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Lajos Tisza, un aristócrata húngaro de origen gitano, descendiente de una de las tribus fundadas por Atila, llega a Polonia con su familia tras perder sus privilegios de nobleza con el ascenso de los Hasburgo al poder. Allí, en la antigua ciudad de Kalisz, conoce a Olenka y se enamora perdidamente de ella.
Sin embargo, los prejuicios raciales de toda una ciudad y de sus propias familias pondrán a prueba su relación justo antes de que estalle la guerra. Obligados a separarse y a merced del fuego alemán, lucharán por sobrevivir en bandos opuestos y volver a encontrarse en la batalla más atroz del siglo XX.
Desde Polonia hasta Francia, con un rigor histórico exquisito y un amor enfrentado, nos adentraremos en las vidas de miles depersonas atrapadas en la Primera Guerra Mundial.
Verónica Valenzuela es una de las mejores autoras de novela romántica del panorama nacional. Si el odio nos separa es una historia repleta de emociones, ambición y poder; nos muestra todas las caras del ser humano en un relato conmovedor que nos marcará para siempre.
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Veröffentlichungsjahr: 2021
SI EL ODIO
NOS SEPARA
Verónica Valenzuela
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Título original: SI EL ODIO NOS SEPARA
© Del texto: Verónica Valenzuela
© De la cubierta: Munyx Design
Copyright © 2020 Verónica Valenzuela
Copyright Booktrailer: Editorial Tinturas
© De esta edición: Editorial Tinturas
Email: [email protected]
www.editorialtinturas.es
Primera edición: Septiembre 2020
Impreso en España
ISBN: 978-84-122197-8-4
Este libro es un homenaje al hombre que guio mis pasos
por la vida: Miguel, mi padre. Quién me otorgó un
maravilloso regalo: el amor por los libros
y por contar historias
.
Él fue mi primer lector, su apoyoy su ternura fueron
el mejor aliciente para convertirme en la escritora
que soy hoy día.
Mis ojos han sido sus ojos en cada palabra, en cada capítulo.
Su espíritu ha llenado mi alma de inspiración con cada aventura
.
La novela que tienes en tus manos, querido lector,
es mi forma de devolverle una parte del amor que me dio.
De cumplir la promesa que le hice de no dejar nunca
de escribir, aunque él ya no estuviera conmigo para disfrutarlo.
Papá, tú eres la esencia de este libro.
Siempre estás en mi corazón.
.
ÍNDICE
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
SEGUNDA PARTE: EUROPA EN LLAMAS
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
NOTA DE LA AUTORA
No tengo ni padre ni madre,
no tengo ni patria ni Dios,
no tengo ni cuna ni sudario,
no tengo ni sombra de amor.
Y si nadie quiere comprármelo
al diablo se lo ofreceré.
Robaré, puro el corazón,
y, si es preciso, mataré.
Attila Jozsef
Corazón Puro
PRÓLOGO
Sentado frente al fuego del hogar, miro atrás en el tiempo para recordar la fuerza de la estirpe que corre por mis venas: la sangre del gran príncipe de los magiares Árpád, nuestro fedelejem1, descendiente de Attila.
Dicen que Bela IV, el último soberano de los Árpades, murió sin herederos. Pero no es cierto, la esclava romaní2 Ilona, llevaba un hijo en sus entrañas cuando huyó a las montañas antes de fallecer su amado rey.
Aquel niño era mi antepasado más remoto. Mezcla de sangre gitana y noble, los Tisza vivieron con esplendor en Pest hasta la guerra de la Independencia3 de 1849. Por culpa de esa guerra mi bisabuelo Sandor se arruinó, perdiendo todas sus posesiones ante el poder de los Hasburgo4, y teniendo como única opción, trabajar para la nueva nobleza convertido en su vasallo durante cuarenta años.
A la muerte de Sandor, su hijo Béla decidió probar fortuna en el resto de Europa, cansado de rendir pleitesía a quien no era dueño de su tierra.
Viajó con su familia por Austria y Alemania. Lograron establecerse unos años en Berlín, pero un nuevo revés de la fortuna en forma de devastador incendio que destruyó su hacienda por completo, les obligó a seguir deambulando.
Sus descendientes llegaron a Polonia a finales de 1913.
De Lodz a Sieraz, pasando por Radom y otras ciudades, solo encontraron el rencor y la superstición de la gente.
Extranjeros y vagabundos eran mala combinación. Su herencia aristócrata de nada les servía cuando los consideraban ladrones, juzgando con dureza su piel morena y su aspecto bohemio. Los aldeanos creían que arrastraban la mala suerte al ganado, a los campos, e incluso que provocaban enfermedades a sus hijos.
Si lograban encontrar buenas tierras para cultivar, se quedaban en ellas un corto periodo de tiempo trabajando como jornaleros. Nunca demasiado, porque solían aparecer numerosos instigadores que no deseaban gitanos cerca de sus aldeas, y tenían que volver a huir por los caminos para salvar sus vidas.
Lajos, el joven y único heredero de los Tisza, acompañaría a su familia en el penoso exilio.
1 Rey en el idioma húngaro.
2 Significa gitana o gitano.
3 Tras la revolución de Pest el 15 de marzo de 1848, surgieron las leyes de abril, en las que se abolió la nobleza húngara, llegó el final de la servidumbre y su igualdad ante la ley.
4 En septiembre de 1848, los ejércitos austríaco y ruso opusieron sus armas contra los húngaros, quienes perdieron la batalla al año siguiente. Hungría fue anexionada al Imperio Hasburgo.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
La antigua ciudad de Kalisz, al norte de Polonia, recibió el paso de la variopinta caravana a finales de abril de 1914.
Los Tisza, junto con sus antiguos sirvientes que les acompañaban en su peregrinaje, atravesaron en silencio la ciudad durante la madrugada.
Espiaban cada rincón de las estrechas callejuelas del centro iluminadas por el pálido reflejo de la luna, con el miedo y la precaución arraigados en sus corazones, siempre precavidos ante lo inesperado. Tenían suficientes motivos para temer a la oscuridad, con ella habían llegado los desalmados que los perseguían como proscritos, y los habían cazado y humillado a lo largo de dos décadas de triste bagaje.
Sin patria, sin hogar, sin dignidad.
A una hora de la ciudad encontraron un extenso valle de aspecto fértil protegido por un bosque, con abundante hierba para los caballos y el par de mulas que componían la caravana. Instalaron el campamento en las inmediaciones del río Plonka.
El extraño séquito de viejos carromatos cubiertos de tela raída y amarillenta por el paso del tiempo acogió a las cinco familias en su nuevo hogar.
Las mujeres con faldas de vivos colores, blusas abullonadas con los hombros descubiertos y largos pañuelos en la cabeza, dispusieron los pocos enseres que poseían fuera de los carromatos para lavar su interior.
Los niños correteaban medio desnudos entre baúles y cacerolas abolladas, jugando a imaginar que iban montados en briosos corceles, lujosamente engalanados.
Los hombres ataviados con camisas de sarga y pantalones oscuros de labranza, remendados cientos de veces en las perneras, salieron desde la primera mañana en busca de trabajo.
Llevaban diez días deambulando por los alrededores del pueblo, solicitando algún puesto como jornaleros. Al anochecer, regresaban exhaustos y decaídos con las manos vacías para alimentar a su grupo.
Lajos, desde pequeño, era un excelente pescador de río y tenía por costumbre buscar las mejores zonas de la corriente en cuanto asentaban su campamento, lo que le permitía pescar buenas piezas que al menos servían de sustento a su gente.
Levantándose al amanecer, tomaba una taza de té caliente y salía raudo hacia el río. Ferenc, su padre, le permitía ausentarse de sus otras tareas mientras no encontraran trabajo, porque traer suficiente comida era un motivo generoso para las interminables horas que Lajos permanecía fuera del campamento. Pero el joven, aunque nunca regresaba con las manos vacías, tenía un motivo secreto para sus escapadas.
Al día siguiente a su llegada al pueblo, había descubierto una agradable sorpresa donde tenía su puesto de pesca. Dejando la caña asegurada y clavada en la tierra con ayuda de unas piedras, espiaba a su objetivo concentrado en no perderse un detalle, escondido detrás de un inmenso roble.
Se había prendado de una joven que lavaba ropa en la orilla. La melena dorada como el trigo maduro caía en cascada sobre su blanco cuello, los mechones más largos rozaban el agua que salpicaba su vestido rosado, resaltando su busto por debajo de la húmeda tela.
Contempló estremecido los melancólicos ojos, de una tonalidad azul brillante, cuando ella levantó el rostro de pómulos altos y una boca de labios sensuales como los pétalos de una rosa. Anonadado por la visión de aquella ninfa, volvió cada jornada al mismo lugar sin encontrarla.
Pero esa misma mañana, un par de semanas después de su llegada, sus ruegos fueron escuchados por los dioses de la fortuna que permitieron el regreso de la joven al río.
El ansia de Lajos por conocerla pudo más que su cautela y salió del cobijo del árbol que le ocultaba.
Los ojos de la joven se abrieron desmesuradamente ante la aparición de aquel enorme desconocido, que tenía un aspecto sumamente amenazador.
Muy despacio, fue caminando hacia atrás para escapar de su posible ataque.
—¡No te acerques! —le advirtió apretando los dientes. Siempre iba preparada por si sufría algún encuentro desagradable.
—Tranquila, no quiero hacerte ningún daño. —Intentó aplacar su miedo levantando las manos en alto—. Solo deseaba verte un poco más de cerca.
—¿Por qué? ¿Quién te ha dado permiso para posar tus ojos en mí, gitano? —El tono moreno de su piel delataba su inconfundible origen y aquel acento en sus palabras que la voz grave de su dueño hacía más acusado.
—No pienso pedir permiso por contemplar algo bello. —La miró fijamente a los ojos con una sonrisa sincera—. Eres la joven más bonita que ha aparecido en mi vida.
—Y tú el hombre más atrevido que he encontrado en la mía. Soy una señorita, no una vulgar tabernera, para que te tomes tantas confianzas conmigo sin conocerme —contestó con desdén, cogiendo las prendas que aún seguían húmedas y metiéndolas en el cesto con descuido.
—Eso pesa demasiado para ti. —Se ofreció acercándose a ella.
—¡Ni se te ocurra tocarme! —Forcejeó contra sus manos que habían cogido una de las asas del cesto.
Por culpa del fuerte tirón que dio Lajos, la ropa salió despedida por todos lados cubriendo la hierba a su alrededor.
—¡Maldito seas, gitano! ¡Ahora tendré que lavarla de nuevo! —se lamentó furiosa, agachándose a recogerla.
—No te inquietes, te ayudaré. Dame un poco de jabón. —Extendió su enorme y morena mano.
—¿Sabes lavar la ropa?
No era un trabajo que los hombres solían hacer y menos uno como el que tenía enfrente.
Cogió varias prendas manchadas de tierra, la tabla de madera que llevaba la chica dentro del cesto, y se dirigió con ellas a la orilla. Arrodillado, frotó con fuerza la ropa, cuyo olor a jabón impregnó el ambiente.
Cuando consideró que estaba suficientemente limpia, la enjuagó en el agua. Luego, tomando la primera prenda la fue escurriendo con fuertes movimientos rotatorios de sus manos, hasta quitar el exceso de agua.
La chica intentaba no fijar la mirada en la musculatura de los largos brazos de aquel gigante, que se marcaba a través de la fina camisola que llevaba.
Con delicadeza, la dobló con cuidado metiéndola en el cesto.
—¿Me das el resto, por favor? —le pidió, aguantando la risa al ver la sorpresa de la joven.
La muchacha fue cogiéndolas del lugar encima de la piedra donde las había puesto el hombre, disfrutando de aquella amplia espalda mientras hacía su tarea con cada prenda, que dejó impecable guardada en el cesto.
—Para ser una señorita, la palabra gracias no está en tu vocabulario. —Se cruzó de brazos haciendo más imponente su pecho y su altísima figura.
—No pienso dártelas si ha sido culpa tuya que volvieran a ensuciarse. —Imitó su postura, provocando que su generoso busto se ciñera a la blusa blanca.
—Además de bonita eres terca como una mula.
Lajos mantuvo la vista en el hermoso rostro de su enemiga, evitando la tentación de recrearse más abajo. El hombre la contemplaba divertido con sus rasgados ojos del color de la miel, pendientes de su reacción.
—¿Quién te has creído que eres para llamarme mula, sucia alimaña?
Se acercó rabiosa, apuntándole con el dedo. Alta y esbelta como una brizna de hierba al sol, se veía pequeña frente al gitano al que solo le llegaba al pecho, con su fornida constitución.
La blanca sonrisa del joven, provocadora, junto con el cabello negro de ensortijados rizos deslizándose hasta sus hombros, le confería la apostura de un seductor pirata.
—Y con el carácter de un demonio de la estepa. Eres todo lo que un hombre podría desear—ironizó buscándole las cosquillas. La rubia no tenía ni un ápice de paciencia en su lindo cuerpecito.
—Soy un manjar demasiado exquisito para tu boca. Los de tu calaña solo os alimentáis de basura —respondió altiva con una mirada de desprecio—. ¡No vuelvas a aparecer por aquí!
Cogió el cesto poniéndolo sobre su cadera y se dio media vuelta sin decirle adiós. Él la alcanzó en un par de zancadas, dispuesto a acompañarla.
—¡Deja de seguirme! —le gritó molesta al ver que no se despegaba de su lado.
—Estás sola en el bosque, no deberías andar sin un hombre por aquí.
—No veo a ningún hombre —respondió mordaz.
—Seguro que no has conocido a ninguno como yo. —Sonrió encantado de conocerse.
—Que parezca un vagabundo pagado de sí mismo, con el que no pienso perder el tiempo, desde luego —dijo tajante, caminando todo lo deprisa que el peso del cesto le permitía.
—A veces las apariencias engañan. Aunque no vista como un caballero, lo soy. Esta mañana podrías haberte encontrado al lobo feroz, a un canalla que hubiese querido forzarte y no habrías podido defenderte de alguien mucho más fuerte que tú —insinuó ofendido.
«¡Te vas a enterar, mentecato!», pensó harta de sus tonterías, soltando el cesto sobre la hierba.
Volviéndose de pronto para pillarle desprevenido, lo empujó con rabia intentando que cayera colina abajo, perdiendo ambos el equilibrio. El peso de sus cuerpos les hizo rodar por el suelo, con el forcejeo de la chica y los arañazos que le propinaba donde sus uñas hicieron blanco. El hombre quedó debajo de ella cuando logró pararles a ambos, antes de que rodaran hasta chocar con una de las grandes piedras de la orilla.
Disfrutó del espectáculo con sumo placer ante su melena despeinada sobre los hombros y el rubor acalorado de sus mejillas, al bajarse la falda que tenía enredada en los muslos, con las manos del gitano todavía sobre su trasero. Hasta que al darse cuenta de dónde la tocaba, se apartó a un lado, dándole un puñetazo en el costado al ponerse de rodillas.
—¡No vuelvas a ponerme las manos encima o será lo último que hagas! —le gritó como una arpía, echando chispas por los hermosos ojos azules mientras recorría por segunda vez el camino de vuelta, en busca del cesto.
Levantándose con agilidad de la hierba, entretenido con el indomable carácter de aquella beldad, la siguió andando a su lado tan campante.
—Cuidado jovencita. Puedo maldecirte, ¿no tienes miedo? —la hostigó para ver hasta donde llegaba su mal genio.
La chica con los ojos relucientes se plantó frente a él, desafiándole a seguir burlándose de ella.
—¡Solo eres un sucio bastardo! —atacó, orgullosamente erguida como una bella estatua.
—¡No vuelvas a llamarme así o te arrepentirás!
La cogió por los hombros con firmeza, odiaba aquel insulto. No era la primera vez que le nombraban de ese modo.
—¿No eras un caballero?
La joven empezaba a asustarse ante la cercanía del gitano, aunque antes se cortaría la lengua que admitirlo delante de él. Había jugado con fuego y podía quemarse de un momento a otro.
—Tienes miedo. Reconócelo, preciosa.
—¡Suéltame! —le exigió airada.
El hombre la tenía atrapada ante el muro de su pecho. Y sabía que si echaba a correr sería mucho más rápido que ella, pero no iba a demostrarle que en el fondo estaba aterrada.
—Jamás he forzado a una mujer, por si lo estás pensando. —Aspiró el aroma a lavanda de su cabello—. Y tú no serás la primera—susurró en su oído, acercando la cabeza.
La joven se relajó poco a poco cuando la soltó con una sonrisa canallesca en su atractivo rostro. Al menos no era un salvaje.
—Pero no tienes delante de ti a un pelele y no permitiré que vuelvas a insultarme. He sido muy amable y deberías corresponder de igual manera.
—Lo siento, tienes razón —reconoció, mirándole con aquellos enormes y brillantes lagos.
—¡Oh milagro! ¿Es una disculpa lo que acabo de oír? —Se puso la mano en una oreja, riendo.
—¡Idiota!
La chica dio media vuelta, echando a correr colina arriba donde se había quedado el cesto.
—¡Volveremos a vernos, preciosa! —se despidió, contemplando su figura alejarse.
—¡En tus sueños, gitano! —gritó en respuesta.
—De eso no hay duda. Voy a tenerte presente muchas noches, ahora que por fin te conozco. —Suspiró embelesado.
***
Ferenc y su mano derecha Janos, se encaminaron a la quinta granja de los alrededores. En todas las haciendas habían rechazado su solicitud de trabajo y la exigua bolsa de provisiones común mermaba a pasos agigantados cada día.
El aristócrata empezaba a desesperar, cuando el enorme y obeso capataz, le negó la entrada a la finca con malos modos. Nadie escuchaba sus súplicas, ni se percataba del rugir de sus estómagos hambrientos al olor del desayuno de los trabajadores.
—No te preocupes amigo, seguro que saldrá algún trabajo—le animó Janos, palmeándole la espalda.
El hombre, con su fiero aspecto, alto, y de anchos hombros, el pelo rubio muy corto y aquellos ojos grises que infundían respeto, era el antiguo capataz de su hacienda en Berlín y el único de sus hombres al que Ferenc otorgaba una confianza ciega.
Había cosechado la tierra llenándose las manos de llagas tanto como el húngaro cuando habían trabajado duro. Tenía un instinto especial para cosechar y recoger el fruto antes de que lo hicieran el resto de terratenientes, lo que les proporcionaba los mejores productos que todo Berlín deseaba comprar.
Se había quedado sin familia al morir su esposa y fue acogido por Ferenc como si fuera su hermano, una noche de frío invierno en la que llegó empapado y tiritando de fiebre a la granja del húngaro. Nadia le salvó la vida del fuerte catarro, con sus hierbas e infusiones.
Y Janos quería a Lajos como si fuera su propio hijo, al que incluso había enseñado a pelear desde pequeño para que supiera defender a su gente.
La noche anterior ningún adulto cenó, solo los niños tomaron un bocado de duro queso y exiguos trozos de pescado ahumado.
El corazón de Ferenc se llenó de dolorosa impotencia ante la mirada de uno de los chiquillos al preguntar: ¿Solo comeremos esto?
Necesitaban un milagro que no parecía llegar y empezaba a pensar en una solución drástica.
***
El sol radiante en el horizonte dio paso a un nuevo día envuelto en una suave y fresca brisa. El lago procedente del río mostraba un estanque de brillante agua clara.
Lajos disfrutaba de un delicioso baño embriagado por el penetrante aroma de los lirios en flor, sin importarle el frío del agua. De espaldas al bosquecillo que lindaba con el lago y hundido en el agua hasta la cintura, sintió que alguien le observaba y supo quién era al mirar de reojo.
La figura se descalzó metiendo los pies desnudos en la orilla. Al levantar la vista divisó al gitano y se tapó la boca para que no oyera su gemido de sorpresa. El desasosiego se apoderó de ella, su corazón se desbocó anhelando marcharse, pero la imagen ante sus ojos la atraía demasiado.
El cabello del hombre caía por la espalda de músculos definidos. Gotas como perlas resbalaban por la piel dorada, moldeando los hombros y brazos de bíceps pronunciados.
La cintura estrecha acababa en unos glúteos firmes y redondos que dejaban adivinar bajo ellos la sombra del vello genital antes de que su dueño se zambullera.
Era el ejemplar más varonil que hubiera imaginado. No podía apartar la vista de aquel cuerpo que invitaba a acariciarlo recorriendo el contorno de cada músculo con las yemas de los dedos y haciendo que su respiración se entrecortara por la emoción. Contemplar aquella piel, aquella belleza masculina, la sorprendía preguntándose por qué sentía aquel cosquilleo en el vientre cuando estaba cerca de él.
Molesta por su primer encuentro en el que no paró de burlarse de ella, ideó su venganza: sin hacer el más mínimo ruido, se acercó al lugar donde estaban sus ropas y las escondió tras una piedra cerca de los árboles a su espalda. Aún tenían impregnado su dulce aroma a hierba fresca.
No había podido quitarse su recuerdo de la cabeza, aquel extraño color de ojos, ni el exótico acento de su voz.
Absorta en sus fantasías, no se dio cuenta de que la había descubierto hasta que fue demasiado tarde. Cuando se dirigió al lago, Lajos estaba mirándola de pie con el agua por encima del pubis.
Contuvo un jadeo ante la visión de su torso: suave vello oscuro cubría sus amplios pectorales, culminando en unos pezones morenos, pequeños y endurecidos. El vientre musculoso y firme del duro trabajo en el campo, también estaba salpicado de un cordón insinuante que indicaba el camino hasta el tesoro entre sus piernas, que casi dejaba el agua entrever.
«Parece la reencarnación de Apolo que muestran mis libros de historia clásica», pensó, recreándose con disimulo en el espécimen masculino que se mostraba sin recato ante ella.
—¿Qué miras tan descarado? —le preguntó para acabar con aquella situación que la estaba llevando a un juego muy peligroso.
—Eso mismo me pregunto yo, aunque ya veo que sigues siendo tan impertinente como de costumbre. Para tu información, me estoy bañando y me gusta hacerlo solo —le comentó aguantando la risa, porque sabía que le había estado mirando durante un buen rato.
—Entonces te agradeceré que te largues a otra parte —dijo la chica cruzándose de brazos.
—¿Acaso este lago te pertenece? —contestó indignado.
—Si así fuera, no consentiría que lo ensuciaras con tu persona.
—¡Oh, me asustas! ¿Y qué has ideado para echarme de aquí? —respondió con las manos en la cintura a la espera de un nuevo ataque.
—Tengo tus ropas y pienso quemarlas con estas cerillas si no nadas hacia otro lugar —le advirtió mostrando la caja sacada de su delantal blanco.
—Espero por tu bien que no sea verdad lo que dices. Mi paciencia es muy limitada y esta vez no seré tan benevolente contigo —contestó exasperado.
—Te dije que no volvieras. Debería castigarte, dejar que te helaras en el agua hasta la noche y volver desnudo, ¡para que te coman las alimañas en el camino de vuelta al lugar de donde vengas! —le retó, con muchas ganas de llevar a cabo lo que decía.
—¡Devuélvemela ahora o iré a buscarla yo mismo!
—No serás capaz de salir desnudo del agua estando una señorita frente a ti. —Su instinto la puso sobre aviso de que tocaba terreno resbaladizo.
—No te comportas como una señorita en este momento, y aún no tienes ni idea de lo que soy capaz —respondió, saliendo del agua tan desnudo como había llegado al mundo.
La muchacha sintió que sus mejillas ardían de vergüenza y se maldijo por haber cometido el error de provocarle. Bajó la vista evitando contemplar su sexo, aunque tuvo tiempo de averiguar que poseía un miembro considerable.
—Tu ropa está tras aquella roca —murmuró con timidez señalándole el lugar con el índice.
Cuando iba a huir, Lajos retuvo su mano con delicadeza.
—Quiero hablarte, por favor. Si prometes quedarte aquí hasta que me vista, no haré nada que te incomode —concluyó, soltándola con una sonrisa.
Había sinceridad en los bellos ojos del hombre y la muchacha creyó, sin saber por qué, en sus palabras. Después de la travesura en la que le había metido, decidió que era justo esperarle.
CAPÍTULO 2
Una vez vestido, se acercó con suavidad para que no se sintiera intimidada y dispuesta a huir. La arrogancia de la joven le gustaba porque constantemente lo desafiaba. Eso constituía un misterioso enigma que trataría de resolver a su favor.
—Así que soy el único hombre que has visto desnudo, ¿me equivoco? —La risa que acompañó a aquel comentario desarmó a la chica.
—¿Qué sabrás tú lo que han visto mis ojos? —Se paró ofendida.
—Si tan acostumbrada estás a la anatomía de un varón, ¿por qué temblabas como una hoja cuando salí del lago? —La miró de reojo.
«Porque ningún hombre me ha hecho estremecer como tú, maldito gitano», pensó acalorada recordando la hermosa visión de su desnudez.
—Me sobresaltaste, nada más —contestó disimulando.
Los claros ojos de la joven se posaron en él un instante, dando pie a que Lajos acortara distancias lentamente. El gitano acercó la mano para enredar sus dedos en uno de los mechones dorados de la joven y bajó la cabeza para aspirar su perfume.
—Mentirosa, me estabas admirando —le susurró con picardía, con un rastro de burla en sus ojos.
—No me causas ninguna emoción —dijo apartándose y fingiendo hastío.
Pero él la aprisionó por la cintura en un rápido movimiento pegándola contra su cuerpo para evitar que huyera, y acarició con ternura su barbilla, recorriendo con el dedo el delicado contorno mientras levantaba el rostro hacia él.
—Menos mal, porque me comías con los ojos —la provocó travieso.
—¿Faltarás a tu palabra de no tocarme? —Intentó zafarse de su abrazo.
—¿Deseas que lo haga? —insinuó suave como un gatito.
—¡Ni lo intentes! —Aprovechando la cercanía, la joven le propinó una bofetada que esquivó a duras penas.
—¡Quieta tigresa! No saques las uñas todavía. —Atrapó sus brazos por las muñecas, inmovilizándola contra su pecho—. Haré un pacto contigo.
—¿Qué clase de pacto? —respondió a la defensiva. No se fiaba lo más mínimo de sus oscuras intenciones.
—No volver a pelearnos.
Fue bajando sus manos, procurando mantener firmemente sujeta por las muñecas a aquella bonita fiera.
Apresada por su cuerpo no tenía elección, pero ella nunca había sido fácil de someter.
—Si no me quitas tus manazas de encima, no volverás vivo a casa —le advirtió con cara de pocos amigos.
Al tener las manos junto a sus caderas, rebuscó con sus largos dedos, en un pliegue secreto del vestido que tenía cosido en la cintura de su ropa interior.
—Nunca amenaces si no puedes cumplir lo que dices —la retó con el ceño fruncido.
De improviso, la punta de una daga se clavó a la altura del corazón, lo suficiente para que un hilo de sangre manchara la camisa blanca del hombre.
—¡Ahhh! —El dolor le hizo soltarla con rudeza.
—Te lo advertí, no soy una frágil damisela. No volverás a cogerme desprevenida.
—¡Y yo soy el salvaje! —exclamó mordiéndose los labios por el dolor—. ¡Solo estaba bromeando! ¡No necesitabas herirme, pequeña arpía!
Abriendo los botones, descubrió una herida en el pezón derecho que quemaba como el mismo infierno. Tomó un paño de los que ya estaban secos, que la chica había tendido sobre las ramas de un árbol, y lo apretó sobre la herida.
—Guarda esa arma antes de que te cortes tú misma, por favor— le rogó, gimiendo dolorido y sorprendido a la vez por su bravura.
Escondiéndola de nuevo, se acercó a Lajos con elegantes aires de gacela. Con el paño fue secando la sangre muy despacio, mientras su corazón se aceleraba al contacto de la piel masculina, haciendo que una sensual corriente de energía les envolviera a los dos. El hombre imaginó los jugosos labios de la joven sobre aquella herida, probando el sabor de su piel ardiente. La chica soñó con la atrevida imagen de sus largas uñas recorriendo el contorno de aquel fornido pecho y del suave vello que adornaba sus pectorales. Era la primera vez que tocaba a un hombre tan íntimamente.
Lajos se perdió en la inmensidad azul del halo de sus ojos de zafiro, de largas y doradas pestañas, en su fina y perfecta nariz, los pómulos prominentes que delataban su sangre eslava y aquella boca en forma de corazón que se moría por probar. La muchacha se recreó en los bellos ojos del hombre, en su nariz larga y recta de dios griego, sus mejillas coronadas por simpáticos hoyuelos que aparecían cuando sonreía y aquella boca grande de labios llenos que soltaban comentarios tan libertinos y traviesos. Le gustaba aquel juego de poder entre los dos, para ver quien hacía más jugarretas al otro, en aquellos encuentros cada vez más provocadores.
—¿Tienes un nombre tan hermoso como tú? —preguntó su enemigo rompiendo el silencio de sus fantasías.
—Me llamo Olenka. Espero que tengas uno mejor que tus modales —replicó divertida, dejando escapar el aire agolpado en sus pulmones con un suspiro.
—Por supuesto. Soy el próximo barón Tisza Lajos5, de Budapest. —Tomando su fina mano, la besó apenas, haciendo una reverencia—. Y por mi salud os solicito una tregua, bella dama.
—¿Eres un noble húngaro?¡No puedo creerlo! ¿Qué hacéis aquí tan lejos de vuestra patria? —preguntó apartándose de él para sentarse a la orilla y recuperar la compostura.
—Mi país estuvo en guerra mucho tiempo. Al terminar, los austriacos lo dejaron en la ruina. Mi familia desciende de los hunos, y como buenos guerreros, también participaron en la batalla. Esa fue su destrucción, lo perdieron todo: tierras, posesiones, riquezas, familia. No conocí a mis abuelos maternos —le contó sentándose a su lado.
—¿Riquezas unos gitanos? —se extrañó Olenka, no muy convencida.
—Tengo apariencia de gitano, pero corazón de aristócrata —le guiñó un ojo—. Pertenezco a uno de los linajes nobles más antiguos de mi país.
Ella contempló su rostro con desdén.
—Durante mucho tiempo, mis padres intentaron reconstruir su vida pasada sirviendo a la nueva nobleza —continuó relatando—. Pero la hambruna llegó y tomaron la decisión de marcharse de Hungría y buscar prosperidad en otros lugares. Hemos recorrido media Europa y casi toda Polonia en balde. Aquí no queréis errantes que trabajen vuestras cosechas —terminó muy serio.
—Mi pueblo ha sufrido mucho para conservar sus tierras, pagamos altos impuestos por cada cosecha buena y hemos pasado hambre. Con lo que sobraba no nos llegaba ni para alimentarnos.
—Si sabéis lo que es pasar hambre, ¿por qué sois tan injustos con nosotros? No os quitaríamos nada, solo pedimos un poco de caridad. ¿Sabes el dolor que siente mi padre cuando los niños de sus compañeros lloran de hambre y no puede conseguir un maldito plato de sopa para aliviar sus estómagos vacíos? Estamos desesperados, Olenka. Nos echan de las aldeas como perros y no nos quieren ni siquiera trabajando como jornaleros.
—¡Nosotros también hemos llorado de hambre y nos hemos tragado las lágrimas como único consuelo, Lajos! Nuestras tierras son heredadas durante generaciones. Nos dejamos la piel en ellas, nos pertenecen y tenemos legítimo derecho ¡Es nuestro país!
Levantándose se dispuso a huir de la maldita discusión. Lajos la siguió, ayudándola a doblar la ropa seca para calmar la ira que le quemaba las entrañas al recordar todo lo que habían sufrido.
—Podríamos trabajar una pequeña parte de los campos, no nos asusta el trabajo de sol a sol. Incluso teníamos una pequeña granja a las afueras de Berlín que explotaba mi familia cuando yo era pequeño, hasta que alguien la quemó. Vivimos con poco, un gesto de ayuda después de tantos kilómetros recorridos sería una bendición. —Suspiró sosteniendo la ropa que ella le daba con gesto serio.
—¿Esa ayuda no lastimaría vuestro orgullo de antiguos ricos? —le preguntó con una idea que empezaba a rondarle la cabeza.
Si olvidaba su postura defensiva frente al hombre, entendía la desesperación de su gente: era la misma que su padre había sufrido cuando el tiempo destrozaba sus cosechas y no disponían de víveres para pasar el crudo invierno.
—Mi apellido noble no llena un plato en la mesa, ni compra medicinas. Mi gente sucumbirá en los caminos el próximo invierno, sobre todo los niños, si no salimos de esta situación —reconoció preocupado, pensando en alguien extremadamente importante para él.
— ¿De qué vivís ahora? —Olenka tenía curiosidad por saber si era una persona que buscaba soluciones y recursos ante la adversidad. Esa era una de las cosas que admiraba en un hombre.
—La pesca es lo único que no tenemos prohibido. Todavía no han venido tus vecinos a perseguirnos como conejos —le contó levantando una ceja con ironía.
—¡Pides una mano amiga y no dejas de atacar a mi gente! —se defendió, harta de escuchar sus quejas
—No les ataco, te muestro la verdad que te rodea y que no quieres admitir. Los polacos nos odian sin motivo.
—Nunca nos entenderemos, Lajos —replicó enfadada.
—No volveré a molestarte con mi presencia entonces —contestó orgulloso, dando media vuelta para volver al campamento. Si esperaba que suplicara o mostrara fragilidad, por muy hermosa que fuera aquella cabezota, se volvería vieja y arrugada hasta que se le cayeran sus bonitos dientes. No estaba dispuesto a suplicar ni a mostrar fragilidad ante aquella cabezota, por muy hermosa que fuera.
«Es una pena, mi nombre resuena tan dulce en sus labios», pensó entristecido, mientras recogía sus utensilios de pesca escondidos tras una mata de grosellas y emprendía a paso rápido el regreso al campamento.
—¡Espera, Lajos! —Olenka corrió tras él y se plantó delante sin resuello, cerrándole el camino—. Eres un gitano con soberbia de príncipe.
—Y tú tienes la lengua tan afilada como tu daga —contratacó con una sonrisa de canalla, que la hizo acallar el suspiro que se agolpaba en su garganta.
—Tal vez mi padre os ayude, es un hombre muy generoso. Comprobaré si necesita más jornaleros para la cosecha.
—¡Generosidad con los gitanos! Lo creeré cuando lo vea, normalmente nos tratan como esclavos apestados. —Disimuló su alegría bajo una máscara de indiferencia, para no claudicar tan rápido ante ella.
—Obviaré tu venenoso comentario, o tendré que volver a clavarte la daga donde te duela aún más —le fulminó con sus claros ojos—. Sería un capataz honesto con vosotros si dejas de seguir con tus lamentaciones y no empiezas a sacarme de quicio otra vez.
—¿Y por qué razón en particular iba a molestarse en ayudarnos? —la provocó curioso.
—Porque él también fue un extranjero. Sabe lo que es ser diferente y estar lejos de tu hogar —contestó sonriendo. Se había dado cuenta de que empezaba a conocerle, y que aquella soberbia, en el fondo era un muro con el que Lajos se protegía.
—¿No hay ningún otro motivo? —preguntó meloso—. Tal vez empiezas a estimarme un poquito.
—No sueñes, lo haré por tu gente —le cortó la chica en seco, intentando que no notara el rubor de sus mejillas—. Dentro de tres días conocerás mi respuesta. Nos reuniremos aquí mismo.
—¿Y qué tributo deberé pagarte a cambio? —le insinuó riendo satisfecho.
—Serás un caballero y mantendrás las manitas quietas en los bolsillos.
—De acuerdo. Pero si me encuentras desnudo te comportarás como una dama y no me robarás la ropa de nuevo —la tentó para que se enfadara, porque estaba preciosa cuando lo hacía.
—¡Te obstinas en ser desagradable! —gritó colérica mientras se alejaba de él.
—¡En el fondo te gusta! —le replicó divertido—. Y tú a mí cada día más —murmuró con un escalofrío de puro placer al saber que volverían a encontrarse de nuevo.
5 La tradición húngara antepone el apellido al nombre. En español sería Lajos Tisza.
CAPÍTULO 3
Todos los hombres salían a cazar a diario en el bosque, presas pequeñas como pichones o conejos. Cada uno aportaba lo que podía, consiguiendo sobrevivir de forma sencilla y sin muchos recursos.
Cuando Lajos apareció en el claro, los niños se abalanzaron sobre él abrazándole. Siempre les traía humildes obsequios: arándanos, moras silvestres… Pero nunca olvidaba oculto en su cintura un hermoso ramillete de flores para su madre. Las del género edelweiss6 eran sus preferidas.
Nadia había estado muy enferma de pulmonía.
En Breslau7, los campesinos destrozaron su carro teniendo que huir con el resto de las mujeres bajo una intensa nevada.
Al abrigo de la noche, mientras preparaban un poco de sopa caliente a la espera del regreso de los hombres, vieron el reflejo de una hilera de antorchas en la oscuridad. Una veintena de campesinos bajaba por el camino que conducía a la ciudad, semejantes a un batallón de diabólicos soldados y armados con hoces y palos. El ruido ensordecedor de sus gritos clamando: ¡Fuera zigany8! las envolvió en un coro infernal cuando llegaron al campamento.
Siempre sucedía lo mismo, su estirpe era vapuleada y maltratada por doquier como si no tuvieran ningún derecho a existir en la faz de la tierra. Como si fueran apestados que todo el mundo podía pisotear.
Abrazando a los niños, unidas en un temeroso grupo, las mujeres se enfrentaron a ellos.
