Si tú quieres bailar - Katherine Vega - E-Book

Si tú quieres bailar E-Book

Katherine Vega

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Beschreibung

Un retelling de Dirty Dancing a ritmo de salsa   Micaela Estrada es bailarina profesional, está a punto de divorciarse a sus escasos veinticinco años y, por si fuera poco, se ha quedado sin trabajo y está al borde de perder su bonito piso en La Habana. Por eso no le queda más remedio que aceptar dar clases de salsa durante un verano entero en el complejo turístico Grande Waters que su hermana Yanira regenta en Cayo Largo, Florida. Y Nathan Anderson está a punto de empezar unas vacaciones en el Grande Waters que no va a olvidar jamás.   A veces no hay que entender para sentir. Si tú quieres bailar, lo demás no importa. - Una novela imprescindible para fans de Dirty Dancing. - Para dejarse llevar por el ritmo que marca la vida. - Para recuperar lo que te hace reír o divertirte. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu románce favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 399

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2024 Katherine Vega

© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Si tú quieres bailar, n.º 389 - junio 2024

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9788410627840

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

 

A mi abuela Feli, que aunque salió de Cuba jamás la dejó atrás

Prólogo

 

 

 

 

 

Te casaste demasiado joven, Micaela.

Si no había escuchado esa frase unas cien veces al año desde que, en efecto, se casó muy joven, Micaela no la había escuchado ninguna. Principalmente llegaban de parte de la vieja —con toda probabilidad la única madre cubana que no quería que sus hijas se casasen y la hiciesen abuela antes de hora—, aunque con el paso del tiempo su hermana, primos, tíos, abuelos y hasta los vecinos se fueron sumando a una sentencia que aparentemente había ido ganando popularidad en su Camagüey natal.

Micaela estaba bastante convencida de que cuando nacía un bebé Estrada esa frase del carajo era lo primero de lo que informaban al recién llegado al mundo.

—Bienvenido al mundo, fiñe, ¿sabías que tu prima segunda Micaela se casó demasiado joven? Sí, lo hizo, y mira cómo le resultó. Eso le pasó por casarse con un fiera como el Rolando.

Y de acuerdo, sí. Micaela admitía que quizá se casó demasiado joven.

También admitía que cuando conoció a Rolando entre las paredes de la escuela perdió el mundo de vista y, de repente, su vida se convirtió en una comedia edulcorada que no quería que acabase nunca. No solo era guapísimo, el maldito Rolando, con sus bucles de cabello negro como la noche y sus ojos que escondían toda la candela de Camagüey, no.

Lo que en verdad la conquistó como tremenda boba es que era capaz de bailar como nadie. Y aquello fue su perdición. Porque en la adolescencia ella, como todos los de su misma edad, solo quería echar un palo, mover las caderas y ajumarse con sus amigos. Y con semejantes objetivos vitales es inevitable acabar cometiendo errores, claro. Algunos de corta duración —como aquellas mechas de agua oxigenada que se hizo en el baño y que lograron que la vieja se empingonara durante una semana entera con ella—, y otros que persistían en el tiempo y se te quedaban grabados en la piel.

Como Rolando, que le propuso matrimonio cuando ambos tenían tan solo diecisiete años. Lo hizo en Salsabor, justo cuando se preparaban para su primera competición oficial como pareja de baile. Y así, entre coreografías de samba y rumba, Micaela le dijo que sí, que se casaría con él y que lo seguiría al fin del mundo.

—Tú eres bien boba, mijita —le soltó la vieja en cuanto le anunció la nueva—. Ese Rolando tuyo es un fiera. Te engañará tarde o temprano.

—¡Ay, está bueno ya, vieja! Vamos a ganar dinero bailando, ya lo verás.

—Aguanta un diez y piénsalo bien antes de hacer una tontería.

Pero Micaela no aguantó un diez y no se lo pensó bien. E hizo la tontería.

Se casaron al cumplir ambos los dieciocho, ganaron su primera competición en bailes latinos con diecinueve y con el dinero del premio se mudaron a La Habana al cumplir los veinte. Ambos juraron que ese diminuto gao sería solo el primer piso en el que tendrían que vivir y que, en pocos años y gracias al éxito que obtendrían como pareja de bailarines profesional, se acabarían comprando una buena casa en pleno barrio de Miramar, que usarían de segunda residencia cuando se acabaran por trasladar a Miami.

Los dos tenían claro de lo que iban a curralar y en Camagüey no iban a tener opción alguna de ir más allá de bailar en clubes de salsa y algún que otro espectáculo turístico.

En realidad, era Rolando quien tenía perfectamente claro su futuro laboral y Micaela solo se dejó llevar por su entusiasmo, como había hecho siempre desde que sus contoneos de cadera se cruzaron en su camino y siguió sus pasos de baile aunque estos la llevasen de cabeza al precipicio. Micaela suponía que tendría que haberlo imaginado porque se conocieron bailando y bailando es como se enamoraron en Salsabor. Ella solo lo hacía por diversión, porque la vieja la apuntó a danza cuando se cansó de verla contonearse en casa a ritmo del volumen de su vieja radio y la tenía bien quemada con tanto baile de aquí p’allá.

Para Rolando el baile no era alegría y desahogo como lo era para Micaela: él veía su futuro en los bailes latinos de competición. Porque así, según Rolando, podrían acabar por mudarse a Miami y abandonar la isla, que era su gran obsesión. Una que compartía con miles de cubanos, por otro lado. No obstante, Micaela no era una de esos miles de cubanos. Ella vivía enamorada de su isla, de su Cuba, por dura e injusta que la vida pudiera resultar a veces ahí. Pero, ¿acaso no se encontrarían con otros problemas si se trasladaban a los Estados Unidos?

—Pero yo no quiero vivir en los States —se atrevió a postularse. Rolando creyó que estaba en nota, pero no. No había bebido ni una gota. E insistió más para dejar claro su punto—. No me gustan los yumas.

Fue entonces cuando su —por otro lado frágil— matrimonio empezó a hacer aguas. Quizá siempre habían querido cosas distintas, aunque no se hubieran dado cuenta. Quizá fue la juventud o el fuego que les ardía en la piel. Micaela solo quería bailar. Rolando quería ganar. Ella quería un marido. Y él, meter la cabeza en otras faldas.

Rolando Rodríguez y Micaela Estrada, las grandes estrellas ganadoras de los bailes latinos de competición.

Bueno: no salió bien.

¿Quién podría haberlo imaginado, eh?

Cuando ya no tuvieron más moni para pagar facturas e inscripciones a competiciones profesionales pasaron de futuras estrellas del baile con ínfulas internacionales a convertirse en profesores de salsa en un crucero hortera que surcaba los mares del Caribe con cientos de yumas a bordo. Rolando lo odió. A Micaela le encantaba.

—Eso es porque, en el fondo, tú también eres una hortera, mi amor —le repetía Rolando cuando ella manifestaba su contento con su nueva vida a bordo del barco.

Puede que sí, que lo fuese. O puede que tras acumular varios discretos puestos en las siguientes competiciones en las que participaron Micaela quisiese una existencia más sencilla, más divertida. Menos competitiva.

Rolando no soportaba ese fracaso. En cambio, ella lo abrazó como una oportunidad que le daba la vida de volver a gozar el baile sin más pretensiones que la pura y simple jarana que la música le ofrecía. Era feliz en ese crucero que les aportaba un buen sueldo y techo a cambio de hacer lo que mejor se les daba —en realidad era lo único que sabían hacer, siendo honesta consigo misma.

E incluso teniendo por marido a un jeboso que tonteaba con todas las turistas norteamericanas que le ponían ojos al joven cubano bailongo que las enseñaba a moverse al ritmo del merengue, Micaela consideraba su existencia como una que podría calificar como feliz. Hizo la vista gorda con roces fortuitos, caídas de ojos, besos en las manos, apretones de entrepierna, notitas amorosas y demás indiscreciones de Rolando. Él siempre había sido un poco guataca con las mujeres y ella solía pasarlo por alto.

«Ojos que no ven, fajazón que nos ahorramos», pensaba a menudo, apartando la vista de las traiciones de su marido.

Hasta que ya no pudo ignorarlo más. Una tiene sus límites. Y ese límite estaba en encontrar a tu marido enterrado en los muslos de una yuma que le doblaba la edad y tenía acento de Texas.

«Te casaste demasiado joven, Micaela».

Parecía que Micaela también se iba a divorciar demasiado joven.

Capítulo 1

 

Lo malo se va bailando

 

 

 

 

—¿Mica? ¿Estás ahí?

Micaela se frotó la sien derecha. Su hermana le calentaba la oreja desde el otro lado del celular e, incluso en la inmensa distancia que las separaba y con un mar de por medio, Yanira Estrada podía ser muy insistente.

—Sí, sí. Lo estoy.

—No estás prestando atención.

—Claro que sí.

—¿Estás pintándote las uñas?

—¡No! —respondió con su mejor voz de ofendida, apartando el esmalte rosa neón como si Yanira pudiera verla a través de la línea telefónica.

—¿Has escuchado una sola palabra de lo que te dije?

—Sí.

—No.

—Que sí, Yani.

—Demuéstralo.

Micaela se quedó en blanco. Por completo. Yanira le daba mucho a la muela y decía poco y ella solía desconectar a los cinco minutos de charla.

—No sé qué del Grande Waters. ¿Vas a cambiar las cortinas de las habitaciones o…? —tanteó, segura de que se trataba de algo por el estilo.

Yanira estaba obsesionada con el interiorismo y lo más probable era que se encontrase redecorando el complejo hotelero por enésima vez. Desde que se convirtió en su dueña al casarse con John Foster no había dejado de cambiar cosas, añadir actividades y expandir el negocio. Las habitaciones del Grande Waters habían visto por lo menos diez tonos de verde, a cual más horrendo según su insignificante opinión.

El bufido que pegó su hermana le llegó desde el otro lado del océano y casi pudo notar las gotas de saliva en la cara.

—¡No! Micaela, por favor.

—Oye, sister, estoy en pleno proceso de divorcio con solo veinticinco años, me han echado del crucero por pegarle un piñazo a una yuma y estoy a punto de que me echen del gao por impago… ¿Y sabes lo único que tengo? Una colección de vestidos de baile, cincuenta pesos en la cuenta bancaria y unas uñas a medio pintar. ¡Dame un respiro, Yani!

—También tienes una hermana dueña de un hotel que te está ofreciendo trabajo, Mica.

—Espera, ¿un trabajo? —Se detuvo Micaela, cerrando el botecito de esmalte—. ¿Para curralar de camarera?

—¿Y que te bebas los mojitos antes de que lleguen a las mesas? —se rio de ella su hermana mayor.

—Voy a ser una divorciada de veinticinco años, qué menos que convertirme en una divorciada de veinticinco años alcohólica.

—No. Para que bailes, Mica. Escúchame esta vez: le dije a John que podríamos ofrecer este verano clases de baile latino y estábamos buscando una profesora. ¿No es proverbial que te hayas quedado sin trabajo justo ahora?

—Dios debe estar cuidando de mí desde allá arriba —respondió, irónica.

—Vamos, anímate y vente pa’l Grande Waters este verano.

—No sé, Yani…

—No me obligues a ser racional.

—Ay, no.

Micaela sintió como Yanira tomaba aliento y se disponía a soltarle el discurso que tendría que convencerla a la fuerza por su sensatez y racionalidad.

—Te han despedido de la Royal Caribbean Cruises por haber agredido a Rolando y a la yuma, lo que imposibilita que vuelvas a trabajar en una línea de cruceros caribeña durante mínimo un año, hasta que limpien tu expediente. Además, la temporada de cruceros acaba de terminar y, al menos durante seis meses, tú no vas a poder conseguir trabajo a no ser que te vayas a Europa y bailes salsa en un barco que navegue por el Mediterráneo —Micaela se dispuso a dejar caer que no quería vivir en los States, pero Yanira, que ya la conocía de sobras aunque vivían tan lejos la una de la otra, la interrumpió—. Y ya sé que no te gusta este país y que añorarás la isla como una loca, pero puedes trabajar aquí este verano, ahorrar un buen puñado de dólares y luego regresar a La Habana a buscar un nuevo empleo, si quieres. Es un buen plan. No, de hecho, es el mejor plan. Más aún: es el único plan que tienes.

—Eso no es cierto —protestó.

—¿Qué otros planes tienes?

—A lo mejor podría bailar tangos en la plaza de la Revolución.

—¿Ese es tu plan de vida, chama?

—O podría ligarme al presidente de la República y ser primera dama. Convertirme en la Evita Perón cubana. ¿Eh, qué opinas?

Escuchó su bufido antes de elevar la voz para soltar la sentencia definitiva:

—¿Tú no dices que lo malo se va bailando?

—Sí —rezongó Micaela, sabiendo lo que venía a continuación.

—Pues ven a Florida.

Yanira colgó y Micaela miró a su alrededor. En el gao de dos habitaciones que hasta ahora había compartido con Rolando estaba toda su vida. Y él no había perdido el empleo. El muy comemierda seguía trabajando en ese crucero y a ella la habían echado por atizarle en la cabeza con una maleta. A él y a la yuma a la que le estaba comiendo el mango. No lo acababa de encontrar justo del todo.

Suponía que tenía que empezar a tomar decisiones. La primera, irse del piso, porque no podía pagarlo sin un empleo. Pero… ¿ de verdad tenía que irse de la isla también?

Lo cierto era que si lo pensaba con frialdad el plan de seducir al presidente no era demasiado bueno: no tenía a nadie con quien bailar tangos y, siendo sincera, el muy honorable presidente Díaz-Canel no era su tipo.

Sus opciones eran ciertamente reducidas, teniendo en cuenta que su único talento en la vida era el de saber bailar. La compañía Royal Caribbean Cruises era estadounidense, así que aún tenía vigente el codiciado permiso de trabajo y, si ella quisiera, sería tan sencillo como tomar un vuelo a Miami, alquilar un coche y conducir hasta el Grande Waters. En menos de veinticuatro horas podría estar en el complejo obedeciendo las órdenes de Yanira y John Foster.

Pero pensar en Miami le produjo un escozor que nada tenía que ver con dejar la isla atrás e irse a trabajar a Estados Unidos. Era el pensamiento de la ciudad soñada por Rolando que le producía un resquemor, un mal agüero que no se sacudía aun sabiendo que trabajaría a algunas millas de ella. En el fondo sabía que solo andaba metiendo curva para evitar tomar una decisión vital y seguir adelante con su vida, porque quedarse en su gao de La Habana viendo la vida pasar mientras esperaba encontrar trabajo en otro crucero desde luego no era una opción viable.

Tampoco volver a Camagüey para que la vieja volviese a repetir que Micaela Estrada se casó demasiado joven.

—Antes me caso con un yuma para convertirlo en mi sugar daddy —declaró en voz alta.

Recorrió con la vista el apartamento aún repleto de cosas que Rolando todavía no había venido a recoger porque el muy tarrú aún continuaba curralando en ese crucero del que a ella la habían echado de malas maneras. Contempló la foto de su boda, tomada frente a Salsabor. Su sonrisa de chama inocente, él tomándola por la cintura y susurrándole que esa noche iban a romper la cama del hotel que les aguardaba en Cayo Romano.

—Vete pa’l carajo, Rolando Rodríguez —le dijo a la imagen satinada de su futuro exmarido—. No te necesito para nada.

El pintaúñas neón voló desde la otra punta de la habitación y derribó el marco de un pasado que ya no volvería a ser su presente. Cuando el cristal se rompió al caer al suelo y Micaela observó lo que quedaba de su matrimonio, no pudo menos que admitir que su vida estaba patas arriba y que solo contaba con un puñado de vestidos de baile, demasiados esmaltes de color flúor, cincuenta pesos cubanos y una molesta oferta de trabajo en un complejo de cinco estrellas situado en Cayo Largo.

Suponía que debía aceptarla.

Capítulo 2

 

Te prometo las mejores vacaciones de tu vida

 

 

 

 

Su hija estaba triste. No visiblemente triste, eso no. Había aprendido de su madre a tener cierto control sobre sus emociones y sabía disimular su desilusión con sorprendente destreza para ser una niña de tan solo cinco años.

Apoyado en el marco de la puerta de su habitación, Nathan Anderson observaba en silencio cómo Evangeline doblaba con suma pulcritud camisetas y faldas y las iba colocando ordenadamente en la diminuta maleta llena de pegatinas de lugares que jamás habían visitado. La visión de esa maleta siempre lo llenaba de un pesar extraño e incómodo, quizá porque Evangeline hubiera querido una maleta de Frozen pero Sophie consideró que era una opción muy chabacana y que no iba a conjuntar con su propio —y carísimo— juego de maletas de Louis Vuitton. Así que Evangeline se tuvo que conformar con una de American Tourister de color lila y Sophie le permitió decorarla con pegatinas que previamente aprobó y que compró por Internet. Imágenes preciosamente vintage de París, Roma, Barcelona, Viena, Buenos Aires y Tokio. Ciudades que nunca habían pisado con Evangeline.

Nathan odiaba todas y cada una de esas pegatinas que su hija no eligió y que decoraban esa maleta ridículamente sobria que tampoco escogió. Eran solo un símbolo más de lo mucho que tanto la pequeña como él habían cedido en pos de la armonía familiar que ahora se les desmoronaba. Aunque la niña era demasiado pequeña aún para darse cuenta de que sus padres ya hacía tiempo que no estaban bien.

—¿Cuantos trajes de baño has metido ahí, cariño?

—Cinco.

—¿Ya serán suficientes? —se rio él, mientras soplaba sobre su café negro, rogando para que se enfriase un poco y así poder tomárselo antes de irse a trabajar.

Tenía por delante una larga guardia de veinticuatro horas e iba a necesitar toda la cafeína que su cuerpo pudiera aguantar. Ya se tomaría otro café en el primer descanso de la guardia, si es que lograba tener alguno. En las urgencias de un hospital como el Lenox Hill, situado en el corazón más exclusivo de Manhattan, siempre eran una locura.

—Mamá me ha dejado una lista para que sepa cuántos debo llevar.

—Ya.

Las famosas listas de Sophie, de las que tampoco se libraba él. Aún no había echado un vistazo a la que su mujer le había dejado en su mesita de noche para que no olvidase llevar el protector solar, el repelente antimosquitos, mascarillas higiénicas y probablemente una vacuna para el dengue. Al fin y al cabo, aún faltaban un par de días para viajar a Florida. Nathan consideraba que contaba con tiempo de sobra para hacer la maleta. Y, secretamente, se dijo que no había nada de malo en irritar un poco a Sophie por empaquetar sus cosas a última hora. Ella ya hacía una semana que lo tenía todo preparado: todos sus conjuntos, zapatos, cremas, maquillaje, bolsos, sombreros, bikinis. Todo bien doblado y debidamente empaquetado.

Y ese detalle, que años atrás había considerado una virtud en su esposa, ahora lo irritaba secretamente. Era injusto, y él lo sabía. Pero lo irritaba y nada podía hacer por evitarlo.

Percibió la presencia de Sophie incluso antes de que esta pronunciara su nombre con un carraspeo impaciente.

—Nathan.

—Dime, Sophie.

—Vas a llegar tarde —lo avisó con un inconfundible deje de impaciencia en la voz, uno que denotaba la ansiedad que le producía pensar que su flamante marido, el prestigioso neurocirujano Nathan Anderson, podría ser impuntual.

—No, no es cierto.

—Hay mucho tráfico en la 79. Lo acabo de mirar en Google.

—Pues iré andando.

Su mujer sacudió la cabeza, como si hubiera soltado la mayor estupidez del mundo. Sabía lo que estaba pensando. Pero ella se lo calló, también por la armonía familiar que debían mantener hasta el final de las vacaciones. Aun así, Sophie era Sophie y no pudo evitarlo:

—Qué van a decir en el Lenox Hill cuando te vean aparecer a pie…

—No van a decir nada.

—Ya, bueno.

Y aunque no dijo nada más, Nathan era capaz de escucharla discurrir en su cabeza que si no insistiera en mostrar sus excentricidades ante el personal del hospital, Elan Levy ya le hubiera nombrado jefe del departamento de neurología. Lo que Sophie no sabía es que ese ascenso ya le había sido ofrecido y él lo había rechazado. Le gustaban sus guardias de veinticuatro o cuarenta y ocho horas, sus cirugías de aneurismas intracraneales y sus cafés con los compañeros a los que no debía dirigir ni tampoco enfrentarse a la política hospitalaria del Lenox Hill, que incluía acudir a fiestas soporíferas para hacerle la pelota a la junta directiva y bailes de gala en el MET para recaudar fondos.

Sophie creía que no le habían ascendido porque aparecía en el Lenox Hill con viejas Converse desgastadas, camisetas de rock de los ochenta y a pie, pero no podía estar más equivocada. Sin embargo, nunca se había molestado en sacarla de ese error.

—Recuerda que mañana debemos dejar a Buddy en el hotel canino.

—Evangeline y yo lo llevaremos, no te preocupes.

No fue necesario añadir nada más. Giró sobre sus talones tras echar un vistazo a la ordenada maleta de su hija, orgullosa de cómo la habían educado para ser una perfecta señorita del Upper East Side, avanzada bailarina de ballet, fluida en exquisito francés y futura estudiante de la Ivy League. A Nathan todas aquellas cosas no podían importarle menos.

En cuanto se quedó a solas de nuevo con Evangeline le dio un trago al café y sonrió a su pequeña.

—¿Estás emocionada por las vacaciones?

—Sí —respondió la niña, escueta.

Nathan estaba seguro de que no quería volver a sacar a colación el tema de Disney World, aunque sabía que no se le habría ido de la cabeza. Jamás la habían llevado a ningún parque temático, a pesar de sus eventuales súplicas y repetidas peticiones a Santa Claus.

Su único contacto con un sitio similar fue una excursión rápida al Luna Park de Brooklyn, donde Sophie le prohibió terminantemente subir a cualquier atracción más fuerte que las tacitas giratorias. Evangeline se limitó a bajar la cabeza y aceptar que nunca sería una de esas niñas despeinadas y gritonas que descendían por las múltiples montañas rusas del parque. El ambiente repleto de gente del Luna Park acabó por desquiciar a Sophie, desatando su ansiedad, por lo que volvieron a casa antes que el sitio cerrase y no pudieron disfrutar del desfile nocturno. Evangeline lloró en un triste silencio durante todo el trayecto de vuelta a Manhattan.

Y lo único que Nathan hizo al respecto fue callar. Apoyar las decisiones irracionales de su mujer y callar. Callar, mirar hacia otro lado, concentrarse en el trabajo y seguir callando. Como llevaba haciendo tantos años.

—Serán unas semanas fantásticas, ya lo verás —le aseguró a su hija—. Es un sitio genial el que ha encontrado mamá. Creo que hay incluso caballos y…

—Mamá no me dejará montarlos.

—Mamá no tiene por qué enterarse si tú y yo nos escapamos una tarde del hotel.

Evangeline se encogió de hombros y de pronto esa niña de cinco años le pareció una pequeña anciana cansada por el peso de una vida apenas vivida. Dios mío, ¿en qué la habían convertido entre los dos?

Tragó saliva, prometiéndose que una vez que volviesen de Florida todo cambiaría. De verdad. No podría controlar la forma en que Sophie la criaba pero sí cómo lo haría él. Había tragado demasiado ya, por el bien de su mujer y su estabilidad mental. ¿Y de qué había servido? La paranoia y las obsesiones de Sophie se habían ido apoderando de su vida familiar paso a paso sin que él pudiera poner freno porque creyó, tan iluso, que si cedía a cada nueva manía que salía de ella, la vida sería más fácil para los tres.

Evidentemente, se equivocó.

—Oye —llamó a Evangeline—. Tengo que ir a trabajar, pero mañana llevaremos a Buddy a su hotel canino y luego volaremos a Florida. Te prometo las mejores vacaciones de tu vida.

Los ojos azules de la pequeña le devolvieron una mirada incrédula que le encogió el corazón como si este fuera un papel arrugado.

—Haremos lo que tú quieras, cariño. Te lo prometo: tendrás las mejores vacaciones de tu vida —repitió, aunque no sabía si la quería convencer a ella o a sí mismo.

—Vale.

En la puerta del apartamento le esperaba Sophie, quién le alargó la mochila maltrecha que siempre llevaba al Lenox Hill y Nathan la besó en la mejilla que ella le ofreció, en un silencio estremecedor.

—Por favor, cuando regreses haz la maleta para irnos mañana.

—Descuida.

Y esa fue toda la despedida que hubo entre ambos. Ella conocía perfectamente a lo que se enfrentaba a diario, porque Sophie también trabajó en el hospital en el que se conocieron y sabía cómo podía llegar a ser una guardia de veinticuatro horas en una ciudad despiadada como Nueva York. Por muchos años que hubieran pasado desde la última vez que pisó el Lenox Hill, seguro que debía recordar el estrés que te agarrotaba los músculos, el cansancio que se pegaba a tu pijama sanitario, el insomnio que flotaba en los pasillos, los cafés abandonados por una urgencia que acababa de entrar por la puerta y los suspiros que apenas puedes permitirte soltar cuando perdías a un paciente. Y aun así, no le deseó suerte. Parece que eso ya estaba de más.

Tan solo le suplicó con los ojos que regresase sano y salvo. Una vez más. A ella y a la hija que tenían en común.

Porque cuando volviesen de Florida todo habría acabado entre ellos .

Y ambos lo sabían.

Capítulo 3

 

Estoy arriba de la bola

 

 

 

 

Palmeó su nuca con disgusto nada más cruzar las puertas acristaladas del aeropuerto internacional de Miami. La recibió la humedad y el zumbido de los taxis que esperaban a los turistas, junto con ese característico inglés mezclado con español de acento cubano, igualito al que hablaba Rolando. Y al que hablaba ella misma, claro.

Por un momento Micaela se sintió a disgusto, a pesar de que no era la primera vez que pisaba el aeropuerto de Miami. Aunque nunca lo había hecho sola ni al borde del fracaso. Siempre había tenido un plan. Excepto ahora.

—¡Eh, mami! ¿Necesitas un chevy? —le gritó un cubano cincuentón desde uno de esos taxis amarillos típicos de Miami.

—Tengo mi propio carro, compay. Solo había salido a estirar un poco las piernas.

—Oye, mami, ¿tú no eres Micaela Estrada? —le dijo el taxista, levantándose las gafas de sol para mirarla mejor.

Ella suspiró, pero no perdió la sonrisa.

—Sí, lo soy.

—¡No te creo, la mejor bailarina que dio Cuba!

—Exagerao.

—¿Vienes a una competición, mami?

—No, compadre, vengo a curralar.

—Ah, qué bueno. ¿Te tiro un cabo?

—No, gracias. Estoy bien.

—Si alguna vez te aburres, pregunta por Jorge Rosado en Little Havana, mamita. La pasaremos bien, tú y yo.

Él le lanzó un beso de bienvenida a los Estados Unidos, que Micaela no le devolvió, no fuera a ser que el compadre se pensara lo que no era. Se cubrió los ojos con las gafas de sol, como si con ese simple gesto pudiera protegerse del tipo que le triplicaba la edad. Estaba demasiado acostumbrada a ese tipo de insinuaciones, llegasen o no de cubanos. Y desde luego ese Jorge Rosado no era la clase de sugar daddy que hubiera querido ligarse.

Aunque en realidad no iba buscando ligarse a nadie, fuera o no tremendo mangón. Con un inminente divorcio por venir tenía cosas más importantes en las que centrarse, o al menos eso se repetía Micaela. No obstante, en un rinconcito de su corazón, sabía que anhelaba volver a enamorarse, recuperar aquellas mariposas que había sentido al conocer a Rolando, la emoción de cruzar miradas y sonrisas cómplices con alguien… Todo aquel juego para el que de repente no se sentía preparada, porque jamás había estado con otro que no fuera su próximamente exmarido.

Y a la hora de ligar, Micaela se sentía una novata que se había pasado años esquivando proposiciones y haciendo la vista gorda con un marido jeboso.

—Cazuelero —escupió con disgusto cuando el conductor dejó de prestarle atención para buscar otra incauta a la que subir a su taxi.

Cinco minutos en aquel país y un compadre que podría ser su abuelo ya le había querido echar un palo. Esperaba que fuese una simple anécdota y no una mala señal de lo que estaba por venir con sus compatriotas residentes en Florida. Entonces recordó que Yanira tenía una plantilla de diferentes nacionalidades en el Grande Waters, principalmente yumas, mexicanos y algún que otro brasileño.

—Yo soy la única de la isla aquí, chama —le había dicho su hermana.

Eso explicaba por qué la Yani había perdido su acento casi por completo. Solo cuando volvía a hablar en español sus raíces cubanas subían a la superficie, pero al usar el inglés apenas nada denotaba su verdadera nacionalidad. Micaela la envidiaba un poco en eso. Tras tantos años viviendo en Florida su hermana hablaba como una auténtica yuma, no como ella, que continuaba mezclando palabras en español cubano con un inglés de marcado acento que no parecía querer abandonarla del todo.

No es que le importase; al contrario que Yanira, ella se sentía bien orgullosa de su apariencia latina y no se molestaba en disimular en lo más mínimo su procedencia. Si a los yumas les empingonaba su forma de hablar… pues a ella le daba lo mismo chicha que limonada, como solía decir la vieja.

Con ese renovado orgullo cubano vibrando bajo su piel se dirigió al mostrador de Alamo Rent a Car. Eran apenas dos horas conduciendo hasta Cayo Largo y venía de un vuelo corto desde La Habana, así que se sentía fresca, descansada y lista para recoger su carro alquilado y emprender de una vez el camino que la llevaría hasta el Grande Waters.

—Tengo un coche reservado a nombre de John Foster. —Y su voz hablando en inglés le recordó que la última vez que usó este idioma fue en el crucero del que la despidieron.

«Ay, no me seas bollúa ahora, Micaela», se dijo, meneando la cabeza pa sacudirse los malos pensamientos.

El chico del mostrador la miró unos segundos más de los necesarios.

—Tengo permiso de trabajo —se apresuró a aclararle.

No fuera a ser que al yuma le diese por levantar el teléfono para hacer una llamada al muy republicano presidente comepingas ese que tenían acá para informarle que acababa de pisar tierra gringa otra sucia pendeja más.

Pero el chico le sonrió y Micaela se obligó a relajarse. Estaba aquí legalmente, para curralar: tres meses bailando para una panda de turistas sexagenarios, poniendo su vida en estambay,y para cuando llegase septiembre ya sería hora de decidir qué hacer con su existencia de divorciada de veinticinco años.

—Aún no andas divorciada, mijita, ya está bueno con el drama —le había dicho la vieja al comunicarle que la dama divorciada se iba pa los States.

—Mentalmente, lo estoy. Rolando es historia.

—Ya, bueno, ya veremos cuando ese totomoyo con el que te casaste demasiado joven se dé cuenta de que la yuma no lo va a mantener.

—Me da igual. No pienso perdonarle.

—Pónmelo por escrito.

—Ay, vieja.

¿Por qué nunca encontraba apoyo moral cuando lo necesitaba? Qué menos que sentir el respaldo de su madre y de su hermana cuando pasaba por una crisis existencial, pero claro, era mucho más divertido recordarle que se casó demasiado joven.

—¿Señora Estrada? —le devolvió a la realidad el chico de Alamo.

—Señorita divorciada Estrada —le corrigió ella.

—¿Cómo dice?

—Nada, nada. Dime.

Aún confundido por sus tonterías, el chico le entregó la documentación, las llaves del carro y las indicaciones para poder encontrarlo. Tras firmar todo y que le deseara un buen viaje, se puso en marcha en dirección al aparcamiento.

Sonrió al ver el pequeño descapotable que John había alquilado para ella. Su cuñado la conocía bien, aunque apenas se hubiesen visto una docena de veces desde que se casó con Yanira. Sabía que, como hermanas, no podían ser más diferentes y mientras Yanira era formal, ordenada y responsable, ella era puro reguero. A Yanira le hubiera alquilado un coche robusto y confiable, pero John se había asegurado que Micaela condujera tremenda máquina, de las que sabe que siempre le han gustado.

—Ah, pequeñito. Qué linda hora vamos a pasar tú y yo hasta llegar a Grande Waters —saludó al carro, tirando de cualquier manera sus tres maletas gigantes que desde luego cayeron de cualquier manera en el compartimento trasero del Buick Special del 55.

Cuando logró sintonizar Radio Salsa estaba ya mentalmente lista para sus tres meses a las órdenes de Yanira y para disfrutar de esa libertad que no había sentido desde… Bueno, desde nunca. Porque desde que tenía recuerdos se había encontrado rodeada de la familia Estrada, de la vieja, los primos, los tíos y luego de Rolando y la pandilla de Salsabor y se dio cuenta que no había estado sola en mucho mucho tiempo.

Ahora era ella la que debía tomar decisiones, tomar las riendas de su futuro y hacer lo que se le antojase. Ya no tenía a Rolando repitiendo que debían mudarse a Miami, ganar esa competición que le obsesionaba día y noche y convertirse en auténticos maestros del baile latino. Podía bailar cómo y con quien quisiera. Podía darle al perreo y olvidarse de esos trajes de lentejuelas en los que se gastó tantos pesos que no tenía.

Podía hacer y ser quien quisiera ella.

—¡Estoy arriba de la bola! —gritó feliz cuando enfiló la carretera que la llevaría hasta el complejo turístico del Grande Waters.

Hacia lo nuevo, lo emocionante, lo que es libre y no precisa de normas.

Hacia lo desconocido.

Capítulo 4

 

Disfruta de Cayo Largo, Nathan

 

 

 

 

—Doctor Anderson, ¿puedo hablar un momento contigo?

Rachel se había tomado la molestia de bajar hasta urgencias —la jungla, como solían llamarla en el Lenox Hill— y Nathan se sorprendió ligeramente por semejante anomalía.

—Dame un segundo, doctora Walsh —le pidió con un suave gesto. Luego devolvió toda su atención a la jovencita tumbada que apenas podía mantener los ojos abiertos debido a la borrachera que llevaba—. Muy bien, Millie. Solo tardaré un par de minutos, ¿de acuerdo?

—Me duele la cabeza.

—No me extraña, según me han contado tus amigos te has pegado una buena contra el suelo. Tienes una contusión y es posible que te tengas que quedar en observación toda la noche para descartar daños mayores. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Creo que sí.

A Nathan le sorprendería que así fuera, porque llevaba una considerable borrachera encima. Era menor de edad, sangraba por la cabeza y se había metido en un buen lío. No era una situación muy buena y la chica pareció darse cuenta de repente en el lío en el que se había metido. La adolescente lo tomó por la muñeca en un arrebato de pánico.

—No llamará a mis padres, ¿no, doctor?

—Me temo que debemos hacerlo. Te han pillado bebiendo en la calle y aún no has cumplido los veintiuno. Pero no te preocupes ahora por eso. Ahora dime, Millie: ¿ves blanco, negro o estrellitas?

—¿Estrellitas? —se rio bobamente ella—. No.

—¿Tienes náuseas o ganas de vomitar? —siguió preguntando, mientras enfocaba su mirada con la pequeña luz de su linterna médica para comprobar la visión y el movimiento del ojo.

—No.

Sus reflejos respondieron bien. Nathan le sonrió y la chica le devolvió una sonrisa muy etílica.

—Es usted demasiado guapo para ser médico.

—No sabía que eso fuese impedimento para ejercer la medicina.

—Debería serlo, seguro que muchas y muchos fingen adurismas para que los visite.

—Aneurismas —la corrigió él, sin poder evitar sonreír un poco más.

—En serio, no es justo que parezcas sacado de Anatomía de Grey. Eres un buenorro. Un madurito buenorro.

Sacudió la cabeza, divertido ante la verborrea de su paciente.

—Y también soy lo suficientemente mayor como para ser tu abuelo.

Era obvio que estaba exagerando un poco. Pero podría ser su padre, desde luego. Esperaba que una ligera mención a la gerontofilia hiciera desistir a Millie de sus insinuaciones, pero ella se estiró en la camilla de urgencias curvando los labios hacia arriba en lo que ella suponía que era una sonrisa insinuante.

—¿Y quién dice que no me van los maduritos?

Nathan enarcó una ceja, y luego siguió apuntando en el informe.

—Bueno, definitivamente te quedas hasta mañana en observación. Enseguida vendrá una enfermera y te dará un antiinflamatorio para ese golpe que te has pegado. Por lo demás, ponte cómoda. Te espera una larga noche en urgencias. —Le guiñó un ojo sin pensar, y ella soltó una risita coqueta en respuesta.

Rachel, que lo había observado todo en silencio, no pudo evitar echarse a reír en cuanto abandonó el box y dejó a la joven Millie con sus ensoñaciones etílicas.

—Doctor Anderson, tus poderes de curación nunca dejan de sorprenderme —bromeó su jefa, de buen humor.

—Las enfermeras van a tener cachondeo durante todo un mes.

—Pues menos mal que no vas a estar aquí para escucharlas.

—¿Es por eso que has bajado hasta la jungla?

—No, claro que no. ¿Tienes un rato de descanso para tomar un café en mi despacho?

—Si no hay otra urgencia, sí.

Su jefa le palmeó cariñosamente la espalda cuando uno de los ascensores se abrió para llevarlos hasta la planta de neurología del Lenox Hill.

—A veces echo de menos la jungla. No mucho —se apresuró a aclarar en cuanto las puertas del elevador se cerraron ante ellos—. Pero un poco sí.

—Para mí sería un honor tenerte ahí de vuelta.

—Soy demasiado vieja para urgencias.

Él sacudió la cabeza. Había aprendido mucho de Rachel Walsh en todos los años que llevaba a su servicio y le agradecía al destino que decidiera solicitar una plaza de residente en el Lenox Hill justo cuando ella ascendía a responsable del departamento de neurocirugía. Su padre siempre le quiso en el John Hopkins, bajo su mando como cardiólogo, pero Nathan eligió su propia especialidad y mudarse a Nueva York desde Baltimore para alejarse del prestigio que el apellido Anderson podría darle sin aún merecerlo. Esa era una tensión sin resolver entre el viejo doctor Anderson y el no tan viejo doctor Anderson, aunque ambos lo disimulaban bien.

—Espero que no vuelvas a soltarme la tontería esa de jubilarte, Walsh. No quiero que Levy vuelva a acosarme para que acepte reemplazarte.

—Serías un buen jefe, pero no, no pensaba soltar nada de eso.

Rachel nunca había soportado el café aguado del hospital y tenía en su despacho una cafetera de carísimas cápsulas, de la que le ofreció una taza en cuanto se quedaron a solas.

—¿Estás listo para tus muy merecidas vacaciones?

—Más o menos. Nunca he pasado un mes alejado del Lenox Hill. Creo que echaré de menos el trabajo.

—Y yo creo que te irá bien para despejarte un poco.

—Eso espero, aunque no es por eso que nos vamos a Florida.

—Ya, ya lo sé. ¿Cómo está Sophie?

—Como siempre, supongo —se encogió de hombros Nathan, bebiendo de su café—. Parece que la terapia va avanzando, si no, no me explico cómo ha decidido organizar estas vacaciones.

—¿Y Evangeline, sospecha algo?

—No. Aún no le hemos dicho nada. Lo haremos al volver de Florida.

—Sabes que sobre la mesa sigue mi ofrecimiento de que te tomes una excedencia de un año para cuidar de ambas, buscarte un apartamento nuevo…, lo que tú consideres.

—No —respondió, rotundo—. Me irá bien mantenerme ocupado para no pensar. Me las apañaré.

—Ya. Como has hecho hasta ahora.

Se puso de inmediato a la defensiva, agarrando la taza de café con los dedos crispados.

—¿Tienes alguna queja de mi rendimiento?

—En absoluto. Y eso es lo que me preocupa, Nathan. No es sano. Es demasiada presión para ti y aún no has estallado por ningún lado.

—Soy neurocirujano; estoy acostumbrado a vivir bajo presión.

—Sí, en el trabajo —coincidió Rachel con tal afirmación—. Pero no en tu casa.

Nathan hizo un gesto para quitarle importancia. No quería seguir hablando del tema porque, de una forma u otra, le hacía sentir un absoluto fracaso. Cuando se casó con Sophie juró protegerla y cuidarla y no había podido hacer ni una cosa ni la otra, a pesar del ostentoso título de medicina que llevaba a sus espaldas. ¿De qué le servía curar cerebros enfermos si no podía hacer nada por la mujer que dijo que amaría hasta que la muerte los separase?

No era culpa de ella, claro que no. Tampoco suya. Pero de cierta manera era de ambos y los dos habían permitido que esta bola que empezó a separarlos se hiciera más grande que lo que sentían el uno por el otro hasta lograr que todo acabase por hundirse. No de forma visible y no de un día para el otro, no. Había sido un proceso tan lento como doloroso cuyas consecuencias eran ya irreversibles. Como un glioblastoma inoperable. Ese era su matrimonio ahora mismo.

—Estaremos bien —le aseguró a Rachel.

Era extraño que alguien mostrase este tipo de preocupación por él. Se le antojaba un poco fuera de lugar. Le incomodaba, sí, aunque solo ligeramente. Otra parte suya se lo agradeció a su jefa porque llevaba mucho sin que nadie se tomase la molestia de preocuparse por su bienestar emocional. Sus padres no sabían nada y tampoco los de Sophie. Y fuera del ambiente del hospital no podía decir que se relacionase con demasiada gente, y menos de forma íntima como para irles con sus miserias personales.

—¿Sabes? Esa chica tenía razón. Eres demasiado guapo para ser doctor.

—¿Tú también con eso? —Ladeó la cabeza, divertido.

—Solo quiero decir que no es tarde para rehacer tu vida. Eres muy joven.

—Tengo cuarenta años, Rachel. Hago guardias imposibles de veinticuatro y cuarenta y ocho horas, tengo una hija que me necesita y muy poco tiempo para dedicarle a mi vida personal. No hay nada que rehacer. Evangeline es mi prioridad número uno.

Su jefa no insistió más. Eran muchos años trabajando juntos y sabía cuándo había perdido una batalla con Nathan Anderson.

—Aprovecha para prepararte la conferencia para el congreso de septiembre en Filadelfia.

—Ya la tengo bastante avanzada.

—Pero sobre todo: descansa, relájate… e intenta buscarte un rollete de verano que te quite las penas.

—No voy a buscarme ningún rollete de verano estando de vacaciones con Soph, Rachel —negó él con la cabeza.

—Pues deberías. Así a lo mejor esa sonrisa tuya de anuncio de dentífrico sería por fin una sonrisa alegre de verdad.

Él no respondió. ¿Qué podía decir? ¿Acaso podría negar aquella evidencia? No, no podía. Su sonrisa hacía tiempo que escondía un deje amargo de fracaso y desesperanza. Rachel le apretó el hombro con cariño.

—Disfruta de Cayo Largo, Nathan.

—Eso haré —respondió, aunque sabía que no lo haría.

Se preguntó cuánto tiempo llevaba engañando a la gente que le rodeaba. Seguramente más de lo que era sano admitir.

Nathan contempló a través del ventanal del despacho de Rachel las impresionantes vistas a Manhattan. Nueva York era un avispero de mujeres guapas que sin duda estarían dispuestas a tener una cita caliente con uno de los mejores neurocirujanos del país, pero… ¿quería él tener ese tipo de encuentros?

La respuesta era clara y sencilla: no. Su deseo se había esfumado y convertido en el mismo vapor intangible que expulsaban los respiraderos subterráneos de Nueva York.

Capítulo 5

 

Oye cómo va

 

 

 

 

 

—¡Vamos, échele candela! —le sonrió al señor Price—. ¡Pies juntos! ¡Y… a la izquierda! ¡Y… juntos de nuevo! ¡Dele a la derecha!

El huésped obedeció sus instrucciones con una torpeza que la hizo sonreír internamente. El abuelo tenía menos sangre bailando el chachachá que su difunto abuelo Miguel Estrada, que tenía dos palos tiesos en vez de piernas bailongas.

—¡Dale, dale! —lo animó Micaela, tomándolo por la cintura desde atrás mientras el señor Prince intentaba no pisarle los pies a su esposa—. Ya solo siga el ritmo. Y un, dos, tres, dale.

Se alejó un par de pasos para observar a la pareja de jubilados que tenía bajo su mando. La señora Price, a pesar de su mala cadera, lo hacía mucho mejor que su marido, que estaba rojo como un trasero de puerco y bufaba mientras no dejaba de contar los compases del Oye cómo va de Tito Puente.

Si no fuera porque Micaela se consideraba una buena profesora, se echaría a reír. Si la viera Rolando ahora, con sus eternas ínfulas de ganador, se sentiría mortificado.

«Que se vaya a comer pinga, el Rolando», se repitió.

Dar clases era mucho más divertido que enfundarse en medias de rejilla, peinarse el pelo como lamido de vaca y moverse al ritmo de una coreografía que la dejaba sin aliento y le acababa por provocar calambres en las piernas.

—¡Ay, Micaela, este marido mío tiene el ritmo de un funeral! —Se rindió la señora Price, apartándose de su esposo con no poco enojo. Él enrojeció más.

—¡No he venido al Grande Waters a que me vapuleen, Hannah!

—Ya, ya, ¡está bueno ya! —puso paz entre la octogenaria pareja y paró la música con el mando a distancia—. Su problema, Louis, es que le da vergüenza equivocarse. Y eso es incompatible con el baile.

—No estoy seguro de entenderte, querida.

Micaela escondió un suspiro. Los Price habían pagado por una hora de clase privada y no le quedaba más remedio que continuar hasta que esta finalizase.

—Cuando bailas —dijo, encendiendo otra vez la canción de Tito Puente— no te equivocas. Porque el baile es diversión y es libertad. No importa si lo haces bien o mal. No hay que coger lucha contando los pasos. Simplemente hay que dejarse llevar por la música.

—Creía que en el chachachá hay reglas…

—Y las hay —le sonrió al torpe abuelete— pero ellas se amoldan a ti. Y no tú a ellas.

Se puso frente al espejo del salón de baile del Grande Waters, con una mano sobre el diafragma y la otra en el aire.