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Sexto relato de 10 Secretos de Seducción. Pese al amor que sentían el uno por el otro, las relaciones sexuales se habían convertido en algo rutinario y predecible para los duques de Sutcliffe. Los dos estaban desesperados por salvar su matrimonio, así que comenzaron a enviarse cartas eróticas y apasionadas en las que explicaban sus necesidades y fantasías de un modo en que no lo habían hecho nunca. Y, sin poder contenerse, empezaron a hacer realidad aquellas fantasías y a descubrir un deseo arrollador que hasta entonces desconocían…
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Seitenzahl: 71
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Charlotte Featherstone. Todos los derechos reservados.
SIEMPRE TUYO, Nº 21 - noviembre 2012
Título original: Forever Yours
Publicado originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Traducido por María Perea Peña
Editor responsable: Luis Pugni
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
™TOP NOVEL es marca registrada por Harlequin Enterprises Ltd.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2253-5
Imagen de cubierta: YUSAKU TAKEDA/DREAMSTIME.COM
ePub: Publidisa
Su cuerpo ansiaba sus caricias.
Él lo sabía, entendía la necesidad que crecía dentro de ella. Ella también notaba su deseo; lo percibía en su respiración agitada.
Se buscaron con las manos, bajo las sábanas frías, hasta que se encontraron el uno al otro. Entrelazaron los dedos y se agarraron con fuerza…
«Mírame».
Él no la miró. Se tendió sobre ella y comenzó a subirle el bajo del camisón, y a acariciarle los muslos con las yemas de los pulgares, indicándole en silencio que los separara.
«Sí, acaríciame… Acaríciame todo el cuerpo con esas preciosas manos…».
Dios, cuánto adoraba sus manos. Sus palmas eran calientes y fuertes, y sus dedos, largos y elegantes. Aquellas manos podían darle tanto placer, tantos deleites exquisitos…
Lentamente, él siguió recorriéndole los muslos con los dedos expertos. Elizabeth contuvo el aliento y esperó a que él le separara el sexo y se hundiera en su cuerpo. Un cuerpo que había estado preparado para él, esperándolo, durante toda la noche.
A medida que la pasión aumentaba, y que el dolor de su útero se intensificaba, ella dejó vagar la mente y fantaseó con todas las cosas que quería que él le hiciera. Mentalmente, vio su mano recorriendo hasta el último centímetro de su piel, y después metiendo dos dedos en su cuerpo, y después tres… y después, la lengua.
Gimió y cerró los ojos. Hacía mucho tiempo que él no le hacía el amor con la boca. Tuvo ganas de ponerle la mano en los hombros y guiarle hacia abajo, por su cuerpo, y apretar su boca contra sí para que él se tomara su tiempo lamiéndola y acariciándola, sin dejar un solo centímetro sin descubrir.
Él sabía lo que necesitaba, y la acarició con la yema del dedo hasta que ella no podía esperar más, hasta que se agarró a la sábana y permitió que la imagen de su cabeza oscura entre sus piernas le llenara la mente. Podría llegar al éxtasis así, con aquella fantasía y sus caricias. Sin embargo, no quería tener un orgasmo simplemente pensando en lo que él le había hecho. Quería algo real. Quería sentir su boca, sus labios, la aspereza de su barba, su lengua cálida y su respiración mientras se arqueaba y temblaba.
Estaba cansada de fantasear. Estaba cansada de soñar con actos sexuales que deseaba, pero que nunca llegaban a realizarse.
«Bésame», le rogó mentalmente. Tenía miedo de pronunciar sus deseos en voz alta, de que él supiera lo insatisfecha que se había sentido durante aquellos últimos meses. «Hace tanto tiempo que no nos besamos como amantes…».
Se oyó un trueno, y un rayo iluminó el cielo. Elizabeth vio, por la ventana de la habitación, las copas de los árboles agitadas por el viento, que soplaba cada vez con más violencia. Otro trueno… otro relámpago.
«Todavía no… todavía no… por favor…». Gimió, y movió la cabeza por la almohada cuando él le agarró las nalgas y le alzó las caderas para presionarla contra su erección.
«Todavía no…».
Ni siquiera ella entendía aquella plegaria silenciosa. ¿Acaso pensaba que todavía era demasiado pronto para que él la tomara, o estaba rogándole a la Madre Naturaleza que contuviera la tormenta un poco más… solo unos minutos más…
¡Demonios! Necesitaba tomarla en aquel mismo instante. ¿Por qué se empeñaba en llevar camisón a la cama? Todas aquellas capas de encaje y volantes le estaban impidiendo moverse con facilidad y hundir su miembro en ella, profundamente. Le temblaban los dedos como si fuera un jovenzuelo inexperto, y se enredaba en aquellos volantes como si fuera un principiante.
Ella se retorcía debajo de él, moviendo lánguidamente los muslos. Con sus movimientos, le friccionaba el miembro con el vientre. Él se apretó contra su blandura mientras buscaba el bajo del camisón para subírselo por las caderas.
Debería arrancarle aquel endemoniado camisón, rasgarlo y dejarla expuesta para poder sentir su piel. Y toda aquella carne suave…
Un trueno restalló de nuevo e hizo vibrar los cristales de las ventanas. Él notó que ella se ponía rígida, y oyó que contenía la respiración para escuchar los sonidos nocturnos y la tormenta que rugía fuera. «No, todavía no». Soltó una maldición y le subió el bajo del camisón, sin contemplaciones, hasta el vientre.
La habitación estaba oscura. No la veía, pero la olía. Era un olor a excitación femenina y a jabón floral. No podía esperar más. Ardía por ella, por su cuerpo húmedo, y por el hecho de sentir sus piernas rodeándole la cintura. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un mes? Sí. Un mes entero sin estar con su esposa, aunque ella no se hubiera alejado nunca de su hogar, Sutcliffe Hall. Sin embargo, sí se había alejado de él. De hecho, de un modo u otro, llevaba más de tres años lejos de él.
Penetró en su cuerpo de un solo movimiento, y gimió al sentir sus latidos rodeándolo. Estuvo a punto de llegar al orgasmo en aquel momento. Hacía mucho tiempo, y ella era muy estrecha y lo ajustaba con avaricia entre sus paredes. Sin embargo, él apretó los dientes y se distrajo lo suficiente como para volver a acometer y llenarla por completo.
Ella se arqueó y subió las rodillas hasta su pecho, acogiéndolo por completo, y él la tomó con movimientos lentos y profundos que la hicieron gemir y suspirar. Dios Santo, ¿cuándo había oído aquel sonido tan dulce por última vez? Hacía tanto tiempo…
Otro trueno, y el brillo de otro relámpago. El buscó su oreja con los labios, y se la acarició con la lengua. Ella estaba jadeando y le arañaba la espalda de una manera que despertaba lo más primitivo de su masculinidad. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía hombre con ella. No era un duque, ni un esposo. No era padre. Era solo un hombre.
La agarró de las manos y le colocó los brazos por encima de la cabeza, para que sus pechos escaparan del corpiño del camisón. Ella arqueó las caderas y lo acogió más profundamente. Él oyó que se le aceleraba la respiración cuando su pecho le rozó los senos. Vio su cara en la penumbra, llena de placer, y supo que quería que la tomara así, con los brazos en alto y su miembro embistiéndola.
–¿Te gusta así, Elizabeth? –le susurró al oído–. ¿O prefieres que te gire y te tome de espaldas? ¿Quieres que…
–¡Mamá! ¡Mamá!
–No –gruñó él, apretando la cara contra su cuello. ¡Dios Santo, en aquel preciso instante no!
Ella se quedó rígida, y él supo que había oído los grititos de miedo que provenían del pasillo. Y supo que todo lo que habían hecho, todo lo que él quería hacer, había terminado.
Atrapó su boca e intentó besarla mientras seguía hundiéndose en ella, pidiéndole que ignorara todos los sonidos, y que solo lo sintiera a él. Sin embargo, ella lo empujó. Al instante, él perdió la erección y salió de su cuerpo.
–¡Mamá! ¡Mamá! Tenemos miedo. ¡Papá!
Con un gruñido, Christian se apartó de su esposa y dejó que ella se colocara el camisón antes de que sus hijos entraran corriendo en la habitación, con sus mantas, sus ositos de peluche y Dios sabía con cuántas cosas más.
–Solo tardaré un momento en calmarlos –le dijo ella–, y los mandaré otra vez con la niñera.
–Si la niñera tuviera sentido común, no habría dejado que salieran de su habitación, para empezar.
–¡Christian!
Él vio la expresión de horror de su esposa, pero no le importó. Estaba cansado de aquello. De aquel matrimonio. De su mujer. Quería más. Quería algo diferente a lo que se había convertido su vida.
–Sabes que los niños tienen miedo de las tormentas.
–Y de todo lo que sucede de noche –dijo él con desdén–. No debemos pasar por alto las pesadillas de Richard, ni el hecho de que John se haga pis en la cama. Y no nos olvidemos de lo difícil que fue quitarle el pecho a Jamie.
Ella entrecerró los ojos.
–Son solo niños.
–Richard tiene ocho años. No debería venir corriendo a la cama de su mamá solo porque hay un trueno.
Ella lo miró con desaprobación.
