Signos de la nueva vida - Joseph Ratzinger - E-Book

Signos de la nueva vida E-Book

Joseph Ratzinger

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Beschreibung

Dos homilías del papa Benedicto XVI que ayudarán al lector a comprender más profundamente la naturaleza de la Iglesia y celebrar su fe. Los sermones magistrales de Joseph Ratzinger ofrecen siempre la oportunidad de proclamar y profundizar la fe. La presente edición ha seleccionado dos homilías de la obra de predicación del papa Benedicto XVI para cada uno de los siete sacramentos, y son complementados por dos más sobre el tema de la "Iglesia". En sus textos, Ratzinger se ofrece tanto como anunciador y servidor de la Iglesia, y cada uno de ellos son una enseñanza bella y magistral sobre la oración, la vida en la Iglesia, la vida con las personas y la meditación sobre la Escritura y la teología. Los sacramentos de la Iglesia todavía ponen en contacto a muchas personas con la acción salvífica de Dios en los puntos fundamentales de la vida. Así, su celebración ofrece siempre la oportunidad de adentrarse en la fe. Las homilías aquí recogidas de Ratzinger ayudan a comprender más profundamente la naturaleza de la Iglesia y a celebrar y proclamar los sacramentos como "signo de la nueva vida" en Cristo.

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JOSEPH RATZINGERBENEDICTO XVI

SIGNOS DE LA NUEVA VIDA

HOMILÍAS SOBRE LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

Con un prefacio delobispo STEFAN OSTER SDBSeleccionadas y editadas por MANUEL SCHLÖGLTraducción deALMUDENA OTERO VILLENA

Herder

Título original: Zeichen des neuen Lebens. Predigten zu den Sakramenten der Kirche

Traducción: Almudena Otero Villena

Diseño de la cubierta: PURPLEPRINT Creative

Edición digital: José Toribio Barba

La editorial Johannes y el editor, Manuel Schlögl, agradecen profundamente a Benedicto XVI, Papa emérito, por su amistosa colaboración.

© 2017, Johannes Verlag, Einsiedeln, Friburgo de Brisgovia

© 2020,Herder Editorial S. L., Barcelona

ISBN digital: 978-84-254-4249-0

1.ª edición digital, 2020

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

PREFACIOdel obispo Stefan Oster sdb

Lo que mantiene unido el todo:la Iglesia como fundamento de la fe

BAUTISMO

La luz de la vida

Nuestro sí a Cristo

CONFIRMACIÓN

«¡Escoge la vida!»

Sellado con el espíritu

CONFESIÓN

¡Dejaos reconciliar con Dios!

Nos devuelve la dignidad de sus hijos

EUCARISTÍA

En la oración tiene lugar la transformación

En el pan y el vino se da totalmente

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Vivir del gran amor de Dios

Abandonarse a la misericordia de Dios

MATRIMONIO

Madurar en el amor

Amar significa darse a sí mismo

ORDEN

Sigue - deja - anuncia

Ya no os llamo siervos, sino amigos

Permanecer unido a Dios:

la Iglesia como comunidad alrededor del altar

Listado de fuentes

PREFACIO

La historia de la salvación en lo fragmentario

El todo en el fragmento es el nombre de una conocida obra del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, que desarrolla en ella «aspectos de la teología de la historia».1 En lo pequeño, en lo fragmentario, en el acontecimiento concreto en el tiempo que pasa es posible el contacto con el todo, con el sentido de la historia, que se nos revela en la fe como historia de la salvación. No obstante, este contacto solo es posible de un modo tal que desde nosotros no podamos nunca abarcar el sentido del todo con la vista, o incluso manipularlo para convertirlo en nuestra propia historia. Pero aquí y ahora podemos dejar entrar, estar simplemente ahí, estar presentes en concreción corporal, seguir el camino ante nosotros haciendo caso a la palabra de Dios y obedeciendo: aceptar los dones que se nos regalan y las tareas que se nos imponen. Y así nos convertiremos en participantes, compañeros, peregrinos de camino en el gran plan de Dios para su historia; al encuentro de lo que él ha preparado como salvación para su pueblo y para cada uno. En la medida en que dejamos que nuestra historia individual se inserte en los caminos de Dios con su pueblo, en esa medida irradiará el todo en cada historia de fe particular: que Dios está presente a través de los suyos y los conduce en conjunto y en el todo de la historia hacia la consumación. E irradiará que el ser humano encuentra y gana permanentemente su auténtica libertad solo en este enraizamiento.

¿Hay en la vida puntos nodales?

Pero ¿hay algo así como puntos nodales decisivos en los que el contacto del ser humano con lo eterno irradia de un modo más explícito que en el vivir, trabajar y descansar cotidiano común? Desde siempre el inicio y el fin de la vida, el paso de la infancia a la vida adulta, el encontrarse y unirse de los amantes o también la transformación de la vida mediante una comprensión más profunda de su sentido real, han sido puntos nodales de este tipo, llenos de relevancia. La profunda conciencia del ser humano de ser algo más que un producto de la naturaleza, más que un ente casual que en la corriente biológica de la vida llega y desaparece, ha cargado justo estos puntos nodales de una relevancia en los mitos y los ritos religiosos de los pueblos, que sobresale incluso por encima de los seres humanos individuales. El ser humano sobresale siempre por encima de sí mismo como individuo, es un ser profundamente comunitario y va siempre más allá de sí mismo entrando en su comunidad. Pero va también más allá de sí mismo entrando en eso que se ha creído o pensado como cielo o reino de los muertos.

Cristo ofrece el esclarecimiento y la línea de pensamiento decisiva

Los cristianos creemos entonces que este creer y presentir originario de los seres humanos alrededor de un origen y una meta que va más allá de esta vida, experimenta en el venir de Jesucristo su esclarecimiento decisivo y su orientación decisiva. El mismo Dios viene, se convierte en hombre y muestra con ello de un modo inmejorable quién es el ser humano y quién puede ser realmente. Aún más: Cristo viene del Padre y vuelve al Padre, pero quiere convertirnos de nuevo, como hermanos humanos suyos, en hijos del Padre y reconciliarnos con él. Dios es originariamente el padre de todos los seres humanos, pero la humanidad caída y extraviada ya no sabe de esta filiación originaria. El ser humano vive en estado de alienación, de pecado, de egocentrismo, de miedo a desvanecerse en la muerte. Cristo es, en el sentido más profundo posible, ante todo el Hijo único del Padre. Pero quiere unirse como hermano nuestro a los seres humanos de un modo tal que el Padre vuelva a contemplar en sus criaturas a su Hijo unigénito y se pueda alegrar en ellas. Cristo entra como ser humano permanentemente en su creación; y sigue siendo, también como el Cristo glorificado, ser humano.

Revalorización de lo corporal

Por eso también toda la materia, todo lo material, experimenta a través de su hacerse hombre —y con ello también a través de su hacerse cuerpo— una profunda afirmación. Si la experiencia mítica, filosófica o religiosa de humanidad anterior a Cristo estaba determinada con demasiada frecuencia por la creencia de que la materia y con ello también la corporalidad del ser humano podría ser un obstáculo para el espíritu, para poder elevarse a las alturas de lo divino, con Cristo esta creencia toma otra dirección. Ahora en él, y en lo sucesivo en todo lo que le pertenece, manifiesta que el mismo cuerpo humano es expresión del espíritu, el cuerpo es interpretado y experimentado como templo de Dios (cf. 1 Cor 6,19), porque el mismo Cristo ha santificado el propio «templo de su cuerpo» (Jn 2,21).

«Hasta el fin del mundo»

Por eso los puntos nodales históricos de una vida humana que hemos mencionado, de nacimiento y muerte, de unión amorosa y paso a la edad adulta, pueden convertirse ahora, a través de la conexión interna con el Señor y de los signos materiales externos, en momentos especialmente santificados. Cristo va con nosotros a través de la historia —«hasta el fin del mundo» (Mt 28,20)— y en los puntos señalados de nuestra vida a sus hermanos en la fe les está permitido poder confirmar esta presencia en una condensación especial: sacramental. En el bautismo y la unción de los enfermos, en la confirmación y el matrimonio, en la conversión de la penitencia.

La comida y la eucaristía

En otros dos sacramentos se presenta una vez más toda la radicalidad de la penetración material del mundo por Cristo. En la eucaristía el Señor aprovecha la comida de los seres humanos. Por lo tanto, también el proceso cotidiano de la ingesta de alimentos, en la que el ser humano asimila en un sentido muy fundamental el mundo material y se alimenta de él. Pero la comida de los seres humanos fue siempre más que solo ingesta de alimentos, la comida fue siempre también creación de comunidad, participación en la vida de los otros, vida como recepción de los frutos de la tierra, que son así elevados a la forma cultural de vida del ser humano.

Jesús mismo se da ahora como alimento. Utiliza el pan y el vino para transformarse en ellos y así ayudar de manera incesante al ser humano a alcanzar la transformación. En la comida eucarística, la historia concreta del individuo en el caminar con Cristo descubre de manera incesante su encuentro y forma de interiorización más sólida. Tanto que invierte el proceso de asimilación de la ingesta de alimentos: el ser humano que come pan transforma el pan en alimento que edifica el cuerpo humano. El ser humano que recibe el pan de la vida se transforma por Cristo en alguien que edifica el cuerpo de Cristo, la Iglesia.

Tomado enteramente en posesión

En la ordenación para el ministerio de diácono, sacerdote y obispo pensamos, por último, que Cristo a través de la imposición de las manos sobre el ordenando toma incluso posesión de él de un modo explícito. Cristo lo designa explícita y públicamente como alguien que podrá actuar en su nombre; como alguien que hace presente a Cristo especialmente en el anuncio, en la eucaristía, en el perdón de los pecados. El individuo es llamado a abandonar y a renunciar por Cristo. Y, transformado, es enviado de vuelta. Marcado con el sello del sacerdote; y con ello con el encargo de dar algo que él no tiene por sí mismo: la presencia del Señor en el sacramento.

La Iglesia es ella misma sacramento

Todos los sacramentos, especialmente la eucaristía, están hasta tal punto en el corazón de nuestra fe, de nuestra tradición, de nuestra Iglesia, que el Concilio Vaticano II dijo que la Iglesia en conjunto es un sacramento, o sea «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium 1).

Una existencia eclesial y con ello sacramental

Y Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, estuvo como servidor de la Iglesia en tantos ministerios diferentes en el transcurso de su vida y como anunciador de la palabra de Dios, y vuelve a estar, por su parte, hasta tal punto en el corazón de la Iglesia que precisamente también sus homilías respiran siempre un carácter sacramental, también allí donde no hablan de un modo explícito sobre los sacramentos. Se percibe que la palabra del anuncio procede en él del recogimiento, de la oración, de la manera experiencial y encarnada de vivir ante Dios. La palabra del anuncio ilumina de manera incesante en él las concretas maneras de vivir del ser humano, y las hace transparentes al obrar y a la presencia de Dios en ellas. Es en este sentido una «palabra ungida», iluminada no solo por la fuerza de un pensar teológico excepcional, sino sobre todo desde la vida en el espíritu, desde la vida con el Señor en su Iglesia. Quien se aventura en esta palabra del anuncio percibe cómo en este pensar y creer abarcadores, y en este sentido católicos, lo concreto se abre al todo y este todo se descubre también paso a paso: el todo en el fragmento.

La palabra diferenciadora

Y es palabra diferenciadora; a través de esta palabra los espíritus son también separados una y otra vez y diferenciados. Lo permanente, lo eterno recibe el peso merecido, lo meramente provisorio y pasajero, pero sobre todo lo ambiguamente cambiante y lo desdeñable se relega a su lugar. Santo Tomás de Aquino subraya en el mismo inicio de su Summa contra gentiles que la tarea del sabio es ordenar las cosas correctamente.2 Esto suena tal vez un poco banal, pero la manera en que los sermones de Joseph Ratzinger están ordenados muestra que no lo es en modo alguno. En su sabiduría él ha penetrado con profundidad las muchas provincias particulares de las disciplinas y conocimientos teológicos, y las ha llevado a una síntesis verdaderamente eclesial; y con ello deja claro una y otra vez de un modo impresionante que en la fe católica todo guarda relación con todo, y que toda la existencia cristiana puede llamarse sacramental.

El lenguaje como prueba de fuego

Unas palabras más sobre el lenguaje de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI. La tarea del sabio no es solo ordenar, también hacer comprensible. Y muy especialmente la manera de hablar indica si y cómo un anunciador está él mismo con el corazón en esta verdad, o si su hablar es solo una sagaz creación intelectual que, sin embargo, es apenas capaz de conmover. En el fondo, el anunciador habla también en cada homilía a personas con un trasfondo muy distinto en relación con su origen, formación, creencia o comprensión teológica.

Con ello la homilía es siempre una referencia a dos cosas: al amor del predicador hacia aquello que anuncia y hacia aquellos a los que se dirige. Es por eso algo así como la prueba de fuego de toda teología: ¿puede uno descubrir lo sublime de la fe también al simple creyente? ¿Y hacerlo sin banalizar la verdad de lo sublime? ¿Y puede ayudar en la vida concreta, también del simple creyente, a iluminar la sacramentalidad de esta vida para el creyente? En mi opinión, los sermones de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, son con frecuencia una enseñanza magistral para esto; sobre todo una que se expresa no solo en un lenguaje claro, sino al mismo tiempo hermoso. Y, por supuesto, es una enseñanza que no se puede aprender simplemente como un método. Esta capacidad se deduce igualmente de la armonía del corazón en la oración, en la vida con las personas, en la vida en la Iglesia y en la meditación de la Escritura y de la teología. ¡Y el espíritu de Dios, de una manera decisiva, añade lo suyo! En Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, se puede reconocer esto con gran claridad: como también en su anuncio se descubre el todo en lo individual fragmentario precisamente porque también como ser humano se le concedió de un modo manifiesto llevar su vivir, obrar, pensar y hablar a una sorprendente armonía.

Un sincero agradecimiento merece el Dr. Manuel Schlögl, sacerdote de Passau y joven estudioso del Nuevo Círculo de Discípulos de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, que con la selección y edición de estas homilías nos permite acceder nuevamente al tesoro espiritual e intelectual de este gran hombre, cuya tierra de origen está en nuestra diócesis de Passau.

Les deseo a los lectores de estos sermones un gran provecho para el conocimiento intelectual y aún más para el del corazón.

STEFAN OSTER SDB, OBISPO DE PASSAUPASSAU, PENTECOSTÉS DE2017

1 Hans Urs von Balthasar, El todo en el fragmento, Madrid, Encuentro, 2008.

2 Tomás de Aquino, Summa contra gentiles I, 1 (Quodsit officium sapientis): «ut sapientes dicantur qui res directe ordinant». Cit. de la edición latín-alemán en un volumen, editada, traducida y comentada por Karl Albert et al., Darmstadt, 2009.

LO QUE MANTIENE UNIDO EL TODO: LA IGLESIA COMO FUNDAMENTO DE LA FE

1 Cor 3,1-9

«¡Vosotros sois el edificio que Dios construye!» (1 Cor 3,9). Estas palabras de san Pablo que acabamos de escuchar en la lectura sirven de base a toda la consagración de la Iglesia. Esta quiere, en cierto modo, desarrollar estas palabras y hacerlas visibles en su significado. La iglesia real, los lugares en los que Dios puede encontrar morada, somos nosotros los seres humanos, los creyentes. En los seres humanos vivos Dios puede encontrar su hogar. La casa construida representa, por así decirlo, lo que somos. Solo puede ser entonces iglesia cuando nosotros los seres humanos la llenamos con nuestra fe, con nuestra adoración, con esperanza y amor, cuando dejamos que la iglesia se convierta en iglesia viva. Por otra parte, esta iglesia nos ayuda, al reunirnos, al conducirnos hacia el Señor, a ser Iglesia. La casa nos representa, y la consagración de la iglesia quiere mostrar cómo en cierto modo todos los elementos de esta construcción remiten a nuestro ser cristiano, a sus tareas y sus caminos. Me gustaría destacar entre la enorme cantidad de signos solo tres elementos: la iglesia tiene muros, tiene puertas, y tiene una piedra angular, un fundamento, una construcción que mantiene unido el todo —el afuera y el adentro, el arriba y el abajo— y lo convierte en una construcción.

La iglesia tiene muros. El muro señala por una parte hacia dentro, está ahí para cobijar, para reunir, para conducirnos los unos a los otros. Su sentido es juntarnos desde las distracciones en las que vivimos fuera, desde el estar unos contra otros en el que nos perdemos con tanta frecuencia, entregarnos también al estar unos con otros, conducirnos tanto a la responsabilidad del uno para el otro como entregarnos el regalo y el consuelo del creer compartido, del ser compartido en el drama de la vida humana. Por eso los Padres de la Iglesia dijeron que los muros somos, al fin y al cabo, nosotros mismos, y solo podemos serlo cuando estamos preparados para dejarnos esculpir como piedras, para dejarnos ensamblar unos en otros y justo así, dejándonos esculpir, dejándonos ensamblar unos en otros, salir de lo meramente privado. Haciéndonos muros podemos recibir el regalo de ser construcción, de ser llevados, tal y como nosotros llevamos a otros. El muro ve adentro, es algo positivo, agrupa, protege, une. Pero también tiene esto otro, que mira hacia fuera, que levanta una frontera, que aparta aquello que allí no se incluye.

Cuando en el punto álgido del Concilio esta idea se fue haciendo cada vez más extraña y en el optimismo de las nuevas aperturas surgió la opinión de que no había en absoluto fronteras, no podía haber ninguna en absoluto, el obispo evangélico Wilhelm Stählin dio una conferencia con el tema «Jerusalén tiene muros y puertas». Nos recordaba que incluso la Ciudad Santa del final de los tiempos que se esboza en el Apocalipsis de san Juan, cuyas puertas se encuentran siempre abiertas, tiene muros. Que existe eso que no puede entrar, no le está permitido entrar, para que la paz y la libertad de esta ciudad no sean destruidas. Juan alude a aquello contra lo que están los muros con unas palabras misteriosas: «Fuera quedarán los perros, los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y practica la mentira» (Ap 22, 15). Stählin reflexionó acerca de qué significaría esto y citó unas palabras del poeta romano Juvenal: «Considera el mayor crimen preferir la vida al decoro». Aquí no está incluida la falta de decoro, el cinismo para el que nada es sagrado, que no se inclina, que no calla, que no puede venerar, que rebaja lo grande a lo vulgar, que ya no conoce la dignidad y que con ello arrastra al ser humano a la inmundicia.

Contra eso están los muros, y están contra los idólatras. Lo que esto significa hoy en día se aclara en unas palabras de san Pablo. Una vez escribió: «La codicia es una idolatría» (Col 3,5). Pues idolatría significa que ya no reconocemos ningún ser más elevado que nosotros, sino que poder gozar de nuestra vida se vuelve lo más grande; que la posesión se vuelve lo más grande, que nos arrodillamos ante las cosas y las adoramos, y que con ello trastocamos la creación, convertimos el arriba en el abajo y destruimos la paz. Tampoco puede entrar la mentira, que destruye la confianza, hace imposible la comunidad. No pueden entrar el odio, la avaricia, que hieren la condición humana. Contra esto están los muros de la iglesia, para construir la ciudad de la paz, de la libertad y de la unidad.

Esto nos vuelve a llevar de nuevo a los Padres de la Iglesia y al rito de la consagración de la iglesia, en el que la pared es contemplada como la presencia de los doce apóstoles. Los santos son los muros que están en torno a nosotros. Son ellos los que son impermeables para el espíritu del mal, para la mentira, para la indisciplina, para la falsedad y el odio. Son ellos los que al mismo tiempo son fuerzas que invitan, que son permeables para todo lo que es bueno, lo que es grande y noble. Los santos son muro y puerta al mismo tiempo, y nosotros mismos debemos ser, con toda sobriedad, santos semejantes, es decir, personas que son muro unas para las otras, personas que apartan lo que es contrario a la condición humana y al Señor, y que están muy abiertas para todo lo que significa buscar, lo que significa preguntar y lo que significa esperanza en nosotros.

Así, el signo del muro pasa a ser uno con el de la puerta. Antes de que el obispo atraviese la puerta para la consagración de la iglesia, pronuncia una liturgia de la puerta, como se corresponde con la tradición más antigua de la humanidad. Está tomada de la oración y fe de Israel, que a su vez tomó la liturgia de la puerta de las liturgias paganas, purificándolas y modificándolas. Consiste en que el obispo dibuje la señal de la cruz en el umbral, haciéndola con ello visible: la auténtica puerta es la cruz. Y solo cuando entramos en la cruz, solo cuando entramos allí con el Señor, y solo cuando estamos preparados a dejarnos arrebatar en la cruz aquello que es contrario a Dios; solo entonces la puerta está abierta y entramos verdaderamente.