Si no estuvieras tú - María Gracia Rodriguez - E-Book

Si no estuvieras tú E-Book

María Gracia Rodriguez

0,0
11,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Samm contempla el árido paisaje en el que se ha convertido su vida, convencido de que la felicidad no existe para él y, por más que quiere rendirse, su mejor amigo, Jude, no se lo permite prometiéndole que, en su futuro, todavía puede haber cosas buenas. Entonces Samm conoce a Olive, una chica que aparenta ser el milagro que ha venido a salvarlo. No obstante, es cierto que el amor es ciego y que, en ocasiones, las apariencias engañan y tomas la mano de alguien equivocado que, en vez de rescatarte, te provoca un tormento aún mayor... Aunque a veces tienes que atravesar el infierno antes de poder conocer el cielo. Y estando a punto de darse por vencido, el destino pondrá a Samm frente a un ángel que le demostrará que el amor es más fuerte que la sangre y que toda la adversidad puede desaparecer en tan solo un instante.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 467

Veröffentlichungsjahr: 2021

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Rodriguez Guerra, María Gracia

Si no estuvieras tú / María Gracia Rodriguez Guerra. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

428 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-783-3

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Rodriguez Guerra, María Gracia

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Para Celeste, ojalá nuestro tiempo roce la eternidad.

No era solo producto de mi imaginación el creer que se puede llegar del infierno al cielo en un instantesolo de la mano de un ángel.

Leda Guerra

Si no estuvieras tú

Prólogo

El hermoso vestido blanco brillaba con los rayos de sol que se filtraban por las ventanas de la habitación del hotel. Me escudriñé en el espejo tratando de distraerme, pero no había caso, no podía dejar de pensar en él. ¿Dónde estaría? Dejé el ramo de flores sobre el tocador convenciéndome de que lo mejor era posponer mi boda.

Sentí el crujido de la puerta abriéndose y mamá asomó la nariz tímidamente.

—¿Cómo te sientes, cariño? —preguntó cerrando detrás de sí—. Luces preciosa.

Yo sabía que ella estaba haciendo lo mejor para ignorar la angustia e intentar que este día fuera lo más perfecto que se pudiera, sin embargo, nos faltaba algo muy importante y era un vacío que no se llenaría jamás. Le sonreí con tristeza y me volteé hacia la ventana. El enorme jardín con su fuente en el centro quería dibujarme la felicidad, mas yo me sentía muy lejos. Ella tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas dándole un beso.

—Volverá.

—¿Cómo lo sabes?

—Él nunca rompe sus promesas —mamá me abrazó y una lágrima bajó por mi mejilla.

Un colibrí se posó en la maceta de margaritas del balcón batiendo sus alas durante unos segundos y se alejó a toda velocidad. Aún pensaba en la pequeña ave cuando mi teléfono sonó y me hizo volver al presente, era un mensaje del organizador anunciándome que saldríamos en una hora. Yo le respondí que estaba bien y volví a esconderme en el hombro de mamá.

—¿Y si lo postergamos? —murmuré.

—Oh, cariño —me hizo un mimo.

—No va a llegar.

—Dale un poco más de tiempo —me secó la cara con cuidado para no borrar mi maquillaje—. Confía en mí.

Mamá trató de ser optimista y me ayudó con el corsé y la cola del vestido, me acomodó el velo para que cayera delicadamente sobre mi cabello y ajustó el lazo de mi cintura.

Martin apareció desde el cuarto contiguo con la cara seria momentos después.

—¿Por qué tengo que usar esta ropa? —protestó luchando con los tirantes que sostenían su pantalón negro.

—Porque es la boda de tu hermana.

—Y además te ves muy adorable —añadí yo y él hizo un gesto fingiendo enojo antes de acercarse para abrazarme—. Tú traerás los anillos, ¿sí?

—¿Y si se me caen?

—Martin… —lo reprendió mamá.

—¿Qué? —repuso él apartándose—. Podría pasar.

—Lo harás bien —le revolví el cabello castaño como el chocolate en tono juguetón, me encantaba hacerle eso.

Él protestó alejándose y yo me quedé observando mi reflejo.

—Me gusta que tus ojos sean grises, Sisie —comentó sentándose en uno de los sofás que había.

—Pues muchas gracias —le hice una reverencia—. A mí me encanta que los tuyos sean verrones.

—¿Verrones? —me miró confundido—. ¿Qué clase de color es ese?

—Uno muy especial —me acomodé a su lado—. ¡Es único! Solo conozco a dos personas que lo tienen.

—¿Quién es la otra? —inquirió con curiosidad y mamá suspiró mientras terminaba de preparar el ramo de jazmines blancos.

Yo abrí la boca para contestar, pero el sonido de la puerta abriéndose nos interrumpió. El sargento Thompson tenía un semblante de genuina incredulidad y sin soltar el picaporte, pronunció las palabras que tanto habíamos deseado escuchar desde entonces.

—Lo encontraron.

Primera parte

1

Junio de 2005

Los grilletes emitían un sonido hueco mientras el guardia me empujaba por los pasillos de la prisión. Me pateó con su rodilla en la espalda para que me enderezara y la brusquedad del golpe me causó dolor.

—Camina —ordenó con sequedad.

Dimos la vuelta por los oscuros recovecos del edificio y salimos a la parte administrativa donde me informaron que alguien me esperaba. Y allí estaba Jude, siempre era Jude, con su traje de camisa blanca y corbata negra. Me sonrió con tristeza y le extendió un documento al oficial de la entrada.

—Qué afortunado eres por tener a alguien que aún quiera sacarte de aquí —siseó el guardia soltando las esposas. Yo me froté las marcas rosadas de las muñecas y le hice una mueca con altivez.

Me llevaron a un cuarto detrás de una de las oficinas y me entregaron mis pertenencias. Como ignorando el paso del tiempo, mi campera de cuero negro, mis botas y mi pañuelo todavía conservaban ese aroma al pasado. Suspiré con una mezcla de satisfacción y nostalgia al ponérmelas.

—Nos vemos en un año o dos —se burló el policía detrás de la ventanilla —si es que puedes resistir más de eso sin que tengamos que traerte de nuevo. Te estaremos vigilando, Becker.

Afuera, Jude jugueteaba con unas llaves apoyado en una Honda CB 400 N de color azul.

—Te debía una disculpa, Samm —dijo arrojándomelas.

—No tenías porqué —me acerqué y acaricié el asiento de cuero disfrutando del olor a nuevo—. Es bellísima, Jude, me encanta. Gracias.

—Sin embargo, deberías pensar en cambiar algunas cosas, ¿no crees? —inquirió Jude entregándome el juego de llaves de mi apartamento—. He pagado también las cuentas y el alquiler, es lo menos que podía hacer.

—No entiendo por qué te importa tanto —me rasqué la nuca —si al final es cierto. Soy una decepción para todo el mundo —suspiré resignado.

No obstante, el aire fresco de la mañana y el calor del sol en mi piel me hicieron sentir vivo. Jude volvió a sonreír y me guiñó con complicidad.

—Solo mantente alejado un poco de los clubes y las peleas, ¿va?

—Está bien, lo intentaré —me subí a la motocicleta y me despedí haciéndole un gesto con la mano como en la milicia.

Salí a toda velocidad por el estacionamiento de la penitenciaría y el viento me revolvió el cabello castaño oscuro y corto. Por fin podía volver a disfrutar de mi libertad.

***

Conocí a Jude cuando él apenas acababa de entrar en la universidad y yo era un adolescente rebelde de quince años. Me tropecé con él durante una confusión con la policía y Jude no dudó ni un instante en arriesgar su pellejo para cubrirme. Nos entendimos desde el principio. Jude venía de una familia pudiente para la que trabajé de jardinero por varios meses gracias a él y desde ese entonces nos volvimos muy buenos amigos. Yo lo admiraba porque a pesar de que sus padres murieron en un accidente automovilístico, faltándole a él dos años para recibirse, Jude jamás perdió el rumbo y se graduó de la universidad un año antes y con honores. Ahora era un profesional de renombre dueño de una firma bastante reconocida que su padre, el famoso abogado Alexander Hall, le había dejado y se la pasaba sacando de la cárcel al único cliente que no podía pagarle, yo.

Jude era como un hermano mayor para mí. Cuando a mi madre le diagnosticaron cáncer un año y medio después de conocernos, él se ofreció a pagar todas sus medicaciones y tratamientos porque los pocos trabajos temporales que yo lograba conseguir no alcanzaban y aunque ella murió a los pocos meses, la generosidad de mi amigo fue invaluable para mí. Jude decía que lo hizo porque yo era incondicional con él, sin embargo, yo sentía que le debía tanto que en el momento en que él comenzó a dirigir la firma de abogados, me avoqué a la misión de proteger sus intereses. Él no quería, mas nunca pudo disuadirme de hacerlo. Si algún socio lo traicionaba, a la semana ese mismo sujeto aparecía en las noticias con la nariz rota, un par de dientes menos y yo detenido en la comisaría. Jude siempre terminaba pagando mis fianzas y advirtiéndome para que dejara de hacerlo o la próxima vez podría no tener tanta suerte. No sé por qué no le hice caso.

La razón por la que me encerraron la última vez fue por darle una paliza a un socio estafador que le robó una cuantiosa suma a la compañía y trató de convencer a todos de que había sido Jude. No obstante, creo que intentar sacarle una confesión a golpes no fue la manera más apropiada de hacerlo hablar. No murió por mi causa, pero terminó suicidándose esa misma noche por la vergüenza y me encarcelaron por homicidio culposo avalado por mis antecedentes, los cuales eran varios. Jude tenía razón, necesitaba corregirme y tal vez volver a la universidad.

Al abrir la puerta de mi departamento, encontré todo exactamente como lo había dejado. La pila de diarios sobre la mesa, el libro en el sofá, solo que la taza de café estaba limpia esperando junto al fregadero para ser guardada. Aun así, experimenté una inquietante sensación de vacío. Me saqué la camiseta y no pude evitar observarme frente al espejo de la entrada. Era extraño, me costó reconocerme por el tiempo que había pasado. El hombre de veinticinco años que me devolvía la mirada quiso sonreírme, pero yo lo escudriñaba tratando de ver algún rastro del Samm de antes.

—Ahora las cosas serán mejores —me susurraba y yo quería creerle, sin embargo, el peso de mis errores del pasado no desaparecería tan fácilmente.

Suspiré con cansancio y fui a ducharme y mientras el agua caía por mi espalda, pensé en mi amigo y me resultó casi imposible ignorar que él también tenía una parte de su vida que yo desconocía. Jude conservaba su faceta misteriosa y yo debía respetarla. Todos guardamos secretos que no queremos contar ni a nuestras personas más cercanas y vaya que yo tenía los míos.

Dos horas después estaba acostado en mi cama recordando a mi madre y pidiéndole perdón por todo lo que hice mal en la vida. Era consciente de que me había descarrilado luego de su muerte, no podía encontrar el camino de vuelta y ya no sabía qué hacer. No quería seguir siendo una carga para Jude, pero simplemente no podía evitar protegerlo, él era la única familia que me quedaba.

2

Tres años antes

Eran cerca de las once de la noche y la reunión casi había terminado. Lo esperaba en el estacionamiento detrás del edificio de la compañía fumándome un cigarrillo. No importaba cuánto demoraran, yo no tenía ningún apuro. Sabía que era una junta de los socios principales, algún contrato importante. La verdad es que Jude no hablaba mucho de su trabajo en realidad, excepto en ciertas ocasiones como esta. Jude había estado particularmente nervioso por la reunión de hoy porque últimamente muchos de los miembros de la firma habían empezado a desconfiar de él conforme aumentaban unos rumores acerca de unas negociaciones fraudulentas a su nombre. Era claro que Jude no había sido, pero no sabía cómo hacer para convencer a los demás de su inocencia. Asimismo, el tercer socio más importante, un hombre de mediana edad llamado Elliot Jones, fue quien aseguró en primer lugar la existencia de aquellas supuestas actividades ilícitas. Era hora de que yo interviniera para evitar que las cosas se salieran de control.

El viento helado me obligó a ajustarme el cuello de la cazadora, el invierno se acercaba. Minutos después, observé salir al grupo de personas junto con Jude. No revelé mi presencia y me mantuve en las sombras echándole otra calada a mi cigarrillo. Había estado estudiando los movimientos de mi objetivo durante las últimas semanas y sabía bien que él se ofrecía a cerrar las puertas luego de cada reunión. Lo abordé en cuanto todos se fueron. Me encontró apoyado en la puerta de su auto con el cigarro a medio terminar, estábamos completamente solos.

—Bonita noche, ¿no? —comenté sin mirarlo.

—¿Tú quién diablos eres? —preguntó inquieto. Yo era físicamente más grande y fuerte, él no sería un rival difícil de vencer.

—Eso no es importante. Lo que aquí nos compete es otra cosa, Elliot Jones —se puso visiblemente nervioso.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Créeme que no es lo único que sé de ti. ¿Por qué no le cuentas a todos lo que realmente hiciste con los fondos que debías invertir en incentivos para los miembros de la firma?

—No sé de qué estás hablando —hizo una pausa—. Eso es algo que debes hablar con Jude Hall —aseguró retrocediendo lentamente.

—Estás agotando mi paciencia —apreté el puño—. Pero te daré otra oportunidad. Cuéntale a los otros socios que has sido tú o esto no se pondrá nada lindo.

Elliot me miró desafiante.

—No es asunto tuyo. Además, no entiendo por qué estás tan interesado en defender a ese sujeto si es un ladrón —siseó—. Ahora vete antes de que llame a la policía —metió la mano en el bolsillo de su sobretodo buscando su teléfono.

—Primera regla —solté el cigarrillo y lo apagué con mi pie —jamás te metas con Jude.

Sin que pudiera reaccionar, embestí contra él con fuerza y lo derribé tumbándolo en el suelo y aplastándolo con el peso de mi cuerpo.

—¡Cuéntales lo que hiciste! —ordené partiéndole el labio inferior, Elliot gruñó tratando de zafarse de mí—. No me obligues a hacerte más daño.

—¡Quítate de encima! —gritó dándome un buen puñetazo en el rostro y pateándome en el pecho.

Tomé una bocanada de aire que me heló la garganta y escupí saliva con sangre. Esto ya era personal. Sacudí la cabeza levantándome para perseguirlo y logré alcanzarlo evitando que escapara por la avenida. Lo tomé por el cuello y lo acorralé contra la pared.

—Está bien, si no quieres cooperar… —lo golpeé en la cara rompiéndole la nariz.

Estaba a punto de darle de nuevo cuando me interrumpió de repente:

—¡Lo hice por mi familia! —confesó tratando de cubrirse con las manos.

—¿Lo ves? —dije soltándolo un poco—. Ahora estamos progresando.

—Perdí muchos clientes en los últimos meses y no podía seguir costeando nuestra vida de ricos —explicó —por eso tomé “prestados” algunos fondos de la empresa. No podía decírselo a nadie porque sería muy vergonzoso y mi esposa me abandonaría —sollozó ligeramente—. Ya está, te lo he dicho. Por favor, déjame ir —suplicó comenzando a temblar.

Satisfecho por haber obtenido lo que quería, me aparté de él.

—Tienes hasta la semana que viene para confesarles la verdad a los demás socios o si no, tú y yo tendremos otro encuentro, ¿está claro? —Elliot asintió y se alejó.

Resolví no comentarle nada a Jude sobre este incidente para que no se preocupara y tomé mi teléfono para ver la hora, la noche todavía era joven y decidí recompensarme con unos tragos en mi bar favorito.

Me sentía particularmente bien e iba por la segunda o tercera copa en el momento en que una noticia de última hora hizo parpadear la pantalla sobre la barra. El reportero informaba que la policía acababa de encontrar un cuerpo sin vida en el río y cuando mostraron su foto era el mismo sujeto, Elliot Jones. No era posible, no podía ser culpa mía. Volví a echar un vistazo a mi reloj, las cuatro de la mañana. Me acabé el trago y le pagué al mesero antes de irme al departamento. En la calle, una ráfaga de viento me dio escalofríos y me ajusté aún más el pañuelo al cuello.

—No hay manera de que lo relacionen conmigo, así que no tengo de qué preocuparme, ¿no?

Necesitaba descansar.

Cerca del mediodía, me desperté con un dolor de cabeza bastante agudo y agradecí al cielo no tener ningún compromiso en mi agenda. Como hacía mucho frío y estaba lloviendo, decidí quedarme en casa para organizar algunas cosas. Hojeé los diarios que tenía sobre la mesa buscando algún trabajo que no fuera demasiado exigente con respecto a antecedentes penales, mas terminé rindiéndome y releyendo uno de mis viejos libros favoritos en el sofá tapado con una manta. Me tomé un té y disfruté del relajante sonido de la lluvia mientras dormía una siesta.

Hacia las nueve de la noche, prendí la televisión para saber qué había pasado con todo el asunto de Elliot. Al parecer inmediatamente después de que unos testigos reportaran a las autoridades que había un cuerpo flotando por el río a las afueras de la ciudad, la policía se puso en marcha para averiguar quién había sido el asesino, ya que, según la señora Jones, “Elliot era tan feliz y llevaba una vida tan dichosa que no tendría sentido que se hubiera suicidado, definitivamente alguien lo había matado”. Di otro sorbo al café que recién me había preparado y en las noticias dieron unas vueltas más al asunto, los forenses buscaban pistas que arrojaran datos sobre posibles sospechosos. Me distraje contemplando el oscuro paisaje lluvioso por la ventana y pensando qué podría hacer para cenar, fui a la cocina un instante. No podía creer lo que estaba viendo al volver a la sala. El rostro del reportero había cambiado por el mío y un enorme mensaje de “buscado” con mi nombre ocupaba un tercio de la pantalla. Me refregué los ojos para comprobar que lo que estaba viendo era cierto. La voz del periodista describía mis rasgos principales y los tatuajes y marcas que tenía para que quien quiera que me viera pudiera reconocerme. Yo no podía dejar de preguntarme: “¿Cómo podían culparme de algo que yo no había hecho?”. Bueno, sí lo había golpeado un poco, pero yo no era capaz de asesinar a una persona. Oí un sonido familiar en la lejanía que me hizo volver a la realidad, eran las sirenas de la policía. Rápidamente me puse mis jeans, mis borcegos, la cazadora y el pañuelo. Tomé las llaves y me escabullí por la ventana que daba a la parte trasera del edificio justo en el segundo en el que los oficiales derribaron la puerta de mi departamento. Maldije la situación y me alejé corriendo por un callejón con un único pensamiento en mi cabeza: “Debo encontrar a Jude”.

—¡Jude! —grité aporreando la puerta principal de su casa en cuanto llegué—. ¡Jude! —él abrió con un semblante abrumador—. ¿Ju…?

—¿Qué hiciste? —apretó los dientes—. ¿Asesinaste a ese hombre?

—¡Por supuesto que no! Te puedo jurar por mi propia vida que yo solo quería…

—Lo mataste —sentenció.

—Jude… —mi corazón se encogió.

Por primera vez, noté algo en él que me era tan familiar, pero no quería comprobarlo. No quería confirmar que Jude estaba decepcionado de mí.

—Debes entregarte, Samm. Es hora de que enfrentes las consecuencias de tus decisiones.

Estaba tan perplejo que ni siquiera noté cuando comenzó a llover de nuevo.

—No…

—Ellos vendrán por ti —declaró con voz fría —y yo no voy a esconderte.

Quise decir algo en el momento en que los patrulleros llegaron y los oficiales entraron a toda velocidad por su patio delantero. Mi primer instinto fue el de correr, mas no tenía a dónde. Enfrente de mí, estaba medio departamento policial apuntándome con armas y detrás, mi amigo que ya no iba a ayudarme. Estaba completamente rodeado, pero no quería darme por vencido, haría lo que hiciera falta. Solo necesitaba un plan, solo...

—Samm, basta de pelear y huir —me di la vuelta, Jude me miraba directo a los ojos y su rostro había cambiado—. Entrégate —suplicó con cansancio —por favor.

Sentí una punzada, la única persona que todavía creía en mí…

—Jude… Hermano…

—Por favor —susurró nuevamente, yo suspiré obediente y le arrojé el juego de llaves de mi departamento.

Avancé unos cuantos pasos con las manos en alto en señal de rendición y los policías se abalanzaron sobre mí como una jauría de perros hambrientos. Me tumbaron en el suelo y me esposaron. Ni siquiera me atreví a mirar a Jude, simplemente no podía.

—Te pondremos en un bonito lugar —murmuró uno de ellos en mi oído—. Ya verás —y se alejó riendo.

Yo solo quería apagar mi mente.

3

Seis meses después de esa noche

De cara a la pared abrazando mis rodillas, pensaba. Contando las veces que había fallado, que había mentido, que había decepcionado. Olvidé el momento en que perdí la noción del paso del tiempo, sencillamente no quería saber. No obstante, las marcas que había hecho en la pared me indicaban que hacía como veinticuatro o veinticinco semanas que no veía a Jude.

—Entonces, esta vez sí me pasé… —dije para mí mismo hundiendo la cabeza.

Si bien no era la primera ocasión que me encerraban «ni la última seguramente», las cosas lucían diferentes. Por alguna razón, parecían más graves y no me refería al hecho de que hubiera un homicidio en medio, lo que pensaran el resto de las personas a mí mucho no me importaba. Cerré los ojos y me apoyé contra los fríos ladrillos grises.

Vinieron a buscarme para almorzar, pero no quise salir y ellos deslizaron una bandeja con sobras que apenas probé. Cada tanto me enviaban con el médico de la prisión porque les preocupaba mi creciente pérdida de peso junto con mi desgano general. También estaban al tanto de que ya no me ejercitaba y que me la pasaba sentado observando la nada o durmiendo.

—¿Qué ocurre, Samm? —permanecí en silencio con la mirada gacha—. Samm... —insistió la psicóloga—. Me han informado que te niegas a comer, que hace bastante que no entrenas y que rara vez sales al patio —hizo una pausa—. Hablé con el doctor y dice que tus análisis no arrojan resultados sobre enfermedades u otras afecciones.

—Mmh…

—¿Hay algo de lo que quisieras hablarme?

—No realmente…

—¿Y por qué siento que no me estás diciendo la verdad? —me encogí de hombros y ella suspiró hojeando la carpeta que tenía sobre la mesa—. Aquí dice que no has recibido visitas desde que llegaste. ¿Cómo es la relación con tu familia? —silencio—. ¿Tienes amigos? —silencio—. ¿Qué me dices de Jude?

—No lo sé…

—Repasé tu expediente, Samm. Tu condena no será eterna, son solo doce años.

—Qué alentador… —murmuré con ironía.

—Todavía serías relativamente joven. Sin embargo —ella continuó —parece que te negaras a seguir. ¿Por qué? Aún tendrías mucho por delante, puedes hacer un montón de cosas.

—¿Con qué motivo?

—Ser feliz.

—No creo estar destinado para la felicidad —dictaminé antes de ponerme de pie para que me llevaran de vuelta a mi celda.

Los días que siguieron pasaron sin más. «Solo es tiempo que se escapa como arena en un reloj, pero al menos la arena tiene un propósito. ¿Cuál es el mío?». Ya no le encontraba sentido a nada y todo comenzaba a darme lo mismo. «Si igualmente nada me sale bien y siempre es por mi culpa», «No merezco ser amado». «Mi vida no tiene motivos». Los médicos sugirieron que lo mejor para mí era un tratamiento con antidepresivos y terapia, no obstante, me rehusé a cooperar con la terapeuta y aunque fingía que tomaba mis pastillas, en realidad las arrojaba por el lavamanos para no causar problemas. Ellos no vieron ninguna mejoría y su diagnóstico final fue que yo me rebelaba contra cualquier tipo de ayuda y que tal vez lo mejor sería dejarme tranquilo y esperar a que terminara rindiéndome y accediendo a colaborar con la especialista.

—Es como si quisiera dejarse morir —los escuché comentar una mañana.

¿Tan difícil era entender que simplemente quería estar solo? «Nadie me quiere, no hace falta que finjan interés en mí. Únicamente lo hacen porque es su trabajo». Estaba dormitándome envuelto en la frazada con mis pensamientos negativos recurrentes cuando el ruido del cerrojo me hizo despertar ligeramente sobresaltado.

—Date la vuelta —ordenó el guardia acercándose. Yo obedecí y guardé silencio mientras me esposaba—. Alguien quiere verte, Becker —anunció empujándome—. Vamos.

Me condujo por los pasillos hasta una de las salas de reunión en donde una figura de espaldas a la puerta me esperaba. Yo lo conocía y en mi mente solo hubo una pregunta: “¿Por qué había tardado tanto?”.

—Ha pasado un tiempo, ¿no crees? —su voz me dio una sensación reconfortante—. ¿Cómo estás, amigo?

—Hola, Jude.

—Me habló la psicóloga —blanqueé los ojos—. Dice que te ha notado muy decaído últimamente y creyó que ver una cara familiar podría ayudarte.

—No me sucede nada malo. No sé por qué está tan convencida de que sí.

—¿Tal vez porque comes muy poco y te la pasas durmiendo?

Sonreí y negué sacudiendo la cabeza.

—Preferiría no hablar del tema.

—Bueno, pero yo sí quiero saber —me escrudriñó con preocupación—. ¿Qué le pasó al Samm tan enérgico y sagaz que yo conocía? —me encogí de hombros—. Samm —nada—. Samm... —insistió y yo terminé cediendo—. ¿Por qué te quieres rendir?

—Yo no me quie…

—Samm... —repitió interrumpiéndome.

—Porque ya no queda esperanza para mí, Jude —me mordí la lengua con irritación por la tristeza que me generaba ese hecho—. ¿Qué no es obvio? No hay nada bueno esperándome afuera.

—Eso no es cierto.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté conteniéndome para no explotar.

—Solo digamos que lo sé porque… —hizo una breve pausa—. Aún tengo esperanza en ti.

—Pues entonces eres el único —sentencié —porque ni siquiera yo lo creo —quiso responderme y lo detuve—. Mírame, Jude.

—Eso hago...

—Tengo veintidós años y mi vida es un completo desastre. No he logrado nada —apreté el puño—. Tú a mi edad habías resuelto todo. Tenías un título, una compañía para dirigir y hoy con casi veintiséis, eres el prometido ideal para cualquier chica —suspiré—. Debí haber aprendido más de ti.

—Veintitrés.

—¿Qué?

—Hoy es tu cumpleaños número veintitrés —colocó una pequeña caja azul sobre la mesa—. Felicidades —me sonrió mostrándome todos los dientes y yo reprimí las ganas de reírme y abofetearlo.

—Eres un infeliz, estoy hablándote en serio.

—Anda, ábrelo —me acercó el regalo.

—¿Te importaría hacerlo por mí? —sacudí los grilletes para ilustrar el inconveniente.

—Por supuesto, me olvidé de ese pequeño detalle —Jude se inclinó, desató el moño negro del paquete y sacó una pequeña pulsera de cuero.

—Me gusta, pero no sé si me dejarán usarla aquí dentro, ¿sabes? Tienen reglas un tanto estrictas.

—No, no te preocupes. Hablé con el guardia de la entrada y dice que no hay ningún problema —explicó y luego se colocó detrás de mí para atarla en mi mano derecha—. Lamento no haberte traído pastel —yo suspiré mirando hacia la ventana, afuera el día estaba soleado. Mi único deseo verdadero era irme y acostarme en el verde césped de algún parque para disfrutar de una suave brisa y del calor del sol—. No sé si eso se vaya a poder —declaró leyendo mi mente, yo me volví para observarlo, resignado—. Encontraron su sangre en tu ropa, Samm —su semblante cambió —y en tus manos.

Recordé entonces el análisis exhaustivo que me hicieron la noche que me trajeron aquí. Los forenses querían confirmar que yo había sido el asesino, pero a la policía solo le bastó con que fuera sospechoso para movilizar a medio departamento para capturarme. Tenían muestras de mi sangre en el laboratorio por pruebas anteriores que me habían hecho y supuse que, gracias a mis antecedentes y la relación que tenía con la policía, deben haber sido de las primeras que compararon con el ADN que hallaron en el cuerpo de Elliot. Me llevaron a un cuarto diminuto en donde me interrogaron por cuestiones de protocolo mientras dos médicos examinaban mis manos recolectando “evidencia” de algo que yo no había hecho. Mis intentos de convencerlos de mi inocencia fueron inútiles y todo terminó cuando comprobaron que mis heridas coincidían con las de Jones confirmando así sus sospechas. No está de más decir que por supuesto estaba esposado a los reposabrazos de la silla para que no tratara de escapar, mas yo no tenía a dónde ir. La única persona que me importaba fue quien me había pedido que me entregara. ¿Qué me impulsaría para continuar ahora? Y, sin embargo, había llegado hasta aquí conteniendo cada crisis y cada ataque de descontrol. Tratando de no sembrar rencor, intentando cambiar, ser mejor.

Sentado del otro lado de la mesa, Jude seguía enumerando pruebas.

—Además, hubo testigos de los edificios cercanos que los escucharon peleando. Algunos incluso te vieron, Samm —me observó fijamente—. Golpeándolo. Sin olvidar que luego lo arrojaste al río para deshacerte del cuerpo —bajé la cabeza —o al menos esa fue la declaración de los forenses y de la policía —es horrible cargar con el peso de algo que no has hecho si el mundo entero cree que sí—. Los demás socios piensan que yo te envíe para deshacerme de Elliot, ¿cómo crees que eso me deja frente a toda la firma? —había algo extraño en la forma de mirar y hablar de Jude que extrañamente no era ira. ¿Tristeza? ¿Decepción, tal vez?—. No obstante —continuó acomodándose en su asiento —todavía hay una versión que no me he atrevido a escuchar —hizo una pausa—. ¿Qué fue lo que pasó realmente, Samm?

Sonreí con amargura, ¿por fin ahora alguien quería escuchar lo que yo tenía para decir? ¿Valdría la pena siquiera decir la verdad? Hice sonar las coyunturas de mi cuello y tragué saliva ruidosamente evocando los recuerdos de aquella fatídica noche.

—Estaba cuidando tus intereses, Jude. Siempre se trata de eso —él me observó, hastiado.

—¿Cuántas veces tendremos que discutir este tema? Yo no necesito que me protejas, Samm —sentí una punzada en el pecho—. ¿Cuándo lo vas a entender?

—No puedo evitarlo —busqué la cinta de cuero para acariciarla y las cadenas me lo impidieron—. Tú eres mi familia, lo único que tengo. Sin ti, no me queda nada —Jude jugueteó con las llaves de su auto sobre la desgastada mesa metálica—. Juro que mi intención nunca fue que muriera —insistí —solo quería darle una advertencia de lo que pasaría si volvía a intentar ensuciarte o dañarte.

Quiso responder algo, pero la voz del guardia nos interrumpió.

—El tiempo se acabó.

Jude asintió en silencio, se levantó y abandonó la habitación sin decir nada más. Estaba demasiado absorto en sus pensamientos, no podía culparlo. Yo también lo estaba, así que ni siquiera reparé en el guardia que me empujaba torpemente por el pasillo de vuelta a mi celda.

Creí que todo había terminado allí, sin embargo, Jude volvió de visita una semana después con un aire renovado.

—Yo te ayudaré a cambiar —dijo con entusiasmo.

—No quiero ser una carga para ti.

—No lo eres.

—Mientes… —murmuré conteniéndome.

—Pasará rápido, créeme. Además, podrías salir antes por buen comportamiento —yo volví a negar con un gesto—. Ten fe, Samm. Yo te ayudaré —lo miré fijamente—. Es lo mínimo que te debo por no haber podido organizar el caso para reducir tu condena —se rascó la nuca con algo de culpa—. No hubo evidencia o argumentos que probaran que…

—Lo sé —lo interrumpí con un nudo en la garganta.

“No es la verdad y lo sabes”, me reprendió una voz dentro de mí, “pero es la única forma de que sea libre»”, era la justificación a la que me aferraba, debía dejar de ocultarle cosas. Esta sería la última vez.

—Volveré por ti —me prometió—. Ya verás que todo mejorará con el tiempo —intentó contagiarme su optimismo.

—Estarías mucho mejor sin mí —reconocí amargamente.

—No digas eso —me levantó el rostro con la mano—. Sabes que eres importante para mí, ¿no? —yo sonreí con una extraña sensación reconfortante dentro de mí—. Eres mi hermanito, Samm.

“Lo haré por él”, me convencí esa tarde jurando que no me rendiría ni me dejaría caer y por la simple razón de saber que aún había alguien a quien yo le importaba, algo dentro de mí despertó impulsándome para seguir. Volví a comer con regularidad y comencé a salir al menos dos veces al día al patio para ejercitarme o solamente disfrutar del aire fresco y el calor del sol. Todo con tal de evitar que los malos pensamientos se cernieran sobre mí como una nube negra. “Lo haré por él”, me repetí mentalmente cada tarde hasta que un día simplemente no lo necesité más.

4

Tiempo más tarde

Apoyado contra las rejas del patio de la prisión, observaba el horizonte de la clara y soleada mañana. Alargué los puños de mi suéter oscuro de objetos perdidos al sentir una brisa helada, el invierno estaba regresando. Ya habían pasado dos años y medio. Cerré mis ojos un momento imaginando las cosas que podrían haber sucedido y una voz interrumpió mis pensamientos. El guardia me llamó para que entrara, alguien quería verme.

Jude sostenía un DVD en sus manos y en sus ojos había una mezcla de diferentes emociones. En la etiqueta figuraba la fecha de la noche que Elliot Jones fue encontrado sin vida. Era una cinta de las cámaras de seguridad de los edificios vecinos al de la firma de abogados.

—¿Por qué no me lo dijiste? —la arrojó sobre la mesa.

Yo lo observé sin decir nada. Jude cerró el puño con fuerza sobre su boca tratando de contener una lágrima. Guardé silencio, era la primera vez que lo veía llorar.

—Tú no lo hiciste —negué sacudiendo suavemente la cabeza—. Te encarcelaron por un crimen que no cometiste. ¿Por qué te dejaste encerrar si tú no fuiste el culpable? —golpeó la mesa con impotencia—. ¡¿Por qué?! —encogí mis hombros y bajé la mirada—. ¿Cuánto ha pasado? —continuó él—. ¿Uno? ¿Dos?

—Tres años —lo corregí.

—¿Por qué? —repitió a punto de quebrarse.

—Quizá tenías razón, Jude —confesé acomodando las esposas para enderezarme—. Era hora de que enfrentara las consecuencias de mis decisiones.

—Pero tú no lo mataste.

—No.

—Y durante todo este tiempo yo te taché de asesino y tú nunca me contradijiste, Samm. Ni una sola vez intentaste disuadirme.

—Quería que fueras libre y que ya no pensaras en mí —hice una pausa—. Si te convencía de que este caso tomaría mucho más esfuerzo y trabajo de lo que pensabas, lo dejarías de lado por unos meses. No quería seguir siendo una carga para ti.

—No serías capaz de persuadirme…

—Sin embargo, lo conseguí, ¿o no? —levanté una ceja.

—Eres un maldito infeliz —dijo tratando de no sonreír y yo lo miré con aire socarrón.

Jude me abrazó y antes de irse prometió que enmendaría todo. Volvimos a tribunales y mi carátula fue reducida de homicidio a delito de lesiones contra otras personas y según la ley, mi condena de seis meses estaba más que cumplida. Una semana después, un oficial vino a buscarme a mi celda para otorgarme finalmente mi preciosa libertad. Ahora podía volver a dormir en la comodidad de mi propia cama en la tranquilidad de mi departamento.

5

Jude hace tres años

Al principio, yo estaba convencido de que sería algo de una sola noche, un romance fugaz como esos de los que Samm solía hablarme de tanto en tanto. La conocí en un bar al que fui para despejar mi mente luego de una extenuante reunión del trabajo. Necesitaba divertirme un poco y eso era justo lo que esta chica me ofrecía. La subí al auto y la llevé a mi casa con ansias de lo que ocurriría. La pasamos muy bien, aunque habíamos bebido de más y me costaba reconstruir todo lo sucedido con mayor detalle.

Lo que sí recuerdo es que ella se había quedado dos días porque no tenía nada mejor que hacer y yo disfrutaba de la reconfortante compañía de una mujer, así que decidí reportarme enfermo y no ir a trabajar a la mañana siguiente. Era la segunda noche y estábamos cocinando un poco de pasta mientras el televisor sonaba de fondo en la sala. Juro que hasta creí que podíamos llegar a tener algo especial, no obstante, lo que pasó el mes siguiente simplemente me hizo borrar esa idea de la cabeza. Nada era lo que parecía.

Por otro lado, sabía que a Samm le encantaba todo lo relacionado con la justicia y que siempre estaba detrás de aquellos sujetos que se metían conmigo, por lo que no era difícil imaginártelo peleando con otros si yo estaba en medio. Sin embargo, nunca pensé que fuera capaz de cometer un asesinato. Estaba tan atónito viendo la cara de mi amigo en la pantalla que no me di cuenta de que ella se encontraba detrás de mí hasta que habló.

—¿Sucede algo, Jude? —señaló la imagen—. ¿Quién es él?

Quise responderle, pero alguien aporreó la puerta en el momento en que me di vuelta para mirarla y tratar de explicarle.

—¡Jude! —la voz de Samm sonaba agitada—. ¡Jude!

Ella se ocultó en la cocina para no ser parte de la escena y yo abrí presagiando lo peor. Samm me observaba con las pupilas dilatadas por el miedo, de seguro la policía ya lo estaría buscando. Conseguí tranquilizarme un poco solamente para preguntarle qué demonios había hecho, apretando los dientes.

—Esta vez te excediste, Samm —le dije —y yo no voy a ayudarte.

Los oficiales llegaron esa noche y se lo llevaron y pensé que las cosas acabarían allí, no obstante, tenía un nudo en la garganta y una terrible sensación de culpa. No lo entendía, Samm debía enfrentar las consecuencias de sus actos. No podía estar escondiéndose y huyendo toda su vida. Había hecho lo correcto al entregarlo, ¿o no? Le pedí a la chica que se fuera una hora después de eso y no supe más de ella hasta que se presentó en mi oficina al cabo de un mes argumentando que teníamos que hablar.

—Sé que eres un hombre ocupado, así que seré breve —explicó entregándome el resultado de los análisis del laboratorio—. Le dejé varios mensajes a tu asistente, aunque se ve que no los recibiste.

Releí el papel unas dos veces sin poder creerlo y al confirmar que estaba embarazada solo atiné a decirle:

—Esto no me lo esperaba. Pensé que habíamos tomado la debida precaución —ella se encogió de hombros.

—Supongo que ahora que lo sabes sería una razón más que suficiente para que te cases conmigo, ¿verdad?

—¿Qué?

—Digo, se merecería crecer con sus padres juntos, ¿no te parece? —se acarició el vientre—. Además, no veo ningún inconveniente —añadió escudriñándome y aguardando una respuesta.

—Realmente no lo creo necesario, pero no me malinterpretes —aclaré devolviéndole el papel —no seré un padre ausente. No le haré faltar nada.

El semblante de ella cambió drásticamente.

—¿A qué te refieres con que no es “necesario”? —empezó a lloriquear—. Creí que me amabas.

—¿Amarte? ¡Si ni siquiera te conozco! —espeté hastiado—. ¡Lo nuestro fue algo de una noche!

Ella contempló los documentos prolijamente ordenados en mi despacho un segundo antes de volver a hablar.

—Me decepcionas, no esperaba esa respuesta de ti —expresó de manera tajante—. Supuse que debido a tu profesión, actuarías de la manera correcta.

Suspiré y abrí uno de los cajones de mi escritorio buscando la chequera con la intención de demostrarle que lo que me acababa de decir no me era indiferente.

—Me parece que podrías necesitarlo —le entregué un cheque.

—En ese caso, la decisión queda en mis manos —concluyó guardándolo en su bolso—. No te preocupes entonces porque no te traeré más problemas —y con un ademán burlón haciendo referencia a mi trabajo agregó: —Caso cerrado, puedes olvidarte de lo que pasó entre nosotros —yo me puse de pie para acompañarla hasta la puerta y ella me detuvo con un gesto—. No te molestes, conozco la salida.

Y se fue dejándome con una extraña sensación de que el asunto en realidad no iba a terminar allí.

6

Samm

Era medianoche cuando la vi caminando sola por aquella avenida desierta, lo recuerdo muy bien. Hacía casi un año que yo había vuelto a mi vieja rutina y acababa de salir de mi nuevo trabajo de playero en una estación de servicio luego de un día agotador y, ya que mi motocicleta estaba en el taller, volvía caminando. La primera pregunta que se me ocurrió fue qué demonios estaría haciendo una chica como ella en un lugar como este, tan tarde. Llevaba unos libros y un bolso de mano y no pude evitar pensar que era un blanco demasiado sencillo para cualquier ladrón. Como si el destino hubiese leído mis pensamientos, un sujeto que emergió desde las entrañas de un callejón con un cuchillo en sus manos la interceptó y le ordenó que le entregara la cartera. Aceleré el paso y me interpuse entre él y ella incitándolo a que peleara conmigo. El delincuente se sorprendió al darse cuenta de que su víctima no venía sola y redirigió su atención hacia mí apuntándome con la filosa navaja. Aparté a la chica y le di un puñetazo al ladrón, lo que lo hizo trastabillar, creyéndome con ventaja me abalancé sobre él y recibí la helada hoja metálica con un tajo en el brazo. Me aparté presionando la zona de la herida para detener el sangrado y lo pateé en el estómago para ganar algo de tiempo. Inhalé una bocanada de aire y me tiré sobre él aprisionando el brazo con el que manejaba el puñal debajo de mi rodilla y sin dejarlo responder comencé a golpearlo sin parar. Finalmente, logró liberarse de mí y desapareció por el mismo callejón del que había salido.

—¡Santo cielo! ¿Te encuentras bien? —exclamó ella acercándose a mí—. ¡Estás herido! ¡Necesitas un médico!

—No, no te preocupes —la tranquilicé—. No es tan grave.

Bueno, sí era un poco serio porque en cuanto quise sacarme el abrigo para revisarme el brazo, sentí un tirón tan fuerte que tuve que parar.

—Déjame ayudarte —dijo jalando cuidadosamente de la manga—. Fue muy valiente lo que hiciste, gracias —sonrió y dejó el corte a la vista—. ¡Ay, no! ¡No, no! Esto no está nada bien. ¡Estás perdiendo mucha sangre!

—Tal vez mi pañuelo sea útil —traté de desanudarlo de mi cuello sin éxito. Ella se ofreció a hacerlo y al percibir su delicado perfume cuando se agachó, no pude dejar de pensar en lo bonita que era.

Improvisó una venda que cubrió la herida, yo me puse de pie quitándome el polvo de encima y le extendí la mano para presentarme:

—Samm Becker, un placer —ella se sonrojó y me devolvió el saludo tímidamente:

—Olive Brown, igualmente.

—Por cierto, no es por ser entrometido, pero ¿a dónde ibas? Es demasiado tarde para que andes sola.

—Lo sé, es que tuve un día largo y recién salgo de trabajar —recogió sus libros—. Estas últimas semanas he estado haciendo horas extra para poder comprarle a mi hija una bicicleta para su cumpleaños como me lo pidió.

—En ese caso, permíteme acompañarte —propuse poniéndome a su lado para seguirla—. No vaya a ser que tengas otra sorpresa desagradable —Olive se ruborizó nuevamente y comenzamos a caminar—. Debe sentirse muy afortunada de tenerte como madre.

—¿Quién? ¿Rosie? —rio.

—Rosie… —repetí reflexivamente —qué nombre tan bonito ¿y qué edad tiene?

—Tres años.

No pude evitar recordar que ese fue el tiempo que había pasado encerrado la última vez cuando tuve la firme convicción de que el futuro ya no existía para mí. “Ojalá no tenga que volver a pasar por una cosa así”, pensé distrayéndome por un momento.

—¿Te sucede algo? —preguntó Olive un tanto preocupada.

—No, nada —mentí y continué indagando: —Debe ser una niña preciosa, ¿a que sí?

—Ah sí, Rosie es muy creativa e inteligente. Le gusta mucho colorear y dibujar aunque a veces no le agrade tanto estar con sus abuelos o conmigo —confesó—. Podría decirse que no siempre le tenemos la suficiente paciencia que deberíamos considerando su edad.

—Y con respecto a su padre ¿cómo se siente? —y al igual que si hubiese metido el dedo en una llaga antigua, su semblante se entristeció y me arrepentí de haber abierto mi bocota—. Lo siento mucho, no debí… —traté de enmendarlo y ella me interrumpió:

—Descuida, está bien —explicó suspirando—. No he sabido acerca del padre de Rosie desde el nacimiento de ella. Él dijo que no estaba listo para formar una familia y simplemente desapareció.

Yo asentí con pena intentando imaginar qué clase de infeliz podría haberlas abandonado de esa manera.

—Es aquí —anunció deteniéndose repentinamente en la puerta de una hermosa casa blanca con un jardín delantero salpicado de flores.

—Ha sido un gusto conocerte, Olive Brown.

—Gracias de nuevo por salvarme —se acercó y me dio un beso en la mejilla.

—Si en alguna otra ocasión necesitas un escolta... —tanteé mis bolsillos—. ¿Tendrías una lapicera? —Olive sonrió y sacó una pluma de su bolso—. ¿Me permites? —pregunté tomándole la mano.

—Seguro —respondió y le escribí mi número de teléfono en la palma.

—Llámame —le guiñé un ojo.

—Lo haré, Samm Becker —respondió y me saludó con un gesto de complicidad.

La vi entrar y me alejé caminando por la calle preguntándome si la volvería a ver.

Unos días después, recibí un mensaje de Olive y la invité a salir esa misma noche. Quería impresionarla, así que me puse mi mejor camisa, un poco de perfume y la llevé a cenar al restaurante más lujoso que pude pagar con mis ahorros de las últimas semanas. No sabía mucho sobre ella, por lo que le propuse comer pasta, me refiero, ¿a quién no le gusta un buen plato de espagueti? Disfrutamos de nuestra comida y yo la contemplé reír o sonrojarse con cada broma que le hacía y al igual que en la noche que nos conocimos, no pude dejar de pensar en lo hermosa que era. La forma en que sus ojos brillaban cuando sonreía, el dulce sonido de su voz, Olive era simplemente perfecta.

—Luces muy linda esta noche —comenté sirviéndole otra copa de espumante y ella se ruborizó.

—Tú también. La corbata te hace ver elegante —se mordió el labio inferior—. Me gusta.

Charlamos hasta terminarnos la botella y pagué la cuenta con cierta desilusión al percatarme de que nuestra velada estaba terminando y opté por llevarla a pasear con la motocicleta por el parque antes de dejarla en su casa. La pasamos tan bien que yo ya no podía esperar a que saliéramos de nuevo.

En nuestra segunda cita, alquilé un coche para poder ir al autocinema.

—¡No sabía que tenías auto! —exclamó sorprendida.

—No creí relevante comentártelo —respondí con una sonrisa pícara guardándome mi secreto, pero de alguna forma me entristeció la importancia que ella le había dado a ese hecho.

Sin embargo, decidí no permitir que ese pensamiento estropeara la noche y la invité a subir. Conseguimos un buen lugar bastante cerca de la pantalla y mientras yo compraba unas palomitas, ella consiguió los boletos. Al final, vimos una comedia romántica bastante entretenida, no era mi tipo, aunque si a Olive le gustaba, yo me sentía bien.

A la semana siguiente, la llevé a una pista de patinaje sobre hielo con lo último que me quedó de mi salario. Ninguno de los dos sabía patinar, por lo que pensé que sería entretenido aprender juntos. Nos divertimos mucho hasta que se enteró de que no podríamos cenar en un restaurante después y de una conversación amena pasamos a un silencio que en dos o tres ocasiones llegó a ser algo incómodo.

—Lamento que no hayamos podido ir a comer —me disculpé decepcionado por su actitud —pero te prometo que la próxima vez iremos.

La invité a casa con la idea de prepararle algo para cenar notando que lo aceptaba solamente por no ser descortés y, apesadumbrado, me di cuenta de que detrás de su belleza podía esconderse una enorme codicia. Asimismo, para mi mala suerte, me estaba quedando sin dinero para regalos y salidas costosas, así que empecé a improvisar citas más sencillas como picnics o simplemente ir a mi departamento para cocinarle y ver alguna película. Se hizo evidente que se desilusionaba al percatarse de que en realidad yo no podía pagar lo que ella esperaba. No obstante, seguí adelante con la esperanza de llegar a enamorarla y que pudiera pasar por alto mi situación económica.

7

Finalmente, una noche me invitó para que conociera a Rosie. Sus abuelos no estarían y seríamos solamente nosotros tres, era la ocasión perfecta. Había pasado un mes y medio desde nuestra primera cita y yo estaba algo nervioso, quería que mi relación con Olive prosperara y para eso necesitaba llevarme bien con su hija, así que como su madre me dijo que le gustaba colorear, le compré una enorme caja de marcadores. Además, confieso que tenía curiosidad. Los niños por alguna razón no se acercaban mucho a mí, los padres solían susurrarles cosas y ellos simplemente se alejaban a jugar a otro lado. Me pregunté qué se sentiría recibir el amor de una criatura.

Olive abrió la puerta con aspecto agotado cargando con un canasto lleno de piezas de Lego. Era la primera vez que veía su casa por dentro. Cálida, cómoda y con un montón de juguetes y libros para pintar esparcidos por todos lados.

—Lamento el desorden —se disculpó comenzando a recoger algunas cosas.

—Está bien, déjalo así —la calmé saludándola con un beso.

Una sombra diminuta cruzó el pasillo velozmente y se escondió del otro lado de la pared. Haciéndome el distraído, continué hablando con Olive y una silueta de menos de un metro de altura nos espió desde el marco de la abertura que daba a la sala. Su madre hizo un gesto de cansancio señalándola y sugirió que nos sentáramos en el sofá. Al cruzar la puerta, la figura ya no estaba.

—¡Rosie! —la llamó—. ¿Podrías venir, hija? ¡Aquí hay alguien que quiere conocerte! —nadie respondió—. ¡Y tiene algo para ti!

Unos pasitos sonaron detrás de nosotros y una pequeña niña de alborotado cabello caramelo apareció frente a nosotros con el semblante malhumorado. Extrañamente me recordó un poco a Jude. El pelo castaño claro apenas ondulado y la piel clara, pero sobre todo los ojos grises, el mismo tono que los de él. Sin embargo, decidí no hacer comentarios al respecto convenciéndome de que solo era una impresión mía.

—Rosie, él es Samm —nos presentó—. Es un amigo.

—¡Hola! —dije tratando de parecer lo más amistoso posible.

—No.

—Pero...

—No —me interrumpió.

—¡Rosie! —la reprendió su madre y se volvió a mí—. Lo siento mucho, ella a veces se pone así. Con los extraños no es muy amigable.

—No hay problema —contesté y miré de reojo a la niña en tono juguetón—. Yo también era un niño difícil de tratar, ¿sabes? —Olive rio y Rosie siguió observándome completamente seria—. ¿Quieres ver lo que tengo para ti? —le enseñé el paquete envuelto en papel celofán amarillo, me escudriñó sin decir una palabra—. Solo te pediré algo a cambio.

—¿Qué? —quiso saber evidentemente hastiada por mi petición.

—¿Una sonrisa para Samm? —me devolvió una mueca mostrándome todos los dientes y yo le di el preciado regalo.

—¿Qué se dice, Rosie? —le recordó Olive.

—Gracias… —musitó rompiendo el papel y descubriendo la caja de marcadores. No pude evitar notar que su carita se iluminó. ¿Había acertado acaso con mi ofrenda de paz?

Ella los dejó sobre la mesita de café y salió corriendo para traer un libro verde con dibujos de paisajes para niños. Olive se ofreció a preparar una taza de té y se fue a la cocina dejándome solo con Rosie.

—Tu madre me dijo que también te gusta dibujar —comenté sentándome en el borde del sofá para estar más cerca y atisbar lo que ahora pintaba con esmero. Por supuesto, no me respondió—. El mar —señalé sin darme por vencido.

—Mar —repitió ella buscando el color azul.

—Sí, es inmenso y muy salado. ¿Conoces la playa?

—No… —murmuró concentrada para no salirse de los bordes.

—Yo tampoco, pero algún día te llevaré, ¿eso te gustaría? —inquirí intentando captar su interés.

—No —me eché a reír.

—¿Es la única palabra que conoces?

—No.

—¿Y entonces por qué no quieres venir conmigo?

—Porque no.

—Bueno —respondí fingiendo desdén—. Si alguna vez cambias de parecer, estás invitada.

Olive regresó con una bandeja y unas galletas con chispas de chocolate.

—¿De qué hablaban? —preguntó entregándome una de las tazas.

—Del mar —le dije restando importancia al tema. Olive rio y nos distrajimos charlando mientras Rosie pintaba página tras página con sus marcadores nuevos.

8

Comenzamos a vernos con más frecuencia, casi todos los fines de semana y ocasionalmente cuando buscaba a Olive a la salida de su trabajo para estar juntos un rato antes de irme yo al mío. Algunas veces traía a Rosie, quien de a poco se fue acostumbrando a mi presencia. Siempre reticente si Samm le ofrecía dulces o le hacía alguna pregunta, la niña dejó en evidencia que sus intenciones eran relacionarse conmigo lo menos posible. Yo solo atinaba a sonreír con sus respuestas secas y terminé descubriendo que la mejor manera en la que podíamos tener algún progreso era si le daba su espacio haciéndome el indiferente. No obstante, siempre procuré que la pequeña estuviera a salvo.

A los tres meses hice de niñero por primera vez. Olive tenía una reunión con sus amigas después del trabajo y sus padres saldrían a cenar por su aniversario. Yo no tenía ningún plan esa noche, así que prácticamente se echó a llorar de felicidad en el momento en que me ofrecí para cuidar a Rosie. Me dio algunas indicaciones sobre lo que podía comer y lo que no, dejó el número de la casa en donde se encontrarían y se fue. Como Rosie seguía esquivándome, se encerró en su cuarto, por lo que decidí dejarla tranquila y me senté a leer un libro en el sofá sin darme cuenta del instante en el que me quedé dormido.

Soñé con mis padres y experimenté un escalofrío. Mamá lloraba y yo no podía llegar para socorrerla. Me revolví inquieto. Papá se acercaba lentamente, nos estaba acechando con algo. Quise gritar y entonces sentí un leve hormigueo que borró la terrible pesadilla y me espabilé un poco.

—Déjame —murmuré riendo adormilado—. Hace cosquillas —abrí los ojos y me encontré con Rosie que coloreaba con esmero el tatuaje que yo tenía en el brazo izquierdo. Se apartó de inmediato al verme despierto—. ¿Puedo ayudarte en algo?

—No.

—¿Qué estabas haciendo? —pregunté mirando el arco iris que ahora tenía en la piel.

—Dibujo —musitó señalándolo.

—Y quisiste pintarlo.

—Se me terminó— se excusó volviéndose al libro semi deshojado sobre la mesita de café.

—¿Quieres decorar otros?

—¿Hay más? —inquirió visiblemente interesada en la propuesta.

Me enderecé quitándome la camiseta gris y dejando al descubierto los tatuajes que cubrían mi pecho y espalda. Sus ojos brillaron.

—¿Por dónde quieres comenzar?

—¡Ese! —se acercó apuntando al lobo en mis costillas. Yo asentí y me tumbé de costado mientras la observaba elegir sus marcadores favoritos.

Desde ese día, nuestro vínculo solo se fortaleció más y más. Rosie comenzó a invitarme a jugar, a mostrarme sus obras de arte y a compartir sus intereses conmigo, hasta terminó pidiendo que yo la cuidara cada vez que su madre tuviera un compromiso. En esas ocasiones, yo pasaba a buscar a la niña para llevarla a mi departamento hasta la noche cuando Olive venía para cenar juntos antes de que ambas volvieran a la casa. Rosie incluso tenía juguetes que guardaba en una caja de madera en mi sala de estar junto al sofá. Yo me sentía el hombre más feliz del mundo y admití que aunque hubiera pasado poco tiempo, ya adoraba a Rosie con todo mi corazón.

9

Llevábamos cinco meses saliendo cuando por fin convencí a Olive de que me presentara a sus padres y al parecer no era el único con ansias. Nunca nos habíamos cruzado porque cada vez que nos encontrábamos en su casa ellos no estaban, esta sería la primera vez que nos veríamos. Organizaron una cena especial y yo me pasé toda la semana anterior planeando qué usar y cómo comportarme adecuadamente. Sabía que eran muy conservadores y que el señor Brown era un oficial retirado, así que yo tenía que dar una muy buena impresión. Pedí prestado un traje a Jude y compré un ramo de flores y una botella de licor. Me arreglé el cabello lo mejor que pude y me até el pañuelo a la muñeca. Amaba ese pañuelo bordo, fue el último regalo de mi madre antes de morir y mi posesión más valiosa. Siempre lo llevaba conmigo porque me hacía sentir que no estaba solo porque ella me acompañaba a todas partes.

Eché un último vistazo a mi reflejo en el espejo de la entrada y salí con aires de victoria. Esta sería mi noche, estaba convencido.

Al llegar, entregué el ramo y la botella a la señora Brown y recibí a Rosie quien saltó a mis brazos con un apretujón.

—¡Viniste, viniste, viniste! —exclamó muy alegre.

—¡Pues claro! No me perdería una ocasión para verte por nada del mundo —dije bajándola y revolviéndole el cabello en tono juguetón.

—¡Rosie! Te he dicho muchas veces que no le saltes a Samm de esa manera —la regañó Olive —podrías lastimarlo.

—Déjala, amor, está bien —le sonreí a la pequeña con complicidad y me volteé hacia su abuelo que acababa de entrar en la sala.

—Buenas noches —se presentó—. Yo soy John Brown, el padre de Olive.

—Samm Becker —le estreché la mano—. Un placer.

Nos sentamos a la mesa y conversamos sobre temas triviales como el clima, los estudios y el trabajo. Indagaron sobre mis aficiones, a qué me dedicaba y qué planes tenía para el futuro. Nada fuera de lo común. La cena estuvo deliciosa y deleité a la cocinera con algunos comentarios al respecto, pero la forma en la que me miraba me hacía pensar que había algo de mí que no le terminaba de agradar. ¿Sería mi apariencia? ¿Mi cabello? Y entonces me di cuenta de que la atención de Marie Brown estaba dirigida hacia el pequeño tatuaje con el nombre de mi madre que tenía en la muñeca. Había quedado a la vista después de que me desaté el pañuelo y ahora ella lo examinaba quizá preguntándose si sería el único. Creo que hubiera sido una mala noticia informarle que tenía otros y muy grandes ocultos debajo de la ropa. Sin embargo, el señor Brown parecía preocupado por otra cosa mucho más importante que mis tatuajes.

—Y cuéntanos, Samm —inquirió en un momento rompiendo el silencio—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste en la cárcel?