Silencio sempiterno - Enano Resiliente - E-Book

Silencio sempiterno E-Book

Enano Resiliente

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Beschreibung

La elfa oscura Xélia vive en Zaf junto a su abuela Kirxe. La ciudad está llena de la peor escoria. Nuestra protagonista recibe un regalo de su abuela: el pago para hacer el examen de ingreso a El Gremio. El examinador descubre que posee una magia prohibida y la denuncia ante El Gremio. Xélia y su abuela Kirxe, huyen para sobrevivir. El Gremio las persigue sin descanso. ¿Por qué El Gremio quiere matarlas a toda costa? ¿Que hay en el norte que las salvará?

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Silencio sempiterno

Un libro de

Enano Resiliente

Correcciones y maquetación

Laura Ponce

Diseño de cubierta

Cristian Arenós Rebolledo

ISBN 978-84-125314-8-0

Edición digital abril 2024

© 2024 Libros descalzos

Plaza Estación, 9 Bajo 12560

Benicasim - Castellón (España)

Libros descalzos

Servicios editoriales de

www.uterolibros.com

A mis padres. Sois maravillosos.

A mis amistades. Tirad un D20 para iniciativa.

A mi gran amor. Conocerte fue un gran regalo de la vida. Nos veremos en el cielo, cariño.

Capítulo 1. Dragón furioso

La ciudad subterránea de Zaf era conocida por todos, su mala fama la precedía. Aquellos que nada tenían que ver con la ciudad se alejaban como si una enfermedad mortal emanase de ella. Nadie deseaba tener trato con los elfos oscuros. El caos, la crueldad de la compañía de la muerte eran la esencia de la ciudad. Zaf era una ciudad sucia, mugrienta hasta sus cimientos. Supuraba vapores tóxicos por infinidad de grietas. La distribución de las construcciones era caótica, sin sentido ni lógica alguna. Había casas justo al lado de fábricas, con sus productos tóxicos. Y gremios al lado de prostíbulos. Era una ciudad dura, desagradable, extremadamente peligrosa, en la cual imperaba la ley del más fuerte.

Era famosa por su gremio de asesinos, sus venenos y sus armas especialmente perfeccionadas para matar.

En la parte más pobre vivía Xélia, junto a su abuela Kirxe. Los padres de Xélia habían muerto en la gran guerra de Petrif. Aceptaron un encargo del gremio, el cual les costó la vida.

Xélia era una joven de dieciocho años. Bajita, delgada, con brillantes ojos rojos, una larguísima melena violeta recogida en una poderosa trenza y una sonrisa perturbadora. Kirxe era una anciana de la que ni siquiera su nieta sabía la edad. Muy alta, delgada. Llevaba una larga melena blanca como la nieve suelta, pero perfectamente peinada. Sus ojos eran negros como un pozo insondable y su sonrisa, un misterio.

Kirxe había criado sola a Xélia. Desde muy pequeña la había adiestrado en el único arte que conocía, el asesinato. Le había enseñado el sigilo, la ocultación, como conseguir información, a pelear con o sin armas. Kirxe era muy estricta, muy dura con Xélia. Pero quería que pudiera valerse por sí misma en caso de que ella muriese. Xélia aprendió a usar cualquier tipo de arma, así como a dominar todos los estilos de lucha conocidos.

Cuando Xélia cumplió los dieciocho años su abuela le hizo dos regalos muy especiales: unas dagas Kroch y la inscripción para el examen de El Gremio. Las dagas Kroch eran del metal más resistente jamás conocido, el klertal, un metal muy ligero, flexible y resistente.

Cuando Xélia recibió el regalo tan solo contesto con un seco gracias. Su abuela se sentía orgullosa, la había educado bien. Mostrar emociones era una debilidad, debía ser fría como el hielo. La abuela sabía que Xelia estaba emocionada y que quería abrazarla para darle las gracias, pero que no lo hiciese la hacía feliz.

Las grandes leyendas de El Gremio tenían un arma como esa. Ese regalo significaba que su abuela confiaba en ella, no estaba dispuesta a decepcionarla.

Kirxe: ¿A qué esperas para ir a hacer tu examen?

Xélia: Estaba comprobando las dagas Kroch, siempre me dices que compruebe las armas por si tengo que usarlas.

Kirxe: ¿Todavía sigues aquí? No he pagado tu examen para que pierdas el tiempo. Vamos, tendré que llevarte yo misma.

Kirxe no se perdería el examen de ingreso por nada del mundo. Se cobró unos cuantos favores para poder asistir al debut de su protegida.

Xélia, sin decir nada, salió de la casa en dirección a El Gremio de Asesinos. Su abuela la seguía de cerca.

El Gremio de Asesinos apenas estaba a unos pocos pasos junto a la casa. Que su abuela hubiese elegido aquella casa no era una simple casualidad. A la entrada de El Gremio esperaban dos guardias. Xélia enseñó su inscripción para el examen. Los guardias revisaron el papel.

Guardia joven: Jajaja ¿No eres demasiado pequeña para el examen?

Xélia se acercó al guardia. Con un rápido movimiento le cortó el cinturón de cuero, lo cual provocó la caída de sus pantalones.

Xélia: Más pequeña es tu verga.

El guardia estaba rojo de ira, pero su compañero lo detuvo.

Guardia veterano: Estate quieto, imbécil, si no quieres morir. ¿Acaso no ves quien la acompaña?

El primer guardia miró a Kirxe, se subió los pantalones y recogió su cinturón roto.

Guardia joven: Joder, mierda de cinturón. Voy a ir a repararlo, solo será un momento.

El guardia veterano, como si nada hubiese pasado, abrió la puerta para que pudieran pasar. El Gremio de Asesinos apestaba a sangre, a sudor, a vómito… Era un olor penetrante que se metía en la garganta.Toda esa amalgama de olores estaba incrustada en la humilde y vieja madera del edificio. Cada uno de los presentes era miembro de El Gremio. Hicieron como si no ocurriese nada, pero Kirxe sabía que estaban observando con atención a su nieta. Ella conocía ese juego, fingían no mirar pero observaban con atención evaluando el peligro que podría suponer su nieta. Vio mequetrefes de medio pelo que la miraban como si fuese un inocente gatito, pero también vio miradas de asombro contenidas cuando se daban cuenta del arma que portaba. Esos, al menos, tenían el cerebro suficiente como para no subestimarla.

Ellas, serenas, se dirigieron a la sala de exámenes, presentaron el papel a los guardias y las recibió un anciano. Su abuela saludó primero.

Kirxe: Buenos días, Razga, ¿Así que tú eres el examinador? Excelente.

Kirxe sonrió. Razga inclinó levemente la cabeza a modo de saludo. Pasó a la sala, se colocó en un rincón sin decir una palabra.

Kirxe: Xélia, pasa por favor. En cuanto pongas un pie en la sala el examen habrá empezado.

Xélia pasó de forma tranquila. En cuanto puso un pie en la sala recibió un ataque a traición por la espalda, pero en un parpadeo ya había sacado su daga Kroch convirtiéndola en dos dagas. Con una paró el golpe. Con la otra desvió el puñal de Razga para que chocase contra la pared de madera. El puñal se quedó atorado. Cogió una de sus dagas para ponerla en el cuello de su oponente.

Razga: Buenos reflejos, buena técnica. Sigamos pues.

Se apartaron un poco para ponerse en posición. De forma súbita, Razga sacó una pequeña ballesta de repetición de debajo de su capa. Comenzó a disparar sin piedad. Xélia, como si de un baile se tratase, esquivó ágilmente todas las flechas dando volteretas, cabriolas, saltos. Era ágil como un gato, a la vez que escurridiza como una serpiente. Unió sus dagas Kroch para colocarla por debajo de las costillas de Razga, en ángulo hacia su corazón.

Razga: Buena agilidad, buena capacidad de esquive, correcta elección del ataque.

Volvieron a ponerse en posiciones.

Esta vez Razga usó una bomba de humo. De varias trampillas en el suelo, así como en las paredes, salieron varios asesinos y asesinas con el fin de herir a Xélia.

No se veía nada, pero se fueron escuchando choque de metales, maldiciones y algún que otro grito de dolor.

Cuando se disipó el humo, Kirxe pudo ver como su nieta había desarmado a todos los oponentes. Algunos estaban heridos, pero no de muerte. De nuevo Razga, con unos reflejos extraordinarios, tiró una bomba de luz directa hacia a los ojos de Xélia. Ella cerro los ojos, recordaba donde estaba su oponente, podía oír el crujir de las tablas. Fue a por él, pero escuchó un siseo metalico. Eran cables de metal cortantes, así que realizó su mejor acrobacia para dar un fuerte salto. Tomó suficiente altura, sentía el siseo de los cables pero sabía dónde estaba su origen. Como si fuese un torbellino, cayó en picado girando sobre sí misma a gran velocidad. Con sus dagas y la rapidez de giro fue capaz de desviar los cables cortantes, los cuales dejaron de girar frenéticamente. Ella cayó con elegancia. Cuando sus pies tocaron el suelo una daga apuntaba a las partes bajas de Razga, mientras otra apuntaba a su estómago.

Razga: Dominio del ukma, buena toma de decisiones, perfecta ejecución de las contramedidas. Señorita Xélia, mis felicitaciones. Dejeme estrechar su mano.

Xélia: Cuando tire esos guantes con veneno de basilisco se la estrecharé. Si fuese necesario.

Razga: Excelente Xélia, has aprobado. Permíteme que rellene tu licencia.

El anciano se acercó a una pared, pulso un botón para abrir una puerta secreta que daba a una pequeña habitación muy sencilla. Una mesa, una vela, un tintero con su pluma, unos papeles de licencias y un orbe de cristal.

Razga: Pasa, por favor. Terminaré enseguida.

Entró para no ofender. El anciano no tardó mucho en rellenar la licencia, en ponerle todos los sellos visibles junto a aquellos invisibles a simple vista.

Razga: A ver, veamos. No hay heridas ni envenenamiento. Tampoco dudas ni fallos… Tampoco mataste a nadie… Mmm.. Sí, como pensaba, obtienes el grado de maestra asesina, el más alto posible. Xélia, eres digna nieta de tu abuela.

Xélia: ¿Por?

Razga: Ella también tiene el mismo grado que tú, pocas personas lo alcanzan.

Xélia levantó los hombros en un gesto de indiferencia. Por dentro estaba eufórica pero mantenía su máscara de indiferencia. Razga le dio su licencia. Xélia la tomó y la guardó debajo de su capa.

Razga: Tenías razón, Kirxe. Dijiste que iba a disfrutar del primer examen del día. Pena que el resto del día será un aburrimiento.

Kirxe: Tú has sido el único de esta ciudad que ha entregado licencias del máximo grado. Quise mantener la costumbre y hacerles saber, a aquellos que dudan de tus capacidades por tu edad, que podrían morir por ello.

Razga: Como siempre, tienes razón Kirxe. Gracias.

Kirxe: Bueno, cuando sientas que el tedio llega hasta ti, recuerda este combate. Puede que te aligere un poco el día.

Razga sonrió con un brillo especial en los ojos.

Razga: Creo que hoy los exámenes acabarán rápido, no será demasiado tedio.

Kirxe: No lo dudo, te veo emocionado. Esos inútiles no saben que van a morir hoy.

Razga no dijo nada, pero sonrió abiertamente con una mirada de picardía.

Razga: Por favor Xélia, vierte una gota de sangre sobre el orbe. Debo escribir si tienes aptitudes mágicas o no. Se paga un gran extra por aptitudes mágicas.

Xélia, con una de sus dagas Kroch, se hizo un leve pinchazo en un dedo. La gota cayó en el orbe, este comenzó a cambiar de colores hasta que se quedó fijo en un color violeta.

Razga: Mmm… creo que el orbe estaba sucio y ha contaminado tu sangre, dame un momento.

Razga abrió el cajón de su mesa, sacó un trapo impoluto y una botella con alcohol puro. Echó un poco en el trapo, procedió a limpiar el orbe a conciencia.

Razga: Xélia, vierte otra gota sobre el orbe.

Xélia vertió otra gota. El orbe repitió su abanico de colores, pero volvió a quedarse fijo en el violeta.

Razga: Mmm… Bien, magia de muerte, eso encarece las tasas, tendrán que pagar el triple por cualquier trabajo. Dame la licencia para que pueda ponerte el sello de magia de la muerte. Dame un momento, tengo que buscarlo. Kirxe, ya sabes lo que voy a tener que hacer, no es nada personal.

Xélia le dio la licencia a Razga, el cual no tardó demasiado en coger una caja de madera de su cajón. En ella había un sello en el que se veía un pequeño esqueleto de pie. Cogió el bote de tinta violeta de la cajita, empapó bien el sello y terminó estampándolo con firmeza. Luego, con una sonrisa, le devolvió la licencia a Xélia.

Kirxe: ¿Podrías darme un momento para hablar con ella antes de avisar?

Razga: Por supuesto.

Kirxe: Escúchame bien Xélia. Todos te querrán por ser maestra de asesinas con magia de muerte, pero todos te temeran y odiaran. Razga tiene que avisar al consejo, existe una vieja profecía que cuenta como uno de los nuestros con magia de muerte traerá el fin a nuestra raza. Van a citarte ante el consejo, parecerá algo trivial pero estoy segura de que intentarán matarte. Así que debes huir, te conseguiré todo el tiempo que pueda.

Un par de lágrimas recorrieron las mejillas de Kirxe. Xélia jamás había visto a su abuela mostrar sentimientos, eso quería decir que su situación era muy grave.

Kirxe: No pondrán una orden oficial de captura contra ti, ya que eso les haría perder muchísimo dinero. Pero sí que enviarán a mucha gente para matarte.

Xélia: Si yo me voy, tú te vas conmigo y luego nos separamos. No pienso dejar que esos bastardos te maten o te utilicen para chantajearme.

Kirxe: Si voy contigo solo te ralentizaría. No saldríamos vivas de aquí.

Xélia: Una mierda, no pienso dejarte a tu suerte. Sé que puedes defenderte sin problema pero una ciudad entera es demasiado para ti sola.

Kirxe: Xélia, por Krenol, obedéceme.

Xélia: Abuela, antes moriré a cuchillo que dejarte sola. Podemos conseguirlo, tenemos todo lo necesario en nuestras capas.

Kirxe: Aunque salgamos, no podremos vernos ni escribirnos. Cualquier tipo de contacto sería mortal para nosotras. ¿Eres consciente de ello?

Xélia: Sí, pero estarás viva. Es lo que importa. Tú eres la única familia que me queda. No pienso renunciar.

Kirxe: Chiquilla estúpida… vas a matarnos a las dos.

Xélia: Bueno, si es así, al menos llevémonos a todos los que podamos al infierno.

Kirxe contuvo sus emociones, eran un rio desbocado. Veía la seguridad de su nieta, esa valentía, y le recordaba a la madre de Xélia. Eran como dos gotas de agua. Solo quería que su nieta sobreviviera, pero vio en sus ojos que no conseguiría hacerla cambiar de opinión. Blandió sus cuatro dagas Kroch y sonrió.

Kirxe: Pase lo que pase estoy orgullosa de ti, así que hagamos un río de sangre.

Xélia: Gracias. No lo dudes, cantarán nuestra gesta en todas las tabernas.

Kirxe asintió, sabía que ella creía con firmeza que su gesta se cantaría por todas las tabernas. Decidió no quitarle esa pequeña esperanza.

Kirxe: Razga ¿Cuánto tiempo puedes darnos?

Razga: No mucho. Saldré de aquí, pediré una jarra de cerveza grande, subiré las escaleras hacia el consejo mientras me la bebo y anunciaré lo que debo anunciar.

Kirxe: Suficiente. Gracias Razga. Toma, son las llaves de casa. Se me cayeron cuando huíamos. Es tuya. En mi habitación, en la pared norte, cuenta siete ladrillos a la izquierda. Allí vas encontrar el primer botón secreto. El segundo, cuatro hacia arriba. Y el tercero, doce a la izquierda. En la trampilla encontrarás suficiente oro como para vivir una vida tranquila.

Razga: No necesito eso.

Kirxe: No, no lo necesitas, pero yo te lo doy en agradecimiento. Acepta el regalo.

Razga: No era necesario, gracias.

Razga permitió que Kirxe y Xélia salieran de la habitación, mientras él hacía lo mismo paso a paso.

La abuela le indicó con las manos, en su propia jerga,

aquella que solo ambas entendían, que deberían correr hasta estar muy lejos de la ciudad.

Abuela y nieta salieron con sigilo. Nadie se percató, eran sombras que pasaban desapercibidas. Consiguieron salir del gremio de asesinos sin mayor problema, en el barrio pobre les sería fácil moverse. Cuanto más cerca de la puerta, más rico era el barrio y más guardas de seguridad vigilaban sus calles. Toda la ciudad era una gran mentira. Estaba diseñada para que aquellos que tuviesen que entrar se llevasen una buena imagen de la ciudad, que solo viesen esa fachada bonita. No estaba permitido que los extranjeros pasasen de los barrios ricos.

Ambas volaban juntas por los tejados, corrían en silencio sin hacer ruido alguno. Pegaban saltos de uno a otro tejado sin dificultad, sin que eso frenase su frenética carrera. Consiguieron llegar a los barrios ricos, tuvieron que tener mucho cuidado de cuando saltar entre tejados, para que los guardias no se diesen cuenta. Cuando llegaron a los tejados más cercanos a la puerta de la ciudad, Kirxe hizo un gesto para que su nieta se acercase.

Kirxe: ¿Qué opinas?

Xélia: Opino que los guardias nos están esperando justo a la entrada de la ciudad.

Kirxe: Serán muchos, no nos han perseguido, han preferido concentrarlos a todos en la puerta. Va a ser una salida dura pero debemos ir cuanto antes o serán aún más guardias.

Xélia: Espera un momento.

Xélia se subió a lo alto de la chimenea de una panadería. La chimenea era un tubo largo y estrecho de piedra. Aún así, aguantó el peso. Sacó su catalejo, miró hacia la puerta y agudizó su vista. Bajo de nuevo hasta donde estaba su abuela.

Xélia: Cien hombres.

Kirxe: Era lo esperado. Vayamos a saludarlos.

Xélia: Sí.

Ambas sacaron sus dagas Kroch. Su abuela tenía cuatro, ella tenía dos. Creía que serían suficientes.

Ambas tiraron bombas de humo y bombas explosivas de forma consecutiva. El humo inundó la entrada custodiada por los guardias. Las bombas mataron a algunos, pero quedaban aún demasiados. Ambas cayeron desde arriba en picado, plantandose en medio de los guardias, quienes ya prevenidos empezaron a defenderse con fiereza. Pero, a pesar del empeño, ninguno conseguía herir a sus adversarias. Saltaban, giraban, daban volteretas, se deslizaban por el suelo cercenando sin piedad. Los guardias lo veían como una situación caótica. Ellas, como un baile donde marcaban el ritmo. Tuvieron que emplearse a fondo ya que los guardias eran muy diversos. Algunos con armaduras, otros no. Algunos con armas de larga distancia, otros de corta. Otros, cuerpo a cuerpo. El gremio se había empleado a fondo para eliminarlas, pero ellas no cedían. Quedaban aún cincuenta hombres en pie. Tanto ella como su abuela empezaban a notar el cansancio.

Xélia: Dame tus ampollas de dragón furioso y tus dagas kroch. Necesito que te alejes.

Kirxe: De acuerdo, te doy mis dagas. Me iré a aquel techo. Si veo que flaqueas, intervendré.

Xélia: Las ampollas de dragón furioso, las necesito.

Kirxe: No, podrían matarte.

Xélia: Tengo más posibilidades si me las tomo.

Kirxe: No te las daré.

Kirxe se alejó. Xélia, estando sola, atrajo toda la atención de los soldados. Mostró su sonrisa, esa sonrisa perturbadora que tenía como máscara. Empezó a usar todas las dagas Kroch ejecutando la rueda de la muerte. Tenía tres ruedas, así que empezó un baile frenético de giros y esquivas. Las dagas rebotaban con precisión entre los guardianes que iban a matarla. Su abuela pudo verlo, se movía cada vez más rápido. Percibió una ligera aura violeta a su alrededor. El frenesí del combate aumentó como si de un tornado se tratase y en unos minutos los cincuenta guardianes yacían amontonados en un charco de sangre que se extendía por todo el suelo de forma lenta pero implacable.

Contempló el espectáculo. Por segunda vez en su vida había mostrado una emoción. Nadie la había visto, por eso le molestaba menos. Su cara era de sorpresa, no sabía cómo había adquirido el don de la magia de la muerte, ni siquiera se imaginaba cómo era capaz de canalizar esa magia. La única certeza era que, para ella, era tan natural como respirar. Ningún miembro de la familia había tenido ese don. Desconocía cómo lo había obtenido aunque, por una vez en la vida, a pesar de la enorme carga que le iba a suponer, se alegraba de presenciar tan formidable visión.

Kirxe se acercó hasta ella manteniendo su máscara. Se guardaría bien las emociones. Ya había cometido dos errores, no cometería un tercero.

Kirxe: Te lo dije Xélia, no necesitabas el brebaje del dragón furioso.

Xélia: ¿Tienes algún tónico reconstituyente?

Kirxe le puso uno en la mano. Xélia abrió el vial para tomárselo de un trago.

Kirxe: ¿Salimos o seguimos perdiendo el tiempo?

No dijo nada, empezó a correr. No les costó mucho deshacerse de algunos guardias que había en la gruta de ascenso hacia el exterior. Corrieron hasta no poder más. No fueron por los caminos, prefirieron ir bosque a través.

Kirxe: Espera, conozco a alguien de estos bosques. Voy a llamarlo.

Saco una especie de flauta. Sopló, pero no emitió ningún sonido. Ambas se sentaron a descansar mientras compartían unas tortas de pan ácimo y un odre de agua.

Kirxe: Saludos Brag, puedes acercarte. Ella es mi nieta.

Brag: Prefiero quedarme aquí. Gracias.

Brag se acercó lo suficiente como para que ambas le pudieran ver.

Kirxe: Brag, seré breve. Hemos tenido que irnos de Zaf para no volver jamás. Debemos separarnos. No podremos volver a vernos. Tampoco contactar, pues podría ser mortal para cualquiera de las dos.

Brag: Comprendo… Sí, tiene sentido.

Xélia: ¡¡Podríamos seguir juntas!! ¡¡¿Por qué coño no podremos volver a vernos jamás?!! ¡¡¡NO LO ENTIENDO!!!

Miró sus ojos inyectados en sangre y rabia. Los músculos tensos como un gato preparado para abalanzarse sobre su presa. Un aura violeta la envolvió como si fuese un niebla intensa para terminar deflagrando en todas direcciones.

Kirxe: No puedo decirlo, sería mi muerte.

Kirxe, sin pudor alguno, se quitó la camisa. Justo encima de su corazón se veía un símbolo igual al de la magia de la muerte pero con un círculo a su alrededor. Extrañas runas de magia oscura lo rodeaban. Unas pocas palabras justo encima de todo aquello formaban un círculo exterior.

Kirxe: Un pacto de silencio me lo impide. Llevo años intentando romperlo. Si te digo tan solo una palabra, caería fulminada a tus pies.

Xélia se apagó como una vela al viento, cayendo sobre sus rodillas, con las lágrimas manando a borbotones. En su rostro, una pregunta muda: ¿Por qué? Su abuela tan solo pudo ponerse de nuevo la ropa, agacharse a su lado y abrazarla.

Kirxe:Tranquila. Cálmate, por favor.

Xélia lloró aún más fuerte, más desconsolada. Lo único que tenía en esta vida estaba en peligro.

Kirxe: Tienes que confiar en mí. Sabes que te quiero.

Ambas quedaron abrazadas, en un mar de lágrimas. Él las miró sin poder evitar soltar alguna lágrima mientras conjuraba una silenciosa plegaria a la madre tierra. Cuando lograron recomponerse, Kirxe ayudó a Xélia a levantarse.