Si solo una hora tuviera - Caroline March - E-Book
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Si solo una hora tuviera E-Book

Caroline March

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Beschreibung

Piero es un hombre enamorado. Gabriela es una mujer herida por amor. Michael es un hombre que no cree en el amor. Los tres confluyen en la hermosa ciudad de Praga, como si esta hubiera estado esperando siete años para reunirlos de nuevo. En un escenario mágico, rodeados por situaciones equívocas llenas de humor, sentimientos intensamente dramáticos, donde se mezcla el pasado y el presente para crear su futuro, descubrirán lo que significa verdaderamente el amor, sorprendiéndose a cada instante con una sonrisa de que la vida les puede ofrecer algo que ya arrebató. Y comprendiendo que una habitación en un ático de un hotel, que antes fue un palacio, puede convertirse en un escondite, un refugio, una cárcel y un lugar donde atrapar lo que una vez perdieron en el olvido. Un espacio donde alcanzar la redención, en el que Gabriela se encontrará a sí misma y deberá enfrentarse a la elección que marcará el resto de su vida. Caroline March ha sido nominada "Mejor Autora Revelación Nacional 2014" por la revista Romantica's. "Decir que es preciosa es poco. Las palabras no son suficientes para describirla. Si os dijera que la he leído en dos días, que en esos dos días no era capaz de soltarla, que me he acostado dos noches seguidas sin cenar porque simplemente se me ha olvidado de lo abstraída que estaba, las lectoras compulsivas como yo me entenderán a la primera, y de hecho creo que no van a seguir leyendo esta crítica, ahora mismo están cerrando esta página y comprando la novela digital. Caroline March ya formaba parte de ese grupo de escritoras de literatura romántica que considero mis favoritas. Con esta nueva novela se ha ganado mi respeto y un lugar de honor en mis estanterías. Con una prodigiosa imaginación, de su pluma ha surgido esta novela, inusual e inesperada. Aunque la novela tiene escenas muy duras, su autora es una persona con un gran sentido del humor y eso se nota en la novela. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 753

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2015 Silvia González Flores

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

Si solo una hora tuviera, n.º 60 - febrero 2015

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-687-6120-6

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1. Gabriela

Capítulo 2. Michael

Capítulo 3. No lo hagas, Gabriela…

Capítulo 4. Por supuesto, Gabriela… ¡tampoco hagas eso!

Capítulo 5. El pasado siempre vuelve…

Capítulo 6. Y con el pasado, regresan también los recuerdos…

Capítulo 7. Juzgando a una condenada

Capítulo 8. Toda historia tiene siempre un principio…

Capítulo 9. El descenso a los infiernos…

Capítulo 10. Soy el que te salvará

Capítulo 11. ¿Sabes lo que es amar, Michael?

Capítulo 12. Cuando Michael enseña y… aprende

Capítulo 13. Yo sé perfectamente lo que le gusta a Gabriela… ¡no, Michael, no lo sabes!

Capítulo 14. Explorando Praga y…descubriendo sentimientos

Capítulo 15. Cuando Michael descubre que el amor duele

Capítulo 16. Y Gabriela finalmente… confiesa

Capítulo 17. Gabriela olvida su pasado y abraza su futuro

Capítulo 18. Una… curiosa revelación

Capítulo 19. Difícil elección, Gabriela, ¿o no?

Capítulo 20. Confesiones pasadas, futuro complicado y una gran decisión

Capítulo 21. La verdad y la traición

Capítulo 22. El que espera… desespera

Capítulo 23. Sí… lo mejor está por llegar

Epílogo

Nota de la autora

Agradecimientos

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Para Myriam,

porque perder un avión con destino Tailandia hace trece años

Prólogo

Il Professore Piero Neri se acercó caminando lentamente hasta la ventana de su despacho de la Facultad de Teología de la Univerzita Karlova. Una vez frente a ella, se cruzó de brazos y entornó los ojos, como si le costara percibir con claridad la imagen que se mostraba ante él. En realidad, el paisaje cercano resultaba anodino, un simple aparcamiento apenas cubierto de automóviles, sin embargo, todo cambiaba una vez que, elevando los ojos, distinguías al fondo la bella ciudad de Praga, con los tejados inclinados destellando al reflejo de las luces artificiales emitidas por farolas antiguas, deslizándose el agua por ellos de forma sinuosa y, recortadas en el horizonte, las numerosas cúpulas religiosas que se erguían desafiantes al cielo oscuro. Llovía con fuerza, no era una simple tormenta, sino el anuncio de que el verano se retiraba vencido, como un amante despechado, ante el arrollador ímpetu del otoño checo. Mientras su mirada se perdía en la vista melancólica de la hermosa Praga, sus recuerdos encontraron refugio en una persona, aquella que ocupaba todos sus pensamientos conscientes, su Madonna. Se alejó de la ventana con un suspiro cansado y se sentó en la sencilla mesa cubierta de papeles y libros abiertos. Se inclinó para abrir el único cajón cerrado con llave y sacó un pen drive que conectó a su ordenador. Seleccionó la carpeta y ante él aparecieron una sucesión de fotografías que amplió hasta que llenaron por completo la pantalla. Conectó los altavoces y de ellos brotó Nessun Dorma de Puccini. Llevaba haciéndolo de igual forma siete años, siete largos años.

El cielo crepuscular se oscureció de repente ocultando el débil brillo diurno, cubriendo de tinieblas la habitación. Solo una luz brillaba sobre todas las demás, la de su Madonna mirándole desde la pantalla del ordenador. Observó las instantáneas una y otra vez. Y finalmente se detuvo en su preferida, una en la que ella estaba en la playa, con el pelo rubio revuelto y el rostro girado hacia él, con esa media sonrisa pícara y atrevida en su rostro de ángel. En sus ojos color miel solo un reflejo, el del fotógrafo aficionado que había atrapado el momento. Un momento de felicidad plena, raptando su alma junto con su rostro.

Estuvo unos minutos sin pestañear fijando la imagen en su mente, aunque la recordaba perfectamente. A lo largo de los años había recurrido muchas veces a ese pequeño álbum de recuerdos para intentar saciar su anhelo sin conseguirlo. Con un hondo gemido se pasó la mano por el pelo moreno y abrió otra vez el cajón para sacar una serie de recortes de periódicos y revistas. Los revisó uno a uno, sonriendo a medias. Lo había conseguido, su pequeña Madonna había llegado muy lejos en la vida. Vio sus éxitos académicos expuestos en el papel impreso y cómo su rostro angelical iba cambiando con el transcurso del tiempo. Sus ojos dulces se habían vuelto fríos y algo tristes, pero quizá solo fuera la imagen tomada siempre en términos profesionales. Releyó los artículos con una grata sonrisa. Era muy buena en su trabajo, la requerían de las mejores Universidades, algo que ella siempre deseó. Y él había sido el artífice de todo ello. Él había sido Pigmalión y ella su Galatea. Él la convirtió en todo lo que ella era ahora. Su princesa, su secreto. «Sobre tu boca lo diré temblando y mi beso romperá el silencio que te hace mía», susurró en italiano a la vez que la voz de Pavarotti declamaba en el altavoz.

Con un sordo quejido emitido por su alma herida, guardó los recuerdos en el cajón y cerró con llave. Apoyó los codos en la mesa, se sujetó la cabeza con las manos y su fuerte cuerpo se convulsionó en amargos sollozos.

Capítulo 1. Gabriela

Gabriela miró con un gesto que no disimulaba su disgusto al Decano de la Facultad de Historia donde trabajaba, pero él la estaba ignorando, revolviendo unos papeles sobre la mesa del despacho. Sabía que su actitud el año anterior no había sido del todo adecuada, había recibido quejas tanto de profesores como de algunos alumnos, y por ello se encontraba ahora sentada frente al Decano, como una niña que espera una reprimenda de sus padres. Pero no era una reprimenda lo que iba a recibir, sino un castigo. Y eso ella aún lo desconocía.

—Gabriela. —El Decano hizo una pausa y suspiró—. Tengo al Departamento de Estudios Medievales revolucionado por tu causa. Todos están preocupados, molestos, y temen que tu extraño comportamiento se repita este semestre y nos salpique a todos. No quiero enfrentarme al Rector para tener que explicarle por qué razones te propuse como Directora del Departamento, cuando has demostrado que quizá no estés preparada para un puesto de tanta responsabilidad.

Lo que había dicho él, ella ya lo sabía, pero tenía la firme intención de que ese semestre todo se calmara. Ella estaba más calmada. Había comenzado a ir a terapia otra vez, después de abandonarla intermitentemente durante los últimos siete años. Su yo interior parecía estar en consonancia con su yo exterior. Y eso fue lo que intentó explicarle al Decano. No quería que un despido manchara su impecable expediente académico. Sin embargo, no tuvo ocasión de hacerlo. Antes de que comenzara a hablar, él la interrumpió.

—Nos ha llegado la oferta de un seminario de seis semanas en la Univerzita Karlova de Praga, sobre el papel de la mujer en la Edad Media y sus conflictos con la Religión Católica. Entiendo que es un tema que te interesa especialmente, después de la tesis que presentaste hace cinco años. —Hizo una pequeña mueca. La tesis había levantado ampollas en casi todos los sectores académicos, en especial en la Facultad de Teología, sin embargo había sido calificada Cum Laude—. Creo que es una gran oportunidad para tu carrera. Te proporcionará un mérito más para que puedas acceder a la plaza de Directora que tanto deseas. Ya sabes que hay cierto profesor que te pisa los talones. Y él no se ha dedicado el último año a perder el tiempo como tú.

Gabriela asintió levemente. Era una oportunidad que no debía perder; sin embargo, odiaba Praga, odiaba esa ciudad con toda su alma, la odiaba por la simple razón que sabía que él estaba allí. Se preguntó con algo de desesperación si durante seis semanas podría evitar verlo. La ciudad era bastante grande, pero el ambiente académico demasiado pequeño. El corazón comenzó a latirle deprisa, tanto que pensó que el Decano podía estar escuchando el repiqueteo dentro de su caja torácica. No obstante, su gesto no cambió. Había aprendido a disimular su estado de ánimo en cualquier circunstancia, y aquella no iba a ser diferente.

El Decano la examinó fijamente tras las gafas de pasta. Gabriela era una mujer que adoraba y lo asustaba a partes iguales. Había rumores corriendo por la Universidad de que había seducido tanto a profesores como a alumnos. Pero de momento eran tan solo eso, rumores. Aunque tenía la certeza de que había mantenido una relación amorosa con un profesor casado. Su propia esposa había acudido a él suplicándole que intercediera, amenazándolo incluso con un escándalo si no la despedía. Intentó calmar a la mujer y habló con Gabriela antes del verano. Desconocía lo ocurrido, pero el profesor había pedido una baja médica y ese semestre no se había reincorporado a su puesto de trabajo.

Él tenía ya sesenta y dos años y tres nietos, pero sabía lo que era sentirse tentado por el pecado. Y Gabriela era el pecado. Observó su rostro concentrado en algún punto de la pared, decidiendo si aceptaba la oferta. Su gesto decidido, su mirada dulce como la miel y su pelo rubio, cayendo de forma desordenada, alrededor del óvalo de su cara de ángel, en mechones rizados. Pero no era eso lo que atraía a los hombres de Gabriela, que caían como polillas quemadas por una luz demasiado intensa, era su fragilidad escondida tras una estudiada frialdad. Era la necesidad de protegerla, de cuidarla, de hacer que sus ojos brillaran con alegría y apartaran esa enorme tristeza que, aunque lo intentara, era lo único que no podía ocultar a los demás.

—Acepto —dijo finalmente Gabriela volviendo su rostro hacia él.

El Decano se sobresaltó, tanto por sus pensamientos no demasiado decorosos, como por la extraña voz enronquecida de su profesora preferida. Gabriela era el pecado hecho carne. No tenía ninguna duda. Acomodándose en el sofá de cuero, esbozó un amago de sonrisa.

—Está bien—asintió—, enviaremos tu inscripción.

Gabriela solo hizo una pregunta más, en un tono académico y descuidado.

—¿Quién va a dar el seminario?

—El profesor Michael Wallace, de Oxford. ¿Lo conoces?

—He leído un libro suyo —fue lo único que contestó antes de salir por la puerta. En realidad, no era cierto. Le habían enviado por correo hacía varios años un manuscrito escrito por el famoso erudito, y no había podido pasar de la página cinco, de tan pedante e irrisorio que le pareció.

El Decano se sintió tan afortunado de que, por lo menos durante seis semanas, su problema se trasladara a miles de kilómetros que no se percató del suspiro de alivio que emitió Gabriela y en cómo se relajaron todos sus músculos.

«Gracias a los Dioses del Olimpo, en especial a Afrodita, que habéis decidido que él no sea el tutor del seminario», recitó en silencio Gabriela mientras recorría el pasillo hasta su despacho.

Una vez dentro, se sentó de forma desmadejada en la silla junto a su mesa. Se inclinó peligrosamente hacia atrás y miró al techo, coronado con varios alógenos. Estuvo así unos minutos, hasta que su corazón comenzó a latir de una forma acompasada. Se inclinó sobre la mesa y abrió el único cajón cerrado con llave. Sacó un pequeño libro, El Cantar de los Cantares, y lo abrió justo donde buscaba. Cogió la foto que llevaba allí escondida siete años y la miró con intensidad. Un hombre joven, de pelo moreno y ojos negros la miraba directamente sonriéndole con confianza. Sabía que esa sonrisa estaba dirigida únicamente a ella. Pero eso no era ningún consuelo. Escondió la foto en el libro y guardó el mismo en el cajón, que cerró cuidadosamente con llave.

De repente se sintió cansada, más cansada de lo que había estado nunca. Se apoyó en la mesa y dejó caer la cabeza sobre los brazos, llorando como hacía mucho tiempo que no hacía.

Tres días después, y una vez que hubo dejado preparado el trabajo pendiente de las próximas seis semanas, Gabriela cogió su coche y se dirigió a Madrid. Conectó el manos libres del teléfono y llamó a su hermana. No estaba muy segura de si dirigirse a casa de sus padres o pernoctar en un hotel.

—Gabi, ¿qué tal?

Gabriela hizo una mueca. Nadie excepto su hermana la llamaba así. Algo que ella odiaba, pero era su hermana adorada, así que se lo perdonaba todo, incluso la forma que tenía de destrozar su nombre.

—Bien, Adriana, voy camino de Madrid. —Hizo una pausa y suspiró—. ¿Están los papás en casa?

Adriana hizo una mueca casi idéntica a la que había mostrado su hermana a kilómetros de distancia. Nadie excepto ella la llamaba por su nombre completo. Para todos era simplemente Adri. Pero a ella, a su hermana adorada, se lo perdonaba todo, incluso la forma que tenía de imponer distancia solo con la simple pronunciación de su nombre completo.

—No, ya les dije que venías. —Se quedó en silencio un momento pensando en la forma más delicada de decírselo—. Ellos quieren aprovechar unos días más en la playa. Ya sabes que luego a mamá le resulta muy largo el invierno, y como sigue haciendo tan buen tiempo…

La explicación le pareció vaga y escasa. Sabía perfectamente que no había engañado a Gabi.

—Lo entiendo —contestó Gabriela con voz fría. La relación con sus padres había sido excelente durante los mejores años de su vida, pero después de lo sucedido siete años atrás se había roto definitivamente. Solo se reunían en contadas ocasiones y siempre en presencia de terceras personas, como si ninguno de los implicados tuviera el coraje de enfrentarse al otro en soledad. Ignorando el sollozo que amenazaba con estrangular su garganta, carraspeó y recuperó el control del volante fijando la vista y el pensamiento solo en la carretera.

—¿Te quedarás conmigo entonces? —El tono de su hermana tenía implícito el de súplica.

—Claro, Adriana, llegaré en unas dos horas si no pillo el atasco de las siete. —Su voz sonó como siempre, pero a su hermana jamás había podido engañarla.

—Está bien, te esperaré. Ten cuidado. Te quiero —se despidió Adriana.

—Lo tendré —afirmó Gabriela ignorando las dos últimas palabras. Cortó la comunicación, subió el volumen de la música y sintió como lágrimas ardientes se deslizaban por sus mejillas.

Finalmente llegó casi a las diez de la noche, había quedado atrapada por el atasco y por un accidente en la M-40. Aparcó en el garaje de sus padres, subió en ascensor los cinco pisos del edificio situado en el centro de Madrid, cerca del Paseo de La Castellana, y llamó a la puerta.

Adriana la recibió con una gran sonrisa y un abrazo que a Gabriela le costó unos instantes responder. No estaba acostumbrada a tanta efusividad, y eso la seguía poniendo un poco nerviosa.

—Pasa. Como he visto que tardabas, he encargado comida china —exclamó dirigiéndose a la enorme cocina con muebles encastrados de madera maciza—. ¿Quieres algo de beber?

—Una cerveza estaría bien —contestó Gabriela. Se sentía cansada por el viaje y le empezaba a doler la cabeza. Solo deseaba acostarse temprano, pero no quiso defraudar a su hermana.

Ambas cogieron las cervezas, las cajas de comida china y, dirigiéndose al salón, se sentaron en el sofá de piel marrón frente al televisor de plasma. Fuera seguía haciendo mucho calor para estar casi a mediados del mes de septiembre, pero dentro de la casa, con el aire acondicionado conectado, se disfrutaba de una agradable temperatura. Comenzó a relajarse cuando llevaba media cerveza bebida. Apenas probó nada de la comida. Se limitó a estar echada sobre el sofá observando y escuchando a su hermana, que hablaba sin parar. Hubo un tiempo en que ambas lo habían compartido todo, e incluso se pisaban las frases la una a la otra. Pero ese tiempo ya había pasado.

—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? —preguntó Adriana.

—Seis semanas.

—No veas cómo te envidio. ¡Otoño en Praga! Mientras yo sigo aquí encerrada con este calor. Adoro Praga, me encantaría acompañarte. Quizá pueda escaparme un fin de semana y visitarte.

—Eso sería estupendo.

De repente Adriana se quedó en silencio y la miró fijamente.

—¡Mierda! Él sigue allí, ¿no? Por eso estás tan seria.

Gabriela no contestó. Cogió lo que quedaba de su cerveza y la apuró de un trago. Luego, no pudiendo resistirlo más, sacó un paquete de tabaco del bolso y se encendió un cigarrillo.

—¡Puag! —Adriana hizo un gesto de asco apartándose la nube de humo que se formaba a su alrededor—. Sabes que eso mata, ¿no?

—Lo sé, solo estoy acelerando el proceso. —Gabriela hizo una mueca, pero no apagó el cigarro.

Su hermana cabeceó, aunque no dijo nada. Se había dado cuenta demasiado tarde de lo que suponía ese viaje para Gabriela.

—¿Lo verás?

—Espero que no.

—No vayas a buscarlo. Por favor.

—No tengo ninguna intención.

—Papá y mamá están preocupados por ti.

—¿Ah sí? —Gabriela enarcó una ceja en señal de escepticismo.

—Sí, después de lo que pasó en mi despedida de soltera.

—No quiero hablar de ello. Además, es mi vida y ellos dejaron muy claro que se iban a mantener al margen de ella.

—Sí, pero es que fue un escándalo. Y ya sabes cómo se pone mamá con estas cosas. Se preocupa demasiado de lo que piensen los demás.

—Mamá solo se preocupa de lo que piensen los de fuera, no de lo que sentimos los de dentro.

Adriana se quedó callada un momento, en cierta forma le estaba dando la razón a su hermana. Pero aun así tuvo que insistir.

—Reconoce que fue un despropósito acostarte con el prometido de mi mejor amiga, y encima la misma noche que ambas celebrábamos nuestras respectivas despedidas de soltera.

—En mi defensa tengo que decir que no creo que yo fuese la primera. En realidad, le hice un favor —replicó algo hastiada Gabriela. Apenas recordaba nada de aquella noche, todo se había difuminado en su mente, arrinconándolo junto con otros recuerdos no demasiado agradables.

—¡Joder, Gabi! Se iban a casar este mes. —Adriana golpeó de forma enfática con un puño un pequeño cojín de satén granate.

—Espero que no hubieran entregado la fianza del restaurante —fue lo único que contestó Gabriela.

—Pues sí, lo habían hecho, y también habían mandado todas las invitaciones. Ella ya tenía el vestido de boda y además su novio es hijo de uno de los mejores amigos de papá. ¿Te das cuenta de lo que hiciste?

—Sí, me acosté con un hombre que quería acostarse conmigo y no con su prometida. No me arrepiento, si es eso lo que me preguntas.

—Gabi, Gabi, ¿cuándo volverás a ser la de siempre?

—Nunca —contestó.

Se levantó despacio. Apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal de Bohemia de su madre y se despidió de su hermana con un beso en la mejilla. Por esa noche ya había tenido suficiente. Jamás le confesaría que en realidad nunca llegó a acostarse con ese extraño, que se quedó dormido totalmente ebrio, roncando, y ella desapareció de la habitación apenas veinte minutos después de haberse registrado.

Entró en el baño y se apoyó con ambas manos en la fría y marmórea estructura del lavabo. No levantó la vista, pocas veces lo hacía, lo que su imagen le mostraba provocaba que se retrajera con un gemido angustioso. Lo sucedido hacía siete años la había destrozado, le había desgarrado el alma hasta convertirla en un desecho sin personalidad propia. No la había herido, la había convertido en una mujer rota. Y ella era plenamente consciente de ello, por eso se había alejado de todos cuantos amaba para no dañarlos con su simple presencia, porque no soportaba el dolor reflejado en sus miradas. Vivía de forma ermitaña, centrándose solo en su actividad profesional, evitando el contacto con la gente que la rodeaba. Porque tenía miedo, un miedo aterrador que la asolaba en sus pesadillas recurrentes. La culpa, se culpaba una y otra vez por algo que nunca debió culparse. Pero no hay peor juez que uno mismo, aunque eso Gabriela era algo que todavía no sabía.

Finalmente, en un acto de valentía, alzó la cabeza y observó sus enormes ojos ambarinos llenos de tristeza. Apretó con decisión la mandíbula y se obligó a seguir viviendo. Sin embargo, había dejado de vivir hacía siete años, desde aquella fecha solo se limitaba a sobrevivir, y de una forma que la estaba destrozando como persona.

«—No me abandones, ahora no. Sin ti ya no me queda nada —le había suplicado con lágrimas en los ojos.

Él cerró los suyos como si solo mirándola estuviera sintiendo un profundo dolor.

—Me dijiste que me amabas, que nada cambiaría eso —lo intentó de nuevo ella.

—Todo ha cambiado. Ahora vete —masculló él apretando la mandíbula, y alargó una mano para acariciarle con el nudillo una lágrima furtiva. La retiró al instante, arrepintiéndose de su contacto, y se giró para no ver el gesto angustiado de ella.»

Gabriela miró una última vez su reflejo en el espejo, ahora nublado por la humedad que corrompía sus ojos. Suspiró hondo y tragó saliva con fuerza luchando con la oclusión que le cerraba la garganta. Finalmente se giró y caminó lentamente hacia la cama, donde se acostó temblando, con la extraña sensación de que el mundo estaba conteniendo la respiración para soltarla en forma de tormenta.

Adriana se quedó un rato más viendo la televisión, pero sin seguir ningún programa en concreto. Estaba muy preocupada por su hermana. A veces parecía que la antigua Gabi resurgía, su carácter extrovertido, su energía vital y contagiosa, la empatía inherente a su alma, y de repente, todo se volvía a descontrolar. Adriana era una mujer dulce y considerada, pero había jurado hacía muchos años que si tuviera frente a ella al hombre que destruyó a su hermana lo mataría con sus propias manos. Jamás le confesaría a su hermana que ella conocía la verdadera historia del prometido de su amiga, que llorando arrepentido había confesado la verdad. Gabi mantenía aquel episodio escabroso haciendo alarde de su carácter cínico e indiferente, cuando en realidad ella sabía perfectamente cómo era su hermana. Y por milésima vez juró vengarse del hombre que destrozó el alma de Gabi hasta que la convirtió en un despojo humano. Apagó la tele dando un golpe brusco con el mando sobre la mesa y se acostó.

Al día siguiente una llamada de teléfono despertó a Gabriela.

—Gabriela, cielo, ¿estás en Madrid? —Era la voz de Elena, una colega que también acudía al mismo seminario de ella.

—Lo estoy —contestó Gabriela con la voz demasiado ronca por el sueño.

—¿Puedes venir a buscarme a la estación de Atocha? Llego en una hora. Tengo hasta las cuatro de la tarde libre, si quieres que nos tomemos algo por ahí antes de que salga mi vuelo.

—De acuerdo. Allí estaré.

Gabriela se levantó despacio y entró en el baño. Se dio una larga ducha y se vistió con un vestido de lino color bronce y unas sandalias en el mismo tono. Apenas se maquilló. Se tomó un café solo en la cocina y vio la nota que le había dejado su hermana:

Gabi, te he visto tan dormida que no he querido despertarte. Desayuna lo que quieras. Te espero para comer. Salgo a las tres, pero intentaré escaparme un poco antes. Tenemos que hablar de la boda. Tengo muchas cosas que contarte. Te quiero.

Gabriela suspiró pensando en la tarde que le quedaba junto a su hermana. La iba a volver loca con detalles del vestido, de las flores, de los invitados, del viaje y de una larga relación de cosas que a ella apenas le importaban. Pero era su hermana y estaría allí con ella, porque se lo debía. Ella nunca la abandonó cuando todos los demás sí lo hicieron.

Aparcó el coche en un subterráneo cercano a la estación de tren y esperó fuera fumándose un cigarro hasta que vio salir a Elena, cargada con una enorme maleta y dos bolsos. Esbozó una pequeña sonrisa y no pudo evitar observar como las miradas de los hombres se dirigían hacia ella como un imán. Elena se denominaba a sí misma «una depredadora sexual» y todo en ella, desde la forma sinuosa de caminar, hasta el modo en que se apartaba la melena de color negro azabache de su rostro moreno, lo señalaban, como si tuviera flechas de neón sobre su cabeza. Sin embargo, era una compañera divertida, sobre todo si ibas a pasar seis semanas en una ciudad desconocida, durmiendo en hoteles y con la única compañía de tu ordenador portátil.

Llevaron las maletas al aparcamiento subterráneo y salieron al caluroso día de septiembre, caminando tranquilamente en busca de una cafetería donde almorzar.

—¡Dios! No me puedo creer la suerte que he tenido de conseguir plaza en este seminario, con lo solicitado que estaba. He tenido que devolver algún favor, tú ya me entiendes. Pero seis semanas en Praga, con todos los gastos pagados y con el profesor Michael Wallace como tutor, lo merecían —exclamó Elena completamente entusiasmada—. ¿Cómo lo has conseguido tú?

Gabriela, ignorando el entusiasmo de Elena y también las miradas dirigidas a ellas de cuantos hombres se encontraban por el camino, solo contestó:

—Me lo ofrecieron y tuve que aceptarlo.

Lo que no mencionó fue que se vio entre la espada y la pared, obligada a acudir al odioso seminario.

—Se parece a Henry Cavill.

—¿Quién? —preguntó Gabriela desconcertada. No sabía a quién se refería.

—El profesor Wallace. Está buenísimo. Tengo unas ganas tremendas de conocerlo, y sobre todo, ya sabes, pues bueno, que has estado en más seminarios como este. Todos estaremos en el mismo hotel y una cosa puede llevar a otra y…

Gabriela la estaba mirando con una mezcla de sorpresa e incredulidad en su mirada. En lo que menos estaba pensado ella era en algo como eso. Pero claro, la fama de Elena era de sobra conocida. Era una mujer impresionante, de casi cuarenta años, alta y robusta pero con curvas donde había que tenerlas. Imponía tanto a hombres como a mujeres.

—Pero si es inglés, y de Oxford, un Dons—afirmó Gabriela, como si ello fuera sinónimo de algo desagradable—. Seguro que también es un Old Etonian.

—Desde luego, ¿es que no has leído su biografía? ¿No has visto nunca una foto suya?

—Pues no.

—Te mandaré una al móvil. Ya verás que tengo razón.

Gabriela cabeceó sin fiarse para nada de los gustos de su amiga.

—Llevará chaquetas de tweed con pajarita y calcetines a cuadros. ¡Oh! Y también pantalones de pana marrón desgastados en las rodillas.

Elena rio con ganas.

—Se peinará con raya a un lado y se engominará bien el pelo, para que ninguno ose salirse del orden perfecto de un caballero inglés. Usará gafas de pasta y seguro que hasta fuma en pipa.

—¡Pero Gabriela! ¿Con cuántos profesores de Oxford te has topado?

—Con bastantes, y a cuál más aburrido e insulso que el anterior.

Elena siguió riendo y de repente se quedó seria y la miró.

—Oye, ¿no lo querrás para tu colección?

—¿Quién? ¿Yo? Nada más lejos de la realidad. ¿Es que no has escuchado nada de lo que te he dicho? —replicó Gabriela algo ofendida.

—Bueno, pues las manos quietas, angelito, que este a mí no se me escapa.

—¿Ah, no?

—No, aunque lo tenga que atar con cuerdas a la cama.

—Cuidado Elena.

—¿Por qué?

—Creo que se te acaban de caer las bragas al suelo.

—No seas vulgar, Gabriela, ese no es tu estilo.

—No, tienes razón. Es el tuyo. —Pero Gabriela no lo decía con maldad. Elena la divertía y seguro que iba a ser un grato espectáculo ver al modosito profesor inglés intentar escapar de las garras de una loba como ella.

Todavía seguían riendo cuando entraron en la cafetería.

Un joven camarero de no más de veinte años se dirigió a ellas, que se habían sentado en una mesa junto a la cristalera que daba al exterior. Ambas se volvieron a mirarlo y él súbitamente se ruborizó. Las dos mujeres ocultaron una sonrisa similar y cruzaron sus miradas. El camarero apuntó el pedido y se dirigió detrás de la barra a prepararlo pensando que aquel sí que era un día con suerte.

Capítulo 2. Michael

El profesor Michael Wallace paseaba con un papel en la mano, en su amplio despacho del Balliol College, parando de vez en cuando de forma ausente, repasando la lista de sus alumnos, todos profesores como él, del seminario en la Univerzita Karlova de Praga al que se había comprometido a asistir como ponente. En el exterior, se extendía un jardín que se perdía en un pequeño bosque decorado con ocres otoñales; sin embargo, no era un hombre dado a perder el tiempo observando las excelentes vistas de que disfrutaba a diario. Se detuvo un momento en el centro de la estancia con gesto concentrado. Creía conocer a casi todos, tres mujeres y siete hombres. Solo uno de ellos le era desconocido, el profesor Gabriel A. Ruiz de Lizárraga. Se acercó al ordenador y buscó información en la red. Esperó unos segundos pero no obtuvo respuesta. Ese hombre parecía no existir. Pensó que se lo habían endosado en el último momento para llenar el cupo. El nombre era pomposo y antiguo. Supo al instante que sería un pedante profesor con ínfulas de semidiós. Le gustaba conocer y estudiar los trabajos de sus alumnos antes de comenzar sus clases, así jugaba con la ventaja de saber cuáles eran los intereses de cada uno. Se pasó una mano por el pelo castaño oscuro desordenándolo de tal modo que quedó como un revoltijo de ondulaciones sobre su rostro serio. Suspirando apartó el ordenador y se centró en preparar sus clases.

Cuando le ofrecieron el seminario en Praga no tuvo ninguna intención de aceptar. Tenía todo el trimestre Michaelmas completo y se había comprometido a supervisar el postgrado de tres alumnos. Ese seminario iba a suponer una carga adicional cuando regresara, sin embargo una serie de acontecimientos externos a sus intereses académicos le había obligado en cierta manera a aceptar. Uno de ellos estaba entrando en ese mismo momento por la puerta.

—Cariño, ¿te pillo en mal momento? —le preguntó una cabeza morena de pelo largo asomándose cuidadosamente tras la jamba de madera.

—Para ti siempre tengo tiempo —se obligó a contestar el profesor Wallace.

—¿Cuándo te vas? —inquirió la joven haciendo un mohín.

—Dentro de dos días —contestó él observándola con atención. Era una mujer atractiva, muy atractiva. Una joven profesora adjunta del Departamento de Literatura Inglesa. Se habían conocido unos meses atrás en una fiesta organizada por su College. Sin duda tan tediosa como las HighTables, pero ella contribuyó a animarlo desde que la vio. Y desde ese mismo momento la profesora Phillips decidió que ese hombre iba a ser el definitivo. Sin embargo, no había contado con la opinión de la otra parte, que prefirió durante meses compartirla con otras mujeres. Algo que, por supuesto, ella desconocía.

—Será mucho tiempo separada de ti —suspiró ella volviéndose y cerrando la puerta del despacho con llave.

Él enarcó una ceja y la miró interrogante. Sabía lo que se proponía. No era la primera vez que lo hacían. Le tendió una mano y la acercó a su cuerpo. Ella lo empujó contra la pesada mesa de madera maciza y se arrodilló frente a él. Michael esbozó una sonrisa burlona y seductora, mientras se dejaba desnudar por la joven profesora. Ella apresó entre las manos su miembro y lo acarició con habilidad, haciendo que él echara la cabeza hacia atrás y emitiera un pequeño gruñido de placer. Cuando Michael sintió que su pene estaba en la boca de ella tuvo que sujetarse al borde de la mesa. Ella succionó y presionó con los dientes con firmeza pero sin dañar, de una forma experta y condenadamente sexual. Michael respiró de forma agitada mientras su placer se centraba en su miembro palpitante. A punto de perderse, la sujetó de los brazos y la levantó hasta dejarla casi a su altura. Con una mano rápida le levantó la falda y tanteó entre sus piernas desnudas. No llevaba ropa interior. Ahogó una risa de satisfacción en su hombro. Aquella mujer sabía perfectamente sus gustos, y no dudaba en aplicarlos cada vez que estaban juntos. Desabotonó su blusa con la única mano que tenía libre y atrapó un pezón con los labios, haciendo que ella gimiera. Sin perder más tiempo se giró y la sentó sobre la mesa acercándola a su pene erguido, penetrándola con fiereza. Ella se sujetó a las solapas de su traje gris de Armani dejándose llevar y moviendo las caderas al ritmo que él impuso. Michael esperó a sentir el estallido del placer de ella, que se desplomó contra su pecho apenas sin respiración y solo entonces se dejó llevar cogiéndola por su estupendo trasero.

Fueron unos simples minutos. Unos minutos de gratificante sexo para el profesor Wallace, y unos minutos de completa entrega para la profesora Phillips. Michael sabía que durante los meses que llevaban de encuentros sexuales había hecho de todo por seducirlo y atraparlo entre sus redes, pero él era un hombre libre, y quería seguir siéndolo. Finalmente la besó en la punta de la nariz y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa con dulzura, pero él se apartó bruscamente. Juraría que había visto el brillo de un diamante reflejado en el iris de sus ojos marrones. Y él no estaba preparado para eso. Con esa mujer no. De hecho, con ninguna mujer. Pero el sexo entre ellos era muy bueno, y el profesor Wallace no dejaba escapar ninguna oportunidad en su vida, fuera de la índole que fuera.

Y la oportunidad de escapar a los problemas que lo acuciaban en Inglaterra era el seminario en la Univerzita Karlova, donde podría tener el tiempo necesario para solucionarlos. Y así el ser tutor de un seminario sobre el papel de la mujer en la Edad Media durante más de un mes en una ciudad como Praga se tornó de repente una idea muy atractiva.

Capítulo 3. No lo hagas, Gabriela…

Gabriela adoraba volar, en el cielo se sentía libre y hasta se imaginaba flotando entre las nubes como un pájaro. Nada la relajaba más que eso. Sin embargo, esa vez fue diferente. A medida que se alejaba de España atravesando el cielo de Europa se iba sintiendo cada vez más intranquila, su fuerza, su seguridad conseguida con gran esfuerzo a través de los años, se iba difuminando dejándola con un sentimiento de debilidad que la asustaba. Los recuerdos del miedo y la soledad con que había abandonado Praga siete años antes se abrieron paso en su mente como un tren de alta velocidad, arrollándolo todo a su paso. Se dio cuenta de que respiraba agitadamente y de que no podía pensar con claridad. Aferró sus manos al asiento del avión y comenzó a contar despacio, intentando dejar su mente en blanco. No lo consiguió. No era su recuerdo lo que la atormentaba, eran los sentimientos que este provocaba en ella. La dejaba aturdida y desesperada, como si estuviera cayendo por un precipicio que no tenía final. Las luces rojas del avión se encendieron indicando que se abrocharan los cinturones, pero ella, con los ojos firmemente cerrados, ni siquiera se percató. Cuando el avión entró en una zona de bajas presiones y bruscamente descendió unos cientos de metros, fue cuando abrió los ojos y emitió un grito agudo, que sobresaltó a todos los que la rodeaban.

—Lo… lo siento —murmuró a nadie en particular, sintiéndose completamente avergonzada.

—No se preocupe, querida —la tranquilizó una mujer mayor que iba sentada a su lado, dándole unos golpecitos en el brazo, completamente tenso—, a todos nos da miedo volar. Sobre todo cuando el avión se bambolea de este modo.

La mujer hizo una mueca y ella misma se sujetó con fuerza al asiento.

—Tengo que volver. No puedo hacerlo. No puedo. —Gabriela hablaba con voz ahogada, como si algo le estrangulara las cuerdas vocales, mirando fijamente la bandeja de plástico cerrada frente a ella.

—Tranquila, joven —volvió a decir la mujer sentada a su lado—. ¿Quiere que avise a la auxiliar de vuelo? ¿Necesita algo?

—¿Qué? —Gabriela la miró asegurándose de que esa persona fuera real y no fruto de su imaginación.

Pero la mujer ya estaba revolviendo algo en su bolso y con un gesto triunfal le entregó una pequeña pastilla blanca.

—Tómesela —le instó suavemente—, solo es un producto homeopático para el nerviosismo. Le hará bien.

Gabriela la cogió mecánicamente entre sus manos y se la tragó sin esfuerzo. La mujer le hablaba como lo haría a una hija o un paciente, y ella se aferró a esa cálida sensación de confianza, con la desesperación de un náufrago a un salvavidas.

La pastilla blanca homeopática era en realidad un narcótico bastante fuerte, pero la mujer con aspecto de matrona entrada en la tercera edad y gesto amable había trabajado casi treinta años como enfermera y viendo el estado de su compañera de viaje, temiéndose un ataque de nervios, y que esa pobre muchacha quedara en evidencia frente a todo el pasaje, porque eso era lo que iba a suceder si ella hubiese tardado un poco más en entregarle la medicación, se apiadó e hizo uso de sus poco escrupulosos métodos médicos. Lo que no podía conocer aquella mujer era que Gabriela no metabolizaba precisamente bien las drogas, cualquier tipo de ellas, porque en realidad nadie excepto su terapeuta, y Narcóticos Anónimos conocían las adicciones de Gabriela.

Por esa razón cuando aterrizaron en el Aeropuerto Ruzyne de Praga, Gabriela se sentía como si estuviese flotando todavía en el cielo, volando cual pájaro, y todas las preocupaciones que la habían atrapado ahogándola en el reducido espacio del avión ahora eran solo virutas de bruma dispersas en su mente totalmente embotada.

Cogió un taxi y le dio la dirección del hotel. Todavía algo atontada, se fijó en el nombre detenidamente y se dio cuenta demasiado tarde de que aquella dirección no era la misma que le había indicado Elena. Por lo visto iba a ser la única de todo el seminario que estaría en otro hotel. Mascullando en voz baja e ignorando la mirada sorprendida que le dirigió el taxista por el espejo retrovisor, pensó si habría sido idea del Decano, previendo futuros problemas, o simplemente que debido a que fue la última en apuntarse no había plaza en el hotel que todos compartirían. Se inclinaba por la primera opción. Y había acertado, porque si hubiera visto al Decano de su Facultad en ese momento, le hubieran dado ganas de propinarle un puñetazo.

Con una gran sonrisa el Decano comprobó la hora en su reloj de oro, regalo de su esposa por sus bodas de plata, y suspiró con satisfacción. A esa hora Gabriela ya habría aterrizado en Praga. Sacó una botella de brandy escondida detrás de unos libros y se sirvió una generosa cantidad en un vaso de plástico. Se bebió la mitad de un trago y mientras disfrutaba del calor que la bebida le proporcionaba, sintió un inmenso alivio. Seis semanas. Seis largas semanas sin problemas frente a él. Tarareando una cancioncilla apuró el licor y salió del despacho dirección a su casa.

El taxista dejó a Gabriela frente al hotel media hora después. Ella dirigió su vista hacia el impresionante edificio de piedra. Estaba cerca del casco histórico, podría visitar el centro de la ciudad caminando. Entró al vestíbulo y suspiró extasiada aspirando el quedo olor a madera recién pulida y a flores frescas. Gabriela odiaba los hoteles modernos, donde todo era blanco o de acero. Aquel, sin embargo, todavía guardaba en sus rincones y en su esencia el recuerdo del Imperio Austro Húngaro.

Una placa dorada cerca de las puertas giratorias señalaba que había sido un palacio en el siglo XVIII, posteriormente reconstruido como hotel. A la izquierda, se abrían unas puertas que daban a un bar, donde un pianista vestido con esmoquin tocaba una melodía cadenciosa sobre una tarima. Frente a ella se encontraba la pequeña recepción de madera noble. Detrás de ella, los casilleros. Pudo ver que había pocas habitaciones. A ella le habían asignado una suite simple en el primer piso. Cogió el ascensor, que en realidad era un montacargas restaurado y que se cerraba con un enrejado metálico de color bronce, y subió a la habitación con una sonrisa en los labios.

Una vez dentro de la habitación comprobó su sencillez, y también su comodidad. Amueblada con una cama individual, una mesilla y un pequeño armario disimulado en la pared tapizada en tela en diversas tonalidades crema. Deshizo apenas las maletas y encendió el teléfono móvil, esperando a que este se conectara a la señal del satélite de la República Checa.

Se sentó en la cama y cogió el dossier del seminario: La mujer en la Edad Media, la historia contada a través de la Iglesia Católica, rezaba el título. Comenzó a leer y paró en un párrafo en concreto «La Iglesia tenía reservadas para la mujer dos imágenes en una sociedad, cada vez más compleja y difícil de controlar. La primera de ellas es Eva, que surgió de la costilla de Adán y su traición hizo que ambos fueran expulsados del Paraíso. La segunda es María, en representación de la virginidad, la abnegación como madre y el ideal como esposa.»

Y los recuerdos la inundaron de nuevo turbando su mente, como si hubieran estado esperándola a que ella regresara a la ciudad que acabó destruyendo toda su existencia. Se levantó lentamente y caminó hasta la ventana, observando la pequeña callejuela de piedra canteada con la mirada perdida. «No podré soportarlo. Otra vez no», pensó, sintiendo como la rodeaban las arenas movedizas haciendo que su estabilidad física y mental se tambaleara peligrosamente. Se sentía vulnerable y vulnerada. Se volvió como si algo dentro de su bolso la llamara en quedos susurros y lo abrió. Sacó un pequeño papel arrugado, lo desdobló y lo miró con cautela. No debió hacerlo. Pero su mente castigada no le dio otra opción. Sus dedos volaron sobre el teléfono y marcó el número señalado en el papel. Había caído de nuevo, de forma cobarde, en un precario intento de huir de su recuerdo.

—¿Cyrill Novotný?

—¿Quién eres? —preguntó una voz de hombre en checo.

Gabriela, aunque no sabía una sola palabra en ese idioma, entendió perfectamente el significado de la pregunta.

—Me envía Alexsej. Me ha dicho que tú me facilitarías lo que te pidió —contestó en inglés.

El hombre se quedó callado unos instantes. Finalmente le dio una dirección tan rápido que a Gabriela apenas le dio tiempo a memorizarla.

Una hora después estaba frente a un edificio viejo y algo desvencijado del barrio judío. Cualquiera se hubiera vuelto atrás, cualquiera hubiera visto que aquella zona era peligrosa, sobre todo para una mujer sola, joven y frágil. Pero eso a Gabriela le era indiferente, porque el dolor físico no tenía comparación con el dolor del alma, y por eso, haciendo honra a su despreocupado interés por su propia vida, entró en el edificio con decisión. Buscó la puerta del apartamento que le habían indicado y llamó. Un hombre joven vestido solamente con un pantalón de chándal completamente cubierto de manchas le abrió la puerta, y del apartamento salió el olor, picante y dulzón, inconfundible del hachís. Cuando el hombre le dejó entrar comprobó que el olor también brotaba de él como si lo emanase por cada poro de su cuerpo en volutas invisibles, mezclado con sudor seco y restos de comida.

—Pasa, preciosa. —El joven hizo un gesto de admiración con sus ojos examinándola de arriba abajo.

Gabriela ignoró su mirada y la paseó por el oscuro apartamento, donde todo estaba sucio y desordenado. Varias cajas de pizza a medio comer descansaban sobre una pequeña mesa de madera en el centro de la habitación, y en un sofá de terciopelo verde raído roncaba otro hombre.

—¿Tienes lo mío?

—Sí. ¿Quieres tomar algo de beber? Solo tengo cerveza.

—No quiero nada. ¿Dónde está?

El joven parpadeó sorprendido por su voz ronca y su gesto serio, y se giró a buscar algo en un cajón de un pequeño aparador antiguo de madera bastante estropeado, como si hubieran jugado con él a clavarle dardos. Quizás en alguna borrachera hubiera sido eso lo que en realidad sucediera.

Gabriela no se movió de su sitio junto a la puerta, hasta que el hombre le entregó dos bolsas de plástico cerradas herméticamente. En una había una provisión abundante de hachís, y en la otra varios gramos de coca.

Cogió la de coca, la abrió y con un dedo que impregnó levemente con el polvo blanco se lo pasó por las encías comprobando su calidad. Era buena.

—¿Quieres probarla? —El joven se volvió y sacó del bolsillo de su pantalón una bolsa casi idéntica y esparció un poco sobre el aparador de madera. Con manos habilidosas utilizó una tarjeta de crédito para preparar dos líneas simétricas.

Gabriela era perfectamente conocedora del error que estaba cometiendo. Pero su angustia, su desesperada ansia por huir de la realidad, la empujó con una mano invisible hasta acercarse a lo que ella consideraba su salvación. Pensó de forma absurda que quizás así dejara de sentir la extraña sensación de levitación que la había acompañado desde que ingirió la pastilla ofrecida por la amable señora del avión. Así podría recuperar algo de estabilidad y pensar con claridad. Pero no se había dado cuenta, aturdida su mente, de que hacía ya siete años que no pensaba con claridad, alternando episodios en los que estaba completamente perdida y otros en los que la culpa la sumía en depresiones tan profundas que no conseguía despertar del todo.

Gabriela no había tomado drogas en toda su vida, ni siquiera un simple cigarrillo en sus años adolescentes. Siempre lo había odiado, porque odiaba a las personas débiles, a las personas que se dejaban guiar por sus instintos y no por su mente. Y ella tenía una mente brillante y un futuro que refulgía esperando ser atrapado. Sin embargo, después de aquello que la marcó a fuego hacía siete años, todo cambió. Le recetaron antidepresivos y somníferos, que abandonó porque no conseguía concentrarse lo suficiente para llevar a cabo su trabajo como becaria y a la vez conseguir terminar su tesis. Meses más tarde un compañero le ofreció una raya de coca, y le dijo que con eso podría soportar las largas horas de estudio e investigación. Y tenía razón. Además, tenía otro beneficio añadido. Le daba una asombrosa claridad a la hora de escribir, las palabras fluían de su mente con vida propia y se aferraban a la pantalla del ordenador, creando lo que a ella estando sobria no se le ocurriría. De ese modo pudo terminar su tesis mucho antes que los demás estudiantes, y escandalizar al mundo académico con sus teorías. Lo que no sabían los sesudos catedráticos que la habían examinado era cómo lo había conseguido. Si lo supusieran, seguro que no la hubieran calificado cum laude. Cuando estaba en ese estado ausente de realidad podía olvidarse de lo que tanto dolor le producía, y solo por eso, las drogas eran una parte muy importante de su vida. Una parte oculta a todos, pero ella tenía muchos secretos, y ese solo era uno más de ellos.

Sin pensarlo más se inclinó, enrolló un billete y aspiró con fuerza por la nariz.

—Ahhh —exclamó sintiendo hormiguear la droga dentro de sí, aprisionando y liberando cada músculo en tensión como el apretón de manos de un viejo amigo.

El hombre hizo lo mismo que ella y la miró directamente.

—¿Quieres quedarte, guapa? —Le hizo un guiño que pretendió ser seductor, pero sin embargo solo consiguió bizquear como un búho.

—No —contestó Gabriela dejando encima del aparador el dinero acordado y saliendo por la puerta sin mirar atrás.

Cuando pisó la calle tuvo que entrecerrar los ojos ante tanta luz, sin embargo el día estaba nublado. Sabía que era un efecto producido por la droga. Llevaba sin consumir tres años, pero la necesidad había ganado a la culpa. Él se había filtrado en su mente como una corriente silenciosa rompiendo todas las defensas construidas a lo largo de los años, y la sensación de estar hundiéndose en arenas movedizas había regresado con mucha fuerza. Y ella necesitaba algo a lo que aferrarse, y se había aferrado a lo único que había supuesto un pequeño consuelo los últimos siete años.

Caminó despacio hasta el hotel siguiendo las indicaciones del GPS instalado en el teléfono para no perderse en los callejones adoquinados de la señorial Praga. Atravesó la Plaza de la Ciudad Vieja llena de turistas, con sus cafeterías y restaurantes que desplegaban sus terrazas cubiertas a la espera de algún espectáculo nocturno. Pasó por delante de la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn y se abrió espacio entre la pequeña muchedumbre que esperaba al pie de la torre del Ayuntamiento a que el reloj astronómico diera la señal, recordando a todos los mortales que les quedaba una hora menos de vida. Siguió caminando por las calles esquivando gente hasta que llegó a la puerta del hotel. Entró en el cálido vestíbulo y estaba a punto de coger el ascensor cuando lo pensó mejor. Todavía no le apetecía encerrarse en la habitación. Necesitaba tomar algo, así que se giró y entró caminando lentamente al bar, donde el pianista seguía tocando algo suave y adormecedor al fondo.

Capítulo 4. Por supuesto, Gabriela… ¡tampoco hagas eso!

El profesor Michael Wallace odiaba volar. Odiaba volar porque se mareaba en cualquier medio de transporte que él no condujera, y por el momento, pilotar un avión no estaba dentro de sus numerosas habilidades.

Antes de embarcar sacó una pastilla blanca del bolsillo de su pantalón vaquero y la sostuvo en la mano un momento. Odiaba las drogas, cualquier tipo de ellas. Y en especial a los que las consumían. Nunca las había probado, pero sabía lo que podían llegar a producir. Lo sabía de un modo muy cercano y certero. Era otro de los motivos por los que aceptó a duras penas el seminario. Dudó unos instantes, antes de enfrentarse a la infernal máquina que lo iba a transportar de Londres a Praga. Finalmente, con un gesto brusco, se la tomó. El médico le había comentado que era simplemente un relajante muscular y que ello le permitiría dormir, en vez de estar encerrado con la cabeza metida en el inodoro del avión todo el trayecto. Por ello, cuando aterrizó en el Aeropuerto Ruzyne, a mitad de la tarde, todavía sentía una extraña sensación de entumecimiento en todo su cuerpo, y su mente estaba demasiado cerca del cielo y no del suelo, que era donde debía estar.

Cogió un taxi y le indicó la dirección del hotel. Había solicitado un hotel diferente al del resto de los integrantes del seminario por una única razón, ya había estado en demasiados y sabía lo que acabaría pasando. Reuniones en el lobby del hotel hasta que lo cerraban, demasiada bebida y alguna estudiante demasiado encandilada y dispuesta a que él la llevara a su habitación. Y eso era algo que él no deseaba. Había ido a Praga a intentar solucionar los problemas que lo acuciaban en Londres, y lo que menos le interesaba en ese momento era meterse en más líos.

Cuando el taxi paró frente al hotel, lo miró hastiado. Odiaba los hoteles antiguos, él era Doctor en Historia Medieval, y cuando salía de la ciudad medieval de Oxford, lo que más apreciaba eran los hoteles modernos, blancos y de acero, donde pudiera escapar aunque fuera unos pocos días de todo lo que le rodeaba normalmente.

Se acercó al mostrador de check in y cogió la llave de la habitación que le habían reservado. La suite del ático. La mejor, según le dijo la amable recepcionista, que le sonrió con candidez y le instó a que pidiese cualquier cosa que deseara. Haciendo hincapié en la palabra cualquier. Él enarcó las cejas, le dio las gracias y subió a la habitación. Una vez allí deshizo las maletas, ordenó cuidadosamente en el armario y en la cómoda toda su ropa y, viendo que todavía era demasiado temprano y seguía teniendo la cabeza demasiado embotada, bajó al bar del hotel a tomar algo antes de cenar.

Michael se encontraba sentado en una mesa cerca de la ventana, frente a la puerta, leyendo en su tablet el archivo que le había enviado su profesor adjunto. Era un resumen de la tesis del misterioso profesor Gabriel A. Ruiz de Lizárraga. Cogió el vaso de whisky y se lo llevó a los labios. Enarcó una ceja, sorprendido ante lo que estaba leyendo. Tenía que reconocer que el profesor tenía coraje, nadie en sus cabales se hubiera atrevido a exponer así sus teorías sobre el conflicto de la Iglesia Católica con la mujer, y en especial tomando en consideración y como ejemplo la discutida virginidad de la Virgen. Se preguntó qué demonios estaría haciendo ese profesor en este seminario, cuando estaba claro que sus intereses académicos no estaban dirigidos a lo que él se proponía desarrollar durante esas seis semanas.

En ese momento algo lo distrajo, un soplo de aire suave y cálido sobre su nuca descubierta, una nota discordante que provenía del piano, el súbito silencio de los murmullos del resto de la gente sentada en mesas a su alrededor. Levantó la vista. Y en ese instante la vio.

Un rayo brillante de luz que se había filtrado tímido entre dos nubes iluminó a la joven que entraba en ese momento en el bar, caminando como si flotara. Su pelo dorado atrapó la luz solar y creó destellos crepitando como pequeñas estrellas a su alrededor. Ella giró hacia las mesas dudando si sentarse o permanecer en la barra. Pudo observar su rostro de formas delicadas, sus ojos almendrados, de un tono claro, aunque no pudo distinguir a esa distancia cuál era su color, y cómo se mordió un labio carnoso dudando. Finalmente se decidió por la barra.

Antes de que se sentara en un banco alto, un camarero pasó a su lado mirándola embelesado y tropezó, dejando caer una caja de servilletas que llevaba en la bandeja. Ella le sonrió y se agachó antes que él a cogerla, y entonces pudo apreciar la perfecta forma de su trasero enfundado en unos vaqueros negros que se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel. Pero no era eso lo que lo había sorprendido, sino la sonrisa de la joven, que tenía el poder de derretir un iceberg si se lo propusiera. Michael parpadeó varias veces y se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta, que cerró con un fuerte golpe de mandíbula. Sintió una punzada en la entrepierna y tuvo que acomodarse de nuevo en la silla. A su mente acudió un recuerdo de sus años de estudiante, «era una doncella enguirnaldada de un brillante esplendor», esa era la descripción de Galadriel, la reina de los Elfos realizada por J.R.R. Tolkien. Con algo de estupor, se preguntó si debajo de la americana negra escondería unas alas de suave algodón y plumas blancas.

La joven se sentó y pidió una bebida. Él siguió observándola, como la mayoría de los que estaban en ese momento en el bar. Hasta el pianista pareció afectado y comenzó a tocar Claro de Luna de Debussy. Ella se giró hacia la música y cerró los ojos con una expresión muy parecida al éxtasis. Michael se volvió a remover inquieto en su asiento. Aprovechando que el camarero pasaba a su lado, le pidió otra copa.

—¡Qué curioso! —le comentó este—. La señorita que está sentada en la barra acaba de pedir lo mismo que usted. Es extraño que ambos hayan coincidido, ¿no cree?

Michael lo miró sin contestar. No sería demasiado extraño si no fuera porque él había especificado la marca de whisky puro de malta que siempre tomaba en Inglaterra, Lagavulin, su preferida, y era extraño más que nada porque lo estaba bebiendo una mujer. Era difícil encontrar una mujer que disfrutara del seco y abrasador whisky.

Animado por ese dato, cerró la tablet y se olvidó del profesor Gabriel A. Ruiz de Lizárraga por completo, para centrarse en la reina de los Elfos que tenía frente a él.

—Sírvamelo en la barra, y sírvale otro a la joven de mi parte —ordenó al camarero.

Este hizo una inclinación de cabeza y se dirigió detrás de la barra.

Michael se levantó con gesto decidido y se sentó en el banco más próximo a la joven rubia. Ella ni siquiera notó su presencia. Sujetaba entre las manos el vaso de whisky girándolo con expresión ausente, lo que le dio la oportunidad a él de observarla con más atención. Tenía un perfil digno de retratar, la nariz con un arco perfecto, las mejillas algo sonrosadas sobre una piel casi traslúcida. No era muy alta. No creía que llegara al metro setenta. Frente a su altura de un metro noventa, podía considerarse pequeña. Fijó la atención en su muñeca, que sobresalía de la americana, admirando su delgadez y la línea recta de los huesos que terminaba en una mano de dedos largos, sin anillos. Suspiró, no lucía alianza. Aunque eso tampoco indicaba que no estuviese comprometida.

El camarero puso otro vaso de whisky frente a ella, y esta levantó la vista.

—La invita el caballero que está sentado a su izquierda —fue lo único que dijo, con una sonrisa cómplice.

Si Michael esperaba que ella lo mirara, no lo consiguió. Frunció el ceño y fijó su vista en ella.

Gabriela se bebió lo que quedaba del primer vaso de whisky y lo dejó cuidadosamente sobre la barra. Haciendo un esfuerzo por no ser demasiado grosera, después de unos instantes volvió la vista con gesto serio hacia el hombre que estaba sentado a su lado.

—Gracias —pronunció en inglés pero con un acento que Michael no supo identificar—. Es usted muy amable. —Y dicho lo cual volvió a fijar la vista en el vaso de líquido ambarino.

La Reina de los Elfos lo había mirado como si él fuese un Orco de Mordor.

Michael parpadeó asombrado. No tenía nada que hacer. Sin embargo, había conseguido ver el color de sus ojos. Unos ojos dorados, que reflejaban a la perfección el color de la bebida que sujetaba con tanta fuerza entre las manos. Unos ojos de ángel, unos ojos extraños, unos ojos exageradamente tristes.

Pero Gabriela no había contado con que Michael fuera un hombre acostumbrado a obtener un rechazo.

—¿Está en Praga haciendo turismo? —inquirió él mirándola con intensidad. Sabía que no era una pregunta muy original, pero el relajante muscular y el whisky no le dejaban pensar con demasiada claridad.

Ella contestó sin volver su rostro.

—No.

—Pero no es checa, ¿no? Su inglés es impecable, aunque no reconozco el acento—insistió él.

—No, no soy checa—contestó Gabriela, esta vez mirándolo. Su voz enronquecida le produjo otro tirón en la entrepierna, que él disimuló con un gesto de triunfo. Por lo menos tenía su atención, aunque fuera por un instante.

—Y ¿le gusta Praga? —Michael esbozó una media sonrisa, que solía dar buenos resultados con todas las mujeres. Pero el resto de las mujeres no eran Gabriela.

—No. La odio —afirmó Gabriela.

Michael se mostró sorprendido por su respuesta y estaba a punto de replicar cuando ella se giró a coger algo del bolso. Sacó el teléfono móvil y lo depositó en la barra. Este vibró agitándose sobre la fría capa de mármol.