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Este libro cuenta la historia de una mujer que pasó de entrevistar a ministros en Santiago de Chile a limpiar lavabos infectos en un camping australiano; que viajó a Barcelona buscando escribir su historia y escapar de los maltratos de su padre; que encontró en su camino la muerte, el amor, la soledad, la felicidad, la tristeza, el perdón, y que por fin, arrollada y deslumbrada por la vida, deshonró a su padre. Pero este libro también cuenta la historia de unos chicos que decidieron que robar drogas y armas al jefe de una de las mafias más sanguinarias de Barcelona era una buena idea, y por eso los mataron, y por eso un peculiar fiscal de clase obrera se cruzó con sus muertes para intentar averiguar quién y por qué los había asesinado: porque, en esta vida, todo sucede como si no pasara nada, y todo y nada es lo que a él le pasaba tras estar seis años estudiando oposiciones encerrado en una biblioteca y tener ahora que hacer como si supiera, aunque no supiera. Y no solo eso, pues este libro también cuenta la vida de Quintino Corradini, que vivió en una casa de campo aislado del mundo, que fue un joven partisano que combatió con nazis y fascistas, que sedujo a mujeres, a nietos, a directores de cine y al mundo entero, porque fue un hombre que apuró hasta la última gota de vida que le dio el siglo XX (y ya puestos, de una parte del XXI) hasta saberlo todo de la existencia, de los seres humanos, de los astros y del más allá, y estar listo para enseñarnos a vivir, aunque nosotros, pobres mortales, nunca pudiéramos rozar siquiera la grandeza de ser como él, un hombre perfecto.
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Seitenzahl: 301
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Si la lucha sigue
Ejercicios (no premiados) de periodismo literario
Rosario Castillo Jiménez Raúl Alonso Alemany Federico Bisoffi
Primera edición: octubre de 2021
© del texto: Rosario Castillo Jiménez, Raúl Alonso Alemany y Federico Bisoffi, 2021
Edita [email protected]
Corrección: Milagros Arano Lean
Diseño de cubierta e interiores: Grafime
Ilustración de la portadilla: Kems
ISBN: 978-84-124513-2-0
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico, telemático o electrónico –incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet– y la distribución de ejemplares de este libro mediante alquiler o préstamos públicos.
ÍNDICE
Deshonrar al padreRosario Castillo Jiménez
Todo sucede como si no pasara nadaRaúl Alonso Alemany
Vida de un hombre perfectoFederico Bisoffi
Sin duda, esa es la razón por la que empecé a escribir. No comprender algo es la mejor semilla de la escritura.
Biografía del hambre,AMÉLIE NOTHOMB
Deshonrar al padre
Rosario Castillo Jiménez
1
Todo comienza y termina en ti
Debería haber empezado hace varios minutos, pero no puedo. Son las siete de la tarde y está oscuro. Una tienda de gafas y una cafetería alumbran la esquina donde estoy parada. El semáforo frente a la plaza de Sants da luz verde. Tengo una caja con treinta alfajores que preparé hace dos noches, tras muchos intentos para que quedaran redondos y presentables.
Vi la receta en YouTube, pero, como nunca cociné nada, no me quedaban bien. La fórmula es bastante simple: cobertura de chocolate derretido a baño María, masa de maicena y dulce de leche. Yo hice la propia: chocolate normal derretido sobre el vapor del agua hirviendo, galletas María y leche condensada cocinada durante tres horas. Compré los ingredientes luego de convencerme de que en ningún sitio me contratarían sin papeles para trabajar y después de recurrir a la opción que tenía más a mano: mi padre.
Lo llamé hace tres días. Tomé el teléfono y cuatro veces lo dejé en la mesa. A la quinta, marqué su número.
—Pa, no tengo más posibilidades. Los papeles me saldrán en dos meses, quizás, y nadie me da trabajo. Ya no tengo dinero para comer, menos para pagar la cuota de la universidad que comenzará a cobrar ya. No quiero devolverme a Chile. Por favor, préstame quinientos cincuenta euros. Te los pago dentro de un mes, te lo ruego.
Él mismo me dijo, antes de venir a Barcelona, que confiara en él y que fuera directa para pedirle dinero si lo necesitaba. Antes de llamarlo, pensé en todas mis amigas y en algunos familiares, pero me quedaba la esperanza de aquella conversación que tuvimos al despedirnos cuando me fue a buscar en un auto recién comprado y me llevó a conocer su nueva vivienda: un departamento maravilloso de dos pisos en la zona oriente de Santiago. «Todo es de la gorda, tú sabes. Ella me está ayudando hasta que yo me reponga económicamente». Pero obviamente no le creí. Conozco a mi padre y su orgullo no dejaría que una novia lo mantenga. Y entonces le supliqué que me prestara el dinero por un mes. Con cifra exacta para no irme por las ramas.
—Rosario, me pillas en un pésimo momento, ¿qué quieres que te diga? Incluso te voy a mandar un pasaje para que vengas dentro de unos meses porque no sé si sabes que me voy a casar. Sí, va a ser un matrimonio a todo trapo, pero ni la gorda ni yo queremos que mis niños falten. Así que no es el momento de sacar plata. ¿Qué quieres que haga? ¿Te robo un banco?
El semáforo frente a la plaza de Sants cambia a rojo y los peatones cruzan. Respiro profundo y abrazo la caja. «Alfajores caseros a un euro». Los catalanes quizás no los conozcan y sé que debo apuntar a los latinoamericanos. Pero no puedo escoger. Hay mucha gente en la calle, todos muertos de frío. Algunos pasan en bicicleta y se detienen. «¡Alfajores caseros a un euro!», grito con más potencia porque se me acaba el tiempo. Los cálculos me indican que debo vender a diario treinta pasteles para pagar el máster y el alquiler. De lo demás, me ocuparé después.
Al poco rato de comenzar, mi confianza fue en aumento, y la vergüenza, desapareciendo. Cuando la noche termina, los he vendido todos. Quienes me compraron no podían creer lo que se echaban a la boca. «¿Por qué lo haces?», me preguntó una colombiana, que, al escuchar mi respuesta, me tomó las manos y me dio ánimos.
De vuelta a casa y con la adrenalina en descenso, me invadió la pena. Vi a tantos padres darles la mano a sus hijos, comprarles un alfajor y luego sonreírles.
¿Quién es realmente mi padre?
El día que cumplí los treinta, estaba en Chile. Venía llegando de vivir un año en Australia y al cabo de dos meses partiría a estudiar a Barcelona. El día que cumplí treinta —en julio de 2016—, mi padre, Luis Alberto, no me saludó como cada año a las doce de la noche. Yo celebraba con amigos, en el departamento de uno de ellos, pero estaba pendiente de su llamada. Sabía que no iba a responderle; le debía dejar claro que ahora sí que me había perdido. Pero el móvil nunca sonó.
Dos años antes y con una carrera de periodista activa, con un pasado repleto de fiesta, de trabajo, de riesgos y de esfuerzo, decidí dejar de estar presa por mi propia familia.
Todo gracias al consejo de mi jefe en el periódico donde trabajaba: «Rosario, usted debe irse. Ya es suficiente».
No se explayó demasiado; sin embargo, para mí, eso fue bastante. Compré un boleto a Byron Bay, Australia, donde vivía una amiga que me alentó diciéndome que pagaban bien en cualquier trabajo…, aunque no hablara una palabra de inglés.
2
El peso de ser tu hija
Nací en una familia «bien», como se dice en Chile. Fui a un colegio particular de mujeres y algunas de mis mejores amigas eran hijas de los empresarios más ricos del país. Siempre veraneé en los balnearios de moda y frecuenté lugarestop. Pero, dentro de mi círculo, mi historia era diferente. Desde pequeña tuve que comprender que mis posibilidades no eran las mismas que las de mis compañeras. Cómo me entristecí cuando fui la única que no pudo pagar un viaje de estudios y debieron ayudarme con una colecta. O cuando Shakira actuó en el Estadio Nacional: cómo lloré por no poder ir a ver a mi ídolamientras todas mis amigas cantaban los temas que habíamos practicado. Fueron todas, menos yo.
Mi vida era un poco así, siempre al borde de poder. Con la palabra «casi» en la boca. Casi podía ir, pero no. Casi no era pobre, pero sí. Vivíamos en un barrio de los más caros de Santiago, pero recuerdo un día en que no teníamos para comer.
Distinta fue mi infancia entre los cuatro y los ocho años. Ahí mi padre era millonario. Al menos, a mis ojos. Tenía una empresa de limpieza industrial e importaba máquinas de última generación que no poseía la competencia. Sus clientes eran conglomerados de prestigio que necesitaban tener impecables los techos y alfombras de los salones donde se reunían.
Esa buena racha duró poco. La racha del «casi» siguió durante mucho tiempo. Pero en ese entonces, todo lo que yo deseaba lo podía tener. Si yo quería una mochila con rueditas, la mochila con rueditas tenía. Si quería tocar el órgano, un órgano tenía. Si quería unas zapatillas con terraplén, las tuve. Y en esas cosas, superfluas y banales, siempre fui la primera. Íbamos todos los domingos a comer a restaurantes y nos llevaba a un parque de diversiones al menos una vez al mes: a mí y a todas mis amigas.
En ciertas ocasiones, mi papá era muy divertido. Le gustaba organizar asados en casa, invitar a gente y lo conocía todo el mundo. Se llevaba bien con mis profesoras del colegio, con los demás apoderados, y mis amigas tenían la confianza de llamarle «Conejo» —como le decían todos por sus largas paletas— y de tutearlo. Con él, nos entreteníamos. Le gritábamos a garabato limpio arriba de un juego en altura y él se reía mucho. Amaba ser el «papá bacán» del que todas hablarían cuando llegaran a casa. Recuerdo que mis cumpleaños eran increíbles porque él me arrendaba un centro de juegos completo donde personajes disfrazados nos cantaban y bailaban; además, me dejaba invitar a toda la generación. Mi papá era cariñoso. Nos hacía un juego a mí y a mis dos hermanos: nos metía el dedo en la boca sin que nosotros lo dejáramos. Recuerdo que odiaba ese juego porque sus dedos olían a cigarrillo.
Estamos de pie, en su habitación, desprevenidos. Por las ventanas abiertas entra el aire fresco de verano que viene de los cerros. La luz ilumina las paredes blancas de la pieza de mis padres y algunos rayos caen en la cara de una fotografía de mi primera comunión y en la cara de mis hermanos, en retratos de cuando eran acólitos. Sobre la cama de dos plazas, hay colgado un cuadro inmenso que pintó mi abuela, la mamá de mi padre. Es en tonos marrones claros y oscuros, y dibuja a tres niños con las manos entrelazadas. Al frente de la cama, el televisor. Un cuadrado negro gigante que siempre está encendido. Le digo a mi hermano Martín, con quien estamos parados frente a la pantalla, que ponga un video, y mi padre entra silencioso y se sienta atrás de nosotros, a los pies de la cama. Martín está en eso, cambiando de canal, cuando mi padre lo rodea con sus brazos y con su dedo índice y medio le busca la pequeña boca de niño de seis años. Yo tapo la mía, de ocho, e intento salir corriendo, pero el brazo izquierdo de papá me atrapa y su mano se acerca a mi cara. Yo no quiero que sus dedos alcancen mi boca porque me duele mucho. Se mete por dentro, bajo mi mejilla izquierda y comienza a jalar hacia ese lado. Me arde la lengua y la comisura de mi labio se rompe un poco. No me gusta este juego porque sé que después se me hará una herida y el sabor asqueroso de la colilla de cigarro se queda conmigo por largo rato. Él se ríe diciendo el nombre del juego que inventó, repitiéndolo una y otra vez, mientras nosotros intentamos zafar.
También nos hacía un club debajo de las sábanas en donde él, mis hermanos y yo nos metíamos, y pensábamos que era un campamento. Además, nos dejaba tener mascotas: tuvimos un montón de conejos blancos y un perro.
Mi padre era siempre del todo o el nada. Si había que hacer asados, compraba la mejor carne; si teníamos una piscina de plástico, incluía filtro de agua; si le gustaba un político, iba a la sede distrital a apoyarlo; si ganaba su equipo de fútbol, nos llevaba a tocar la bocina por las calles. Si nos gritaba, era con todo, y si nos quería pegar, corría hasta atraparnos. Porque nosotros lo intentábamos, intentábamos protegernos. O proteger a nuestra mamá.
Suena Ricardo Arjona en la radio del auto. Mi madre va de copiloto, y nosotros tres, atrás. Acabamos de comer empanadas de pino, luego de ir a una misa eterna y sofocante. Es domingo y estamos agotados. «Aún te amo, no sé si por idiota o fatalista», y mi madre canta. «No sé si por cobarde o masoquista, pero te amo».
Mi padre está incómodo, yo lo siento.
—¿Ah, sí? ¿Tú creí que soy hueón? Anda a buscar al conchadesumadre. Ándate con él y deja a tus hijos tiraos, hueona, si es lo único que querí.
—¿De qué estás hablando, Conejo? ¡Estás loco! —responde ella.
¿Por qué usas esa palabra, mamá?¿Por qué?
Nos bajamos del auto y entramos a la casa. No alcanzo a cerrar la puerta de la entrada cuando escucho que se ponen a pelear. Mi madre le grita que tiene que tratarse, que no es normal, y él le grita más fuerte que si cree que es imbécil, que por algo canta esa canción. Yo miro a mis hermanos. Con los ojos les digo que no pasa nada, que haré algo. Nuestra casa es pequeña: el salón se separa de las habitaciones por un pasillo que debe de medir tres metros. Ellos han decidido discutir justo a la entrada de mi pieza, que está al lado de la entrada de la casa. De la puerta que quedó abierta se escapan gritos, groserías, llantos de nosotros tres. Me preocupan los vecinos. La cara de mi papá está al frente de la de mi madre y sus cuerpos no alcanzan a tocarse. Pero los gritos son feroces y si no se detienen ya, esto va a empeorar.
—¡Paren, por favor! ¡Paren! ¡Háganlo por nosotros, por favor!
Me meto al medio de sus cuerpos y mi cabeza no llega a la altura de sus pechos. Quedo frente a sus estómagos y los miro hacia arriba con mi melena corta. Les ruego que se detengan, que piensen en sus hijos, pero no me escuchan. No me ven. Siguen gritándose y con mis manos empujo a cada uno para separarlos. Pero no paran.
En esa época, mi papá trabajaba, y mi madre no. No porque ella no quisiera, sino porque él no la dejaba. Mi mamá había logrado convencerlo un tiempo antes y comenzó a vender carne a domicilio. Ella juntaba todo el dinero con el que luego se alejaría, llevándonos a nosotros. Era un plan que urdía en secreto, pero que yo sabía. Lo sabía porque me quedaba escuchando sus conversaciones nocturnas con una de sus hermanas, y así me enteré de que un día mi padre la pilló, le quitó toda la plata y su idea y la nueva vida se esfumó.
Mi madre era amorosa. A veces nos hacía calugas de leche condensada y nos cantaba «Duerme negrito» en guitarra; esa vieja canción de cuna interpretada por el folclorista argentino Atahualpa Yupanqui que habla de una madre que debe irse al campo, lejos de su hijo, a trabajar. También sabía sobre letras y, como a mí me gustaba leer revistas, le preguntaba el significado de alguna palabra que no entendía, y ella me hacía buscarla en el diccionario.
Recuerdo que yo era muy apegada de pequeña.
—Mamá, ¿estás enamorada del papá?
—No, Rosita. Hace mucho tiempo que no.
—Entonces, ¿por qué no nos vamos? Hagamos una maleta y nos escapamos.
Le dije eso una noche en que mi padre aún no llegaba a casa. Estaba desvelada y ella también, así que me acosté en su cama. Yo tenía unos seis años, pero estaba pendiente de todo. Recuerdo que fue una conversación muy sincera y un poco desesperada. Yo sabía que la vida que llevábamos no podía durar para siempre porque ninguno resistiría, pero era ella quien debía de pensarlo así. Luego, un tiempo después, me uní a mi padre y comencé a mirarla con otros ojos. Le creí a él que ella era malagradecida y dejé de sentir ese apego. Al menos, superficialmente.
Cuando cumplí los ocho, nuestra situación financiera no era como antes. Había momentos de mucha escasez y decidieron que mis hermanos debían cambiarse a un liceo público.
3
Dios es sordo
El ambiente en mi casa era irrespirable. Cada vez que volvía del colegio, se me apretaba el estómago. Pasaba horas pidiéndole a Dios que nos ayudara porque ninguna figura mayor me protegía. Mi madre, aparte de cantarnos y corregirnos las palabras, no nos ayudaba mucho. Al contrario, diciéndole«loco»activaba en él la furia. Yo no podía conversar de esto, ¿a quién le podría contar el infierno sin que esa persona se lo contara a alguien y el secreto llegara a oídos de mi padre? No podía y por eso hablaba con Dios. Él sí debía protegerme y acudir a mi casa cuando esos dos se peleaban. Pero no venía. Por más que le hablara y le suplicara, no venía. Supuse que estaría ocupándose de cosas peores que las mías.
Hace mucho calor. Las sábanas blancas se me pegan en las piernas. La derecha tiene un moretón que parece una pintura de acuarela. Es rara la forma. Si mi pierna no fuera alba, no se vería tanto. Tomo a la Cuqui, mi monita con vestido rosado. «No tengas miedo, ya van a parar». Le hago cariño, pero ella sigue escuchando. No logro alejarla de los gritos y la tapo con la almohada. Siento a Manuel. Ahora Martín se le une y ambos gritan:«¿Paró, paró?». Pero no paran. Mis manos tocan mi cabeza y luego mi pelo. Diosito mío, ayúdame.
Pero no viene.
Me tiro el pelo con fuerza, quizá me duela tanto que no sentiré el ruido.
Pero no viene.
En aquel entonces me refugiaba en el colegio. Cuando mi madre me dijo que los niños se irían a otra escuela y que me sucedería lo mismo a mí, me inundó la mayor angustia. Al otro día fui a tocarle la puerta del despacho a la directora y le dije que no podían echarme por dinero, que yo amaba ese lugar y que necesitaba seguir ahí. La directora llamó a mis papás. Les dijo que, en sus no sé cuántos años de trayectoria, jamás le había ocurrido algo parecido y que «esta niñita» merecía quedarse. Y así fue, aunque me amenazaron infinidad de veces con suspenderme por conducta, y me dejaron otras tantas apartada por la eterna morosidad de mi apoderado.
El tema de la conducta era extraño. No me querían echar porque respondiera mal a las profesoras o porque no respetara las órdenes, sino porque comía chicle con la boca abierta y porque incitaba a mis compañeras a tirarme todos los pétalos de las rosas del jardín del colegio. Decía que era una reina y ellas me creían. Tanto así que una fila india de niñitas de diez años recorrimos todo el establecimiento gritando que no me iría. Eso sucedió al minuto y medio de contarles que me querían expulsar de nuevo por comer chicle con la boca abierta.
En esa época, las aulas eran mi reino. Eran mi espacio y luché por mantenerlo: no tenía otro lugar en el mundo para ser feliz. Mi casa era un caos. Casi todas las mañanas —casi, casi, casi— debía correr a encerrarme al baño antes de entrar a clases. Mis papás peleaban de una manera que solo el que lo ha vivido puede visualizar de verdad.
Los demás podrán imaginarse gritos, golpes, ruidos. Yo veo a un hombre eufórico corriendo por las escaleras persiguiendo a mis hermanos, que cubren sus cabezas con sus diminutas manos. Yo veo a un hombre totalmente fuera de sí tropezándose con las alfombras para llegar a pegarles. Yo me veo a mí abrazándolos para que no oyéramos los gritos de este loco de manicomio, y me veo a mí siendo testigo de un hombre que le grita groserías a su mujer y que se devuelve una y otra vez a su habitación para ser él quien tenga la última palabra.
Todas las mañanas, casi sin excepción, el viaje de casa a los colegios se convertía en un infierno. Yo me acostaba la noche anterior deseando que no llegara ese momento. Se peleaba con cualquier automovilista que le adelantara o que lo mirara por mucho rato. Gritaba de ventana a ventana las groserías más horribles que yo había escuchado; dentro, a nosotros, no nos gritaba igual, pero nos pegaba coscorrones si discutíamos o si nos reíamos… La cabeza ardía tanto cuando sus nudillos nos alcanzaban…
Ya frente a la puerta de la escuela, estaba abatida. Apenas el auto de mi padre se iba, yo volaba al baño de al fondo a la derecha, cerraba la tapa del WC y me largaba a llorar con las manos tapando mi boca. Después me integraba a clases como si nada.
Puertas afuera, mi papá era el alma de la fiesta. Nos llevaba al rodeo, y todos los dueños de caballos le hacían un espacio para que se sentara junto a ellos, y sus mujeres se ponían de lo más coquetas. Nos presentaba orgulloso palmoteándonos la espalda y diciendo que estos eran sus hijos, que él era el padre. Pero mientras comíamos, salíamos e invitaba a cualquiera a un trago, se iban acumulando las cuentas impagas.
Aparte de eso, nadie vigilaba nuestra higiene. Yo tenía el pelo corto, un poco más abajo de las orejas, plagado de piojos. Las mamás de mis compañeras lo sabían porque invitarme a su casa era un peligro para todos. Mi nana de ese tiempo —la mujer que trabajaba limpiando en mi casa a cambio de techo, porque no había dinero para pagarle— intentaba sacármelos, pero era imposible. Pasé años repleta de bichos en la cabeza. Ella fue quien un día me contó que la pesadilla había terminado.
Miércoles 29 de septiembre de 1999. Mi hermano Martín cumple once años. La Ita, mi abuela, está invitada. No hay ambiente de fiesta; es más: parece que se murió alguien. No entiendo nada porque acabo de entrar a la casa. Mi nana me invita a su pieza, que queda en el patio, y me dice que mis padres se van a separar. Veo que la Ita, su madre, lo toma del brazo y lo encamina hacia la calle. Pero mi padre gira su cabeza y me ve. Se suelta de ella y avanza hacia mí, que estoy mirando desde la puerta del baño del primer piso. No recuerdo qué ropa llevo ni qué temperatura hace. Solo que me pongo frente al espejo y abro la llave del lavamanos.
—Por favor, Rosario. ¡Haz algo! Tu mamá está loca, quiere que me vaya de la casa. —Sujeta mi mano implorándome, llorando a mares, medio hincado—. Habla con ella, por favor.
Desde ese día no lo vi por unos meses. Mi abuela decidió aislarlo de todos y disponer una habitación para él. Sin luz. Era una cura para la depresión, según ella. Yo no entendía nada, quería oír su voz para saber si seguía vivo, pues había desaparecido. Pero no me dejaban.
Recuerdo también que por esos días leí el diario de vida de mi tía.
Subo corriendo las escaleras de la casa de mi abuela. Quiero llegar rápido a su habitación para saludarla y le bailo y le canto un rato, como hago siempre. Antes de bajar a la cocina, entro a la pieza de mi tía, la Francisca, y miro su velador. Hace unos días habíamos intercambiado nuestros diarios de vida para que miráramos las tapas, pero yo quise leerlo, porque en una de las páginas alcancé a ver el nombre de mi padre. Durante días permanecí con la intriga. Abro el cajón, tomo el diario asustada por si mi abuela me pilla y me entero de que tiene relaciones sexuales con su novio, pero que no pueden tener hijos. Cierro el diario y creo que fue un error abrirlo, pero no consigo guardarlo. Paso las páginas rápidamente como para no leer, hasta que veo algo escrito con tinta azul: Luis Alberto.
Junto a eso, unas líneas que hablan de la depresión. Escribe que, aunque lo odia a veces, fue muy triste para ella saber que mi padre había intentado suicidarse. Yo me quedo helada. Un escalofrío me sube desde la punta de mi zapato hasta el cuello, amarrado por la corbata del uniforme escolar. El escalofrío se vuelve caliente y se queda ahí. No es la primera vez que lo siento; cada vez que ellos peleaban, ese calor se quedaba en mi garganta. Me siento un poco mareada y veo mi vida pasar como una película. Si mi papá se mata, me mato yo también, pienso.
Ese secreto y la culpa me acompañaron varios años. Me sentía culpable de la separación, culpable de su depresión, culpable de todo. Sufría hasta con mis pensamientos; me sentía mala cuando deseaba que él no nos fuera a ver y rezaba para deshacer lo que se cruzaba por mi mente. Nunca nos abandonó luego de separado. Y cuando salió de esa habitación oscura, iba a visitarnos afuera de la casa casi todas las tardes, aunque su cara de pena y su delgadez me dejaban con depresión a mí. No tenía energía y siempre estaba mal, «andando», «luchando por la vida». Su estela se nos pegaba como un perfume… amargo, triste, cruel.
Constantemente, mi padre nos echaba en cara que él nos había dado todo, que se sacaba la comida de la boca para dárnosla, que mi madre había sido una malagradecida, que nadie valoraba todo lo que luchó por la familia. Siempre apestaba el ambiente con una energía que pesaba, que hacía daño. Nos manipulaba. Que no éramos buenos hijos, que no lo queríamos, que no lo acompañábamos al rodeo. Que siempre preferíamos a mi mamá.
Y esas acusaciones fueron dejando su huella.
Por otro lado, la contradicción entre lo que vivía puertas adentro y lo que experimentaba puertas afuera seguía siendo demasiada. A mí nadie me revisaba las tareas, ni la mochila, ni me enviaba colación. A mis amigas sí. En mi casa, nadie sabía si tenía que llevar el uniforme de deportes o no, y nadie se enteraba de lo que pasaba en las reuniones de apoderados, porque a esa edad ya ninguno de mis padres participaba en mi colegio.
4
Hay que escapar
Tras la separación, estuvimos un año viviendo en una pequeña casa que mi padre nos alquiló para mis hermanos, para mi madre y para mí. Nos visitaba a menudo y nuestros días no tenían mayores sobresaltos. La tensión que respirábamos cuando compartíamos el techo con él había desaparecido y jamás entró a mi casa nueva. En esos tiempos, yo comenzaba a ir a fiestas y a juntarme con chicos; o sea, que mis temas se ampliaron y mis pensamientos también, así que ya podía desligarme un poco. Aunque nunca demasiado, pues los problemas de plata estaban ahí, instalados. Mi madre trabajaba todo el día e intentaba que no nos faltara la comida porque del alquiler se encargaba él. Pero, un día, la dueña de la propiedad le dijo a mi madre que debíamos irnos, que nadie había pagado una cuenta. Mi mamá nos sentó a la mesa y nos pidió que rezáramos juntos para ver qué solución aparecía. Y se le ocurrió que como la madre de mi padre tenía dinero, ella era la única que podría ayudarnos.
La Ita construyó un tercer apartamento en su casa y, apenas estuvo listo, nos mudamos. Era un triángulo arriba de los dos pisos que ya tenía. Era tan pequeño el espacio que el calor asfixiaba. Apenas terminaba la escalera, aparecían las dos camas de los niños. A la izquierda, el cuarto de mi madre y, seguido, el mío. También teníamos un baño. El suelo retumbaba cada vez que caminábamos porque era de un material ligero. Yo no aguantaba estar ahí, daba claustrofobia.
Mi madre trabajaba en un banco. Salía a las siete de la mañana y regresaba a las ocho de la tarde, empecinada en reunir el dinero para cambiarnos de casa. Si bien estaba agradecida a su exsuegra, no era un lugar ameno para que sus tres hijos crecieran. Pensó que aquello duraría un año, máximo un año y medio, pero la estadía se alargó hasta cuatro.
La familia de mi padre no estaba muy contenta con que su madre debiera albergarnos. Sentían que era un abuso terrible para una señora de edad, pero no teníamos otra alternativa, ya que el repartirnos en distintas casas no era opción para mi madre. Ella no lo pasaba bien. No lo recuerdo de entonces, pero me lo ha dicho de grande. Sentía la furia de sus excuñadas. Y un día, una de las cinco hermanas de él la enfrentó a gritos y le pegó una cachetada. Yo no estaba, pero mi hermano sí. Él me contó que mi tía le había dado vuelta la cara y que ella no se defendió.
Como yo entraba en la pubertad y estaba experimentando cambios, necesitaba alejarme un poco de los demás. No me sentía cómoda compartiendo un espacio tan reducido y quería un poco de privacidad. Así que le pregunté a mi abuela si podía dormir en la habitación de servicios, que estaba desocupada y que quedaba en la primera planta, junto a la cocina. Desde ahí, mi adolescencia se reveló. Hice lo que quise porque nadie me oía llegar por las noches. Ya iba a fiestas y ninguno de mis padres se ocupaba de irme a buscar, ni de olerme a la vuelta para saber si tomaba trago o no. Los peligros de esa edad me rodeaban y yo los cogía. Conocí las discotecas, el alcohol, la marihuana. Nadie me controlaba, no tenía límites. Mi habitación comenzó a ser la guarida. Amanecíamos cinco niñas tiradas en el suelo y una en el baño con restos de comida que habíamos traído la noche anterior. Si a los quince a las demás les decían que no podían regresar más allá de las dos de la madrugada, a mí nadie me decía nada, así que todas inventaban algo y se alojaban en mi casa.
Mi mejor descubrimiento fue el alcohol. Lo conocí una noche en la playa. Con mi mejor amiga fuimos las únicas mujeres en beber: la sensación borrosa, confusa e irreal que sentí me embriagó tanto que me fue difícil separarme de él. No es que bebiera en la semana, pero a los quince años estaba borracha los viernes y sábados por la noche. El alcohol me provocaba un estado único, me dejaba en cero, flotando en la nada. No había realidad, no existía mi padre, no existía yo. Pero, de lunes a viernes, cuando se le antojaba,élsí existía. Y los gritos.
Venimos llegando de un fin de semana en la playa con mi padre y, mientras el auto se acerca a la casa de mi abuela, comienzo a rezar por inercia. Presiento el peligro. Mi madre conoció a un hombre y se puso de novia, aunque apenas salía con él porque mi abuela le hacía comentarios. Pero este domingo sé que mi mamá no sabe a qué hora regresaremos a Santiago. Y está el auto de su novio estacionado con ambos adentro. Mi padre acelera su camioneta balbuceando garabatos. Nos queda media cuadra para acercarnos a ellos y yo imploro que mi madre nos vea y se aleje. No puedo salir por la ventana a gritarles porque mi padre está furioso. Tengo terror y veo en la cara de Martín y Manuel, mis hermanos, el mismo pánico. La camioneta frena justo atrás del automóvil del novio.
—¡Maraca de mierda!
Veo que se asoma el novio.
—¡Y vo, conchadetumadre! ¿Acaso no sabí que tiene hijos?
El novio enciende el auto y mi padre también. Le hablo despacio, le digo que pare, por favor. El auto del novio avanza y el de mi padre también. Pienso en mi mamá, que está adelante. Luego de mil groserías que quedan sin respuesta, el otro coche se va. Nosotros nos bajamos corriendo y vamos detrás de ella, que ya entró al patio de la casa. Escucho la camioneta arrancar.
Eso ocurría algunas tardes de mi vida, unas tardes que olvidaba apenas llegaba el viernes.
No estuve ningún fin de semana metida en mi casa: apenas podía, me escapaba a beber y a bailar. Recuerdo que me pintaba los ojos de negro y que, si oía gritos de pelea, era la primera en pararme a mirar. Me gustaba el olor de la violencia, lo perseguía, lo conocía porque ningún momento de mi vida se alejaba de él. Aun en las situaciones menos pensadas, como en las actividades escolares.
Mis hermanos eran los goleadores de sus equipos de fútbol, y a ellos les gritaba tanto en cada partido. Si el árbitro marcaba una falta, mi padre se metía en medio de la cancha gritando groserías. Una vez interrumpió el juego, tomó la pelota y se la lanzó fuertemente a la cabeza del entrenador. Nadie podía creerlo. Nosotros sí. Otra vez, para alentarme, ingresó en la pista de carrera donde recién yo había calificado.
Es la primera vez que corro en un estadio. La galería está llena y tengo que rematar la posta de las atletas del colegio. Tiemblo. Sé que debo hacerlo muy rápido y concentrarme. Estoy en posición, media agachada sobre la línea que me corresponde. Miro la pista plana hacia delante y la curva que van formando las corredoras de atrás. Se acerca mi compañera con el bastón en la mano y está a segundos de entregármelo, pero un grito me desconcentra.
—Dale. Rápido. ¡Concéntrate!
Miro a mi izquierda, a treinta centímetros de mí, y veo a mi padre. Se me nubla la vista y se me tapan los oídos. Se me cae el bastón y mi equipo es descalificado. Mi padre quería que sus hijos fuéramos los más elegantes, pero era un ordinario que se olvidaba de cualquier modal, de cualquier protocolo.
5
El sentimiento que enflaquece
Siempre supe que estudiaría Periodismo. Lo supe desde pequeña, cuando no dejaba de meterme en la vida de los otros. Bastaba un poco de conversación y cualquiera me contaba su vida entera. Era muy sociable y había empezado a trabajar desde que estaba en el colegio, por lo que me rodeaba de gente de todas las edades. Tenía personalidad. Tenía mis cosas claras, tenía carácter. O al menos eso tenía hasta que me enfrentaba a papá. Ahí no tenía nada. Ni carácter ni claridad. Ahí solo tenía miedo.
—¡Mírate…, hace sesenta grados de calor y tú vestida así! ¿Qué te pasa? ¿Qué tení en la cabeza?
Estamos caminando por la costanera de Reñaca, una playa de la V Región. Es verano y tuve que venir a pasar el Año Nuevo con él y sus amigos. Obviamente no quería venir, pero me han castigado por primera vez. Con mi mejor amiga hicimos una fiesta sin permiso y su casa colapsó. La presión de su madre hizo que la mía tomara el rol de madre y me castigara. El castigo me trajo a esta playa donde están todos mis amigos, y me trajo con el monstruo. No deja de gritarme frente a todo el mundo. Yo sé que estoy mal vestida, que hace calor y que estoy muy abrigada, pero me siento avergonzada porque no quiero que ellos vean que de golpe me he desarrollado; así pues, me tapo lo que más puedo y no siento el calor. Mi papá no deja de gritarme y no puedo levantar la cabeza. Me da mucha vergüenza. Ya veo que me abre la sudadera y me deja al descubierto. Estoy sufriendo mucho. Quiero que se calle de una vez antes de llegar al sector donde están mis amigos.
—Es que estás loca, pareces una empleada doméstica. ¡Siempre tan mal vestida, siempre tan apocada, por la chucha! ¿Qué mierda te pasa, por la cresta?
Yo no respondo porque va a ser peor. Sé que le irrita que no lo mire, pero es que no puedo. Siento pánico y vergüenza. Al fin se cansa y se va en la mitad del camino. Yo sigo a paso rápido por muchos minutos para que la gente vaya cambiando y no recuerde que era yo a quien le gritaban de esa manera.
Mi papá no es ni alto, ni musculoso, ni parece fuerte. Mide 1,70, tiene panza, la piel tostada, los dientes amarillentos de fumar y unas manos gordas y pequeñas. De grandes y en broma, mis hermanos dicen que, en unround, lo matan. Pero de niños y con la furia que lo acompañaba veíamos cómo se transformaba en un psicópata. Sus gritos parecían ensanchar su cuerpo y alargar su porte. No es más que un tacuaco, realmente. Pero un tacuacoenergumenizadopuede parecer un monstruo. Más si no duda en usar su coche para agredir o su puño para golpear.
Fue
