5,99 €
¿Sabían ustedes que, tras la vorágine revolucionaria, Luis Felipe de Orléans, futuro Rey de los Franceses, permaneció de incógnito en La Habana con sus hermanos, el Duque de Montpensier y el Conde de Beaujolais, a finales del Siglo XVIII? La presente narración, a través de los recuerdos de un testigo excepcional, rememora los hechos vinculados con dicha estancia y analiza en retrospectiva las tumultuosas circunstancias que condujeron a dichos acontecimientos.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2017
Jorge Fernández Crespo
Simientes de Igualdad
Primera edición: marzo de 2017
© Grupo Editorial Áltera
© Jorge Fernández Crespo
ISBN: 978-84-17029-12-8
ISBN Digital: 978-84-17029-13-5
Difundia Ediciones
Monte Esquinza, 37
28010 Madrid
www.difundiaediciones.com
IMPRESO EN ESPAÑA — UNIÓN EUROPEA
EXORDIO
El árbol de Memoria se yergue solitario sobre la frontera donde lindan las tierras de realidad vivida con aquellas de existencia soñada. Las raíces succionan de ambos campos, diluidos por la lluvia de tiempo, los nutrientes que fortalecen el tronco y propician el despliegue de ramas donde fabrican nidos los mudables pájaros de encuentros o despedidas; nutrientes que se manifiestan en las hojas, brillantes como buenos recuerdos instantáneos o desgarradas como errores irreparables. A veces, un transitorio viento de olvido arranca algunas de estas hojas y las disemina en los alrededores del árbol sobre uno u otro terreno. A veces, al emigrar de forma intempestiva, los pájaros provocan la caída. La desintegración y posterior unión a las dos superficies se constituyen en agentes generadores de la contaminación creciente de cada tierra con elementos de la antagónica, presentes en las hojas de evocación asimiladas. Así, mientras crece el árbol, desaparece la frontera sobre la cual germinó la simiente de origen y el follaje se torna expresión veraz de la afable confusión entre los recuerdos de la realidad vivida y aquellos de la existencia soñada.
A la sombra de mi árbol de Memoria evoco aquella tarde veraniega del año de Nuestro Señor de 1798, en la que se podía escuchar el aletear de las mariposas alrededor de la casa campestre, erguida sobre una pequeña elevación colindante con el poblado de Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa, sobre la ribera opuesta a la Villa de San Cristóbal de La Habana, en la bahía homónima.
La casa y los terrenos aledaños pertenecían a doña Leonor Espinosa de Contreras y Júztiz, condesa de Gibacoa, quien había cedido temporalmente el disfrute de estos bienes a los príncipes de sangre franceses, duque de Orleáns, duque de Montpensier y conde de Beaujolais.
En los meses de mayo a septiembre, con la intensificación de las lluvias, las condiciones de insalubridad en los arrabales habaneros propiciaban la aparición de epidemias de disentería y fiebre amarilla. La más selecta sociedad habanera de la época escapaba hacia las propiedades situadas al otro lado de la rada, sobre las colinas entre los poblados de Regla y el ya mencionado de Guanabacoa.
Muy temprano en la mañana el mayor de los hermanos, duque de Orleáns, acompañado por su ayuda de cámara, había cruzado en barca las apacibles aguas de la bahía habanera para reunirse con el Capitán General de la Isla de Cuba, conde de Santa Clara, a quien acompañaría en la supervisión de unos ejercicios militares que debían celebrarse en el campo de Marte.
El duque de Montpensier guardaba cama con fiebre y fatiga, que le aquejaban desde días anteriores. El hermano menor, conde de Beaujolais, había decidido permanecer junto al enfermo mientras durara el padecimiento.
Ahora Montpensier dormía; la fiebre había cedido. Beaujolais abandonó la habitación en penumbras y pidió a la sirvienta que le preparase un baño. La condesa de Gibacoa, quien tan gentilmente había ofrecido sus mejores propiedades en calidad de alojamiento durante la estancia de los nobles europeos en la isla de Cuba, proporcionaba además la servidumbre y corría con los gastos de mesa. La amable señora había asignado una peculiar asistente a los invitados: se trataba de una bella joven parda que respondía al nombre de María de la Caridad, esclava casera nacida bajo la égida de la condesa. En los meses transcurridos tras la llegada de los jóvenes franceses, los más bisoños se habían percatado de la inusual buena educación de la sirvienta y, poco a poco, comenzaron a establecer nexos de amistad con ella que sólo se revelaban cuando ninguna otra persona se encontraba presente, tal vez con la única excepción de otro pequeño siervo negro de unos diez años de edad, en extremo débil de constitución y mudo por más señas, a quien llamaban Lázaro Tomás, quien no se separaba de María de la Caridad sino para cumplir los encargos de ésta, su protectora.
La muchacha dispuso que otros esclavos domésticos llenaran la bañera con agua tibia. Trajo después una cesta de flores blancas, cuyos pétalos comenzó a esparcir sobre la tina hasta cubrir por completo la superficie líquida con una suave nata vegetal de exquisita fragancia.
Cuando Beaujolais ingresó en el cuarto de baño, pensó primero que le habían preparado un baño de leche como a una antigua emperatriz romana, mas al acercarse, se percató de los blancos pétalos florales, y esto trajo a su memoria los paseos que realizaba durante la no tan lejana infancia, junto a su preceptora la señora de Genlis, por las avenidas parisinas bordeadas de tilos, los cuales comenzaban a florecer a finales de junio. Con los caprichosos vientos del verano, los árboles derramaban sus brotes amarillentos sobre los paseos peatonales. Una vez, pidió a la señora de Genlis que lo dejara caminar descalzo sobre aquel mullido y oloroso lecho, y esta no sólo se lo había permitido, sino que además se había descalzado ella misma y había incitado a los otros hermanos a que la imitasen, al tiempo que exclamaba: ¿Y si la fragancia del tilo pudiese atravesar la piel y ascender hasta tomar posesión del cuerpo para curarnos de cualquier mal?
—Estos pétalos, ¿a cuáles flores pertenecen?— preguntó el europeo.
—A diferentes tipos de jazmines y a otra planta llamada mariposa, cultivada en la finca desde hace pocos años —respondió la criolla.— Sobre la cesta quedan algunos ejemplares aún sin deshojar.
—No la conocía; es cierto que por la forma se asemeja a un enjambre de mariposas blancas posadas sobre el tallo verde.
Según explicara el ama a la esclava, los bulbos de esta flor fueron traídos de la Cochinchina a la isla de Guadalupe por un navegante francés. Poco a poco el cultivo se expandió a las islas aledañas hasta que llegó a Cuba, donde devino la flor favorita de las féminas por aunar a la novedad, la belleza a la vista y el seductor aroma al olfato.
María de la Caridad se excusó y abandonó la habitación, no sin antes indicar al pequeño Lázaro Tomás que ayudara al joven amo a desvestirse, así como a alcanzarle la bata de baño, una vez concluidas las abluciones.
Beaujolais se desnudó y se sumergió en el templado contenido de la bañera esmaltada. Lázaro Tomás estaba habituado a esta ceremonia que los tres hermanos repetían a diario. El primer día, la curiosidad infantil había despertado, traviesa, ante la transparencia de aquellas carnes que dejaban al descubierto en algunos lugares la red de venas azuladas bajo la piel. ¿Sería cierto que la sangre de los nobles era azul y no roja como en el resto de los mortales? Cualquiera fuese el color de su sangre, estos amitos eran bondadosos, lo protegían, y hasta se habían propuesto enseñarle a leer y escribir; sobre todo el bueno de Montpensier, quien en esos momentos se encontraba indispuesto. Beaujolais era muy delgado, aunque no tanto como el hermano mediano, y gracias a una amable expresión facial aún conservaba el aspecto de cándido adolescente.
—¡Lazarito, ven acá! Toma aquella esponja y frótame la espalda — ordenó con tono burlón.
Era la primera vez que el amito solicitaba tal servicio; en las ocasiones anteriores, nunca había necesitado ayuda para tomar el baño. Al niño no le agradó el aspecto de la suave esponja, pescada frente a las costas de una vastísima propiedad de su ama, la señora condesa de Gibacoa. Cuando la tomó entre las manos, el francés en tono de chanza le dijo que un macao podría salir por uno de los orificios y morderle un dedo; la evocación del cangrejo ermitaño en actitud hostil hizo que el consternado infante dejase caer la esponja y abandonase la habitación en busca de su bienhechora. Minutos después entraba ella en el cuarto de baño. El bromista se apresuró a emitir una excusa:
—El niño se asustó. Es muy pequeño para este servicio.
—Yo le frotaré la espalda, mi amo.
—¿Y si alguien nos ve? ¿No resultaría comprometedor para una doncella?
—Su merced dispone y yo obedezco: esta no es más que una obligación de esclava.
—Señorita María de la Caridad, una vez más le prohibo el tratamiento de amo cuando estemos solos. ¿Acaso no le hemos demostrado con creces mi hermano Montpensier y yo que aborrecemos esa condición? ¿Acaso no le hemos brindado nuestra sincera amistad? Suficiente tristeza nos causa la imposibilidad de oponernos en público a la esclavitud, dadas las obligaciones impuestas por nuestra condición de refugiados, unida a la dependencia de la generosa conmiseración mostrada por la señora condesa de Gibacoa.
Beaujolais miró a los ojos de la interlocutora y esbozó una sonrisa maliciosa:
—¿O acaso lo hace usted para provocarme?
—Nada más lejos de mi intención, Su Merced— contestó la joven, bajando la vista.— Por mi parte no tengo quejas de mi ama. Para mí constituye una gran suerte haber crecido bajo su protección desde mi nacimiento.
—¡No vaya hacia el otro extremo! ¡Usted no sabe lo que es vivir en libertad! ¡Hacer lo que dicte la conciencia sin tener que rendir cuentas a nadie! ¡Convertirse en el dueño de su propio destino!
El entusiasmado joven golpeó la superficie acuática con el puño cerrado e hizo ademán de incorporarse, mas la esclava lo atajó al tiempo que cubría los ojos con las manos:
—¡No salga del agua, Su Merced!
El joven volvió a quedar sentado dentro de la bañera, cubierto por los blancos pétalos florales casi hasta los hombros. Intentó reprimir sin éxito una pícara sonrisa y continuó en un tono de voz mucho más discreto:
—¿Nadie sabe que estás aquí? Cierra entonces la puerta, y cuando termines de frotarme la espalda, envíame al niño con la bata.
—Así se hará, Su Merced.
—¡Basta de “Su Merced”! Ese tratamiento me irrita, viniendo de una amiga. Llámame Beaujolais. Así me interpelan todos los miembros de mi familia, incluso mi madre y mis hermanos, si bien mi nombre es Luis Carlos. Otro apellido no tengo.
—A sus órdenes, Señor conde de Beaujolais— respondió la otra con afectada entonación.
—¡Y dale con los títulos nobiliarios! ¿Acaso continúa usted haciendo mofa de mi distinguida persona?— exclamó el joven entre contenidas risas, mientras hacía salpicar gotas del perfumado líquido al abrir y cerrar los dedos sobre la superficie acuática, con intenciones de mojar a la esclava.
La bella parda tomó la esponja del piso; con el dedo índice sobre los labios en señal de silencio, se acercó a la bañera y tomó asiento a un lado sobre una banqueta baja sin espaldar. Sumergió entonces la esponja en el agua aromatizada y con ella comenzó a acariciar la espalda del hermoso mancebo. Unas manos broncíneas recorrían la epidermis casi traslúcida del menudo ángel adolescente mientras los labios prominentes apenas podían resistir al impulso de posarse sobre el marmóreo cuello. El joven francés sintió sobre la nuca una respiración leve que indujo el erizamiento de los blondos vellos; con el rabillo del ojo comenzó un examen visual dirigido a establecer todas aquellas características físicas de la joven esclava, adivinables a través del túnico rústico de percal: el cuerpo esbelto y proporcionado, los firmes brazos, los senos erectos, las carnes macizas a lo largo de la armoniosa anatomía, el cutis terso y suave, las nobles facciones, los labios rebosantes de sensualidad... Los antiguos escultores griegos no habían tenido la oportunidad de conocer una mulata como aquella. ¡De lo contrario, otros hubieran sido los patrones de belleza para sus mejores creaciones! Beaujolais extendió la mano con la intención de rozar la mejilla de la parda con la yema de los vacilantes dedos y no reprimió la expresión del pensamiento que cruzó por su mente como un relámpago revelador:
—¡Usted es la mujer más bella que mis ojos hayan visto jamás!
María de la Caridad tomó la mano acariciadora y la besó con suavidad por el revés; la mano giró y los trémulos labios, tras sorber una a una las falanges terminales de los finos dedos, se encontraron con la palma suplicante. Al tiempo que susurraban encendidos halagos, los complacientes labios avanzaron lentos sobre la muñeca, el brazo y el hombro, hasta alcanzar el soñado cuello, dejando tras de sí un rastro de cálida humedad. Durante ese tiempo la esponja no había detenido en un solo instante el recorrido subacuático sobre el pálido cuerpo. Beaujolais se reclinó sobre la parte posterior de la bañera mientras se aferraba al borde esmaltado con las dos manos, para evitar ser absorbido, en el éxtasis de placer, por aquel océano febril de fragantes pétalos albos.
Cuando la muchacha se percató de que no era posible volver atrás sin provocar inútiles quebrantos al objeto de su adoración, se despojó del túnico con una parsimonia que avivó aún más el deseo del atónito espectador. Casi desvestida, retiró uno a uno los collares de cuentecillas amarillas y ámbar que llevaba alrededor del cuello, para irlos colocando estirados a todo lo largo sobre un paño extendido encima de una mesa auxiliar. Se desplazó entonces, majestuosa, alrededor de la bañera, ofrendando al atónito joven galo el disfrute visual de su contundente desnudez. Antes que la visión de ensueño desapareciese también bajo la perfumada nata blanca, el muchacho pudo constatar que en efecto, tal y como había sospechado momentos antes, existía una belleza superior a los cánones griegos.
Al otro lado de la puerta, a través del ojo de la cerradura, una mirada curiosa registraba con infantil asombro la danza subacuática de los cuerpos entrelazados dentro de la bañera.
CAPÍTULO I
A mediados de febrero de 1798, Don Juan Procopio Bassecourt, teniente general, conde de Santa Clara, Gobernador y Capitán General de la isla de Cuba, arribó acompañado por la virtuosa y caritativa esposa, Doña María Teresa de Sentmanat, de la prestigiosa casa catalana de Casteldosrius, a la residencia habanera de Doña María Ignacia Espinosa de Contreras y Júztiz, condesa del Castillo y marquesa de San Felipe y Santiago, Señora del Bejucal, quien a su vez disfrutaba la visita ocasional de una prima hermana por ambas líneas, paterna y materna, Doña Leonor Espinosa de Contreras y Júztiz, condesa de Gibacoa. Don Bassecourt frisaba los sesenta años, pero gracias a una salud de hierro, a una buena figura y a un semblante afable y jovial, aparentaba un par de lustros menos. Las tres señoras se encontraban en la primera mitad de la cincuentena: la esposa del Gobernador era algo corpulenta mas este hecho en realidad pasaba inadvertido, dadas la sencillez y elegancia del atuendo; la condesa de Gibacoa, aunque era una mujer aún atractiva, renunciaba a todos los afeites embellecedores y llevaba un discreto luto desde que había enviudado años atrás; por último, la señora marquesa era la antítesis de la prima, sabía cómo resaltar en todo su esplendor la belleza que todavía la adornaba: aún podía enmascarar con éxito los escasos estragos que el tiempo había dejado sobre el hermoso cutis; vestía a la última moda europea, y en apariencia, su cuerpo no tenía nada que envidiar al de mujeres más jóvenes, aunque las despiadadas ballenas del ajustado corsé apretasen cada vez más la creciente flaccidez abdominal. Su esposo, el conde del Castillo, era un hombre de avanzada edad, tal vez quince o veinte años mayor que ella; había viajado unos meses atrás a la Península por asuntos de negocios, y allá había sufrido un repentino ataque de gota: con calma esperaba recuperarse bien antes de emprender el viaje de retorno a la isla de Cuba, donde de todas formas tampoco se le echaba mucho de menos. El único hijo del conde y la marquesa, que a la sazón rondaba los veinte años y estudiaba la carrera de armas en España, debería hacerse cargo en el futuro de las amplias posesiones de la familia alrededor de la villa de Puerto Príncipe.
Tras los saludos rituales, las condesas de Gibacoa y Santa Clara bebieron una limonada, mientras el conde y la marquesa se decidían por una copa de vino. El señor conde pasó entonces a exponer el motivo de su visita.
El Gobernador de la isla de Cuba había recibido desde la Nueva Orleáns, en la posesión española de la Luisiana, un pedido a nombre del duque de Orleáns, para que permitiese a él y a los hermanos menores, el duque de Montpensier y el conde de Beaujolais, pasar una temporada en La Habana, desde donde escribirían una carta a Su Majestad el Rey Don Carlos IV, con la solicitud de tomar servicio en los ejércitos del Reino de España. Los nobles franceses, dependientes de las remesas maternas, expresaban además que desde La Habana sería más fácil la comunicación con la duquesa madre de Orleáns, emigrada hacia Barcelona un año antes junto a la hija nombrada Adelaida y otros parientes como la duquesa de Borbón y el príncipe de Conti. El Capitán General había despachado una consulta urgente al Primer Ministro Godoy para obtener la autorización de recibirlos, y éste había accedido a las pocas semanas, a pesar de la apremiante situación de bloqueo de los mares por parte de la flota inglesa; a esos efectos, Godoy había enviado el más rápido bergantín correo de la flota hispana con instrucciones de dar la bienvenida a los nobles franceses, en su condición de parientes cercanos de la familia real peninsular.
Don Bassecourt, por su parte, ocupó el cargo de Gobernador de Barcelona hasta finales del año 1796, cuando recibió el nombramiento en La Habana, como premio a una impresionante hoja de servicios a favor de la Corona Española; en ese mismo año de 1796, él y la esposa tuvieron la oportunidad de recibir a la duquesa madre de Orleáns y a la hija, recién enviadas al exilio tras un largo arresto domiciliario en París. Ambos se compadecieron de las calamidades acaecidas a esta familia, algunas imputables a la actuación irreflexiva del difunto duque de Orleáns, cuyas decisiones no siempre contaron con la aprobación de la presente viuda, una Borbón de línea directa con Luis XIV, como los primos de la familia real española. Los jóvenes habían sido víctimas de la furia democrática que aún causaba estragos en toda Francia: según el relato de la madre, el mayor había combatido en el ejército al servicio de la República Francesa, mas al ser derrotadas las tropas en una batalla contra los austriacos, pasó al enemigo para evitar ser arrestado, y aunque más tarde se rehusó a combatir contra su propio país, Robespierre y sus secuaces fabricaron un supuesto complot del bisoño militar junto al padre con el objetivo de restaurar la monarquía, invención que sirvió de pretexto para guillotinar al duque de Orleáns poco después. Perseguido tanto por los revolucionarios como por los nobles emigrados, Luis Felipe escapó a Suiza, donde bajo un nombre falso ejerció de profesor en un colegio para asegurar la subsistencia; a continuación pasó a Alemania y los países escandinavos, donde recibió en 1796 una propuesta del Directorio: pondrían en libertad a los hermanos menores prisioneros desde 1793 en el Fuerte San Juan de Marsella, cuando sólo contaban dieciocho y catorce años, así como dejarían partir al exilio a la madre y la hermana, todo ello a cambio de que los tres mozos abandonasen el territorio europeo rumbo a tierras americanas. El nuevo duque de Orleáns aceptó de inmediato y pasó hacia los Estados Unidos de América, donde se unió tras un par de meses con los hermanos, cuyos estados de salud se encontraban quebrantados por los largos años de cautiverio en condiciones espantosas. Allí fueron recibidos por los amigos del General La Fayette, entre ellos el propio General Washington, quien preparó un plan de recorridos por diferentes estados de la Unión, materializado una vez restablecida la salud de los antiguos reos. El nuevo duque de Orleáns expresaba en su carta al conde de Santa Clara que durante el aprendizaje de las costumbres y el modo de vida en esas regiones, a imitación en pequeña escala de las expediciones científicas de James Cook, el conde de la Pérouse o Alejandro Malaspina, los tres hermanos atravesaron a caballo parajes inhóspitos y descendieron el curso de los ríos Ohio y Mississippi sobre modernos barcos a vapor construidos según el modelo de John Fitch, hasta llegar a la ciudad de la Nueva Orleáns. Según el Gobernador, después de entrar al servicio de los ejércitos españoles, los jóvenes solicitarían ser destacados en la ciudad de Barcelona y así podrían reunirse al fin con la madre y la hermana, tras la dolorosa separación de varios años a la que habían sido sometidos por las trágicas circunstancias mencionadas.
El conde de Santa Clara lamentó no disponer de los medios adecuados para dar a estos nobles jóvenes el recibimiento que merecían, y apeló a la caridad cristiana de la señora condesa de Gibacoa, viuda del excelso Don Domingo de la Barrera, Regidor Perpetuo del Ayuntamiento de La Habana, Alcalde Ordinario y de la Santa Hermandad, para que cediera como lugar de alojamiento de tan distinguidos huéspedes, el palacio situado en las inmediaciones de la Plaza de Armas, el cual ya no habitaba la señora condesa, pues pasaba la mayor parte del tiempo en la casa señorial de la Familia Herrera, situada en la esquina de las calles de la Obrapía y de los Mercaderes, acompañando a la única hija, doña María de la Ascensión de la Barrera, casada con el ilustrísimo Teniente Coronel Miguel Herrera, quien había adquirido de la esposa los cargos vitalicios y hereditarios del difunto padre de esta, entregándole a cambio la posibilidad de procrear una numerosísima prole; contrajeron nupcias en 1789, y a principios de aquel año de 1798 contaban ya con ocho vástagos rebosantes de buena salud y traían otro en camino. Era natural que la señora condesa de Gibacoa ayudase de forma permanente a la hija en sus múltiples obligaciones domésticas, y mantuviese cerrada la morada que sólo inspiraba tristes recuerdos de la extinta felicidad conyugal.
Doña Leonor, quien toda la vida había deseado tener hijos varones, y a quien Dios sólo había concedido la única hija hembra, se conmovió con el relato de las vicisitudes experimentadas por los jóvenes franceses, y prometió que no sólo cedería el palacio, sino también correría con los gastos de los visitantes y pondría a disposición de estos la servidumbre habitual de la casa. Doña María Ignacia se ofreció a cooperar con los dispendios y a organizar un programa de veladas en las mansiones de las familias nobles habaneras, que hiciera palidecer aquellas fiestas parisinas a las que pudiesen haber asistido los huéspedes de honor años antes en el país natal.
—Ocúpese Vuestra Merced, señor conde de Santa Clara, de las actividades militares diurnas, que las vespertinas de esparcimiento, las tomo a mi cargo. ¡Ah, y también prometo organizar excursiones campestres durante los fines de semana!
Doña María Teresa, la condesa de Santa Clara, añadió que las actividades diurnas no habrían de ser sólo militares, pues podían incluirse en ellas las visitas a las obras de caridad que ella dirigía. Don Bassecourt agradeció el calor con que acogían su pedido; aclaró además que los jóvenes debían participar en actividades propias de la administración, como correspondía a eventuales futuros gobernantes. Tras excusarse por motivos urgentes de trabajo, abandonó la casa en dirección a sus flamantes oficinas, situadas en el recién construido Palacio de los Capitanes Generales, que sólo había sido utilizado hasta entonces por él mismo y su ilustre antecesor el General Don Luis de las Casas, de tan agradable recordación.
Entre féminas, la conversación tomó otro curso. La señora marquesa, quien conocía al dedillo las genealogías de las familias reales europeas, aclaró que si bien era cierto que la duquesa madre de los Orleáns era una Borbón de línea directa por sangre, los puristas cuestionaban su nobleza, pues descendía del conde de Tolosa, un hijo bastardo de Luis XIV.
—¡Imagínense, después de tanto tiempo!— contraatacó la prima.— ¿Qué dirían de nosotras, que hemos adquirido nuestros títulos nobiliarios en vida?
Por vía paterna, los jóvenes descendían en línea directa del primer duque de Orleáns, el hermano menor de Luis XIV, de manera que ambas ramas, materna y paterna, se remontaban a un mismo origen: Luis XIII.
Resultaba inexplicable que con tales antecedentes, la rama de los Orleáns se caracterizara por las ideas liberales y la renuncia a los títulos de nobleza; a no ser que fuese cierto lo que propagaba un panfleto de amplia circulación en Europa, atribuido al antiguo editor del periódico “L’Ami du Roi”, el sr. Galart de Montjoie, y publicado, según se comentaba, gracias a las contribuciones de la familia real francesa:
—Dicen que la abuela de estos jóvenes era una libertina, la Mesalina de su época, y que tal vez el difunto duque de Orleáns, Luis Felipe José, no fuera hijo legítimo del biznieto del primer duque de Orleáns, sino de algún amante de dicha señora, la cual no ponía reparos a la unión física con hombres de cualquier condición. Se sospechaba en particular de un mozo de caballeriza, célebre entonces por su notable apostura, lo cual explicaría la belleza física de los descendientes y el apasionamiento natural del difunto duque de Orleáns por la conducción de un cabriolé, amén de una presunta escasa inclinación por la lectura.
—¡Santo Dios, Doña María Ignacia!— exclamó la condesa de Gibacoa al tiempo que se santiguaba.— ¿Cómo se atreve usted a repetir tales atrocidades? ¡Y a propósito de una difunta…!
—¡… la cual estará expiando sus pecados en el Purgatorio de ser ciertos!— ripostó la interpelada con una sonrisa malévola.— No es para tanto, querida prima Doña Leonor; aquí estamos en familia, como aquel que dice, y nuestra discreción está a prueba de toda sospecha. Dicho origen explicaría la tendencia de Luis Felipe José, el difunto duque de Orleáns, a mezclarse con el populacho. ¡Renunció incluso a su nombre, se asoció a los jacobinos y se hizo llamar “Philippe Égalité”, o sea “Felipe Igualdad”! Dicen que no lo hizo por convicción revolucionaria sino para evitar que su familia fuese víctima del decreto de proscripción de los Borbones. Aún así, ¿existe acaso mayor desfachatez para un noble de tal rango? Pues sí, antes de cambiarse el nombre votó en la Asamblea por la muerte del Rey Luis XVI de Francia, sentencia aprobada por muy pocas voces, tres o cuatro a lo sumo, según dicen unos; según otros, este único voto del noble renegado fue decisivo.
—¡Ave María Purísima!— susurraron las interlocutoras mientras dibujaban con las diestras la señal de la cruz sobre los pechos.
—¡Sin pecado concebida!— remató la otra.— Y no sólo eso. Cuentan además que el difunto duque de Orleáns ofreció al Club de los Jacobinos, de su propia fortuna personal, cuantos medios financieros fuesen requeridos para provocar un levantamiento popular en París, en caso que la Asamblea decidiese perdonar la vida al Rey. Otros, por el contrario, afirman que estos son rumores echados a rodar por los hermanos del monarca ejecutado.
—Los cuales querrán vengarse ahora de los Orleáns; como es lógico— acotó la condesa de Santa Clara.
—No debieran comportarse de tal forma si se atuvieran a los dictados del duque de la Rochefoucauld, quien expresó que cuando nuestro odio es demasiado profundo, sin duda nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos. El ejemplo lo tienen bien cercano. Dicen que Luis XVI, tras observar al primo Luis Felipe José entre quienes deseaban su muerte, hizo jurar al pequeño hijo, el delfín que lo acompañaba, que nunca buscaría venganza entre los miembros de la familia Orleáns por aquel crimen. ¿Se percatan ahora por qué muchos especulan sobre el hecho de que no corriese la misma sangre por las venas de ambos rivales?
—Sigo sin aceptarlo— insistió la condesa de Santa Clara.— La historia está llena de ejemplos en los cuales los más encarnizados adversarios eran parientes muy cercanos.
—Tiene usted toda la razón, Doña María Teresa. Por otra parte, es muy poco probable que aquella duquesa de Orleáns, descendiente directa de Luis XIV, y abuela de nuestros futuros huéspedes, se atreviera a concebir con un amante en lugar del legítimo esposo, y arriesgara con tal temeridad el futuro patrimonio de los hijos. Aunque pensándolo bien, lo poco probable no llega a ser imposible. ¿Quién sabe si el esposo, consciente de una eventual incapacidad de procrear, no participase también en la componenda?
—Mucho me temo que, al hacernos eco de tantas especulaciones, arriesgamos caer en el pecado de maledicencia— se lamentó la condesa de Gibacoa.
—¡Nada de eso, prima! Lo dicho queda entre nosotras y a nadie perjudica lo que conversamos, ¿no es cierto? De cualquier manera no tendremos nosotras la última palabra pues como apuntó el gran dramaturgo Racine: “No hay secreto que el tiempo no revele.”
La condesa de Santa Clara añadió que en Barcelona circulaban comentarios sobre la madre del difunto duque de Orleáns, en el sentido de que había sido uno de los modelos en los cuales se había inspirado el señor Choderlos de Laclos, secretario del mencionado noble, para el personaje de la marquesa de Merteuil en la obra literaria llamada “Las Amistades Peligrosas”, tal y como el malogrado hijo había aportado rasgos suyos al personaje del conde de Valmont. La condesa de Gibacoa expresó que ella no conocía acerca de la existencia de dicha novela.
—¡Cómo va a conocerla, querida prima!— exclamó la marquesa de San Felipe y Santiago, y continuó con velada ironía: — Sucede que la tal novela epistolar está en el Índice de Libros Prohibidos por el Tribunal del Santo Oficio, pues puede resultar muy peligrosa para jóvenes impresionables que decidiesen imitar las execrables costumbres que en dicho relato se describen. No obstante, yo poseo un ejemplar que guardo en un compartimento oculto de mi secreter, y si usted me promete la más absoluta discreción, puedo prestárselo, para que compruebe mediante la lectura, hasta qué punto los excesos de la furia democrática parecen constituir un castigo de Dios ante el libertinaje y la impiedad comunes a la nobleza francesa.
Después añadió, dirigiéndose a la condesa de Santa Clara, la cual conocía a la perfección el contenido de la novela de marras:
—Algo más, amiga mía. Según he oído decir, el episodio del conde de Valmont con la Presidenta de Tourvel, se inspira en el intento del duque de Orleáns por seducir a la joven reina María Antonieta, recién llegada a París de Austria, y por lo tanto no muy avezada en estas intrigas. Si el entonces apuestísimo duque tuvo éxito o no, eso no lo sabremos jamás. Lo que sí puedo asegurarles es que fue la reina María Antonieta quien instigó más de una vez al rey Luis XVI para que tomase medidas represivas en contra del primo, e incluso fue ella quien impidió que el difunto duque fuese nombrado al cargo de Gran Almirante. Como sentenció el filósofo francés del siglo pasado, señor de la Bruyère: “La amistad no puede llegar muy lejos cuando ni unos ni otros están dispuestos a perdonarse los pequeños defectos.” El azar quiso que al final de sus vidas, la reina y el duque coincidiesen durante un corto tiempo en los calabozos de la Conserjería, antes de las respectivas ejecuciones. ¿Habrán podido hablar frente a frente una última vez? ¿Se habrán perdonado uno al otro? Quiero pensar que sí. Después, ambos murieron de manera digna y valerosa; el duque de Orleáns incluso apremió al verdugo para que apresurase la ejecución.
—¡Qué triste historia, amiga mía!— añadió Doña María Teresa.— Y en medio de estas desavenencias, la duquesa madre de los Orleáns, según mi apreciación un modelo de virtudes, intentaba siempre restablecer la paz entre las dos familias sin mucho éxito; recuerden que ella también era prima del Rey. En vano logró que ambos monarcas, Luis XVI y María Antonieta, fueran los padrinos de bautismo del hijo primogénito, el nombrado Luis Felipe, que muy pronto recibiremos como al nuevo duque de Orleáns. Ese lazo sagrado no logró disminuir el antagonismo.
La marquesa de San Felipe y Santiago relató que el difunto duque de Orleáns conoció a la madre de sus hijos a través de la relación con el hermano de esta, el príncipe de Lamballe, hijo del duque de Penthièvre, Gran Almirante de Francia. Según unos, la mala influencia del entonces duque de Chartres ocasionó el temprano fallecimiento del compañero de excesos, recién cumplidos los veintiún años. A continuación, el joven libertino contrajo nupcias con la única hermana sobreviviente del infortunado secuaz en las aventuras juveniles, asegurando de tal forma que la inmensa fortuna familiar de la consorte pasase a formar parte íntegramente del patrimonio de los Orleáns en el futuro.
A raíz del casamiento, el joven esposo quiso heredar el título de Gran Almirante a través de la esposada mas, con el argumento de la inexperiencia en cuestiones navales, Luis XVI se lo negó, instigado por sus colaboradores más cercanos, quienes crearon un título de coronel general de caballería, lo cual según como se analizara, no resultaba exento de burla.
Por supuesto, el afectado no aceptó el nombramiento de consolación, lo cual se interpretó como un desaire al monarca. Años después, el voto a favor de la ejecución de Luis XVI fue el golpe de gracia para la muerte del suegro, viudo desde 1754 y afectado por la ejecución sumaria en 1792, a manos de una turba enardecida, de la nuera, la gentil viuda del príncipe de Lamballe y confidente de la reina María Antonieta, acusada de conspirar con fuerzas hostiles extranjeras. Decapitada post-mortem, la cabeza de la dulce joven fue exhibida en una pica mientras el cuerpo era arrastrado por las calles de París. Beaujolais, entonces un niño de doce años, atraído por el bullicio exterior, observó como hipnotizado la horrible visión ante una ventana del Palacio Real hasta perderse en la lejanía. El duque de Penthièvre envió infructuosamente a una persona de confianza para recuperar el cadáver.
Los malintencionados comentaron una vez más que esta acción había sido instigada por el duque de Orleáns para apropiarse de la pensión correspondiente a la viuda, proveniente de la fortuna familiar. El desmentido del yerno no logró funcionar como antídoto efectivo contra la ponzoña inoculada contra él en el corazón del suegro.
Concluida la narración, convencida de que la verdad se encontraba oculta en medio de aquella maraña de feroces imputaciones, la condesa de Gibacoa no pudo evitar el compadecimiento con sus futuros huéspedes:
—¡Pobres criaturas! ¡Estos inocentes jóvenes tienen que expiar en vida las culpas de los mayores!
Y con un impecable pañuelo blanco de encaje originario de Alençon, enjugó las copiosas lágrimas que afluían a los ojos sinceramente afligidos.
CAPÍTULO II
A finales de marzo de 1798, los hijos de Felipe Igualdad recibían en la villa de la Nueva Orleáns una comunicación firmada por el Gobernador de la Isla de Cuba, mediante la cual se les informaba que serían recibidos en esa plaza con todos los honores correspondientes a la condición de miembros de la familia real francesa, consanguíneos de la familia real española. Al día siguiente los tres jóvenes, junto a un ayuda de cámara leal a la causa orleanista, se embarcaron en un bergantín de bandera americana que transportaba mercancías con destino al puerto habanero.
Hacía dos años que España se había aliado a Francia en contra de Inglaterra, y dada la superioridad de esta última en los mares, la Armada Británica sostenía un bloqueo naval contra las colonias españolas en América, las cuales comenzaron a depender para su comercio de los navíos neutrales de la Unión Americana. Estos a su vez recibieron la autorización oficial para la obtención de licencias, aunque, en la práctica, el tráfico regular existía desde algún tiempo atrás. Los almirantes de la Marina Inglesa eran conscientes de que, lejos de disminuir, aumentó el comercio de las colonias españolas con los territorios de las antiguas posesiones anglosajonas que ahora se hacían llamar los Estados Unidos de América; por ello ordenaban que los buques de guerra abordasen en alta mar los barcos comerciales de supuesta neutralidad, los revisaran con el objetivo de confiscar las armas con destino a los dominios españoles o franceses, y además ofrecieran mejores pagas a los miembros de las tripulaciones para completar las carencias de sus propias naves; sin importarles que con esta acción quedaran incompletas las dotaciones de los navíos abordados. De esta forma afrentaban, por despecho, a los nativos de las pretéritas colonias emancipadas.
Cuando los jóvenes miembros de la familia Orleáns comenzaban a divisar las costas más occidentales de la Isla de Cuba, una fragata británica dio caza al bergantín donde viajaban. Para los marinos norteamericanos, esta “insolencia inglesa” constituía una costumbre tan desagradable como ineludible. ¡Ya llegaría el día en que la marina americana humillaría a la británica! Mientras tanto no quedaba otro remedio que ejecutar con la mayor presteza las maniobras para acercar los buques, así como las rutinas para facilitar las inspecciones. Así se tornaba menos embarazoso el proceso de revisión. Los pasajeros mostraron a los oficiales revisores el salvoconducto diplomático expedido por el gobierno de la Unión Americana, uno de los últimos documentos oficiales firmados por el General Washington antes de su jubilación, donde se identificaba con claridad a los portadores. Los oficiales, sorprendidos, informaron a su vez al capitán de la fragata acerca de la presencia de estos distinguidos viajeros en el barco sucio e insignificante que acababan de abordar. El militar inglés, conocedor de los tradicionales vínculos de amistad entre la casa francesa de Orleáns y la familia real británica, transbordó en persona hacia el bergantín, saludó con la ceremonia debida a los príncipes franceses y les expresó que no aceptaría una negativa como respuesta al ofrecimiento de pasar a la nave bajo su mando, desde la cual podrían continuar viaje con mayor seguridad hasta el puerto de La Habana.
