Si desaparezco - Leslie Wolfe - E-Book

Si desaparezco E-Book

Leslie Wolfe

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Beschreibung

DE LA AUTORA DE LA CIRUJANA, EL THRILLER DEL MOMENTO. Si estás leyendo esto, he desaparecido. Cierro la carpeta con la carta que he estado escribiendo y me dirijo al salón. Mientras miro por la ventana hacia la casa de al lado, pienso en todo lo que puedo perder si vienen a por mí: a mi querido marido, que no tiene ni idea de lo que he hecho; a mi familia, que me apoya pase lo que pase; y nuestra preciosa casa junto al mar, donde creí que estaría a salvo. Todos dicen que estoy paranoica, pero simplemente me estoy preparando, porque mis secretos me han puesto en un grave peligro. Así que, si ocurre lo peor, esta carpeta contiene todo lo que mi mejor amiga necesitará para encontrarme, escondida en un lugar que solo ella podría adivinar. Desde que éramos niñas es la que me conoce mejor, y es la única capaz de unir las piezas y descubrir la verdad. Solo ella puede encontrarme. Pero lo tiene que hacer rápido. Porque si no, todas sus mentiras saldrán a la luz también… --- «¡Madre mía!… El mejor caso de desaparición que he leído jamás (¡y he leído muchos!)… Me ha encantado este libro. ¡Más de cinco estrellas! Una lectura increíblemente adictiva y trepidante que te mantendrá pegada al Kindle». Heidi Lynn's Book Reviews ⭐⭐⭐⭐⭐ «Imprescindible. ¡Me ha encantado!… Ágil, lleno de giros y muy bien hilado. Te mantendrá pasando páginas hasta altas horas de la madrugada… Fantástico». @JudithDCollins ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Esta historia es mucho más de lo que parece!… Tantas capas, tantas preguntas; mi mente no paraba de buscar nuevas respuestas en cada capítulo. He leído muchos libros de Leslie Wolfe, y este es uno de los mejores». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Buenísimo! Emocionante… madre mía, el final te deja con la cabeza dando vueltas». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «Lo leí en una sola sentada, ¡está genial!… Cuando crees que ya tienes resuelto el misterio, la autora lanza otro giro. ¡Un libro excelente!». Reseña en NetGalley ⭐⭐⭐⭐⭐

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Seitenzahl: 495

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Si desaparezco

Leslie Wolfe

Si desaparezco

Título original: If I Go Missing

© Leslie Wolfe, 2024. Reservados todos los derechos.

© 2026 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.

ePub: Jentas A/S

Traducción: Bárbara Vaquero © Jentas A/S

ISBN: 978-87-428-1438-3

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

Esta es una historia ficticia. Los nombres, personajes, lugares e incidentes se deben a la imaginación de la autora. Cualquier semejanza con hechos, lugares o personas vivas o muertas es mera coincidencia.

First published in the English language in 2024 by Storyfire Ltd, trading as Bookouture.

__

Doy especialmente las gracias a mi amigo y avezado abogado de Nueva York, Mark Freyberg, que me ha guiado con pericia por los entresijos del sistema judicial.

UNO

Si estás leyendo esto, he desaparecido.

Y solo tengo estas páginas para que me conozcas, para que entiendas quién soy y para que te preocupes por mí lo suficiente como para dejar atrás la rutina de tu día a día e invertir un poco de tu bien más preciado —tu tiempo— en encontrarme. En traerme a casa.

Mi plan es hacerlo lo más fácil posible. En esta carpeta encontrarás los detalles que conforman la existencia de una persona: yo. Un rompecabezas formado por fotos, cuentas bancarias, nombres de usuario y contraseñas de redes sociales, huellas dactilares y ADN. Veintinueve años de historia personal contados en unas pocas fotos; algunas descoloridas por el tiempo, otras nítidas, impolutas y recientes, pero todas igual de significativas. Todo lo que he puesto aquí, sea lo que sea, es importante que lo mires con la mente abierta y decidas si ha tenido algo que ver con mi desaparición.

Si pudiera, ahora que estoy escribiendo esto, no tendría ningún pudor, te diría directamente lo que está pasando. Pero no puedo. No tengo una bola de cristal para saber lo que deparará el futuro. Mientras estoy sentada en mi escritorio, en mi apacible guarida, escribiendo esta carta, no es tarea fácil mirar al futuro ante una posibilidad tan horripilante.

Desaparecer. La idea me produce escalofríos.

¿Cómo puedo discernir cuál es la información crítica para resolver mi desaparición? ¿Cómo elijo, de entre la inmensa cantidad de recuerdos que contiene el recorrido de mi vida, aquellos que te pueden ayudar a encontrarme?

Sin embargo, tengo que intentarlo, a ciegas, como quien se abre camino en la oscuridad más profunda, frágil pero imparable; buscando el poder de la luz para que brille sobre ellos y los libere.

Aunque este asunto es extremadamente grave, organizar este archivo me recuerda a un juego al que solía jugar de pequeña con mi mejor amiga. O, para ser más precisa, de adolescente, cuando empezábamos a ver la vida de otra manera, pero seguía creyendo en la magia que había iluminado con encanto nuestra infancia. Recuerdo salidas de dos o tres días aquí y allá, dispuestas a explorar el mundo, a conquistarlo, a hacerlo nuestro. Recuerdo el penetrante olor a naftalina que nos quitaba el apetito y nos provocaba dolores de cabeza, pero que no nos impedía escribir notas secretas que solo podían leerse en el reflejo de un espejo, utilizando una de las formas favoritas de Da Vinci para codificar mensajes. Soy zurda, así que escribir en espejo me resulta más fácil que a la mayoría de la gente. Pero no se trata de eso, estoy divagando.

La vida me parece así ahora mismo, una carta escrita en un espejo que no puedo comprender. Pero, si encuentras el espejo adecuado, mi vida desvelará sus secretos ante tus ojos. Y entenderás todo lo que intento decir aquí, pero para lo que no encuentro palabras.

Verás, temo por mi vida. Y no estoy segura de si el secreto que descubrí es la razón por la que he desaparecido y tú estás leyendo esto. Solo sé que estoy atrapada en un lodazal de sombras y engaños, una trampa ineludible que podría haberme tragado ya.

Tú eres mi única esperanza. A la mayoría de la gente le gusta el crimen en la ficción, en la televisión o en los libros. Esas personas rehúyen mirar las realidades del crimen, repelidas, envueltas en la incredulidad, pensando que la negación será el escudo protector que mantendrá sus vidas prístinas y seguras. Otras hacen justo lo contrario, ansiosaspor ver charcos de sangre y mover las fosas nasales ante el primer olor a muerte, buscando implacablemente chivos expiatorios e inventando mentiras para apoyar sus escenarios ficticios sobre la marcha. Para ellas, el atractivo de la miseria ajena es embriagador e ineludible.

No se puede confiar en ninguno de esos dos tipos de personas para encontrar la verdad. Sobre todo cuando esa verdad está envuelta en una mentira y protegida de la luz del día de tal manera que nadie puede verla. Sirviendo a la mentira a perpetuidad, igual que un organismo huésped sirve y alimenta al parásito enroscado en su corazón.

Este es el tipo de persona que tendrás que ser para encontrarme: diferente; alguien que ha elegido luchar contra el crimen, no solo entretenerse con él en la ficción y en los informativos. Alguien con una pasión implacable por mejorar un poco la vida de la gente en los peores momentos de su existencia. Espero que seas así, que te comprometas con la misión de averiguar qué es real y que no pares hasta obtener respuestas.

Es tu destino.

Solo tú puedes encontrarme.

Por favor, hazlo.

Antes de terminar este mensaje, tengo que pedir disculpas a mi querido marido. Siento mucho haber escondido esta carpeta. Que sepas que no te la he ocultado y espero que la hayas encontrado con facilidad. De todos modos, ya lo sabes todo sobre mí; probablemente nada de lo que hay en sus páginas te sorprenda. La escondí porque da a quien la encuentre acceso completo a mi vida, a todo lo que soy, poseo y amo. Ya estás al tanto de todo eso, pero ese poder en manos de las personas equivocadas podría tener consecuencias aterradoras. Así que la he mantenido escondida, lejos de las entrometidas amas de llaves y de los ocasionales visitantes nocturnos, y tú, obviamente, la has encontrado y se la has dado al detective que está investigando mi desaparición. Gracias por hacer todo eso. Quizá me ayude a volver un poco antes.

A todas las personas que se preocupan por mí, quiero decirles algo, aunque sé que no aliviará mucho la angustia que deben estar sintiendo en estos momentos. De todas maneras, voy a decirlo: soy fuerte,resistente y puedo aguantar. Mis padres me educaron bien. No caeré sin luchar. Tened en cuenta eso y que estoy contando los segundos hasta que nos reunamos.

Así que, por favor, échales un vistazo a las hojas y encuentra respuestas a tus preguntas, algunas de las cuales aún no te las has formulado. Está en tu mano salvarme. Nadie más puede.

Por favor, encuéntrame.

DOS

A principios de año

—Alana, ya hemos hablado de esto.

La decepción en la voz de mi marido es inconfundible. Le dirijo una rápida mirada antes de reanudar la delicada tarea de preparar una «ensalada mustia». Sus ojos se apartan de los míos. Me evita sin decir ni una palabra, sin moverse. Verlo alejarse así de mí me entristece.

Tiene razón. Hablamos de ello. Y le hice una promesa.

Abro la nevera, hago sitio para la ensaladera, la meto dentro y pongo diez minutos en el temporizador.

—Tienes razón —digo, acercándome a la isla de la cocina, y aparto un taburete a un lado, para poder ponerme frente a él—. Y nos vamos, tal y como habíamos hablado. Mañana.

Se le ilumina la cara y muestra su gratitud con una cálida sonrisa.

—Esa es mi chica. —Se acerca a la despensa y abre la puerta de manera mecánica, como alguien que está acostumbrado a hacerlo cientos de veces al día. Elige un borgoña del estante inferior y lo descorcha con rapidez. El corcho sale con un sonido alegre. A continuación, se oye el gorgoteo del tinto llenando dos copas grandes. Durante un momento, ese es el único sonido que se escucha en la serena cocina.

Levanto la mano para impedir que me llene la copa; solo quiero beber un sorbo.

Me da una de las copas y me planta un beso rápido en los labios. La levanto y observo cómo los rayos del sol del atardecer iluminan el líquido con destellos rubí. Luego lo miro a los ojos, saboreando la calidez, el amor y la paciencia duradera que encuentro en ellos.

—Te quiero, Daniel —digo simplemente.

Su sonrisa decae. Unas líneas surcan su frente bajo unos mechones de su rebelde pelo castaño. Abandona su copa sobre la encimera de granito sin tocarla y me dice:

—¿Qué pasa, cariño?

Un suspiro hincha mi pecho. Es mi turno de apartar la mirada, deseando que se me diera mejor ocultar mis emociones.

—Me da un poco de miedo el tratamiento de fertilidad, eso es todo.

Sus cejas se levantan un poco y sonrío. Siempre me ha gustado eso de mi marido, que sus pensamientos están escritos en su rostro con mucha claridad y de una forma entrañable, casi ingenua. Con los extraños es capaz de mantener la compostura, pero conmigo no.

—¿De qué tienes miedo? —pregunta con voz amable, comprensiva, aunque tocada por la ansiedad.

Me muerdo el labio, sopesando mis palabras antes de responder. Entonces decido contestar con humor. Soy una cobarde. No quiero arruinar una tarde de domingo perfecta empezando a vomitar verdades desagradables e inquietantes. Prefiero que disfrutemos del vino mientras esperamos a que se enfríe la ensalada y cenamos tranquilamente. Rara vez tenemos ese privilegio, ya que él trabaja muchas horas en su restaurante.

—Embarazo múltiple. —La respuesta sale de golpe.

Su mandíbula se afloja.

—¿Qué?

Inclino ligeramente la cabeza y lo miro.

—Sí, bueno, es un riesgo de las inyecciones de hormonas. A veces estimulan demasiado la ovulación. Podríamos tener un embarazo múltiple. —Se me corta la respiración inesperadamente y dejo la copa, que está intacta, sobre la encimera. Mi mano encuentra mi abdomen y lo frota con suavidad, como si ya estuviera embarazada. No puede ver lo que estoy haciendo desde donde está sentado, al otro lado de la isla de la cocina. Me cuesta encontrar la fuente de mi humor anterior. Es como si se hubiera secado, dejando tras de sí una extensión árida y cargada de fatalidad. Pero de alguna manera consigo arreglármelas—. Supongo que podré con dos. ¿Y tú?

Su sonrisa ilumina la habitación, con destellos dorados de alegría en sus ojos. Verlo así me inquieta.

—¿Estás de broma? —pregunta, poniéndose de pie, y corre alrededor de la isla para rodearme con sus brazos—. No tienes de qué preocuparte. —Entierra la cabeza en mi pelo y me susurra al oído—: Puedo con cinco si me los das.

Lo empujo suavemente. Mi marido se lo toma todo a broma. A veces me pregunto si desea tanto tener niños porque en el fondo él sigue siéndolo.

—Esto es serio, Daniel. Podríamos...

—Saldremos adelante, te lo prometo. En el restaurante gano dinero suficiente para que podamos comer.

—¿Y para pagar la universidad a los cinco también? —bromeo, con la cabeza ladeada como antes, pero por un motivo distinto. Ya no dudo de él. Coqueteo descaradamente con él mientras me pregunto, en el fondo de mi mente, cuánto tiempo puede sobrevivir una ensalada abandonada en la nevera antes de ponerse blanda.

Hay algo inherentemente sexi en Daniel cuando me mira así. Su pelo despeinado y aclarado por el sol aún huele a gel de ducha, sus labios carnosos esbozan una sonrisa ladeada y su barba incipiente roza mis labios cuando se acerca. Hay un hambre en su tacto que enciende un fuego en mí.

Esta vez, el fuego se apaga con rapidez cuando recuerdo de qué estábamos hablando: de tratamientos de fertilidad. La cita de mañana por la tarde es para la primera ronda de inyecciones. Recordar eso tiene el efecto de agua helada vertida sobre mi cabeza —varios cubos de agua— mientras grito silenciosamente en mi interior.

Me alejo con suavidad y doy uno o dos pasos atrás, luego miro la hora.

—La cena está lista.

Se queda parado en el sitio, un poco aturdido; sus manos encuentran los bolsillos después de flotar vacilantes en el aire durante una fracción de segundo. Frunce el ceño mientras me observa. Doy gracias por tener algo que hacer, y lo hago rápido, aunque no tan eficazmente como un restaurador.

Se ríe cuando lo llamo así. Dice que tener un local llamado Dan’s Diner —que regenta con su hermano pequeño, Jason— no es digno de palabras pomposas, como tampoco lo es de una estrella Michelin. Siempre le recuerdo dónde está ese lugar, en una de las ubicaciones más deseadas de la costa californiana, con vistas a las puestas de sol del Pacífico desde su gran patio, en el corazón de un tranquilo pueblecito llamado Half Moon Bay. La gente atraviesa las montañas de Santa Cruz en coche para probar su sopa de almejas, desde San Francisco hasta San José.

Los platos repiquetean en mis manos durante unos instantes y por fin estamos sentados, con abundantes raciones de ensalada y panecillos calientes recién salidos del horno. Daniel rellena las copas y deja la botella a su lado. Todavía queda un tercio. Luego me sonríe, de forma serena y pensativa. Cuando hace eso me recuerda a Paul Newman de joven.

—Bon appétit —digo, pronunciando dos de las poquísimas palabras de francés que sé.

Él mira la comida con una mezcla de crítica y humor. El trozo de lechuga se ha movido de debajo de la capa de jamón y champiñones bañados en zumo de limón y tiene un aspecto bastante mustio, por supuesto. Aunque se supone que tiene que estar así, el resultado de mi trabajo es visualmente poco atractivo. No podría ganarme la vida trabajando en un restaurante aunque mi vida dependiera de ello.

—Buen intento —dice; luego se mete un tenedor en la boca y mastica con ganas—. Mmm, está muy buena.

Me arden las mejillas. No necesito su misericordia.

—Gracias, pero...

—No, en serio, está deliciosa —añade, vaciando su plato a toda velocidad—. Creo que voy a añadirla a nuestro menú.

—¿De verdad? —Pruebo la ensalada y resulta que está buena de verdad. Tiene un aspecto ligeramente mustio, pero la lechuga iceberg sigue crujiente. El jamón ha dejado un agradable regusto salado por todas partes, que casa a la perfección con el zumo de limón. Las hierbas y la pimienta le dan un toque especial. Sonrío, llena del orgullo de una principiante ante su primera obra maestra.

—¿Cómo se llama? —Daniel se sirve una segunda ración.

—Ensalada mustia. He encontrado la receta en Internet. —Tomo otro bocado y disfruto de la mezcla de sabores que tengo en la boca—. ¿Lo dices en serio? ¿Pondrías mi ensalada en tu menú?

Levanta la copa.

—Desde luego. Aunque el tiempo correría en nuestra contra. No podemos hacer esperar a los clientes diez minutos mientras se enfría. Tampoco podemos prepararla con antelación, porque perdería textura rápidamente, aunque la conserváramos en frío. —Mira distraído el plato vacío, donde la ensalada ha dejado restos de sus jugos—. Tendríamos que prepararla al momento y el personal de sala tendría que colaborar con nosotros, ganar tiempo, aunque usáramos el enfriador rápido durante medio minuto más o menos. —Otro momento de reflexión—. Yo añadiría chalotas y un toque de mostaza de Dijon para darle más potencia en boca.

Me encojo de hombros. No estoy capacitada para prever lo que la mostaza y las chalotas le harían a mi receta. A diferencia de Daniel, yo no puedo imaginarme el sabor de los alimentos.

—Añádelo en la sección de entrantes —sugiero—. La gente que pide entrantes suele pasar más tiempo comiendo.

Me mira fijamente. Su mirada hace que se encienda dentro de mí un calor que arde lentamente. Ya no me importa nada el tratamiento de fertilidad.

—¿Una ensalada en la sección de entrantes? No eres solo una cara bonita —susurra, recorriendo mi mano con el dedo—. ¿Por qué no...?

Un fuerte ruido interrumpe el momento que estamos viviendo en la cocina. Procede del exterior de nuestra casa y suena como si hubieran golpeado el portón trasero de un camión grande. Un par de voces de hombre gritan algo ininteligible y luego se hace el silencio. Ambos nos levantamos de la mesa y vamos al salón a echar un vistazo.

Hay varios operarios descargando muebles en el camino de entrada de la casa de al lado, la única otra casa que hay en nuestro pequeño callejón sin salida. Trabajan bastante rápido; colocan las cajas en plataformas con ruedas y las meten dentro a toda velocidad. El camión lleva un logotipo que reconozco, el de una empresa local de mudanzas de alta gama. No se trata de Allied o Mayflower, lo que significa que nuestro nuevo vecino no ha venido de otro estado.

—¿Sabías que la señora Moore había puesto la casa en venta? —pregunto; Daniel niega con la cabeza—. A lo mejor la ha alquilado. No he visto ningún cartel de «se vende».

Por un momento, me pregunto por qué la señora Moore no me ha contado nada. No es que tuviera que hacerlo, pero la considero mi amiga. Tiene casi setenta años, y yo sabía que esto iba a pasar tarde o temprano. Ojalá hubiera podido despedirme como es debido con una buena cena y una copa de vino en nuestro patio trasero.

—Puede que se haya ido a vivir con su hijo —digo, aunque Daniel no ha preguntado. Solo mira por la ventana, aparentemente fascinado por cómo hacen su trabajo los de la mudanza—. Espero que le caiga bien Marcello.

—¿Quién?

—Su gato. —Me río en voz baja. Hemos ido a ver a la vecina y a su gato innumerables veces. Siempre que íbamos nos contaba la historia del nombre de su gato: cuando era una joven enfermera pasó unos días en brazos de un joven médico italiano llamado Marcello y sus ojos le recordaban a ese antiguo amor.

No sé cómo Daniel consigue olvidarse siempre de una historia tan bonita y romántica.

Observamos a los operarios durante un minuto más, luego vuelvo a la cocina y saco una tarta de manzana del congelador. La caliento en el horno lo justo para descongelarla. Mientras espero, me retoco el pintalabios y me cepillo el pelo. Una mirada crítica e intransigente al espejo me devuelve una imagen de la que no estoy demasiado orgullosa, pero de la que tampoco me avergüenzo. Mi pelo castaño claro, largo hasta la mitad de la espalda y ligeramente ondulado, parece apagado, y hay mechones apelmazados a pesar del cepillado. Necesita un corte y acondicionador. Me noto un poco cansada y pálida, lo cual es comprensible teniendo en cuenta que me he pasado todo el día ayudando a Daniel con la contabilidad del restaurante.

—Anda, ¿vas a conocer a los vecinos? —pregunta Daniel, mirando la tarta que acabo de sacar del horno.

Me quito los guantes y los dejo sobre la encimera.

—Claro. Es una tradición americana que me encanta. —Cuando nos vinimos a vivir aquí, la señora Moore se presentó en nuestra puerta para darnos la bienvenida al barrio e invitarnos a cenar a su casa. Fue un detalle que aún recuerdo con cariño. De lo contrario, habríamos tenido que cenar en el restaurante, y tanto Daniel como yo hemos comido lo suficiente de todo lo que hay en ese menú como para toda una vida. En realidad, esa es la razón por la que Daniel no cocina en casa muy a menudo. Suelo hacerlo yo. Así él se toma un descanso de cocinar, y yo me tomo un descanso de sus elecciones de menú. Es un buen trato, aunque yo soy una cocinera bastante mediocre.

Me aliso la ropa y me paso la mano por el pelo una vez más antes de coger la tarta y salir de casa. Está claro que Daniel no tiene intención de acompañarme; de hecho, estará encantado de volver a sus tareas de contabilidad.

Cuando llego a la acera, el camión se aleja rebotando ligeramente sobre sus grandes ruedas al tomar el desvío hacia la carretera principal.

La puerta de la casa de los vecinos está cerrada. Me aclaro la garganta y me dispongo a esbozar una sonrisa de bienvenida; luego llamo al timbre.

La puerta se abre. Un hombre, vestido con camisa blanca y pantalones grises, me saluda con una mirada inquisitiva que enseguida se transforma en reconocimiento. Cuando nuestros ojos se encuentran, me siento débil, como si no pudiera respirar. En mi cerebro se suceden recuerdos no deseados, abrumadores.

El sonido de la tarta estrellándose contra el suelo es lejano y vago, como si se le hubiera caído a otra persona. Como si lo estuviera oyendo por la tele desde otra habitación.

El tintineo de los tacones de aguja que se acercan llama mi atención. Aparto mis ojos desconcertados de la tarta desparramada justo cuando la veo aparecer. La esbelta joven se acerca con rapidez desde el salón con un revuelo de volantes rojos y ondas de pelo largas y rubias. Jadea y me saluda cariñosamente mientras yo me quedo boquiabierta.

—¡Oh, Dios mío, Alana, qué sorpresa!

Me rodea con los brazos y me aprieta con fuerza mientras se las arregla para no pisar los restos de la tarta de manzana. Como en un sueño, levanto los brazos y los pongo alrededor de su esbelto cuerpo, aunque la cabeza me da vueltas.

De algún modo, consigo cerrar la boca y susurrar su nombre.

—Chloe.

TRES

Después de conocernos, me pasé casi un año sin poder entender por qué Chloe Avery no estaba matriculada en uno de esos lujosos colegios privados que abundan en Silicon Valley. Su familia tenía dinero. Es más, sus padres procedían de familias adineradas, una distinción de cierta importancia a la hora de considerar las opciones educativas de alguien.

A diferencia de Chloe, yo no tenía elección. Para mí, la enseñanza pública era la única opción. Pero como era una joven de dieciséis años que acaba de empezar el tercer año de instituto, mi mente no consideró las opciones de escolarización.

Lo estoy pensando ahora porque no lo hice cuando la conocí.

Eso fue hace casi doce años.

Éramos muy diferentes, como la noche y el día. Ella era enérgica, apasionada y chispeante, y siempre sonriendo y echándose la larga melena rubia por encima del hombro para quitársela de encima, en un movimiento característico que repetía sin la menor timidez. Tenía una inquietud innata que la impulsaba a explorar el mundo con avidez, como si se le estuviera acabando el tiempo. Cada día se le ocurría una idea nueva: realizar una actividad que nunca habíamos hecho, comer algo que le apetecía probar o ir a algún lugar del que había oído hablar.

Y era muy guapa. Impresionante.

Podría haber sido supermodelo si hubiera enviado una foto a alguna agencia. Fascinada por su aspecto, había intentado convencerla de que lo hiciera. Pero a ella no le importaba nada de eso. Era su momento de vivir, «de experimentar la libertad», como solía decir mientras agitaba sus largas pestañas y me miraba suplicante con unos ojos grandes y redondos que me recordaban a los de un ciervo. Los mismos iris tiernos de color avellana, la misma vulnerabilidad que ha hecho que varias generaciones de niños quieran adoptar a Bambi. Pero no era débil. Era una de las personas más fuertes que he conocido. Bajo esa fachada de delicada belleza y despreocupado disfrute de la vida, descubrí un férreo núcleo interior, un lado de ella que sorprendería a mucha gente.

Chloe y yo no podíamos ser más distintas.

A diferencia de ella, yo era un poco marimacho, atlética, y mi objetivo era terminar el instituto con buenas notas para poder entrar en una buena universidad e intentar conseguir una beca. El pelo largo y castaño claro, que llevaba suelto o a veces recogido en una coleta, y los ojos azul grisáceo eran mis mejores rasgos. Por lo demás, me consideraba terriblemente normal y corriente.

Trabajaba por las tardes, algunos fines de semana y durante todo el verano, porque con los dos trabajos de mi madre no llegábamos a fin de mes. Mi padre nos había abandonado un año después de que yo naciera; había desaparecido sin dar una explicación y sin decir a dónde iba. Algunas de las poquísimas fotos que encontré en una caja de zapatos vieja muestran a la niña que solía ser, sentada en el regazo de mi madre, sonriendo despreocupadamente y moviendo los dedos en el aire; sus ojos tenían ojeras, aunque se esforzaba por sonreír. En esas fotos se puede ver la modestísima habitación amueblada en la que vivíamos hasta que cumplí ocho o nueve años.

Cuando conocí a Chloe, mi vida no había evolucionado mucho. Nos habíamos mudado un par de veces; mi madre seguía empeñada en vivir en Half Moon Bay, California, su ciudad natal y la mía, cuando tal vez podríamos haber llevado una vida mejor en Kansas o en algún lugar por el estilo. Pero, al igual que yo, ella amaba profundamente esta ciudad: el aire salino, la densa niebla que se forma por la noche y la pequeña comunidad rural que permanece cuando las hordas de turistas estacionales se han ido a casa.

Cuando estaba en el instituto, vivíamos en un apartamento de una habitación, y tenía un permiso de trabajo que me permitía trabajar después de clase. En verano, trabajaba en una de las granjas locales, una atracción turística orientada a familias en la que se podía acariciar y dar de comer a los animales, dar paseos en poni y recoger frutos del bosque. Yo alimentaba a los animales, limpiaba los establos, recogía fruta y daba la bienvenida a los turistas. Era una especie de chica para todo. No era el trabajo de mis sueños, ni mucho menos, pero era un dinero que necesitábamos tanto mi madre como yo. Unas cuantas tardes a la semana, hacía un turno en la ferretería local, donde me ponía un delantal que olía a polvo y a WD-40 y ayudaba a los clientes que iban a última hora de la tarde a encontrar el filtro de aire, las herramientas eléctricas o los tornillos que buscaban. No había tiempo en mi vida para amistades o diversión.

Sin embargo, Chloe y yo nos hicimos muy amigas en cuestión de días, más rápido de lo que creía posible. Encajamos a la perfección. No puedo hablar de lo que a ella le gustaba de mí, pero a mí me gustaban su honestidad, su franqueza y la alegría que destilaba, como si cada día fuera un regalo que no podía esperar a desenvolver. Parte de esa alegría se me contagiaba y la atesoraba como un rayo de sol en un clima que, de otro modo, sería deprimente, con largas jornadas de trabajo bajo la nube omnipresente de la pobreza.

No esperaba que nuestra amistad durara. Temía el momento en que se diera cuenta de que otras chicas de nuestra clase eran mucho más divertidas que yo. Pronto encontraría algo mejor que hacer que esperar a que acabara mi turno para que pudiéramos ir a ver una película al cine; un gasto que me hacía sentir bastante mal. Mientras ella se dedicaba a probarse ropa nueva, yo tenía que cepillar a cinco ponis antes de terminar mi jornada. Ella olía a Jo Malone o Acqua di Parma, mientras que yo a veces me sumergía en las heladas aguas del Pacífico para quitarme el hedor a estiércol del pelo antes de reunirme con ella. Solo lo hacía cuando no tenía tiempo de pasarme por mi apartamento para darme una ducha, pero, aun así, me habría muerto de vergüenza si se hubiera enterado entonces, o incluso si se enteraba ahora.

Nuestra amistad perduró y se fortaleció. Chloe y yo encajábamos bien, y su inusual educación evitaba que el tema del dinero causara daños. Manejaba ese tema con mucha elegancia, sin alardear de ello, como harían otras chicas. Ella respetaba que yo tuviera que trabajar, y se había ofrecido un par de veces a pagarme un helado y la entrada del cine, pero no había insistido cuando le había dicho que prefería pagarme mis cosas. Cuando conocí a sus padres, supe por qué se comportaba así.

Me invitó a su casa a los pocos meses de empezar el tercer año de instituto. Era casi Acción de Gracias y la brisa marina cortaba; era un viento desagradable y húmedo que había acabado con nuestros planes de pasear por los acantilados. Era domingo y, en lugar de eso, vino a recogerme en coche a la ciudad y comimos en su casa, con su familia.

Estuve tan tímida y tan sumamente incómoda que me duele recordarlo. Me sentía intimidada en su presencia, no solo en ese momento, sino la mayor parte del tiempo. Su casa, construida a capricho en un acantilado que se elevaba unos quince metros sobre el nivel del mar, a quince kilómetros al sur de la ciudad, era la más hermosa que había visto nunca. De una sola planta, con grandes ventanales que dejaban que las vistas llenaran cada habitación con el movimiento, el sonido y el sabor del Pacífico, me dejó sin aliento.

El dormitorio de Chloe no era lo que esperaba. Era sencillo, aunque pude percibir la riqueza que había detrás. Pero el lujo es así. Lo que yo creía que era una ventana enorme resultó ser una puerta corredera que llevaba a una pequeña terraza sobre el acantilado, desde donde se veían las olas rompiendo bajo nuestros pies. Allí nos acurrucamos en unas tumbonas, envueltas en cálidas mantas, y nos pusimos a hablar mientras mirábamos el mar. Charlamos sobre las típicas cosas de chicas; Chloe estaba tan interesada como siempre en cotillear sobre todos los chicos del instituto y yo, feliz de escucharla y fascinada por cómo podía ser la vida de los demás.

La comida de ese día debió ser normal para ellos, pero para mí no se parecía a nada que hubiera probado antes. Una sabrosa sopa de patatas con crema agria y chalotas picadas muy finas. Un trozo de carne asada que se deshacía en la boca. Comer sin prisa requirió de toda la fuerza de voluntad que tenía.

Sus padres eran encantadores, igual que Chloe. Se notaba que eran familia. Había heredado la frente ancha de su padre, Harold Avery. Sus fascinantes ojos y su melena rubia procedían de su madre, Denise. Los tres eran bellísimas personas y yo estaba maravillada con su familia, con su vida y con la forma en la que el mundo giraba en torno a ellos. No como nos ocurría a mi madre y a mí, que alternábamos momentos de crisis con una lucha por la supervivencia sin cuartel, en la que lo bueno y lo malo se mezclaban en un amasijo informe.

Denise era dentista y tenía una clínica bastante exitosa en Santa Clara. Harold era abogado inmobiliario comercial. Años después, me di cuenta de que era el hombre al que contrataban las grandes empresas tecnológicas cuando planeaban construir otra sede o necesitaban recalificar un terreno. Sus ojos perspicaces me taladraban, preguntándome por mi vida con curiosidad real o perfectamente fingida. De vez en cuando, una sonrisa de aprobación se dibujaba en sus labios mientras escuchaba. Recuerdo que aquel día me rebelé y decidí no guardarme nada. No quería mentir ni avergonzarme de mi realidad. Así que allí estaba yo, un poco nerviosa pero valiente, compartiendo mi experiencia laboral en la granja, hablando de paseos en poni y de turistas recogiendo fresas.

No recuerdo haber visto ni el más mínimo atisbo de arrogancia o desprecio en la actitud de Harold ni en la de Denise. En todo caso, me sentí valorada. Antes de que sirvieran el postre, sentí que pertenecía a aquel lugar, por paradójico que parezca ahora o que pareciera entonces.

Y entendí por qué Chloe no iba a un lujoso colegio privado de San José. Eran personas con los pies en la tierra, sin pretensiones, y probablemente querían que su hija fuera educada de la misma manera.

El resto del curso escolar transcurrió sin contratiempos; yo trabajaba algunas noches a la semana y el día entero los sábados, y Chloe pasaba conmigo todos los ratos libres que yo tenía. Una tarrina de helado compartida, sentadas en una manta junto al mar, metiendo las cucharas de plástico con tanta avidez que se doblaban hasta casi romperse. Un taller de cerámica que nos demostró a las dos que modelar arcilla en un torno no era lo nuestro. Viajes de fin de semana a cabañas en las montañas de amigos de la familia y conocidos que poseían propiedades vacacionales. Después, cuando el tiempo mejoró un poco, fuimos de acampada a la playa estatal con un grupo de compañeros de nuestro curso y del superior. Nuestra primera cerveza, comprada ilegalmente por un estudiante de último curso con carné falso que esperaba meterse en las bragas de Chloe. El mundo era nuestro, aunque yo solo fuera una mera acompañante.

Justo antes de las vacaciones de verano, estaba en una nube, porque el dueño de la granja donde trabajaba había decidido regalarme el viejo Honda Accord de su hijo a cambio de una semana de trabajo. Por fin tenía mi propio coche. Mientras tanto, Chloe estaba enamorada —o encaprichada— de un estudiante de último curso llamado Bruce. Lo único que hacía era hablar de él. Lo que decía, la ropa que se ponía, el champú que usaba. Cómo le tocaba la mano. Cómo la besaba. Cómo hacían el amor bajo las estrellas en el asiento trasero de su descapotable. Y yo la escuchaba. Sus historias eran la única vida amorosa que yo tenía en ese momento.

En las vacaciones de verano, Bruce desapareció y un chico nuevo, un camarero moreno y bastante larguirucho que trabajaba en un bar y asador local, ocupó su lugar. Cuando en la granja empezaron a verse largas colas para los paseos en poni los sábados por la mañana, el camarero ya era historia y Chloe salía con Dillon, un socorrista alto y musculoso que trabajaba en The Ritz-Carlton. Yo lo sabía todo, por supuesto. Conocía todos los detalles. Cuando conocí a Dillon, aparté los ojos de él, avergonzada de saber tanto sobre cómo le gustaba hacer el amor. Las cosas que decía durante y después del sexo. Recuerdo que me sonrojé, inventé alguna excusa y me marché para que el confundido Dillon pudiera saborear a la sensual, atrevida e insaciable Chloe.

Pero el primer día de mi último año, las cosas cambiaron para siempre cuando un nuevo estudiante se trasladó desde algún lugar de la Costa Este; de Carolina del Norte, creo. Yo tenía diecisiete años.

Con unos ojos azules penetrantes que prometían problemas y una mandíbula cincelada que resaltaba su piel besada por el sol, el recién llegado de un metro noventa entró en nuestra clase y se detuvo justo delante de mí. Su cuerpo tonificado me hizo pensar en la palabra atleta, no sabía si de béisbol o de fútbol americano. Su sonrisa perfecta irradiaba un nivel de encanto magnético imposible de ignorar.

La charla en el aula se redujo casi a cero, o eso me pareció. Chloe se acercó a mí y me agarró del brazo, apretándomelo discretamente como si dijera: «Mira eso», mientras mostraba su sonrisa de estrella de cine, acompañada de su característico movimiento de pelo.

Los ojos del chico no se apartaban de los míos. Como si Chloe ni siquiera estuviera allí.

—Hola —recuerdo que susurré, con voz un poco ahogada. A diferencia de Chloe, yo era una jugadora novel—. Soy Alana —dije con torpeza. La mano que le tendí temblaba ligeramente.

Asintió, y su sonrisa se ensanchó un poco, con lo que aparecieron hoyuelos en sus mejillas.

—Raymond Preston. Puedes llamarme Ray.

CUATRO

Chloe no puede estar tan feliz de verme. No después de todo lo que pasó.

No después de los diez años transcurridos desde la última vez que la vi, durante los cuales he hecho todo lo posible por no cruzarme nunca en su camino.

Contengo la respiración mientras me abraza, luego me separo suavemente y mis ojos se mueven a izquierda y derecha mientras ella me agarra de las manos y me mira de arriba abajo. Como siempre, me siento un poco incómoda bajo su escrutinio, enfundada en unos pantalones capri desgastados y una sencilla camiseta con cuello de pico.

Al principio, dudo en mirarla, pero luego no puedo apartar la vista. Es impresionante, incluso más de lo que recordaba. Un leve aroma a cosméticos de alta gama llena mis fosas nasales. Su ropa, aunque está en mitad de una mudanza, está impoluta. La blusa roja con volantes de seda combina con elegancia con unos pantalones ajustados beis. Completan el atuendo unos zapatos de piel marrón con tacón de diez centímetros que están peligrosamente cerca de los restos de la tarta de manzana espachurrada.

La vida se ha portado bien con Chloe.

—Mírate —dice, levantando la voz por la alegría—. No has cambiado nada. Y no puedo creer que vayamos a ser vecinas. —Para mi sorpresa, me abraza de nuevo y da un beso al aire, cerca de mi mejilla.

Sonrío con timidez cuando se aparta, sintiéndome un poco extraña por el cálido recibimiento y abrumada por su repentina aparición en mi vida. Me doy cuenta de que hace tiempo que no respiro. Lleno mis pulmones de aire y me preparo para lo que viene. Ya no se puede evitar.

—Sí, es una sorpresa estupenda, ¿verdad? Estás increíble, como siempre —digo, evitando mirar al hombre que está junto a la puerta abierta. Pero tengo que hacerlo—. Me alegro de verte, Ray.

Sonríe y sus ojos azules brillan con algo que no me atrevo a reconocer. Aunque no tenga nombre, ese algo despierta en mí sentimientos que creía olvidados.

¡Joder! Deberían haberse quedado lejos, al igual que Chloe debería haber seguido siendo parte de mi pasado.

Incómoda, cambio el peso de un pie a otro, con la mirada baja fija en la que he liado. Han caído trozos de tarta en los pantalones de Ray, en sus zapatos y en el suelo, y el estuco recién pintado de la pared está manchado de salpicaduras.

—Lo siento mucho —murmuro—. Voy a ver si hay papel higiénico. —Me deslizo entre ellos, con cuidado de no rozar a ninguno, y desaparezco en el cuarto de baño. Por suerte, la señora Moore ha dejado un rollo. Cojo un poco y vuelvo corriendo al porche.

Chloe levanta las manos, con una sonrisa encantadora.

—¡Déjalo, Alana, no pasa nada!

Cojo la bandeja que se me ha caído y empiezo a poner tarta en ella. Me siento muy incómoda aquí, en cuclillas, a los pies de Ray. No me deja terminar. Se agacha a mi lado y me agarra suavemente del brazo. Me tiemblan las manos y de nuevo siento que se me puede volver a caer la bandeja.

—No te preocupes, ¿vale? Yo me encargo —dice en un susurro bajo. Su voz es amable pero firme y autoritaria, tal como la recuerdo.

Derrotada, abandono todo en el suelo y me pongo de pie, deseando irme corriendo a casa.

Me lleva a la cocina, donde los de la mudanza han alineado seis sillas de comedor delante de los armarios. Acerca una a la isla y me invita a sentarme. Sin mediar palabra, obedezco.

Chloe observa nuestra interacción y su sonrisa muestra signos de estar disminuyendo.

Ray se enjuaga las manos en el fregadero de la cocina y luego se sacude las gotas de agua, a falta de un paño con el que secarse.

—Dime, ¿hay alguien especial en tu vida? —pregunta.

Desde el otro lado de la isla, Chloe me observa con interés mientras Ray desaparece en el baño y vuelve con el rollo entero de papel higiénico.

Por un momento, no estoy segura de a qué se refiere. Una oleada de ansiedad injustificada recorre mi sangre.

—Sí —respondo finalmente—. Daniel, mi marido.

La sonrisa de Chloe se hace un poco más grande.

Ray se queda parado en el sitio y me mira con la emoción de un niño pequeño que acaba de descubrir algo nuevo y brillante con lo que jugar.

—¡Venga, ve a buscarlo! Nos encantaría conocerlo.

Frunzo un poco el ceño.

—¿Qué, ahora? —Miro las cajas sin abrir y los muebles que hay que colocar.

—¿Para qué esperar? —pregunta, y empieza a limpiarse la tarta de la pernera del pantalón con un trozo de papel húmedo mientras pienso en ello. Sería un alivio tener a Daniel a mi lado.

Con rapidez, le envío un mensaje de texto, sabiendo que pondrá los ojos en blanco, frustrado por tener que abandonar su trabajo para pasar el rato con unos completos desconocidos. Intento que mi mensaje sea convincente.

Ven. Los nuevos vecinos son viejos amigos míos. Trae otra tarta, un rollo de papel de cocina y limpiador de superficies. Ahora te lo explico todo.

Su respuesta llega enseguida en forma de un signo de interrogación, otro de exclamación y un emoji de sorpresa. Puedo traducir su mensaje con facilidad. Está frustrado, se pregunta si estoy bien y está de camino. Es la manera de Daniel de decir: «¡Qué cojones pasa!».

Permanezco torpemente de pie junto a la isla, demasiado nerviosa para seguir sentada, mientras Ray sigue limpiándose la tarta de los pantalones con un papel higiénico que no deja de desintegrarse, ya que es demasiado endeble para ese cometido. Incapaz de seguir mirándolo, echo un vistazo a la habitación, donde los de la mudanza han apilado los muebles unos encima de otros. Varias hileras de cajas cubren la pared del fondo y la mayor parte del comedor.

Tienen unos muebles preciosos. No me sorprende. El silencio me resulta insoportable, así que me vuelvo hacia Chloe y le pregunto:

—¿Cómo te ha ido? —Mi voz no suena tan temblorosa como me siento.

Sus tacones repiquetean en el suelo yermo mientras se acerca, aparentemente entusiasmada por empezar a charlar como en los viejos tiempos. Acerca una silla, pero el timbre suena antes de que pueda sentarse.

Respiro. Ha llegado Daniel.

Ray está más cerca de la puerta y la abre de par en par.

—Tú debes ser Daniel —dice, cambiando el rollo de papel higiénico a su mano izquierda y extendiendo la derecha.

—Sí, encantado de conocerte.

Se dan la mano vigorosamente. Por primera vez desde que conozco a Daniel, me doy cuenta de lo mucho que se parecen los dos hombres. Es una sensación inquietante y desconcertante, aunque Ray es tres centímetros más alto que Daniel y su pelo es más oscuro. Los ojos de Daniel son marrones, en vez de azules, y sus mejillas no tienen hoyuelos como las de Ray, así que es difícil averiguar de dónde viene el parecido, pero está ahí, mirándome a la cara.

Chloe se acerca con su sonrisa poderosa, su movimiento de pelo y una evidente curiosidad en los ojos. Estrecha la mano de Daniel mientras dice su nombre y me lanza una mirada de aprobación. Estoy demasiado aturdida para reaccionar.

Mi marido se queda mirando el desastre que he provocado y me mira con una crítica tácita por mi torpeza, sin dudar de quién ha tenido la culpa. Luego deja en la encimera la bolsa en la que ha metido las cosas que le he pedido y algunas más. Al ver el rollo de papel de cocina, Ray vitorea emocionado, y el espray limpiador tiene el mismo efecto. Después, Daniel saca una botella de vino y se ofrece a abrirla.

—Dios mío, sí, por favor —dice Chloe con voz casi sensual—, pero no tenemos...

—No hay problema —responde Daniel—. Os he traído un regalo para vuestro nuevo hogar. —El último artículo de la bolsa es un juego de cuatro copas de vino que nos regalaron las Navidades pasadas y que no nos gustaba demasiado. Estaba cogiendo polvo en la despensa con un pósit con el nombre de quien nos lo había dado, para no acabar regalándoselo a la misma persona por error.

Chloe empieza a abrir la caja agitando los párpados y sonriendo de forma conspiradora, como si fuera el mejor regalo que ha recibido en su vida. Susurrando: «¡Gracias!» solo a él, inclina la cabeza y se pasa un mechón de su sedoso pelo rubio por detrás de la oreja.

Está flirteando descaradamente con mi marido mientras yo me quedo muda, sintiendo que la sangre se me escapa de la cara.

El momento incómodo dura poco, o tal vez solo estaba en mi imaginación. Daniel sirve el vino con maestría, entrega una copa a cada uno y se pone a mi lado, rodeándome la cintura con el brazo. Me inclino hacia él, agradecida, y luego le sonrío. Me da un beso rápido en los labios mientras Ray observa la interacción con una pizca de diversión en sus ojos azules.

—Salud —dice Ray en voz alta, y las copas tintinean en el aire sobre la isla de la cocina—. Sois unos vecinos estupendos. —Sus ojos se detienen en mi boca y me siento turbada. Decido no mirarlo más.

Daniel nota que estoy rígida como una tabla y me lanza una mirada inquisitiva. Me encojo de hombros ligeramente y él desvía su atención hacia Ray.

—¿Haces surf? —Debe haberse fijado en las dos tablas de surf enormes que están apoyadas en la puerta trasera.

—Sí. —Ray sonríe después de vaciar su copa—. ¿Y tú?

—No dispongo de mucho tiempo libre, pero me vendría bien tener a alguien con quien coger las olas.

—¡Genial! —Se dan la mano de nuevo—. Cuenta conmigo.

Daniel, que sonríe como hacía tiempo que no lo veía sonreír, se pasa la mano por el pelo y se acerca a una montaña de muebles que hay en medio del salón.

—¿Y esto? ¿Los de la mudanza vuelven mañana por la mañana?

Ray arruga la nariz.

—Tengo que buscar a alguien. Esos tíos nos han dejado tirados. Lo han descargado todo y se han largado.

Mi marido mira atentamente el montón de muebles.

—Si quieres, podemos hacerlo entre los dos —dice. Reprimo un suspiro. Así es mi Daniel, siempre dispuesto a ayudar. Incluso cuando en mi interior espero que no lo haga—. Estará todo listo en un pispás.

Chloe observa la interacción, pasando los ojos de un hombre a otro, como si estuviera viendo un partido de tenis. Me doy cuenta de que está contenta, pero no sé por qué.

—Genial —dice Ray, mientras se quita los zapatos y se sube las mangas.

Todavía no puedo creer que vayan vestidos así el día de su mudanza. ¿Qué ha sido de los vaqueros y la camiseta? ¿Están pasados de moda?

—Lo siento, acabamos de volver de un cóctel benéfico que se ha celebrado en mi oficina —dice Ray, como si me hubiera leído la mente—. Pareces un hombre bastante ocupado —continúa, gruñendo un poco mientras él y Daniel levantan la mesa del comedor—. ¿A qué te dedicas?

Chloe sigue mirándolos, ignorándome aunque estoy aquí mismo, sentada a su lado.

—Tengo... Tenemos un restaurante —dice Daniel. Es un amor por haberme incluido, pero el negocio siempre ha sido suyo. No aporté mucho a nuestro matrimonio.

—¿Aquí, en Half Moon Bay? —pregunta Chloe, levantándose de la silla, y camina hacia los dos hombres—. ¿Cómo se llama?

—Dan’s Diner —responde mi marido, sonriendo con orgullo—. Puede que hayas oído hablar de él.

—¿Lo preguntas en serio? Nos encanta ese sitio —responde Ray, y Chloe asiente con entusiasmo.

—Tus ostras están de muerte —añade—. Y la ensalada César está deliciosa. Siempre pido eso.

Miro fijamente el intercambio mientras me toco la barbilla. Esto va a acabar fatal, a menos que haga algo al respecto. Como recordarle a Chloe que existo.

—¿En qué trabajas? —le pregunto a Chloe, acercándome yo también y tocando la fina tela de su blusa. Solía hacerlo cuando éramos amigas; el gesto se me ha escapado por la fuerza imparable de la costumbre.

—Oh... —Se vuelve hacia mí—. Soy periodista en el Style Vignette, cubro las últimas novedades del mundo de la moda.

Cómo no... Consigo esbozar una sonrisa e infundirle un poco de emoción.

—Te pega. —No estoy mintiendo. Siempre le ha gustado la moda—. ¿Te gusta?

Ella asiente mientras sus labios carnosos se estiran en una sonrisa ligeramente abierta y significativa y sus rizos sueltos rebotan alrededor de sus hombros, como diciendo: «Claro».

—Tengo la oportunidad de viajar, trabajar con supermodelos, probarme un montón de ropa de alta costura... Tal y como lo imaginaste, ¿recuerdas? —Da un par de pasos hacia mí y me abraza de lado—. Alana siempre decía que tenía que trabajar en el mundo de la moda —les dice a los dos hombres—. Y tenía razón. —Me planta un beso en la mejilla—. Nunca llegué a agradecértelo. ¿Y tú?, ¿a qué te dedicas?

Por una fracción de segundo, bajo los ojos, sintiéndome un poco intimidada, como si mi vida no fuera lo bastante buena para soportar una comparación con la suya. «Pero no me importa», me digo a mí misma, adelantando la barbilla y encontrándome con sus ojos color avellana. Me encanta mi vida y todo lo que tiene que ver con ella, independientemente de cómo se compare con la suya. Al diablo ella y sus opiniones.

—Soy profesora de cuarto —digo con naturalidad—. Doy clase aquí, en el colegio público de Half Moon Bay.

Aplaude con entusiasmo. No es la reacción que esperaba.

—¿Has oído, Ray? Alana trabaja con niños. —Está radiante. No entiendo por qué.

Ray me mira brevemente y sonríe, con el cuello estirado de forma rara, porque está dándole la vuelta a la mesa del comedor con Daniel.

Daniel gruñe y suspira mientras coloca la mesa en su sitio después de moverla hacia donde Chloe ha señalado con un dedo de su mano con manicura perfecta.

—Creo que ya hemos terminado.

Por fin.

Ray le estrecha la mano con fuerza.

—Gracias, tío. Muchas gracias. Te invito a unas cervezas lo antes posible, ¿de acuerdo?

—Claro. —Daniel le da una palmada en la espalda mientras se dirige hacia mí, secándose unas gotas de sudor de la frente con el dorso de la mano. Estoy deseando volver a casa, y mi mirada suplicante se lo dice a Daniel.

Pide disculpas, alegando que mañana tiene un día muy ajetreado. Es verdad.

Los dos hombres se dan una palmada en la espalda y las mujeres nos abrazamos. Ojalá pudiera saltarme esa parte. El contacto de Chloe me hiela hasta los huesos: sentir su aliento en mi mejilla, sus brazos rodeándome los hombros y su aroma en mis fosas nasales desencadena un torbellino de escalofríos, como un mal presentimiento que persiste tras una pesadilla que no se disipa cuando se enciende la luz.

Dejo que Ray me abrace, y eso me inquieta aún más. Él es consciente de ello; puedo verlo en su intensa mirada, en sus labios ligeramente entreabiertos y en la forma en que susurra:

—Buenas noches.

Me alejo con rapidez, a tiempo para ver a Chloe demorándose en su abrazo con Daniel, con el pecho empujado hacia delante contra el de él y los párpados bajos como si estuvieran compartiendo algún secreto.

Y por fin nos vamos.

Durante unos veinte minutos después de llegar a casa, Daniel no deja de hablar de los nuevos vecinos; me pregunta por qué nunca le he hablado de ellos, y me dice una y otra vez lo estupendo que es que se hayan mudado a la casa de al lado unas personas tan agradables. Ray le cae muy bien y se le ocurren un montón de planes para hacer con él, como ir de pesca y ver deportes en la tele con mi cuñado, Jason.

Estoy demasiado agotada para preocuparme por el nuevo amigote de mi marido.

Más tarde, sola en la ducha, lo suelto todo en amargos sollozos ahogados. Ni las lágrimas ni los fuertes chorros de agua caliente consiguen llevarse el mal presentimiento que se despliega en mis entrañas.

Está ahí para quedarse.

CINCO

La noche que sigue es inquieta, con tantas preguntas que no puedo dormir. Siento como si el destino me estuviera gastando una broma cruel, estrellando mi doloroso e inquietante pasado contra el apacible presente que tanto me ha costado construir. Escucho la respiración de Daniel y quiero gritar. No porque esté durmiendo plácidamente, sino porque yo no puedo hacerlo. Y de nuevo, en un déjà vu enfermizo, es por su culpa.

El día que entró en mi vida, hace doce años, debería haber dicho que estaba enferma. O marcharme. O hecho algo —cualquier cosa— para evitar ese interminable choque de trenes.

Cuando suena la alarma, estoy profundamente dormida. Salgo sobresaltada de mi sueño y silencio el alboroto musical que sale de mi teléfono antes de que pueda despertar a Daniel. Él trabaja hasta tarde y el restaurante no abre hasta las once.

Pero mis mañanas empiezan a las seis. Esta vez, levantarme me cuesta más que de costumbre, ya que me estoy preparando, más mental que físicamente, para una visita a la consulta de la doctora Ellefson a primera hora de la tarde.

Para un tratamiento que no quiero.

No, esa no es una descripción exacta de cómo me siento. No se acerca ni de lejos.

Me aterroriza. Algunas noches me despierto cubierta de sudor frío solo de pensarlo.

Pero le he hecho una promesa a Daniel. Se merece una vida plena, una familia, no solo a mí fingiendo sonrisas bajo el peso de toda la carga emocional que él ni siquiera conoce.

¿Por qué Chloe ha tenido que mudarse a la casa de al lado?

Con esa pregunta sin respuesta, entro en la ducha y paso menos de cinco minutos bajo un agua que pongo más fría de lo habitual, para espabilarme y para recordarme que la vida a veces es dura y que tengo que arreglármelas como siempre hago. Los últimos años, en su apacible y agradable rutina, no han hecho más que debilitarme. Puedo sentir mi propia debilidad al no ser capaz de repeler el pánico que llena de bilis mi garganta ante la idea de tener que ponerme inyecciones de hormonas.

Y de quedarme embarazada.

Y ahora de vivir al lado de Chloe. Y de Ray.

Sobre todo, de Ray. Su marido, Ray.

Al vestirme, mis pensamientos divagantes se dirigen a la película Casablanca y suelto una risita amarga. Con todas las casas que hay en la ciudad, han tenido que mudarse junto a la mía.

Siempre me he apoyado en el humor cuando las cosas se han puesto difíciles. Necesito recordarme cómo hacerlo.

Aun así, la pregunta persiste amenazadora en mi mente, a pesar del intento de restarle importancia. ¿Por qué está aquí? ¿Cómo puede ocurrir algo así, si no es de forma intencionada? Y si ha sido algo intencionado, ¿por qué lo ha hecho? ¿Qué busca?

¿Me ha estado vigilando?

No quiero a Chloe aquí, en mi vida. No quiero que ponga los ojos en mi marido, ni siquiera de pasada. Tengo que encontrar la manera de echarla.

—Buenos días, señora Blake. —La voz alegre y aguda pertenece a uno de mis alumnos. Sin darme cuenta, he salido por la puerta y he llegado en coche al colegio. Un momento de pánico irracional me hace comprobar mi atuendo, para asegurarme de que no llevo un zapato de cada ni una toalla mojada enrollada alrededor del cuerpo. No recuerdo haberme vestido, salido de casa o aparcado el coche en el sitio habitual. Solo puedo pensar en Chloe.

Y en Ray.

Obligo a mis pulmones a tomar aire y esbozo una sonrisa.

—Buenos días, Paul —respondo, pero el pequeño ya está lejos.

La primera hora transcurre sin incidentes. La mitad de mis alumnos de diez años están medio dormidos. Todo lo que regaño a los padres para que se aseguren de que sus hijos duermen lo suficiente por la noche no sirve de nada en la ardua batalla contra los móviles, los mensajes de texto y las redes sociales.

En la segunda hora, mis alumnos están demasiado alterados para mis nervios crispados y mi dolor de cabeza, pero aguanto, dispuesta a ser una profesora alegre y simpática. Se turnan para leer el quinto capítulo de El único e incomparable Iván. Paul lee muy bien; y Taylor también, por supuesto. Esa niña me hace sentir muy orgullosa. En cuanto le hago una pregunta, su mano se levanta y empieza a moverse. Paul es igual, pero es un poco más reservado, como si le preocupara parecer un empollón o la mascota del profesor, como oí a alguien llamarlo una vez. Después de eso, no levantó la mano en clase durante una semana.

Mis alumnos terminan de leer quince minutos antes de que suene el timbre, lo que me da tiempo para hacer una serie de preguntas de comprensión. Paul habla durante unos segundos sobre las condiciones de vida del gorila cautivo, describiéndolas con precisión, utilizando algunos de los mismos adjetivos que el autor ha utilizado en el libro, y consigue mantener la cara seria mientras un par de niños del fondo se esfuerzan al máximo en emitir sonidos realistas de simios. La mano de Taylor es la única que se levanta cuando pregunto por las emociones de Iván y si alguno de los animales se sentía desplazado o fuera de lugar. Incluso ella duda por un momento, pero luego prevalece su ambición. No deja que nada la detenga.

Al oír el timbre, sus palabras vacilan. La clase ha terminado. Levanto la voz por encima del creciente alboroto para decirles los deberes.

—Tenéis que escribir un breve diálogo entre cada uno de vosotros e Iván, explorando su pasado y sus sueños de futuro. Reflejad vuestra personalidad —grito, para que me oigan los niños que ya han abandonado el aula. Esos son los que tendrán que llamar por la noche por teléfono a algún compañero para pedir la tarea o copiársela a alguien mañana durante el almuerzo.

Recojo mis cosas, incluido mi ejemplar del libro, y salgo de la clase en dirección a la sala de profesores. Me duele la cabeza y necesito una taza de café más que respirar. Los estudiantes permanecen en el pasillo, deambulando, poco convencidos, hacia la cafetería. Uno de los chicos de mi clase, un alborotador llamado Douglas Durazo, pasa corriendo a mi lado. De paso, empuja a Taylor contra la pared, intencionadamente, con ambas manos. Más asustada que herida, ella grita mientras sus libros se desparraman por el suelo.

Corro a su lado.

—¿Estás bien, cielo? —La ayudo a recoger sus libros. Es una niña valiente: está un poco pálida, pero consigue disipar las lágrimas que noto acumularse en sus ojos.

—Estoy bien, señora Blake —responde en voz baja, como si temiera que sus compañeros la oyeran—. No es la primera vez que ocurre.

Sus palabras me rompen el corazón y, al mismo tiempo, encienden la mecha, que hoy está muy corta. Le aprieto suavemente el hombro y luego me alejo con paso decidido en busca del delincuente. Lo encuentro en la cola de la cafetería, riéndose con los dos aspirantes a simios de antes.

Me detengo justo delante de él.

—Señor Durazo, está castigado. Llenará la bandeja en último lugar con lo que quede, después de que todos los demás alumnos hayan terminado de comer. Mientras tanto, llamaré a sus padres.