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El último verano de la adolescencia. Elías lo imaginaba tranquilo, un momento cálido bajo el sol. Pero el destino siempre conspira contra los sueños. Primero es un encuentro inesperado con un viajero llamado Hikaru. Luego, un accidente que cambiará sus vidas para siempre, arrastrándolos a una travesía llena de emoción. A medida que avanzan por paisajes bañados de luz, Elías descubre un don latente en su interior, una habilidad que podría sanar, pero que también trae consigo dolorosas verdades. Una conmovedora historia que te recordará que el mundo está lleno de magia y belleza. El corazón contra la sombra del miedo.
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Seitenzahl: 507
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Siluetas en la penumbra
Sello: Nenúfares
Primera edición digital: Octubre 2024
© C. Nozomi
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Loreto Díaz
Corrección de textos: Gabriela Balbontín
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-52-0
ISBN digital: 978-956-6386-66-7
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
—Harry, te pedí que no volvieras a hacer eso.
—¿Lo de golpearte? —preguntó Owen sentado a su lado.
—No, lo de despertarme.
Si para muchos la semana de exámenes era una dura prueba de sacrificio y dolor, para Elías era la tortura más cruel que podía dársele, ya que no solo consistía en su dolor personal, sino también el de sus mejores amigos y el resto de sus compañeros de clase. A esa hora la biblioteca bullía como infierno en su apogeo; almas desdichadas buscando la salvación en el páramo de la desesperación, y a nadie parecía dolerle.
Al dar las cuatro de la tarde, los tres amigos salieron lo más rápido posible en medio del tumulto, bajando las escaleras de la entrada como si sus vidas dependieran de ello.
—Estoy empezando a pensar que quizás no necesito terminar la escuela, ¿qué dicen? —Elías caminaba mirando al cielo.
—No me hagas decirte lo mismo de siempre, por favor —respondió la chica de pelo corto con desgano.
—Bueno, tu “no-proyecto-no-sueño” requiere de estudios, ¿no? Para ello sí necesitas la escuela —remató Owen con simpatía.
—Son unos aburridos, es un decir. La verdad solo estoy cansado —dijo tocándose la nuca.
Bajo el sol de primavera, el viaje a casa fue agotador. Por esas fechas el sol no tenía piedad, y los pocos árboles de la avenida no lograban proteger a quienes por ahí pasaban.
Aunque no todo era tan malo. El pueblo se vestía con luces de festejo cada vez que se acercaban al cambio de estación, y es que la llegada del verano convertía el lugar en un atractivo turístico.
El pueblo escondido de Santa Clara era, en sus inicios, una caleta de pescadores con una iglesia, un mercado, una oficina de correos y una posta, que con los años había progresado en pos de las personas que vivían allí y de los que llegaban para quedarse. Su población era de siete mil personas. Y cada solsticio de verano, se organizaba un festival para conmemorar la fundación del pueblo y la llegada de la estación soleada. Para eso faltaban menos de tres semanas.
Elías amaba esas fiestas, pero bajo el sol solo podía pensar en llegar a casa y darse una ducha. Su casa era una construcción de piedra y madera en una colina, a la que se podía acceder a través de una escalera y un sendero de piedra. Estaba rodeada de arbustos, tenía un patio grande con juegos infantiles y las flores favoritas de su madre; hortensias celestes y rosas naranjas. La casa tenía dos pisos y muchas ventanas. Había sido construida por sus abuelos cincuenta años antes. En ella vivían nueve personas: Rosa, la madre de Elías; Manuel, su padre; su hermano mayor Luis y su esposa Jennifer con sus hijos Sofía y Benjamín; su hermana Verónica; su hermana melliza Emilia y él.
Rosa siempre repetía las palabras que le había dicho su madre cuando era una niña: “Esta casa es sólida y fue construida para perdurar en el tiempo. Esta casa simboliza a nuestra familia, un lazo que resistirá cualquier tormenta”. A Elías le gustaba pensar en eso. Los hermanos mayores iban y venían por temporadas, nunca se iban del todo, lo que confirmaba la infantil idea de Elías niño, de que todos estaban unidos por cuerdas invisibles y que nunca podrían irse sin regresar.
—¡Ya llegué, mamá! —gritó desde la cocina Elías, mientras se servía un vaso de agua.
Rosa emergió desde la puerta que daba al patio ataviada con un sombrero de paja, unos guantes gruesos desgastados y una tijera de podar.
—Ay, mijo, mira cómo vienes —dijo Rosa acercándose a abrazarlo y limpiarle la tierra de la cara—. Todo sucio y desgarbado, ¿qué te pasó?
—Puede que me cayera subiendo la colina.
A decir verdad, caer no era la expresión correcta. Más bien se había distraído mirando a unas chicas en la piscina de una casa, y al ser descubierto, había volteado la mirada, resbalado en un adoquín y caído aparatosamente mientras seguía rodando cuesta abajo hasta ser detenido por una zarza.
—¿Te duele algo? —preguntó Rosa mientras le limpiaba los codos con un paño húmedo.
—El orgullo —dijo una voz familiar detrás de él.
—¡Emilia! —Elías volteó dramático.
—Sí, sí, lo vi todo, fue un espectáculo —terminó la melliza, con los brazos cruzados, apoyada en el marco de la puerta con una sonrisa triunfal.
Ambos iban a la misma escuela, pero no a la misma clase, no paseaban juntos en los recesos ni tenían amigos en común. Y no era que no se llevaran bien, sino que se llevaban demasiado bien. Mantenían una saludable distancia hasta llegar a casa, donde volvían a ser los hermanos quisquillosos e inseparables.
Era tarde de lavar ropa. No era el panorama ideal, pero nueve personas en una casa se traducían en mucha ropa por lavar, y después del concurso de la semana, habían salido Elías y Emilia elegidos para el día del lavado. El sorteo de la semana era una tradición que Vero había encontrado en internet después de haber discutido con Luis porque ella siempre lavaba los platos después de la cena, y ya no quería hacerlo más.
Mientras seleccionaban la ropa por color, Emilia le preguntó por el futuro.
—¿Has pensado qué harás al salir de la escuela?
Era una pregunta difícil, sin mala intención y bastante directa, pero a Elías lo golpeó como un puño cerrado.
—La verdad sí, pero…
—¿Pero? —preguntó Emilia.
Elías no estaba seguro si su deseo lo haría feliz. Había pensado en él innumerables veces, desde que en la escuela el orientador había pedido que cada estudiante hablara de su futuro. Pero su plan eran muchos deseos y poca visualización de él llevándolo a cabo.
—Pero no sé cómo se lo diré a papá y mamá.
—¿Piensas irte? —preguntó Emilia mirándolo a los ojos.
—Sí —respondió Elías en un suspiro, y agregó—: Pero no es tan terrible, Em, solo pienso, no sé, ir a estudiar a una buena universidad con mis amigos, sus padres volverán a la capital y ellos también, puedo optar a una beca, y… No quiero irme, pero no sé si pueda soportar quedarme.
Emilia lo miró a los ojos y, a través de aquella conexión que escuchó una vez que tenían los gemelos, lo comprendió todo. Lo abrazó porque entendía a qué se refería. Él amaba a su familia, a su pueblo y a su gente, y siempre había sido feliz con su vida y lo que pasaba en ella, pero parte de crecer es desear más, tomar las riendas y salir a la aventura.
—No estás solo, yo también me iré, Ele —dijo decidida y jocosa, aunque insegura añadió—: Si es que puedo hacerlo.
—¿De verdad?
—Sí, quiero estudiar, conocer la ciudad, ir a fiestas, vivir en un apartamento con amigas… Tú sabes, las cosas que siempre quisimos. A fin de cuentas, no somos tan distintos.
—Somos iguales, Em —dijo abrazándola de vuelta—. Extrovertidos, hermosos y radiantes, ¡y nadie va a poder detenernos!
Rieron un rato mientras terminaban de separar la ropa. Quizás no sería tan difícil explicarles a sus padres si lo hacían juntos. La determinación de un plan concreto hacía que Elías ansiara el momento del cambio cada vez más, pero aún quedaba un poco de tiempo para el fin del año escolar y poco más para el final del verano. Por ahora debía aprobar y disfrutar la calma antes de la tormenta.
La mañana siguiente algo aburrida. Los hermanos se levantaron y desayunaron en silencio, y se dieron cuenta de qué hacía falta cuando estaban por irse a la escuela, y nadie les pidió un abrazo antes de salir.
—Jenny fue a casa de sus padres y se llevó a los niños, volverán el domingo —dijo Rosa desde la cocina.
Elías los extrañaría sin duda. Si bien no se llevaba muy bien con los adultos, se le daban bien los niños. Y amaba a sus sobrinos, mucho más de lo que podía describir con palabras. Benjamín era travieso y divertido, tenía mucha energía y le encantaba oír historias. Sofía era más reservada, pero amaba los abrazos, los mimos y subirse en los hombros de su tío.
Y como hoy no estaban en casa nada lo ataba particularmente al deber de volver después de clase.
—Voy a casa de Harry después de la escuela, para que no me esperes.
—Le diría a mamá, pero yo tampoco vuelvo, voy a una pijamada —terminó Em antes de salir alejarse por los pasillos de la escuela.
Si una cosa novedosa tenía el pueblo era su recientemente inaugurada escuela de excelencia. Algunos profesores universitarios, aburridos de las grandes ciudades, habían elegido un pueblo pequeño y aislado para proponer un nuevo sistema educativo, donde el estudiante fuese el motor del aprendizaje y se fomentase la curiosidad y creatividad. Trajeron a otros docentes reconocidos y sus hijos a vivir a Santa Clara y ser parte del plan. Así es como llegaron Harriet y Owen, hijos de profesores de prestigiosas escuelas que quisieron probar algo nuevo en un lugar rodeado de naturaleza y paz. El padre de Harriet, el profesor Isaac Smith, era académico de la facultad de ciencias exactas de la mejor universidad del país. La madre de Owen, la profesora Dolores García, había sido decana de la facultad de ciencias sociales de la misma universidad.
Si bien tenían puntos en común, sus hijos no se conocieron hasta el primer día del primer año de secundaria, cuando odiaban vivir en la mitad de la nada y lejos de las comodidades a las que estaban acostumbrados. Elías tampoco los había visto hasta ese día, y llegó a ellos por casualidad, puesto en su grupo para la dinámica de bienvenida.
—Qué caras traen, amigos. El funeral de mi tío Jaime fue una fiesta en comparación.
Elías no lo sabía, pero su humorada hizo que Harriet riera como no había hecho en semanas. Owen se debatía entre reír o preguntar si de verdad el funeral del tío Jaime había sido menos deprimente.
Coincidieron en el humor al menos, al límite entre lo sarcástico y lo cruel, añadiendo un poco de las payasadas de Elías a las que los recién llegados terminaron acostumbrándose y llegaron a amar. Se sentaron juntos el primer día y los siguientes. Con Owen como concilio entre la intensidad de Elías y la densidad de Harriet, el grupo congenió a la perfección; dulzura, energía y perspicacia.
Que hayan sido genios como sus padres ayudó a mejorar las notas de Elías que, lejos de ayudarle a sobresalir durante la primaria, habrían sepultado su futuro si no hubiese sido por la salvadora llegada de sus, ahora, mejores amigos. Con el tiempo le enseñaron a estudiar, y él les enseñó a divertirse.
La playa era un tema complicado: Owen la amaba, pero no disfrutaba de las escapadas por su necesidad de organizarlo todo. Harriet odiaba el sol, el mar, la arena, las algas, las rocas y las aves marinas, así que las primeras quince veces la respuesta a las peticiones de Elías fueron no. Elías perdió la razón y no le dirigió la palabra a su amiga por dos días. Finalmente ella accedió a ir, durante una hora un domingo por la mañana. Y Elías no perdió la oportunidad de mostrarle que la playa era lo mejor del pueblo. Ese día hicieron un picnic, Owen preparó sándwiches vegetarianos y jugo, y Harriet fue arrastrada de debajo de la sombrilla para que sintiera la arena entre sus dedos. Le gustó la sensación. También le gustó el sol acariciando gentil sus mejillas, y el fuerte viento que rodeaba la playa entre los acantilados que alejaba a las aves marinas. El agua, fría y libre de algas en esa época del año, la ayudó a cambiar de opinión. Así fue como se volvió un panorama acertado y luego consagrado para el trío.
El segundo era el mirador. Al borde de la carretera que unía el pueblo al resto del mundo, constituido por una banca de madera, un basurero de metal y un letrero con el nombre del lugar, el mirador era una parada obligatoria para los turistas. Aunque no era en sí el mirador lo que había cautivado a Elías cuando su hermana lo había llevado por primera vez hace muchos años, sino que había sido el pequeño sendero que bajaba muy empinado para ser seguro, rodeando la roca principal y llevaba a un mirador más pequeño con el aspecto de un sacado en la roca hecho con una cuchara. Ese lugar estaba prohibido para cualquier persona, pero Elías no era cualquiera. Hubo reclamos la primera vez; Owen le temía a las alturas, y el mar cincuenta metros más abajo se veía mil veces más amenazante que de costumbre. A Harriet le encantó, y luego de una arenga y de tomar asiento lejos del borde, a Owen también.
Su tercer lugar favorito era el humedal de la quebrada. Harriet, aunque sensible a los alérgenos naturales como el polen, amaba la diversidad de la flora y fauna del lugar. Fotografiaba sapos y libélulas para elaborar algo parecido a una guía de campo. Los insectos y anfibios no eran el atractivo que Owen esperaba, pero encontró paz en las hierbas y zarzas que crecían en el sendero. Al adentrarse en el bosque, divisó árboles frutales silvestres. Un jardín del edén rústico y encantador.
Los chicos siempre se encontraban afuera del salón, a la espera del timbre que diera inicio a las clases.
—Harry, Owy, es noche de videojuegos y comida chatarra —anunció triunfal al llegar a la puerta de la sala.
—Genial, ¿vamos a tu casa? —preguntó Owen.
—No, no, vamos donde Harry.
—Hey, qué descaro —replicó Harriet entornando los ojos.
—No hay negativas, ¿lo ves? —añadió resuelto Elías.
—Amigo, eso no va a funcionar para siempre, todavía puede negarse —dijo Owen depositando su mano pesadamente en el hombro de su compañero.
—No lo hará, nos ama, ¿verdad Harry? —preguntó mirándola de costado con ojos de cachorrito.
—Asqueroso —fulminó Harriet, para luego añadir—: De acuerdo, avisaré a mamá.
La jornada transcurrió lenta, aunque con la ansiedad propia de día viernes. El último examen de la semana era el de Física. Para los genios fue algo sencillo, pero para Elías no bastó con estudiar. Esperaba al menos no reprobar.
Al salir de la escuela, los tres amigos se fueron caminando a casa de Harriet. La propiedad, situada en un condominio en la parte norte del pueblo, era moderna y sencilla, y como la familia estaba conformada solo por cuatro personas era más que suficiente.
Sería una tarde de conversaciones y bosquejos de planes, sueños por cumplir y aquellas cosas que quieres ocultar a tus amigos para que no las vean.
—Siempre es un placer jugar con ustedes, aunque sean pésimos perdedores —respondió la anfitriona con emoción y sarcasmo.
—No hay por qué pelear chicos —repuso conciliador Owen, para luego olfatear y añadir—: Deben estar listas las galletas.
Los tres amigos, ahora en la cocina y trasvasijando las galletas desde la lata del horno a un cuenco de vidrio, conversaron sobre el presente y el futuro.
—De todos, creo que la única segura eres tú, Harry —afirmó Elías mientras tomaba una taza de infusión de hierbas elegidas por Owen.
—Puede ser.
Harriet, con su metro cincuenta de estatura, cabello castaño corto en una melena asimétrica y desordenada, lentes de montura metálica y mirada de asesina, daba una imagen diferente a lo que uno espera encontrar en la admisión de la facultad de ciencias de la mejor universidad del ranking. Y aunque le gustaba la física y la informática, deseaba estudiar biotecnología. “El diseño de la naturaleza es superior a todo”, había oído una vez, y aunque al comienzo le costó entenderlo, al final tomó todo el sentido del mundo.
Owen, alto y corpulento, de mirada cálida y tez dorada, bondadoso y empático, amante de la cocina y la ingeniería, deseaba decidirse por algo que lo hiciese feliz y con lo que pudiera hacer feliz a las demás personas. Tener dos opciones estaba bien, considerando que les queda tiempo.
Para Elías era complicado pensar en un futuro brillante cuando apenas te imaginas terminando la escuela. “No porque te juntes con los ricos te convertirás en uno de ellos”, le había dicho su hermano Luis. Odiaba su hermano opinara sobre algo que no sabía, que nunca entendería por haber crecido entre chicos crueles. A él no debía importarle quiénes eran amigos de su hermano menor sino qué capacidad veían en él.
—No tendremos dinero, pero sí aptitudes y coraje para conseguir lo que haga falta —había dicho su madre, furiosa—: No quiero que ningún hijo mío sienta que no pudo ser lo que quiso porque somos pobres, para eso nos hemos esforzado en criarlos bien y hacer posibles ciertas cosas, como darles estudio.
Ahí había terminado esa vez, pero sabía que Luis no se quedaría con eso. Su madre lo había consolado diciéndole que cuando él terminó la escuela el único trabajo que pagaba bien era ser camionero, así que eso había hecho, y eso hacía hasta el día de hoy. Viajaba gran parte del tiempo y trabajaba principalmente en la capital y el resto de las ciudades importantes, llevando contenedores y otras cargas desde los puertos a las bodegas y centros de distribución. Aunque Jenny no lo decía muy a menudo, sabía que hablaba con su madre sobre las ausencias de Luis y cómo afectaban a los niños, y a ella. Lo quería mucho, eso era cierto, y también sus hijos, pero sus decisiones no siempre las tomaba pensando en su familia. Y su excusa era que el trabajo es así, que así es la vida y no hay nada más que hacer.
Pero estaba muy equivocado.
—Chicos, hablemos de otra cosa, ¿sí?
—Ely, es hora de pensarlo en serio —dijo Owen mirándolo fijo.
—Es… Es difícil. No he hablado con mis padres, pero Emilia lo sabe y también se irá, le diremos juntos a mamá y papá.
—Dudo que tu madre permita eso —dijo Harriet con suavidad.
—Lo sé, pero… Ni siquiera tengo más que una idea —respondió Elías suspirando, y añadió—: Irme de aquí con ustedes, trabajar y alquilar un apartamento cerca de la universidad, estudiar y mantenernos a flote. Suena increíble, pero está haciendo aguas; ¿Qué estudiaré? ¿En qué trabajaré? ¿Cómo pagaré universidad y renta, comida y transporte?
—Tranquilo, para eso estamos juntos, ¿no? Nos apoyaremos, así estaremos bien —ofreció Owen para calmarlo un poco.
—Yo… Gracias, pero no sé si me sentiré cómodo debiéndoles todo eso.
—Elías —dijo Harriet con seriedad. —No nos debes nada, ni lo harás en el futuro, somos amigos, de eso se trata, ¿sí?
—Bien —terminó con un suspiro hondo.
La tarde avanzó tranquila. Los amigos hablaron del examen de Historia, que lejos de ser emocionante, se había convertido en esa materia que debes aprobar para no parecer un idiota. También hablaron de cómo esperan con ansias las vacaciones de verano.
—¿Qué haremos? Y no me digan que jugaremos videojuegos o que dormiremos hasta tarde, quiero planes —dijo Elías emocionado.
—Deberías proponer una idea al menos, no somos tan brillantes como imaginas —dijo Owen.
—Ustedes son brillantes en todo, pero lo tomaré —respondió Elías, para después de un segundo de silencio añadir—: Recorramos el país haciendo autostop.
—Mierda, ese sí que es un buen plan —reconoció Harriet con una sonrisa en el rostro.
—¿Sabes? Si me dan la oportunidad de mostrarlo no siempre soy un idiota —añadió sarcástico Elías.
—Me fascina la idea chicos, viajar lejos, sin rumbo, a mereced del destino. Pero…
—¿Pero?
—Le temo a la muerte, a ser secuestrado, a enfermar por la inanición, a tener que huir por mi vida, al frío y en resumen a todo lo que podría depararnos el viaje, así que tendré que meditarlo, y los invito a hacerlo también.
Owen se veía ansioso y asustado, y solo los mejores planes de los chicos lo ponían así. Elías se sintió orgulloso de proponer una idea tan cinematográfica.
—Tranquilo amigo, estaremos bien porque somos afortunados, ¿no recuerdas lo que dijo mi abuelita? “Estos chicos tienen la estrella de la fortuna sobre sus cabezas” —dijo impostando la voz de su abuela Nona.
—Tu abuela es una mujer muy sabia, siempre intentaba enseñarnos cosas cuando íbamos a su casa, y éramos muy tercos para entenderlas —dijo Harriet.
—Ustedes... Yo siempre he creído en la magia y los espíritus, y ella me dijo que sería afortunado toda la vida, así que ustedes llegaron a tomar de mi buena fortuna —refutó Elías con un dejo infantil.
—Istidis lliguirin i timir di mi biini firtini —repitió en mofa Harriet, moviendo las manos y terminando con una carcajada.
—Tranquilos chicos, superaré el miedo inicial a medida que se acerque la fecha, así que tomémoslo con humor por ahora —terminó Owen.
Elías había olvidado muchas cosas a lo largo de su vida, pero las palabras de su Nona residían en un lugar especial de su mente. Cada festividad religiosa, la Nona y su tía Laura venían de visita, y se quedaban por varios días. Si bien su madre y su hermana no se llevaban muy bien, la Nona lograba apagar cada discusión con carisma y energía. Aunque era una mujer mayor, irradiaba vitalidad y entusiasmo, y durante su estadía nunca faltaba emoción. Cocinaba ricos platos caseros, iba con los nietos y bisnietos a cosechar acelgas y frutillas al huerto detrás de la casa, y solía conversar con los vecinos a quienes había visto crecer cuando ella vivía en la casa familiar, hasta hace algunos años. Ahora, por su salud, vivía en la ciudad, en el departamento de la tía Laura. El médico le había dicho que el frío y la humedad salada del mar aumentaban los dolores de sus articulaciones, así que mamá y tía Laura se pusieron de acuerdo para llevarla (contra su voluntad) a vivir a la ciudad, lejos del mar y cerca de todas las comodidades que merecía. Ella añoraba su pueblo, pero ya no pensaba en volver, probablemente después de la muerte de sus viejos amigos ya no quedaban demasiados motivos, y la buena vida de la ciudad quizás la hizo sentir cómoda.
Nona conoció a los amigos de Elías fue para Semana Santa. Harriet no había querido ir con sus padres a la ciudad, y Owen realmente deseaba conocer a la abuela de su nuevo mejor amigo. Ellos, cuyos padres no eran muy religiosos, no conocían muchas de las tradiciones que se respetaban en la familia, así que no entendieron nada, al menos el día jueves. Ya para el viernes Elías les había explicado cómo funcionaba la semana santa en el hogar Rivera. No se oía música hasta el domingo, no se jugaba ni se bailaba, nadie reía y las figuras de yeso de los santos se cubrían con velos negros hasta la resurrección de Jesús.
—Estúpido Jesús, revive ya —se había quejado Harriet la noche del jueves mientras intentaba no desobedecer a la Nona.
Lo más impactante para los chicos fue el luto que se llevaba desde el viernes por la tarde. No comer carne, no gritar ni discutir, no mirar televisión ni jugar videojuegos. Para los habitantes de la casa era una tradición, y para ellos un martirio. Comenzaron a pensar que era el infierno, y así lo sintieron hasta que encontraron a Elías y a la Nona rezando el rosario en el patio la mañana del sábado. Estaban sentados en la banca del patio con vista al mar. Ambos vestían ropas de colores sobrios y bufandas para combatir el frío matinal. La anciana rezaba los misterios y el joven los respondía con plegarias. Parecía que hubiesen hecho eso toda la vida: rezar juntos en comunión entre ellos y con Dios. Su imagen los reconfortó.
Les costaba entender la religión, pero no les costaba tanto cuando le daban un sentimiento y un rostro. Cuando vieron a su amigo, revoltoso y ruidoso, y a la Nona, enérgica y conversadora, sentados en silencio compartiendo algo con el alma descubierta y sin más palabras o instrucciones que las oraciones y la fuerza de la costumbre, la conmoción los hizo juntar sus hombros y desearon rezar también, seguir ese rito sagrado con el mismo arrojo que su amigo y su abuela.
Ese fin de semana, antes de irse Nona y la tía Laura, ella los abrazó y besó sus mejillas. Era una mujer dulce y muy de piel, y a ellos, que vivían de otra forma, los tomó por sorpresa. Rieron y ella les dijo:
—Mi Elías tiene suerte de ser amigo de ustedes. Cuídenmelo, no es tan fuerte como parece.
Para ellos fue una promesa implícita, aun cuando dijeron que lo harían y abrazaron a la abuela antes de irse, porque significaba ser parte de una nueva familia, una en la que había sido bienvenidos solo por ser ellos mismos.
—Tienen la estrella de la fortuna sobre sus cabezas muchachos, la vida les depara buenos destinos.
Ellos confiaban en que así sería, y Elías confiaba en que nunca estaría solo.
Mientras él nadaba más allá de las rocas, sus amigos disfrutaban de las pequeñas olas y del sol que coronaba el cielo con su suave resplandor.
Los problemas quedaban atrás, era cosa de adentrarse y seguir el impulso de la corriente. La frescura del azul sobre su piel, presionando su cuerpo desde todas partes, las burbujas que nacían entre sus labios al hundirse, la luz filtrándose a través de ellas. El mar producía en él el efecto opuesto que la tierra; si en su día a día todo era soportar y sostenerse, en el mar era fluir y dejarse llevar.
Amaba dejarse llevar.
Pero siempre traía problemas.
—Maldita sea Elías, ¡por qué no respondías!
—Tranquila Harry, estoy bien, ¿sí? Solo estaba flotando por ahí.
—¿Flotando por ahí? Te perdimos de vista amigo, y sabes que aquí es fácil perderse —dijo Owen con nerviosismo.
Sus amigos lucían asustados.
—Lo siento, no volveré a hacerlo.
El sol volvía a rodearlos, esta vez sin buena intención.
El rato amargo no pasó luego del almuerzo, ni cuando los chicos se despidieron, ni siquiera cuando Elías llegó a casa, y su madre lo descubrió extraño.
—¿Peleaste con tus amigos? —dijo dándole la espalda todavía, mientras lavaba la loza.
—No. Están molestos conmigo, pero supongo que se les pasará con el tiempo, eso dices siempre, ¿no? Que el tiempo lo arregla todo.
—No todo, mi vida. Pero quizás en tu caso funcione. Hazles saber que los quieres, así será más fácil, tienes un gran corazón, ocúpalo para hacerles saber cómo te sientes.
Su madre, una mujer de campo y casa, criada entre cosechas y embarcaciones, sabía mucho más de la vida de lo que él nunca llegaría a imaginar. Elías admiraba a su madre de una forma que no podía poner en palabras. Se puso de pie de un brinco y la abrazó por la espalda. Salpicó un poco de espuma y lavaloza en sus codos, pero valió la pena; entre sus brazos, el cuerpo relleno y bajito de su mamá se sintió como volver a la infancia.
«No me iré a ningún lado sin ustedes, chicos».
El mensaje de texto quedó algunos minutos en el grupo sin respuesta, hasta que varios emojis de Owen le quitaron el atronador peso con que había caído. Harriet respondió emojis igual, y la conversación se reanudó como si nada.
Elías rara vez pensaba en la muerte. Si bien su familia era extensa, rebozaba de salud y juventud, por lo que no recordaba un funeral desde el de su abuelo.
El abuelo había sido un hombre duro, criado a la manera antigua, con un mal carácter crónico y poca paciencia congénita. Había criado a sus dos hijas con rigor y algo de distancia, ya que lo ayudaba a reafirmar su autoridad. Y a pesar de su dureza, había sido un buen marido para la Nona. Un hombre que solo se permitía el cariño de las formas antiguas, llevándole flores del jardín a su esposa y permitiendo secretamente tener gatos a sus hijas. Solo daría un beso o un abrazo en las fiestas, y sería un buen ejemplo para su familia. Así fue hasta la llegada de los nietos, cuando su coraza se rompió un poquito con cada bebé, hasta la llegada de Elías, el último, dejando al descubierto a un viejo cascarrabias derrotado ante el amor de los niños. Se volvió un abuelo dulce, empecinado en crear juguetes para entretener a los retoños y enseñarles juegos de su niñez a la próxima generación. Columpios, autos, arcos con flechas y un pequeño huerto para jugar nacieron de sus manos con el tiempo. Los nietos crecieron amados por todos. Y luego la enfermedad silenciosa del patriarca terminó por apagar su llama.
Elías no recordaba bien los detalles, tenía apenas cinco o seis años. Había estado tan confundido y triste que había olvidado desayunar y preguntó a su Nona dónde estaba el abuelo, que siempre llegaba puntual al desayuno.
«La muerte no es para todos, pero todos vamos a ella».
La ropa negra y las lágrimas, el silencio y la visión de un ataúd en el living de la casa lo atormentaron durante un tiempo. Esa noche, luego del velorio, no pudo dormir, pensando que su abuelo estaba tan cerca y, según lo que le había explicado su madre luego del desayuno, tan lejos.
En el cementerio todos se abrazaban, lloraban aun no habiendo llorado antes. Su hermana Verónica le había explicado que era la despedida, y por eso todos estaban tristes. Él también se sintió triste, y lloró entre los brazos de su madre, mientras el féretro era deslizado hasta la bóveda donde descansaría para siempre.
Pasados los días fue a renovar las flores con su madre. Era una tradición familiar, ir exactamente siete días después del funeral a cambiar las flores ya marchitas por flores frescas, para que el difunto no se sintiera abandonado luego de morir. También rezaron un rosario para que el alma del abuelo llegase al cielo. En ese tiempo estaba yendo a catecismo, así que ya sabía cómo rezar el padre nuestro y el ave maría, pero no aún cómo seguir el orden de un rosario. Su madre sonrió al notarlo, y le enseñó a hacerlo. Siempre había sido así, la religión como un puente entre las generaciones, algo más fuerte que las palabras, y más atronador que los silencios.
Dejaron clavelinas y lirios al lado de la foto de su abuelo, junto a un ramo pequeño que los hermanos habían hecho con flores que del cerro de camino a casa. Los colores volvieron al apartado del piso, y el espacio se sintió lleno.
Ese día recuerda haber visto más personas en el cementerio, pero no todas estaban tristes.
—Voy a pasear.
—¿Solo?
Una vez le había oído a su tía que los mellizos nacen con el don de saber lo que le pasa al otro, algo así como una conexión. Le sonaba raro, aunque no descartaba ninguna teoría. Si la vida le había enseñado algo era a creer.
—Sí, solo.
—Pucha, qué deprimente.
Siempre era así con ella, se mostraba interesada y luego se descartaba, preguntaba las cosas cuando ya las sabía; era toda una listilla.
Elías salió de casa cerca del atardecer, y tenía como destino un lugar al que iba pocas veces, por lo que ese lugar significaba quizás.
Pasó después de la muerte del abuelo, después de terminar el catecismo y definitivamente después de terminar la primaria. Tenía alrededor de once años, y estaba explorando solo por primera vez las quebradas cerca de su casa. Caminó por un largo rato hasta que al atardecer llegó a la cima de un acantilado que era el final abrupto de una plantación de eucaliptos. No sabía por ese entonces si tenía un nombre o era solo un lugar bonito donde ir. Se sentía cautivado por la imagen del cielo dibujado con aquel bonito patrón de hojas oscuras y claras cortando el azul.
Era descomplicado, incluso los haces de luz que atravesaban las alargadas hojas del arco natural que se formaba entre ramas de árboles gemelos. Cuando vio una figura moverse cerca del borde del risco frente a él, supo que no estaba solo.
Una mujer caminaba descalza por el lindero natural del bosque, entre las hojas secas y la arenisca que precede al roquerío. Se veía intranquila, pero lenta, como si decidiera cada paso con el dolor de su corazón. Elías se conmovió con la escena. Caminó a través de las ramas arqueadas con suavidad, tan suave como pudo, y aun así hizo crujir las hojas bajo sus zapatillas, a unos cinco metros de la mujer. Ella detuvo su marcha, y volteó la cabeza para mirar a Elías con incredulidad. Su encuentro de miradas duró unos segundos, hasta que Elías corrió de vuelta por donde había venido.
Se había sentido tan extraño, como un intruso en el paseo de esa mujer, una mezcla de vergüenza y temor, que lo había obligado a huir. No estaba orgulloso, pero su madre había criado niños de bien, no chismosos ni entrometidos.
Solo se permitió pensar en ello días después, cuando les preguntó a sus amigos sobre ese lugar, y ellos se fueron sin hablar. El bichito de la curiosidad lo estuvo molestando un tiempo. Buscó en el diario local alguna noticia de aquel sitio. En realidad, no sabía qué buscaba, pero estaba ansioso por averiguar lo que fuera, con tal de darle forma a la investigación imaginaria que estaba llevando a cabo.
Y su búsqueda dio fruto.
Luego de tres semanas de búsqueda en periódicos, blogs de turismo, chats con compañeros de escuela y escuchas de la radio local, encontró un artículo en el periódico del domingo, publicado cinco meses antes, que relataba un hecho enigmático y trágico.
“La tarde del pasado sábado 25 de noviembre los vecinos de la comunidad sur reportaron la desaparición de una joven de aproximados 27 años, luego de no retornar a su domicilio y llevando por atuendo un vestido color crema y sandalias. Posterior a la denuncia por presunta desgracia, y pasados varios días, la guardia marina confirmó el hallazgo de un cuerpo en el sector El Mariposario. La autoridad de la policía local confirmó la identidad de la joven y se presume no hubo acción de terceros en su deceso”.
El final del artículo decía “Suicidio”.
Si la nota no hubiera llevado una foto del lugar y la descripción de la joven, no lo habría conectado del todo. Así se llamaba ese lugar: El Mariposario, y si no hubiese sonado tan descabellado esa era la mujer a la que había visto, tres semanas antes.
Fue un final negro para su investigación, y un inicio negro para otra, algo más inconexa y sin destino; ¿realmente la había visto? ¿cómo había visto a aquella mujer? ¿por qué la había visto? ¿qué haría con esta información?
Tenía muchas dudas y pocas ideas, así que recurrió al llamado de emergencia; su Nona.
—¿Que si creo en los espíritus? Por supuesto, aunque la gente que no cree les llama así porque no comprende, en realidad son las almas de los difuntos.
Anotó todo lo que su Nona le decía.
—¿Por qué hay almas que no van al cielo o al infierno? —preguntó.
—Porque al morir dejaron un asunto pendiente en la tierra, que pasa con la gente joven que muere de pronto sin resolver nada, o no saben que murieron, como en los accidentes.
La Nona respondía con certeza, sin dudas ni señales de que pudiera estar inventándolo.
—Cuando era joven, mi mejor amiga me contó todo sobre los espíritus, porque ella podía verlos. Me dijo que esos espíritus no habían logrado llegar al cielo o al infierno porque los lazos o el desconocimiento los retenía en esta tierra. Ella nunca se lo dijo a nadie por temor a ser vista como hereje. En esos tiempos era cosa seria, hoy al menos las mentes están más abiertas, pero todavía es un tema delicado.
—Y tú, ¿puedes ver espíritus?
—No, es mejor así. Me rompería el corazón saber de toda esa pobre gente atrapada.
Así se sentía entonces, tenía el corazón roto. La historia de la muchacha solo narraba la desaparición y el suicidio, pero ¿qué la había llevado a cometerlo?
—¿Sabes por qué la gente se suicida?
—Hay muchos motivos, pero no voy a decírtelo ahora, eres muy menor para pensar en esas cosas.
El resto de la conversación se basó en el mundo espiritual y en cómo era visto por diversas culturas. Tanto en países de América como de Europa o Asia se veía al mundo de los muertos desde un plano espiritual. Con distintos términos y explicaciones, las culturas mencionaban la existencia de un cielo y un infierno, y que la gente al morir iba a uno de los dos, y si no quedaba atrapada en el limbo. Varias culturas hablaban de un juicio donde se examinaba la conducta y las acciones pasadas. Sin importar nombres y fechas, los elementos en común eran suficientes para creer que podían estar hablando de lo mismo.
Elías estaba sorprendido, no le habían hablado de nada de eso en catecismo, ni en la escuela. Sin duda era conocimiento genuino, porque su Nona no le mentiría con algo tan serio. Anotó cuanto pudo y con los días fue elaborando una bitácora sobre el mundo espiritual y las almas atrapadas.
Pero todavía quedaba la verdadera pregunta: ¿Por qué él, un niño cualquiera, podía verlas? Y la otra pregunta, infantil como quien la hacía: ¿Podría algún día volver a hacerlo, y mejor, controlarlo?
Se imaginaba siendo un médium, o un psíquico, o simplemente un tipo con un poder genial que recorriera el mundo usando su don para ayudar a la gente. Esa idea sonaba absurda luego de siete años, en el presente, cuando Elías sabía que no podía controlarlo porque solo había vuelto a hacerlo una vez además de en El Mariposario; en el Cementerio.
Había sido tres años antes, un día que fue con su Nona a ver al abuelo y a unos amigos de ella, fallecidos recientemente. Tras pasar por la entrada de la capilla donde habían dejado velas, comenzó a ver, difusos al principio, a personas que no estaban allí cuando había entrado. No eran muchas, pero ahí estaban. Tenía muchas ganas de contarle a su Nona lo que podía hacer, pero venía a su cabeza lo que ella le había dicho la primera vez que hablaron del tema:
«Me rompería el corazón saber de toda esa pobre gente atrapada».
Nunca se lo dijo; si podía hacer una cosa bien sería protegerla de su visión.
Y ese día miró en silencio a los espíritus, algunos sentados en sus tumbas, otros deambulando por los senderos esparcidos de flores marchitas y remolinos descoloridos por el sol.
Lo más doloroso quizás fue ver a un chico frente a una lápida vacía. ¿Debía haber un espíritu a su lado? Apenas podía divisar una silueta, sujetaba el hombro del muchacho, y se desvanecía de forma intermitente, disolviendo su figura en el aire otoñal.
No volvió la mirada, ni el chico ni Elías. No querían saber qué tan rotos estaban.
Habían pasado varios años, pero luego de pensar en la muerte las dudas resurgían, y se sentía inquieto. Se acercó nuevamente al Mariposario.
El lugar seguía igual que en su memoria; una suave brisa envolvía al visitante con el aroma de los eucaliptos y la sal de mar, las cuelgas de ramas y sus cáscaras se suspendían sobre su cabeza y la luz difusa pero cálida titilaba a través de los recovecos entre las hojas. Sus pasos crujían más de lo que recordaba en el pasado, pero sus ojos estaban tan abiertos como la primera vez.
Absorto por la visión de la linde y el peñasco, cruzó el arco de ramas enfrentadas sin trastabillar. No vio a la mujer, no vio nada, solo el cielo y el mar en el horizonte. Caminó hacia el borde mirando el ocaso, el naranja chocando de frente al brillo del océano, los miles de reflejos que nacían del encuentro. Bajo sus pies las hojas secas se espaciaron y fueron reemplazadas por arenisca. El risco estaba ahora a tres metros. La roca se erguía un poco más alta que el resto del borde, y su caída, había leído, era de más de cuarenta metros.
La cabeza le daba vueltas.
Los recuerdos se amontonaron en un segundo plano, y en el primero, el maravilloso horizonte. Deseando acercarse más y más. Ninguna alarma señaló la proximidad del fin del camino. Estuvo un tiempo indeterminado mirando el atardecer, en el borde del risco, sin mirar menos lejos que el horizonte. Cerró los ojos. La brisa removió su cabello. Y una mano sujetó la suya desde atrás.
—¡Hey!
—¿Qué demonios hacías? Casi, casi tú…
No lograba entenderlo.
Elías, conectándose de nuevo a la situación, comprendió abruptamente al extraño.
—¿Pensaste que iba a saltar?
—Cómo no habría de hacerlo, estabas caminando justo hacia el borde y tenías esa cara, no lo sé, ¿sí? Pensé que lo harías y yo…
La segunda ola de realidad lo golpeó y dijo:
—Mierda, tienes razón, fue peligroso y estúpido…
Ese lugar lo ponía siempre en situaciones difíciles.
—Te debo una —añadió volteando hacia el desconocido, recuperando su carisma de forma instantánea, y tendiéndole la mano.
Desconfiado, el desconocido salvador tendió su mano, y el contacto duró lo estrictamente necesario.
—Muy bien, es hora de volver, ella no está aquí al parecer.
—¿Buscas a una mujer?
—¿La has visto?
El extraño miró alrededor suyo y solo vio árboles y cielo.
—¿No?
—Eso me imaginaba —terminó enigmático Elías, para cerrar diciendo—: Nos veremos en otra ocasión.
Se despidió con un gesto y volvió entre los árboles por donde había venido, reteniendo en los párpados la imagen del desconocido.
Esa tarde evitó un poco a su familia. Sabía que ellos lo conocían muy bien, y que además era muy transparente, y que no tardarían en preguntarle qué había pasado que lo tenía así.
¿Pero qué le había pasado para tenerlo así?
Debía de estar feliz de que el desconocido no hubiese sido un espíritu, en cuyo caso habría muerto irremediablemente. Por otro lado, estuvo decepcionado de no haber visto espíritus, porque iba mentalizado para eso. Quizás estaba dándole demasiadas vueltas.
Escribió en su teléfono una nota con el resumen de los acontecimientos. El conflicto surgió cuando debía describir al extraño. ¿Cómo era el tipo?
Elías no era muy bueno describiendo, eso le jugaba en contra en cada examen de lenguas en la escuela, pero si tuviese que hacer el esfuerzo sobrehumano de describir al sujeto, diría que era más o menos de su estatura. También tenía la tez pálida, como alguien que no toma suficiente sol. Su cabello era negro y lacio, largo para ser de chico, hasta los hombros, recogido en una coleta. Su flequillo tapaba a medias su ojo izquierdo, que era gris como un día nublado. Ese era sin duda un rasgo muy distintivo, ya que pocas personas tenían los ojos de ese color.
Ahora que lo pensaba, tenía facciones muy distintas de las que acostumbraba a ver. Era como el rostro de un extranjero. Llevaba una mochila de viaje, quizás era un viajero simplemente, aunque no se veía lo suficientemente mayor como para viajar solo.
¿Iba solo? ¿Dónde se estaría quedando?
No, no, no, sin preguntas, debía describir cada detalle sin poner de su juicio. Su ropa era una camisa de franela a cuadros y un cortaviento granate, jeans desgastados y botas militares. Ahora que tenía la descripción del extraño, quizás se permitiera divagar en preguntas y respuestas sin sentido. Tenía muchas ganas de contarle a sus amigos, pero tendría que omitir algunos detalles, para no herirlos con el tema de la muerte otra vez.
Elías🪐: Hoy fui cerca de la playa y me encontré a un tipo.
O-why🎮: ¿Ah sí?
Elías🪐: Sí, sí.
Harry🧪: ¿Y lo hallaste guapo?
Elías🪐: 😒
Harry🧪: Qué, ¿vas a decirme que no lo pensaste? No nos habrías contado algo tan fortuito si no escondiera de fondo algo más importante 😏
Elías🪐: No sé por qué les conté.
O-why🎮: No, no, cuéntanos ☹ ¿Cómo era? ¿Hablaron?
Elías🪐: Gracias. No sé mucho, solo lo vi como dos minutos, y no se veía de por aquí, me dio la impresión de que era un viajero. ¿Cómo se veía? Tenía el pelo negro y largo, y usaba ropa oscura.
Harry🧪: ¿Como un emo-viajero?
O-why🎮: Esa es buena.
Elías🪐: No lo había pensado así, pero sí.
Harry🧪: Omitiste lo más importante, ¿te gustó?
O-why🎮: 😲
Elías🪐: Mierda, Harry, siempre es lo mismo contigo 😠
Harry🧪: Lo sé, lo sé, entonces…
Elías🪐: Era guapo, sí. ¿Gustarme? No tengo doce años 🙄
O-why🎮: 😱
Elías🪐: Pero nada, no pasa nada, fue una casualidad y no volverá a ocurrir porque de seguro no nos veremos de nuevo y no servirá de nada esta conversación en una semana 🙃
Harry🧪: @ O-why🎮 tenemos que encontrar al tipo.
O-why🎮: Oh sí, me sumo 🤩
Elías🪐: 🤦♂️
O-why🎮: ¿Hay más detalles de cómo era, Ely? 👀
Elías🪐: Oh no, ustedes no están consiguiendo esta información.
Harry🧪: Imagina lo aburrida que sería tu vida sin nosotros.
Elías🪐: Sería vivible.
O-why🎮: 💔 💔 💔
Harry🧪: Tranquilo, al menos con esto ya tengo una excusa para no darte el contacto de la chica que me rogó pasarte su número 💅
Elías🪐: ¿Ah sí?
Harry🧪: Merece algo mejor.
O-why🎮: 😲
Elías🪐: 🙃
Elías🪐: Estarás contenta de que me quede solo en la vida. 🤧
Harry🧪: No te quedarás solo, digamos que, en términos de compañía, tienes el doble de posibilidades.
O-why🎮: Oh, chistes bi, necesito anotar unos cuantos.
Elías🪐: Esta conversación me está quitando años de vida.
Harry🧪: Imagina los que yo pierdo a tu lado.
Elías🪐: 😑
Harry🧪: 😊
O-why🎮: Chicos, no se molesten por esto. @ Harry🧪, hay que ir con los ojos bien abiertos por si vemos al Romeo Emo de Ely 💘
Elías🪐: ¡No puede ser! ¡Pensé que éramos amigos!
Harry🧪: Y lo somos. 🤭
¿Realmente podía verlos? No lo creía, no tendría lógica y no serviría de nada porque ya sería tarde para todas esas personas. Él ni siquiera era capaz de resolver el final del curso e imaginar un plan para su destino; jamás podría ayudar a un alma atrapada, o lo que fuese que había visto. Incluso pensar que su supuesto don tenía un propósito altruista era infantil. Antes, en la infancia, el tema era emocionante y ciertamente deseaba ser especial, pero ahora lo veía como un capricho de un niño al que la imaginación le sobraba. Entonces hoy, las conclusiones eran: no existen los espíritus, es absurdo imaginar siquiera lo contrario, y si fuera el caso contrario, Elías no puede verlos porque nadie puede.
Todo el asunto lo ponía en una contradicción total, y le hacía sentir más confundido y enojado de lo que esperaba.
Con todo esto en la cabeza, y su humor fluctuante, no tardó en despertar la curiosidad de Emilia.
—Estás extraño.
—Yo soy extraño, Em.
En silencio, seguía doblando su ropa para guardarla en el armario que compartían.
—Sí, pero generalmente eres chistoso, ahora estás malhumorado —Era una chica perspicaz, y muy inteligente en lo que no tenía que ver con escuela—. ¿Qué pasó?
—No… no lo sé, estoy confundido.
—¿Tiene que ver con el futuro? ¿Todavía no sabes qué estudiar? ¿Es por cómo le dirás a papá y mamá que te vas?
Aquella fue su oportunidad de no ser débil y fingir que ese era el conflicto en vez de los disparates que realmente lo tenían perturbado.
—Sí, en realidad es eso.
—Ellos te querrán igual, no te desanimes, y si no sabes qué estudiar, siempre puedes bailar en un cabaret, eres guapo y divertido, serás el favorito del lugar.
No tardó en venir la ola de risas.
—Lo sé, pero poniéndonos serios, no creo que sea buena idea dilatar el asunto. Primero pensaré qué estudiar, luego les contaré a mamá y papá con el plan armado, así no podrán decir que no.
—Es una gran idea —El rostro de la joven se iluminó, dando paso a una sonrisa más tranquila, para añadir—: Y dime, ¿qué te gusta? Quizás pueda ayudarte a pensar en una carrera.
Por increíble que sonara, los mellizos no compartían gustos, ni siquiera eran similares. Si Emilia tenía claro que quería estudiar administración pública, Elías no tenía nada claro, y preferiría ser cualquier otra cosa. Las habilidades naturales del chico no se conjugaban bien con la mayoría de las opciones serias de las que disponían. Le gustaba ayudar a las personas, pero la sangre lo ponía nervioso, así que por la salud no iba. Los trabajos de oficina le llamaban la atención, pero no demasiado, lo monótono terminaba por destruir su buena disposición. El arte era algo más de admirar que de intentar. La ciencia lo agobiaba en la escuela, dudaba de que su destino fuese ser biólogo, como Harry, o ingeniero como Owy.
—¡Te dije que era demasiado difícil!
La conversación mutó a otros temas, menos futuro y más presente, hasta que fue detenida abruptamente por la llegada de los niños.
Entre risas y tirones de brazos, lograron poner de pie a Elías y convencerlo de jugar con ellos.
—Pero primero tienen que terminar su tarea.
Hubo protestas, pero los niños accedieron si era su tío favorito quien los ayudaba a hacerlas. Emilia sonrió satisfecha echando una mirada a su hermano, un chico amoroso y de gran corazón.
—No sé qué debas estudiar, pero tienes que saber que se te dan bien los niños y las tareas. Quizás es una señal.
Había estado hablando con Harry sobre la chica que pidió su número, considerando si aceptar y darse una oportunidad. Hace tiempo sabía quién era, pero hasta ahora no sabía qué quería, y eso complicaba las cosas. De todas formas, estaba abierto a cualquier experiencia.
—Gracias, pero no —susurró al viento bloqueando su teléfono, sentado en una banca de madera fría a eso de las siete de la tarde.
La Plaza de los Enamorados obtuvo ese nombre debido al uso que se le daba. Debido a su ubicación central y la vez escondida, y a la cercanía de las tres escuelas secundarias, era frecuentada por parejas en busca de un lugar para besarse con pasión sin ser importunados, o para dar fin a una relación sentimental que al menos se podía embellecer gracias al paisaje descomplicado del escenario.
Los amigos habían quedado en juntarse luego de la escuela, y definitivamente luego del taller de ciencias exactas en que estaban inscritos Harriet y Owen, y al que Elías nunca accedería a participar. Así, Elías se encontraba solo todos los miércoles desde las cinco hasta casi las siete. Generalmente iba a casa, pero ese día deseaba pasar más tiempo con sus amigos (y quizás convencerlos de ayudarle con su tarea de física).
Miraba distraídamente el teléfono en intervalos irregulares de tiempo, el que discurría lento cual fuente de miel. Estaba comenzando a aburrirse de actualizar su feed, cuando lo vio.
Caminaba como buscando algo, o a alguien. Ya no traía su mochila, ni el look de Kurt Cobain. Lucía un polerón negro con capucha, jeans celestes y Converse rojas. Elías lo siguió con la mirada, descaradamente. Elías recordó lo que es sentir pudor, y sacó su teléfono del bolsillo en tiempo récord. Cuando volvió a levantar la mirada, el chico ya no estaba. Harriet nunca entendería por qué Elías estaba tan distraído. Haría un par de bromas, intentaría reír con Owen del despiste momentáneo, pero no llegaría a obtener información de lo que había pasado, porque Elías estaba maravillado de haber coincidido dos veces con el viajero, y mejor aún, la sensación sin nombre que lograba estremecer su corazón ahora era un deleite culposo.
Durante los días siguientes dejó de castigarse por pensar en el desconocido. Pero no dio igual cuando volvió a encontrarlo en el patio del hospital, un viernes por la mañana mientras retiraba un medicamento para su papá. El chico caminaba como alelado por el sendero de arenisca entre los enfermos que tomaban sol junto a sus seres queridos.
Después lo encontró un domingo por la mañana afuera de la iglesia del pueblo luego de la misa, a la que había acudido con la Nona que estaba de visita por el fin de semana, y a quien no podía preocupar con este interés por un desconocido. Si lo sorprendía mirando le preguntaría: “¿Quién es? ¿Tu amigo? Vamos a saludarlo”, y él quedaría como un psicópata frente al extraño porque la situación se estaba poniendo rara con todas esas coincidencias en tan poco tiempo.
Sentía que iba a perder la razón. Llegó incluso a pensar que era producto de su imaginación, pero independiente de la causa o su naturaleza, era parte de la investigación y por ello registró todo lo ocurrido, todas las veces, en una entrada de las notas de su celular.
—Estás distraído, raro y algo aterrador.
Owen lo miraba mientras almorzaban. Harriet se había quedado hablando con el profesor de biología sobre un estudio reciente relacionado a los procesos vitales de las levaduras.
—No es nada, ¿sí?
—Sí, sí es algo, Elías.
Lo llamó por su nombre, esto era serio.
Sus miradas se mantuvieron fijas por un momento, esperando a que el más débil cediera, y ese era Elías.
—¿Te puedo contar algo? Sin que, ya sabes, te burles o le digas a Harry y se burlen juntos de mí.
—Cómo crees que podría burlarme, amigo, estoy preocupado, y con justa razón. Llevas casi dos semanas actuando como si no estuvieses poniendo atención a nada.
—Es… Es algo tonto, ¿sí? No quiero que te decepciones, pero no hay una gran historia de fondo.
—¿Es por algo que te ocurrió?
—Alguien.
Los ojos de Owen se iluminaron y su gesto se suavizó. La verdad, para ser un chico tan imponente, era suave, amable y blando de corazón. Su imagen, más que definirlo, lo protegía del exterior, y ayudaba cuando alguien se metía con lo que defendía más fielmente: sus amigos.
—Es el chico del Mariposario, ¿no?
—Me conoces tan bien…
Elías suspiró y comenzó a contar lo que había ocurrido originalmente, esta vez, con la verdad.
—O sea que te salvó la vida —dijo Owen con preocupación y la vista perdida en un punto indeterminado de la mesa blanca del comedor.
—Podría ser que sí.
—Y después ¿qué pasó?
—Le di las gracias y me fui —respondió, encogiéndose de hombros.
—Eres increíble —negó Owen con la cabeza, para agregar perspicaz—: Pero no creo que eso te haya tenido dos semanas así.
Elías sonrió. Su mejor amigo lo conocía muy bien, y cada vez que lo demostraba con esas pequeñas conversaciones en complicidad, sentía que no lo merecía. Era muy afortunado de tener a Owen y a Harriet. Nunca había sido tan feliz como estos años.
—Volví a encontrarlo en la Plaza de los Enamorados.
—¿Y hablaron?
—No, no —sonrió Elías, para añadir—: Y luego de nuevo, en el hospital, y ayer en la iglesia.
—Esas son muchas coincidencias, ¿no crees?
—O quizás estoy enloqueciendo, pero ese no es el problema.
—Y entonces, ¿cuál es?
Se miraron un momento.
—Es que quisiera que significase algo.
Lo que acaba de asumir Elías en voz alta, de forma sutil y deliberada, quedó flotando en el silencio de su complicidad. Owen lo conocía muy bien, y podía diferenciar entre las bromas y la sinceridad de su mejor amigo. Por eso, la mirada que los unió hizo que Elías se sonrojara y buscara refugio en sus manos.
—No sé qué pienses de ello, pero quisiera no esperanzarme ni nada, solo quiero sentirme así por más tiempo, como “con-un-crush-no-crush” y “platónico-platónico” a secas. No intentes cambiarlo, me gusta así.
—¿Qué harás si vuelves a encontrarlo? Si la coincidencia ya no explica tantos encuentros, si es casi imposible aun siendo un pueblo pequeño y en un intervalo de tiempo tan reducido. ¿Qué harás si vuelve a pasar?
—Voy a hablarle.
