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Sabrina es una mujer que no cree en el amor y mucho menos en las historias románticas. Su perspectiva cambia cuando unas amigas entrometidas, un exmarido impertinente, un cóctel que tiene mucho que aportar y un hombre que representa todo lo que ella odia se juntan para desbaratar su vida por completo. Solo le queda la oportunidad de poder decir la última palabra... Es la primera vez que leo a Caroline March y la verdad que la historia que nos cuenta en el relato The last word me ha gustado mucho. La autora consigue meterte de lleno en la historia utilizando una narración fresca y amena con unas descripciones bastantes perfectas, por lo que te permite imaginarte con claridad cada una de las escenas que se desarrollan durante la trama. Tinta de seducción - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 53
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015 Silvia González Flores
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
The Last Word, n.º 100 - diciembre 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-687-7240-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
The Last Word
Si te ha gustado este libro…
La elección de este cóctel para escribir un relato fue relativamente sencilla y, en el momento en que lo descubrí, lo tuve claro. Lo que me decidió fue su denominación: «La última palabra». ¿A qué mujer no le gustaría tener la última palabra en una relación? Y también, ¿a qué escritora no le gustaría manejar todas las palabras que quedan abiertas tras la posibilidad anterior para narrar la historia de Sabrina y Héctor, una mujer que ya no cree en nada y un hombre que consigue que crea en que todo es posible?
El cóctel se correspondía perfectamente con el protagonista: masculino, un poquito ácido y con toque final picante. De este modo, Sabrina tenía la oportunidad de decidir por primera vez en mucho tiempo. La última palabra no tiene por qué ser siempre un «sí» o un «no». Puede ser un «quizás» o un «veremos». Las palabras tienen magia y, esta vez, se combinan a la perfección con los ingredientes del cóctel: hielo, ginebra, Chartreuse verde, licor marrasquino y zumo de lima fresca.
Caroline March
Shake It!
El nombre del local refulgía en letras de un brillante rosa fosforito de tal forma que, si no llevabas puestas unas gafas de sol tintadas, podías sufrir un espasmo ocular. Observé con detenimiento a un grupo de parejas de tercera edad que estaban entrando en ese mismo momento. Las damas portando abrigos de piel de visón o mamut, dada la antigüedad, y los caballeros, el recurrido traje de chaqueta azul marino, cruzado sobre su ya no tan estilizada complexión.
Me volví a mis amigas, que esperaban tras de mí.
—No me queréis mucho, ¿verdad?
Que gimoteara no ayudó.
—No te quejes, es la mejor coctelería de Madrid. Aparece en no sé cuántas revistas y ha recibido no sé cuántos premios —musitó Marina, a la que consideraba la más sensata de las tres. Por lo menos era la única que, a sus casi cuarenta, conservaba a la misma pareja con la que decidió compartir su vida en una boda hippie celebrada en Ibiza hacía ya más de quince años.
—Eso, ¡no te quejes! —aseveró Esther—. Estuvimos valorando diferentes opciones, ya que cumplir cuarenta es un hito en la historia de cualquier mujer, y esta nos pareció la más divertida.
—Tampoco exageres, Esther —intervino Claudia, dando la última calada a su cigarrillo—, que nuestra mejor opción era llevarla una tarde al zoo, con el fin de que paseara un poco, con nuestra edad, todo ya es demasiado, y dejarla sentada en un banco frente a los osos marinos con una bolsa de palomitas para que disfrutara del espectáculo.
Mi mirada de horror bastó para hacerlas reír a carcajadas.
Me empujaron hasta la puerta, pese a mis reticencias iniciales, y entramos a trompicones. Los haces de luz, que sufrían un temblor permanente, circundaban el espacio con forma de ameba. En la barra, alineada a toda la pared curva izquierda, distinguí a cinco camareros, todos ellos uniformados y dispuestos a demostrar sus habilidades con la coctelera, todos ellos menores de veinticinco años, todos ellos musculosos, altos y demasiado atractivos, un reclamo para toda cougar girl que se preciara. De hecho, había varios grupos de estas arremolinadas frente al que parecía tener más éxito.
Meneé la cabeza con consternación y un nuevo halo de luz iridiscente me dejó completamente ciega por un segundo. Tropecé con Marina y me sujeté a su brazo. Estaba buscando una mesa libre. Tuvimos que atravesar la pista de baile central y subir por unas escaleras semiocultas junto a la cabina del DJ. Encontramos una y nos sentamos, con más o menos entusiasmo. Frente a nosotras, estaba situada la pista de baile y teníamos una vista preferente de los camareros, artistas y acróbatas. Descubrí por qué uno de ellos era el preferido cuando lo vi voltear una coctelera al igual que el protagonista en la famosa película Cocktail.
—Esto no será cómo el Bar Coyote, ¿no? —interrogué a Esther, levantando la voz sobre la música.
—¡Qué más quisieras! —Me dio unos golpecitos complacientes en la palma de la mano y se centró en la carta—. Verlos bailar en la barra…igual debíamos ponerlo como sugerencia en el Libro de Quejas y Reclamaciones…
Aquí estaba. Mi cuarenta cumpleaños junto a mis amigas en la coctelería más famosa de Madrid. Y seguía sintiéndome incómoda, como si no encajara ya en ningún ambiente. O era demasiado mayor, o demasiado joven. La mediana edad. Había mujeres que, con mi edad, aparentaban diez más, otras, diez menos. Yo no pertenecía a ninguna de aquellas categorías. Tenía cuarenta y aparentaba cuarenta. Era cierto que mi cuerpo se mantenía estilizado y en forma, que no contaba canas, pero…ya no era lo mismo.
Y, ¿qué podía decir de ellas? Marina había dejado sus aspiraciones neohippies en Ibiza y se había establecido en un chalet en las afueras de Madrid con su marido Fran, había llenado su jardín con figuras de enanitos espeluznantes y trabajaba a tiempo completo en una multinacional de importaciones…Nunca llegamos a saber realmente a qué se dedicaba o qué importaba. Ella misma solía perderse en las explicaciones y decía que lo único que merecía la pena de ese trabajo, que le robaba la vida, era el sueldo a fin de mes.
