cosas; y eso no es algo que pueda decirse de todos los caminos espirituales. A mi juicio, la Nueva Era es encantadora, pero sólo excepcionalmente se traduce de manera eficaz en una transformación radical del ser humano; la mayor parte de las veces lo único que hace es vaciarnos los bolsillos. Los caminos tradicionales, por el contrario, son de una gran eficacia –probada a lo largo de siglos–, pero casi nunca son agradables de transitar. El mismo Zen –que algunos relacionan equivocadamente con el camino del haiku– es una vía durísima, quizá de las más difíciles para un occidental… Estas sendas tradicionales que, sin duda logran ese mismo objetivo que tiene el haiku (de ubicarse modestamente en la realidad), con frecuencia te obligan a dar la espalda al cuerpo, al goce, a la Naturaleza, mientras que el haiku es una senda espiritual que funciona precisamente porque te hace disfrutar de cada instante, de cada lugar, de cada sensación. El haiku te reubica en ti, te hace asumir tu cuerpo, te devuelve al mundo del que un mal día te escapaste (por aquello de hacerte adulto y comportarte como tal); aventa tus quimeras, tus ensoñaciones, tus tonterías, y te las cambia por más placer del que hubieras soñado cuando vivías lejos de la Naturaleza y lejos de tu propio cuerpo. En conclusión, el haiku es una extraordinaria fórmula para todo aquel que aspire a la trascendencia… En cierta ocasión, a cierto alfarero japonés20 le hice esta pregunta: «¿Por qué piensas que el haiku funciona como Vía espiritual?». Y él me contestó: «Creo que porque pone el foco en el mundo». Y añadió: «Hace falta un mundo entero para hacer que nos olvidemos de nosotros mismos».
Es cierto que, en una primera aproximación, el haiku se muestra esquivo; porque nos exige cambiar de registro mental, aceptar lo que no entendemos… En una carta que Federico García Lorca envía a sus familiares desde la Residencia de Estudiantes de Granada (en la que convivió con un estudiante japonés), escribe lo siguiente: «Os envío una serie de poesías japonesas deliciosamente incomprensibles a las que llaman haikai».21 El poeta granadino intuyó, de modo magistral, que algo –o mucho, o todo– de la belleza de esos pequeños poemas (que los japoneses empezaron a escribir en el siglo xvi-xvii) se escapaba a su comprensión, porque carecía de recursos culturales con que hacerse cargo de ellos. Pero no dijo por ello, simplemente, que no los entendiera, sino que ese no entender era «delicioso». La delicia forma parte del haiku, de su escritura, de su lectura y de su traducción, incluso en lo que dejan de transmitirnos. Que el haiku se resista a la comprensión de un occidental, que intenta entender con su cerebro, no nos extraña. La primera cosa que nos enseñará el haiku es a «pensar con el cuerpo», y a hacer de él el instrumento de una verdadera transformación de nosotros mismos. Sin cuerpo, no hay forma de que podamos entrar en el mundo. No queremos ser por más tiempo un algo extraño que piensa la realidad. Sin cuerpo, estamos condenados a seguir siendo nosotros a perpetuidad. Sólo el cuerpo entiende la Naturaleza y es capaz de fluir con ella.
Tenemos ahí fuera (fuera de nuestro yo) un mundo cansado de indiferencias de nuestra parte, un mundo harto de interrupciones en la comunicación que trata de establecer con nosotros. El mundo nos observa:
ありさんがぼくをみていたまるいめで22
Ari-san ga boku wo miteta marui me de
La señora hormiga
me estaba mirando
con sus ojos redondos.
Yo diría más. Cada criatura nos observa, nos interpela con lo que es, atenta a nuestros más mínimos gestos, aunque las más de las veces no nos demos ni cuenta:
おにやんま思わず僕とにらめっこ23
Oniyanma omowazu boku to niramekko
Una libélula-diablo
sin que me diera cuenta
me estaba mirando fijamente.
También «las cosas» nos esperan. Anhelan encontrarse con nosotros:
木下闇人驚かす地蔵かな24
Ko shita yami hito odorokasu Jizô kana
Bajo la oscuridad de los árboles,
sorprendiendo a las personas,
¡una buda Jizô!
Es en esos momentos en que no estamos distraídos, abotargados, ausentes del mundo, y respondemos con fidelidad a todo eso que él nos ofrece, cuando surge en nosotros el haiku.
Barcelona, 20 de diciembre de 2024
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(R-04) Rodríguez Izquierdo, F. En un sueño pintado. Yosa Buson. Satori, Gijón, 2016.
(R-05) Rodríguez Izquierdo, F. Leve presencia. Matsuo Basho. Satori, Gijón, 2016.
(R-06) Rodríguez Izquierdo, F. Violeta agreste. Chiyo. Satori, Gijón, 2016.
(R-07) Rodríguez Izquierdo, F. Gato sin dueño. Tan Taigi. Satori, Gijón, 2017.
(R-08) Rodríguez Izquierdo, F. Cuanto abarcan los ojos. Takahama Kyoshi. Satori, Gijón, 2018.
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Segura Iniesta, A. Trabajo de fin de grado, GEAO, Universidad de Sevilla (Estudio del concepto japonés de Kokoro a partir de su semántica), 2020.
Varo Villodres, M. Trabajo de fin de grado, GEAO, Universidad de Sevilla (Haikus de Kobayashi Issa inéditos en castellano), 2021.
El portal de entrada al misterio de lo sagrado es el silencio… O tal vez no sea el portal, tal vez el silencio sea lo sagrado en sí mismo. Quizá lo que está en el fondo de todas las cosas –rigiendo dulcemente su existencia– sea el silencio, que se va volviendo sonido en la existencia. El poeta de haiku, sabedor de la muda naturaleza de lo sagrado, trata de hundir sus raíces hasta ese fondo, para crecer desde ahí… Sin silencio, no hay asombro, no hay camino, no hay misterio. Sin silencio, la vida humana –y, particularmente, el trato con los demás– se convierte en una imposición del yo. ¿Una imposición a qué o a quién? A todo lo demás. El universo tiene que soportar nuestro yo, cuando no somos mundo. En este sentido, Japón es excepcional. Porque ha conseguido hacer del silencio una forma de relacionarse y de coexistir en convivencia. En la cultura nipona, las palabras son un lujo…, o son un ruido, un blablablá que convendría extinguir por el bien de todos, por el bien del Todo. No diré que no se produzcan, por ello, malentendidos en la comunicación humana, pero sí que en estos malentendidos hay siempre involucrada una persona que carece de armonía. Esta palabra es importante… Armonía es Japón, y Japón es armonía. Al afirmar esto, no estoy haciendo literatura; es pura filología. «Japón» puede decirse de varios modos. Los más usados son: Nihon (日本, «el origen del sol») y Wa (和, «armonía»).27 La raza japonesa, yamato (大和), se escribe con los caracteres de «gran» (大) y «armonía» (和). «Diccionario japonés-español», se dirá –literalmente– Wa-sei jiten (和西辞典, «Diccionario de la Armonía y el Oeste»), porque el japonés es wa-go (和語, «el idioma de la armonía») y el español («el idioma del oeste»). El famoso made in Japan
