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Con una poética que atraviesa la apatía de nuestro siglo, Víctor Jiménez se asoma a su ventana para alertarnos y sacudirnos al revelarnos lo que ha descubierto: "Escucha: la poesía anda por las calles y va con los brazos abiertos". Y es cierto, porque ¿quién va a negar que es amor eso que brilla en los ojos del perro? Hay en sus versos un bullicio de imágenes que hurga nuestra penumbra, que estremece sin violencia _como una joya que irrumpe de un estanque de serenísima agua_ hacia nuestro corazón hundido en el desierto de la indiferencia. Toda intensidad aquí sentida se desborda y termina en lo cotidiano: las calles, la casa, las manos, un árbol. Y sin rubor nos confiesa que todo eso que nos impregna de claridad culmina siempre en el abrazo del ser amado. La poesía de Víctor Jiménez es un estremecimiento a la orfandad existencial del hombre, incapaz de verse en la mujer que duerme a la intemperie, protegida por un ejército de mosquitos y los gritos de la noche. Sus palabras proponen una relación de intimidad con lo que nos rodea, una relación de amparo, protección y cuidado. Sin erigirse como crítico, cansado ya de excesos nos habla también de vidas vividas a destajo, esas vidas carentes de historia íntima con que a menudo tropezamos. "Siete ciudades" nos habla de las cosas que parece que estamos olvidando; nos recuerda que urge seguir creyendo en el amor como la única redención y como la única morada posible del hombre.
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Veröffentlichungsjahr: 2012
Víctor Jiménez
Siete Ciudades
Barcelona 2012
www.comunidadeditores.com
Red-Ediciones
Título original: Siete ciudades.
© Víctor Jiménez
© 2012, Red ediciones S.L.
© Fotografía: Iván Cañas
e-mail: [email protected]
Editor: Henry Odell - [email protected]
Diseño de cubierta: Alberto Soria
ISBN rústica: 978-84-9007-119-9.
ISBN ebook: 978-84-9007-120-5.
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Para Carla, por llevarme con la magia de sus alas.
Magic City crece a su propio ritmo
y la gente no sabe por qué crece.
—Esteban Luis Cárdenas—
Al cabo de los años he observado que la belleza,
como la felicidad, es frecuente.
No pasa un día en que no estemos,
un instante, en el paraíso.
—Jorge Luis Borges—
¿Por qué contentarnos con vivir a rastras
cuando sentimos el anhelo de volar?
—Helen Adams Keller—
Gracias
a Elsa que con su pluma de niña divertida le dio libertad a estos poemas, a Miriam, Manny y Carlos por ser de los primeros en animarme, a Alberto Soria por su arte, a mis hijos que algún día lo tendrán entre sus manos, a papá, y por supuesto, a mi esposa Carla cuya luz y amor está en cada uno de estos versos.
Encontrar a un poeta que convoque a llevar la poesía a las calles, que nos invite al ejercicio del deber humano más elemental como lo es el amor, es tan raro hoy como encontrar a un lector de poesía.
Con una poética que atraviesa la apatía de nuestro siglo, Víctor Jiménez se asoma a su ventana para alertarnos y sacudirnos al revelarnos lo que ha descubierto: «Escucha: la poesía anda por las calles y va con los brazos abiertos». Y es cierto, porque ¿quién va a negar que es amor eso que brilla en los ojos del perro? Hay en sus versos un bullicio de imágenes que hurga nuestra penumbra, que estremece sin violencia —como una joya que irrumpe de un estanque de serenísima agua— hacia nuestro corazón hundido en el desierto de la indiferencia. Toda intensidad aquí sentida se desborda y termina en lo cotidiano: las calles, la casa, las manos, un árbol. Y sin rubor nos confiesa que todo eso que nos impregna de claridad culmina siempre en el abrazo del ser amado.
Fundada en la desazón de estar vivos sin sentir, la poesía de Víctor es un estremecimiento a la orfandad existencial del hombre, incapaz de verse en la mujer que duerme a la intemperie, protegida por, un ejército de mosquitos y los gritos de la noche. Cuando nos muestra al árbol que se aferra a la vida en un trozo de metal, Víctor no nos señala simplemente la «rareza», al contrario, apunta y celebra la posibilidad de ser, y mejor aún, de querer ser, de atreverse y persistir. Sus palabras proponen una relación de intimidad con lo que nos rodea, una relación de amparo, protección y cuidado. Como un niño que deambula por las calles, Víctor va juguete en mano en busca de un lugar más propicio para su libertad. Sin erigirse como crítico, cansado ya de excesos nos habla también de vidas vividas a destajo, esas vidas carentes de historia íntima con que a menudo tropezamos.
El poeta aquí no sugiere, dice, incita, atiza. Y cuando nos parece que su tono es un reclamo, su voz se afelpa con afinado fervor para hablarle a su pequeña Victoria, ...recuerda siempre a la niña que fuiste / defiende tu inocencia. ¿Será acaso Siete ciudades la defensa de su propia inocencia? Impregnada de advertencias, Siete ciudades nos habla de las cosas que parece que estamos olvidando; nos recuerda que urge seguir creyendo en el amor como la única redención y como la única morada posible del hombre. Vayamos con él.
Elsa Varela
Miami, Febrero del 2011
