5,99 €
¿Puede alguien gritar a viva voz que jamás ha tenido contacto con una mujer? Nacemos de una mujer, una mujer nos enseña las primeras palabras, aprendemos de ellas el arte de la lectura, la escritura y las primeras y elementales matemáticas. Todos tuvimos una hermana, una prima, una amiga, una mujer mayor, madre, tía o abuela que nos acompañó en nuestra infancia o adolescencia. Y muchos, ya que no todos, tuvimos la ventura o la desventura de enamorarnos de una de ellas. Por ellas sufrimos, gozamos, amamos y odiamos. Por ellas reímos y también lloramos. Se hace imprescindible entonces, para cualquier hombre de bien, no olvidar el trascendente papel que ellas desempeñan en nuestras vidas. Supremas hacedoras, guías y directrices, brujas o hechiceras, diosas o demonios, hadas o arpías, amadas u odiadas mujeres, simples y complicadísimas mujeres. En estas páginas C. H. Scalamogna, nos sumerge en historias de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, de victorias y derrotas (y alguno que otro empate) en la larga y eterna contienda entre hombres y mujeres a lo largo de la civilización.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 105
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Scalamogna, Claudio Héctor
Simplemente mujeres / Claudio Héctor Scalamogna. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
132 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-517-1
1. Antología. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Scalamogna, Claudio Héctor
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Cada día iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso.
Julio Cortázar
Simplemente mujeres
Simplemente mujeres
Podría decirse que hablar de las mujeres es algo relativamente fácil. Uno lo ha hecho desde su más temprana infancia cuando, con algunas monedas robadas de la alacena, compraba una gaseosa y, sentado a la luz de la luna, compartía con el amigo el dulce brebaje y las palabras que involucraban a esa inalcanzable diosa de diez o doce años.
Avanzando en el tiempo, esa gaseosa dejó lugar al mate amargo o al vino tinto, pero siempre estuvo el interlocutor válido, el mismo amigo de la niñez o algún otro que lo sustituyó en su momento, para escuchar nuestras disertaciones sobre la mujer amada o deseada, aborrecida o en definitiva nada de eso, simplemente sobre la mujer en tanto ser mitológico, entelequia o fenómeno psico social por excelencia.
Y no me refiero aquí a hablar de las diferencias entre las mujeres y los hombres, porque ¡vaya si las hay! Diferencias anatómicas, desde luego obvias, diferencias fisiológicas ni hablar, ni siquiera hacer mención de las diferencias psicológicas y conductuales que hacen que ellas sean nuestras dominatrices apelando a un sinnúmero de recursos que nosotros no hemos aprendido ni aprenderemos jamás a manejar ni a interpretar.
Efectivamente, con tanta práctica a lo largo de tantísimos años, hablar de mujeres debería resultar relativamente fácil.
Ahora, escribir sobre ellas o de ellas transforma la tarea en un asunto por demás arduo. Sangran las manos y duele la cabeza de solo intentarlo. Y es que uno debe medir las palabras, elegir lo que decir y lo que obviar en el relato y en el modo de expresarlo, a fin de no ser malinterpretado o reputado de machista, misógino o algún otro adjetivo menos apropiado que induzca a conclusiones erróneas.
Una mujer me dio la vida y, seguramente, otra me llevará a la tumba, ya sea en una cama, cual implacable viuda negra, ya sea en el campo de batalla cual invencible amazona.
Eso me obliga moralmente a la mesura y al respeto, aunque a veces me vea empujado a no acatar los cánones, movido por la ira o el desengaño.
En conclusión, las palabras que siguen han sido inspiradas por mujeres, muchas reales, otras imaginarias y otras encerradas en los libros de mi enorme biblioteca. Cada una de ellas es una cicatriz, tenue o profunda, que ha quedado marcada en mi roturada piel de poeta a lo largo de los años.
Diosas, humanas, castas, puras y ninfómanas, amantes, enemigas, fieles y traidoras, no son otra cosa que mujeres, simples y complicadísimas mujeres.
Marta
No fue ni la primera ni la última; las cronologías nunca me fueron propicias y, por eso no me dediqué a la Historia. Además, en este potpurrí de remembranzas, considero que el respeto estricto al orden temporal sería más perjudicial que beneficioso y, por lo tanto, resulta innecesario.
Tampoco fue mi novia ni mi amante. Tal vez su mérito mayor haya sido el de aparecer en primer término cuando me puse a hurgar en los desordenados arcones de mi memoria en el momento preciso de empezar a gestar este librito. Pero sé que el subconsciente es más sabio que uno y es experto en tender pequeñas celadas, cuando uno camina a tientas.
Fuimos compañeros de trabajo en una escuela secundaria y, poco a poco la amistad fue ganando espacio y desplazando al mero compañerismo de colegas. Compartiendo cafés y cigarrillos al salir del colegio, fuimos consolidando un afecto mayor, hasta que una de esas tardes me entregó en una servilleta de papel, una confesión en forma de acertijo en francés, pues ella era profesora de ese idioma.
Je T’……..
Je T’aime en six lances
Je T’aime en silence.
Y creo que fue esa la primera vez que recibí una declaración de amor por parte de una mujer, aunque de eso tampoco estoy muy seguro, pero sí la primera declaración de amor en francés, y también la última, al menos hasta hoy. Era muy pequeña y muy delgada, casi sin curvas, lo cual no me atraía demasiado en tiempos en que se valoraban las exuberancias. Sin embargo, tremenda descortesía hubiera sido pasar por alto o rechazar su confesión-propuesta.
Cumplía yo veintidós años, y me asombra pensar ahora que alguna vez tuve esa edad. Eran años de hormonas exultantes y cuerpos siempre dispuestos a lo posible. Me regalaron una botella de whisky que empezamos a tomar a las 18 horas en la caja del rastrojero de Pedro y abandonamos casi vacía al amanecer del día siguiente, luego de haber recorrido algunos bares cuando nos dejaron solos. En algún momento de esa tarde o esa noche se cruzó entre nosotros el primer beso, al que siguieron muchos otros y luego vinieron las caricias, que a veces fueron tímidas y otras audaces, recorriéndonos y explorándonos hasta lo más recóndito.
Ya no recuerdo dónde nos encontró el sol, exhaustos de pasión y de alcohol. Dos días después era lunes y al llegar al colegio nos saludamos y fuimos los de siempre, como si esa noche jamás hubiera existido. Seguía la cordialidad, seguía el diálogo de costumbre, pero ni una mirada cómplice, ni un juego de sonrisas que hicieran pensar que entre nosotros existió una historia.
Pasado un breve tiempo intentamos recrear esa pasión en mi departamento, pero la magia se había ido. En el living-comedor-salón de usos múltiples de nuestro pequeño hogar compartido con otros tres varones, había una cama turca que hacía las veces de sofá. En ella charlábamos, fumábamos y hacíamos las aproximaciones previas que culminarían en uno de los dos dormitorios. Llegada la hora del acercamiento las caricias fueron frías, los besos sin sentimiento; las lanzas quedaron quebradas en el campo de batalla y no hubo palabras dulces en francés. Todo se había apagado como un fósforo. Había llegado Lucía.
Sherezade o el arte del buen narrador
La narración de historias, verídicas o no, se remonta a tiempos inmemoriales. Ya los hombres primitivos se reunían alrededor de la hoguera a contar sus aventuras y desgracias, especialmente vinculadas a las cacerías.
Esa costumbre se mantuvo a través del tiempo y solo bastaba un fogón encendido, para que los mayores de las tribus, sean hombres o mujeres, contaran a los más jóvenes las historias de sus ancestros.
En la Antigua Grecia y en el Asia Menor, los aedos narraban hechos que fueron luego recopilándose hasta convertirse en obras inolvidables, como las atribuidas a Homero, poeta real o imaginario, que han llegado a nuestras manos con los nombres de La Ilíada, que narra los sucesos vinculados a la guerra de Troya y las aventuras y padecimientos de sus grandes héroes, Aquiles y Héctor, y La Odisea, donde se cuentan los avatares experimentados por Ulises en su interminable viaje de regreso a su Ítaca natal y a los brazos de su amada Penélope.
Durante la Edad Media fueron los juglares los encargados de ir de pueblo en pueblo transmitiendo las heroicas luchas de los caballeros de la época, reunidas luego con el nombre de Cantares de Gesta, de los cuales, por mencionar a los más populares, se destacan la Chansón de Roland o el Poema del Mío Cid.
También en la India, China y la antigua Persia esta costumbre de narrar historias fue muy popular y de ellas he de mencionar, como mínimo ejemplo, Las Mil y Una Noches, amplia recopilación de cuentos tradicionales.
Cuenta la leyenda que en el Imperio Persa hubo un rey muy poderoso que extendió sus dominios más allá del río Ganges y hasta las fronteras de China. Muerto el monarca, accedió al trono su hijo Chabriar, quien nombró a su amado hermano Chazemán, rey de la Gran Tartaria.
Para no hacer tan extensa la historia, baste decir que Chabriar, enterado de las infidelidades de su esposa con las otras cortesanas, mandó a que ésta fuera decapitada y ahogadas las mujeres de su séquito. Asimismo, con el objeto de nunca más volver a ser engañado por sus esposas, decidió que cada día se casaría con una mujer distinta a la que haría matar luego de la noche de bodas. El encargado de ejecutar tal sentencia sería el Gran Visir quien, con mucho pesar, cumplía las órdenes de su señor.
Fue la hija mayor del Gran Visir, la hermosa Sherezade quien, para poner fin a la matanza de las mujeres del reino, se ofreció como esposa del monarca, urdiendo un astuto plan. Dotada de una sobrenatural inteligencia y de un inusual talento para la narración, despertaría el interés y la curiosidad del rey a través de sus relatos.
Así se sucedieron mil y una noches de cuentos que hicieron que el supremo olvidara su maligna decisión y se enamorara incondicionalmente de ella.
Seguramente no ha sido Sherezade la primera mujer narradora de la Historia, pero sin dudas es una de las más célebres y la enseñanza que nos dejan estos sucesos es que el poseer dotes de buen narrador no solo puede traer fama y fortuna, sino también salvar la vida propia y ajena.
Lectora
Una tarde cualquiera de la primavera resistenciana, me hallaba yo sentado a la mesa de uno de mis bares de cabecera. Tomaba tranquilamente mi café y avanzaba por las páginas del libro de turno, cuando la vi llegar. Era joven, tal vez menos de treinta años, un rostro que, aunque no deslumbraba por su belleza, era armónico y agradable a la vista. Se sentó ante una mesa cercana a la mía y, luego de pedir una limonada bien fría, se puso a leer con excesiva concentración.
Y si bien su respiración hacía subir y bajar rítmicamente dos senos redondos y tentadores que invitaban a la taquicardia, lo que más me atrajo en ella fue su manera de sumergirse en el libro, abstrayéndose del mundo que la rodeaba.
Tiempos hubo, antes de la invasión desmesurada de teléfonos inteligentes, en que el ritual del café incluía infaltablemente la lectura y era común ver que en varias mesas del bar, hombres y mujeres pasaban sus horas solitarias con la única compañía de un libro.
Su juventud, o mi apariencia de señor mayor me inhibieron de dirigirle la palabra para saber qué leía. En otro tiempo, su libro o el mío hubieran sido la excusa perfecta para iniciar un diálogo con final impredecible.
Ahora, perdidos ya los apetitos juveniles, se trató solo de una escena que despertó mi nostalgia de lector empedernido. Por eso, terminado mi café, entregué el dinero al mozo y me fui caminando hacia el sur, sin volver la vista atrás pero pensando cuál sería el libro capaz de haber capturado la mente de esa joven con tal intensidad.
A pesar de haber vuelto al mismo bar y a la misma mesa con recurrencia obsesiva, jamás volví a verla, pero quedó en mí la imagen de esa lectora ideal, capaz de la abstracción absoluta, más allá de los estímulos externos.
Pasifae
Pasifae, en un ataque de mitológica zoofilia, sedujo al blanco toro de Poseidón, oculta en una hermosa vaca de madera construida por el hábil Dédalo. Fruto de esa patológica y desenfrenada pasión, nació un robusto muchachito de cuerpo muy vigoroso, pero con rostro y cráneo bovinos.
En la corte del rey Minos comenzaron las murmuraciones y, mientras algunos solo se preguntaban cómo pudo nacer un niño tan feo del mismo vientre de donde saliera la bella Ariadna, los detractores del rey cretense justificaron el desliz de la desdichada Pasifae ante la soberbia del soberano monarca que pretendió engañar al mismísimo dios de los mares.
Sin embargo, la sabia conclusión final la dieron, como a menudo sucede, los agudos y ácidos parroquianos de las tabernas suburbanas quienes, con su maravilloso poder de síntesis, afirmaron que nada extraño había sucedido, pues el muchacho tenía los mismos cuernos que su padre, el rey. En salvaguarda de las monarquías, esta parte de la historia nunca se difundió.
Y allí estas vos,súbita aparición en mi agoníahada o fantasma, alegoríade esa larga Comedia de buscarte.No estaba Virgilio para acompañarmepor los nueve infiernos donde te escondías.No eras Beatriz ni yo era el Dante,pero allí estabas, y yo te seguía.
De Mulieribus
