LA JERARQUÍA DEL GALLINERO
No sabía lo que significaba la palabra espigar, porque todavía no había nacido, pero eso es lo que me contaron que hacía mi madre cuando decidí nacer, con gran disgusto de ella, pues pensaba que me asomaría al mundo antes de llegar a casa. Reconozco que fui inoportuno, pero preferí hacerlo en el hogar, en un pueblecito de Castilla, en lugar de nacer a lo tonto
por el camino.
Los recuerdos de los primeros años de vida se los llevó una nebulosa, vete a saber dónde, quizás porque estarían llenos de cambios de pañales y papillas, nada interesante que recordar.
Dejé de ser el peque de la casa cuando mi hermana vino al mundo sin yo enterarme siquiera. Recuerdo
que me dijeron: “Tienes una hermanita. ¿No te hace ilusión?” La verdad es que a mí me era indiferente, ni siquiera sabía qué diferencia existía entre mi hermano mayor, que era hermanito, y mi hermanita.
No sentí el síndrome del principito, porque entonces no se sabía nada de esto y en casa nadie había leído el libro de ese autor con nombre tan raro. Pero, aunque no tenía celos de mi hermanita, empezó a caerme gorda en cuanto me dio los primeros mordiscos, para demostrarme que le
estaban saliendo los dientes.
Ser un hijo intermedio fue una lata. Para mi madre la niña de sus ojos era el mayor y para mi padre mi hermana y yo me quedaba en terreno
de nadie. El mayor se valía por sí mismo y no necesitaba de nadie, pero no era mi caso, que en las reyertas me
encontraba desvalido y me llevaba todas las tortas.
Resulta que, si me cascaba el mayor y clamaba justicia llorando a mis padres, lo arreglaban diciendo que
me tenía que defender y no dejarme pegar, con lo cual me dejaban desconsolado. ¿Podía ser peor? Sí. Cuando yo pegaba a la pequeña por hacerme alguna trastada, recibía unos azotes de mis padres por pegar a la pobre niña, que me había elegido a mí como sparring.
Esta injusticia la padecí durante algún tiempo. En aquellos momentos de mi vida primaba más la intuición que la inteligencia, dándome cuenta de que necesitaba aliados y por eso me convertí en el ojito derecho de mi abuela María. Desde entonces fui intocable, nadie osaba levantarme la mano, ni siquiera mi
madre, si no quería vérselas con la abuela, que era de armas tomar y utilizaba la zapatilla contra mis
hermanos que daba gloria verla.
Toda historia tiene su final y a mí me llegó a los seis o siete años, cuando me llevaron a Vizcaya. Fuimos a vivir donde iban todos los
inmigrantes, a la margen izquierda, al pueblo de Baracaldo, que entonces se
escribía con “C” de Cádiz.
La primera impresión no fue muy buena, por las noches funcionaban los hornos Bessemer echando unas
enormes columnas de humo y fuego, que en mi inocencia veía como si fuera un anticipo del infierno y me prometí a mí mismo ser bueno, para no tener que ir a esas calderas de Pedro Botero.
Empecé el primer día de clase con entusiasmo, eso de poder leer y aprender cosas me gustaba y
cuanto antes dejase de parecer de pueblo, antes me aceptarían en la cuadrilla del barrio, de la que estaba vetado, sin que llegase a
entender la razón.
Fue una pena lo del fútbol, empecé el curso un año más tarde que los demás, los equipos ya estaban formados y me quedé de reserva. Una vez conseguí jugar y me pusieron de portero, tuve pocos aciertos y recibí tantos balonazos como goles me metieron. Me aburrí de estar de reserva y también de ver jugar a Nico Estefano, que era el único que destacaba.
Perdí la ilusión por el fútbol y me hice amigo de Iñarritu, un niño con problemas de columna que llevaba una especie de arnés de cuero y que siempre estaba solo en el patio durante el recreo. Los demás chicos le respetaban, porque enseguida les tiraba piedras cuando se mofaban de
él. Creo que esta amistad no me vino bien, la clase me equiparaba a Iñarritu y ya fuimos dos los aislados del resto.
¿Podían ir peor las cosas? Sí. Recuerdo a la cuadrilla de los gallos, donde mandaba un tal Sevilla que
siempre trataba de someterme. Hoy lo llamamos bullying, pero entonces te las arreglabas como podías. Para colmo de males, tenía por compañero a un tal Quintana, que me hacía la vida imposible. Me escondía las cosas, me borraba la pizarra, me ridiculizaba ante todos y también solía pegarme. A cuenta de él probé el jarabe de palo de don Crescencio, el maestro.
Mis padres estaban muy contentos, porque siempre sacaba un diez en las notas, lo
que ignoraban es que don Crescencio solo tenía dos notas, el diez y el diez especialísimo, que nunca conseguí porque era el tonto de la clase. Al final del otoño solían podar los árboles del patio y entonces nuestro profesor renovaba los utensilios de castigo,
eligiendo tres clases de varas de distinto grosor, que solía emplear según fuera la gravedad de la falta cometida.
De aquella inocencia quedaba poco. Un germen de odio me hacía daño en el alma y me rebelaba contra todo lo malo que me estaba sucediendo. Esa
oleada de odio me nubló la mente cuando el gilipollas de Quintana se pasó pillándome los dedos con el tablero del pupitre. Le di tal puñetazo en el estómago, por debajo de la mesa, que se dobló entero y fue a dar con la cabeza en el tablero y el blandengue de él se puso a llorar. La agresión fue advertida por don Crescencio, que se presentó raudo y me atizó con fuerza un golpe en la cabeza. No sé qué calibre de palo probé, pero me dejó la cabeza aturdida para todo el día, pero no lloré para que se fastidiase Quintana.
El retraso en los estudios me convirtió en el patito feo de la clase, pero no me resignaba a ser el tonto de turno y
repetía sin cesar las mayúsculas y las minúsculas, hasta que las grabé casi a fuego en la mente. Después me dediqué a leer todo lo que tuviera letras, tebeos, anuncios y carteles de tiendas.
La cuadrilla del Sevilla no dejaba de acosarme y aunque procuraba evitarlos,
ellos me buscaban para tener su ración de diversión. Les aguanté durante mucho tiempo, pero no podía continuar así. No tenía autoestima y perdía las ganas de ir a escuela, además de considerarme tonto y cobarde. Volvía a estar desvalido y ya no contaba con mi abuela. Nadie me podía ayudar y eso que le rezaba a la Virgen para que me echara una mano.
Esperamos milagros y ayudas que nunca llegan. Todo depende de uno mismo y este
convencimiento me llevó a luchar. Tuve algunas escaramuzas en las cuales acabé con los ojos morados sin conseguir el mínimo de respeto. Había ido a las ramas y tenía que intentar talar el tronco. Es lo que hoy conocemos como la jerarquía del gallinero y allí había muchos gallos para mí solo.
Me armé de valor y encontré a la cuadrilla sentada en el suelo durante el recreo. Me presenté ante ellos, tratando de aparentar aplomo, como Gary Cooper en la película “Solo ante el peligro” y se me quedaron mirando con esas risitas burlonas que tanto daño me hacían.
–¡Solo los cobardes pelean en manada! –grité rabioso.
Se pusieron todos de pie y se miraban unos a otros, como si me hubiera vuelto
loco de repente. Sin embargo, yo empecé a sentirme bien, porque les había achantado.
–¿Quién de vosotros es el más gallito? ¡Que salga, que le voy a partir la cara! –No sé si esto se lo llegó a creer nadie, pero desde luego, no tenía más remedio que hacerme frente si no quería perder autoridad.
Como esperaba, salió el Sevilla muy divertido y seguro de sí mismo. Acordamos que no valían mordiscos ni patadas y a continuación nos enzarzamos en una feroz pelea, en la que varias veces llegó a retorcerme el brazo para que me rindiera, pero no lo consiguió. Don Justo fue quien nos separó, cuando casi todos los mamporros me los había llevado yo. Tenía un ojo morado, sangraba de una ceja, se me movían los dientes y tenía despellejados algunos nudillos. Señales difíciles de disimular ante mis padres. Me dolía todo el cuerpo, pero estaba contento, estaba seguro de haberme ganado un lugar
en la jerarquía del gallinero y que pronto dejaría de ser el patito feo, de la Escuela de Arteagabeitia de Baracaldo con “C” de Cádiz.
EL LLANTO DE LAS OVEJAS
Vivíamos en un cuarto piso sin ascensor y tampoco lo echábamos de menos. Desde la habitación de mis padres se podía ver el matadero, cuya imagen producía en mí cierta fascinación, a la vez que temor a los fantasmas de los animales, porque estaba seguro de
que se quedaban a vivir en él, entre olor a muerte, a sangre derramada y carne descuartizada.
El edificio era blanco con remates de ladrillo rojo macizo. Todo el contorno
estaba rodeado de una muralla de unos dos metros de altura, fácil de acceder porque la mitad inferior era más gruesa y nos servía de apoyo para subir a la superior. Al principio, la cuadrilla de gamberretes,
curioseábamos solo por fuera, pero pronto le perdimos el respeto y nos colábamos por la ventana al interior, donde nuestra mayor diversión era asirnos a los ganchos donde colgaban las reses, tomar impulso y recorrer
el recinto, acompañados por el chirriar de las ruedas metálicas sobre los rieles.
Desde la habitación, al final del pasillo, donde dormía con mi hermano, teníamos la rutina nocturna de ver el funcionamiento de los hornos Bessemer,
lanzando enormes llamaradas y chispas al aire que rebasaban en altura, el piso
donde nos encontrábamos. Lo seguía viendo como una extensión del infierno, a donde iban a parar todos los pecadores, éste era un dogma que por entonces nos inculcaban los sacerdotes y que creíamos vivamente. Era muy joven y para compensar esas tortuosas enseñanzas, me hacía a la idea de que ya tendría tiempo de hartarme de ceremonias, cediéndoselas a la gente mayor, beata y arrepentida, porque en sus últimos años de vida se hacen de misa y confesión diaria, por si acaso es verdad lo que dicen los curas.
El patio del edificio se podía ver desde la ventana de la cocina. Tenía forma de “L”, con los laterales poblados de hierbecillas que crecen en las humedades y nidos
de ratas de tamaño considerable. Los edificios que lo cerraban eran grises, del color del
cemento, un gris feo, deprimente y barato, pero que soportaba bien la enorme
polución de las fábricas. Al fondo existía un taller donde confeccionaban adornos en escayola y la puerta del patio
permanecía abierta mientras ellos estaban en su local, lo que nos venía bien, por si alguna vez se nos colaba el balón de goma al patio.
Aprendí a convivir con la visión de las ratas, el matadero y los Bessemer, pero jamás me acostumbré a ellos. Un día por la tarde, descargaron un camión lleno de ovejas. Empecé a oír sus llantos según las bajaban y pensé que se callarían cuando las metiesen en alguna de las cuadras, en espera de ser sacrificadas.
No eran balidos, estoy seguro de que lloraban, como las personas cuando les
separan por la fuerza de su entorno y familia. Parecían turnarse, los balidos eran diferentes unos de otros, eran lastimeros,
desgarradores, que se te metían dentro y no te dejaban dormir.
–¿Por qué lloran las ovejas? –pregunté a mi hermano, que ya se acurrucaba para dormir.
–Seguramente porque saben que las van a matar.
–Son animales, no pueden saber eso.
–No, pero lo intuyen, no son tontas, aunque lo parezcan.
–¿Tú puedes dormir con este concierto?
–No pienses en ello, si lo haces cada vez los oirás con más intensidad.
–¡Están muy asustadas!
–Sí, duérmete.
Se quedó dormido enseguida, pero yo los escuché durante toda la noche. Imposible dormir, aquellos llantos no paraban. Imaginaba
el dolor de las ovejas y sentía los balidos con mayor intensidad. Lo intenté varias veces, pero no era capaz de dejar de pensar en ellas, como decía mi hermano. Quería apartarlas de mi mente, daba vueltas en la cama, me tapaba con la almohada y
solo me quedé dormido cuando el cansancio me llenaba los parpados de plomo y ya no los podía abrir.
Cuando me desperté para ir a la escuela, algo atolondrado, los llantos empezaban a apagarse. Quizás se habían adaptado a su nueva situación, porque no podía ser que entendieran que no les servía de nada llorar. Entonces entraba en sus vidas la resignación, la manada se callaba y se abandonaban a su suerte, sin resistencia, sin
rebelión, como ovejas.
Mi padre trabajaba en la construcción como encofrador, pero tuvo la desgracia de resbalar y caer al interior de una
zanja, rompiéndose una pierna por varios sitios. Le sometieron a una cirugía para colocarle varillas y tornillos, a fin de mantener la posición correcta de los huesos mientras la fractura se consolidaba. La operación resultó complicada y nunca recuperó el movimiento de la rodilla.
Acabé el curso y en cuanto dieron el alta a mi padre nos fuimos a vivir a Bilbao.
Debido a su minusvalía le destinaron a la oficina, donde entre otros quehaceres, era el encargado de
sacar las copias de los planos. Encontramos un piso no muy caro en las siete
calles, cerca de la oficina para evitar desplazarse desde Baracaldo.
Dicen que las desgracias nunca vienen solas y es cierto. Mi hermanita, ese pequeño bicho que tanta guerra me dio de pequeña, se puso enferma y yo rezaba todas las noches para que se pusiera buena
enseguida. La desee buenas noches desde la puerta porque mis padres no me
dejaban tener ningún contacto con ella por miedo a contagios. El médico había dicho que tenía difteria y que la toxina había viajado al corazón, riñones e hígado, por eso el estado de mi hermana era tan delicado.
Me daba mucha pena ver a mi hermana tan pálida, con ojeras, fiebre y escalofríos. Hacía unos días que no se levantaba de la cama, la pobre estaba muy débil y le costaba andar, hablar y hasta comer, por eso nuestra madre, le daba
cosas liquidas, sobre todo caldos, que decía que alimentaban mucho. Ella quiso darme las buenas noches, pero le entró un ataque de tos y se despidió agitando la mano.
–Buenas noches Isa, ponte buena enseguida –dije tratando de animarla.
No contestó y movió la cabeza en sentido afirmativo, mientras se tapaba la boca con la mano. Verla
así me partía el corazón y me fui rezando para que no me abandonase, pero se nos fue aquella misma
noche.
EL MAESTRO
¡Marta, mi querida, Marta! Me siento zarandeado por un viento de otoño, es el viento inexorable de la edad. Hay pocas cosas que llevar a ese
cementerio de carcamales que llaman residencia. No me valgo por mí mismo y camino apoyado en el bastón, con un miedo obsesivo a las caídas. No soy barco a la deriva, permanezco en dique seco, esperando a que
aparezca la palabra FIN en la película de mi vida.
Los recuerdos van desplazando a la vida, cuando nos queda tan poca que ya no
merece la pena vivirla. Tengo tiempo todavía para pensar y recordar, pero solo los acontecimientos agradables, en esto
puedo elegir. Una de las cosas agradables es la razón por la que elegí ser maestro y por esa razón te encontré a ti, Marta. Pensaba que podía recordar solo las cosas agradables, pero es imposible, existe una dualidad en
toda vida y a los acontecimientos agradables se anteponen con igual o mayor
fuerza, los que provocaron dolor, como tu muerte. El tiempo colabora con
nosotros, puliendo las aristas de los acontecimientos, para evitar que la mente
enferme de sufrimiento y lograr que la vida se haga más llevadera. Hoy me asalta, con machacona insistencia el día de mi jubilación. Lo recuerdo bien, se presenta ante mí, todavía con las aristas vivas.
Al terminar la clase, los niños salían por primera vez en silencio, poco a poco, mirándome con una pena que me hacía sentir orgulloso. Cuando el último, con lágrimas en los ojos abandonaba la clase, me di cuenta de que con ellos se me iban
las ganas de vivir, se llevan el bullicio infantil, las risas que a veces partían débiles de un pupitre y se extendían con extraordinaria rapidez por toda la clase, que a veces me sentía incapaz de sofocar. Se lo llevan todo y sólo me dejan soledad y una vida que está tan vacía como ahora la clase.
¿Qué quieres que te diga, Ismael? –me digo a mí mismo–. Si son cosas de la vida, jubilarse no es tan malo, se pueden hacer muchas
cosas que la dedicación a la profesión te impedía, puedes viajar, dedicarte a pintar, a la fotografía, todas esas cosas que no pudiste hacer hasta ahora, pero… ¿Y mis niños? ¿Con qué sustituyo a mis niños? ¡Ojalá que mi sustituto vaya más allá de la mera enseñanza, de la lección del libro! Cada niño es un mundo y enseguida puedes ver cuáles son sus carencias. Parece trasnochado, pero me siento orgulloso de
inculcarles aquellos valores que parecen perdidos, honradez, responsabilidad,
nobleza… Yo no sé si la Universidad cambiará a todos aquellos niños a los que logré llegar y la competitividad les hará mella, forjándoles un espíritu arribista y materialista. Siempre he procurado preparar hombres en la más alta expresión de la palabra, que a niños con las lecciones aprendidas.
Ahondando en el pasado, me veo sentado en el pupitre, llevo pantalón corto, frente a mí una pizarra y a mi derecha un estuche con pizarrines de colores. Ya no tenía de compañero a Quintana y el grupo del Sevilla me respetaba. Tapando el encerado el
maestro que me dejó una huella imborrable. Nunca supe por qué asocié a don Fidel con su mesa, que se levantaba orgullosa sobre la tarima de la
clase. Le recordaba explicando las lecciones con su mano apoyada en ella. Quizás era porque guardaba nuestros tesoros en sus cajones, tesoros confiscados por
hacer uso de ellos en clase, tirachinas, canicas, peonzas y demás juguetes, construidos por nosotros excepto las canicas y las peonzas.
Cuando terminaba la clase, se ponía en la puerta y sin preguntar a ningún niño iba devolviendo los juguetes a cada uno el suyo, sin equivocarse un sólo día.
No gozaba de buena salud y a menudo, cuando estaba en plena explicación, se tenía que volver para ahuyentar una tos que siempre le pillaba desprevenido. Cuando
se volvía hacia nosotros, estaba algo colorado del esfuerzo y siempre se disculpaba con
un Perdón por interrumpir.
Faltaban pocos días para que nos dieran las vacaciones. Aquellos días eran un poco especiales, don Fidel procuraba hacer las clases más amenas, el nivel de exigencia en el estudio disminuía y un clima distendido presidía la clase. Pero aquel día don Fidel, siempre puntual, se retrasaba y era muy extraño. No sé por qué razón, en el ambiente de la clase intuía un olor extraño, como el de las velas encendidas que se ponen en las iglesias a los santos y a
la Virgen, por eso supe que ese día el maestro no se retrasaba, el ángel de la muerte le había robado el aliento, segando una vida que se le había ido con la tos. No sé qué de pulmón, dijeron sus compañeros, se quedó sin respiración y fue fulminante, quiso agarrarse a la vida, pero su alma ya no estaba
consigo.
Durante algún tiempo me sentí algo culpable de su muerte y ahora no puedo evitar una sonrisa asociada al
recuerdo. ¿Habrían contribuido mis travesuras a su final trágico? Mi madre me solía decir que le quitaba la vida con tanta travesura y yo estaba preocupado por si
pasaba lo mismo con don Fidel. Estas cosas las entiendes más tarde y te das cuenta de que no tenía nada que ver, que incluso cuando nos reñía, me parecía que le divertía y se reía por dentro, con bastante disimulo.
Ahora le recuerdo, no como un árbol abatido, no, su figura se prolonga hasta la mesa donde se guardaban los
tesoros que miraba divertido, porque seguramente él nunca los había tenido.
Fue una puñalada sin sentido de un destino caprichoso, que tuve que asumir, cuando la
muerte le salió al encuentro a la persona, que, sin yo saberlo, empezaba a forjar mi espíritu cuando yo era niño y mis tesoros, incluyendo los cromos de ciclistas, se hallaban en la mesa que
se levantaba orgullosa, allí en la tarima, desde donde don Fidel nos encauzaba a la vida.
Mi agradecimiento y su ejemplo no terminó con su muerte, me acompañó durante toda mi vida. Consiguió meterme en el espíritu el amor a la enseñanza, ya no quería ser torero, ni bombero ni médico, profesiones elegidas cuando somos niños. Quería ser maestro y nadie me apartó de ese deseo.
En mi vida hubo tres cosas importantes, tú la primera Marta, nuestros hijos y mi profesión. Todas ellas tuvieron que ver en el primer año de las milicias, en Monte La Reina (Zamora), donde me encontré con tu hermano. Yo le odiaba porque él nos separó. Traté de evitarle siempre que podía, pero fue difícil ignorarle teniendo el camastro al lado del mío. La primera noche, se acercó a mí, tendiéndome la mano.
–Ismael, me gustaría que fuéramos amigos y olvidaras lo que pasó, hoy no tiene mucho sentido aquel celo por preservar a Marta de desaprensivos.
–No soy un desaprensivo, quería a tu hermana y tú nos separaste.
–No os separé yo, fueron los planes de mis padres, para que estudiara fuera.
–Es igual –dije estrechándole la mano–. Vivir en el rencor no tiene sentido y ya pasó todo aquello. Mejor es olvidarlo.
–No tienes por qué olvidarlo. Tú la sigues queriendo y ella sé que no te ha olvidado.
–¿De verdad? –pregunté absolutamente sorprendido.
–Marta está en Bilbao y podrás verla cuando mi familia venga a la jura de bandera.
–¡Gracias… acabas de darme una enorme alegría!
–Gerardo, me llamo Gerardo y estoy contento de haber arreglado un poco de lo
estropeado hace algunos años.
–Te estoy muy agradecido, amigo –dije abrazándole.
Entraba en un mundo totalmente desconocido llamado IMEC: Instrucción Militar de Escala de Complemento y nos juntamos casi dos mil personas
dispuestas a pasar lo mejor posible los tres meses de estancia allí, aunque me habían asegurado que tampoco era fácil. Gerardo y yo congeniamos enseguida, teníamos los camastros juntos, en esas tiendas que parecían casetas de los indios. Aparte de la camaradería y las ganas de divertirnos, la imagen que permanece en mí, es el interior de la tienda de indios con una neblina de humo de los
cigarrillos y es que mis compañeros eran todos fumadores empedernidos. Era una época en la que el tabaco estaba socialmente bien visto y se creía que fumar con moderación podía curar ciertos males, aunque ya en esas fechas se debatía entre los especialistas, que lejos de curar ninguna dolencia podía afectar a la salud. Allí empecé a fumar, cosa que parecía inevitable entre tanto fumador, pero no tragaba el humo.
Nos hicimos muy amigos, como si ya fuéramos familia. Gerardo, era un hombre que atraía porque su rostro irradiaba optimismo. Aprovechábamos el tiempo libre para desplazarnos a la capital zamorana o a Toro para
divertirnos, tratando de entablar conversación con cualquier señorita que de entrada nos sonriera y quisiera pasar un rato agradable con
nosotros. Era todo un espectáculo los fines de semana, ver pasear a tanto militar por la calle González Oliveros de Toro, llenando también la Plaza Mayor o la avenida de Requejo de Zamora, prolongándose por la calle de Santa Clara
Mi poder económico era más bien escaso y Gerardo a veces me proporcionaba algún paquete de tabaco, eran los famosos celtas y peninsulares. Entre los más pudientes circulaban los cigarrillos rubios Bisonte, que costaba cincuenta céntimos cada cigarrillo. Más adelante dejé de fumar por convencimiento propio. Estaba seguro que no era bueno para la
salud, un vicio estúpido que no podía costear y que fumar sin tragar el humo no tenía sentido.
Los estudiantes no hacíamos mucho deporte y nuestro tiempo lo dedicamos a hincar los codos y si no teníamos exámenes los domingos nos concedíamos unos paseos por la Gran Vía de Bilbao, donde paseaban las chicas y las íbamos echando el ojo en busca de futura novia. Quizás debido a esa vida algo sedentaria, la estancia en el campamento se me hizo
particularmente dura, pateando el patio sin parar en la instrucción diaria, amenizadas con excursiones al monte, gimnasia matutina y desfiles cada
vez que se les antojaba a los mandos. Así iban trascurriendo los días, sin pena ni gloria y con ganas de abandonar el campamento cuanto antes, sin
embargo guardaba un buen recuerdo de las llamadas chiribiqueras que, con sus carritos, nos acompañaban proporcionándonos leche fría, bocadillos y sandía, que tanto necesitábamos para soportar las marchas, aunque yo pocas veces me lo permitía.
La jura de bandera tenía lugar en agosto. Mi familia no pudo venir a presenciarlo porque mi padre se
encontraba mal. Cuando los médicos no saben lo que tienes le echan la culpa a un virus. Se encontraba muy débil con molestias estomacales y le recetaron paciencia, que era cuestión de tiempo. Mi madre me escribía diciéndome que se encontraba algo mejor, aunque sufría mucho. La situación no era desesperante, pero me producía un malestar indefinido, de forma que me encontraba taciturno la mayor parte de
día.
Los padres de Gerardo y su hermana vinieron de víspera y se alojaron en Toro, en el hotel Reja Dorada. La noticia consiguió sacarme del estado apático y me inundó el alma de ese fervor que sentía en misa por Marta. Esa misma tarde nos trasladamos al hotel y conocí a su familia. Su padre era militar, aunque vestía de paisano y se le notaba la costumbre de mandar. Gerardo nos presentó empezando por sus padres y tú fuiste la última, ¡Dios mío! Te estreché la mano y creo que la retuve más tiempo del necesario. ¡Seguías siendo lo más bonito que había visto en mi vida! ¡Quedé impresionado! A ti el rubor te inundaba las mejillas y luchabas para que tus
padres no lo advirtiesen. Me hubiera gustado contemplarte, rodearte con la
mirada y ahondar en ti. Tenías los labios arqueados hacia arriba que siempre dibujaban una sonrisa, me sentí perturbado por esa mirada de tus ojos claros. El pelo castaño caía graciosamente sobre tus hombros y te cubría parte de la frente, tapándote la ceja izquierda. Era consciente de que la fascinación que sentía, tenía que notarse, seguramente me habría puesto colorado y desvié la mirada, quise perderla en otras cosas, pero mi pensamiento era solo tuyo.
Estaba seguro de que tú lo habías notado y bajaste un poco la vista algo azorada también. Gerardo nos miró divertido y al notar su mirada regresé al mundo. Ante ti, me sentí un poco avergonzado, quizás no tenía el traje todo lo limpio que me hubiera gustado, para causarte buena impresión, aunque las botas las llevaba relucientes.
Tuvimos una especie de tertulia en el salón del hotel, donde tu padre, el coronel Prudencio, se interesó por nuestra vida en el cuartel, sobre todo fascinado por todo lo militar, que
había constituido su vida. Llegó el momento de volver al cuartel y la familia quiso acompañarnos hasta la parada del autobús. Durante el paseo cruzamos nuestras miradas varias veces. Estaba seguro de que
habíamos establecido una sutil comunicación a base de miradas furtivas, que apenas sosteníamos. Si notabas que te miraba con intensidad, bajabas la vista y cuando sentía tu mirada sobre mí, ambos las desviábamos para evitar el sonrojo de que se dieran cuenta los demás. Sonreía todo el tiempo como un bobalicón, sin darme cuenta, hasta que sentí que algo muy fuerte había renacido en mí, se revolvía por dentro y era como si explotase, pero sin hacer daño, solo causaba desasosiego. Todo me llevaba a ti y entonces comprendí que lo que me inquietaba por dentro era la fascinación que me seguías produciendo. Me sudaban las manos y temí tener el rostro colorado y turbado del efecto que me producía. Tú te dabas cuenta de todo y parecía divertirte. Pero no eras la única en darse cuenta, también Gerardo nos miraba sonriendo. Tu hermano ya me estaba pareciendo un amigo
excepcional.
Hacia la mitad de la calle Victoriana Villachica, Gerardo se volvió hacia sus padres diciendo:
–¡Vaya por Dios! Me parece que se me ha caído el emblema en vuestra habitación.
–¡Vete a por él, despistado! No estás lejos el hotel –ordenó su padre.
–Mejor que vaya Marta. ¿No te importa acompañarla, Ismael?
–Por mi encantado –exclamé tratando de no expresar la alegría que me había producido.
–¡He dicho que vayas tú! ¡A ti se te ha caído y tú vas a por el! –quiso cortar el asunto de forma tajante su padre, mientras le ofrecía la llave.
–Si le pido este favor a Marta, es porque he tenido un tirón en la pierna y la tengo resentida.
–¡Esta bien! Acompáñala, Ismael, por favor –me pidió su padre a regañadientes.
No nos dábamos prisa en caminar y ambos nos mirábamos como queriendo saber quién iba a romper el hielo. No sabía que decir, ni por dónde empezar, estaba muy aturdido. Quería causarle buena impresión, pero, ¿por dónde empezar? Al final se me ocurrió que debía hablar de ella, dejando en el aire la enorme sorpresa que me había causado.
–Marta, ¿te han dicho que eres encantadora?
–Mucha gente, pero nunca me lo he creído. ¿Cómo es ese emblema que ha perdido Gerardo?
–Como éste –dije señalando el pecho.
Era el de las milicias universitarias. Aunque no lo pareciese era un cisne y un
damero, que debían ser los emblemas del cardenal Cisneros. Dos espadas cruzadas delante y en el
fondo el yugo y las flechas.
–Es bonito. Gerardo está seguro de haberlo perdido en la habitación, pero podría haberlo perdido en cualquier otro sitio.
–No lo ha perdido.
–¿Cómo dices? –me miró sorprendida.
–Tu hermano se propuso reparar el daño que nos hizo y se las arregló para que pudiéramos charlar un rato, sin carabinas.
Con una sonrisa de oreja a oreja, saqué del bolsillo el emblema que Gerardo había puesto en mi mano de forma disimulada.
–Entonces deberíamos regresar, además no quiero que por mi culpa perdáis el autobús.
–Eso sería hacerle un feo a tu hermano, que hasta fingió una lesión para que pudiéramos hablar. No deberíamos hacerle esa faena y por otro lado nos sobra tiempo para el autobús. Podemos quedarnos un ratito en la plaza San Francisco y charlar un poco.
Recuerda que nos queríamos de chavales, pero no tuvimos mucho tiempo para hablar.
–Creo que tienes razón.
–No parece disgustarle a tu hermano tenerme por cuñado.
Escuché su risa sonora, pero sin estridencias, risa que incitaba a reír y que era imposible al menos no sonreír.
La cogí de la mano mientras paseábamos. Creo que jamás me había sentido tan feliz, a no ser porque me sentí un poco molesto por los reclutas, que miraban a Marta de forma descarada.
–¿No crees que vas muy rápido?
–No. Si en tu corazón todavía existe el Y YO MÁS, hasta vamos despacio. Necesito, de alguna forma, quedar contigo para cuando
vuelva a Bilbao, solo así dormiré tranquilo hoy.
–¿Y qué sugieres?
Saqué un calendario del bolsillo con la imagen de María Auxiliadora, a modo de estampa, que mi madre se había encargado de colocarme en la cartera para que velara por mí. Discurría el año 1956, que era bisiesto.
–Termino aquí a finales de agosto, así que podíamos quedar el día dos de septiembre que es domingo, donde tú me digas.
–A las cinco de la tarde frente al teatro Arriaga.
La miré incrédulo, con una sonrisa imprecisa y los ojos abiertos.
–¡Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo! –le dije emocionado besándola en los labios.
No contestó, sonrió, tan solo sonrió y yo pensaba que me podía dar algo. El corazón latía alborotado, perdí el sentido de la realidad, no existía nada alrededor, solo ella y su sonrisa. ¡Me sonreía a mí!
–Debemos regresar, no quiero que mis padres piensen mal.
–Tus padres pueden dudar de mí, pero de ti estoy seguro que no.
–¡Vamos! –casi ordenó, cogiéndome un instante de la mano.
Abandonamos el parque dejando a la derecha la plaza de toros, volvíamos de la mano a la calle Victoriana Villachica. Apreté su mano y la miré con tanta intensidad que el rubor le subía por las mejillas.
–Si deseas que te escriba, lo haré con mucho gusto.
–¡Si, me gustaría!
Me desplomé un poco cuando vi de lejos a su familia que venía a nuestro encuentro. De inmediato solté su mano y guardamos una distancia prudente. Solo deseaba estar junto a ella y
de pronto se levantaba una barrera, que me obligaría a guardar las formas y a comportarme como si la presencia de Marta no me
hubiera afectado. En cuanto estuvimos frente a ellos levanté el emblema para que se viera bien y exclamé:
–¡Hemos tenido suerte, apareció!
–¡Me alegro mucho, estaba preocupado! –contestó Gerardo sin dejar de sonreír y guiñándome un ojo cuando creyó que sus padres no le observaban.
–¡Más cuidado es lo que tenías que tener, cabeza de chorlito! –dijo su padre tocándose la sien repetidas veces con el dedo índice.
Nos despedimos. Gerardo con su innata alegría. Yo con tristeza y desánimo. Tocaba regresar al campamento, donde al día siguiente tendríamos la jura de bandera. Solo pensar que podría volver a ver a Marta, era suficiente para desterrar el desánimo de la despedida.
Los pocos días que quedaban para terminar el primer periodo de milicias, se alargaban de una
forma incomprensible, haciendo que el final se viera más lejano. Cada minuto era un grano de arena que caía lentamente, con un ritmo constante e insoportable. Creo que si el tiempo nos
afecta en exceso es señal de que nos puede. Estaba vencido, pero, aun así, llegó el día tan esperado y regresábamos a casa en tren. Pasamos por Medina del Campo. A pesar del traqueteo,
Gerardo se había quedado dormido, con la cabeza apoyada en el panel de la ventanilla. De
frente, yo permanecía absorto contemplando el paisaje, me gustaba ver cómo iba dejando atrás los meses de milicias, que consideraba estériles, a no ser por la estupenda camaradería y los buenos amigos que hicimos allí. Con insistencia machacona, los pensamientos alternaban entre Marta y lo que
dejaba atrás. Como si fueran parte del paisaje, ante mí desfilaban los compañeros, mandos, desfiles, gimnasia, algo de hambre, porque no podía permitirme esas meriendas que organizaban varios compañeros en la cantina, ni salir a comer fuera en nuestras horas de paseo. Bastante
esfuerzo hacían mis padres para poder costearme la carrera, así que mi poder económico era prácticamente nulo. Gerardo me solía ayudar, pero de forma que no pareciese un favor, para no herir mi orgullo.
El domingo día dos, llegué un poco antes al teatro Arriaga. Estaba nervioso y me hubiera gustado fumar un
cigarrillo para tranquilizarme, pero lo había dejado convencido de que era un vicio inútil. Decía Jesucristo que la carne es flaca y el espíritu está pronto y era cierto, mi espíritu estaba antes que yo en todos los sitios, lo que me separaba de mi objetivo
eran obstáculos que debía salvar o vencer. Este día mi único objetivo era Marta. Siempre la recordaba sonriendo como cuando nos dimos la
vuelta y ella me toco las manos. Estaba enmarcada en un oasis de niebla, de
forma que solo existía ella, me turbaba su sonrisa amable y su mirada clavada en mis ojos me hacía sentir azorado.
Trascurrió un cuarto de hora y Marta no aparecía. Empecé a pensar que podría ser un error mío, que me había equivocado de día o de hora, quería convencerme de que Marta no podía fallarme y así estaba yo mortificándome de dudas y recorriendo de extremo a extremo el teatro, cuando apareció cruzando el puente del Arenal. Llevaba un vestido blanco hasta la rodilla, con
adornos de flores azules y un cinturón del mismo color. No me fijaba nunca en los detalles de la ropa que vestía la gente, pero es que ella lo resaltaba todo. Su pelo ondeaba en una ligera
brisa y varios mechones de pelo caían graciosamente sobre su frente. No nos besamos, solo nos dimos las manos y
permanecimos un rato así mientras nos mirábamos.
–Hola Ismael. ¿Has esperado mucho? –preguntó ella, como si se disculpara.
–No, solo tres horas.
–¡Tres horas!
–Bueno, eso es lo que me han parecido estos quince minutos.
–Lo siento –dijo riéndose y soltándose de mis manos–. Calculé mal lo que tardaría en llegar aquí desde mi casa.
–¿Qué te gustaría hacer? ¿A dónde te gustaría ir?
–¿Podemos ir al cine? –preguntó ella que era consciente de mis limitaciones económicas.
–¡Claro que podemos! ¿A la última fila?
–¡No seas tonto!
El día anterior, estuve ayudando a mi hermano Agustín, que hacía unos meses había abierto una taberna en el Casco Viejo y parecía que le iba muy bien. Le conté que había quedado con una chica y me dio 50 pesetas, para que pudiera llevarla al cine.
Me llegó para el cine Trueba y para invitarla a tomar un café. ¿Película? Debía de ser del oeste. La verdad es que solo la vio ella, yo estaba pendiente de
sus movimientos, si ponía un brazo en el apoyabrazos, si me miraba en algún momento y si sería prudente cogerle de la mano. Me atreví, me sonrió apretándome la mano, me miró y luego la apartó. Las concesiones físicas de nuestras novias eran más bien escasas y llegaban cuando el noviazgo estaba formalmente establecido.
Para el segundo año de milicias ya éramos novios formales y podía ponerle la mano en el hombro y besarla cuando no nos viera nadie. El día de la partida hacia Monte la Reina, fue diferente, a los pocos minutos del
aviso para que arrancara, se abrazó a mí y permitió que la besara con la inmensa pasión que sentía por ella, hasta que la llamarada de vapor nos avisó de que teníamos que partir. Solo eran tres meses, pero mis sentimientos se estaban
transformando, la primera vez pensé que sería difícil vivir separado de mis padres y ahora solo sentía que sería difícil vivir separado de Marta.
Gerardo y yo salimos de Monte la Reina de Alféreces, quedándonos para el siguiente año las prácticas. Acabamos la carrera en septiembre del 1957. Yo tuve algo de suerte y
como estuve en artillería, fui al Regtº Nº 47, en Medina del Campo, donde estuve seis meses extremadamente largos, pero se
hicieron más llevaderos con alguna visita de Marta y mis pocos permisos de fin de semana
hacia Bilbao, cuando contaba con algún dinero para viajar en tren.
Al término de las prácticas, me presenté a las oposiciones de ingreso en el Magisterio Nacional para cubrir 1.321 plazas
de Maestros y 1.763 de Maestras, con el sueldo de entrada del Escalafón del Cuerpo. Para Vizcaya habían salido siete plazas para hombres y dos para mujeres. Marta me había facilitado los cuestionarios así que me fui preparando en mis ratos libres. Aparte de carecer de antecedentes
penales, resultaba un tanto ofensivo tener que acreditar mi adhesión al Movimiento Nacional mediante certificado expedido por la Jefatura
Provincial de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, pero había que pasar por eso, para poder ejercer la profesión por la que tenía vocación.
No tuve mucha suerte con el destino y me enviaron a Mundaca, al colegio Juan de
Tribisarrospe, llamado así en agradecimiento a su mayor donante, en el año 1923. Las comunicaciones no eran muy buenas, pero acudía varios domingos a ver a mi familia y sobre todo a Marta. No todo fueron
inconvenientes, me facilitaron vivienda digna y no estaba lejos de la escuela.
El colegio es obra del arquitecto Castor de Uriarte. No es ostentoso, las dos
grandes puertas laterales y la ventana central son de arco de medio punto. La
fachada sur, contaba con un balcón de ladrillo y defendido por cortafuegos. En la fachada principal, en el centro
un balcón decorado con dos grandes bolas y limitado por la continuación de dos de los pináculos del tejado. A ambos lados de este balcón había cuatro ventanas con arco mitral todas ellas.
Tengo entendido que, en el año 2009, pasó a ser La Casa de Cultura de Mundaka, donde se organizan exposiciones y
servicios culturales, pero de estas cosas ya no puedo estar seguro.
Las locomotoras de tracción diésel-eléctrica habían entrado en funcionamiento a partir de 1956, reduciendo el tiempo de viaje
entre Bilbao y Bermeo a casi una hora y cuarto. Estaba gestionado por
Ferrocarriles Vascongados. Utilizaba alternativamente el tren para ir y el
autobús para volver, que me dejaban más tiempo para estar con Marta.
Antes de viajar a Mundaca, formalicé el noviazgo ante sus padres, que habían insistido mucho en ello, supongo que queriendo velar por la virtud de su
hija, algo que como padre hay que entender. Trataba de vencer el temor que sentía presentarme ante su padre por su carácter dominante y autoritario, pero dudaba de que lo consiguiera. Me abrió la puerta Marta, que estaba tan nerviosa como yo y trataba de tranquilizarme.
Pasamos al salón, el matrimonio estaba sentado en el sofá, al lado de su madre y de pie Gerardo, que asistía al ritual divertido. Suponía que la presencia de mi futuro cuñado era por si tenía que templar gaitas con el militar. Marta me agarró de la mano y me llevó ante sus padres.
–Este es Ismael, supongo que os acordaréis de él, le conocisteis en Monte la Reina.
Se levantaron ambos, Prudencio me estrechó la mano, mirándome fijamente y a continuación saludé a su madre con besos en las mejillas.
–Bienvenido a la familia –dijo Gerardo, estrechándome la mano.
El trato que recibí fue cariñoso, lo que ayudó a que me tranquilizase y ganara confianza. Les confirmé que mis intenciones eran buenas y respetuosas para con su hija y que mi mayor
anhelo era poder casarme con ella, con su consentimiento. Recibí el beneplácito por parte del padre y de la madre, sin ninguna consideración ni sermón lo cual me extrañó, porque chocaba con mis ideas preconcebidas y llevaba estudiado un rosario de
respuestas a las preguntas que podrían haberme hecho. A partir de ese momento, ya podía entrar en casa de mi novia para ir conociendo mejor a su familia.