Sí, lo hice - Victoria Bermejo - E-Book

Sí, lo hice E-Book

Victoria Bermejo

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Beschreibung

Sí, lo hice es la historia de una divertida obsesión, un thriller lúdico, un impulso que se le va de las manos a su protagonista. Una novela que habla de mujeres de hoy y de sus maneras de vivir, del empeño por escribir bien y llegar a las máximas posibilidades de una misma. Una novela en la que suena la música mientras nos enseña lo que es estar a ambos lados de la realidad sin ponerse de parte de nadie, a la vez que nos muestra el éxito y el fracaso, el triunfo y la frustración, la locura y la cordura. Sí, lo hice es una historia tan trepidante que parece que se está escribiendo mientras se lee. Un relato en el que Victoria Bermejo le da un sopapo a ese pseudoentramado que hoy llamamos literatura y se mofa de las pretensiones de los escritores advenedizos y de las neuras de los consagrados, todo ello en un desbarajuste que se balancea entre la risa y el misterio, y donde el disparate es de aúpa y el regocijo y la intriga están garantizados.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Sí, lo hice

VICTORIA BERMEJO

Sí, lo hice

 

 

Pepitas de calabaza s. l.

Apartado de correos n.° 40

26080 Logroño (La Rioja, Spain)

[email protected]

www.pepitas.net

© Victoria Bermejo

© De la presente edición, Pepitas ed.

Cubierta: Anónima

ISBN: 978-84-18998-59-1

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, marzo de 2023

 

 

A mi tía favorita,

Isabel Bermejo Gasset

1

ES MUY DIFÍCIL SABER cómo empezó todo; cualquier idea, cualquier acción tiene muchos principios. Unos son causas; otros, efectos; unos vienen de deseos y algunos impuestos por un destino fatal decidido en un segundo.

Por muchas vueltas que le doy, no sé cuál es la razón que me llevó a salirme de mi ruta. No sé si soy mala o buena o regular, no sé si he hecho bien o mal y, además, ¿qué es eso de estar juzgando todo como si hubiera una ley divina o humana por encima de nuestras cabezas?

Todo lo que parece horrible en un momento dado, a veces, con el tiempo, nos hace gracia, nos resulta simpático. Ya lo dijo Fidel: «La historia me absolverá». Yo creo que no lo ha absuelto para nada, pero a él le sirvió de coartada para comportarse como lo hizo.

Yo tengo tantas coartadas que no creo que nadie me descubra. Bueno, hasta que todo salga a la luz; y entonces, ya pensaré qué hago. Aunque puede que eso tampoco ocurra nunca. La verdad es que creo que jamás se sabrá, no he dejado muchas trazas de mi conducta.

Lo único cierto es que mi vida era bastante aburrida hasta el día en que hice lo que hice, y por lo menos me he divertido y le he sacado jugo a mi coco. Por fin he conseguido un sobresaliente, por un mérito u otro, cuando desde pequeña me he tenido que conformar con un bien como máximo continuamente…

La ocasión la pintan calva, y yo he sabido lanzarme al vacío con gracia.

Ahora mismo voy a empezar a contármelo todo, como decía la profe de Narrativa de aquel curso online, sin miedo y como si abriera un grifo y el agua corriera por donde le diera la gana. O como un corcho que salta dejándose llevar por la corriente.

No voy a tener miedo de explicar cómo soy y cómo son los demás frente a mí. Sobre todo cómo es ella, la que me ha impulsado a hacer lo que hice. Voy a analizar mi comportamiento como si se tratara de un documental sobre animales.

No sé cómo llamarme a mí misma, porque impostora no soy; ladrona, tampoco; envidiosa, un poco; y valiente, hasta ahora, no mucho. Y lesbiana, para nada.

Pero esto que he hecho va a ser revolucionario, por lo menos para mí. He empezado a ser otra. Me he tirado sin red.

Voy a intentar recomponer mi thriller personal ante la página en blanco. Ya que con la ficción no he triunfado, voy a escribir un trozo impactante de mi autobiografía.

2

A VECES ME HE preguntado por qué me hice diseñadora gráfica, por qué elegí este trabajo.

Creo que uno de los primeros impactos visuales que recibí fue el de un grafiti en un muro delante de mi casa que decía: «Cuidadosamente mal vestido». Aparte de la frase, que es muy gráfica, pues te imaginas a alguien escogiendo ropa no para que le quede mal, sino para que le quede atractivamente mal, me chocó la excesiva inclinación de las letras hacia la derecha; de lejos, parecía una ola de dibujos animados. Con esa pintada me di cuenta de la plástica de las palabras, de la escritura.

Pensando ahora en ella, me he acordado de cómo escribía mi compañera de pupitre en primaria, Pía Jiménez, que separaba el rabo de la t y le ponía un punto redondo a la i. Esa i era insufrible, como si tuviera un grano de pus asqueroso en la frente, como si fuera una i histérica. Mi abuela, todavía conservo un libro dedicado por ella, escribía como si nada malo fuera a sucederle nunca, con aplomo, sus letras decían a gritos «me gusta la vida» y «sigo para delante». La de mi madre, en cambio, era demasiado pequeña, como su existencia; necesitaba una lupa para todo, no veía, no sentía, no sabía explicarse ni entendía qué hacía en este mundo, pero era buena y no amenazaba como otras madres con «si no haces esto te vas a enterar» o «me vais a volver loca». Mi padre escribía como si las letras mandaran mucho, apretaba tanto el boli que marcaba las páginas de abajo cuando me firmaba las notas, escribía con rabia, con precipitación. Seguro que hacía el amor igual de mal. Pim, pam, pum, fuego. Su letra tenía algo marcial o de reverendo padre. Mi primer novio tenía una letra infantil y diminuta, no levantaba nunca el boli de la página, como si estuviera haciendo salchichas mientras escribía; las palabras eran trocitos de picadillo de letras, salpicaban la hoja. Si veías la página desde arriba, era como si fuera desacompasado con el baile: su manera de escribir y lo que pensaba no ligaban; además, se salía de los márgenes porque quería aprovechar demasiado el papel. Era un tacaño, en realidad. Y no me gusta nada la escritura rata, la megapequeñita, que parece que se lo guarda todo para ella o que quiere que no se lea bien el mensaje.

Yo, los días que estoy bien, escribo muy grande; y los que estoy mal, tengo letra de médico. También, dependiendo del boli que use, la letra me sale elegante o barriobajera.

Es una pena que en los wasap no se vea un estilo propio, un ADN caracterológico, un estado de ánimo a través de la escritura. Se pierde la posibilidad de análisis, de revelación de la personalidad que tenían una carta, una nota… Es una estereotipación fatal.

La letra, en realidad, es lo que me ha llevado a todo: a mi profesión, a mi deleite, a mi envidia, a mi osadía… Las letras son los signos que construyen las palabras. Las palabras, lo que llevo persiguiendo toda la vida.

¡Las palabras tienen la culpa de todo!

3

LOS DOS EDIFICIOS, AMBOS del año 29, se erigían preciosos y gemelos en esa amplia avenida de la ciudad. Los burgueses, que se hicieron inmensamente ricos gracias al textil, levantaban casas en el Ensanche con la misma facilidad con que los niños levantan castillos de arena en la playa.

Ese mismo año, el 29, se inauguró la Exposición Universal, y en la plaza de España se construyó un hotel en solo treinta días. Era un año de riqueza y esplendor en la ciudad.

El empresario que sufragó la construcción de los edificios lo hizo con la idea de dejarle uno a cada una de sus hijas. Eran exactos de pies a cabeza: los mismos balcones, ascensores, colmenas en la azotea, dibujos esgrafiados en la fachada.

Seguramente en la época no fueron de los más bonitos y lujosos, pero como les pasa a algunas personas feas, ganaron mucho con el paso del tiempo: tenían solera y dignidad. Además, para darle mayor armonía al conjunto, en los bajos quedaban tres tiendas antiguas: una lencería, una ferretería y un bar estrecho de barra de madera con unas fotos envejecidas de los alrededores del barrio, de cuando todo se ideó. La cuarta tienda, que había sido una colchonería en principio, ahora la llevaban unos chinos y vendían gadgets y hacían fotocopias y fotos para el carnet de identidad. Se llamaba Honesto.

Por dentro, las dos casas gemelas se diferenciaban en la portería: una estaba igual que en su origen, con la marquetería de caoba y el espejo con los bordes biselados; en la otra, en los sesenta, habían cambiado la madera de caoba de medio vestíbulo por una pintura lila horrorosa y en lugar del espejo habían colgado un cuadro abstracto.

En uno de los dos edificios, el de caoba, había vivido uno de los pioneros del cine, uno que hizo una película famosa sobre chabolas y gitanos, y en el de la portería lila, una presentadora de televisión de los años sesenta, de esas que se cardaban el pelo y lucían vestidos y chaqueta a conjunto, de las que por las noches tomaban un raf —así se llamaba a las primeras combinaciones de ginebra con Coca-Cola— en un pub, y cuya gloria máxima fue salir en la portada de una revista de segunda el día en que su hija hizo la primera comunión, y que ya solo recordaban los abuelillos que ven la tele en los asilos.

No se sabe si las casas tienen memoria. Algunos piensan que sufren encantamientos, igual que esa manzana de la ciudad donde en cada número hay un siniestro, un suicidio, una muerte prematura, una ruina… Uno de los damnificados se trajo a un sabio coreano que entendía de esos fenómenos para que investigara. El coreano llegó a la conclusión de que la desdicha se debía a que las monjas que habían heredado el terreno no respetaron la voluntad de la difunta y especularon en lugar de levantar un convento y ponerle su nombre, que era la condición principal de la donación. Y eso trajo consigo la maldición eterna.

Lo que está claro es que antes de que sucedieran estos hechos, de que el destino cruzara a las dos protagonistas de esta historia, nadie podía imaginar que entre esos dos edificios se generaría una trama así. Una historia que tiene un espíritu algo gemelar. Una intriga que solo los lectores de este libro llegarán a conocer profundamente.

4

ADEMÁS DE LAS LETRAS, también me flipan los números. Por ejemplo, los que forman el de mi casa, 341, suman ocho; y el de la gemela, la suya, el 343, diez, y además es capicúa: ella siempre con la suerte por delante.

Lo que más me impresionaba en el cole cuando hablaban de Jesucristo era que añadieran que se murió a los 33, y que la gente, cuando alguien se moría a esa edad, siempre repitiera: «Mira, a la edad de Cristo», como si esa fuera una información muy importante.

También me chocaba esa manía de los medios de hablar de la maldición de morirse a los 27: Joplin, Cobain, Amy Winehouse. Hasta se hacían documentales agrupando sus muertes: Morir a los 27.

Me pasaba la vida contándolo todo. Contaba los escalones que había para subir a las catedrales. Por ejemplo, la de Girona ganaba. Tenía 90 escalones repartidos en tres tramos: el primero de 33 escalones, el intermedio de 28 y el último de 29. Contaba las patatas que me ponían en el plato y los botones de los abrigos, las veces que había visitado a mi abuela en un año o los besos que me había dado mi novio durante el fin de semana. Sabía los pasos que había desde la puerta de mi casa hasta mi cama y todos los semáforos que tenía mi calle.

De pequeña me arrebataban canciones como «Don Melitón tenía tres gatos» o «Mi barba tiene tres pelos».

Cuando conocía a alguien enseguida sumaba o restaba para saber cuántos años nos llevábamos. Con ella me llevaba cinco. Ella era mayor, 47; yo, 42, a punto de cumplir los 43.

Los barrotes de la cuna del hijo de mi prima eran 42 y los vasos de casa de mi madre, 77, contando copas de champán y de whisky o de coñac.

Me encantan los calendarios de Adviento, que van restando días hasta Navidad. No me gustan las navidades ni lo que significan, pero sí que cada número me regale un bombón. Es como si mi afición a los números se viera dulcemente recompensada.

Desde muy pequeña me encuadernaba los cuentos que escribía y luego los numeraba con un número gótico muy grande. Llegué hasta el 177 y los guardaba en una caja de zapatos que hacía la función de biblioteca propia. Ahora, algunos domingos abro la caja y la huelo.

Muchas veces miro el reloj y veo una hora espejo, las 11:11, las 21:21…

Cuando empezó este año me pregunté: «¿Qué me pasará el 2 del 2 del 22?». Y justamente ese fue el día de la resolución. Pero bueno, ahora que son las 9 de la mañana me digo: «Voy a ir contándolo todo poco a poco hasta llegar al hecho en sí».

5

ANTES DE ENTRAR EN materia tengo que decir que yo no era de esas niñas que robaban chicles cuando se despistaba el tendero, ni cedés de mi grupo favorito, ni de las que se comía el bocata de las otras después de birlárselo de la mochila. Pero sí que he sido siempre algo envidiosa. He envidiado vestidos y piernas. Coletas y color de ojos o de pelo. He envidiado padres y madres ajenos y sofás de casas de amigos. He querido apropiarme de estados de ánimo, de maneras de ser. He sentido afán por tener tal tipo o tal talento. Eso, sí.

Pero en este momento, lo que interesa para esta historia es un acto de apropiación indebida que cometí antes de que todo se precipitase. Es un acto pequeñito e insulso, pero no baladí, pues marcó el principio de todo.

Hace unos meses me quedé con un libro que una chica dejó abandonado en el autobús, en el asiento de delante. Cuando se bajó, no la avisé de que se le había olvidado. Ni tampoco se lo di al conductor para que lo llevase a objetos perdidos, sino que alargué la mano como un resorte y me lo metí en el bolso rápidamente, como un mono en el parque cuando le echan un plátano.

Precisamente, ese fue el libro que cambió mi vida y el que me ha traído hasta aquí, hasta lo que soy hoy. Se trataba de El hilo secreto, de Natalia Adler Sánchez. Sí, el gran éxito de la puñetera autora de moda, la que ganaba todos los premios y posaba sonriente en todas las ferias, la que salía en esos programas en los que te entrevistan en una fábrica abandonada y para los que ella siempre tenía respuestas sagaces. La que llevaba vaqueros con camiseta blanca y chaqueta de hombre dos tallas más grande, como una Jane Birkin universal, o vestidos con collares originales cuando salía en la foto como jurado de algún concurso literario. Hasta ese día jamás la había leído, aunque se hablaba de su obra por todas partes.

Y es que todavía no he contado algo capital: yo quería ser escritora. Bueno sí, he avanzado algo con lo de los 177 cuadernitos... El caso es que desde niña lo tuve clarísimo. En las tardes de verano me tumbaba al sol y pensaba en argumentos para mis historias; por las noches, las escribía con frenesí. Cuando llegaba del cole, antes de hacer los deberes, me sentaba a escribir un cuento. A veces eran originales, probaba a inventar monstruos o a ser una niña rica de Nueva York o una adivina. Otras, copiaba las tramas y construía historias cambiando pequeños detalles, por ejemplo la de Matilda, de Roald Dahl, a quien llamé Clotilda e hice que sus padres la obligaran a jugar a la Play en vez de a ver la televisión.

De pequeña estaba convencida de que solo con querer ser algo ya podías llegar a serlo, pero el tiempo me ha demostrado que no es así. De esa disfunción entre deseo y realidad me empecé a dar cuenta un día que fui con mi tía a un centro comercial. Yo le insistí para que me comprara el coche de Barbie, ella me dijo que no llevaba dinero y yo le dije: «Pues saca esa tarjeta que tenéis los mayores, que la enseñáis y os lo dan todo gratis», y ella me cortó: «Pero ¿tú eres tonta o qué? Esa tarjeta no vale si no tienes dinero en el banco».

Pues eso es lo que yo quería, lo que yo quiero: ser escritora, pero el mundo me lo impide. No me sale, no doy con la tecla ni consigo que nadie crea en mí.

A los 12 años dejé de escribir cuentos, ya no me emocionaba, y cuando cumplí los 21, ¡uy, dos números que juntos forman un capicúa!, me entró de nuevo el gusanillo de la literatura, pero ya en serio.

Durante mucho tiempo hice cursillos literarios, envié originales de relatos o novelas a editoriales y concursos, y coleccioné, en otra caja de zapatos, las cartas, tengo 23, de «lo sentimos, a pesar de la calidad de su escrito, este no casa con nuestra línea editorial, pero gracias por acudir a nosotros» y también, en la época virtual, los e-mails de «deberías leer a tal autor o a tal otro, a pesar de algunos aciertos todavía le falta madurez al relato». «No te desanimes, sigue intentándolo» fue lo máximo que me dijeron. Seguro que las respuestas las hacen con plantillas, como los horóscopos de las revistas.

Empecé por un curso de relato corto en una escuela en la que aseguraban que si pagaba un pastón durante dos años, me convertiría en escritora; de ella habían salido un par de autores de best seller. Me enseñaron a pensar en la primera línea, a limpiar de paja algunos párrafos, a no poner tres finales a los relatos… Pero terminé el curso pensando que me habían timado, no noté ningún crecimiento notable como autora.

También asistí a los cursos de las bibliotecas. Más de lo mismo: me aconsejaron no adjetivar a lo cursi ni empezar una frase por un gerundio, que hablara de lo que conocía y que eligiera para escribir la hora del día en que mejor me encontrara… Una profe me dijo: «Puedes, tienes fuerza, pero te hace falta huir del tópico, no hables de días claros ni de atardeceres dorados, escribe de una manera más personal. Di “días que me recuerdan a una sandía recién abierta” o “noches de berenjena”…».

También acudí a una profesora particular, que en el salón de su casa nos ponía ejercicios y nos daba una hora para hacerlos. Por ejemplo, escribir un relato corto que transcurriese en una playa. Pero a mí me costaba concentrarme a contrarreloj, no se puede escribir así, escribir no es una carrera. Mi relato iba sobre que me encontraba una medallita de oro con una Virgen al remover la arena en la playa y al darle la vuelta resultaba que en la otra cara llevaba la fecha de mi nacimiento. Me dijo: «Me ha gustado la anécdota, la sorpresa final, pero todo el principio, cuando llegas y estiras la toalla y ves a dos niños haciendo un castillo, es muy tópico». Respecto al grupo, comentó: «Hay algunos relatos con un prisma nuevo, muy bien construidos…, pero ¿os habéis fijado en que a nadie se le ha ocurrido escribir sobre una playa de noche? Eso es lo que debéis buscar, la originalidad. Sacad todo el jugo a las posibilidades de la historia, pensad en 360 grados alrededor del objetivo».

Me he dado cuenta de que existe una tendencia, entre algunos escritores, a buscar un tema que no se haya tocado nunca. A mí no me va; a mí me va la vida cotidiana, como a la puñetera Natalia Adler Sánchez.

Ese libro, El hilo secreto