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En Siberia, también merecedora del premio Magnesia Litera, traducida por Jorge Simón, un científico en ciernes es embelesado por la temperatura política de europea del momento y parte rumbo a la revolución rumana. A partir de ahí comenzará una mirada directa a lo ocurrido en algunas regiones de Europa central u oriental inmediatamente después de la debacle del mundo comunista en 1989. Este estado político-emocional será la puerta a la inmensidad de las estepas rusas. Ahí se romperán los prejuicios sobre el territorio y los pueblos de la lejana Siberia, de tradiciones añejas. Ryšavý se propone pulverizar cualquier tipo de estereotipo que el lector lleve consigo sobre un lugar que posee una imprecisa, por no decir nula, definición dentro de nuestras concepciones etnogeográficas.
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Seitenzahl: 2092
Veröffentlichungsjahr: 2025
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COLECCIÓN EUROPA
TÍTULO DE LA EDICIÓN ORIGINALCESTY NA SIBIŘ
Primera edición en español,2018
Coedición:Elefanta del Sur,S.A.deC.V./ Secretaría de Cultura
© Martin Ryšavý, por el texto© Jorge Alberto López Ramos (Jorge Simón), por la traducción
Ilustración de portada: Jorge Brozon / Edición: Emiliano Becerril Silva
D.R.©2018, Elefanta del Sur,S.A.deC.V.www.elefantaeditorial.com@ElefantaEditorelefanta_editorial
D.R.©2018, de la presente edición Secretaría de CulturaDirección General de Publicaciones Avenida Paseo de la Reforma175,Col. Cuauhtémoc,C.P. 06500,Ciudad de Méxicowww.cultura.gob.mx
Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores.
ISBN:978-607-9321-56-7,Elefanta del Sur,S.A.deC.V.ISBN: 978-607-745-884-5,Secretaría de CulturaISBN EBOOK:978-607-9321-46-8
MARTIN RYŠAVÝ
TRADUCCIÓN: JORGE SIMÓN
Capitulo 1
Capitulo 2
Capitulo 3
Capitulo 4
Capitulo 5
Capitulo 6
Capitulo 7
¿Dónde estás, tú, feliz mañana, y tú, buen ocaso?¿Dónde las centelleantes piedras en las manos infantiles?¿Dónde mi albo reno de ennegrecida cornamenta y corazón alegre?¿Dónde está mi tierra de blanca nieve y altas nubes, de tundra inmensa y gente osada?¿Dónde la conciencia, el honor, la esperanza, los sueños, el cuchillo, el fusil, mi tiempo, la presa?¿Dónde está el cruel y bueno, el atroz y sincero mundo?Nada, aquí ya no hay nada en absoluto…Ya ni siquiera yo estoy aquí.Ahora todo en esta tierra se ha quedado sin mí.
ESTE POEMA LO ESCRIBIÓ MISHA KOLESOV, CAZADOR EVENKI DE LASmontañas Verjoyansk.
Una vez, vagando por las colinas, un águila atravesó los aires por encima de su cabeza y una de las plumas del águila fue a dar a sus pies. Misha la levantó, sin saber siquiera por qué. Después, en la aldea, estando en su casa, al poeta le agarró la añoranza por las montañas. Se le ocurrió que podría hacer magia con esa pluma: cortar la punta del cañón e introducir en ella tinta de bolígrafo. Ahora con ella voy a escribir versos, se dijo, y de inmediato sintió cómo se le modificaba el ánimo. De repente, la añoranza se fue. Yo también tengo en casa una pluma de águila de las montañas Verjoyansk, y siento añoranza como si no la tuviera.Pero la cosa es que la miseria se hizo presente y este año no puedo emprender expedición alguna. No puedo ni dar con un trabajo decente, sólo me mantiene a flote la posibilidad de hacer reportajes televisivos sobre extranjeros que viven enChequia. Ucranianos, rusos, hindúes, japoneses, afganos, vietnamitas, africanos, todas las naciones posibles que llegan junto con sus problemas de visado y peticiones de asilo, de cruces ilegales de frontera y de documentos falsificados, de licencias de trabajo autónomo y de mafias extorsionadoras, de matrimonios ficticios, de enfermedades y folklor exótico, esos son los que ahora me alimentan. Con eso no se puede ahorrar nada. Es para dar coraje, especialmente cuando alguien me pregunta en qué momento partiré de nuevo y cuando tengo que oir comentarios tontos sobre que cada vez tengo los ojos más rasgados. También me preguntan cuándo me voy a traer un reno y cuándo finalmente me casaré con alguna chukchi..
Eso me fastidia pero no debería extrañarme. Siempre ando contando en alguna parte anécdotas sobre Siberia y a la gente ya le parece que soy más de allá que de acá. Quizá haya algo de eso. Es verdad que conozco muchísimas buenas historias de las que pueden desprenderse enseñanzas provechosas, sólo que casi nadie entre nuestra gente se encuentra en las situaciones a las que aquéllas se refieren. Sé mucho de la gente con la que no vivo y poco de los que están a mi alrededor. El mes pasado murió mi vecino. Me enteré ayer. De que algo aconteció con el reno sobre el que anduve el año pasado y al que los nómadas comenzaron a llamar con mi nombre después de mi partida, de eso me enteré casi enseguida. Según dicen un lobo lo mordió en el muslo, de manera que ahora cojea. Pero se las arregla para no dejarse devorar. Eso me dijeron por teléfono los hijos de los nómadas. Durante el invierno viven con sus madres en el pueblo, entre semana asisten a la escuela y los domingos, por aburrimiento, marcan mi número. En ocasiones me despiertan sus timbrazos en mitad de la noche. Si les agarra el ansia, la diferencia de ocho horas no los perturba, ni siquiera se percatan de ello.
—¿Cómo te va? —preguntan todos emocionados de hablar con “elextranjero”.
—Bien —respondo.
—¿Qué haces?
—En este momento estoy durmiendo.
—¿Por qué estás durmiendo?
—Porque aquí es de noche.
—Ah. Y aquí ya es de día otra vez.
Juntos sostenemos esta clase de conversaciones. La mayoría de las veces no duran mucho. No es como antes, cuando Anzhela y yo nos descosíamos hablando, sin parar, nuestro cuento de nunca acabar:
—¿Por qué no estás aquí conmigo?
—Porque estoy acá.
—¿Por qué el mundo es tan asquerosamente grande?
—No es tan grande.
—¿Cómo es que te oigo como si estuvieras aquí al lado?
—Porque estoy aquí al lado.
—Tu aquí al lado significa medio planeta.
—Así es.
—Pero yo no quiero que sea medio planeta.
—Con eso no podemos hacer nada.
—Yo quiero que estés aquí para que te pueda abrazar y besar.
—Patalea y grita, a lo mejor eso ayuda.
—¡Ahhhhhhhhh!
Oigo cómo patalea y chilla pero eso no ayuda. Y casi inmediatamente otra vez:
—La última vez me gasté en llamadas toda la pensión de viudez.
—¡Por Dios! ¡Ya no me llames!
—¿Y por qué no habría de hacerlo?
—Te vas a ir totalmente a la ruina.
—Sí, ¿y?
—Vas a estar en la miseria.
—Tú estás igual.
—Tú vas a estar más.
—¡Bah!
Una vez que Anzhela fue a pagar la cuenta del teléfono a la oficina de correos, unas mujeres comenzaron a reprocharle:
—¿Otra vez a tu Praga, Anzhela? ¿Qué? ¿Acaso eres millonaria?
Después me contó cómo las mandó al carajo, y yo le respondí:
—¿En serio les dijiste eso?
—Sí.
—¿Que se fueran al carajo?
—Un poco distinto.
—¿Cómo distinto?
—¿Quieres que te lo diga?
—Sí.
—¿No te asustas?
—Suéltalo.
—Dije… seguro te vas a espantar.
—No me espanto.
—Les dije: cabronas, dejen de joderme la existencia.
Y comenzó a carcajearse con esa su risa de coloratura hasta tronarme el oído.
Una vez en el invierno me ocurrió un episodio gracioso con una de sus llamadas. En el pasado Anzhela había intentado persuadirme en repetidas ocasiones de que me olvidara de ella, de que ésto no tenía futuro y de que encontrara en Praga una mujer o por lo menos una amante. Siempre me la quitaba de encima diciéndole que me dejara en paz con ese cuento, pero una vez de verdad tuve aquí una mujer con la que me estaba arremolinando bajo el edredón justo cuando llamó Anzhela. No debí levantar el auricular, pero lo levanté y me dio mucho gusto escucharla. Siempre me da gusto.
Venía de una farra y en ese momento poco le importó tanto su cuenta como mi privacidad.
—¿Cómo estás? —me pregunta.
—Estoy durmiendo —le mentí.
—¿Qué hora es allá?
—Las dos de la mañana.
—¿Sí? Ay, perdón.
—No pasa nada. Y ¿cómo les va allá en Zhigansk?
—Lo normal. Está helando, cayendo nieve y en todas partes está blanco…
—¿Estás borracha?
—Un poquito. Espera, te pongo música.
Inmediatamente oigo ronquear por el auricular una de las canciones de las discotecas rusas que escuchábamos en los puestos de Yakutsk durante el verano.
Intenta conmigo, ¡hmmm! ¡hmmm!
Intenta conmigo, ¡yaga! ¡yaga!
Intenta conmigo, ¡oooj! ¡oooj! ¡Te quiero tanto, tanto!
Vuelvo a sentir que la cabeza me da vueltas para todos lados… Mi chiquito de mermelada, ¡mentí!
Y en eso Anzhela comienza a contarme que tiene mal humor porque Vika le dio como regalo un vestido que no le gustó para nada y por eso al final tuvo que venderlo, y que es absolutamente horrible que el sentimiento de alegría o de tristeza de la gente pueda depender de un trapo.
—Y yo dependo de los trapos como no tienes idea —dijo por fin.
—Ven a Praga —le digo—. Aquí hay trapos de todo tipo, algo podrás escoger.
Y de repente ella comenzó a soñar en voz alta cómo sería si en serio viniera y anduviera conmigo paseando por cualquier parte, por el bulevar, con blusa y falda ajustada, con zapatos de tacón alto y lentes de contacto, peinada a la moda, maquillada decentemente, simple y sencillamente perfecta, de manera que todos se voltearan para mirarnos. Y como aquí con seguridad nadie tiene ni idea de la existencia de ningún yakuto ni evenki, se extrañarían y preguntarían de dónde un tipo de aquí fue a dar con tan linda japonesita. Yo de inmediato me agarro de eso y vuelvo a persuadirla de que agarre valor y venga, de que con seguridad aquí aprenderá a vivir, de que no pasa nada y de que en general este lugar les gusta mucho a los extranjeros, pero que necesito saberlo porque a cada rato tengo a alguien en la cámara de video. Pero ella apagó el radio y ya no hubo ningún “¡uy!” ni ningún “!mmm…!”, suspiró solamente:
—¿Cómo podría? ¿En serio crees que podría viajar sola a Europa? ¿Yo, que tengo miedo de salir incluso frente a la puerta de mi casa? ¡De verdad! ¡Ya a cien metros de la aldea me da el patatús del susto de que me trague un oso! ¡Me espanta incluso el camino a la oficina de correos y me siento mal frente a todos los edificios del ayuntamiento! Para ti no es nada atravesar medio mundo, pero yo me separo unos pasos de esta horrorosa y apestosa casa, la cual odio tanto que la desbarataría con mis propias manos, que tengo la sensación de que me marchitaría como una flor que estuviera en el cuarto y la arrancaran de su taza.
Luego todavía seguimos hablando largo rato y cuando finalmente me dijo en un bonito checo “adiós, adiós”, mi cama estaba vacía. No me importa —pensé—, de cualquier forma resisto menos cada año la presencia toda la noche de otra persona bajo mi edredón. Pero a Anzhela la aguantaría, es pequeñita y angosta, no ocupa mucho espacio.
Muchas veces la invité a venir a mi casa y muchas veces le propuse trasladarme a Yakutsk si ella no podía venir acá. Le aseguré que volvería, que sólo era cuestión de conseguir dinero para el viaje, y también le ofrecí casarme con ella. La primera vez lo hice incluso por escrito, en una carta en la que me esmeré particularmente. En lugar de la respuesta debida encontré en su papel, sin embargo, sólo un par de renglones sobre el clima y luego una anécdota de cómo, cuando era pequeña, se dirigió al chiquero y se imaginó que era el comandante Chapáyev del ejército rojo. Parece ser que dejó en la puerta la cubeta con el alimento para los animales, a hurtadillas se acercó a la cerda más grande, la cual en ese momento estaba rascándose en la viga, le saltó al lomo y se puso a patearla de lo lindo. Asustada, la cerda comenzó a pegar de chillidos y salió disparada pegándose en las paredes. Anzhela la jalaba de las orejas y a los demás cerdos, que en el desorden chillaban y daban de vueltas por todos lados, les lanzaba un grito de guerra ¡hurra! como a los fugitivos de la guardia blanca. Le dieron una tremenda paliza por eso. La cerda estaba preñada y parió los lechones muertos. Es triste —comentó Anzhela—, aquello fue una travesura terrible de mi parte.
Una travesura, exactamente. Me fastidió la carta: yo le escribo sobre asuntos serios, quiero saber qué pensamientos tiene en la cabeza y si cuenta conmigo para el futuro, y ella me envía esa reverenda idiotez. Pero sobre todo sentía rabia conmigo mismo, pues yo la había incitado a ello. Debió ocurrírseme que, después de todo lo que hemos pasado, Anzhela reaccionaría de esa forma, que evadiría la respuesta y que sólo añadiría en la posdata:¿Por qué no simplemente nos tocó nacer en la Edad Media? Yo te haría reverencias y tú blandirías la espada.Y de igual forma al final debí carcajearme de la anécdota de la cerda. Luego me figuré en lugar de la pequeña Anzhela a alguien similar a Menik Meniguien, un demonio de las leyendas de Yakutsk, que sacude a los niños de la cabecita y del pitito, que mete al horno a su madre y la muele y que duerme con su propia hermana, todo lo pone patas arriba, no se puede confiar en él para nada y, no obstante, no pertenece a los protagonistas malévolos propiamente; más bien es como un alegre espíritu de rebeldía, un diablito horroroso que a todos redime. En una canción de Yakutsk se denomina con su nombre a un viento sobre el cual es difícil decir desde dónde sopla.
Así es mi Anzhela.
Antes tenía como costumbre, antes de dormir, evocar con los párpados cerrados su rostro, pero ya no lo hago más. No me gusta verla de esa manera. Las imágenes que oscilan en mi cabeza son sólo aproximadas y fugitivas, no es posible embobarse mirándola como es debido y eso me exaspera. Es como querer tomar agua con un colador. Y examinar una fotografía me exaspera doblemente porque, al contrario, son demasiado precisas y definitivas. En ellas Anzhela está tan inmóvil, inalterable y perpetuada que a decir verdad no se parece a la real y por eso siempre tengo ganas de romper las fotografías. O sea, me parece que por su culpa me olvido del auténtico aspecto de la mujer más veleidosa del mundo: de su boca tan extrañamente recortada que sonríe aún sin quererlo; de sus ojos que no son tan rasgados; de su pequeña y no del todo achatada nariz; de sus cabellos que no se pueden mantener del todo lisos. De todo lo que da testimonio de su sangre híbrida. Un día voy a destruir esas fotos, a excepción de aquella en la que Anzhela, siendo aún una niña, está sentada en cuclillas, vestida con un delantal y unos pants, y está sujetando a un perro.
¡Parezco una limosnera! —dijo mi amada sobre ella misma—. Alguien me arrojaría una copeica y al mismo tiempo yo martirizaría al perro tremendamente.
Menik Meniguien en persona. Sólo voy a conservar ésta.
QUIZÁ NUNCA HABRÍA IDO A SIBERIA DE NO HABER SIDO POR NOSÁKy las ratas blancas. Sin embargo, seguro me habría ido a alguna parte, no me habría quedado sentado en la casa. ¿Estar todo el tiempo en la casa? Eso no es para mí. En Chequia todo está muy cerca, aquí el paisaje es apacible y bien organizado, y eso justo lo arrastra a uno fuera del calor de su hogar: hacia el mundo o hacia los sueños. Esa impresión me viene de mi papá, quien durante treinta años tuvo preparados en un cajón todos los mapas importantes, esperando solamente que se abrieran las fronteras para finalmente poder partir. A mí me da lo mismo, yo voy de camino a Australia. Por aquí sólo estoy de paso, así le estuvo diciendo a mi mamá por treinta años, cada que ella le preguntaba qué opinión tenía de su nuevo plan para la reubicación de los muebles. En efecto, esto era lo de ella: mover los muebles cada que se le ocurría. Arrastraba la cama de un rincón a otro, la televisión iba de la ventana al ropero y en los libreros los libros cambiaban de lugar moviéndose como locos. Cuando nadie le quería ayudar con eso, para fastidiar a todos ella sola se ponía a destrozar todo hasta extenuarse. Después se sentaba y comenzaba a lloriquear diciendo que nos importaba un comino y que sin ningún problema ella también podría mandar todo a la…
Estos eran los tiempos salvajes en que mi mamá deambulaba con los muebles por el departamento y mi papá se largaba al bosque y a la cantina. En el sesenta y ocho incluso quiso huir del otro lado de la frontera, pero al final lo reconsideró a causa de su familia. Después, algunas veces, lo lamentó. Decía que si no nos hubiera tenido, habría podido peregrinar por todo el mundo. Yo le percibía su amargura, me llegaba hondo y ya de niño tenía el propósito de estar alerta para no tenerla dentro de mí algún día, para que no me agobiara saber que no soy capaz de realizar todo lo que hay que realizar. Paraello tenía suficientes incentivos: lo que sucedía era que antes de dormir mi papá, en lugar de cuentos, se explayaba contándome anécdotas “verídicas” de toda índole sacadas de su vida: cómo se había hecho vaquero en Nevada, cómo había lavado oro en Alaska, cómo había buscado diamantes en Sudáfrica, cómo había andado con Welzl a través de Siberia, cómo había huído a Bolivia con dolares robados… Todo se lo creía. La adolescencia de mi padre me parecía una época increíblemente agitada y apasionante, con muchísimas historias donde se ponía en riesgo su vida e irremediablemente finales felices. Después de tales historias, yo estaba totalmente poseído y noche a noche reclamaba más y más hasta que el narrador se cayera de cansancio.
En el momento en que dejé todo eso atrás y comprobé que en la realidad las cosas se ven distintas a como las contaba mi papá, quedé decepcionado de “esas cosas de la realidad”: me abrieron un mundo con quien no quería tener nada en común. Más tarde tuve el deseo de experimentar cada vez más algo magnífico y apasionante de verdad. Mis hijos —si un día habría de tenerlos— podrían estar seguros de que mis historias serían auténticas y cuando les contara cómo monté un reno y cómo cacé lobos, sería porque también lo hice realmente. Tenía ese propósito. ¡Qué horror! Los padres deberían ser más precavidos a la hora de contar algo a sus niños antes de que se vayan a dormir. Sentados en la comodidad y en el crepúsculo de las habitaciones infantiles se quedan ciegos de la misma forma que Homero, cuando en los límites entre la tarde y la noche urden el mito que quizá alguna vez ponga a sus hijos en el camino de un país que no existe. ¡Cuántas veces mi mamá le dijo a mi papá que no le llenara al niño la cabeza con tonterías! ¡Cuántas veces yo mismo me apercibí y de igual forma no ayudó!
Mi mamá quería que yo llegara a ser un hombre de ciencia, en el mejor de los casos un doctor en medicina con el que pudiera hojear elMédico de casay tratarse las alteraciones hormonales. Nunca disfrutó mucho el fantasear. Su ingrata tarea dentro de la familia consistía en desilusionarte y ponerte los pies sobre la tierra. Por supuesto, esto no era de mi agrado, y como mi mamá además era muy autoritaria yo mismo me decía que lo mejor sería evitar el matrimonio y la vida familiar, porque era una trampa en la que no sólo era de mala suerte caer, sino también una deshonra y un insulto. Diría una deshonra paterna hereditaria. A diferencia de mi papá, esto en verdad lo tomé con seriedad. Él sólo estaba acostumbrado a hablar, pero nuncaabandonó de veras a mamá, ni aun cuando las fronteras volvieron a abrirse. Yo a este respecto fui más consecuente y la primera que lo sintió fue Karolína, una muchacha que quería casarse conmigo a finales de los años ochenta luego de la época en que cursamos juntos la universidad. No es que no la quisiera, pero en ese momento a la influencia de las anécdotas verídicas de mi papá se vino a añadir la influencia de las aún más verídicas anécdotas de mi compañero Nosák, y oponer resistencia a la seducción que resonaba en ellas ya estaba muy por encima de mis capacidades.
¡Ay, mi amigo Nosák! ¿Dónde andará metido? Hace mucho tiempo que no sé de él. Quizá yazga en la cárcel o en el manicomio y desde ahí por las noches envíe a su doble onírico a una expedición aventurera como a un vagabundo a través de las estrellas. O más bien en alguna parte ya se explaya de nuevo contándole a sus ansiosos adeptos sobre la iniciación en los misterios chamánicos. Él también anhelaba viajar, pero éste fue un caso distinto al de mi papá. Nosák y la recolección de mapas, ¡nada que ver! A Nosák lo taladraban completamente otros anhelos. Tenía una concepción de las expediciones inspiradas en alguna señal o en una súbita inspiración, expediciones que llevaban la mirada puesta en la choza de ancianos beatos y en la morada de mujeres fatales. Emprender la búsqueda del acceso a Shambhala, esto sería viajar a su estilo. Buscar, pero sobre todo encontrar. Nosák en todo momento supuso el éxito y también en todo momento lo consiguió de acuerdo a su comprensión de las cosas. No sé con qué tendría que toparse para admitir que ha cometido un error o que ha tenido mala fortuna. Para él nada tenía desperdicio. Ante todo, lo guiaba un poder superior que, seguramente, lo sigue guiando hasta hoy. Más no sé, ya no me interesa saber de él.
Con todo, sentía admiración por él en aquellos tiempos de la universidad y cuando se soltaba a hablar de sus ideas, yo era todo oídos. Desde siempre he sido un enamorado de los sueños ajenos, como de igual forma de los acentos ajenos. En cuanto alguien a mi alrededor tiene una voz acusadamente melódica, no puedo resistirlo y al instante ya estoy cantando como él. Este era precisamente el caso de Nosák: tenía una voz queda y sutil, por momentos monótona, pero siempre al término de cada una de sus alocuciones modulaba por un momentito la voz de una forma tan extraña que a mí a la distancia me recordaba la manera de entonar de los maestros de ceremonia en el culto católico. Aquello se me quedaba en la cabeza por lo menos un día o dos luego de una tertulia con él, y Karolína siempre reconocía de una manera tan infalible que yo de nueva cuenta estaba malgastando mi tiempo con él. ¡Por Dios, no hagas como Nosák! suspiraba con fastidio cuando me daba por hacerlo. Karolína no quería a Nosák, pero a veces yo estaba impregnado de su voz, como si se tratara del humo de un cigarro.
Y cuando comenzaba a describirle lo que Nosák me contaba sobre sus planes de vida, de inmediato se esforzaba en cambiar el tema y, por ejemplo, hablar de nuestro futuro juntos. Ella procedía de una familia en la que nadie sufría por ningún sueño salvaje y por eso, claro, mis deslices la asustaban. Quiero casarme y tener hijos, repetía con frecuencia, y después añadía a manera de broma, y también una pequeña casita, con un gallinero chiquito y algunas gallinitas… No había para mí en ese momento una idea más fastidiosa y una broma tan de mal gusto. Era particularmente alérgico a los gallineros. Karolína era hermosa, toda muy bien formada tanto del cuerpo como del alma y yo estaba totalmente poseído por ese cuerpo, sólo que ese cuerpo deseaba concebir niños y yo no tenía intención de hacer eso. Los niños le exigen a uno una gran cantidad de tiempo y a mí me parecía que no tenía nada de tiempo. Sin embargo, tampoco me entusiasmaba la posibilidad de anclar en un instituto para la investigación de ratones blancos. Si bien estudié ciencias naturales (una buena escuela, en ese tiempo una de las pocas donde se podía adquirir una sólida formación sin que se tuviera que extraer toda la información esencial del montón de bagaje ideológico), no pude despojarme de la sensación de que todo en mi vida era sólo provisional. Como si siempre estuviera esperando una señal del tiempo que me comunicara que apenas en ese momento aquello empezaba de verdad. Pero ninguna señal se hizo sentir, entonces, ya en el año ochenta y nueve comencé a pensar que no me iba a quedar otra opción que convertirme en investigador de laboratorio.
Por ello pasé muchísimo tiempo en la facultad de la calle Vinična, en una habitación acondicionada para realizar mis experimentos, la cual desde luego vacilo en llamar laboratorio. Propiamente era como una pocilga en el segundo nivel del sótano, justo al lado del espacio donde estaba ubicado el criadero de los animales de experimentación de la facultad. No había posibilidad de que les diera el aire de manera adecuada, por lo que apestaba a ratas, conejillos de Indias y hámsteres por todas partes, a tal grado que uno se vomitaba con eso. El pasillo por el cual se llegaba ahí desde la escalera estaba todo mellado de las baldosas y nunca por los siglos de los siglos le ha entrado luz. Poco me faltó para romperme la pierna un par de veces al arrastrarme por ahí en plena oscuridad, tentando con las manos las paredes húmedas de las que se desprendía el revoque. Algunas veces, al hacerlo, me tropecé con una pecera que estaba allí atravesada o metí el pie en una cubeta que dejaba ahí tirada la señora Zalabáková, la persona que tenía que hacerse cargo de los animales en los criaderos.
Hasta hoy se me aparece en sueños el camino por ese pasillo. Corro a través de él, de aquí para allá, busco la puerta y cuando finalmente la encuentro, ésta da de nuevo a otro corredor y así sucesivamente. Se repiten en mí con absoluta frecuencia los sueños en donde me muevo por algún edificio público, puede ser una escuela, un hospital, un centro comercial, una estación, el vestíbulo de algún aeropuerto, un hotel o un museo, pero siempre se trata de algo ilegal. Primero irrumpo ahí por la entrada trasera o arrastrándome a través de las ventanas y luego me extravío por pasillos oscuros, sótanos y salas de calderas, a donde está prohibida la entrada para las personas no autorizadas. Ahí busco a alguien o de alguien huyo pero principalmente me esfuerzo en pasar inadvertido para que no se descubra que soy un intruso que entró para ver lo que no tiene que ver. Pero yo veo porque miro a hurtadillas, de reojo, a la carrera pero todo el tiempo, puesto que desde siempre he tenido mirada voraz, principalmente para cosas que no me importan. A veces en esa clase de sueños consigo finalmente salir del edificio en cuestión a un espacio abierto pero al hacerlo no siento ninguna clase de liberación. En mis sueños todos los entornos tienen siempre la misma espesura, temperatura y humedad, por ello no se puede respirar otra cosa. Tanto los interiores como los exteriores nadan en la misma infusión y el sentimiento de ilegalidad no se desvanece con el cambio de entorno. Se podría decir que son sueños angustiantes, pero a mí me gustan, para mí es aún mejor tener pesadillas que no tener nada. Adoro ese espíritu que tienen de aventura confusa y sin objetivo, y esa atmósfera caliente y de melaza en la que me muevo como si nadara por los cauces de mis propias venas.
La señora Zalabáková se aparecía también en mis sueños de vez en cuando. Era una persona singularmente repugnante y cuando digo singularmente me refiero a que la repugnancia que causaba no resultaba del hecho de que fuera de alguna manera flaca o gorda en demasía ni de que estuviera de alguna manera desproporcionada físicamente. No tenía una gran panza ni joroba ni labio leporino ni ninguna pezuña, era más bien algo en su interior, algo en su voz quejumbrosa y mascullona y en sus ojos acuosos lo que producía el efecto de que se le tomara por una avinagrada cualquiera, sudada, puerca y tonta. Cuando a esto se le agregaba el delantal de trabajo, la escoba, la cubeta y la habitación llena de bichos silbadores, se formaba el cuadro perfecto de una afanadora bruja. Bajo el delantal llevaba unas polainas de mimbre, estiradas casi hasta los senos. E iba al trabajo cada vez que quería. A veces no iba para nada, puesto que tenía un hijo que milagrosamente era capaz de enfermarse cada vez que le convenía a su madre.
Bajo el señorío de esta mujer los animales de experimentación que estaban en los criaderos con frecuencia se las arreglaban para escapar del depósito y correr después por el subterráneo en todas direcciones, aparearse ahí con ferocidad y colonizar el sótano del edificio de la facultad hasta el momento en que los fumigadores se desfogaran con ellos. A decir verdad, la tierna mujer tenía una aflicción disimulada hacia todas las pobres criaturas a las que se les había fijado el cruel destino de convertirse en víctimas del experimento científico, y cuando ya no le era posible dejarlos ir a todos lisa y llanamente (porque con ello propiamente anularía también su puesto de trabajo), por lo menos les dejaba un poco corrido el alambrado del depósito para que tuvieran, como ella decía, algún chance. Algunos aprovecharon de verdad el chance y sobre ellos la señora Zalabáková decía que habían conquistado la libertad. Yo tenía mucho miedo de que les ayudara de la misma manera a mis ratas porque con ello le restaría valor a todo mi trabajo de tesis y me condenaría, hacia el final de mis estudios, a hacer un deshonroso acopio de datos. Por tal razón siempre dejaba mi pocilga sistemáticamente cerrada y por seguridad me llevaba conmigo la llave. Si tan sólo la señora Zalabáková hubiera adivinado lo que ahí hacía con las ratas, lisa y llanamente las habría dejado salir al jardín botánico en medio de coníferas exóticas donde las habrían matado sus feroces parientes.
En primer lugar agarraba de la cola cualquier animal rebelde y lo mantenía sobre un matraz con éter. Cuando quedaba adormecido y la escarcha se le juntaba en los bigotes, le abría la piel con las tijeras a la altura del vientre y mediante una operación le introducía un pequeño termistor. Éste tenía que emitir señales, cuya frecuencia aumentaba o descendía de acuerdo a como hubiera subido o descendido durante el día la temperatura corporal en las vísceras de la rata. El radio normal captaba las señales un poco más lejos, éstas se traducían a impulsos eléctricos y luego estos impulsos eran dirigidos por finos alambres a los apuntadores del trazador de gráficos, el cual se movía por treinta segundos cada media hora y dejaba registrado si en ese momento el animal se calentaba o enfriaba. Después, en un experimento aparte se trataba de averiguar cómo reaccionaría el animal si, luego de estar habituado por largo tiempo a que se le encendiera la luz a las seis de la mañana y se le apagara a las seis de la tarde, repentinamente se le encendiera ocho horas antes u ocho horas después. El cambio en el régimen de luz tenía que producir en la rata una suerte de factor de estrés y también tenía que evidenciarse en algunos cambios dentro del ritmo diario de su temperatura corporal.
Nosák y yo le llamábamos a este cambio repentino “vuelo a América” si la luz se atrasaba o “vuelo a Siberia” si entraba con anticipación. Es decir, de esa manera era posible simular experimentalmente un rápido desplazamiento a través de algunos husos horarios y analizar su influencia en el organismo. Mi trabajo se titulaba:Cambios en el ritmo circadiano de la temperatura corporal de la rata en correspondencia con los cambios en el régimen de luz. En su fase preliminar pude comprobar que el organismo de la rata sabrá Dios por qué pero básicamente resistía de peor manera los vuelos a Siberia que a la inversa. Le tomaba más tiempo acostumbrarse a ello y no sólo en lo que respecta al ritmo de la temperatura corporal ni mucho menos; era relevante ver la manera cómo durante el proceso se alborotaban las hormonas. Me habría gustado que vieran las fluctuaciones de las líneas en el papel. Justamente, experimentos análogos descritos en la literatura científica con influencia del cambio de la iluminación sobre el ritmo endógeno de las expansiones hormonales, me concedieron una base para el establecimiento de un método propio y sirvieron para la formulación de suposiciones, en cuanto se trataba de mis propias observaciones y sus resultados. Con esto quiero decir que no sabía cómo saldría mi experimento pero podía apreciarlo en su justa medida, lo cual no pongo en evidencia aquí sólo porque sí.
Al igual que yo Nosák estudiaba biología, pero él lo hacía principalmente para demostrar que toda la ciencia europea iba en una dirección equivocada. No asistía mucho a la escuela, la mayor parte del tiempo lo empleaba en lecturas de literatura espiritual de segunda mano y en experimentos sobre los efectos que diversas sustancias químicas podían tener sobre su propio cuerpo y alma. Cuando en ocasiones realizaba experimentos en el cuarto contiguo del sótano con anfibios en los que clavaba la mirada a través de un espejo unidireccional para que sólo él pudiera verlos a ellos y nunca ellos a él (¡Ay, anillo de Giges! ¡Secreto anhelo de todos los zoólogos experimentalistas y de todos los realizadores de documentales!), se dirigía a mi lugar siempre con una chamarra morada de nailon hecha una piltrafa, con unos lentes desvencijados y mal ajustados sobre la nariz, y debajo de ella un bigote ralo, lleno de barros. Llevaba consigo etanol puro y sacarosa robados del erario de la facultad, y unas naranjas mallugadas que compraba muy baratas en una tienda de la calle Ječna. Con estos ingredientes conseguía amalgamar un coctel que luego nos bebíamos juntos mientras nos entreteníamos hablando de política. En aquel entonces todos hablaban de política, aquello era normal ya que el bloque oriental se estaba desmoronando y se esperaba que también nuestra historia se pusiera en movimiento. Y vaya que dentro de mi entorno nadie reflexionaba sobre estas cuestiones como Nosák. Todo el tiempo era la personificación de la alusión misteriosa; a cada instante manifestaba que detrás de la historia visible trabajaba una suerte de historia encubierta y afirmaba que los procederes humanos se encontraban bajo la influencia de diversas fuerzas astrales, claras y oscuras, que conducían, juntas, a una disputa interminable. En aquel entonces yo no tenía la menor idea sobre astro alguno, así que me quedaba con el ojo cuadrado al escuchar todas las palabras de Nosák.
No fue difícil hechizarme, especialmente cuando las exposiciones de Nosák sobre entidades espirituales, esencias invisibles y su intervención en la historia humana se entrelazaban de forma tan interesante, haciendo destacar cierta conexión paradójica. ¡Qué historias! ¡Qué historias! Siempre me quedaba pasmado al escucharlas. Si Nosák hubiera querido entrar en debate conmigo, por ejemplo, acerca de la transportación de protones a través de la membrana mitocondrial, no me habría podido refutar nada, pero cuando le tocaba el turno a los eones, las efemérides y las emanaciones, me quedaba mirándolo con la boca abierta. Tal vez por eso, porque la ciencia, por la cual aprendí a conocer, explicaba sobre el mundo todas las cosas posibles y, además de eso, explicaba cómo era que “todas esas cosas” debían tener sentido (si es que a ustedes no les basta la idea comúnmente aceptada de que los científicos trabajan para el bien de la humanidad). Quien tenía el impulso de hacer preguntas metafísicas era abandonado a merced del destino y las consecuencias era probable verlas a cada paso. Cualquiera se extrañaría si supiera cuántos sectarios y visionarios era posible encontrar en aquella época entre mis colegas, gente adiestrada en el pensamiento racional, inclinados a pensar que bajo ciertas misteriosas circunstancias uno y uno no tienen que ser necesariamente dos. Para nosotros la ciencia representaba sólo el segmento de la experiencia que era posible adquirir con independencia de las propias vivencias, mientras que Nosák hablaba de experiencias adquiridas especialmente a través de vivencias y éstas tenían que ver con algo esencial que evidentemente descansaba sobre terreno yermo: lo irracional, mundos llenos de misterio, canales de la imaginación, fuerzas que modelan el alma humana. Yo me quedaba parado frente a eso como un curioso ignorante, mientras que Nosák, gracias a sus experimentos con sustancias químicas, ya se movía allí con soltura como un roedor fugitivo por el sótano de la facultad. Después me demostraba basado en diversos ejemplos cómo eso estaba unido con nuestra situación histórica actual, todo tan sugestiva y sencillamente como si se extrajera un conejo de un sombrero. Pronosticaba un duro impacto de las leyes del karma sobre los comunistas, pero a la vez se estremecía debido a la codicia y la ramplonería de los llegarían al poder después de aquéllos. Y hablaba de algunas fechas importantes que le harían saber de nuevo al mundo lo que era elgenius locicheco.
También me parece que la primera vez que le oí el términogenius locifue en relación con una enorme salamandra de dos metros que vivía en un depósito dentro del sótano de la facultad desde hacía ya casi cuarenta años. Se cuenta que en los años cincuenta el secretario Mao Tse-Tung se la regaló en persona al presidente Gottwald y luego éste la cedió a la universidad. Nosák decía que el gigantesco anfibio, el cual tranquilamente podría tener cien años, era la personificación delgenius locide nuestra facultad y que lo mejor era no hablar para nada sobre él en público para que no tomara venganza de la facultad. Tales razonamientos me fascinaban. De hecho, a mí me daba lo mismo si detrás de todo había algunas esencias inmateriales racionales o fuerzas impersonales, pero me embelesaba el hecho de que fuera posible comunicarse con el mundo también de esa manera, el hecho de que una salamandra no fuera sólo eso, sino que pudiera tener además un sentido oculto.
Y esperaba con evidente ansia las fechas importantes de las que hablaba Nosák; no me afligía ningún temor ante el posterior desarrollo de los acontecimientos políticos. No me hacía grandes ilusiones, para nada, sólo me decía que ya era necesario un cambio y sobretodo que no estaría mal ver un poco el mundo. Sólo basta con que alguien corte los alambres puestos sobre las fronteras, afirmaba yo con frecuencia. No quiero alambre alguno a mi alrededor. Eso es lo único que de verdad deseo. Por estas opiniones Nosák me tenía por un hombre de pocas luces. Sin embargo, yo no era un tipo sin pretensiones como podría parecer por mis palabras sobre los alambres. Anhelaba asimilar historias y escribir libros sobre ellas, sólo que no tenía una idea exacta de qué tendría que hacer concretamente para conseguirlo. ¿Ascender a la montaña más alta? ¿Caminar a través de un desierto congelado o de uno árido? ¿Descender por las cataratas del Niágara en un barril? ¡Nada de eso! Esas no eran historias, era sólo deporte… Sentía con desesperación que me hacía falta fantasía. Mientras Nosák hacía girar el matraz en forma de cono que contenía el coctel de naranja y auguraba a través de él revoluciones de repercusión mundial, yo veía a través del mío sólo ratas blancas coloreadas de naranja.
Una vez, durante el otoño, nos volvimos a sentar igual Nosák y yo en el sótano. Las ratas, totalmente confundidas, acababan de volar hacia Siberia y de repente Nosák comenzó a hablarme de Siberia. Pero no me habló sobre la fauna de aquel lugar ni sobre los campos de labor ni sobre las implacables heladas, se lanzó directamente a hablarme de los chamanes aborígenes y de sus prácticas. Me dio una cátedra sobre los tres niveles de la imagen chamánica del mundo, sobre el árbol sagrado que vincula el cielo, la tierra y el infierno, sobre los combates entre las brujas blancas y negras, sobre la ingestión ritual de amanita, sobre la curación mágica de enfermedades y las posibilidades de metamorfosis del hombre en animal, sobre los estados variables de la consciencia, la ensoñación lúcida y la inmortalidad, sobre experimentos frente a los que los míos con ratas parecían juego de niños. Y también sobre la belleza de las muchachas rusas, acerca de la que había tenido oportunidad de instruirse en el transcurso de una expedición zoológica el año anterior. Esto último lo entendí, todo lo demás me dejó confundido. Lo más importante eran sus alusiones enigmáticas, siempre tan interesantes e incomprensibles, interesantes por incomprensibles. Uno podía figurarse cualquier cosa detrás de ellas y la mayoría de las veces ni siquiera imaginarse nada, nada más había que dejarlas que le hicieran cosquillas al cerebro y al plexo solar.
—¡Caray! ¿Cómo es que de todo sabes? —le pregunté.
Y él sólo sonrió:
—De seguro por los libros… al final ya todo fue conocido con anterioridad.
Hizo una breve pausa como para darse aires de suficiencia, y luego prosiguió con esa voz tenue y baja acompañada de un rabillo melódico al final de cada oración:
—Incluso en los años veinte un chamán siberiano visitó Praga y ejerció influencia en la ciencia hermética checa de entonces. Los documentos que sobre ello existen naturalmente se encuentran ahora en los archivos de Seguridad Nacional. Pero todo eso saldrá de nuevo a la luz. En un año o dos reventará… Primero mucha gente se dirigirá hacia Occidente, hacia América, pero de allí no vendrá luz alguna. Luego se sentirá un vacío espiritual y comenzarán a buscar.
En lo esencial estaba de acuerdo con él, pero como no me gusta estar de acuerdo, enseguida ya tenía una objeción en la punta de la lengua:
—En los últimos cien años a los checos ya les han borrado la memoria cuatro veces. Ahora se la están borrando por quinta vez, y en su lugar le van a escribir que todo lo que llega aquí de la Gran Estepa es pernicioso.
—Sí, claro —sonrió Nosák—, y es justo eso lo que provoca interés. Tendrán miedo de los anglosajones de cráneo alargado porque los van a obligar a construir el capitalismo. En un abrir y cerrar de ojos empezarán a regresar. Algunos, claro, no todos, algunos…
Luego de que hubo pronunciado este vaticinio, dijo que en lo que a él concernía partiría hacia Siberia en cuanto la situación aquí estallara a fin de aprender con los chamanes de allá la única y verdadera ciencia de la naturaleza. E inmediatamente yo comencé a envidiarlo porque me imaginaba la lejanía y el espacio que se abrían ante Nosák, y por eso se me oprimía el corazón. Mi investigación en torno a la temperatura de las ratas me pareció en ese instante enteramente intrascendente. Miré hacia afuera, en dirección al jardín, y vi cómo el viento arqueaba los árboles negros y pensé en que a través de esa ventana observaría toda mi larga y lúgubre vida. De repente aquello me disgustó tanto que dentro de mi alma comencé a balbucear: ¡Ojalá que nada me mantenga atado en la vida! ¡Ojalá que aún me sea concedido orientarme un poco! ¡Ojalá que aún no me sean arrebatados mis privilegios de niño! Y no bien terminaba de pronunciar mi oración en defensa de mi inmadurez, cuando mi Karolína viene caminando a vernos a donde trabajábamos con las ratas,diciendo que al parecer la gente comenzaba a reunirse en Albertov frente al edificio de la facultad y nos preguntó si también iríamos. Entonces Nosák y yo nos levantamos y fuimos a ver cómo la historia se ponía en movimiento.
Karolína lamentó que Nosák nos acompañara pero no opuso ninguna objeción y tampoco preguntó nada. Y prefirió no saber qué clase de oración había murmurado yo. No era simplemente que ignorara lo que le asustaba de mí, no, mejor dicho se comportaba como una persona que estuviera enamorada de un cocodrilo y que un día decidiera y para siempre que el animal de grandes dientes es bonachón en esencia, y quisiera mostrarse a sí misma y al mundo que de vez en cuando puede soltarlo en el corral de los conejos. Quería creer con todas sus fuerzas que en realidad su querido no mordía. Y, de esa forma, me compraba libros que pensaba me cautivarían y luego yo de verdad los leía y los releía, en lugar de andar y dormir con ella, aun cuando andar con ella y dormir con ella era muy agradable. Ella me prevenía ante las películas a cuyas historias yo me rendía y con las que luego lo único que hacía era meditar como un iluso en la manera cómo podría experimentar algo parecido en lugar de querer casarme con Karolína y establecerme. Y Nosák sólo era otro conejo, ya que ella me había conocido junto a él. Yo no perdía la única oportunidad que me brindaba de confirmarme como un carnívoro. De esa forma erigía un círculo vicioso en el que ya nos encontrábamos como en casa: Karolína hacía patente lo mucho que me comprendía y lo tolerante que era, pero en ocasiones por eso rompía a llorar y luego yo la consolaba, aunque cada vez me gustaba más el alimento crudo y poco a poco comencé a buscar una presa distinta.
Y he aquí que Karolína llega y menciona el movimiento en las calles.
Sabía muy bien que yo tendría interés y quizá de verdad pensaba que el interés surgía de alguna de mis convicciones políticas. Lo más probable es que en aquellos tiempos yo sostuviera algo parecido. Eso hoy apenas tiene un significado claro pero yo diría que en general sólo esperaba con mucho gusto el final del antiguo orden, aun cuando ninguna concepción política me quitaba el sueño. Me gustaba vivir en una época en la que ya estaba por sentirse un cambio en el aire pero aún no se sabía cuándo se produciría con exactitud. Soy un niño de abril y lo que más me gusta es el aire anterior a la primavera, así lo disfrutaba y la participación en todas las grescas callejeras eran un elemento constante. No me perdí ninguna en aquellos tiempos,formaban parte de mi divertimento aventurero preferido, pero de seguro me habría perdido la más importante de todas de no haber sido por Karolína. Aquél día sólo quería embriagarme con el etanol robado y entablar un debate con Nosák, nada más, sólo que mi querida me empujó adonde el destino quiso y todo en mi vida tomó un giro inesperado.
Súbitamente me encontré en medio de una muchedumbre que se dirigía a Vyšehrad llevando pancartas, lanzando consignas y cantando el himno una y otra vez. A la altura del cementerio la multitud se dividió en dos partes. En la parte más grande estaban los que pensaban que la manifestación era un fin en sí mismo (o que deseaban que así fuera) y se dispersaron en dirección a su casa. La parte más pequeña continuó la marcha hacia la ribera del río. A Karolína le repugnaba todo lo que consideraba extremista, así que se decidió por la primera variante; yo, sin dudarlo, por la segunda. Aquello fue la siguiente ronda de nuestra danza del cocodrilo. Nos despedimos con un beso. ¿Dónde se encontraba Nosák en aquel momento? No lo sé. Se había quedado charlando con alguien en el camino y lo había perdido de vista. Seguí adelante sin amigos y eso me puso contento. Me sumergí en la multitud, me sumé por lo bajo al clamor general y al mismo tiempo experimenté una extraña sensación ante mi propia singularidad. Para empezar ni siquiera sabía en qué me había metido, pero después me di cuenta. Lo que pasaba es que me encontraba solo. La multitud la componían parejas, tríos, grupos, cofradías y yo. Toda la multitud era ilegal en sí misma, pero además de eso yo era un ilegal ahí adentro. Aquello me gustaba, me recordaba un estado que ya conocía de mis sueños. Me convertí en elemento de un animal colectivo viviente, tenía la oportunidad de seguir la manera en que se comportaba y por encima de eso yo mismo podía observarme intentando hacer las mismas cosas. A la vez, estaba muy contento de que Karolína estuviera en su casa y de que aquí no hubiera nadie por quien yo pudiera temer en serio. Estando solo tenía el estomágo colmado de miedo, pero me consolaba con la idea de que tal vez aquí no iba de por medio la vida. Así pues, me dirigí en dirección a la avenida Nacional.
Luego, en el momento en que aparecieron los carros blindados de la policía, me aterré con la idea de que me hubiera equivocado en esa ocasión y hubiera llegado demasiado lejos, y quise huir. Busqué algún resquicio, sólo que ya era tarde, la calle estaba bloqueada por ambos lados y no era posible. Después viví unos minutos de verdadero horror. Los policías venían por delante y por detrás y comprimían a la masa como si se tratara de un bulto de papel viejo. Esperé a ver en qué momento la multitud se desbocaría por el pánico, yo iría a dar al suelo en algún lado y sería aplastado, pero al final se abrió un angosto orificio en el cerco y se nos permitió comenzar a abandonar el tumulto. Esto sucedió gradualmente, uno por uno, a través de un pasillo de cascos blancos y garrotes cayendo sobre las cabezas, los hombros y las espaldas de la gente. Casi a todos los que pasaron por ahí les dieron sus catorrazos y algunos hasta el día de hoy siguen con mareos por esa causa. A mí no, a mí no me tocó ninguno, yo atravesé por allí como un fantasma, nada por aquí nada por allá… a mi alrededor se besaban y se abrazaban porque ya habían dejado aquello atrás y porque formaban parte el uno del otro, pero yo ahí no tenía a nadie, así que me fui corriendo directo a mi casa para contarle a mis padres por lo que había pasado, de lo cual ellos quedaron admirados.
Los siguientes días pasé la mayor parte del tiempo en el edificio ocupado de la facultad, en vela día y noche, ayudando con la distribución de volantes e impresiones. Todo el tiempo telefoneaba a alguna parte, hablaba con voz deottava bassa, incluso con Karolína, y me anunciaba como del consejo de huelga. En aquellos tiempos eso provocaba una reacción favorable en todos los partidos, podía solicitar ayuda a diversas instituciones para los más diversos propósitos, sorpresivamente cada uno se esforzaba por complacernos. Al principio las noches en vela tuvieron su razón de ser; sin embargo, gradualmente la maquinaria revolucionaria caminó a tal punto sobre ruedas que ya no hubo problemas para encontrar un par de horas e irse a dormir. Aún así yo consideraba necesario estar siempre cerca de todo, al menos como espectador, de manera que traía arrastrando detrás de mí un déficit de sueño de hasta cuatro noches en fila. Hacia el final del experimento ya había vivido lo que ni siquiera soñaron mis ratas con sus irrisorios cambios de ocho horas en el régimen de la luz. Me acometían ataques de escalofríos y temblores de fiebre, notaba en mí una pérdida de consciencia y me sorprendía a mí mismo con la mirada puesta en rincones en los que súbitamente se abrían agujeros hacia regiones de colores pastel, veraniegas y fantasmagóricas; escuchaba las voces que mis compañeros me dirigían como si estuvieran debajo del agua y a pesar de todo me parecía que tenían un volumen insoportablemente alto; alternativamente me acometían ataques de hambre y de nauseas; me hacía nudos en elcabello y me mordisqueaba la mucosa bucal; con la autoridad que me daban algunos de mis cargos, le asigné a diversos voluntarios las tareas de propaganda especialmente complejas; dí crédito al rumor de que los tanques entrarían a Praga, me fui a casa por mi pasaporte y le comuniqué a mis padres que pensaba emigrar a Austria; telefoneé al aeropuerto a fin de que se dispusiera al instante un avión para los miembros del consejo de huelga, y se les suministró un vuelo gratis a Ostrava (¿qué quería hacer en Ostrava? Tal vez nada, simple y llanamente me entretenía el hecho de poder organizar tal cosa); dispuse la dispersión de volantes desde un globo que revoloteaba en el aire helado sobre la Plaza de Wenceslao y asistí a la proyección de películas pornográficas que los compañeros que hacían los rondines montaban por la noche para calentarse. Luego, para tranquilizarme, daba paseos a través de los oscuros pasillos de la facultad, de aquí para allá, echaba un vistazo a la vitrina donde estaban los animales disecados y los minerales, y balbuceaba en voz alta sus nombres en latín. Me parecía que ya nunca tendría que dormir y que ya sólo estaría para siempre en vela, de manera que lograría hacer muchas más cosas que los demás: concluiría mi carrera de biología, luego llenaría las ignominiosas lagunas en mi educación humanística, viajaría mucho, pondría en marcha mis investigaciones sobre ciencias esotéricas, donde pronto sobresaldría y luego instruiría a Nosák sobre cuestiones astrales. Todo eso me proponía y aún muchas otras cosas más. Sólo que los episodios alucinatorios ya estaban acercándose a su fin.
De vez en cuando, alrededor de la medianoche, me ponía a examinar las fotografías de la avenida Nacional, pero en vano me esforzaba en encontrarme a mí mismo en ellas; más bien era yo como un ahogado sin esperanza entre la multitud, el cual se ahogara, él solo, en la oscuridad. Una muchacha que llevaba una capa verde oscuro y que se apareció en el edificio ocupado de la facultad me distrajo de mis reflexiones con el ofrecimiento de ayuda para los estudiantes en huelga. En aquel entonces mucha gente apoyaba a los estudiantes ofreciéndoles ayuda de diversa clase: alguno aportaba dinero, otro facilitaba su coche y él mismo para conducirlo, otro más artículos de oficina o comida. Pero ella dijo que no podía sernos de provecho en nada de eso y sin embargo creía que podría sernos de utilidad. Según dijo, todos nos veíamos cansados y desvelados, y que dominaba algunas técnicas de relajación que podían brindarle al cuerpo un descanso que equivalía a algunas horas de sueño. Aquéllos en quienes habían surtido efecto las palabras de la muchacha acto seguido recogieron sus bolsas de dormir y las extendieron en el pasillo del segundo piso bajo la mirada de los animales disecados y de los remojados en formol, iluminados de azul en medio de los rayos lunares. Estábamos allí veinte más o menos, acostados boca arriba uno al lado del otro, en el angosto pasillo, dejando de pensar en qué clase de acontecimientos históricos se estaban decidiendo en ese momento en Praga, y esforzándonos en respirar con normalidad. Personalmente tenía ganas de saber de qué manera me repondría y extendería mi record de vigilia ininterrumpida después de la sesión.
La mujer de la capa puso en la grabadora música de sitar y comenzó a hablar con voz sosegada:
—Liberen su cuello y bajen sus braguetas.
Llevé a cabo lo que me mandó y ya no supe nada más.
Desperté dos días después, ya casi por la noche y me quedé pensando en las razones de por qué era el único que estaba acostado en el largo y oscuro pasillo, bajo el rígido y poco natural ibis de ojos vidriosos. ¿Aquello significaba que todos los demás se habían relajado y habían permanecido en vela y que el único que no había estado a la altura había sido yo? Tenía sentimientos encontrados. Bostecé y me dije que quizá sería buena idea ir a casa a cenar. Durante veinticuatro horas nadie aquí me había necesitado para nada, eso significaba entonces que de todas formas la revolución había salido avante. ¿Y qué estaría haciendo Karolína? ¿Y su edredón de corazoncitos rojos? Estaría viviendo en el cuartito del departamento de sus padres en compañia del alegre par de pericos, en su ropero perfumado con jabón colgarían de los ganchos sus falditas de colores, en su escritorio, en el segundo cajón de arriba, tendría guardadas todas las fotografías de nuestros viajes y una pequeña colección de retratos graciosos que yo le dibujaba en un cuaderno con el bolígrafo durante las clases y que acentuaban su naricita, su cara redonda, su fleco lacio y su coleta. Durante toda la época de los estudios universitarios no nos despegábamos ni un centímetro, compartíamos todo incluídos el laboratorio y los animales de experimentación, y en ese momento ya hacía una semana que no nos habíamos intercambiado una sola frase el uno al otro. De repente tuve ganas de verla, se me antojó enormemente su strudel y un chocolate espeso. De manera que la llamé y le dije que pasaría por su casa.
Pero nada más salí vi parado sobre la calle nevada frente al edificio de la facultad un autobús desde el que Nosák me hacía señas con las manos.
—¿A dónde va esto? —le pregunto.
—A Rumania —dice Nosák.
¡Con que esas tenemos! Aquello sonó interesante. Justamente en Rumania había también una revolución, sólo que mucho más violenta que aquí. Allá se habían tirado balazos. Me llamó la atención al instante.
—Nosotros somos la ayuda humanitaria —explicó Nosák. Y era verdad, algunas personas estaban sacando cajas con vendajes, ropa, mantas y bolsas de dormir del edificio contiguo que había sido ocupado por los estudiantes de medicina.
—¿Ves? —Nosák señaló en su dirección—. Diez estudiantes de medicina, el conductor y yo.
—Yo voy también —dije sin meditar las cosas e inmediatamente me fui corriendo al laboratorio para abastecer por lo menos para una semana de gránulos de engorda a mis ratas blancas con transistores en las barriguitas. Mi trabajo de tesis no tenía por qué verse perjudicado por mis desvaríos aventureros.
Las ratas se encontraban en ese momento en la fase crítica del experimento. Después del cambio en el régimen de luz se produjo en ellas gradualmente una sintonización con la luz de las funciones internas afectadas al nuevo régimen, llamémosle siberiano. Revisé que las pilas de los radioreceptores estuvieran cargadas, todo estaba en orden; las señales de los reproductores resonaban fuerte y con regularidad; sobre el papel calibrador del trazador de gráficos de cuatro canales brillaban por debajo de las puntas de los apuntadores de tinta cuatro marcas erizadas de colores. Las ratas estaban gordas y apáticas, como es propio de los animales de laboratorio. Les llené hasta el tope el comedero y lo mismo hice con el abrevadero, encerré con dos vueltas de llave a mis viajeras de ojos rojos para que la señora Zalabáková no diera con ellas, y me eché a correr tras Nosák y tras la aventura.
Una hora después ya nos habíamos puesto en marcha: el autobús, dos camionetas grandes y algunas ambulancias de urgencias de Praga, toda una comitiva. El doctor Štícha, un hombre alto y calvo con bigote, era quien la comandaba. A cada rato concedía entrevistas a los reporteros de la televisión en Praga, en Brno, en Bratislava, luego en la frontera e incluso en algún lugar de Hungría pululaba a su alrededorgente con cámaras y micrófonos, y él se dirigía a ellos. Le salía bien, tenía talento y su fama aumentaba conforme avanzábamos. Las ambulancias iban todo el tiempo con las luces encendidas y con los faros intermitentes, la gente que ya sabía de nosotros por los reportajes de televisión nos hacía señas con las manos porque en ese entonces aún no estaban acostumbrados a tales actos y yo me decía que me encontraba instalado en la ruta correcta, puesto que en aquel autobús tripulado por héroes hacía calor, había un montón de pan y de conservas de cerdo del comedor de la facultad, y todavía un doctor nos repartió dinero para gastos menores. Y sobre todo iba zumbando el viento alrededor mientras avanzábamos, lo cual es siempre agradable. Únicamente me echaba a perder mi humor el estar pensando en Karolína. Al menos tenía que haberla llamado —me decía—. Ya se me habrá enfriado el chocolate en su casa.
Luego recorrimos la llanura de Panonia. Sobre los campos atestados de barreras cortavientos se asentaba un poco de nieve, los cuervos y las palomas escudriñaban las tierras de labranza, y Nosák me contaba misterios de la historia relativos a la cristianización de Hungría: san Esteban y su hermano Koppány el pagano, leyenda similar a la de san Wenceslao. Y yo, mientras lo escuchaba, me quedé mirando al sujeto arrugado de barba que estaba sentado más cerca del conductor y que conversaba con uno de los médicos. Desde Praga viajaba en una de las camionetas, pero en Budapest se pasó con nosotros al autobús. Llevaba un suéter de cuello de tortuga, jeans y unas gruesas botas de montaña. Me quedé mirando sus botas y me dije que con toda certeza tenía ante mí a un hombre que al igual que yo sabía que con unas botas gruesas se podía andar mejor.
—¿Quién es? —le pregunté a Nosák luego de un rato.
Me dijo que se trataba del periodista Chlupecký, el Chlupecký que había recorrido Siberia y escrito un libro sobre ello. Todo el tiempo le miraba las botas a Chlupecký, me resultaba simpático a causa de ellas, incluso muy simpático, pero también inmediatamente desde el principio le tuve envidia, como a alguien que ya ha llegado a donde también desearía llegar, pero que por el momento no me ha sido posible o no he cobrado el ánimo suficiente para hacerlo. De esta manera, me dirigí a Nosák en un tono desdeñoso:
—No soporto los libros de viajes. No les creo ni una palabra. ¿Es que acaso se le puede dar crédito a todas esas descripciones de paisajes naturales maravillosos, de peculiares aldeas, de comida tradicional y bailes con los pies descalzos? ¿Y qué me dices de nombres comoLos pueblos de la montaña del diablo,El secreto de los pantanos del dragónoDesnudos y salvajes? Me parece que los que escriben esas cosas tienen que bombearse alguna clase de droga a fin de poder estar con el éxtasis a tope.
