Siempre será él - Cheryl Kushner - E-Book
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Siempre será él E-Book

Cheryl Kushner

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Beschreibung

Después de tantos años, estaba claro que seguía siendo el hombre de su vida El jefe de policía Ryan O'Connor llevaba diez años sin ver a Zoe Russell, justo desde que le había roto el corazón a su mejor amiga. Ahora tenían que caminar juntos hacia el altar porque eran los padrinos de la boda de la hermana de Zoe. Pero Ryan no estaba preparado para ver el cambio que había dado aquella muchacha tan poco femenina... ni para enfrentarse a los sentimientos que iba a despertar en él... Zoe había intentado olvidar a Ryan de todas las maneras posibles, pero ninguno de los hombres que había conocido en la gran ciudad podía compararse siquiera al sexy y testarudo Ryan. La casamentera de su hermana estaba intentando emparejarlos, pero ¿cómo podría convencerlo de que debían caminar juntos hacia el altar, esa vez como novios?

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Seitenzahl: 229

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2003 Cheryl Kushner

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

Siempre será él, n.º 1824 - mayo 2015

Título original: He’s Still the One

Publicada originalmente por Silhouette© Books

Publicada en español en 2003

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-6335-4

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Zoe Russell había imaginado cientos, no, miles de situaciones en las que volvía a encontrarse cara a cara con Ryan O’Connor, pero nunca se imaginó que lo haría con las mejillas cubiertas de barro y las manos esposadas. Al pensarlo, se miró las manos y trató de no hacer una mueca de dolor al ver que la carísima manicura se le había estropeado. Zoe desconocía por completo lo que Ryan estaba haciendo en Riverbend, lo único que sabía era que por el momento lo que se interponía entre ella y su libertad era precisamente él. Mostrar la más mínima señal de debilidad sería un tremendo error y tenía que dejarle claro que con ella no se jugaba. Zoe irguió los hombros, respiró profundamente y dio un paso hacia la puerta de la celda, sus ojos fijos en los de él.

–Todo esto no es más que un tremendo malentendido.

Ryan alzó una ceja y se pasó el dedo índice repetidamente por la barbilla. Para Zoe no cabía duda de que aquel hoyito, por no hablar de la pequeña cicatriz recuerdo de un golpe sufrido por una pelota de béisbol, le daban un aspecto imponente. Ryan se balanceó sobre los talones y sonrió.

–Eso es lo que dicen todos.

¡Por todos los cielos! Aquella sonrisa enmarcada por los dulces hoyuelos todavía le ponía la carne de gallina. Aquel hombre llamaba al deseo. Zoe trató de no perder la calma. Ante todo fortaleza. Sobre todo ante un hombre a quien ella había considerado una vez su mejor amigo, el hombre que le había roto el corazón aunque en aquel momento no lo supiera. ¿Y no se había jurado a sí misma que nunca más volvería a dejarse embaucar por aquella sonrisa?

Zoe no quería ni pensar en el aspecto que debía tener su pelo, por no hablar de sus ropas de diseño que tendría que tirar a la basura porque ni la tintorería podría salvarlas. Aquel lugar era muy húmedo y estaba cansada, hambrienta y llegaba tarde a probarse el vestido para la boda de su hermana Kate.

Y, a juzgar por la mirada de policía inflexible de Ryan, además de todo eso, estaba metida en un lío. Aún no podía comprender cómo había sido ella la única a la que habían detenido en la manifestación convocada por los jubilados del pueblo. Ella solo hacía su trabajo entrevistando a los manifestantes con la esperanza de lograr una gran historia para el programa Buenos días, América.

–¿No deberías estar deteniendo a los delincuentes de Filadelfia? –preguntó Zoe sorprendida del tono belicoso en su voz.

–Me he dado cuenta de que los delincuentes más… –se detuvo y la miró deliberadamente–, …interesantes se encuentran en el sur de Ohio.

–Yo no soy ninguna…

–Guárdatelo para el juez. He leído el informe policial. Arresto por resistencia a la autoridad, golpear a un oficial…

–Se tropezó y cayó.

–Y entonces te peleaste con él en el barro.

–Me esposó.

–Antes de que los dos cayerais de bruces en el estanque. Se rumorea que saldréis en portada a todo color en el Riverbend Tribune mañana.

Zoe inspiró profundamente tratando de calmarse y de no imaginar el daño que aquella fotografía podría hacer a su carrera televisiva, y volvió a inspirar una vez más porque ver a Ryan no la había dejado indiferente.

–Como siempre tus datos son incorrectos.

–Entonces, ilústrame señorita Estrella Televisiva de Nueva York City.

–Antes comería un montón de caracoles.

–Hay un restaurante francés nuevo en el pueblo –contestó Ryan con sorna–. ¿Quieres que confirme si sirven comida para llevar?

El estómago le dio un vuelco. No podía soportar esos bichitos babosos y él lo sabía.

–No –respondió en un susurro, pero a continuación endureció la voz–. Pero te lo agradezco.

–Supongo que es difícil resultar altanera cuando se está cubierta de barro –dijo Ryan con un inicio de sonrisa.

¡Si al menos, no tuviera aquellas esposas puestas podría quitarle aquella sonrisa estúpida y tan sexy de la cara!, pensó Zoe. La paciencia nunca había sido su fuerte. Cerró los ojos y contó mentalmente hasta diez antes de hablar.

–Si no tienes intención de ayudarme, vete de aquí –dijo Zoe y abrió los ojos al oír la risa profunda de Ryan.

Este se encogió de hombros y se dio la vuelta para marcharse, pero entonces de detuvo, se volvió hacia ella y alzando una ceja la miró.

–No –dijo con un respingo y se marchó sacudiendo la cabeza.

–Conozco mis derechos –gritó Zoe–. Quiero hacer mi llamada, y quiero a mi abogado. ¡Quiero hablar con la persona que esté al cargo aquí!

–Pues resulta que esa persona… soy yo –dijo Ryan volviéndose hacia ella.

Ella lo miró intentando por todos los medios que no se diera cuenta de que la había pillado desprevenida. De nuevo. Pero en su interior sentía que sus cimientos se desmoronaban. ¿Ryan O’Connor era el Jefe de Policía de Riverbend? Lo último que había oído, y no porque ella estuviera interesada en los cotilleos sobre Ryan, era que había conseguido algún tipo de distinción por su valor y lo imaginaba en un puesto alto, en Filadelfia.

Pero entonces, ¿qué estaba haciendo en Riverbend? No era que le importara demasiado… ¿o si? Tenía que dejarle claro que solo le importaba que la dejara en libertad así es que alzó las manos esposadas.

–No tienes motivos para arrestarme. No he incumplido ninguna ley. Quiero que me quites esto, y lo quiero ahora.

–Pues la verdad es que sí tengo motivos. Alteraste la paz. Algo que, te recuerdo, se te da muy bien. La llave está en el fondo del estanque –dijo él con un tono exageradamente paciente, pero ella no se dejó engañar. Sabía que estaba disfrutando con la situación–. Los oficiales están buscándola.

–¿Y vas a decirme que no tienes una llave maestra?

–Me han dicho que se perdió el día que estrenaron la cárcel. Eso debió ser… déjame pensar… hace unos veinticinco años.

Zoe trató de mantener la calma.

–¿Y no podéis llamar a un cerrajero?

–Está cerrado –contestó él encogiéndose de hombros–. Es viernes y son más de las cinco. Riverbend no es Nueva York. Aquí no abrimos las veinticuatro horas del día todos los días de la semana –añadió Ryan con una sonrisa y sin ningún ánimo de disculparse.

–¡Espera! ¿A dónde crees que vas? –gritó Zoe zarandeando con torpeza los barrotes de la celda con sus manos esposadas–. No hemos terminado. No puedes irte así. ¡Ryan! ¡Vuelve ahora mismo!

Estaba segura de que, por toda respuesta, lo oyó reírse. Su situación no podía ser peor. Era un rehén en la cárcel de su propio pueblo y el carcelero era el último hombre en la tierra a quien le pediría ayuda.

Habían pasado diez largos años desde la última vez que se habían visto, pero nunca había sido capaz de quitárselo de la cabeza. Y, de repente, reaparecía en su vida, ya de por sí complicada, y por un momento, un breve y ridículo momento, se había sentido tentada de hacerle la pregunta cuya respuesta inconclusa la había estado quemando durante diez años.

Afortunadamente no la había oído cuando, minutos antes, le había pedido a gritos que regresara. Solo Dios sabe lo que habría podido decirle y lo que él podría haberle respondido.

Zoe miró alrededor de su celda. Era más o menos igual que su estudio del West Side y casi igual de cálida. Aquel catre con la almohada extraplana y la manta mugrienta parecía muy incómodo. Y el diminuto ventanuco apenas si dejaba entrar la luz, cuanto menos el aire fresco.

–Y no olvidemos los fabulosos barrotes de hierro en puertas y ventanas –murmuró Zoe mientras se paseaba por la celda antes de dejarse caer sobre el catre.

Enterró la cara en la almohada y trató de no pensar que se sentía igual de prisionera en su apartamento de la ciudad, escandalosamente caro, que en aquella celda. No quería pensar en Nueva York en ese momento ni en su trabajo como reportera para el programa Buenos días, América que adoraba, pero que estaba empezando a minarle la moral. Aunque ella nunca lo admitiría delante de sus amigos y colegas. Bastante duro le parecía admitirlo para sí.

Todos pensaban que su vida era perfecta. Había celebrado su último éxito el mes pasado con una fiesta en el club de moda. El motivo: su ascenso de su puesto como reportera en la sección de entretenimiento al puesto más codiciado en el espacio vespertino Buenos días, América. Había recibido llamadas e e-mails de personas de las que no había tenido noticias durante años, felicitándola tras leer lo de la fiesta en la sección de sociedad del New York Times. Se había llevado una tremenda sorpresa cuando su madre le había enviado la página central del artículo que hablaba de su ascenso en el Riverbend Tribune, con el titular, nada original, de Chica de pueblo consigue el éxito.

Había logrado el objetivo que se había marcado cuando se graduara en la universidad seis años atrás. Trabajaba y vivía en Manhattan. Tenía muchos amigos y conocidos, y estaba considerada una celebridad. Pero no lograba quitarse de la cabeza la forma en que la prensa sensacionalista de Nueva York se había referido a ella cuando la cadena había anunciado que presentaría un especial de dos horas por la noche además del programa vespertino: «La señorita cabeza hueca llega a máxima audiencia». Todavía le dolía pensarlo. Quienquiera que la llamara cabeza hueca no había prestado demasiada atención a sus últimos programas.

Ella no se limitaba a mostrar rostros llenos de glamour sino que buscaba historias serias, con gente real y sus complicadas vidas. Sabía más de lo que desearía sobre lo que era tener una vida complicada.

Zoe se sentó e inspiró profundamente. Si sus colegas del programa pudieran verla en ese momento… Nunca reconocerían a la mujer que siempre habían visto perfectamente arreglada, si la veían con las manos esposadas, y cubierta de barro de la cabeza a los pies, tras los barrotes de una celda de la diminuta cárcel en el lugar al que había jurado que nunca volvería.

Bajó la vista y miró con consternación sus carísimas zapatillas deportivas cubiertas de barro. ¿Qué diablos la había empujado a comprarlas en primer lugar? Eran caras, incómodas, pero eso sí, lo último en moda. Eran perfectas para Nueva York, pero terriblemente fuera de lugar en Riverbend. ¿Estaría también ella fuera de lugar allí?

Sacudió la cabeza tratando de aclararse las ideas pensando que daría cualquier cosa por una taza de chocolate y uno de los masajes de Andrés. Necesitaba toda su capacidad inventiva para convencer a cierto policía con un hoyo en la barbilla y unos perfectos hoyuelos al sonreír, de que ella era víctima de un extraño caso de amnesia.

Podría fingir que nunca había tomado parte en la manifestación, que no se había enfrentado a la policía, ni había acabado en el fondo del estanque, ni la habían arrestado ni llevado a presencia de Ryan O’Connor cuya penetrante mirada azul lograba introducirse en su interior. Por mucho que le encantara mostrar ante él sus éxitos profesionales, prefería guardarse para sí sus equivocaciones.

Ocultó el rostro entre las manos. El instinto le decía que aquella visita a su pueblo natal para la boda de su hermana iba a ser la más larga de toda su vida.

Si fuera inteligente habría buceado él mismo en el estanque hasta encontrar la llave o habría convencido al cerrajero para que hiciese otra, incluso habría pagado la fianza él mismo. Después habría abierto la celda y habría sacado rápidamente a la preciosa Zoe Russell de la cárcel de Riverbend y de su vida.

Ryan O’Connor era inteligente, y muy sagaz también. Precisamente por eso había salvado el pellejo más de una vez mientras trabajaba en Filadelfia como detective de homicidios primero y anticorrupción más tarde. Pero entonces, el hecho de que Zoe siguiera en la celda de su cárcel le decía que, tal vez, no fuera tan inteligente ni sagaz como creía.

Físicamente, era tal y como la recordaba: alta, delgada, los ojos verdes centelleantes como las esmeraldas que decoraban sus orejas y su dedo. Y seguía teniendo aquel inolvidable pelo rojo y rizado. Hubo un tiempo en que la había considerado su mejor amiga… y la cruz de su vida adolescente, pero no tenía ni idea de quién era la mujer que estaba en la celda de su cárcel en ese momento.

Recordaba que despreciaba las joyas ostentosas y nunca se había agujereado las orejas porque le daba miedo; tan solo llevaba un anillo con una perla que había pertenecido a su abuela. La mujer que estaba en la celda era mucho más refinada, espabilada y sofisticada; demasiado para su gusto. Tal y como aparecía cada mañana en la televisión aunque, por supuesto, él no se sentaba a ver su programa.

Si fuese la primera vez que la veía, habría sido amable con ella, jamás se le habría ocurrido ir más lejos.

Podía jurar que Zoe era la última persona a la que habría esperado encontrarse en Riverbend a su vuelta, pero sería mentira. Sabía que volvería para la boda de su hermana. Aunque no había esperado verla tan pronto. Su inesperada aparición en la cárcel lo había tomado desprevenido. La pequeña Zoe Russell, mejor dicho, la Zoe Russell adulta, no podía haberse mantenido alejada de los problemas. Esa siempre había sido una de sus habilidades, ciertamente atractiva pero muy exasperante a veces.

«No puedes irte así».

Pero lo había hecho. Las palabras de Zoe aún resonaban en sus entrañas. No era la primera vez que las había escuchado. Y aun así, se había alejado de su amistad con ella, de su vida en Riverbend e, inevitablemente, de un matrimonio juvenil con Kate, algo que había sido un gran error por parte de ambos. Y hacía seis meses que había vuelto a echarse atrás en otra decisión, aunque sin elección esta vez. Había decidido dejar de luchar contra el crimen en Filadelfia después de diez años en los que había perdido más que ganado, y si había algo que Ryan odiase era perder.

Se dejó caer en una silla y puso los pies sobre el destartalado escritorio. Tenía la puerta del despacho abierta y desde allí podía ver que todo estaba tranquilo en aquella comisaría. Los teléfonos no sonaban y el administrativo que se ocupaba de la posible documentación estaba leyendo una revista de cotilleos.

Se echó hacia atrás y cerró los ojos rogando para no volver a recordar aquella terrible noche en Filadelfia. Una redada salió mal. A él lo hirieron en el brazo pero, entre el dolor, pudo ver como su compañero, Sean, caía al suelo con un tiro en la espalda. Todo lo que le importaba cambió para él esa noche. No fue tan fuerte y heroico como debiera haber sido. Aunque todo el mundo le dijera lo contrario. Los médicos le dijeron que las pesadillas acabarían por desaparecer, pero, como siempre, se habían equivocado.

–¿Jefe?

Abrió lentamente los ojos. Jake, su amigo de la niñez, su ayudante en Riverbend y el hombre que había peleado como un valiente con Zoe Russell, estaba ante él, mojado y embarrado, pero con una llave en la mano. Ryan se frotó los agotados ojos.

–¿Te importaría explicarme cómo una manifestación pacífica acabó siendo un completo caos?

Jake se dejó caer en una silla frente a Ryan y puso una mueca al ver cómo estaba poniendo el suelo perdido de agua y barro.

–Zoe empezó a hacer preguntas a la gente y cuando se dieron cuenta de quién era, se pusieron a empujarse los unos a los otros para llamar su atención. Yo intenté llegar hasta ella y entonces fue cuando resbalé y caímos al estanque.

–¿Y eran necesarias las esposas?

–Dios santo, Ryan, me pegó un puñetazo. Yo solo me defendí, igual que ella. No tuve más remedio que arrestarla –contestó Jake mientras limpiaba la llave antes de dársela a Ryan–. No he olvidado lo que es ser el objetivo del puño derecho de Zoe Russell.

–Tenías ocho años y ella seis –le recordó Ryan con acritud–, y le habías metido un renacuajo dentro del bañador y en el mismo estanque, por cierto.

–Bueno, sí, pero lo del renacuajo fue idea tuya –respondió Jake sonriendo–. ¿La saco o qué?

–Deja que yo me ocupe –dijo Ryan lanzando la llave al aire y recogiéndola de nuevo–. ¿Todo bajo control en el parque?

–La manifestación se disolvió pacíficamente en cuanto me llevé a Zoe –dijo Jake con una sonrisa–. Deberías haber visto a Flora Tyler. Le pidió a Zoe que se hiciera una foto con el grupo de jubilados. Apuesto que mañana saldrá en la portada del Tribune.

–Eso es lo que pasa cuando alguien famoso llega al pueblo. ¿Has llamado a Kate para que pague la fianza de su hermana?

–Me echó una buena bronca –contestó Jake mientras asentía con la cabeza–. Murmuró algo sobre por qué no la había avisado antes y si podía pedir un segundo favor.

–Esperará que le mande por correo la fianza –dijo Ryan y no quedó sorprendido al ver a Jake que salía de la oficina riéndose. Ryan jugueteó con la llave en el bolsillo. Deseó que fuera una moneda para lanzarla al aire y dejar que el destino decidiese si concedería, o debería concederle a Kate ese segundo favor.

Porque Ryan sabía el favor que Kate quería pedirle. No había dejado de soltarle indirectas desde que fijara la fecha de la boda el mes anterior. Quería que hiciera las paces con Zoe. Al menos durante las siguientes dos semanas hasta que pasara la boda y Zoe volviera a Nueva York. Y al fin y al cabo, no tenía por qué revivir al pasado. Era historia. Y desde el incidente en Filadelfia había adquirido gran habilidad para ignorar el pasado.

Ryan tomó su chequera y se dirigió a la oficina contigua. No quería pararse a considerar si conseguiría ignorar a la mujer en la que se había convertido Zoe Russell.

La paciencia de Zoe se había agotado. No le gustaba que la ignorasen. Ni tampoco le gustaba que la encerraran en una celda diminuta, esposada, durante más de una hora. Le habían parecido días.

Sacudió las manos para desentumecerlas y puso una mueca de dolor porque las esposas le hacían rozadura.

Zoe trató de acomodarse en aquel duro colchón, con aquella almohada que, desde luego, no tenía plumas. Tan solo esperaba que su hermana llegara pronto y la sacara de allí. Cerró los ojos, pero volvió a abrirlos inmediatamente cuando la imagen de Ryan llegó a su mente. Con sus rasgos perfectos: la barbilla cincelada, unos profundos ojos azules, espesa mata de cabello rubio dorado como el sol. Habían pasado diez años desde la última vez que se vieran; las fotos y los vídeos familiares no contaban.

Tenía mejor aspecto del que recordaba, más sexy de lo que se pudiera imaginar. Trató de imaginárselo con sesenta y cinco años, con barriga, el pelo gris, no, mejor calvo, y cojeando por Main Street en una persecución criminal, a pesar de tener una multa por conducción temeraria a causa de su mala vista.

Zoe sonrió ante la imagen. Aunque los hombres duros como Ryan O’Connor solían envejecer como el buen champán en vez de como el vino malo. Se puso de pie y recorrió la minúscula celda. ¿Por qué estaría tardando tanto en encontrar la llave? ¿Y con quién creía Ryan que estaba tratando para decirle que en Riverbend no abrían las veinticuatro horas del día? Sabía perfectamente que los cerrajeros de todas partes estaban preparados para una urgencia en cualquier momento, por muy intempestiva que fuera la hora.

–Me debe una llamada telefónica –murmuró Zoe–. Debería llamar al cerrajero para demostrarle que no tiene razón. ¡Ryan! ¡Quiero un teléfono!

Como Ryan no apareciera, Zoe volvió a gritar su nombre. Oyó entonces pasos que se dirigían hacia la celda y se preparó para lo que pudiera pasar, pero no era Ryan. Era Jake.

–Esto… Zoe –comenzó Jake con un recelo que Zoe comprendió bien. Después de todo, se habían enzarzado en una pelea que había terminado con los dos dentro del estanque. Se arrepentía de haberle pegado un puñetazo–. ¿Ryan no te ha sacado todavía? –preguntó Jake evitando deliberadamente mirarla a los ojos hasta que sus ojos se encontraron finalmente.

–¿No vendrás a decirme que ha encontrado la llave, pero que no ha venido a quitarme las esposas? –preguntó Zoe que se había acercado más.

–¿Puedo… esto… puedo hacer algo más por ti? –preguntó Jake con torpeza.

–Puedes aceptar mis disculpas por golpearte, y dejarme hacer mi llamada.

–Disculpas aceptadas –contestó Jake y le entregó, no sin cierta cautela, su teléfono móvil a través de los barrotes. No pudo evitar enrojecer de vergüenza al ver que Zoe no podía maniobrar con las manos esposadas.

–No puedo marcar con las manos así, Jake. Tal vez –dijo esta con suavidad–, tal vez tú podrías ayudar a Ryan a encontrar la llave.

–Iré a buscarlo –contestó Jake retirándose de los barrotes.

–Gracias –dijo Zoe tratando de mantener la voz alegre.

Miró a Jake que desapareció tras la esquina. Era alto, como Ryan. Tenía un cuerpo atlético, como Ryan. Y sus rasgos eran bastante atractivos, con aquellos ojos azules que también eran como los de Ryan. Pero cuando se encontraba frente a frente con Jake no sentía nada, no saltaban chispas entre ellos. No como las que, inesperadamente, habían saltado entre ella y Ryan cuando se habían encontrado en la misma situación, separados por los barrotes de la celda. Pero lo que más le asustaba era volver a preocuparse por ese hombre, llegar a enamorarse de él sin remedio otra vez, porque, al final, él haría la maleta y se marcharía.

Mientras esperaba a que «su» hombre apareciera, Zoe se entretuvo preguntándose por qué el encuentro con Ryan había sido tan electrizante mientras todas las citas del pasado año en Nueva York habían sido un cúmulo de fracasos. Admitió con acritud que ella había elegido salir con ellos precisamente porque no saltaban chispas, porque no le habían llegado al corazón ni al alma. Tanto había sido así que cuando la historia había terminado entre ellos, ella no se había visto afectada en lo más mínimo. Emocionalmente, no había sufrido, pero se había sentido sola, muy sola.

Aunque eso era preferible, no dejaba de repetirse, a quedarse sola y con el corazón destrozado, como había quedado cuando su padre se había marchado, cuando Kate se había marchado y cuando Ryan se había marchado. Tenía que admitirlo: el sexy Ryan O’Connor todavía la hacía crepitar. No había nada malo en ello, siempre y cuando se mantuviera alejada.

Zoe se tumbó boca arriba en el colchón, y cerró los ojos de nuevo. Esa vez la imagen que llegó a su mente fue la de la noche de su graduación. Sus padres estaban sentados cada uno en un extremo del auditorio del Instituto de Riverbend. Nunca olvidaría aquella noche de junio en la que su mundo se había partido en pedazos. Sus padres habían anunciado que se separaban, y Kate y Ryan se habían fugado para casarse. Ella tenía entonces dieciocho años y había quedado profundamente herida, tanto que había decidido que nunca perdonaría a ninguno de ellos, especialmente a Ryan.

Habían pasado diez años. Hacía mucho tiempo que había perdonado a Kate, y aceptado, aunque sin comprender, las razones del divorcio de sus padres, pero seguía sin entender por qué todavía le quemaba profundamente la traición de Ryan. Tal vez, admitió para sí, fuera porque no quería aceptar que su amistad, que tanto había significado para ella, no había sido igual para él.

El sonido de pasos que se acercaban, aunque muy distintos de los pesados pasos de Jake, la ayudaron a despejar la mente. Esperó hasta que escuchó la puerta de la celda que se abría y entonces levantó la cabeza y lo miró. Tenía que mantenerse calmada, como si no le afectara. Por muy sexy que estuviera, tenía que ignorarlo.

–Qué amable por tu parte venir a visitarme –dijo ella con tono alegre al tiempo que Ryan entraba en la celda–. Avisaré para que nos traigan café o té mientras tú me cuentas qué has estado haciendo en los últimos diez años.

–La señorita Zoe Russell siempre con sus bromas.

–Pues esta situación no me parece divertida para nada –contestó ella sentándose y señalándole con sus manos esposadas.

Ryan se sentó con ella en el colchón. Zoe quedó sorprendida, pero no se dio cuenta hasta que vio el rostro, aún más sorprendido, de Ryan.

–¿No crees que ya es hora de que me sueltes? –añadió Zoe para romper el hielo.

–Jake encontró la llave –dijo Ryan buscándola en el bolsillo–. Te veo todos los días en la tele –añadió después de aclararse la garganta.

–¿Si? –dijo Zoe poniéndose en pie y estirando los brazos doloridos. Con el rabillo del ojo pudo ver que Ryan ordenaba un poco la celda: doblaba la manta y ahuecaba la almohada–. ¿Ves Buenos días, América?

–Bueno, no exactamente. La única forma para tener una buena relación con la comunidad era instalar una televisión para que pudieran ver su programa favorito. Y aunque no hubiera habido televisión, habría sido muy difícil echarte de menos.

–No te comprendo –contestó ella con la voz como un témpano de hielo.

–Los anuncios en las revistas, los anuncios televisivos en franja de máxima audiencia. Esto no es una crítica, solo digo que has conseguido lo que querías. Fama, fortuna –puso su mano en el hombro de Zoe y la hizo girar para mirarlo–. Una oportunidad para actuar delante de millones de personas.

–¿Esa es la opinión que tienes de mí? ¿Que lo único que me importa es ser una celebridad? Soy una periodista seria. Trabajé muy duro para conseguir mi puesto en Buenos días, América –Zoe se detuvo y se alzó todo lo que pudo, pero Ryan seguía siendo más alto y por eso tenía que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.

Miró fascinada los reflejos dorados que despedían aquellos ojos azules y la forma en que los hoyuelos se hacían más profundos al sonreír. Durante un inexplicable momento se sintió tentada de besarlo hasta dejarlo sin sentido y quitar aquella sonrisa. Pero, afortunadamente, Ryan se aclaró la garganta y rompió el hechizo.

–Me estás pisando.

Zoe bajó la vista hasta su pie izquierdo que, lleno de barro, reposaba sobre el reluciente zapato de Ryan. Retrocedió horrorizada al comprobar los pegotes de barro que había dejado en el pie de Ryan. Este sacó un pañuelo de su bolsillo trasero y Zoe se apresuró a intentar agarrarlo. Después de un ligero forcejeo, suspiró y se rindió. Ryan le limpió las mejillas y la nariz manchadas de barro. El breve roce hizo hervir sus entrañas y se le erizó el vello de los brazos. Aquella sonrisa la dejaba sin defensas. No podía mirar sus ojos de un intenso azul y no desear besarlo. Y eso no estaría bien. Sería totalmente inapropiado. Un gigantesco error.

Por todo eso tenía que alejarse de ese hombre antes de que hiciera algo de lo que luego se arrepintiera. Pero cada vez le parecía más difícil ignorar los sentimientos que Ryan O’Connor provocaba en ella.

–La fianza ya está pagada. Puedes irte.