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Mauro duda entre quedarse en el país o irse a perfeccionar su carrera en el exterior, y mientras eso sucede, él y sus amigos viven en una historia de amor y tragedia en la argentina violenta desde 1945 hasta bien entrada la democracia.
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Seitenzahl: 435
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Raúl Simoncini
Simoncini, Raul
Siluetas en la niebla / Raul Simoncini. - 1a ed. - Berazategui : libella, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8259-15-4
1. Narrativa. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión en forma idéntica sin la autorización expresa del autor.
Editado en 2022 por Ediciones Libella - Editora Natalia Alterman
© 2022, Raúl Simoncini
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Primera edición en formato digital: marzo de 2023
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas
David Copperfield
Charles Dickens
La noticia había aparecido en letras diminutas y sin resaltar en una de las últimas páginas del diario El Visionario.
El relato era breve:” En las inmediaciones de la localidad de Ubatuba, Brasil, en una vivienda de la rúa 25 vecina a la playa, fue encontrado sin vida una persona de 63 años, con un impacto de arma de fuego en la frente; las autoridades policiales locales investigan el hecho. Se trataría de Gustavo Martínez, ex miembro de la Policía Federal Argentina”.
— Manuel… ¿Viste esto?
—Lo vi, Pelusa; y llamé al jefe de redacción para que me diera más detalles, pero no sabe mucho más; dijo que le solicitaron de “arriba” que minimizara la noticia, hasta que avance la investigación, por ser un caso delicado y estar involucrado un ex oficial de rango.
—¿Este es “Querubín” Martínez, uno de los que buscabas?
—Sí, es él; uno de los siete, una pieza más del rompecabezas; salgo para San Pablo hoy a la tarde, voy a ver qué puedo obtener.
—¿Cómo sabes que fueron siete?
—Es lo que denunciaron las víctimas, salió en todos los diarios, y gracias al identikit se pudo averiguar quiénes eran.
—¿La familia aclaró algo, agregó algo más?
—No hubo forma de que me otorgaran una entrevista, no sé porque, me parece que están llenos de dolor y de secretos, aunque hay algo más allí que quiero descubrir. Por ahora no sé más que eso, así que me voy con lo que tengo.
—¿Ya tenés el pasaje, Manuel?
—Tengo todo.
—Pero el diario en este caso no te va a cubrir los gastos. ¿Cómo lo pagaste?
—Mejor no preguntes, nuevamente magia financiera como todo en mi vida. Si se trata realmente del “Querubín” van a querer tapar todo; tengo que llegar antes que eso suceda.
—¿Te espera alguien, tenés algún contacto?
—¿En Ubatuba? No; apenas sí sé dónde queda; sé que es una localidad en la playa, cerca de San Pablo; me voy a arreglar estando allí, siempre sucede algo que ayuda.
—Este caso parece como calcado al del viejo Mariano Castellón, otro ex que balearon de la misma manera en Paraguay hace un par de semanas.
—Sí que lo es, y está vinculado. Escuchame, loco, yo dejo acá todo muy desordenado, pero cuando vuelva lo arreglo, ¿me podés prestar unos mangos?
—Algo tengo…; pero Manuel… yo te diría que dejes esta investigación periodística; me huele muy feo esto, estos tipos son pesados de verdad y si a este tío le dieron el pase libre es porque algo anda mal, o entre ellos o con ellos, y en ese caso es mejor no estar en el medio.
—No te inquietes, Pelusa, me voy a cuidar; pero sé que no se ganan premios detrás de un escritorio; y además… ¿Qué puedo perder?, no puedo estar peor de lo que estoy. Es lo único serio e interesante en mi profesión que estoy haciendo ahora.
Al promediar la tarde de ese mismo día, Manuel Sirio ya estaba en el vuelo de TAM, con destino a San Pablo. Había dormido poco la noche anterior, y el avión se había sacudido demasiado en el trayecto de Ezeiza a San Pablo. Al llegar el calor agobiante y la humedad terminaron de hacer su tarea de aniquilamiento. Alquiló un pequeño auto en el aeropuerto de Guarulhos en San Pablo, para trasladarse a Ubatuba, distante a 220 kilómetros, y poder allí moverse con tranquilidad; pensaba llegar a la localidad al anochecer y descansar unas horas antes de ponerse a trabajar. En la mañana siguiente muy temprano se presentó en la policía local para averiguar el domicilio de la casa del suceso y se dirigió hacia ella.
La casa era pequeña y discreta, de un moderno estilo minimalista, adornada con piedras de color blanco y marrón, rodeada de árboles pequeños y un sencillo y coqueto jardín al frente. No daba idea de ostentación; estaba bien ubicada, algo disimulada, y desde la vereda se podría divisar la playa cercana, a pesar del frondoso bosque tropical. El precinto amarillo y un policía de color custodiando la entrada indicaban los límites fijados por las autoridades locales. A pesar de varios intentos enseñando su credencial de periodista no había podido ingresar y ya comenzaba a desalentarse cuando llegaron dos hombres de civil que mostraron sus credenciales y accedieron inmediatamente a la casa.
—¡Ey, comisario Cardozo!
Uno de los hombres, el más alto, algo encorvado, enfundado en un traje azul se dio vuelta y se señaló a sí mismo con el pulgar en señal de pregunta.
—Sí, sí, a usted; tiene que recordarme; soy Manuel Sirio, como la estrella, del Visionario de Buenos Aires.
—Disculpe, no lo tengo presente.
—¿No es usted Javier Cardozo? Estuve con usted en Paraguay, en Asunción, ¿recuerda?, por el caso Castellón.
—Ahora sí… Tiene razón, ahora me acuerdo; claro que sí.
—Qué alivio, ya estaba dando por perdida la mañana; ¿puedo acompañarlo?
—Me acuerdo que me hizo quedar como un idiota con uno de sus ridículos artículos.
—Vamos, comisario, solo describí lo que vi, y lo poco que me permitió conocer la mezquindad policial; y lo que relaté, a mi juicio está muy lejos de ser lo que usted interpreta como “hacerlo quedar mal”; francamente con tan pobre información tuve que deducir. Deme más elementos y lo haré quedar como un Hércules Poirot. ¡Por favor! ¡Déjeme pasar!
El comisario se quedó mirando un instante a Manuel Sirio.
—Lo dejo pasar pero debe quedarse callado, a un costado de los demás sin meter la nariz en cualquier parte. También me acuerdo de que usted es como las polillas, querido.
—Agradecido por la comparación; pero no se preocupe, no lo voy a hacer quedar mal.
La casa estaba oscura y con las ventanas cerradas, la puerta de acceso, rústica pero moderna no lucía violentada; había un gran desorden en el interior; en el piso del pequeño living había cajones de muebles mezclados con libros, papeles, cuadros y hasta trozos de mampostería arrancados de algún lado; una gran mancha rojo amarronado cubría parte de la alfombra y se extendía hacia una puerta que daba a la cocina. En la pared posterior, y en un marco de madera, se destacaban dos impactos de bala individualizados mediante círculos trazados con tinta roja. Sobre una mesa ratona había sobrevivido un adorno de cristal con forma de cenicero, que tenía una hoja de árbol en su interior que atrajo la atención de Manuel Sirio, y se la quedó observando detenidamente. En el resto de la casa no encontraron más elementos.
El hombre que los acompañaba relataba algo en un portugués cerrado que Cardozo parecía entender. Luego de un recorrido minucioso por los pocos ambientes de la vivienda y el patio salieron a la calle; el comisario Cardozo sacó un cigarrillo de una cigarrera plateada; lo encendió con un viejo chispero, y se quedó observando la casa.
—Seguro que son Clifton… o Saratoga.
—¿Qué dice, Sirio?
—Nada, comisario; es que la cigarrera parece haber salido de la máquina del tiempo y los Clifton seguramente estarían cómodos allí.
—Fumé Saratoga de joven, ya no se consiguen ¿pero qué tiene de malo? ¿Tan antiguo me ve?
—Y el encendedor me hace acordar a los viejos carusita; lo conozco porque vi uno en un museo.
—Es un carusita; lo cuido como si fuera una joya, fue un regalo; y no voy a contestar su última observación.
—¿Me puede hacer algún comentario, Cardozo?
—Solo si no lo publica.
—¿Y para qué sirve entonces, me lo tengo que meter en el…?
—No sea grosero; es el trato, lo toma o lo deja; más adelante lo podrá publicar, cuando se levante el secreto sumarial.
Manuel asintió con cara de descontento.
El comisario lentamente comenzó un comentario —Hacía poco tiempo que este hombre vivía acá, no tuvo mucho tiempo para gozar los beneficios de su retiro. La policía local y los investigadores no tienen datos, no hay huella de ninguna naturaleza,tampoco señales de ingreso violento, ni en la vivienda ni alrededor de la casa; los vecinos no registraron nada anormal y no se sintió ruido de disparo alguno. Evidentemente actuaron muy profesionalmente.
—¿Sabe que buscaban?, por el desorden digo, parece que hubieran buscado algo con mucho entusiasmo.
—Vaya a saber, dinero, drogas… quizás.
—Algún documento también podría ser. ¿Sabe a qué hora lo mataron?
—Como a las doce del mediodía; ¿por qué?
—Son las once y la calle está llena de gente que sale de los hoteles o va a la playa, ¿fíjese?; ¿y nadie vio ni oyó nada?
—Pero mire usted. ¿Me está dando clases, Sirio? ¿A lo mejor llegaron con una gran comitiva en autos negros, vestidos de negro, con anteojos negros, armas negras en la mano; colocaron un cartel en la puerta “hoy gran asesinato gran, aquí” y fregaron al tipo.
—No, comisario, no se ofenda; sé que hay métodos discretos, solo estaba pensando en voz alta; es que estoy intentando buscar elementos de una historia que comienza a tomar forma. ¿Se podrá ver el cadáver?
—Ya lo vi, es un cadáver como cualquiera, no tiene nada especial.
—Claro, aparte de algún agujero en la cabeza, nada anormal. Querría verlo; compararlo con las fotos de archivos que tengo.
—Eso ni se le ocurra, es tarea policial y ya ha sido hecha.
—¿Por qué lo mataron, comisario?
—Eso es reservado.
—¿Reservado?...me parece que no sabe. ¿Se fijó en una cosa?
—Dígame.
—En la mesa de luz había una hoja de roble, grande, más bien enorme diría y rojiza.
—¿Qué tiene de raro?
—No sé mucho de robles, ¿hay robles por acá y de ese tipo?, no veo ninguno, ¿de dónde caería?; además estamos en verano, por el color digo.
Cardozo le hizo un comentario a su acompañante, que hizo una llamada telefónica y luego le comentó algo al oído.
—Dicen que la hoja estaba en el pecho del cadáver cuando llegaron, que no le dieron importancia, y la habían colocado en un cenicero o algo así.
—¿La dejaron? ¿Así nomás? Mire usted qué minuciosos; no deberían haberla puesto en una bolsita para su examen posterior o algo parecido.
—No sé porque no lo hicieron… Tal vez no quieran investigar demasiado. ¿Y qué le dice eso, Sherlock? —dijo el comisario mientras se sacudía algo que había caído en su hombro.
—¿Recuerda que en el caso Castellón, comisario…?
—Pájaro de mierda… —musitó—, perdón. ¿Tenía también una hoja similar?
—Había una en un recipiente de cristal tallado; parecida a esta.
—A lo mejor son una banda de traficantes de hojas de roble.
—No podemos tener esta conversación; es un insulto a mi inteligencia; podría guardarme el dato, pero lo estoy compartiendo con usted… Vamos; usted es muy vivo, no se pierde detalle.
—De verdad que no le di importancia, no recordaba haberla visto en el Paraguay.
—Porque no la pide y la conserva, comisario, o me la da a mí… quién sabe, total ya que no le dan importancia… digo.
Manuel Sirio observaba detenidamente al comisario Cardozo; tenía las mejores referencias de él; serio, inteligente y muy astuto; y estaba tratando de percibir si estaba siendo sincero o trataba de alejarlo de las evidencias.
—Usted es un hombre razonable, Cardozo, consígame un pase para ver el cadáver, le prometo que le voy a mostrar previamente todo lo que escriba para que lo apruebe.
—¿Qué tiene usted?, ¿necrofilia?; ¿de qué le puede servir ver el cadáver a un periodista?
—Comisario… para un periodista minucioso es fundamental; siempre se recogen cosas interesantes, en el cadáver o alrededor de él.
—Voy a ver qué puedo hacer. Otra condición le voy a poner.
—¿Qué condición, jefe?
—Que sepa lo que sepa me lo cuenta, porque yo sé que va a meter las narices en cualquier parte para obtener datos.
—Eh, pero eso es injusto.
—Yo podría hacer lo mismo.
—¿Seguro?... Bueno; eso cambia las cosas. De acuerdo, no estoy en posición de discutir.
—Claro que no, no tiene permiso de periodista acá, así que…
—Una palabra suya y me mandan detrás del alambrado, lo sé.
—¿Es hombre de palabra, Sirio?
—¿La verdad, la verdad?, no… bueno, sí…
—Me imaginé, tendré que pensar en eso; pero en vista de mi buena fe le voy a adelantar algo.
—¿Sí? Dígame.
—Este hombre perteneció a la Policía Federal hasta 1973; ese año se incorporó al Ministerio de Bienestar Social en la época de López Rega y se sospecha que integró la AAA y después las fuerzas de tareas de los militares; integraba una banda famosa liderada por un personaje extraño que llamaban “el gordo”; estuvo metido en muchos casos de crímenes y de secuestros, tiene muchas denuncias pero nada comprobado.
A Manuel no le había dicho nada nuevo, pero eso confirmaba que se trataba de la misma persona cuyo paradero estaba buscando hacía meses.
—No me está diciendo nada novedoso, jefe.
—Es lo que hay y no joda más.
—Del crimen de Mar del Plata y del rapto de la pequeña Laura, ¿tampoco sabe nada?
—Estos mataron a mucha gente y se llevaron a muchos pibes. ¿Por qué le interesa tanto este caso?; ¿anda en busca de algún premio?
—Usted sabe de qué le hablo.
Ricardo se había esmerado en preparar la vieja casona; estaba orgulloso de ella, de ser su nuevo dueño, y además de que fuera un recuerdo de los años de juventud. Le había dado un toque artístico al inmenso living, redistribuyendo antiguos cuadros de familia, con nuevos adornos y flores, y había seleccionado cuidadosamente algunas melodías de las grandes bandas de los años cuarenta.
Afuera, el gran estanque estaba rebosante de coloridos nenúfares, y los tritones resplandecientes en su blancura vertían incesantemente agua de sus trompetas de caracolas. Las hortensias, narcisos, bellas celestinas, lobelias y jazmines enmarcando los árboles engalanaban el paseo hasta donde estaban las hamacas y reposeras, recién pintadas y con sus nuevos y coloridos cojines. Al fondo los grandes aromos que habían estallado en ramilletes amarillos acompañaban el arroyo en todo su trayecto hasta el bosque.
Estela había llegado de Estados Unidos esa mañana y Soledad en horas de la tarde desde Costa de Marfil; avanzada la tarde, Marcos y Fernando llegaron de Buenos Aires, Adriana y Beto lo hicieron de Córdoba. Todos los viajeros se habían alojado en la casona.
Mauro llegó a la velada con Verónica, Juan y María, que traía de la mano a Laura. La melancólica melodía de “Collar de Perlas” lo hizo quedarse en silencio, y retroceder en el tiempo un instante, luego se dirigió al centro del living. Los invitados se habían reunido frente a la chimenea en animada conversación, y los troncos encendidos emitían una luz tenue que permitía ver las siluetas parpadeantes y los rostros animados y expectantes.
—No se conocían físicamente; hasta hoy —dijo Mauro elevando la voz progresivamente y señalándolos a todos con la mano—, pero a todos les hablé de todos muchas veces, tanto, que de alguna manera son amigos entre sí; y al menos en mi cabeza siempre están todos juntos, y lo estarán toda la vida: Estela, Soledad, Adriana, Francisco, Diego, Marcos, Fernando y Beto, que deben andar por ahí, Ricardo: el dueño de casa…
Ricardo se acomodó el saco, y ajustó teatralmente la vieja corbata con la imagen pintada de Luis Armstrong, ajada y descascarándose; Mauro sonrió al darse cuenta del detalle.
—Verónica, Juan, María y… Laura —Comentó Soledad anticipándose a Mauro, indicando que se estaba familiarizando.
—No te olvides de Virginia, novia de Ricardo —comentó Verónica.
María se acercó a Ricardo que descorchaba una botella de vino.
—¿Dónde están Fernando y Beto?
—¿Dónde se te ocurre que pueden estar?
Fernando asomó su cabeza detrás del bar y levantó la mano para dar indicar su presencia.
—¿Tenes ron blanco acá, Ricardo?
—Ron tengo de todos los colores, ya te busco… ¿Estás por preparar algo especial?
—Algo especial si… Le voy a preparar mi nuevo trago “Mefisto” para Beto, nuevo amigo cordobés, que dice que le gustan las bebidas con personalidad. Le voy a agregar ron para suavizarlo un poco.
—Le agregas ron para suavizarlo; ¿qué es?, ¿un cocktail Molotov?; Virginia te va a ayudar a encontrarlo.
Beto gritó algo para dar a conocer donde estaba, desde el otro lado del salón que formaba ángulo con el principal, absorto en un cuadro oscurecido por el tiempo, con una escena familiar, mientras tocaba una melodía en un piano de cola.
—Es un viejo cuadro de mi familia, Beto, abuelos, tíos, y esa chiquitita soy yo… No sé por qué lo dejaría Ricardo —dijo Verónica acercándose.
—¿Esta casona era de tu familia, Verónica?
—Sí, así es, ahora le pertenece a Ricardo… pero está llena de pequeñas historias de todos nosotros… Qué bella melodía…
—Debussy, la aprendí cuando todavía aprendía cosas en mi adolescencia, antes de la rebeldía...
—Me parece que te requieren en el bar muchacho.
—Así es… ahora voy en búsqueda de mi trago personal.
Virginia se acercó rápidamente al bar; Fernando y Beto siguieron arrobados al sensual movimiento de aquella curvilínea criatura al ponerse de rodillas, se inclinaron simultáneamente para verla extraer la botella, y hacerles una sutil sonrisa. Ricardo se había acercado por detrás de ellos que permanecían hipnotizados observando a la figura que se alejaba contorneándose.
—Si tienen algún reclamo háganmelo saber.
Fernando se pasó la mano por el pecho y se volvió con una mueca a Ricardo que lo observaba sonriente.
—Gracias, Ricardo; creo que la bebida está bien.
Francisco se acercó a Mauro y mirando a Soledad, y le dijo algo al oído que fue advertido por ella.
—¿Soledad?; sí, está sin compañía; qué raro que te fijes en alguien, solterón; pero ¿tenés en cuenta un pequeño inconveniente?
—¿Cuál inconveniente?
—Es monja.
Se hizo un silencio mientras Mauro esperaba la reacción de Francisco.
—¿Me estás jodiendo? Como chiste está muy bueno.
—Te conté de ella, estuvo conmigo en Villa Esperanza y ahora está en África; veo que no me has escuchado.
—Sí que me estás jodiendo, me habías contado de ella, pero nunca mencionaste que fuera monja
—Pero si te conté eso, Francisco.
—¿Y qué hace en tu fiesta de cumpleaños?
—Es mi amiga.
—Pero es hermosa, cómo puede ser monja una mina que está tan buena.
—Es verdad, Dios lo quiere, qué se va a hacer; pero bueno,andá a charlar con ella. Soledad es una mina espectacular; aunque cuidado que tiene algunos demonios adentro.
—¿Y la morocha de ojos grandes que está al lado?
—Estela es médica; también fue compañera mía en Villa Esperanza; ahora está haciendo un postgrado en Estados Unidos.
Marcos se acercó a María que se había sentado con una copa de vino blanco en un costado del salón, y permanecía callada y taciturna.
—¿Cómo estás, Mary?
—Bien, Marcos; o mejor dicho de la mejor manera que puedo estar.
—¿Cómo te trataron?
—Vos sabes.
—¿Te golpearon?
—¿Golpearme?; los golpes solo dejan heridas.
—¿Qué querés decir?
—Tus camaradas son buenos para la tortura; muy buenos.
—¿Qué te hicieron?
—¿Qué no me hicieron?; enfermos de mierda.
—Ya pasó, María; dale gracias a Dios que te encontramos.
—¿Te va a costar esto de haberme liberado, Marcos?
—Un par de interrogatorios de los superiores; miradas sobradoras; hasta ahora eso; o me darán la baja, o me secuestrarán. Esa es la gama de posibilidades. En fin… ¿En qué andabas, María?
—¿No estás seguro eh?
—Solo quiero saber; soy tu amigo, pero también soy un milico de la represión.
—No te hagas el cínico conmigo, no te va ese papel. ¿Ir a la villa es subversivo?
—Bueno, todo depende de lo que hagas allí; también habrás ido a alguna reunión, habrás dicho alguna pavada.
—Por supuesto: me la pasé puteando con todo y contra todos.
—Es una guerra María.
—¿Guerra? Y cuál es el otro bando; ¿pibes y mujeres?
—Esos ponen bombas y matan gente como cualquiera, adoctrinados por otros gallos de espolón duro, que ahora se han mandado a mudar.
—Por favor, querido.
—¿Pero qué te crees?, ¿Que se iban a hacer los románticos eliminando milicos y que nadie les iba a salir al cruce?
—¿Te voy a hacer una pregunta? ¿Por qué caen siempre los perejiles?
—No todos eran perejiles, Mary.
—¿Cuántos líderes agarraron, y cuántos perejiles sobre los treinta mil que desaparecieron?
—¿Treinta mil?, ¿qué treinta mil?... Si hubiéramos borrado treinta mil significaría que tendrían un ejército de al menos cien mil… Y habríamos perdido la guerra sin duda. Pero sí, muchos; y agarramos a los perejiles porque a los tomates se les frunció el orto y se mandaron a mudar… con la guita de los secuestros, luego de cantar y traicionar a sus amigos… a Cuba.
—Eso es falso… Eliminaron muchísima gente que no tenía nada que ver, y torturaron de manera brutal a miles de personas; vamos, Marcos; para eso inventaron una guerra.
—¿Qué decís?
—Inventaron una guerra para eliminar a una generación molesta, que solo quería un país mejor.
—Seguro; un hermoso y habitable país como Rusia, China, o como Cuba. ¿Qué tan bien viven la libertad allí?
—Sos igual a tus camaradas, Marcos, demasiado simplista; mejor no hablemos más, para ustedes los que no piensan igual son subversivos y guerrilleros.
—No me contestaste, María.
—¿Qué tiene de malo Cuba?
—Ahora sí me contestaste.
—Si los invitados gustan acercarse, les prometo que van a disfrutar de estos exquisitos manjares cocinados por mí mismo —dijo Ricardo con una enorme sonrisa en la boca.
Se fueron sentando alrededor de una gran mesa rodeada de sillas tapizadas en cuero y finamente labradas; iluminada por una enorme araña de caireles de cristal que distribuían la luz como un calidoscopio, mientras Ricardo comenzaba a destapar tres ollas relucientes, con grandes asas finamente labradas.
—Dios nos ayude —dijo Fernando mientras se sentaba y le guiñaba un ojo a Mauro.
—“Dios nos ayude”, te voy a dar… Fernando. Mejor vení, sentate acá al lado de las chicas, no las andes toqueteando, y ponete la servilleta para que no te ensucies ¿eh?. En aquella mesa hay fiambres y bebidas, sírvanse lo que gusten; y luego, serviré bitoks de cordero con legumbres; para quien no le guste el cordero, en esta otra boeuf a la bourguignone, y en esta tercera pato a la naranja; obviamente tienen tres selecciones de vino tinto, y tres de blanco.
—Dios nos ayude a regresar después quise decir, susceptible amigo mío.
—¿Es verdad que sos monja, Soledad?
Soledad levantó la cabeza para individualizar a quien había hecho la pregunta. Virginia se había arqueado para dirigirse hacia la otra punta de la mesa donde estaba Soledad.
—Acá, Soledad.
—Soy Monja Adriana; ¿por qué te extraña?
—No sé; te veo tan joven, bonita.
—Es mi vocación y estoy feliz de poder seguirla.
—Y yo que estaba pensando o soñando que Soledad abandonaría los hábitos al conocerme —dijo Fernando en voz baja pero que se oyó nítida cuando los demás hacían silencio.
—Suenan interesantes tus sueños, Fernando; aunque no creo que puedas con tu rival por ahora.
—¿Te refieres a Dios?, claro que no, qué va.
Soledad sonrió ligeramente.
—¿Qué le viste al Señor, Sole? —insistió Fernando.
—A ver… No es celoso; no controla mis gastos, con quien salgo o la hora que salgo, lo que me pongo, no cuestiona a mis amigos —Soledad respondía con soltura enumerando con los dedos mientras observaba de costado a Mauro que había captado el mensaje.
Ricardo se levantó en un momento determinado, golpeó su copa con un cuchillo, que sonó límpida e intensa, interrumpiendo el murmullo.
—Querido Mauro, quiero decirte feliz 43 años en este brindis inicial. Estoy muy feliz también de conocer a tus amigos, que como nosotros formaron también parte de tu vida; así que ahora estando todos juntos creo que podemos dar un a toda tu historia; que es en verdad también nuestra, con un final feliz.
Mauro miró a Ricardo, que entendió la mirada y continuó con su alocución.
—Y ahora Verónica está con vos luego de tanto tiempo y dolor, y con nosotros; y te trajo, nos trajo a todos como regalo: a Laura.
Estela le pasó el brazo por el hombro a Mauro que miraba la mesa. Se hizo un breve silencio, interrumpido rápidamente por el murmullo de comentarios.
—Me sumo al brindis; feliz cumpleaños Mauro y me sumo también al deseo de una vida mejor para todos, ahora que viene la democracia.
Todos se sumaron al brindis; y al deseo último de Marcos, salvo María que ahora observaba atentamente desde el otro extremo de la mesa.
—¿Vos crees que vamos a vivir mejor ahora, Marcos?; o es un fino toque irónico el tuyo —gritó María.
—Soy un marino; no me seduce el gobierno ni el poder.
Mauro se quedó un instante pensativo, luego volvió la vista a Marcos que ya se estaba arrepintiendo de haber emitido aquella opinión.
—Querido amigo; ahora que perdieron la guerra no les queda otra alternativa.
—Mirá, Mauro, la guerra la iniciaron políticos con uniforme militar, no los guerreros que fueron al frente y murieron; y ahora se harán cargo; políticos sin uniforme, que saludaron primero al “Proceso de Reorganización Nacional” y luego la recuperación de las Malvinas y después se cagaron simultáneamente en ellas, o sea la misma mierda.
—Está bien, Marcos, hoy no te voy a contestar, porque no quiero revolver el tema ni arruinar la velada hoy; hoy, en esta casa, solo te digo que no van a quedarse quietos, ni van a abandonar el poder…
—¿El poder, qué poder?; no sé, es algo inexistente en la actualidad, tendrán que construirlo entre todos.
—“Tendrán...”, decís “tendrán”; ¿ves que inconscientemente crees que sos diferente? —dijo María elevando la voz.
—Cortala, María; la tenés conmigo y ya me hincha las bolas.
—Yo no me quejo; hice más guita con los milicos que con los civiles, y como eso siempre se repitió… el show va a continuar.
—¿Hubieras preferido seguir con los milicos, Ricardo?
—¿La verdad…?
La pregunta de Francisco le había llegado como una saeta a Ricardo, que se había acomodado en la silla y optado por una breve y sutil respuesta. Estela fue en busca de Verónica y Soledad, que la siguieron sin preguntas, luego se subió a una silla, levantó su copa y lanzó su arenga.
—Brindo por los amigos de toda la vida… que acabo de conocer.
La arenga llegó oportuna y todos se unieron al brindis en medio de carcajadas.
—Amigos: pasemos al salón vecino donde podremos tomar café, té, alguna bebida; con unas Langues de Chat, o chocolates belgas, cigarros, y también helados… ah, y los cocktails de Beto, si tienen seguro de vida.
Mauro observaba toda aquella alquimia de desconocidos y relatos enredados. No estaba seguro de que se llevaran bien; todos habían sido juguetes del destino en ese controvertido tiempo donde las circunstancias los habían puesto en lugares diferentes, algunos antagónicos; pero eran sus amigos; y la velada no iba tan mal.
Diego se había acercado a Mauro mirando la animada reunión y le ofreció un cigarrillo.
—Decime, Mauro, veo que por tu vida han pasado amigos con espíritus variados: oficiales de la marina, liberales, empresarios, monjas; no sé si guerrilleros; ¿cómo carajo…?
—¿…Pude conocerlos, cómo pude juntarlos? —interrumpió Mauro —lograr que se toleren, o hasta que se quieran?: yo qué sé; y no sé cuánto pueda durar tampoco. Pero mis amigos son de buena madera; todos vinieron, nadie faltó. Te cuento que solo tuve dos amigos que se hicieron guerrilleros… Mariana y Rodolfo. Fueron eliminados no hace mucho… y lo siento tanto viejo…
Mauro se apartó de la reunión sin que nadie lo advirtiera; dirigió la mirada hacia donde estaba Verónica con Laura en sus brazos, y le dedicó una sonrisa y un disimulado beso. Verónica se levantó de la silla, y se le acercó; le acarició el rostro con el dorso de su mano, lo besó ligeramente en los labios y le dio un paquete con un moño. Mauro lo desenvolvió con avidez y quedó mirando el viejo libro abandonado una tarde, en un rosal, sobre el final de aquel imborrable invierno.
—Nunca pensé en devolvértelo; aún lleva las manchas de sangre.
Mauro acarició el libro y la congoja acudió sin que pudiera evitarlo; luego se acercó al ventanal que daba al jardín, y más allá al bosque; y el bosque que aún estaba allí removió su memoria arrastrándolo al pasado; y sus sentidos le revelaron imágenes, aromas y sonidos de otro tiempo; y los recuerdos acudieron. Había niebla; ¿de dónde había salido aquella niebla? Y las siluetas se movían extraviadas en ella; buscando quizás; intentando comprender.
No solo volvían sus amigos esa noche; volvía también el tiempo arrastrado por infinitas sensaciones.
El verano había llegado. Ricardo había cumplido 16 años al igual que Juan; María y Mauro, los más jóvenes,15. Ricardo había terminado la primaria y se había dedicado después a su taller de motocicletas. Había decidido que la escuela secundaria no era para él y que el camino para el éxito tenía un montón de atajos que debía explorar, eran los tiempos en que se podía optar qué hacer luego de la primaria. Había formado un dúo de guitarras con otro amigo con el cual se defendía bien en boleros y folclore y se había atrevido a actuar en los hoteles donde se hacía unos pesos. Frecuentemente todos concurrían a hacerle barra y aplaudir su flaca galería de éxitos. Juan trabajaba en la carpintería con su padre y aprendía rápidamente el oficio; había alcanzado la altura de un metro y noventa y cinco y ya había superado los ciento veinte kilos de peso. A María solo la veían los domingos cuando venía a quedarse en la casa de su abuela, que estaba frente a la de Mauro, pero ni bien llegaba se cruzaba se cruzaba para encontrarse con ellos, y especialmente con Juan por quien tenía debilidad.
Solamente Mauro había iniciado la secundaria a instancias de su madre que estaba muy preocupada por el porvenir y por su escondida e incierta inteligencia, eran los tiempos que se podía optar. Cursaba el tercer año, siempre a los tropezones, no había hecho amigos entre los estudiantes, salvo los solitarios de siempre que habían sido desplazados de los grupos más populares y no habían tenido más remedio que juntarse para mitigar el vacío.
Marcos y Fernando iban a un colegio privado en la zona norte de la ciudad, del otro lado de la gran avenida, donde había grandes casas con amplios jardines; pero concurrían al barrio frecuentemente. Se habían hecho grandes amigos, habiendo sido antes enemigos acérrimos de barrios divididos por la avenida Independencia, allá los ricos, acá los pobres, pero que en ocasión de haberlos rescatado en una oportunidad de otra barra belicosa de pibes y salvado de una tunda, los hizo inseparables. Juan había abonado esa unión y siempre encontraba alguna razón para organizar un encuentro; y la razón indiscutida eran los irresistibles “asaltos”; reuniones bailables con el aporte de todos, que se organizaban rápidamente en cualquier casa disponible. Todo era distinto cuando estaba con sus amigos del barrio, con ellos todo funcionaba de manera diferente; considerado y querido, se sentía como parte de un grupo, como el brazo de un cuerpo vivo y vital, imprescindible.
Mauro había conseguido trabajo en una tintorería cerca de la rambla, cerca de la tejeduría donde se había ubicado María; Fernando había entrado a trabajar en el estudio de su padre que era abogado. El único que no trabajaba era Marcos cuya condición económica era diferente; había entrado en un equipo de rugby, y de tanto en tanto, a insistencias de él, iban a verlo jugar sin comprender demasiado lo que allí sucedía.
Desde que recordara había tenido tendencias solitarias: cuando llegaba la tarde tomaba su bicicleta y se iba a pasear por el bosque, y su lugar predilecto era el arroyo que atravesaba la parte trasera de aquel viejo y mágico caserón con reminiscencias medievales. La edificación de estilo normando estaba rodeada de árboles grandes y añejos, y en el frente, había un gran estanque cubierto de nenúfares multicolores, rodeado de estatuas extrañas que vertían agua incesantemente sobre él.
Ocurrió un domingo en la mañana, en que luego de la consabida misa de nueve a la que invariablemente su madre lo llevaba, tomó su bicicleta, un par de manzanas, un libro de cuentos y marchó hacia su refugio. Al llegar Mauro había notado la presencia de un vehículo estacionado en el playón anterior de la casona, pero no le prestó atención ya que la propiedad era frecuentemente visitada. Tenía un cuidador que no vivía allí, y que trabajaba en distintas actividades en la mañana, por lo que los fines de semana tenía la oportunidad de ingresar en su pequeño e íntimo paraíso sin ser molestado.
Esta vez ingresó por el hueco del alambrado con su bicicleta por temor de que se la sustrajeran, se sentó en la hierba blanda de una de las orillas del arroyo y se recostó sobre un tronco caído que también servía de puente. Escogió una manzana y se puso a leer su libro. El silencio era pleno salvo el murmullo de la naturaleza, y el sol penetraba con haces delgados que iluminaban fugazmente el follaje y danzaban con el movimiento de ramas y hojas. Luego de leer un breve tiempo, reacomodó su cabeza, dirigió su mirada a los árboles, y se quedó dormido arrullado por los reflejos. No pudo determinar cuánto tiempo había transcurrido cuando despertó, frotó sus ojos y al abrirlos notó que alguien frente a él lo observaba con curiosidad, apoyada en el tronco del gigantesco árbol que se inclinaba levemente sobre el arroyo. La primera reacción de Mauro fue la de levantarse, y huir de allí rápidamente, pero se sintió que eso era ridículo, ya había sido descubierto. La persona que lo observaba era una niña de aproximadamente su edad, quizás menor, de cabello castaño, y ojos grises; que llevaba puesto unos pantalones color arena y una blusa amarilla con listones azules.
—¿Puedo ver qué estás leyendo?
La extraña aparición tenía carácter desenvuelto y no parecía sorprenderle la presencia del joven en el jardín; Mauro luego de dudar unos instantes le alcanzó el libro, y mientras la observaba volvió a tomar asiento.
—¿Sos de la casa esa?
Mauro que había esperado el grito de advertencia de la niña a alguien de la casa, se quedó absorto mirando aquella visita inesperada, que se sentó en una de las inmensas raíces y solo se limitó a mirar su libro.
—Aja… Me llamo Verónica.
Mauro solo atinó a mantenerse en silencio mientras observaba a la niña dar vueltas las hojas del libro con interés.
—¿Qué te pasa?, no seré un hada del bosque… pero tampoco una bruja.
La niña movía los ojos al hablar combinando vivacidad y coquetería. Mauro bajó los ojos y comenzó a limpiarse el pantalón.
—Y supongo que tendrás un nombre.
A Mauro le molestaba siempre quedar en desventaja, y eso estaba sucediendo de manera tal que no podía controlar; decidió no contestarle y tomar un atajo.
—Me voy.
—Quedate si querés, nadie te está echando.
—¿Cómo me descubriste?
—Me llamaron la atención tus ronquidos —dijo la niña sin despegar los ojos del libro.
—¿Ronquidos?, ¿estaba roncando yo?
Verónica estalló en risas cristalinas que reverberaron en el bosque.
—Este es mi lugar preferido y este es mi árbol, señor lector; por eso vine hasta acá y así fue como te descubrí.
La niña alargó el libro para devolverlo y se levantó de su aventajado puesto de observación. Mauro estimó que era demasiado delgada, sin formas, aunque llena de colores en las mejillas. Tenía las piernas algo encorvadas, y las zapatillas y pantalones estaban teñidos de verde como si hubiera trepado un árbol. Finalmente Mauro tomó el libro, la bicicleta, y ascendió la elevación que lo conducía al sendero de salida seguido por Verónica hasta llegar al agujero del alambrado.
—De manera que esta es la entrada secreta; es muy evidente, mejor la disimulamos un poco, porque si el jardinero se da cuenta la va a reparar y nunca más podrás entrar.
Mauro subió a su bicicleta, acomodó el libro en el porta paquetes, y dirigió una breve mirada a su encuentro casual.
—¡No me dijiste tu nombre!
Verónica seguía a Mauro del lado de adentro del alambrado limitante.
—Mauro.
—El sábado es mi cumpleaños, Mauro.
—¿Tu cumpleaños?
—¿No querés venir?
Mauro detuvo su bicicleta y se apoyó en el manubrio mirando a Verónica que lo observaba esperando una respuesta.
—No tengo muchos amigos acá, Mauro.
Mauro ahora se quedó pensativo cavilando lo rara que era la vida; no solían invitarlo a ninguna fiesta y menos que menos una desconocida. Le gustaban las fiestas y más de una vez se había quedado mirando desde su bicicleta de trabajo en la tarea de reparto como otros pibes se divertían, y ahora una desconocida lo invitaba a su cumpleaños en un caserón antiguo que seguramente sería muy elegante a juzgar por las apariencias. El que siempre se había resistido a eso de “acá si podés, allá no”, que lo alejaban de su universo totalizador, y sin fronteras de la niñez, ahora vacilaba en la respuesta.
—¿Estás segura?; ¿te dejan tus padres?
—Es mi fiesta.
—Sí, pero… Mauro meneo la cabeza dando a entender que no era tan simple.
—Es mi fiesta; ¿entendiste?
—¿Puedo traer a mis amigos?
—De acuerdo.
Fue demasiado rápida la respuesta; era correr demasiado riesgo darle a alguien desconocido semejante libertad. Mauro adelantó una aclaración no solicitada.
—Son solo tres.
—El sábado a las seis de la tarde; ah... y no entres por el alambrado, eh… y toma.
La niña le ofreció una gran hoja del roble.
—Para que no te olvides de mi —dijo y esbozo una sonrisa.
Mauro tomó la hoja, la colocó dentro de su libro, luego tomó su bicicleta y sin dar un saludo más que una sonrisa, que a veces no hacía falta más que eso, se fue a toda velocidad por el pequeño sendero que lo guiaba hasta la calle principal.
No le costó mucho convencer a sus amigos de la fiesta; que las dudas a cierta edad son pocas y se disipan con facilidad; a diferencia de los adultos en que vienen en abundancia y cuestan quitarlas. Y eso pasó con su madre que pasó por todas las dudas posibles; hasta que finalmente la tenacidad de Mauro pudo con el temor de su madre, aunque un condicionante tuvo que aceptar; que su hermana lo acompañara para ver quiénes eran los anfitriones. Otro tiempo le llevó convencer a la tía de María, que vendría ese fin de semana, pero la presencia de la hermana de Mauro y el resto de los chicos fue fundamental para la autorización; si en definitiva se metían todos los días en algún lío, sin que fuera necesario que salieran del barrio.
Mauro se había puesto el pantalón largo de las ocasiones especiales, y había exigido a sus amigos el mayor esmero con su indumentaria; Ricardo se había puesto nuevamente esa corbata que lucía un dibujo pintado de un trompetista negro con los ojos saltones, del cual hablaba maravillas; María lucía impecable con sus trenzas largas que finalizaban en cintas de color amarillo y Juan una camisa escocesa de pronunciados colores verdes y rojos que le daban la apariencia de una montaña al atardecer.
En la puerta de la casona, Mauro convenció a su hermana de que le evitara el papelón de su vida; y que estudiara de lejos de lejos la familia anfitriona; que estaba más seguro con Ricardo y María que con ella.
Ingresaron lentamente por aquel camino de grava, y al llegar al frente de la casa, les llegó el intenso bullicio de gente de todas las edades. Juan amagó para dar la vuelta, que eso era más natural que meterse en lugares inciertos, pero Ricardo y María lo detuvieron y lo animaron a seguir avanzando; sentían que habían cruzado una línea imaginaria de donde no había vuelta atrás.
Subieron por unas amplias escaleras de piedra detrás de la fuente y llegaron al porche de la casona, que ahora les parecía inmensa; se dirigieron a la puerta central abierta donde se escuchaba un fondo musical de jazz, y buscaron a la anfitriona en la muchedumbre. A falta de regalo, Mauro había escogido uno de sus libros, el menos gastado, y se lo hizo envolver a su hermana puntillosamente.
Divisaron a Verónica, estaba sentada con algunos jóvenes y personas mayores alrededor platicando animadamente. María, conocedora de muchos cuentos y hábil para los refranes le dijo al oído a Mauro:
—¿A qué hora nos convertimos en calabaza, Mauro?
—No vamos a llegar a las 12.
Verónica al divisarlos corrió al encuentro con un sonrisa que no parecía simulada; le dio la mano a cada uno de ellos; luego tomó la mano de Mauro y lo llevó con los mayores.
—Mamá, él es Mauro, y ellos son…
—Ricardo, Juan y María —contestó Mauro luego de un instante de vacilación.
—El joven y somnoliento lector.
El comentario seguido de una amplia sonrisa de la madre de Verónica mientras saludaba a los jóvenes ayudó a disipar la timidez.
Una mujer elegante con grandes anteojos blancos y cristales oscuros, fumando un largo cigarrillo con boquilla, los miraba desde un costado con aire de curiosidad y un ligero toque de desdén.
—Te traje un regalo Verónica.—dijo Mauro
—Vamos al jardín.
Verónica tomó el paquete envuelto con papel glasé, atado con una cinta azul, y condujo al grupo de jóvenes hacia la puerta, mientras quitaba la envoltura del regalo.
El regalo era un libro de Rudyard Kipling, El Libro de las Tierras Vírgenes; Mauro había juzgado que quizás era demasiado infantil para la edad de Verónica, pero decidió que ella no tomaría en cuenta el detalle.
Mientras Verónica dedicaba su tiempo a curiosear el regalo, Mauro observaba la gran cantidad de chicos que jugaban en el jardín.
—¿Así que no tenés amigos, eh?
—No, es la verdad; la mayoría son hijos de los amigos de mi padre, los conocí hoy.
Luego Verónica levantó la vista con mirada de reproche.
—¡No está dedicado!
—¿Cómo?
—No está dedicado.
—Yo…
—¿Cómo vas a regalar un libro sin dedicatoria?
—Bueno, no sabía que eso te molestaría; no sé hacer dedicatorias.
—¿Soles regalar libros?
—No; este es el primero.
—Este es un libro tuyo.
—Sí, es mío, y ahora es tuyo, ¿cómo sabés?
—Tiene cosas escritas adentro; me gusta más… Voy a buscar una lapicera; pero antes les voy a presentar a algunos amigos para que no estén como sapo de otro pozo.
—Somos sapos de otro pozo, Verónica —susurró María entre dientes.
—No, María, este es mi pozo y ustedes son sapos de mi pozo.
María lanzó una carcajada, seguidos por Ricardo y Juan por la ocurrencia de Verónica, y se sintieron a gusto de que existiera alguien parecido a ellos en ese lugar tan distinguido. A su vez Mauro se sentía maravillado con aquella capacidad histriónica que los había dejado con la boca abierta.
Luego de algunas e interminables presentaciones, María fue en busca de una lapicera; mientras Mauro intentaba entablar un diálogo con otros jóvenes allí presentes. María apartó a Mauro unos instantes, mientras Juan trataba de identificar dónde estaban los bocadillos.
—Me gusta, Mauro.
—¿Qué es lo que te gusta?
—No te hagas el tonto conmigo.
Verónica regresó con la lapicera, y mientras se la ofrecía a Mauro, junto con el libro, le señalaba a Juan el lugar de los refrescos y bocadillos diversos.
—¿Quieren jugar a algún juego?
—Ricardo descartó proponer sus juegos preferidos por demasiado rudos para el ambiente y rezó para que a nadie se le ocurriera aquellos juegos de niñas como las escondidas o quién sabía qué otra tontería. Pero de no tener remedio preferiría el Gallo Ciego y así tener la oportunidad de atrapar a alguna de aquellas gallinitas.
—Juguemos al Gallo Ciego.
La idea había surgido de María que miraba sonriente a Ricardo como leyendo sus pensamientos.
—De acuerdo —Ricardo se apresuró a apoyar decididamente aquel juego antes que surgiera alguna otra idea nefasta.
Finalmente llegó la hora de retirarse. Los jóvenes fueron acompañados por Verónica a la salida, y en esa oportunidad fue cuando Mauro vio a un grupo de hombres de traje, y algunos de uniforme militar ingresar con su padre a un salón aparte de la fiesta. Apoyado en un auto había quedado un hombre de traje claro, que jugaba con un sombrero y no dejaba de mirarlos.
—Algunos son hombres del gobierno, y otros amigos de papá; le trajeron unos cuadros, creo, de parte del general Perón; mi mamá dice que son muy valiosos —comentó Verónica al ver a Mauro observando la escena.
—¿Los podremos ver? —dijo Mauro buscando pretextos para quedarse más tiempo.
—Creo que no, es un secreto.
—¿Y ese señor, el del sombrero?
—¿El gordo medio colorado de pelo cortito? Es de seguridad, un rufián; dice mi mamá que se la pasa mirándola; que no le gusta nada ese tipo.
Caminaron una rato en silencio por el sendero que conducía a la salida observados desde la puerta por su madre y la dama del cigarrillo.
Mauro y Verónica caminaban detrás del resto lentamente y al llegar al portal, se despidieron con la promesa de otros encuentros. Mauro cada tanto volvía la cabeza hacia el portal vacío y se demoró en el regreso intentando descubrir a Verónica en algún lugar del parque y reprimió el deseo de volverse, mientras Ricardo lo esperaba paciente en la esquina.
Verónica regresó junto a su madre, que la esperaba en la puerta, la dama del cigarrillo, un poco detrás de su madre emitió una bocanada de humo y alargó el cigarrillo para despojarlo de su ceniza con un gesto teatral.
—¿De dónde salieron esos chicos, Verónica?
Verónica mirando a su madre que estaba en silencio iba a contestar a su tía, hermana de su padre, siendo interrumpida por su madre.
—Son chicos de este barrio, yo le permití que los invitara; Verónica no tiene amigos y le va a hacer bien relacionarse con gente de su edad.
—¿Y vos conocés quiénes son, sus familias y esas cosas, Elvira?
—No demasiado, Yolanda; bueno, son chicos del barrio, tal vez humildes, no sé. Pero Verónica no discrimina a nadie y nosotros siendo parte de un gobierno que lucha contra la desigualdad debemos dar el ejemplo, ¿no te parece?
—Eso no tiene nada que ver.
—Vos fuiste compinche de Eva; eso te hizo escalar posiciones en el gobierno y en el partido; seguramente te habrá quedado algo de la lucha contra los privilegios, sobre todo con los niños.
—Por favor, Elvira, guardate tu sarcasmo para mejores ocasiones.
—No te imagino pensando o actuando diferente ahora que está muerta, ¿verdad?
Su cuñada se alejó hablando por lo bajo mientras daba la espalda mostrando su molestia por la respuesta. La madre de Verónica giró la cabeza para observarla, le dirigió una sonrisa y le guiñó un ojo cómplice.
Elvira acompañó a su hija a su dormitorio, y en un tramo de la escalera, Verónica detuvo a su madre.
—¿Es verdad que la tía conoció a Eva Perón?
—Trabajó para ella en la formación del Partido Peronista Femenino; siempre mostró devoción por Evita y su forma de pensar. En el fondo creo que detestaba todo eso.
—¿Qué pasó después?
—La ambigüedad humana; pasiones pendulares; del amor al odio sin escalas, de los que no aman ni odian sin retribución material. En realidad la sociedad de las apariencias es así.
Ricardo y Mauro regresaron al barrio cuando ya comenzaba a anochecer, y al llegar a la esquina, lugar habitual de encuentros, se encontraron con Juan que caminaba de un lado a otro excitado, y murmuraba sin que se le pudiera entender qué estaba diciendo; actitud extraña en él que era el rey de la tranquilidad y el señor del silencio.
—¿Qué te pasa, Gordo? —le dijo Ricardo tratando de calmarlo.
De pronto se detuvo y se dirigió a Ricardo y Mauro que lo observaban esperando que algo inteligible saliera de su boca.
—La madre se la llevó, se la llevó a María. Nos estaba esperando en la puerta con otro hombre y se la llevó a los empujones esa vieja de mierda.
—Pero si tenía permiso de la tía para ir con nosotros, Juan.
—No es por eso que se la llevó.
—¿Y entonces por qué es?
—Porque María no quería volver más a su casa; le dio una cachetada y todo. Pero ahí no terminó la cosa, porque cuando vi que le pegaba a María me le fui al humo a la vieja.
—¿Y después?
—El tipo que estaba con ella, no sé si será el padrastro, se puso a gritar como un energúmeno cuando me acercaba.
—¿Y vos qué hiciste?
—Solo le pegué un empujón con un brazo y lo hice dar vuelta la tapia.
—Me imagino...
—No quiero ir a mi casa; la quiero ir a buscar.
—¿Estás en pedo, Gordo? Viven en el otro lado de la ciudad y además es la madre —dijo Ricardo desconcertado mientras se apoyaba el paredón.
—Ella no quiere estar allí, me lo dijo; ese tipo que la madre le llevó a vivir a su casa hace tiempo que la anda toqueteando; y no solo eso, es un compadrito que la fajó varias veces; y por eso se viene para acá con la tía. Ustedes me tienen que ayudar, yo siempre los ayudo en todo.
Juan estaba verdaderamente desconsolado y no era frecuente verlo así; daba pena ver a semejante mole lloriqueando; pero también daba miedo porque enojado era de temer. Por otra parte, Juan era su amigo, que siempre daba la cara por ellos, sin preguntar, aun en las situaciones más absurdas; así que su petición debía ser atendida.
Ricardo miró a Mauro y tomó la iniciativa.
—De acuerdo, Gordo, mañana temprano nos vamos para allá.
—Juan se abrazó a sus amigos de tal manera que creyeron que sucumbirían en esa muestra de afecto.
