Si no me escuchas - Cristina del Valle - E-Book

Si no me escuchas E-Book

Cristina del Valle

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Noelia es una chica curiosa, extravagante y con un mundo interior en el que mandan las emociones. Y "mandan romana". Alejada de los cánones sociales de su entorno, luchando contra sí misma y sus ideales, Noelia realiza un camino para conocerse, perderse y volver a encontrarse. Algo así como VIVIR. Junto con sus amigas, "Las Carolines", va a descubrir la amistad, el amor, la soledad y el dolor. Le gusta salir y odia las complicaciones, pero cada decisión que toma es peor que la anterior, terminando por caer en un pozo del que unicamente podrá salir sola. Él vive su vida, sin preocupaciones y sin ataduras. Se siente atraído por Noelia, pero no quiere una relación convencional. Las etiquetas no forman parte de su vocabulario. Ambos vivirán una historia de altibajos que marcará una etapa en la vida de Noelia y sentará las bases de un futuro esperanzador.

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Seitenzahl: 191

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Si no me escuchas

Cristina del Valle

ISBN: 978-84-19367-86-0

1ª edición, abril de 2022.

Portada y edición eletrónica: Alex Damaceno

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

Índice

C’est la vie

Hola Morena, tú y yo...

La dignidad

Barcelona

El encuentro

El desdén

Dentro del Laberinto

Hola, ansiedad.

La Ruptura

La Locura

El vaivén

La funambulista

Peces de colores

La cal y la arena

Goodbye, Carolines!

Si yo te digo ven.

El espejo

Paseo

Adiós, Noelia

Hola vida

A Oriol, Iván y Pepa sin vosotros no habría nada, sois mi vida.

A mis padres y hermanos, por llevarme de la mano hasta aquí, os quiero.

A Noelia, Raquel, Marta, Héctor y Rafa por soportar mis días y días.

A mis suegros y mi cuñado, por cuidarme y cuidarnos.

A Las Carolines, nada habría sido lo mismo sin vosotras.

A todos los que estáis y sois. Gracias

1.

C’est la vie

Y que en mi vida no ha cambiado nunca nada

Que cambio siempre solo bastos por espadas

Es para enloquecer

Castillo de naipes – Lori Meyers

Su pequeño pueblo aún conservaba las tradiciones anquilosadas de los peores años. Las costumbres pasaban por ser una ceremonia periódica y prácticamente obligatoria y ella, a pesar del tedio que le provocaba, entraba en la rueda porque era el sistema que le había tocado, sumado al desconocimiento de otros mundos y otros modos de vida. Era una más, y había cumplido, hasta ese momento, con los preceptos necesarios.

Pero soñar, soñaba. Nadie le podía quitar ese privilegio. Y lo hacía leyendo, escuchando música o imaginando aventuras en las que podía ser la protagonista. E historias de amor, muchas historias de amor.

Y, mientras los años pasaban, trataba de encajar. Sus cambios de ciudad y de colegio constantes le habían hecho sentirse señalada e incluso apartada. Y, en esta ocasión, se había propuesto integrarse y tener amistades.

El pánico al rechazo le perturbaba; había sido forjado a golpe de lustros por los dogmas sociales, como casi todo en su existencia. Además de que todo lo que le rodeaba, sobre todo lo educativo, se basaba en la disciplina, el respeto, el Credo y sus valores.

Las palabras de sus padres eran religión, una religión de la que no podía evadirse; las bases estaban ahí, arraigadas y cerradas. No tenía la posibilidad de abrir la mente a otras creencias o ideas, ya que no existían y no se contemplaban.

No sentía el orgullo de ser un verso libre.

Se afilió a un partido político con toda la seguridad de vivirlo en corazón y alma. El motor de Noelia siempre fueron las emociones, esas que le hacían creer que, si hacía lo que se esperaba de ella y agradaba, se movería en un entorno social en el que la respetarían, en el que la aceptarían como a una más. Se veía miembro de un grupo a los que no tardó mucho en llamar amigos, pero en realidad solo se veían en los eventos que celebraba el partido y poco más. En todo caso, y mientras tanto, dejó de ser la rara y se sintió integrada.

Los domingos de elecciones iba con sus padres a misa y, una vez “marchaban en paz”, La Familia ejercía su derecho a voto unida. Y a Noelia esto le hacía feliz.

Durante la infancia ir a misa tenía un significado diferente para ella. Consistía en cantar, encontrarse con sus primas, aguantar las risas e ir al parque a jugar. Pero no había nada relacionado con los mandamientos marcados, el fervor o la palabra de Dios, a pesar de estudiar en las Carmelitas y de la fe que se profesaba en la familia.

La misa le divertía. La doctrina no, pero hacía mella en ella poco a poco.

Y en su contradicción constante, sabía que había cosas que no cuadraban con lo que ella sentía, y guardó un díscolo secreto que durante bastante tiempo no tuvo el valor de compartir con nadie. Cualquier salida del renglón escrito podía ser objeto de conflicto y decepción por parte de sus amigos (recién hechos) o de su familia. Y su última alternativa era poner tierra de por medio con la gente que necesitaba.

Así dio paso a una etapa en la que, cuando dejaba la acreditación de apoderada de los muchos comicios en los que participó, leía fanzines de oscuras corrientes libertarias. Escuchaba cantautores que musicaban su protesta y comenzaba a conocer otras ideologías. Aunque en silencio, constantemente en silencio.

De hecho, ni siquiera se definía, sólo tenía curiosidad por conocer, por aprender, por descubrir más allá de lo que le habían enseñado.

A medida que fue creciendo, Noelia entendió que lo único que le había quedado de esa educación religiosa, bien fuese en el colegio o en la iglesia, era la culpa, la penitencia y el miedo.

Llegada la adolescencia la misa ya no le entretenía, poco quedaba del ambiente juvenil de su época.

Y ya en sus años universitarios, coincidiendo con una época de efervescencia activista estudiantil, Noelia se unió a la lucha por unos principios que le habían rondado por la cabeza desde hacía mucho. Puso interés en las protestas y las hizo suyas, guardando su acreditación política en un cajón que nunca volvió a abrir.

Se fue alejando con la suficiente cautela y respeto para que su familia tolerase ese abandono del credo, tanto espiritual como mundano. De vez en cuando chocaban, aunque fueron respetándola poco a poco. Los tiempos cambiaban para todos.

Y también para ella.

Todavía tenía un fleco importante y estaba a punto de deshilacharse.

Su primer novio, aquel cuya familia ya confraternizaba con la suya; el de los compromisos a largo plazo, el del establishment atávico (hipotecas, pisos, planes de boda...); el que había visto crecer a sus sobrinos... y que sufría con ella cómo la relación se marchitaba a la par que ambos maduraban y, aun resistiéndose, sus inquietudes les empujaban a coger caminos totalmente contrapuestos.

Y ese primer amor se fue sin ningún tipo de trauma, al menos para ellos. Ambos sabían que su historia no iba a ir más allá y era mejor dejarlo en ese punto. Faltaba el beneplácito de sus fuerzas vivas: Familia y amigos. Hubo algunos reproches al principio, pero todo acabaría, con el paso de los meses, en verse como una decisión aceptada.

Ahora solo quedaba su propia aceptación. La vida que tenía, aunque inculcada, se desmoronaba como un castillo de naipes: Malas decisiones, inercia, de nuevo la culpa por hacer daño...

Y la guinda de su pastel molotov era laboral. Tenía un gran puesto de trabajo en una multinacional de prestigio que le hacía vivir a caballo entre Madrid y Murcia.

Madrid también había sido una explosión de sentidos en su boca, en sus ojos, en ella misma... y le había ayudado a forjar un pensamiento diferente que ya traía aprendido de la Universidad. Su aperturismo era cada vez más visible, a medida que su voraz curiosidad se iba empapando de todo aquello que le fascinaba.

Y en el trabajo, todo iba perfecto. Su responsabilidad y su salario habían aumentado, y se había situado en una muy buena posición.

Pero de la nada, la empresa fue absorbida por sorpresa por un gigante mediático, en un gesto de traición hacia los trabajadores, provocando un sonoro despido colectivo, ella incluida.

Todo había saltado por los aires: Despido, la vuelta a casa de sus padres, la derrota...

Intentó encerrar su decepción en su interior, como siempre buscando agradar, como siempre sin sentirse libre. Pero fue en vano, en el marrón de sus ojos se vislumbraba su negro estado de ánimo.

Se perdió durante un tiempo, y esto le produjo pavor, y nadie le escuchó, ella tampoco lo pidió. Recurrentemente pensaba que éste fue uno de sus grandes errores, ese camino equivocado que le iría llevando por lugares poco transitados, a veces divertidos, pero en el fondo, muy dolorosos. No era orgullo, iba más allá. Era vergüenza y temor a la decepción de los demás, otra vez.

Y desde esa mirada negra, el regreso a casa se llenó de silencios. Necesitaba hablarlo, gritarlo, llorarlo, desahogarlo, pero se convirtió en un tabú para todos, ella no quería molestar, y ellos desviaban el tema, por respeto, por no abrir heridas de nuevo que sabían que no cicatrizarían fácilmente. Optaron por creerse que el olvido le llevaría a superarlo, y “aquí no ha pasado nada”, una vez más... Su mundo era un auténtico caos.

Pasó varios días entre papeleos, situándose en su antiguo entorno ya olvidado, deshaciendo maletas y reencontrándose con sus hermanos y con algunas viejas amistades.

Todas sus amigas de infancia y juventud habían tomado caminos dispares, entre parejas, desengaños y diferentes rumbos... incluso las hubo que marcharon lejos y solo volvían al pueblo en fechas señaladas. Había perdido la confianza para llamarlas, para contarles lo que había sucedido sin tener que transitar por un largo prólogo de historias que las situaran. No tenía fuerzas ni ganas. Estuvo tentada de hacerlo, pero supuso que no la entenderían, lo que le hacía sentirse sola, desordenada y sin saber por dónde empezar.

Lo único que tenía claro era que en alguna bifurcación del camino se había equivocado, y había escogido la vía que le alejaba del pueblo, de familia y amigos… de lo que debería ser su viaje vital. Volver le hizo pensar que no tenía que haberse ido nunca.

Se dio un poco más de margen y comenzó a ponerse pequeños retos.

Primero: Poner los pies en la tierra.

Acudió a un terapeuta que trabajaba el contacto con la tierra y las emociones.

Se lo recomendó un amigo de un amigo que llevaba años practicándolo y que, por lo que se podía ver desde fuera, le había ido genial. Estaba feliz, hacía las cosas tomando consciencia, y no presagiaba los futuros más inciertos. Según él: “Vivo el presente, el ahora”.

Noelia se aferró a esta idea como una puerta que le permitiera salir de su “duelo”. Con el paso del tiempo, y algunas respuestas que había encontrado frente a frente con su guía, consiguió ir bajando poco a poco al suelo.

Segundo: El dinero no da la felicidad, pero bueno...

Tenía relativa prisa por trabajar. En su anterior empleo cobraba bien y, junto con el despido, había conseguido tener algunos ahorros que le permitirían mantenerse unos meses, aunque era consciente de que, tarde o temprano, el dinero se acabaría.

Tuvo cuidado de elegir bien qué quería hacer. Estaba bastante dispersa y triste, y necesitaba ocuparse en algo que consiguiera concentrarle y, sobre todo, divertirle.

Se esmeró en buscar con mucho cuidado e hizo algunas entrevistas que no llegaron a nada, bien fuese por su parte o por la otra, pero a pesar de todo, tuvo suerte y, poco después, la contrataron en una empresa de eventos musicales. Noelia creía que, por fin, la vida no era tan cruel con ella.

Tercero: Ella por dentro y ella por fuera.

Su físico, que había descuidado según los cánones contemporáneos, acusó todos los acontecimientos vividos en tan poco tiempo. Y adelgazó frenéticamente. De todas las dietas que se había propuesto anteriormente, y que no habían servido para nada, ésta fue la más efectiva. “Quizá demasiado”, según su madre.

Se propuso comer bien, salir a dar largos paseos por el pueblo, respirar aire puro y dejar de fumar, que no lo consiguió, lo que sí logró fue un aspecto más saludable y menos triste.

Y, cuando echaba a rodar de un modo rutinario y cotidiano, comenzó una etapa que recordaría con melancólica alegría.

Parte de su trabajo consistía en asistir a conciertos, festivales o acontecimientos culturales. Y conocer gente, muchísima gente.

Ya no estaba sola, contaba con un ejército propio, Las Carolines: Marta, Raquel, Tere, María y Eva; y allá donde iban, tenían las puertas abiertas de par en par, como si estuvieran permanentemente en una lista VIP de la que, además, no querían salir.

Las Carolines se querían, se respetaban, y estaban dispuestas para apagar cualquier fuego que pudiera hacer daño a alguna de ellas, sin excusas.

Ahora estaba preparada para abrir todas las puertas que, de un modo consciente o sin saber, se había cerrado. Le urgía salir al exterior y conocer todo lo que se había perdido.

Todo lo social y laboral dieron un vuelco de 180 grados. Noelia consiguió, por fin, llenar el vacío que sentía a base de diferentes ideas inconexas, nuevas corrientes musicales y, por supuesto, a las Carolines.

2.

Hola Morena, tú y yo...

Hay un hombre en España que lo hace todo

Hay un hombre que lo hace todo en España

Es el que programa el Teatro Real

Es la máxima autoridad en derecho penal

Hay un hombre en España - Astrud

Aquel 16 de agosto hacía un sol de justicia, y todo apuntaba a que la noche sería plácida, marcando la diferencia con la anterior, en la que habían tenido que cancelar todas las actividades que tenían previstas y que, para colmo, eran a las que más presupuesto se había destinado. No se puede luchar contra las fuerzas de la naturaleza...

Tanto le fascinaba a Noelia lo que hacía que, pasados tres meses desde que comenzara en su nuevo trabajo, se embarcó en otro proyecto que le ocupaba también las tardes. “Sin tener mucho tiempo para pensar”, que es justamente lo que quería, y “mucho espacio para disfrutar”, que es lo que buscaba desde que tenía uso de razón.

Su presente era un huracán de emociones, vivencias y cansancio. Comía lo justo, dormía poco y salía mucho. Estaba soltera después de muchos años de relación, feliz consigo misma, libre y con fuerzas para ordenar su desorden, eso sí, con más desorden.

Sus días se dividían de 9 a 14 con Salvador, organizando todo tipo de actividades relacionadas con la cultura, y de 16 a 20 en una oficina semipública, en el Área de Festejos, dando soporte al director técnico, aunque para ella era El Baboso.

“Este tipo” era la persona más desagradable que había conocido nunca. Y no solo a nivel físico, era él, con su fachada de alto cargo autosuficiente, elegido a dedo por sus grandes dotes sociales, o por saber moverse en el mundo del compadreo y el trapicheo. A Noelia le repelía.

Y ese 16 de agosto estaba más insoportable que nunca. No dejó de quejarse en todo momento: “demasiadas energías”, “poca resolución”, “esto no está en su sitio” o “no me gusta el color de las sillas”. Los acontecimientos previos le habían dado alas para comportarse de la peor forma posible.

El viernes 15 tenían previsto que arrancara un festival cultural al que se habían dedicado, casi en exclusiva, desde el septiembre anterior y, con todo listo y todas las entradas vendidas, la gala de apertura no se pudo celebrar. Les vino encima una tormenta tan imprevista como violenta, que imposibilitó cualquier acto al aire libre. Todos sabían que no convenía que nadie subiese a un escenario empapado y lleno de cables. Podrían haber salido en las Noticias de la Mañana.

Así que, irremediablemente, tuvieron que suspenderlo, no sin antes pasear por un periplo de absurdas exigencias que llevaron a Noelia casi a la desesperación.

Faltaban tres horas para el pistoletazo de salida y ...

“Pepe, joder, ¡escúchame! no se puede, es totalmente inviable” —su voz sonaba a súplica - “nos exponemos a que un artista pueda sufrir un accidente”

“Este concierto se tiene que celebrar y punto, no hay más que discutir, así que habla con quien tengas que hablar y que empiecen ya las pruebas de sonido.” —le contestó exaltado y con autoridad. Ni siquiera la miró mientras le vomitaba esa babosa perorata.

Noelia buscó a los managers de los dos grupos que tocarían esa noche, pero ninguno estaba dispuesto a asumir el riesgo, lógicamente. No había nada más que hacer y tendrían que buscar una alternativa. O lo posponían o recurrían al seguro.

“Pepe no hay opción, te lo digo en serio, es que no van a subir a tocar. Vamos a mirar el seguro, ya verás que cubren las pérdidas, que para esto lo hemos contratado, por si pasaba algo... Y ha pasado... Mira, yo ya he hecho unas fotos” —le dijo mientras le enseñaba el móvil. - “No te empeñes, por favor, piensa un poco” —le volvió a repetir en un último intento de poner cordura.

“No tenemos Seguro de Cancelación, nadie se imaginaba que pudiera caer tanta agua. ¡¡¡¡¡¡Arréglalo ya!!!!!!!” —le contestó perdiendo la paciencia.

“¿Cómo? ¿qué?” - Noelia no daba crédito a sus palabras —“Pepe, por favor dime que no es verdad. Pero... entonces... ¿Qué vamos a hacer?”

No tardó mucho en descubrirlo. En el entramado de favores y billetes estaban los gastos que habían supuesto el espectáculo de esa noche y la jugada se completaba con la recaudación de la taquilla, su único salvavidas. Sin seguro de cancelación, la tendrían que devolver sí o sí, además del pago íntegro del caché de los artistas y todos los gastos. Ese día no solo palmarían pasta, no podrían devolver un favor prometido y esto era un problema muy serio.

No para Noelia, que se mantenía al margen de los entresijos que se llevaban entre manos, aunque se hacía una idea del motivo de la exasperación de El Baboso y su insistencia en la celebración del evento. Una cagada de tal magnitud no solo le llevaría a dar explicaciones, también perdería la confianza de sus inversores y sus trabajados privilegios.

Menos mal que Eva, una de Las Carolines, le ayudaba cuando el trabajo se le acumulaba. Era agosto, ganaba algo de dinero y podía disfrutar de la música en directo y ver a los artistas de cerca.

Cuando llegó al camerino, encontró a Noelia dando vueltas sin saber qué hacer, repitiendo en voz alta, una y otra vez:

“No tenemos seguro de cancelación”

“Tendremos que devolver el importe de las entradas”

“Habrá que pagar todo el caché”

“El material se habrá estropeado”

Evaluando todas las opciones y analizando las consecuencias de esa combinación de desidia y mala suerte, entendió que ya no podía hacer nada más y le dijo a su amiga:

“Esto ya no es cosa nuestra, ¿sabes lo que te digo? O nos vamos a tomar unas cervezas o me volveré loca”

Con la primera, todavía seguía sintiendo culpabilidad; con la tercera ya lo tenía más claro: “Yo he hecho lo que debía, mañana será otro día y será mejor”.

Así que ese mañana, esta vez con sol y sin peligrosas nubes en el horizonte, Noelia ya estaba en marcha entre camerinos, escenario, backline, pruebas de sonido, barras, taquilla... un trabajo que les llevaba horas y mucho cansancio. Afortunadamente, Eva le echaba un cable.

Tras la tensión de lo provocado veinticuatro horas antes, todas las lupas estaban sobre esa organización y notaban la presión, que venía de todas partes: público, artistas, inversores, cargos públicos... Solo le bastó El Baboso, que puso la guinda del pastel provocando que Noelia explotara.

Compartía un corrillo con algunos empresarios y políticos, y al pasar ella delante, le escuchó decir con voz alta y socarrona:

” Si es que no se puede estar buena y ser lista”

Noelia no podía aguantarlo más. Decidió irse para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse en una jornada tan importante para todos, incluso para ella, aunque solo fuera por la gran responsabilidad que continuamente sentía en hacerlo todo bien.

La tensión y los nervios le hicieron buscar entre lágrimas y sollozos a Eva, que había ido a llevar los tickets del bar a los técnicos.

Para cuando la encontró, ya era todo llanto.

“Eva, nos vamos, no puedo más, hasta aquí hemos llegado” - Dijo dando un portazo mientras se metía en su coche.

Eva la miró sin saber muy bien cómo actuar. Sabía todo el currazo que habían tenido esos días, pero entendía su reacción, era normal; había sido testigo de las malas miradas, los desprecios y todas las expresiones que habían salido por su “babosa boca”:

“Solo te necesito para que me hagas compañía”

“Las decisiones que se tomen aquí no son cosa tuya”

“Eres tonta”.

Su inconformismo y su feminismo igualitario se daban guantazos con el habitual sentimiento de culpa, el que siempre aparecía machacándola y castigándola, por volver a desentonar, defraudar o fracasar.

No había terminado el trabajo, debía permanecer allí hasta que todo estuviera rematado, pero su dignidad comenzaba a rozar el suelo.

Tenía mucha ilusión en este proyecto, era el primero de esas magnitudes que coordinaba, pero priorizó su amor propio y, tras varios peros y algún remordimiento, resultado de todo aquel fin de semana caótico, decidió poner tierra de por medio, e irse, aunque solo fuera a respirar, pero lejos de allí.

Cuando Noelia se estaba poniendo el cinturón vio como un chico iba directo hacia ella. Le indicó con gestos que bajase la ventanilla.

“Hola, soy el guitarrista del grupo, me han dicho que hable contigo para que me digas donde están los camerinos” —le dijo.

Noelia no invirtió ni un segundo en mirarle. Con los ojos puestos en el volante le contestó:

“Lo siento, yo tengo que marcharme. Pero no te preocupes, alguien de la comisión de fiestas te lo enseñará. Son los moscardones que revolotean alrededor del Bab... del director” —le contestó de mala gana.

Y tras ese paréntesis, retomó su feminismo e integridad metiendo primera y despidiéndose del chico.

Durante el trayecto hacia su casa, Eva y Noelia no se dijeron nada, no era necesario decir nada más. Ponerse a recordar o criticar los comportamientos no era una opción; sería para ambas un desgaste que ni siquiera podían contemplar.

A Noelia le escocían los ojos de llorar, en una mezcla de rabia e impotencia. Era su jefe, pero también un tirano y un machista. En su inocencia no cabía la gente capaz de tratarla tan mal, pero ni a ella ni a nadie. Seguía manteniendo la ingenuidad de una niña, pero la rabia comenzaba a ganarle la batalla y necesitaba salir corriendo.

Aparcó el coche en la puerta de su casa, entró y se fue directa al baño. Menos mal que sus padres se habían ido fuera y se ahorraría dar excusas baratas. Antes de ducharse decidió llamar a Salvador, su responsable por las mañanas, amigo y consejero, que le había ayudado en muchas ocasiones a salvar problemas que Noelia no era capaz de solucionar.

¡No puedo más! - le dijo hecha un mar de lágrimas - ¡No lo soporto, es imposible trabajar con él! Me insulta, me humilla, me trata mal, como compañera, persona, pero sobre todo como mujer —gritó de forma atropellada y sin dejar a hablar a Salvador- No puedo continuar ni un minuto más al lado de este hombre. ¡¡¡Le odio, no le aguanto!!! No puedo más, estoy harta —y tras un largo suspiro, se calló para poder coger aire.

Salvador, que había escuchado pacientemente, mientras Noelia se desahogaba entre lágrimas, aprovechó su silencio para frenarla:

“Noelia... para. Tienes razón, ese tío es un imbécil, pero tienes que volver, tú no eres así, no te dejes vapulear... Ve, termina tu trabajo y sal con la cabeza alta”. Esto no te ayuda, y sabes lo que significa que te vayas.”

Intentó replicarle, pero no la dejó: